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domingo, 1 de diciembre de 2024

La tía Tula.- Miguel de Unamuno (1864-1936)

 

VII

 «Ahora, ahora que se había quedado viudo, era cuando Ramiro sentía todo lo que sin él siquiera sospecharlo había querido a Rosa, su mujer. Uno de sus consuelos, el mayor, era recogerse en aquella alcoba en que tanto habían vivido amándose y repasar su vida de matrimonio.
 Primero el noviazgo, aquel noviazgo, aunque no muy prolongado, de lento reposo, en que Rosa parecía como que le hurtaba el fondo del alma siempre, y como si por acaso no la tuviese o haciéndole pensar que no la conocería hasta que fuese suya del todo y por entero; aquel noviazgo de recato y de reserva, bajo la mirada de Gertrudis, que era todo alma. Repasaba en su mente Ramiro, lo recordaba bien, cómo la presencia de Gertrudis, la tía Tula de sus hijos, le contenía y desasosegaba, cómo ante ella no se atrevía a soltar ninguna de esas obligadas bromas entre novios, sino a medir sus palabras.
 Vino luego la boda y la embriaguez de los primeros meses, de las lunas de miel; Rosa iba abriéndole el espíritu, pero era éste tan sencillo, tan transparente, que cayó en la cuenta Ramiro de que no le había velado ni recatado nada. Porque su mujer vivía con el corazón en la mano y extendía ésta en gesto de oferta y con las entrañas espirituales al aire del mundo, entregada por entero al cuidado del momento, como viven las rosas del campo y las alondras del cielo. Y era a la vez el espíritu de Rosa como un reflejo del de su hermana, como el agua corriente al sol de que aquél era el manantial cerrado.
 [...]
 ¡Qué de recuerdos! Aquellos juegos cuando la pobre se le escapaba y la perseguía él por la casa toda, fingiendo un triunfo para cobrar como botín besos largos y apretados, boca a boca; aquel cogerle la cara con ambas manos y estarse en silencio mirándole el alma por los ojos y, sobre todo, cuando apoyaba el oído sobre el pecho de ella, ciñéndole con los brazos el talle, y escuchándole la marcha tranquila del corazón, le decía: "¡Calla, déjale que hable!"
 Y las visitas de Gertrudis, que con su cara grave y sus grandes ojazos de luto a que asomaba un espíritu embozado, parecía decirles: "Sois unos chiquillos que cuando no os veo estáis jugando a marido y mujer; no es ésta la manera de prepararse a criar hijos, pues el matrimonio se instituyó para casar, dar gracias a los casados y que críen hijos para el cielo".
 ¡Los hijos! Ellos fueron sus primeras grandes meditaciones. Porque pasó un mes y otro y algunos más y al no notar señal ni indicio de que hubiese fructificado aquel amor, "¿tendría razón -decíase entonces- Gertrudis? ¿Sería verdad que no estaban sino jugando a marido y mujer, y sin querer, con la fuerza toda de la fe en el deber, el fruto de la bendición del amor justo?" Pero lo que más le molestaba entonces, recordábalo bien ahora, era lo que pensarían los demás, pues acaso hubiese quien le creyera a él, por no haber podido hacer hijos, menos hombre que otros. ¿Por qué no había de hacer él, y mejor, lo que cualquier mentecato, enclenque y apocado hace? Heríale en su amor propio; habría querido que su mujer hubiese dado a luz a los nueve meses justos y cabales de haberse ellos casado. Además, eso de tener hijos o no tenerlos debía depender -decíase entonces- de la mayor o menor fuerza de cariño que los casados se tengan, aunque los hay enamoradísimos uno de otro y que no dan fruto, y otros, ayuntados por conveniencias de fortuna y ventura, que se cargan de críos. Pero -y esto sí que lo recordaba bien ahora- para explicárselo había fraguado su teoría, y era que hay un amor aparente y consciente, de cabeza, que puede mostrarse muy grande y ser, sin embargo, infecundo, y otro sustancial y oculto, recatado aun al propio conocimiento de los mismos que lo alimentan, un amor del alma y el cuerpo enteros y juntos, amor fecundo siempre. ¿No querría él lo bastante a Rosa o no le querría lo bastante Rosa a él? Y recordaba ahora cómo había tratado de descifrar el misterio mientras la envolvía en besos, a solas, en el silencio y oscuridad de la noche, y susurrándola, una y otra vez al oído, en letanía, un rosario de "¿me quieres, me quieres, Rosa?", mientras a ella se le escapaban los síes desfallecidos. Aquello fue una locura, una necia locura, de la que se avergonzaba apenas veía entrar a Gertrudis derramando serena seriedad en torno, y de aquello le curó la sazón del amor cuando le fue anunciado el hijo. Fue un transporte loco..., ¡había vencido! Y entonces fue cuando vino, con su primer fruto, el verdadero amor.
  El amor, sí. ¿Amor? ¿Amor dicen? ¿Qué saben de él todos esos escritores amatorios, que no amorosos, que de él hablan y quieren excitarlo en quien los lee? ¿Qué saben de él los galeotos de las letras? ¿Amor? No amor, sino mejor cariño. Eso de amor -decíase Ramiro ahora- sabe a libro; sólo en el teatro y en las novelas se oye el yo te amo; en la vida de carne y sangre y hueso el entrañable ¡te quiero! y el más entrañable aún callárselo. ¿Amor? No, ni cariño siquiera, sino algo sin nombre y que no se dice por confundirse ello con la vida misma. Los más de los cantores amatorios saben de amor lo que de oración los masculla-jaculatorias, traga-novenas y engulle-rosarios. No, la oración no es tanto algo que haya que cumplirse a tales o cuales horas, en sitio apartado y recogido y en postura compuesta, cuanto es un modo de hacerlo todo votivamente, con toda el alma y viviendo en Dios. Oración ha de ser el comer, y el beber, y el pasearse, y el jugar, y el leer, y el escribir, y el conversar y hasta el dormir, y el rezo todo, y nuestra vida un continuo y mudo "hágase tu voluntad" y un incesante "¡venga a nos el tu reino!", no ya pronunciados, mas ni aun pensados siquiera, sino vividos. Así oyó la oración una vez Ramiro a un santo varón religioso que pasaba por maestro de ella, y así lo aplicó él al amor luego. Pues el que profesara a su mujer y a ella le apegaba veía bien ahora en que ella se le fue, que se le llegó a fundir con el rutinero andar de la vida diaria, que lo había respirado en las mil naderías y frioleras del vivir doméstico, que le fue como el aire que se respira y al que no se le siente sino en momentos de angustioso ahogo, cuando nos falta. Y ahora ahogábase Ramiro, y la congoja de su viudez reciente le revelaba todo el poderío del amor pasado y vivido.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Salvat Editores, 1969, pp. 52-55. Depósito legal: M-8.545-1969.]

martes, 5 de mayo de 2020

No soy así. Cuentos, 1953-1996.- Kjell Askildsen (1929)

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Últimas notas de Thomas F. para la humanidad (1983)
Carl

  «Cuando mi mujer todavía vivía, creía que cuando ella muriera yo tendría más espacio para mí. Sólo su ropa interior ocupa tres cajones de la cómoda, pensaba. Cuando muriera, podría ocuparlos yo, uno con mis monedas de cobre, otro con las cajas de cerillas y  el tercero con los corchos. Tal y como está ahora, pensaba, es un caos total.
 Mi mujer murió hace ya mucho. Era una mujer exigente, que descanse en paz, por fin me la concedió a mí. Vacié los cajones, las estanterías y los armarios. Retiré todo lo que había sido suyo y gané mucho espacio libre, más de lo que necesitaba. Pero lo vacío, vacío está. Me deshice de un par de armarios, pero sólo conseguí una habitación más vacía, en lugar de dos armarios vacíos. Fue una imprudencia por mi parte, pero ocurrió
, como ya he dicho, hace mucho tiempo, y yo era mucho más joven entonces.
 Pues bien, semanas o tal vez meses después de haber cometido esa imprudente ampliación del vacío de mi cuarto, recibí la sorprendente visita de mi segundo hijo, Carl. Venía a por un chal de su madre, un chal que por lo visto tenía pensado regalarle a su mujer como recuerdo de su infancia. Cuando supo que me había deshecho de él, montó en cólera. ¿Para ti no hay nada sagrado?, me gritó. Y eso lo decía él, que es un hombre de negocios y vive de la compraventa. Me entraron ganas de interrumpirle, pero me contuve, al fin y al cabo soy en parte responsable de su existencia. ¿Qué tenía de especial ese chal?, pregunté en tono conciliador. Mamá lo hizo a ganchillo, mientras me estaba esperando. Le tenía un cariño especial. Comprendo, el chal nació contigo. ¿Eras acaso su hijo preferido? Da la casualidad de que sí. Ah, no, de casualidad nada, contesté, estaba empezando a perder la paciencia. Es su vivo retrato, y como ella, incapaz de descubrir las leyes naturales de la existencia. Bueno, el chal se ha perdido y no se puede recuperar -dije-, tendrás que consolarte pensando que sólo lo perdido se posee eternamente, como dice el poeta. Desde luego, es una afirmación bastante tonta, pero pensé que le gustaría. Me equivoqué, me había olvidado por un instante de que él es un hombre de negocios. Dio un paso amenazador hacia mí, soltó una furiosa pero aburrida retahíla sobre mi insensibilidad y concluyó diciendo que algunas veces no entendía que yo fuera su padre. Tu madre era una mujer honrada, contesté, pero él no captó el sentido de mis palabras. ¿Cómo he podido tener unos hijos tan duros de mollera? No necesitas recordármelo, me dijo. Se había ido poniendo cada vez más rojo, de pronto se me ocurrió que tal vez padeciera del corazón, al fin y al cabo había cumplido ya sesenta años, y con el fin de evitar una desgracia, le dije que sentía lo del chal y que si hubiera venido antes, habría podido llevarse todo lo que había pertenecido a su madre. Sigo pensando que lo dije en un tono muy conciliador, pero él se puso aún más rojo. ¿No querrás decir que lo has tirado todo?, gritó. Todo, respondí. Pero, ¿por qué? No quise contestarle, así que dije: Tú nunca lo entenderías. Pero qué falta de humanidad. Al contrario. Lo hice como resultado de una decisión bien meditada, y esa manera de actuar, por así decirlo, es lo único que nos hace específicamente humanos. Fue por mi parte un puro sofisma, claro, pero él no pareció escuchar mis palabras. Entonces no tengo nada que hacer en esta casa, gritó. Había adquirido la costumbre de gritar, lo que tal vez indicara que su mujer se estaba quedando sorda. Yo, por mi parte, oigo muy bien, lo cual a veces resulta molesto. Algunos sonidos son mucho más fuertes de lo que eran; además, han aparecido otros nuevos, tales como el martillo neumático y cosas semejantes. Así que no me importaría estar un poco sordo. Oigo lo que dices -dije-, pero no veo que tenga solución. Entonces se marchó por fin, ya era hora, porque si no yo podría haber perdido la paciencia. Lo cierto es que tengo más paciencia ahora que antes, supongo que se debe a la edad, pues los viejos tenemos que soportar mucho. […]
No soy así - nordicalibros.com 
María

Un otoño me encontré por sorpresa con mi hija María en la acera delante de la relojería; estaba más delgada, pero no me costó nada reconocerla. No recuerdo ya por qué estaba yo en la calle, pero tenía que tratarse de algo importante, porque fue después de que la barandilla de la escalera se hubiera roto, así que en realidad ya había dejado de salir a la calle. Pero fuera como fuera, me encontré con ella, y se me ocurrió pensar: Qué casualidad tan extraña que yo haya salido justamente hoy. Pareció alegrarse de verme, porque dijo "padre" y me dio la mano. Ella era la que más me gustaba de mis hijos; cuando era pequeña decía a menudo que yo era el mejor padre del mundo. Y solía cantar para mí, por cierto bastante mal, pero no era culpa suya, lo había heredado de su madre. María -dije-, eres realmente tú, tienes buen aspecto. Sí, bebo orina y soy vegetariana, contestó. Me eché a reír, hacía mucho que no me reía, imagínate, tenía una hija con sentido del humor, incluso con un humor un poco atrevido, quién lo diría. Fue mi momento hermoso. Pero me equivoqué, qué fastidio que uno nunca consiga quitarse las ilusiones de encima. Mi hija se quedó como embobada y con la mirada perdida. Te estás burlando de mí -dijo-, pero si yo te contara... Me pareció haberte oído decir "orina", contesté. Orina, sí, y me he convertido en otra persona. No lo dudé ni un momento, era lógico, debe de resultar imposible seguir siendo la misma persona antes y después de haber empezado a beber orina. Bueno, bueno, dije en tono conciliador, y con ganas de hablar de otra cosa, tal vez de algo agradable, nunca se sabe. Entonces me fijé en que llevaba una alianza y le comenté: Veo que te has casado. Ella miró el anillo. Ah, lo llevo sólo para mantener a raya a los pesados. Eso sí que tendría que ser una broma, calculé rápidamente que por lo menos tendría cincuenta unos cincuenta y cinco años, y tampoco era tan guapa. Así que volví a reírme por segunda vez en mucho tiempo, y en medio de la acera. ¿De qué te ríes?, preguntó. Creo que me estoy haciendo mayor, contesté, cuando me di cuenta de que me había equivocado una vez más, "conque es así como se hace hoy en día". Ella no contestó, así que no sé, supongo y espero que mi hija no sea muy representativa de los nuevos tiempos. Pero, ¿por qué he tenido hijos como ella, por qué?
 Nos quedamos un instante callados, pensé que ya era hora de despedirse, un encuentro inesperado no debe durar demasiado, pero justo en ese momento mi hija me preguntó si me encontraba bien. No sé lo que quiso preguntar, pero contesté la verdad, que lo único que me molestaban eran las piernas. Ya no me obedecen, mis pasos son cada vez más cortos y pronto no podré moverme. No sé por qué le hablé tanto de mis piernas y ciertamente resultó que no debería haberlo hecho. Será la edad, dijo ella. Desde luego que es la edad -contesté-, ¿qué otra cosa iba a ser? Pero supongo que ya no necesitas usarlas tanto, ¿no? Si tú lo dices -contesté-, si tú lo dices. Al menos captó la ironía, diré eso en su favor, y se irritó, pero no consigo misma, porque dijo: Todo lo que digo está mal. No supe qué contestar a eso, ¿qué podría haber contestado? Me limité a sacudir la cabeza inexpresivamente, ya hay demasiadas palabras en circulación por el mundo y el que habla mucho no puede mantener lo dicho.
 Bueno, tengo que seguir mi camino -dijo mi hija tras una pausa breve pero lo suficientemente larga-, tengo que ir al herbolario antes de que cierren. Ya nos veremos. Y me dio la mano. Adiós, María, dije. Y se marchó. Esa era mi hija. Sé que todo tiene su lógica inherente, pero no siempre resulta fácil descubrirla.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Nórdica Libros, 2018, en traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. ISBN: 978-84-17281-71-7.]

lunes, 20 de enero de 2020

El arpa de hierba.- Truman Capote (1924-1984)

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Cinco

«-Papá juró que le pegaría un tiro. Más de cien veces dijo Geraldine, dinos quién ha sido y Dan tomará una escopeta e irá a por él. Me echaba a reír hasta que acababa llorando; otras veces sucedía al revés. Bien, les dije que no tenía la menor idea de quién era el responsable, que había estado con cinco o seis chicos en Youfry y ¿cómo podía saber yo quién lo había hecho? Mi madre me abofeteó en la cara cuando dije eso. Pero acabaron por creerlo y creo que al cabo de algún tiempo incluso el propio Dan Rainey llegó a creerlo... o al menos quería creerlo, el pobre chico, tan desgraciado. Todos esos meses la casa estuvo revuelta y en ellos murió papá. No quisieron dejarme asistir al entierro pues estaban avergonzados de que alguien pudiera verme en mi estado. Ocurrió ese día, cuando todos ellos estaban en el entierro y me habían dejado sola en casa y un viento arenoso soplaba con la violencia de un elefante; fue entonces cuando tuve el primer contacto con Dios. Yo no me merecía en modo alguno ser Elegida: hasta entonces mamá había tenido que forzarme a aprender los versículos de la Biblia; después de ese día logré memorizar más de mil en menos de tres meses. Bien, estaba practicando una melodía en el piano cuando de repente se rompió una ventana, toda la habitación pareció dar la vuelta sobre sí misma y cuando de nuevo adquirió su posición inicial me di cuenta de que había algo conmigo: el espíritu de mi padre, pensé. El viento se apaciguó suavemente, como en la primavera... Él estaba allí y yo de pie, como él me había hecho, abrí los brazos para recibirle. Eso ocurrió hace veintiséis años, que se cumplieron el día 3 del pasado febrero. Yo tenía diecisiete y ahora tengo cuarenta y dos y nunca he vuelto a dudar. Cuando fui a dar a luz a mi bebé no llamé a Geraldine  ni a Dan Rainey ni a nadie, sino que me eché en la cama, empecé a susurrar los versículos uno tras otro y nadie se enteró de que Danny había nacido hasta que lo oyeron gemir. Fue Geraldine quien le puso ese nombre. Era su hijo, o al menos eso es lo que todo el mundo debía creer y de todos los caseríos vecinos la gente vino a ver a su hijo; algunos trajeron regalos y los hombres dieron palmadas cariñosas en las espaldas de Dan Rainey y le felicitaron por tener un niño tan hermoso. Tan pronto como estuve en condiciones de hacerlo me trasladé a Stoneville, a unas treinta millas de distancia, una ciudad dos veces mayor que Youfry y donde hay un gran campo minero. Otra chica y yo abrimos una lavandería e hicimos un buen negocio porque en la mina la mayor parte de los hombres eran solteros. Dos veces al mes regresaba a casa para ver a Danny; así me pasé siete años yendo y viniendo; las visitas a Danny eran mi único placer: un niño tan precioso que no encuentro palabras para describirlo. Pero Geraldine se ponía furiosa, de muerte, cuando lo tocaba; si me veía besarlo saltaba indignada. Dan Rainey no era muy distinto y parecía temer que me decidiera a no marcharme todo lo deprisa que deseaban. La última vez que estuve en casa le pregunté si no podíamos encontrarnos en Youfry, pues durante mucho tiempo, en mi locura, se me ocurrió una idea: si podía vivir de nuevo lo anterior, si volvía a llevar un bebé en mi vientre, éste sería como un hermano gemelo de Danny. Pero me equivocaba al pensar que podía tener el mismo padre. Hubiera nacido muerto. Me quedé mirando a Dan Rainey (era el más frío de los días, estábamos sentados en la sala de baile vacía y recuerdo que ni una sola vez sacó las manos de los bolsillos del pantalón) y le hice marcharse sin decirle por qué le había pedido que viniera. Después pasaron años en los que busqué cualquier parecido con él. Uno de los mineros de Stoneville tenía las mismas pecas, ojos amarillos; un chico de buen corazón, que me hizo a Sam, el mayor de mis hijos. Al que mejor recuerdo es al padre de Beth, que era un duplicado de Dan Rainey, pero como Beth es una chica no se parece tanto a Danny. He olvidado deciros que vendí mi parte en la lavandería y me fui a Texas... Trabajé en restaurantes en Amarillo y Dallas. Pero hasta conocer al señor Honey no me había dado cuenta de que el Señor me había elegido y cuál debía ser mi misión. El señor Honey estaba en posesión de la Verdadera Palabra; tras oírle predicar la primera vez fui a verlo. Llevábamos hablando sólo unos veinte minutos cuando me dijo: voy a casarme contigo, si es que no estás casada ya. Le dije que no, no estoy casada, pero tengo alguna familia; la verdad es que para aquel entonces ya eran cinco. Eso no le importó en absoluto. Una semana después nos casábamos, el día de San Valentín. No era un hombre joven y no se parecía en absoluto a Dan Rainey; si se quitaba las botas apenas me llegaba al hombro; pero el Señor había hecho que nos encontráramos y Él, ciertamente, sabe lo que hace: tuvimos a Roy, después a Pearl, Kate, Cleo y Pequeño Homer… la mayor parte de ellos nacidos en el carromato que habéis visto. Recorrimos el país llevando Su Palabra a gentes que no la habían oído antes, al menos no del modo como se la transmitía mi marido. Ahora debo mencionar una triste circunstancia: perdí al señor Honey. Ocurrió una mañana, en la peor parte de Luisiana, en la tierra de los Cajunes; se alejó un poco de la carreta para comprar algunos víveres: sepan que nunca más volvimos a verle. Desapareció realmente en el aire. No me importa un comino lo que dijo la Policía: no era el tipo de hombre que abandona a su familia; no, señor, no; debió ocurrirle algo malo.
 -O amnesia -dije yo-. Se olvida uno de todo, incluso del propio nombre.
 -¿Un hombre que se sabía la Biblia de memoria? ¿Puedes creer que un hombre así llegue a olvidar su propio nombre? Uno de los Cajunes debió matarle para robarle su anillo de amatistas. Naturalmente he vuelto a tener otros hombres después, pero no amor. Lillie Ida, Laurel y los otros niños nacieron así. En cierto modo parece como si yo no pudiera continuar viviendo sin llevar otra vida latiendo bajo mi propio corazón: cuando no es así me siento floja y perezosa.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Argos Vergara, 1980, en traducción de Joaquín Adsuar. ISBN: 84-7017-902-0.]

viernes, 25 de octubre de 2019

El sí de las niñas.- Leandro Fernández de Moratín (1760-1828)

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Acto primero.
Escena IV
(Doña Irene, Don Diego)

«Doña Irene: Es muy gitana y muy mona, mucho.
  Don Diego: Tiene un donaire natural que arrebata.
 Doña Irene: ¿Qué quiere usted? Criada sin artificio ni embelecos de mundo, contenta de verse otra vez al lado de su madre, y mucho más de considerar tan inmediata su colocación, no es maravilla que cuanto hace y dice sea una gracia, y máxime a los ojos de usted, que tanto se ha empeñado en favorecerla. 
 Don Diego: Quisiera sólo que se explicase libremente acerca de nuestra proyectada unión y...
 Doña Irene: Oiría usted lo mismo que le he dicho ya.
 Don Diego: Sí, no lo dudo; pero el saber que la merezco alguna inclinación, oyéndoselo decir con aquella boquilla tan graciosa que tiene, sería para mí una satisfacción imponderable.
 Doña Irene: No tenga usted sobre ese particular la más leve desconfianza; pero hágase usted cargo de que a una niña no la es lícito decir con ingenuidad lo que siente. Mal parecería, señor don Diego, que una doncella de vergüenza y criada como Dios manda, se atreviese a decirle a un hombre: yo le quiero a usted.
 Don Diego: Bien; si fuese un hombre a quien hallara por casualidad en la calle y le espetara ese favor de buenas a primeras, cierto que la doncella haría muy mal; pero a un hombre con quien ha de casarse dentro de pocos días, ya pudiera decirle alguna cosa que...Además, que hay ciertos modos de explicarse...
 Doña Irene: Conmigo usa de más franqueza. A cada instante hablamos de usted y en todo manifiesta el particular cariño que a usted le tiene... ¡Con qué juicio hablaba ayer noche, después que usted se fue a recoger! No sé lo que hubiera dado porque hubiese podido oírla.
 Don Diego: ¿Y qué? ¿Hablaba de mí?
 Doña Irene: Y qué bien piensa acerca de lo preferible que es para una criatura de sus años un marido de cierta edad, experimentado, maduro y de conducta...
 Don Diego: ¿Eso decía?
 Doña Irene: No; esto se lo decía yo y me escuchaba con una atención como si fuera una mujer de cuarenta años, lo mismo... ¡Buenas cosas la dije! Y ella, que tiene mucha penetración, aunque me esté mal el decirlo... ¿Pues no da lástima, señor, el ver cómo se hacen los matrimonios hoy en el día? Casan a una muchacha de quince años con un arrapiezo de dieciocho, a una de diecisiete con otro de veintidós: ella niña, sin juicio ni experiencia, y él niño también, sin asomo de cordura ni conocimiento de lo que es el mundo. Pues, señor (que es lo que yo digo), ¿quién ha de gobernar la casa? ¿Quién ha de mandar a los criados? ¿Quién ha de enseñar y corregir a los hijos? Porque sucede también que estos atolondrados de chicos suelen plagarse de criaturas en un instante, que da compasión.
 Don Diego: Cierto que es un dolor el ver rodeados de hijos a muchos que carecen del talento, de la experiencia y de la virtud que son necesarias para dirigir su educación.
 Doña Irene: Lo que sé decirle a usted es que aún no había cumplido los diecinueve cuando me casé de primeras nupcias con mi difunto Don Epifanio, que esté en el cielo. Y era un hombre que, mejorando lo presente, no es posible hallarle de más respeto, más caballeroso... Y al mismo tiempo más divertido y decidor. Pues, para servir a usted, ya tenía los cincuenta y seis, muy largos de talle, cuando se casó conmigo.
 Don Diego: Buena edad... No era un niño; pero...
 Doña Irene: Pues a eso voy... Ni a mí podía convenirme en aquel entonces un boquirrubio con los cascos a la jineta... No señor... Y no es decir tampoco que estuviese achacoso ni quebrantado de salud, nada de eso. Sanito estaba, gracias a Dios, como una manzana; ni en su vida conoció otro mal, sino una especie de alferecía que le amagaba de cuando en cuando. Pero luego que nos casamos, dio en darle tan a menudo y tan de recio, que a los siete meses me hallé viuda y encinta de una criatura que nació después, y al cabo y al fin se me murió de alfombrilla.
 Don Diego: ¡Oiga!... Mire usted si dejó sucesión el bueno de Don Epifanio.
 Doña Irene: Sí señor; ¿pues por qué no?
 Don Diego: Lo digo porque luego saltan con... Bien que si uno hubiera de hacer caso... ¿Y fue niño, o niña?
 Doña Irene: Un niño muy hermoso. Como una plata era el angelito.
 Don Diego: Cierto que es consuelo tener, así, una criatura y...
 Doña Irene: ¡Ay, señor! Dan malos ratos, pero ¿qué importa? Es mucho gusto, mucho.
 Don Diego: Ya lo creo.
 Doña Irene: Sí señor.
 Don Diego: Ya se ve que será una delicia y...
 Doña Irene: ¿Pues no ha de ser?
 Don Diego: ...un embeleso el verlos juguetear y reír y acariciarlos y merecer sus fiestecillas inocentes.
 Doña Irene: ¡Hijos de mi vida! Veintidós he tenido en los tres matrimonios que llevo hasta ahora, de los cuales sólo esta niña me ha venido a quedar; pero le aseguro a usted que...»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Castalia, 1978, en edición de J. Dowling y R. Andioc. ISBN: 84-7039-057-0.]

domingo, 14 de julio de 2019

Mi testamento.- María Antonieta de Austria (1755-1793)


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Última carta de María Antonieta enviada a su cuñada Élisabeth Capeto 

«Este 16 de octubre, a las cuatro y media de la mañana.
 A vos, mi hermana, escribo esta última carta. Me acaban de condenar, no a una muerte honrosa -que sólo lo sería tal para los criminales-, sino a que me reúna con vuestro hermano; al igual que él, soy inocente y espero poder mostrar la misma firmeza que él en los últimos instantes. Me siento tranquila como cuando la conciencia nada os puede reprochar. Me embarga un profundo pesar por tener que abandonar a mis pobres criaturas. Sabéis que sólo vivía por ellas y por vos, mi querida y tierna hermana, vos, que con vuestra amistad los habéis sacrificado todo para estar junto a nosotros. ¡En qué estado os dejo! Me he enterado durante el proceso de que han apartado a mi hija de vuestro lado. Pobre criatura, ay, no me atrevo a escribirle; no recibiría mi misiva, ni tan sólo sé si esta carta os llegará. Recibid aquí mi bendición para ellos dos; confío en que un día, cuando sean mayores, puedan reunirse con vos y puedan disfrutar enteramente de vuestros tiernos cuidados. Que piensen los dos en lo que nunca dejé de inculcarles: que los principios y la ejecución exacta de sus deberes son la base primera de la vida y que su confianza mutua hará su felicidad.
 Que mi hija sienta que, por la edad que tiene, ha de ayudar siempre a su hermano con los consejos que podrán inspirarle su amistad y la experiencia de más que le brinda su edad; que ambos sientan, cualquiera que sea la situación en que se hallen, que sólo serán de verdad felices gracias a su unión; que tomen ejemplo de nosotras. ¡Cuánto consuelo nos ha dado nuestra amistad en los momentos de desgracia! ¡Y en la dicha se disfruta doblemente cuando se puede compartir con un amigo! ¿Y dónde encontrar uno más tierno, más unido que en la propia familia? Que mi hijo no olvide nunca las últimas palabras de su padre, que le repito expresamente:
 "Que no trate nunca de vengar nuestra muerte".
 Debo hablaros de algo penoso: sé cuánta pena os habrá debido causar esta criatura. Perdonádselo, querida hermana, y pensad en la edad que tiene, y en qué fácil es hacerle decir a un niño lo que se quiera y aun lo que él no comprende. Llegará el día, espero, en que sabrá apreciar el valor de vuestras bondades y vuestra ternura para con ambos.
 Sólo me queda confiaros mis últimos pensamientos. Habría deseado escribirlos desde que se inició el proceso, pero, aparte de que no me dieron nada para escribir, los acontecimientos se han precipitado tanto, que no he tenido en verdad tiempo de hacerlo.
 Muero en la religión católica, apostólica y romana, en la de mis padres, en la que me crie y que siempre he profesado; no espero ningún consuelo espiritual y ni tan sólo sé si existen todavía aquí sacerdotes de esta religión, pues hasta el lugar en que me hallo los expondría demasiado, si entraran en él una vez siquiera. Pido perdón sinceramente a Dios por todas las faltas que haya podido cometer desde que existo; confío en su bondad. Tenga él a bien recibir mis últimos ruegos, así como los que hago desde hace tiempo para que acoja a mi alma en su misericordia y su bondad. Pido perdón a todos aquellos que conozco y a vos, hermana mía, en particular, por todas las penas que, sin querer, haya podido causar. Perdono a todos mis enemigos el daño que me han hecho. Me despido aquí de mis tías y de todos mis hermanos y hermanas. Tuve amigos: la idea de separarme para siempre de ellos y de sus penas es una de las cosas que más lamento y que me llevo a la tumba; que sepan al menos que, hasta el último instante, he pensado en ellos.
 Adiós, mi querida y tierna hermana; ojalá esta carta pueda llegaros: pensad siempre en mí; os beso con todo mi corazón así como a mis pobres y queridos hijos. Dios mío, ¡qué desgarrador es abandonarlos para siempre! ¡Adiós, adiós! Ya sólo me ocuparé de mis deberes espirituales. Dado que no soy libre de mis acciones, tal vez me manden a un sacerdote; pero protesto y aquí afirmo que no le diré ni una palabra y que lo trataré como a un ser por entero extraño.*»
 
 *La reina no admitía el carácter eclesiástico de los sacerdotes juramentados afines a la Revolución.
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Funambulista, 2006, en traducción de Juan Max Lacruz Bassols. ISBN-13: 978-84-96601-24-6.]

lunes, 6 de mayo de 2019

A propósito de Abbott.- Chris Bachelder (1971)


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Junio
12.-Abbott acapara el Mal Humor

«Como tantos otros que él, Abbott descubre, después de casado, que el matrimonio es una lucha (clínicamente, una negociación) por ver cómo se reparte el Mal Humor. Un matrimonio, sobre todo un matrimonio con hijos, no puede funcionar bien si ambas partes andan de mal genio; por lo tanto, el Mal Humor es un privilegio del que no pueden gozar los dos cónyuges a la vez. ¿A quién se le permite estar de Mal Humor? Esto se convierte en una lucha cotidiana. En una Unión Perfecta, el Mal Humor se distribuye de forma ecuánime, como el cuidado de los niños o las tareas domésticas. Hay una custodia compartida del Mal Humor. Si un cónyuge se pasa todo un fin de semana rezongando, el otro puede hacerse cargo del Mal Humor entre semana. Si uno de los dos se encuentra abatido durante el desagradable período que va del día de Navidad al de Año Nuevo, el otro puede reclamar para sí el de Acción de Gracias, Pascua y el Cuatro de Julio. Sin embargo, en un matrimonio normal, uno de los miembros de la pareja tiende a adueñarse de ese estado de ánimo de forma desproporcionada. A este fenómeno se le denomina Acaparar el Mal Humor. Un jueves del pasado mes de febrero, de forma pacífica, Abbot le cogió el Mal Humor a su mujer mientras hacían una larga cola en el supermercado Big Y, y lleva cuatro meses sin cedérselo. Eso se llama acaparar el Mal Humor. Es un síntoma del buen carácter de su mujer que esta no intentara, inicialmente, recuperar el Mal Humor, cosa a la que tenía todo el derecho. Al fin y al cabo, está embarazada y duerme fatal. Durante las primeras semanas, el primer mes incluso, dejó que Abbott se lo quedara, sin hacer preguntas. Como una bibliotecaria simpática, siempre se ha mostrado muy comprensiva con los retrasos; además, Abbott sospecha que han llegado al acuerdo tácito de que él necesita el Mal Humor un poquito más que ella. Aunque nunca han llevado un registro (al menos, él no), está bastante seguro de que él ha sido el dueño mayoritario del Mal Humor desde que están casados. Además, supone que ella imagina que obtendrá un interesante paquete de compensación anímica a cambio de la paciencia y de la buena disposición. No obstante, a medida que van transcurriendo las semanas y los meses, Abbott nota que su mujer empieza a impacientarse, que quiere recuperar el Mal Humor, que lo intenta recurriendo a las relaciones sexuales y negándose a mantener relaciones sexuales. Lo intenta recurriendo al humor jovial y después a las amenazas joviales. Podemos hacerlo, le dice, de la forma fácil o de la difícil. Le dice que puede partirle las rodillas. Al final acaba recurriendo a estrategias de guerrilla, a los ataques por sorpresa, a unos rápidos y profundos empeoramientos del estado de ánimo pensados para mejorar el humor de Abbott y lograr un equilibrio marital. Pero él no cede. Quiere tener el Mal Humor (siente que lo necesita), y renunciar a él tras mantenerlo tanto tiempo empieza a parecerle algo arbitrario. Si ha sido suyo tanto tiempo, ¿por qué tiene que traspasarlo ahora? Muchas veces tiene la sensación de hallarse en un estado rayano en el goce o la satisfacción, pero en esos momentos, al darse cuenta del peligro, vuelve a refugiarse en el centro del Mal Humor. Y esta tarde Abbott vuelve de la ferretería y ve que su hija pequeña sale corriendo por el camino de entrada para recibirlo. Dice "papá" una y otra vez, se aferra a su pierna como un niño en un anuncio de un seguro de vida o de una hipoteca. Le sonríe desde abajo, salta, canturrea la palabra "papá" como si él fuera un buen padre. Abbott se agacha para cogerla en brazos. Le pasa los brazos por detrás del cuello y le susurra unos mimos al oído. El pelo rizado de su hija le hace cosquillas en la cara. Al levantar la vista, Abbott ve que su mujer los observa desde la ventana de la cocina, y es entonces cuando lo pierde.
 […] 
Julio
27.-En el que Abbott se queda bastante rato en un coche aparcado

 Si se casara, anotó a lápiz un Charles Darwin de veintiocho años en el dorso de unos sobres, nunca llegaría a ver América, no aprendería francés; no subiría a un globo aerostático; nunca haría un viaje solo a Gales; se vería obligado a dar un paseo diario con su mujer; no le quedaría más remedio que ir a visitar y recibir a familiares; se vería obligado a ceder en todas las menudencias; no podría leer por las noches; se convertiría en un hombre gordo, ocioso, angustiado y responsable; nunca tendría dinero para comprar libros; Londres le estaría vedado; quedaría atrapado en Londres; se vería expuesto a los gastos y las preocupaciones que acarrean los hijos; se sentiría en la obligación de trabajar para ganar dinero, sobre todo si tuviera muchos niños; no le quedaría más remedio que recibir visitas y formar parte de la Sociedad; oiría la cháchara de las mujeres; no tendría tiempo para salir al campo ni hacer expediciones; no formaría una gran colección zoológica; no tendría suficientes libros; le faltaría la libertad necesaria para ir donde quisiera; no disfrutaría de la conversación de hombres inteligentes en los clubes; incurriría, sobre todo, en una terrible pérdida de tiempo. Darwin se casó antes de que transcurriera un año. Él y su mujer, Emma Wedgwood Darwin, engendraron diez hijos, tres de los cuales murieron siendo niños. Después de muchos años, escribió a propósito de Emma: "Ha sido mi mayor bendición y puedo afirmar que en toda mi vida no le oído pronunciar ni una sola palabra que habría preferido no escuchar [...]. Me asombra ser tan afortunado de que ella, infinitamente superior a mí en todos y cada uno de los atributos morales, accediera a ser mi esposa. Me ha aconsejado sabiamente y me ha consolado con alegría durante toda mi vida". A sus hijos les escribió: "Mi familia me ha procurado una alegría insuperable, y debo deciros, hijos míos, que ninguno de vosotros me ha causado ni un minuto de angustia, salvo por razones de salud [...]. Cuando erais muy pequeños me procuraba un gran deleite jugar con vosotros, y me inspira cierta pena que esa época haya desaparecido para siempre".»

   [El texto pertenece a la edición en español de Libros del Asteroide, 2012, en traducción de Ismael Attrache. ISBN: 978-84-15625-06-3.]