Mostrando entradas con la etiqueta Ruralismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ruralismo. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de julio de 2026

Relatos italianos del siglo XX.- Federigo Tozzi (1883-1920) y otros autores

 

Alma juvenil [de "Le novelle"]

 «Se había levantado temprano porque tenía que pagar una pareja de bueyes por la mañana en la ciudad; y antes había querido dar una vuelta por su campo. La hierba estaba tan helada y húmeda que con sólo quedarse parado cinco minutos los pies se le habían entumecido. De modo que dio unos pasos, se dirigió a una vid, la primera de una hilera, y arrancó una hoja para quitarle la escarcha. También la hoja estaba fría, retrocedió y se apoyó con una mano en un ciprés que salía de un montón de piedras que deberían servir para avenar las nuevas fosas de la viña. El ciprés, en cuanto lo tocó, le lanzó encima las gotas de su escarcha que empezaba a deshacerse. Pero no le importó nada. Desde allí miró las encinas y los castaños que marcaban los límites del campo desde debajo de la casa hasta donde empezaba una zanja apenas visible, pues se había llenado de tierra y no la habían vuelto a cavar. Después el campo descendía, y había otras encinas que ya no querían crecer; luego, un ribazo con la hierba seca del año anterior que ahora acababa de pudrirse encima de la nueva; después estaban los sauces, luego un cañizal, y después, un nogal. Y ése era todo su campo.
 Era el mes de marzo y la campiña aún tenía un aspecto invernal. Bostezó y volvió sobre sus pasos, lentamente, con las manos a la espalda. Mientras tanto el sol había conseguido asomar y él, volviéndose a mirarlo, quedó deslumbrado. La campiña relucía y una bandada de gorriones se atravesó ante sus ojos.
 Quizá su padre, que le tenía que dar las mil quinientas liras para pagar los bueyes, ya se había vestido, de modo que fue hasta las ventanas y lo llamó.
 El viejo golpeó en los cristales desde dentro del cuarto, para darle a entender que ya bajaba y que no corría tanta prisa.
 En la era estaba extendido el arado y los ladrillos que había debajo estaban secos; en cambio, la punta de la reja estaba completamente mojada. Pero notó que se había roto y que tenía que mandarla al herrero para que la arreglase. Dos campesinos cambiaban la paja en la pocilga; y él sentía que otro estaba en la cabaña recogiendo el pasto para llevarlo al establo.
 Era la primera vez que su padre le mandaba a la ciudad a pagar una suma tan grande; por eso estaba impaciente. Se figuraba que ya se encontraba entre los tratantes, que esperaba al que le había vendido los bueyes, que lo saludaba con una sonrisa y le decía que llevaba los cuartos en el bolsillo. El otro le entregaría el recibo; él lo leería, tras desdoblarlo bien. Después volvería a pasar entre los tratantes, dando codazos a diestro y siniestro, pues todos los sábados se encontraban para cerrar sus tratos entre la Costarella y la Croce del Travaglio, en el punto más concurrido de Siena; delante de aquel café donde sólo entraban señores bien vestidos; y cuando los tratantes y los campesinos tenían que hablar, no se apartaban ni aunque pasara un carruaje o una carreta.
 Entre tanto, mientras esperaba en la era, el tiempo no pasaba nunca; y no se le ocurría nada que hacer; aunque sí le habría gustado ocultar su emoción, cada vez más intensa. ¡Ahora advertía que el pago de los bueyes le daba una especie de fiebre! No quiso decir nada, ni siquiera a los dos campesinos; le habría resultado imposible parar mientes en algo; y, mirándolos, la tomaba con ellos. Tampoco iba al establo porque se había abrillantado los zapatos y se había limpiado los pantalones desde los pies, donde siempre estaban embarrados y cubiertos de polvo.
 Ahora, ya que su padre lo mandaba a pagar los bueyes, podría ir pensando en tomar mujer; tenía que elegir entre las dos hijas de un administrador, que siempre las llevaba en calesa, o también estaba una señorita hija de un médico que vivía en un pueblo cerca de Siena. Le parecía que en un solo minuto vivía años enteros; y también esto le impacientaba; más aún, eso sobre todo. El corazón le temblaba y le entraban ganas de llorar al pensar en ello. ¿Por qué pensaba en todas esas cosas cuando los días eran siempre iguales?
 También estaba impaciente por verse de vuelta en casa, porque sentía un gran deseo de trabajar más que su padre; había que podar todas las viñas, había que cavar unos trozos de tierra que nunca estaban limpios de grama, había que sembrarlo todo y que plantar el huerto donde quería probar cierta clase de habichuelas; por la noche había ido a robar la semilla en un campo ajeno. Y además quería hacer unos injertos de peras que se vendían carísimas en el mercado. Pensó en todas esas cosas; y habría querido que ya estuvieran hechas. Aquellos dos campesinos le parecían demasiado lentos y no se explicaba cómo el otro aún no había salido de la cabaña; en el establo, los bueyes mugían; estaba claro que tenían hambre.
 Por fin bajó su padre; pero vio que no iba en mangas de camisa, como esperaba; se había acabado de vestir y llevaba en la mano el bastón de serbal que cogía siempre cuando iba a las ferias y a Siena.
 -¿Va usted, padre? ¿Por qué, pues, ayer me dijo que iría yo?
 -Pensé, mientras me esperabas, que tengo que hablar con Bista, el administrador de las Casine, para enterarme de algo.
 -¿Me lleva con usted al menos?
 -¿Conmigo? No harías más que perder el tiempo. En cambio, irás a la bodega y trasegarás esas barricas de vino bajo; no pueden quedarse allí. Hay que hacerlo antes de que avance la estación y cambie la luna.
 -¿Y me lo dice ahora?
 El padre le regañó, diciéndole que no tenía tiempo de charlar con él. Después, con un silbido, llamó al de la cabaña, le dio una orden y se marchó, tras haberse mirado los zapatos, cerrando de golpe la cancela. El perro fue tras él durante un trecho de camino, pero después comprendió que no debía seguirlo y regresó a la era meneando la cola.
 Pero él se había quedado tan descontento y de tan mal humor que en vez de subir a coger las llaves de la bodega se apoyó en un sostén del emparrado, sin hacer nada.
 Por la cabeza le pasaban malas ideas, y sentía que no conseguía obedecer ya a su padre. De haber podido, habría aprendido otro oficio y se habría ido por su lado, poniendo casa.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1974, en selección de Guido Davico Bonino y traducción de María Esther Benítez, pp. 28-30. ISBN: 84-206-1498-X.]   

miércoles, 3 de junio de 2020

Poesías completas.- Antonio Machado (1875-1939)

Resultado de imagen de antonio machado 

 He andado muchos caminos [de Soledades]

  «He andado muchos caminos, / he abierto muchas veredas:
he navegado en cien mares / y atracado en cien riberas.
En todas partes he visto / caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos / borrachos de sombra negra,
y pedantones al paño / que miran, callan y piensan
que saben, porque no beben / el vino de las tabernas.
Mala gente que camina / y va apestando la tierra...
Y en todas partes he visto / gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran / sus cuatro palmos de tierra.
Nunca, si llegan a un sitio, / preguntan adónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan / a lomos de mula vieja,
y no conocen la prisa / ni aún en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino; / donde no hay vino, agua fresca.
Son buenas gentes que viven, / laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos, / descansan bajo la tierra.

Retrato [de Campos de Castilla]

  Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla / y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla; / mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido / -ya conocéis mi torpe aliño indumentario-,
mas recibí la flecha que me asignó Cupido, / y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, / pero mi verso brota de manantial sereno;
y, mas que un hombre al uso que sabe su doctrina, / soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura y en la moderna estética / corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética, / ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos / y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos, / y escucho solamente entre las voces, una.
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera / mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,/ no por el docto oficio del forjador preciada.
Converso con el hombre que siempre va conmigo / -quien habla solo espera hablar a Dios un día-;
mi soliloquio es plática con quien este buen amigo / que me enseñó el secreto de la filantropía.
Y al cabo, nada os debo: debéisme cuanto he escrito. / A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito, / el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo como los hijos de la mar.

 Por tierras de España [de Campos de Castilla] 

Poesías completas. antonio machado. espasa-calp - Vendido en Venta ...  El hombre de estos campos que incendia los pinares / y su despojo aguarda como botín de guerra,
antaño hubo raído los negros encinares, / talado los arbustos robledos de la sierra.
Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares; / la tempestad llevarse los limos de la tierra
por los sagrados ríos hacia los anchos mares; / y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.
Es hijo de una estirpe de rudos caminantes, / pastores que conducen sus hordas de merinos
a Extremadura fértil, rebaños trashumantes / que mancha el polvo y dora el sol de los caminos.
Pequeño, ágil, sufrido, los ojos del hombre astuto, / hundidos, recelosos, movibles; y trazadas
cual arco de ballesta, en el semblante enjuto / de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.
Abunda el hombre malo del campo y de la aldea, / capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea, / esclava de los siete pecados capitales.
Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza, / guarda su presa y llora la que el vecino alcanza;
ni para su infortunio ni goza su riqueza; / le hieren y acongojan fortuna y malandanza.
El numen de estos campos es sanguinario y fiero: / al declinar la tarde, sobre el remoto alcor,
veréis agigantarse la forma de un arquero, / la forma de un inmenso centauro flechador.
Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta / -no fue no fue por estos campos el bíblico jardín-:
son tierras para el águila, un trozo de planeta / por donde cruza errante la sombra de Caín.

A un olmo seco [de Campos de Castilla]

  Al olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo, / algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina / que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina / al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores / que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores. / Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él y en sus entrañas / urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero, / con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana, / lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana / ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino; / antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras bancas; / antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas, / olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida. / Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida, / otro milagro de la primavera.

Señor, ya me arrancaste lo que más quería [de Campos de Castilla]

  Señor, ya me arrancaste lo que más quería. / Oye, otra vez, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía. / Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.»

               [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa Calpe, 1980. ISBN: 84-239-2001-1.]