domingo, 25 de marzo de 2018

La vida de prisa. Narraciones breves.- César González Ruano (1903-1965)


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La conciencia de los veinte años

«-¿Has podido poner en claro qué es lo que te importa más de la mujer?
 -No, cada vez una cosa, y a ser posible todas en un solo día.
 -Pero, concretando, ¿qué es lo que puede unirte más a una mujer?
 -No es fácil contestar a eso... Desde luego creo que no son sus virtudes ni sus vicios. Quizá su renovación permanente y el misterioso talento de la oportunidad. Pero esto es pura divagación porque no hay mujeres oportunas. Hay sin embargo, un tipo que puede ser si no el ideal imposible, sí algo suficientemente fuerte para que nos quedemos parados en ella mucho tiempo: aquella que es capaz de hacerse solidaria de nuestras ilusiones transigidas haciéndonos creer que son las mismas ilusiones intransigentes con las que llegamos hasta ella casi, casi, como tácita condición para hacer posible la continuidad de un amor.
 -O sea, la pura farsa.
 -No. En todo caso, la piadosa, la entrañable ficción que hace de la misma realidad.
 -Bien, no hablemos más de amores. Es cansado. Has tenido muchos y en realidad no hemos conocido nada nuevo. Has ido intentando realizar un tipo, obligando a los seres a que se parecieran a él, martirizando, prostituyendo su personalidad por el egoísmo orgulloso de que adquirieran la personalidad que tú querías, que tú necesitabas, que tu terrible soledad narcisista pedía a una compañía sin darle nada de tu recóndita e insobornable soledad.
 -¿Quieres decir que soy un egoísta?
 -¡Evidentemente!
 -Pues he dado mucho más de lo que tenía. Mis trampas de corazón son mayores que las económicas.
 -No, perdona: has dado materialmente mucho, porque te gusta ese papel, porque cuanto más te pidieran, sobre todo para lo inútil, más te encela y excita. ¡Oh, nos conocemos bien! Es como otras cosas de las que prefiero no hablar. Pero, amorosamente, en caridad, ¿qué has dado? Nada. Has pretendido siempre crear una Galatea y naturalmente, creaste fatalmente el monstruo que se volvía contra ti con cada uno de los resortes que le habías puesto. ¿Por qué no tuviste la humildad, esto es, exactamente el amor de aceptar lo que era en sí puro, auténtico, natural? ¡Ah, esto nos ha perdido! ¡Esto nos ha perdido quizá irremisiblemente!
 -Aun admitiendo parte de lo que dices, ¿por qué nos ha perdido?
 -Porque has arruinado la vida espontánea. Porque lo más que puedes conseguir es oír tu propio disco con otra voz.
 -Mal conoces a las mujeres. No hay ser capaz de acabar con sus discos propios.
 -Bien, te digo que es mejor que dejemos el tema de los rumores. Hay más cosas que nos separan. ¿Adónde vamos? ¿Qué quieres? ¿Cuál es tu mensaje, tu misión? ¿Qué has aprendido en más de cuarenta años?
 Esto me hizo pensar más. Con ser más concreto era mucho más complejo también.
 -En más de cuarenta años he aprendido muy poca cosa. Probablemente ni siquiera a escribir. Mi talento, el poco o bastante talento que tenga, se ha dedicado a muchos objetivos, se ha dispersado y de ninguna manera se concretó en eso de ser un literato. Esto de escribir mejor o peor, es una de tantas cosas, tal vez la más conocida, que uno hace, pero, como tú sabes, no es la única. ¿Qué he aprendido hasta ahora? En literatura poco: sé ya lo que no tengo que hacer, pero ignoro lo que tengo que hacer. En la vida no mucho más: sé lo que no me gusta. En general, conozco perfectamente todo lo que no creo ya, pero no estoy seguro de creer en aquello que me da cierto miedo o pereza analizar. No sé si me explico.
 -Sí, sí, demasiado... O sea: que aún no estás en claro contigo mismo, que aún no te has puesto en limpio.
 -Esa es mi juventud. Por eso me considero aún muy joven: porque soy un borrador, un apunte todavía, de lo que puedo llegar a ser.
 Sonrió con sonrisa que me pareció de profunda amargura.
 -¿Crees que seremos aún algo?
 -Si no me tuerzo, sí. ¿Pero por qué te importa tanto?
 -Es lo único que me puede importar.
 -A mí no creas que demasiado. Conocemos unas cuantas docenas de vidas ilustres. Pero, ¿te das cuenta de la cantidad de millares o millones de vidas colosales de las que no tenemos ni la más mínima constancia? Evidentemente hubo vidas excelsas, maravillosas "para arriba o para abajo", angélicas o diabólicas, abnegadas o tan bajas que en su bajeza estaba su altura, vidas grandes o vidas mínimas que en su pequeñez estaba su enorme grandeza. No han pasado a nosotros. ¿Qué más da? ¿Es que no fueron por eso extraordinarias? ¿Sufrieron o gozaron menos que las que pasaron a la historia?
 -Pero nosotros no podemos pensar así. Hemos de hacer todo lo posible por salvarnos en el recuerdo de los otros.
 -¿Crees eso? ¿Pero tú quién eres?
 -Me sería fácil decirte que tu alma, pero mentiría. Soy tu conciencia de los veinte años. Aquella que  no transige nada ni en nada. La que te quería héroe, grande hombre, ser ordenado y de existencia clara. ¡Qué pena me da verte!
 -Sea pues. Ya que eres la conciencia de los veinte años, me quedaré con la conciencia de los cuarenta, puesto que debe haber otra...
 En aquel momento alguien se movió en mi cama desvelándome o devolviéndome el medio sueño.
 -¿Has tomado las pastillas para el corazón?
 Contesté casi maquinalmente, arropándome bien en el embozo:
 -Sí, sí, esta noche no me muero porque mañana tengo mucho que escribir.
 -¿Qué hora es? ¿Cuándo has venido?
 -Hace veintidós años... Son las cuatro y media...»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones 98. ISBN: 978-84-938-221-6-3.]
 

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