Tercera parte
«Por último, como para empezar a reconstruir el alojamiento en donde
uno habita, no basta haberlo derribado y haber hecho acopio de materiales y de arquitectos, o haberse ejercitado uno mismo en la arquitectura y haber trazado además cuidadosamente el diseño del nuevo
edificio, sino que también hay que proveerse de alguna otra habitación en donde pasar cómodamente el tiempo que dure el trabajo; así,
pues, con el fin de no permanecer irresoluto en mis acciones, mientras
la razón me obligaba a serlo en mis juicios, y no dejar de vivir, desde
luego, con la mejor ventura que pudiese, hube de arreglarme una moral provisional, que no consistía sino en tres o cuatro máximas, que
con mucho gusto voy a comunicaros.
La primera fue seguir las leyes y las costumbres de mi país, conservando con firme constancia la religión en que la gracia de Dios
hizo que me instruyeran desde niño, rigiéndome en todo lo demás
por las opiniones más moderadas y más apartadas de todo exceso que
fuesen comúnmente admitidas en la práctica por los más sensatos
de aquellos con quienes tendría que vivir. Porque habiendo comenzado ya a no contar para nada con las mías propias, puesto que pensaba
someterlas todas a un nuevo examen, estaba seguro de que no podía
hacer nada mejor que seguir las de los más sensatos. Y aun cuando
entre los persas y los chinos hay quizás hombres tan sensatos
como entre nosotros, parecíame que lo más útil era acomodarme a
aquellos con quienes tendría que vivir; y que para saber cuáles eran sus verdaderas opiniones, debía fijarme más bien en lo que hacían
que en lo que decían, no sólo porque, dada la corrupción de nuestras costumbres, hay pocas personas que consientan en decir lo que
creen, sino también porque muchas lo ignoran, pues el acto del pensamiento por el cual uno cree una cosa es diferente de aquel otro
por el cual uno conoce que la cree, y por lo tanto muchas veces se
encuentra aquél sin éste. Y entre varias opiniones, igualmente admitidas, elegía las más moderadas, no sólo porque son siempre las
más cómodas para la práctica, y verosímilmente las mejores, ya que
todo exceso suele ser malo, sino también para alejarme menos del
verdadero camino, en caso de error, si, habiendo elegido uno de los
extremos, fuese el otro el que debiera seguirse. Y en particular consideraba yo como un exceso toda promesa por la cual se enajena una
parte de la propia libertad: no que yo desaprobase las leyes que, para
poner remedio a la inconstancia de los espíritus débiles, permiten
cuando se tiene algún designio bueno, o incluso para la seguridad
del comercio, en designios indiferentes, hacer votos o contratos obligándose a perseverancia: pero como no veía en el mundo cosa alguna
que permaneciera siempre en el mismo estado, y como, en lo que a
mí se refiere, esperaba perfeccionar más y más mis juicios, no empeorarlos, hubiera yo creído cometer una grave falta contra el buen
sentido si, por sólo el hecho de aprobar por entonces alguna cosa, me
obligara a tenerla también por buena más tarde, habiendo ella acaso
dejado de serlo, o habiendo yo dejado de estimarla como tal.
Mi segunda máxima fue la de ser en mis acciones lo más firme y
resuelto que pudiera y seguir tan constante en las más dudosas opiniones, una vez determinado a ellas, como si fuesen segurísimas, imitando en esto a los caminantes que, extraviados en algún bosque, no
deben andar errantes dando vueltas por una y otra parte, ni menos
detenerse en un lugar, sino caminar siempre lo más derecho que puedan hacia un sitio fijo, sin cambiar de dirección por leves razones, aun
cuando en un principio haya sido sólo el azar el que les haya determinado a elegir ese rumbo, pues de este modo, si no llegan precisamente
a donde quieren ir, por lo menos acabarán por llegar a alguna parte,
en donde es de pensar que estarán mejor que no en medio del bosque.
Y así, puesto que muchas veces las acciones de la vida no admiten demora, es verdad muy cierta que si no está en nuestro poder discernir
las mejores opiniones, debemos seguir las más probables; y aunque
no encontremos más probabilidad en unas que en otras, debemos, no
obstante, decidirnos por algunas y considerarlas después, no ya como dudosas, en cuanto que se refieren a la práctica, sino como muy verdaderas y muy ciertas, porque la razón que nos ha determinado lo es.
Y esto fue bastante para librarme desde entonces de todos los arrepentimientos y remordimientos que suelen agitar las conciencias de esos
espíritus débiles y vacilantes que, sin constancia, se dejan arrastrar a
practicar como buenas las cosas que luego juzgan malas.
Mi tercera máxima fue procurar siempre vencerme a mí mismo
antes que a la fortuna, y alterar mis deseos antes que el orden del
mundo, y generalmente acostumbrarme a creer que nada hay que esté
enteramente en nuestro poder sino nuestros propios pensamientos; o
de suerte que después de haber obrado lo mejor que hemos podido, en
lo tocante a las cosas exteriores, todo lo que falla en el éxito es para nosotros absolutamente imposible. Y esto solo me parecía bastante para
apartarme en lo porvenir de desear algo sin conseguirlo y tenerme así
contento; pues como nuestra voluntad no se determina naturalmente
a desear sino las cosas que nuestro entendimiento le representa en
cierto modo como posibles, es claro que si todos los bienes que están
fuera de nosotros los consideramos igualmente inasequibles a nuestro
poder, no sentiremos pena alguna por carecer de los que parecen debidos a nuestro nacimiento, cuando nos veamos privados de ellos sin
culpa nuestra, como no la sentimos por no ser dueños de los reinos de
la China o de México; y haciendo, como suele decirse, de necesidad
virtud, no sentiremos mayores deseos de estar sanos, estando enfermos, o de estar libres, estando encarcelados, que ahora sentimos de
poseer cuerpos compuestos de materia tan poco corruptible como el
diamante o alas para volar como los pájaros. Pero confieso que son
precisos largos ejercicios y reiteradas meditaciones para acostumbrarse a mirar todas las cosas por ese ángulo; y creo que en esto consistía
principalmente el secreto de aquellos filósofos que pudieron antaño
sustraerse al imperio de la fortuna, y a pesar de los sufrimientos y la
pobreza, entrar en competencia de ventura con los propios dioses. Pues ocupados sin descanso en considerar los límites prescritos por
la naturaleza, persuadíanse tan perfectamente de que nada tenían en
su poder sino sus propios pensamientos, que esto sólo era bastante para impedirles sentir afecto hacia otras cosas; y disponían de esos
pensamientos tan absolutamente, que tenían en esto cierta razón de
estimarse más ricos y poderosos y más libres y bienaventurados que
otros hombres, los cuales, no teniendo esta filosofía, no pueden, por
mucho que les hayan favorecido la naturaleza y la fortuna, disponer
nunca, como aquellos filósofos, de todo cuanto quieren.
Habiéndome, pues, afirmado en estas máximas, las cuales puse
aparte juntamente con las verdades de la fe, que siempre han sido
las primeras en mi creencia, pensé que de todas mis otras opiniones
podía libremente empezar a deshacerme; y como esperaba conseguirlo mejor conversando con los hombres que permaneciendo por más
tiempo encerrado en el cuarto en donde había meditado todos esos
pensamientos, proseguí mi viaje antes de que el invierno estuviera del
todo terminado. Y en los nueve años siguientes no hice otra cosa sino
andar de acá para allá por el mundo, procurando ser más bien espectador que actor en las comedias que en él se representan; e instituyendo particulares reflexiones en toda materia sobre aquello que pudiera
hacerla sospechosa y dar ocasión a equivocarnos, llegué a arrancar de
mi espíritu, en todo ese tiempo, cuantos errores pudieron deslizarse
anteriormente. Y no es que imitara a los escépticos, que dudan por
sólo dudar y se las dan siempre de irresolutos; por el contrario, mi
propósito no era otro que afianzarme en la verdad, apartando la tierra
movediza y la arena, para dar con la roca viva o la arcilla.»
[El texto pertenece en la edición en español de Editorial Gredos, 2011, en traducción de Manuel García Morente, pp. 117-121. ISBN: 9788424920807.]
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Realiza tu comentario: