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domingo, 4 de septiembre de 2022

Historia de un amor maravilloso.- Carl-Johan Vallgren (1964)


Carl-Johan Vallgren
IV


 «—¡Pasen y vean, damas y caballeros, pasen y vean! ¡Un espectáculo aterrador por tan sólo dos céntimos! Tenemos todo lo que jamás pudieron soñar o, más bien, todo lo que jamás se atrevieron a soñar, pues supera con creces la imaginación humana. ¿Qué es la séptima maravilla del mundo comparada con la octava o la novena? Nadie quedará decepcionado con la compañía de variedades ambulante de Barnaby Wilson. Disculpe, respetable dama, ¿cuál ha sido su pregunta, qué tenemos que ofrecer? ¡Pregunte más bien qué no tenemos que ofrecer! Tenemos el puñal ensangrentado de Bruto, el traje de primera comunión de Napoleón, el auténtico paño de la Verónica, la bandeja de oro en la que, sobre una base de hielo picado, se sirvió la cabeza del Bautista; tenemos un buen número de bestias y de animales extinguidos, tenemos tres de los dientes de leche de Jesús, un frasco lleno de las lágrimas destiladas de la Madre de Dios al precio de diez liras la gota; una hidra, un dodo y un oso hormiguero de las selvas de Brasil que nadie ha penetrado jamás o, por lo menos, de las que nadie ha vuelto con vida. Damas y caballeros, si nada de esto es de su gusto, déjense al menos retratar por un procedimiento que es la última moda en el East End de Londres: la heliografía. En el estudio de Herman Bioly dibujarán sus retratos con luces, sus espíritus quedarán impresos en una placa de cristal de colodio y serán ustedes inmortales... ¿Aún tienen dudas? Bien, pues aquí hay algo para todo el mundo. ¿Sufren acaso alguna enfermedad? A la compañía circense de Barnaby Wilson se ha unido recientemente el físico moro Ibrahim, rey de los linimentos y emperador no coronado de las tinturas, cuyas mixturas son célebres en todo el mundo cristiano. El gran duque de Baden se hace curar con sus famosos ungüentos, el rey de Sajonia, que sufre en el pie un eczema que a punto estuvo de desencadenar una guerra contra los austriacos, quedó sanado como por arte de magia con su pomada sin parangón. El moro Ibrahim puede ofrecer en su botica píldoras de amor, píldoras para la invisibilidad, píldoras para la virtud, píldoras para la inmortalidad, píldoras para remediar penas sin nombre y píldoras contra males imaginarios; tenemos, asimismo, la cura de rejuvenecimiento del profesor Steinert y el celebérrimo tratamiento de los opuestos, de Brown, capaz de curar cualquier cosa, desde las callosidades hasta las inflamaciones del corazón... Bienvenidos a nuestro espectáculo, damas y caballeros, no lo duden, la próxima representación comienza dentro de un cuarto de hora...
 En este punto, Barnaby Wilson fingió perder la voz y empezó a toser exageradamente mientras que un vaso de agua colmado se materializaba en su mano. Lo apuró hasta el fondo a través de una muesca trazada en su máscara, y al tiempo que el líquido elemento desaparecía a pequeños sorbos, desaparecía también, sorprendentemente, el recipiente mismo, centímetro a centímetro, hasta que, tras un sonoro regüeldo del director de circo, se esfumó en una nube de humo.
 —¿Han oído en alguna ocasión hablar de la jirafa? —prosiguió impasible ante la reacción provocada en su público—. Seis metros de altura, llena de lunares como una amanita roja y un cuello de dragón... ¿Qué son el barco de vapor y la locomotora comparados con las sensaciones que los aguardan en el circo ambulante de Barnaby Wilson?
 El monólogo del director se vio abruptamente interrumpido por una fuerte explosión procedente de uno de los vagones cubiertos que estaban dispuestos junto al mercado en un círculo de cien varas de diámetro, que mantenía la zona del espectáculo invisible para la multitud curiosa. Con fingido terror, se llevó la mano al corazón.
 —Lo que acabamos de oír, damas y caballeros —susurró en tono de cómplice conspirador—, es un ejemplo de los sobrecogedores experimentos del flogistonista sajón Bruno von Salza realizados con azúcar de plomo, crema de arsénico y flor de zinc. Con la ayuda del aire flogistonizado, es capaz de hacer saltar por los aires una catedral, de convertir en oro cualquier metal vulgar y de poner la materia en movimiento hasta el punto de que los muertos se levantan de sus tumbas y, de puro miedo, huyen a todo correr... Permítanme, además, que les presente al salvaje Leopold, capturado con lazo en el interminable desierto de Namibia, a Gandalalfo Bonaparte, hijo ilegítimo del gran Napoleón, a Miranda Bellaflor, la muchacha de las cuatro lenguas o al omnívoro ligur Jean-Paul, capaz de tragarse monedas de distinto valor antes de escupirlas en el orden que ustedes manden... ¡Ofrécenos una demostración de lo que sabes hacer, Jean!
 Con una discreta reverencia, un caballero de elevada estatura y extremada delgadez, cuya deformidad consistía en una excrecencia velluda que le cubría la mitad del rostro, se colocó junto a Barnaby Wilson sobre la pequeña tarima desde la que el director del circo se dirigía al público. El hombre sostenía en la mano un frasco lleno de abejas vivas. Con no poca ceremonia, desenroscó el tapón y colocó la abertura contra su boca, unas fauces enormes con las que, según decían, podía tragarse balas de cañón, de modo que el público pudo ver claramente cómo los insectos entraban volando en su boca.
 El omnívoro ligur cerró los labios, puso la tapadera y, hecho esto, con la mayor calma imaginable, como si se tratase de una de las píldoras del físico Ibrahim contra males sin nombre, se tragó las abejas una a una, emitiendo un claro sonido.
 Acto seguido y a una señal de Barnaby Wilson, abrió una vez más su tremenda boca de par en par de modo que el público pudiese ver con sus propios ojos que los insectos habían desaparecido, y con una nueva reverencia para franco regocijo de los asistentes, se aclaró la garganta y escupió las abejas una a una y, entre ensordecedores aplausos, los pequeños seres alados partieron volando, llevados por la tramontana, hacia la bahía en que el ocaso teñía de rojo la ciudad de Niza.
 A través de su máscara, Barnaby Wilson envolvió satisfecho a la multitud con la mirada de su único ojo. Varios cientos de curiosos se habían congregado ya formando una media luna a su alrededor; mujeres, hombres, niños y ancianos.
 A unos metros de su lado derecho descubrió con no poco agrado a un caballero de edad, enfundado en una levita y con una ridícula melena gris que le caía rizada sobre un par de hombros bastante femeninos.
 —¿Querrá el caballero dar un paso adelante y, a cambio de una entrada gratuita, permitirme que haga una demostración de otra de las sensaciones del circo? —dijo meloso—; a saber, el último juguete del emperador de la China, ¡el magnetismo fluido con efecto de repelencia!
Historia de un amor maravilloso - Vallgren, Carl-Johan - 978-84 ... El hombre pareció halagado al haber sido elegido para un experimento con el último juguete del emperador de la China y, mientras se acercaba al estrado con pie ufano aunque algo inseguro, Barnaby Wilson sacó del bolsillo de su amplio sobretodo marinero una botella de Leiden, lo hizo detenerse en uno de los peldaños y lo electrificó con la rapidez del rayo.
 —¡Fluidos magnéticos, el summum de los secretos! —exclamó con un histriónico temblor en su voz infantil mientras que a hurtadillas, por detrás de su espalda, frotaba una vara de vidrio contra una gamuza. Y antes de que el tímido caballero ataviado con su levita tuviese tiempo de reaccionar, ya estaba el director del circo ante él nuevamente, y con los estudiados movimientos llenos de misterio de un mago medieval murmuró unas fórmulas en una lengua que nadie comprendía, pero que no era otra que el galés de las islas del golfo de Cardigan, pasó las manos sobre la cabeza del hombre para enseguida oír encantado los suspiros de entusiasmo del público. Sobre la levita del caballero, en efecto, quedaron adheridos todo tipo de objetos ligeros que flotaban en el aire: hojas, pelusas, trozos de papel y hasta un par de las abejas vivas que el omnívoro ligur acababa de expulsar de su boca. La levita empezó a despedir pequeños rayos, y a diez centímetros de la coronilla del caballero su peluca gris flotaba en el aire, como un halo ceniciento, chisporroteante y electrificada—. ¡Vean, damas y caballeros, la undécima maravilla del mundo! —gritó triunfante Barnaby Wilson—. El fluido magnético llamado electricidad, lo último en la corte del emperador de China. Con esta rara energía, las ciudades no tardarán en iluminarse de modo que la noche se convierta en día, los caballos serán sustituidos por carros eléctricos, se enviarán mensajes y, en un segundo, llegarán a su destino a cientos de kilómetros de distancia, y el rostro de Dios se iluminará en el firmamento, desde donde, atónito, observará la inventiva del ser que, en su día, creó con una costilla y un poco de barro.
 Con el rostro encendido hasta el cuero cabelludo, el hombre echó mano de su peluca flotante y se marchó del mercado a todo correr. El público vitoreaba sin cesar y, al abrigo del alboroto, Lucretius III encendió las lámparas de su compleja fantasmagoría en la tienda más próxima.
 En la penumbra de la tienda contigua a la ventanilla de venta de entradas, ante el pasmo sincero del público y fingido de Barnaby Wilson, se materializó entonces la llamada jirafa que el director acababa de describir de forma tan fantasiosa, un monstruo moteado de treinta pies de altura que expulsaba fuego al son de la relativamente bien entonada orquesta de viento de la compañía.
 El público retrocedió aterrado, mas en el preciso momento en que estaba a punto de desatarse el pánico, la escena cambió de carácter para convertirse en una fantasmagoría que representaba el tétrico baño de Marat, con el célebre revolucionario muerto flotando en una bañera esmaltada llena de agua.
 —¡Damas y caballeros! —gritó Barnaby Wilson—. Por tan sólo dos céntimos, resucitarán los muertos y los arcángeles se harán corpóreos...
 A otra fantasmagoría de Lucretius, un nuevo susurro recorrió el público. Se trataba en esta ocasión de una representación de Robespierre, que con el rostro lívido y sosteniendo en la mano una pistola dio un par de pasos hacia el director del circo con la intención, a juzgar por las apariencias, de dispararle por la espalda. Sin embargo, Robespierre se transformó, a un simple gesto de Barnaby Wilson, en un centauro que se precipitó hacia el interior de la tienda en una carrera acompañada de dos estruendosas explosiones procedentes de la tienda salpicada de pólvora del flogistonista Bruno von Salza.
 —Tranquilos, señores —prosiguió Barnaby Wilson con una sonrisa—. Por esos dos céntimos, prometemos ofrecer algo más, a saber: la máxima seguridad contra todo tipo de apariciones.»

    [El texto pertenece a la edición en español de la Editorial Anagrama, 2007, en traducción de Carmen Montes Cano, pp. 113-116. ISBN: 978-84-339-7443-3.]

domingo, 10 de julio de 2022

En el enjambre.- Byung-Chul Han (1959)


Biblioteca Ignoria: Byung-Chul Han - La paradoja del presente
Sin respeto


 «”Respeto” significa, literalmente, “mirar hacia atrás”. Es un mirar de nuevo. En el contacto respetuoso con los otros nos guardamos del mirar curioso. El respeto presupone una mirada distanciada, un pathos de la distancia. Hoy esa actitud deja paso a una mirada sin distancias, que es típica del espectáculo. El verbo latino spectare, del que toma su raíz la palabra «espectáculo», es un alargar la vista a la manera de un mirón, actitud a la que le falta la consideración distanciada, el respeto (respectare). La distancia distingue el respectare del spectare. Una sociedad sin respeto, sin pathos de la distancia, conduce a la sociedad del escándalo.
   El respeto constituye la pieza fundamental para lo público. Donde desaparece el respeto, decae lo público. La decadencia de lo público y la creciente falta de respeto se condicionan recíprocamente. Lo público presupone, entre otras cosas, apartar la vista de lo privado bajo la dirección del respeto. El distanciamiento es constitutivo para el espacio público. Hoy, en cambio, reina una total falta de distancia, en la que la intimidad es expuesta públicamente y lo privado se hace público. Sin distancia tampoco es posible ningún decoro. También el entendimiento presupone una mirada distanciada. La comunicación digital deshace, en general, las distancias. La destrucción de las distancias espaciales va de la mano con la erosión de las distancias mentales. La medialidad de lo digital es perjudicial para el respeto. Es precisamente la técnica del aislamiento y de la separación, como en el Ádyton, la que genera veneración y admiración.
   La falta de distancia conduce a que lo público y lo privado se mezclen. La comunicación digital fomenta esta exposición pornográfica de la intimidad y de la esfera privada. También las redes sociales se muestran como espacios de exposición de lo privado. El medio digital, como tal, privatiza la comunicación, por cuanto desplaza de lo público a lo privado la producción de información. Roland Barthes define la esfera privada como “esa zona del espacio, del tiempo, en la que no soy una imagen, un objeto”. Visto así, habríamos de decir que no tenemos hoy ninguna esfera privada, pues no hay ninguna esfera donde yo no sea ninguna imagen, donde no haya ninguna cámara. Las Google Glass transforman el ojo humano en una cámara. El ojo mismo hace imágenes. Así, ya no es posible ninguna esfera privada. La dominante coacción icónico-pornográfica la elimina por completo.
   El respeto va unido al nombre. Anonimato y respeto se excluyen entre sí. La comunicación anónima, que es fomentada por el medio digital, destruye masivamente el respeto. Es, en parte, responsable de la creciente cultura de la indiscreción y de la falta de respeto. También la shitstorm[*] es anónima. Ahí está su fuerza. Nombre y respeto están ligados entre sí. El nombre es la base del reconocimiento, que siempre se produce nominalmente. Al carácter nominal van unidas prácticas como la responsabilidad, la confianza o la promesa. La confianza puede definirse como una fe en el nombre. Responsabilidad y promesa son también un acto nominal. El medio digital, que separa el mensaje del mensajero, la noticia del emisor, destruye el nombre.
   La shitstorm tiene múltiples causas. Es posible en una cultura de la falta de respeto y la indiscreción. Es, sobre todo, un fenómeno genuino de la comunicación digital. De este modo se distingue fundamentalmente de las cartas del lector, que están ligadas al medio analógico de la escritura y se envían a la prensa con un nombre explícito. Las cartas anónimas de los lectores terminan con rapidez en las papeleras de las redacciones de los periódicos. Y la carta del lector está caracterizada también por otra temporalidad. Mientras la redactamos, de manera laboriosa, a mano o a máquina, la excitación inmediata se ha evaporado ya. En cambio, la comunicación digital hace posible un transporte inmediato del afecto. En virtud de su temporalidad, transporta más afectos que la comunicación analógica. En este aspecto el medio digital es un medio del afecto.
   El tejido digital favorece la comunicación simétrica. Hoy en día los participantes en la comunicación no consumen las informaciones de modo pasivo sin más, sino que ellos mismos las engendran de forma activa. Ninguna jerarquía inequívoca separa al emisor del receptor. Cada uno es emisor y receptor, consumidor y productor a la vez. Pero esa simetría es perjudicial al poder. La comunicación del poder transcurre en una sola dirección, a saber, desde arriba hacia abajo. El reflujo comunicativo destruye el orden del poder. La shitstorm es una especie de reflujo, con todos sus efectos destructivos.
En el enjambre :: Herder Editorial   La shitstorm guarda relación con los desplazamientos de la economía del poder en la comunicación política. Crece en el espacio que está débilmente ocupado por el poder y la autoridad. Precisamente en jerarquías allanadas es posible atreverse con la shitstorm. El poder como medio de comunicación se cuida de que esta fluya veloz en una dirección. La selección de la acción hecha por los detentadores del poder es seguida por los sometidos, en cierto modo, sin barullo. El barullo o el ruido es una referencia acústica a la incipiente descomposición del poder. También la shitstorm es un ruido comunicativo. El carisma como expresión aurática del poder sería el mejor escudo protector contra shitstorms. No puede hincharse en absoluto.
   La presencia del poder reduce la improbabilidad de la aceptación de mi selección de la acción, de mi decisión de la voluntad por parte de otros. El poder como medio de comunicación consiste en elevar la probabilidad del sí ante la posibilidad del no. El sí es por esencia más carente de ruido que el no. El no es siempre alto. La comunicación del poder reduce considerablemente el barullo y el ruido, es decir, la entropía comunicativa. Así, la palabra del poder elimina de golpe el ruido en aumento. Engendra un silencio, a saber, el espacio de juego para acciones.
   El respeto como medio de comunicación ejerce un efecto semejante al del poder. El punto de vista de la persona respetable, o su selección de la acción, es con frecuencia aceptado y asumido sin contradicción ni réplica. La persona respetable incluso es imitada como modelo. La imitación corresponde a la obediencia, pronta a ejercitarse ante el poder. Justo allí donde desaparece el respeto surge la shitstorm ruidosa. A una persona de respeto no la cubrimos con una shitstorm. El respeto se forma por la atribución de valores personales y morales. La decadencia general de los valores erosiona la cultura del respeto. Los modelos actuales carecen de valores interiores. Se distinguen sobre todo por cualidades externas.
   El poder es una relación asimétrica. Funda una relación jerárquica. La comunicación del poder no es dialogística. El respeto, en contraposición al poder, no es por definición una relación asimétrica. Es cierto que el respeto se otorga con frecuencia a modelos o superiores, pero en principio es posible un respeto recíproco, que se basa en una relación simétrica de reconocimiento. Así, incluso una persona investida de poder puede tener respeto a los subordinados. La shitstorm, que hoy crece por doquier, indica que vivimos en una sociedad sin respeto recíproco. El respeto impone distancia. Tanto el poder como el respeto son medios de comunicación que producen distancia, que ejercen un efecto de distanciamiento.
   Ante el fenómeno de la shitstorm también habrá que definir de nuevo la soberanía. Según Carl Schmitt, es soberano el que decide sobre el estado de excepción. Esta frase sobre la soberanía puede traducirse a lo acústico. Es soberano el que tiene la capacidad de engendrar un silencio absoluto, de eliminar todo ruido, de hacer callar a todos de golpe. Schmitt no pudo tener ninguna experiencia con las redes digitales. Una experiencia de este tipo lo habría arrojado sin duda a una crisis total. Es sabido que durante toda su vida Schmitt tuvo miedo a las ondas electromagnéticas. Las shitstorms son también una especie de onda, que escapa a todo control. Se cuenta que, por miedo a las ondas, el anciano Schmitt alejó de su casa la radio y la televisión. E incluso, a la vista de las ondas electromagnéticas, se vio incitado a redactar de nuevo su famosa frase sobre la soberanía:
   Después de la Primera Guerra Mundial dije: "es soberano el que decide sobre el estado de excepción". Después de la Segunda Guerra Mundial, con la vista puesta en mi muerte, digo ahora: “Es soberano el que dispone sobre las ondas del espacio”.
   Después de la revolución digital, habremos de redactar de nuevo la frase de Schmitt sobre la soberanía: “Es soberano el que dispone sobre las shitstorms de la red”.»

 *Shitstorm: significa literalmente “tormenta de mierda”. Se usa en el sentido de “tormenta de indignación en un medio de Internet”. [N. del T.]

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Herder, 2014, en traducción de Raúl Gabás. ISBN: 978-84-2543-368-9.]

miércoles, 16 de junio de 2021

Muerte de un perfecto bilingüe.- Thomas Gunzig (1970)


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  «La columna de refugiados se extendía sobre algo menos de un kilómetro, en la cuneta de una carretera nacional enfangada, flanqueada por lo que, en primavera, debía ser un hermoso sotobosque, pero que en pleno invierno parecía más bien un cepillo para el pelo tirado en un rincón del cuarto de baño. En aquel decorado, los centenares de refugiados cumplían a la perfección el papel de ropa sucia: todo gris, amorfo y apestoso. Moktar pidió al conductor del camión que se detuviera a quinientos metros del primer grupo de refugiados, parara el motor y quitara las luces ya que, según él, aquellas gentes eran como conejos, igual de nerviosos y cobardes, y el ruido del motor, la luz de los faros y decenas de tipos uniformados podían provocar en un instante un pánico inenarrable.
 -El pánico –dijo Moktar- es nuestro peor enemigo. La gente con pánico es capaz de cualquier cosa. Está bien que sientan miedo, pero sobre todo, nada de pánico.
 Echó una mirada al reloj. A un kilómetro, del otro lado de la columna de refugiados, Naxos había empezado a currar con los equipos de la tele. Dirk había conectado uno de los aparatos de emisión y recepción, había sintonizado la frecuencia y se detuvo cuando la voz del presentador irrumpió en medio de los parásitos:
 -Esta gente, que huye de la miseria, la guerra y el horror, se ha echado a cientos a las carreteras. Algunos llevan varios días sin comer, todos padecen deshidratación o infecciones de todo tipo debido a las malas condiciones de vida. Un hombre explicaba cómo ayer, su mujer tuvo que dar a luz en un foso, y como máxima atención tan sólo recibió un vaso de leche no esterilizada. Sin embargo, más que el hambre o la enfermedad, a lo que estas personas temen es a los terroristas, que andan escondidos entre ellos, los someten a espantosos chantajes, amenazan de muerte al que se atreva a romper la ley del silencio y les imponen “el impuesto”, como aquí se llama, en otras palabras, la extorsión cotidiana de sus escasos haberes…
 Por detrás de la voz del presentador podíamos oír la voz de Naxos, que decía a la gente que no se preocupara, que los camiones de la “General Food” iban a distribuirles raciones y que los niños recibirían leche y cereales. Media hora después vimos cómo el helicóptero de la cadena tomaba altitud en un cielo negro y glacial. De lejos, con sus balizas, parecía una bola de Navidad parpadeante. Moktar recibió la señal que estaba esperando. Pidió por radio a los soldados del ejército regular que habían ayudado a los equipos de televisión y a los “Lluvias” de Naxos que permanecieran in situ para servir de “tampón” en su lado de la columna. Se apeó del camión, mandó acercarse al soldado de mayor graduación de los que nos acompañaban, un hombrecillo barbudo con la cara en forma de pera, y le ordenó disponer a sus hombres en los bosques que se extendían a lo largo de la carretera.
 Moktar nos dijo que hiciéramos lo mismo que él. Bajo la luz de los proyectores instalados sobre los camiones, se acercó a la columna de refugiados, diciendo:
 -Calma, todo irá bien, seguid nuestras instrucciones.
 Se produjo un ligero movimiento de masas, pero prosiguió con sus palabras, zambulléndose en medio de la muchedumbre. Igual que en un lago invadido por las algas.
 Y nosotros, detrás de él, repetíamos a los hombres, mujeres, viejos y niños que se chupaban el pulgar:
 -Hay unos autocares esperándoos a cincuenta metros que os llevarán a algún lugar seguro.
Vi que algunas sombras abandonaban la carretera y se replegaban en el bosque. Se oyó con claridad detonar una serie de disparos, clac, clac, clac, como un ruido de guijarros golpeándose entre sí. Era evidente que el barbudo con cara de pera había entendido las instrucciones. Se hizo un gran silencio y esta vez pudimos escuchar la voz alta y clara de Moktar repitiendo incansablemente:
 -Calma, todo irá bien, seguid nuestras instrucciones. Hay unos autocares esperándoos a cincuenta metros que os llevarán a algún lugar seguro.
 Agarraba a todos los que se le ponían a tiro y los empujaba hacia nosotros, que íbamos siguiéndolo, y que los empujábamos, a su vez, hacia atrás, donde esperaban los autocares.
 Por más sorprendente que pueda parecer, a pesar del centenar de personas que se hallaban delante de nosotros, aquel simple gesto de agarrar a uno y empujarlo hacia atrás acabó por crear un movimiento generalizado de desplazamientos hacia los autocares. Moktar se volvió un momento hacia mí, con decenas y más decenas de personas desfilando entre nosotros, y me lanzó una mirada en la que brillaban orgullo y picardía, y que me tranquilizó respecto a su estado de ánimo. La fuga de Suzy no estaba afectándole demasiado. En el bosque estallaron otros disparos, que parecían parte del decorado; nadie les prestó atención.
 Nos llevó más de dos horas conseguir que todo el mundo se subiera a los autocares, cuyo número resultó que se había calculado muy por lo bajo, vista la cantidad de gente a la que había que trasladar. Pegadas a la rejilla de las ventanas, se veían decenas de caras apretujadas, centenares de ojos aterrados observando nuestras idas y venidas. Dirk encendió una colilla mientras se inspeccionaba el calzado. El hombre con cara de pera salió del bosque junto a sus soldados del ejército regular transportando tres grandes bultos. Se acercaron a Moktar y los depositaron a sus pies.
 -¿Qué hacemos con esto?
 Moktar observó. Eran los cuerpos de dos hombres y de una muchacha. Se dio la vuelta en dirección a los autocares, de los que salía en aquel momento un rumor amenazante.
 -Menudo jodido fregado que me habéis montado con esto. ¿A qué no sabéis cuánto tiempo puede llevar calmar a una muchedumbre presa del pánico?
 El hombre con cara de pera pareció ofendido de que se le recriminara algo delante de sus hombres.
 -En todo caso, ya están dentro, o sea que lo del pánico nos la suda –contestó.
 A nuestras espaldas aumentaba el rumor. Desde los diez autocares nos llegaban voces insultándonos. Crecía la agitación, la gente se levantaba, trataba de apearse. Los autocares empezaron a balancearse, igual que barcazas sobre el oleaje.
Resultado de imagen de thomas gunzig muerte del perfecto bilingue -Mierda –dijo Moktar.
 Entonces, de uno de los autocares surgió sordo el grito de una mujer, incomprensible, pero de golpe el rumor se amplificó hasta un nivel casi escalofriante, llenando todo el espacio de vibraciones hostiles. Era como si el oleaje arreciara y el balanceo de los autocares se hizo peligroso.
 -¿Así que el pánico nos la suda, no? –soltó Moktar en un tono irónico.
 El hombre con cara de pera no contestó aunque en su semblante permaneciera una sonrisa crispada.
 -Vente conmigo –me dijo el esloveno, dirigiéndose hacia el autocar más cercano.
 Nos subimos a la parte delantera del vehículo. Dentro, todo eran voces y gritos; un proyectil lanzado desde el fondo, me rozó la cara. Olía a miedo, a sudor, a ropa vieja y a orina. Moktar agarró al primero que tuvo a mano, un tipo joven que llevaba una chaqueta de esquiar completamente pasada de moda, lo alzó sujetándolo por el cuello de la prenda, sacó su revólver de servicio, lo encañonó en la sien y disparó.
 En el recinto cerrado del autocar, el ruido resultó ensordecedor; brotó sangre y materia cerebral, como en el estallido de un fuego de artificio. El joven salió proyectado contra la rejilla y rebotó, cayendo en el pasillo central, donde se desplomó quedándose sentado en una extraña posición. Al instante se hizo un silencio, un silencio tan pesado como una plancha de hierro fundido.
 -Guardad la calma, todo saldrá bien, seguid nuestras instrucciones –dijo Moktar antes de apearse del autocar.
 En los demás autocares, al igual que en el que abandonábamos, reinaba el silencio. A pesar de no haber sido testigos de la escena, todo el mundo sabía lo que acababa de ocurrir. Moktar debió de leer sorpresa en mi mirada.
 -Conviene que los otros no se imaginen cualquier cosa, sino que vean la misma cosa. Es ahora la única manera de que el trayecto se recorra en calma.
 Nos habíamos montado en el autocar siguiente, en el que se mascaba una calma aterrada. Mokatra agarró al primero que tuvo a su alcance, una muchachota de unos veinte años de edad, y de nuevo: revólver, sien, disparo, ruido ensordecedor, fuego artificial rojo, y repitió:
 -Guardad la calma, todo saldrá bien, seguid nuestras instrucciones.
 Así fue cómo procedimos en los diez autocares, ¡PAM! ¿PAM ¡PAM!, y cuando al final nos acercamos al hombre con la cabeza en forma de pera, reinaba una calma absoluta apenas interrumpida por el ruido de los motores al ralentí.
 -Tiene usted buena mano –dijo el hombre, admirado-. En mi vida civil era profe en un instituto conflictivo; seguro que se le habría dado a usted muy bien.
 -Gracias; poned a estos tres a un lado. En medio de la carretera acabarán provocando un accidente –contestó Moktar al tiempo que señalaba a los tres cuerpos.
 -Se había hecho tarde y teníamos bastante camino por delante para regresar a la ciudad. Debido a la tensión que se había ido fraguando me di cuenta de lo cansado que estaba. La nuca, igual de rígida que un azadón, me dolía mucho. Los diez autocares emprendieron su ruta, saturando el aire gélido con el humo de los tubos de escape.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Funambulista, 2009, en traducción de Ascensión Cuesta, pp.213-220. ISBN: 978-84-96601-36-9.]

lunes, 28 de enero de 2019

Del teatro griego al teatro de hoy.- Francisco Rodríguez Adrados (1922)


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I.-El teatro griego y sus orígenes
Características generales de la tragedia y comedia griega

«Naturalmente, el teatro moderno [...]. Tiene algunas veces una buena medida de imitación del griego, corales, o danza, o lo que sea, y ello es absolutamente evidente. De otra parte, el teatro moderno puede tratar temas colectivos, evidentemente, por ejemplo, el destino de una sociedad o los grandes temas humanos; pero con mucha más frecuencia todo está enfocado al hombre individual. En el teatro antiguo lo individual es, en cambio, secundario, los temas colectivos son primarios. Primero, los grandes temas colectivos del enfrentamiento de la guerra, del amor, de la muerte, luego aplicados ya a circunstancias políticas. Cuando se desarrolla el drama del hombre individual, ese desarrollo es algo fundamentalmente secundario. Pues el teatro griego es un teatro de la ciudad, organizado por el Estado para aleccionar a la ciudad sobre momentos decisivos de la vida humana, pero no de la vida individual, sino de la vida de todo un pueblo. Es una lección. Por otra parte, el teatro moderno, naturalmente, no está ligado ni a un lugar ni a un tiempo; se puede representar en cualquier momento, mientras que en Grecia el teatro estaba atado a unas fechas muy concretas y a un lugar muy concreto en Atenas.
 Era parte de la fiesta y hoy día el concepto de la fiesta se ha ampliado, hoy día todo el año es fiesta, todo el año es carnaval, que decía Larra: la fiesta nos envuelve, el teatro, el cine, la novela, la televisión. La fiesta era en Grecia una cosa muy concreta para circunstancias y lugares muy concretos, y el teatro era parte de la fiesta. ¿Era religioso o no era religioso? Bien, esta dicotomía no existía, la fiesta es religiosa y profana al mismo tiempo, y el teatro era religioso y profano al mismo tiempo. Los grandes problemas de la ideología religiosa y del destino humano allí se trataban, pero esto era una diversión en el sentido etimológico, un apartarse de las cosas de todos los días, el momento en que los grandes héroes del pasado, los animales fantásticos, los dioses se aparecían en el acto de la mímesis delante de todo el pueblo. La representación teatral era el momento en que todos esos graves problemas que en la vida diaria tratamos de rehuir se planteaban en la escena  y era el momento en que las normas de conducta de la vida diaria se relajaban: por ejemplo, un hombre no puede llorar, no debe llorar, no es de buena educación, diríamos, que un hombre llore en la sociedad ateniense. Una mujer es diferente. Pues bien: en el teatro el héroe llora y ríe, y los temas tabúes sobre la muerte y sobre los grandes problemas, sobre el sexo, todos esos temas están allí como parte de la fiesta, entre la relajación de las costumbres habituales. Esto no lo comprendemos porque, repito, la fiesta lo ha invadido todo, pero era muy característico, absolutamente característico.
 Así el teatro era una parte de la fiesta y traía delante del público del siglo V el mundo antiguo de los héroes, de los dioses, de los orígenes del mundo, y representaba sus leyendas. Pero esas leyendas tenían un interés actual porque, en definitiva, eran los grandes temas colectivos y humanos los que allí eran representados para enseñanza del pueblo, pero todo con una serie de sistematizaciones muy fuertes, de tipificaciones entre géneros con ayuda de elementos formales y de contenido tradicionales que el poeta tenía que utilizar para dar vida ante el público a las viejas leyendas, en el caso de la tragedia. En el caso de la comedia, se dirá, son argumentos nuevos. Sí y no, son argumentos nuevos en cierto sentido, pero sobre esquemas absolutamente tradicionales y siempre los mismos. Ése es el teatro antiguo.
 Evidentemente, hay una razón de todas esas construcciones de que yo hablaba, y que luego dentro del mismo teatro griego a lo largo de todo el tiempo han ido relajándose; esa relajación ha continuado, luego, en la descendencia del teatro griego a partir de la época del Humanismo hasta el momento de hoy. Todo esto tiene que ver con un hecho muy claro y fundamental que es que, como todo el mundo sabe, el teatro griego procede del rito, ya es espectáculo porque hay unos que actúan y otros que contemplan; y los que actúan están allí para aquéllos que lo contemplan, el rito es participación y es algo que siempre es igual. Ahora, en cambio, hay un autor individual que crea un argumento que es nuevo cada vez, aunque sea sobre una serie de constantes, hay ya un espectáculo, evidentemente. Aunque guarda grandísimos restos de haber procedido del rito, de ritos en los cuales, en la fiesta de primavera, coros que danzan y que cantan son interpretados como representando antiguas leyendas.
[...] El enfrentamiento es el núcleo del teatro; el teatro está basado en un enfrentamiento que se resuelve de una manera o de otra, enfrentamiento que en un principio es entre un coro y un personaje, o entre dos coros, y esto no es más que confirmación y continuación de los agones, de los enfrentamientos rituales que tenían lugar. ¿Con qué significado? Con múltiples significados, con múltiples temas; la búsqueda de un dios, el enfrentamiento de dos bandos con la derrota del uno o del otro, la llegada del dios que se impone y que trae la vida, la fecundidad, el amor, la derrota, acompañada de la muerte. Los matices, los temas son muy diferentes. Por lo demás, los rituales son bastante fijos, pero las interpretaciones míticas son bastante variables, bastante fluctuantes. En el rito ha encontrado el teatro sus elementos, pero, naturalmente, el rito era una cosa mínima al lado de lo que es una pieza de teatro, que engloba una serie de momentos varios complejos.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1999. ISBN: 84-206-3675-4.]

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Headhunters.-Jo Nesbo (1960)


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Cuarta parte: La selección
23.-Redacción de tarde

«La sintonía del programa de actualidad Redacción de tarde consistía en un acorde sencillo que evocaba en los telespectadores imágenes de bossa nova, de caderas bamboleantes y bebidas de colores chillones, y no historias duras sobre política y sobre la triste problemática social. O, en el caso de aquella noche, sobre la criminalidad. Con una sintonía breve, se daba a entender que Redacción de tarde era un programa que no hablaba de naderías superfluas, sino que iba al grano, que daba prioridad al contenido.
 Probablemente por esa razón, el programa de hoy en el Estudio 3 empezaba con una cámara encaramada a una grúa. Mostraba a los participantes desde arriba y luego descendía en un movimiento de barrido que terminaba en lo que se llama un plano de la cabeza del presentador Odd G. Dybwad.
 Y como de costumbre, en ese preciso momento, él levantaba la vista de los documentos que tenía delante y se quitaba las gafas de cerca. Tal vez fuese idea del productor: es posible que él o ella pensara que así daba la impresión de que la noticia que iban a tratar era tan de ultimísima hora que a G. Dybwad casi no le había dado tiempo a leerla.
 Odd G. Dywab tenía el pelo recio y corto con aladares grises y una de esas caras que siempre aparentan cuarenta años. Aparentaba cuarenta años cuando cumplió los treinta y los seguía aparentando ahora que había cumplido cincuenta. Era licenciado en sociología, un hombre analítico, de gran inteligencia verbal y de talante verdaderamente tabloide. Seguro que no fueron esas cualidades las que animaron a la dirección del canal a concederle su propio programa de debate, sino el trabajo que Odd G. Dybwad había desarrollado como presentador de las noticias, puesto en el que llevaba media vida. El trabajo consistía principalmente en leer textos ya escritos con la entonación y la expresión facial correctas vistiendo el traje correcto y la corbata correcta, pero en el caso de G. Dybwad, la entonación, la expresión facial y la corbata fueron tan correctas que le otorgaron más credibilidad que a ninguna otra persona viva de todo Noruega. Y para llevar un programa como Redacción de tarde se necesitaba credibilidad. Por extraño que pudiera parecer, el hecho de que Odd G. Dybwad hubiese declarado en varias ocasiones que adoraba las historias de sus telespectadores y que en las reuniones de la redacción fuese él y no el director quien sugería la elección de los casos más comerciales no había conseguido más que reforzar su impunidad. Odd G. Dybwad prefería los puntos de vista que apelaban al calor y a los sentimientos, no quería dudas, ambivalencias y razonamientos, eso era más propio de las crónicas periodísticas. El estribillo que utilizaba cuando los medios le preguntaban sobre este asunto era: "¿Por qué dejar los debates sobre la familia real, los padres adoptivos homosexuales y el uso fraudulento de pensiones a personas poco serias cuando lo podemos hacer nosotros en Redacción de tarde?"
 Redacción de tarde era un éxito rotundo y Odd G. Dybwad, una celebridad. Lo bastante como para poder casarse con una de las estrellas jóvenes del canal después de un divorcio muy desgarrador y muy público.
 -Esta noche tenemos dos casos -anunció con voz trémula de entusiasmo contenido mientras miraba insistentemente desde la pantalla del televisor-. En el primero, haremos un resumen de uno de los homicidios más dramáticos de la historia de Noruega. Tras un mes de intensa investigación, la policía opina que finalmente se han podido atar todos los cabos del llamado caso Greve. Se trata de un total de ocho homicidios. Un hombre estrangulado en su granja, en las afueras de Elverum. Un coche de policía en el que viajaban cuatro agentes, embestido por un tráiler que habían robado previamente. Una mujer asesinada de un disparo en su casa de Oslo. Todo eso, antes de que los dos implicados principales se liquidaran a tiros en una casa de Tonsenhagen, aquí en Oslo. Como ya sabemos, se grabó el drama final, ya que la casa estaba equipada con un sistema de alarma con cámara de vigilancia. Hubo una fuga de información y las copias de esas grabaciones se filtraron. Llevan semanas circulando por Internet.
 G. Dybwad aumentó la dosis de patetismo.
 -Y por si fuera poco, en el centro de este singular caso, tenemos un cuadro mundialmente conocido. La caza del jabalí de Caledonia, de Peter Paul Rubens, estaba desaparecido y se daba por perdido desde la Segunda Guerra Mundial. Hasta que hace cuatro semanas fue hallado en una... -en este punto, G. Dybwad se emocionó tantísimo que tartamudeó ligeramente- ¡... una... una letrina noruega!
 Tras semejante entrada, Odd G. Dybwad se vio obligado a hacer una pequeña escala antes de seguir levitando.
 -Tenemos un invitado que nos ayudará a resumir el caso Greve. Brede Sperre...
 G. Dybwad hizo una minúscula pausa con la que el productor, que aguardaba en la sala de control, recibía la consigna de cambiar a la cámara 2. El productor eligió un plano medio corto del siguiente invitado. Un hombre rubio y guapo. Con traje caro para ser un funcionario público, camisa abierta, botones de nácar, probablemente diseñada por el estilista de ELLE al que se follaba en secreto o casi en secreto. Ninguna de la espectadoras femeninas cambiaría de canal, de momento.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de RBA, 2014, en traducción de Carmen Montes Cano y Ada Berntsen. ISBN: 978-84-9056-145-4.]