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domingo, 19 de julio de 2026

Relatos italianos del siglo XX.- Federigo Tozzi (1883-1920) y otros autores

 

Alma juvenil [de "Le novelle"]

 «Se había levantado temprano porque tenía que pagar una pareja de bueyes por la mañana en la ciudad; y antes había querido dar una vuelta por su campo. La hierba estaba tan helada y húmeda que con sólo quedarse parado cinco minutos los pies se le habían entumecido. De modo que dio unos pasos, se dirigió a una vid, la primera de una hilera, y arrancó una hoja para quitarle la escarcha. También la hoja estaba fría, retrocedió y se apoyó con una mano en un ciprés que salía de un montón de piedras que deberían servir para avenar las nuevas fosas de la viña. El ciprés, en cuanto lo tocó, le lanzó encima las gotas de su escarcha que empezaba a deshacerse. Pero no le importó nada. Desde allí miró las encinas y los castaños que marcaban los límites del campo desde debajo de la casa hasta donde empezaba una zanja apenas visible, pues se había llenado de tierra y no la habían vuelto a cavar. Después el campo descendía, y había otras encinas que ya no querían crecer; luego, un ribazo con la hierba seca del año anterior que ahora acababa de pudrirse encima de la nueva; después estaban los sauces, luego un cañizal, y después, un nogal. Y ése era todo su campo.
 Era el mes de marzo y la campiña aún tenía un aspecto invernal. Bostezó y volvió sobre sus pasos, lentamente, con las manos a la espalda. Mientras tanto el sol había conseguido asomar y él, volviéndose a mirarlo, quedó deslumbrado. La campiña relucía y una bandada de gorriones se atravesó ante sus ojos.
 Quizá su padre, que le tenía que dar las mil quinientas liras para pagar los bueyes, ya se había vestido, de modo que fue hasta las ventanas y lo llamó.
 El viejo golpeó en los cristales desde dentro del cuarto, para darle a entender que ya bajaba y que no corría tanta prisa.
 En la era estaba extendido el arado y los ladrillos que había debajo estaban secos; en cambio, la punta de la reja estaba completamente mojada. Pero notó que se había roto y que tenía que mandarla al herrero para que la arreglase. Dos campesinos cambiaban la paja en la pocilga; y él sentía que otro estaba en la cabaña recogiendo el pasto para llevarlo al establo.
 Era la primera vez que su padre le mandaba a la ciudad a pagar una suma tan grande; por eso estaba impaciente. Se figuraba que ya se encontraba entre los tratantes, que esperaba al que le había vendido los bueyes, que lo saludaba con una sonrisa y le decía que llevaba los cuartos en el bolsillo. El otro le entregaría el recibo; él lo leería, tras desdoblarlo bien. Después volvería a pasar entre los tratantes, dando codazos a diestro y siniestro, pues todos los sábados se encontraban para cerrar sus tratos entre la Costarella y la Croce del Travaglio, en el punto más concurrido de Siena; delante de aquel café donde sólo entraban señores bien vestidos; y cuando los tratantes y los campesinos tenían que hablar, no se apartaban ni aunque pasara un carruaje o una carreta.
 Entre tanto, mientras esperaba en la era, el tiempo no pasaba nunca; y no se le ocurría nada que hacer; aunque sí le habría gustado ocultar su emoción, cada vez más intensa. ¡Ahora advertía que el pago de los bueyes le daba una especie de fiebre! No quiso decir nada, ni siquiera a los dos campesinos; le habría resultado imposible parar mientes en algo; y, mirándolos, la tomaba con ellos. Tampoco iba al establo porque se había abrillantado los zapatos y se había limpiado los pantalones desde los pies, donde siempre estaban embarrados y cubiertos de polvo.
 Ahora, ya que su padre lo mandaba a pagar los bueyes, podría ir pensando en tomar mujer; tenía que elegir entre las dos hijas de un administrador, que siempre las llevaba en calesa, o también estaba una señorita hija de un médico que vivía en un pueblo cerca de Siena. Le parecía que en un solo minuto vivía años enteros; y también esto le impacientaba; más aún, eso sobre todo. El corazón le temblaba y le entraban ganas de llorar al pensar en ello. ¿Por qué pensaba en todas esas cosas cuando los días eran siempre iguales?
 También estaba impaciente por verse de vuelta en casa, porque sentía un gran deseo de trabajar más que su padre; había que podar todas las viñas, había que cavar unos trozos de tierra que nunca estaban limpios de grama, había que sembrarlo todo y que plantar el huerto donde quería probar cierta clase de habichuelas; por la noche había ido a robar la semilla en un campo ajeno. Y además quería hacer unos injertos de peras que se vendían carísimas en el mercado. Pensó en todas esas cosas; y habría querido que ya estuvieran hechas. Aquellos dos campesinos le parecían demasiado lentos y no se explicaba cómo el otro aún no había salido de la cabaña; en el establo, los bueyes mugían; estaba claro que tenían hambre.
 Por fin bajó su padre; pero vio que no iba en mangas de camisa, como esperaba; se había acabado de vestir y llevaba en la mano el bastón de serbal que cogía siempre cuando iba a las ferias y a Siena.
 -¿Va usted, padre? ¿Por qué, pues, ayer me dijo que iría yo?
 -Pensé, mientras me esperabas, que tengo que hablar con Bista, el administrador de las Casine, para enterarme de algo.
 -¿Me lleva con usted al menos?
 -¿Conmigo? No harías más que perder el tiempo. En cambio, irás a la bodega y trasegarás esas barricas de vino bajo; no pueden quedarse allí. Hay que hacerlo antes de que avance la estación y cambie la luna.
 -¿Y me lo dice ahora?
 El padre le regañó, diciéndole que no tenía tiempo de charlar con él. Después, con un silbido, llamó al de la cabaña, le dio una orden y se marchó, tras haberse mirado los zapatos, cerrando de golpe la cancela. El perro fue tras él durante un trecho de camino, pero después comprendió que no debía seguirlo y regresó a la era meneando la cola.
 Pero él se había quedado tan descontento y de tan mal humor que en vez de subir a coger las llaves de la bodega se apoyó en un sostén del emparrado, sin hacer nada.
 Por la cabeza le pasaban malas ideas, y sentía que no conseguía obedecer ya a su padre. De haber podido, habría aprendido otro oficio y se habría ido por su lado, poniendo casa.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1974, en selección de Guido Davico Bonino y traducción de María Esther Benítez, pp. 28-30. ISBN: 84-206-1498-X.]   

jueves, 15 de abril de 2021

Epistolario (Libros I-X).- Plinio el Joven (61-112)


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9.-G. Plinio saluda a su querido Minicio Fundano


 «[1] Es extraño cómo, puestos a pensar en nuestra vida en Roma, si consideramos uno por uno los días que pasamos en ella, a todos les encontramos, o así nos los parece, su  razón de ser. Sin embargo, tomados todos ellos en su conjunto, ninguna razón acude a nuestra mente que justifique el empleo de nuestro tiempo. [2] En efecto, si preguntas a  uno: “¿Qué has hecho hoy?” Te responderá: “He asistido a una ceremonia de estreno de la toga viril, he sido invitado a la formalización de un noviazgo o a una boda; tal amigo me ha rogado que acudiese a su casa para firmar como testigo en su testamento, tal otro que lo asistiese como abogado en los tribunales, tal otro que lo aconsejase en tal asunto…” [3] Todo esto que te parece necesario el mismo día en que lo haces, si te paras a pensar que lo has estado haciendo un día tras otro, te resulta entonces absurdo,  y mucho más cuando te has retirado ya al campo. En ese momento, al pensar en ello, te asalta este pensamiento: “¡En qué ocupaciones tan necias he consumido todos estos días!”
 [4] Ésta es la sensación que yo tengo cuando en El Laurentino leo, escribo o me entrego a los cuidados que exige mi salud, pues de la fortaleza del cuerpo dependen los frutos del espíritu. [5] Nada de lo que oigo causa en mí pesar por haberlo oído, ni me pesa tampoco haber dicho nada de lo que he dicho. Nadie ataca a nadie en mi presencia con malvadas palabras, ni yo tengo que censurar a nadie por su comportamiento, a no ser a mí mismo, cuando no me satisface lo que escribo. Ninguna esperanza, ningún temor me inquietan. No me llegan rumores que me desasosieguen. Tan sólo hablo conmigo y con los volúmenes de mi biblioteca. [6] ¡Qué vida ésta tan sencilla y conforme a las leyes de la naturaleza! ¡Cómo es dulce este retiro! ¡Cómo es digno del hombre de bien y más hermoso que la mayoría de las empresas humanas! ¡Son ciertamente el mar y su ribera verdaderos mouseia* que nos hacen descubrir todo tipo de maravillas y nos inspiran multitud de pensamientos!
 [7] En consecuencia, así también tú, tan pronto como se te presente la primera ocasión, deja atrás el estrépito de Roma, abandona esa vida agitada, pero vacía, esas fatigas que a nada conducen, y entrégate al estudio, retirado en el campo. [8] En efecto, como tan sabia e ingeniosamente dijo nuestro querido Atilio, más vale llevar una vida retirada que no hacer nada de provecho. Cuídate.
[…]

 11.-G. Plinio saluda a su querido Calestrio Tirón

 [1] He sufrido una pérdida dolorosísima, si es que la palabra “pérdida” puede dar cuenta en toda su extensión de lo que significa la desaparición de tan gran varón. Ha muerto Corelio Rufo. Él mismo decidió poner fin a su vida, lo que exaspera mi dolor. De entre todas las muertes, la más digna de lamentar es a mis ojos aquella que ni la naturaleza ni el hado impusieron. [2] Pues mientras que en el caso de aquellos que víctimas de una enfermedad llegan al final de sus días, encontramos un gran consuelo en el pensamiento de que esa muerte era algo inevitable, en el caso de aquellos otros a los que se lleva una muerte que ellos mismos llamaron en su busca, nuestro dolor, por el contrario, no tiene límites cuando pensamos que pudieron haber vivido aún muchos años. [3] A Corelio, ciertamente, una razón de gran peso, que para los sabios puede tanto como la necesidad impuesta por la naturaleza, lo empujó a tomar esa decisión, y ello pese a que tenía muchos motivos para vivir: una conciencia intachable, una reputación excelente, un prestigio incomparable, y además de todo ello una hija, una esposa, un nieto, varias hermanas, prendas de su amor entre las que no faltaban verdaderos amigos. [4] Era atormentado, no obstante, por una enfermedad tan prolongada y tan dolorosa que finalmente todos estos motivos tan valiosos que lo instaban a vivir tuvieron que ceder ante las razones que lo empujaban a morir.
 A la edad de treinta y dos años, se lo oí decir con frecuencia a él mismo, fue atacado por la gota. Este mal, decía, le venía de su padre. Y es que, en efecto, a menudo las enfermedades, entre otras cosas, se transmiten de padres a hijos como si fuesen una parte más de la herencia. [5] Mientras gozó del vigor de la juventud, consiguió vencer y superar este mal por la frugalidad y moderación de su vida. Durante los últimos años, en los que su enfermedad se había agravado con la vejez, la soportaba por la sola fuerza de su espíritu, aunque padecía terribles dolores y penosísimos sufrimientos. [6] En efecto, en esa época su mal no afectaba sólo a sus pies, como antes, sino que se había extendido a todos sus miembros. Recuerdo una ocasión, en tiempos de Domiciano, en que lo visité en su casa de las afueras de Roma, donde yacía postrado. [7] Inmediatamente sus esclavos salieron de la habitación, dejándonos solos. Éstas eran sus órdenes, en efecto, siempre que acudían a verlo sus más íntimos amigos. Y hasta su esposa se retiraba en tal ocasión, aunque era una mujer absolutamente digna de que se le confiase cualquier secreto. [8] Recorrió la habitación con los ojos y, tras asegurarse de que estábamos solos, me dijo: “¿Por qué crees que soporto durante tanto tiempo ya estos dolores tan crueles? Pues para sobrevivir siquiera un solo día a ese malvado”. Y si le hubiese sido dado un cuerpo a la altura de su valor, con sus propias manos habría hecho realidad sus deseos.
 Pero los dioses escucharon su plegaria. Viendo cumplido, así, el principal propósito de su vida, considerando que no estaba ya sujeto a ninguna preocupación y que podía morir como un hombre libre, decidió romper los últimos lazos, numerosos, pero secundarios, que lo ligaban a esta vida. [9] Su enfermedad había empeorado de nuevo, por lo que intentó mitigarla con su acostumbrada templanza y su constancia consiguió que su persistente mal remitiese. Luego pasaron dos, tres, cuatro días y él se abstenía de probar alimento, Su esposa, Hispula, envió a verme a nuestro común amigo G. Geminio con la tristísima noticia de que Corelio había decidido dejarse morir y ni sus propios ruegos ni los de su hija habían logrado hacerle cambiar de opinión. Me decía que yo era su última esperanza, que sólo yo podía suscitar de nuevo en él el deseo de vivir. [10] Corrí a su lado. Me acercaba a su casa cuando Julio Ático, enviado también por Hispula, me hace saber que ni siquiera yo podría conseguir nada ya, que tan obstinadamente Corelio se había ido reafirmando más y más en su decisión. Había dicho, en efecto, al médico cuando éste intentaba que probase algo de alimento: “Kekrika”**. Esta palabra ha dejado una huella indeleble en mi espíritu, fruto tanto de la admiración que me ha hecho sentir por él como de la añoranza que, al recordarla, me causa su ausencia.
 [11] Pienso en el excelente amigo y en el excelente varón del que me veo privado. Tenía, ciertamente, sesenta y siete años cumplidos, una edad muy avanzada incluso para los más robustos. Lo sé. Se ha liberado de una larguísima enfermedad. Lo sé. Ha muerto sin haber sufrido la pérdida de ninguno de sus seres queridos, en un momento en que nuestra patria, que para él era lo más querido de todo, goza de una gran prosperidad. También esto lo sé. [12] Y sin embargo lo lamento como si se tratase de la muerte de un hombre joven y de gran vigor. Y aunque me consideres un hombre débil, lo lamento también por mí mismo, pues, al perderlo a él, he perdido a un testigo de mi propia vida, a quien en ella me servía de guía y de maestro. Te diré en resumen lo mismo que a mi querido amigo Calvisio al poco de conocer esta desdicha: “Temo cumplir con menos celo mis deberes a partir de ahora”. [13] Por todo ello, escríbeme para consolarme, pero no con frases del tipo “era una persona mayor, estaba enfermo”, todos estos razonamientos ya los conozco, sino con argumentos que sean nuevos y de gran eficacia, tales que yo nunca los haya oído antes, que nunca antes los haya leído. Y es que todos estos consuelos que alguna vez he oído o que he leído, ya acuden a mi mente por sí mismos, pero se ven superados por un dolor tan grande como es éste de ahora. Cuídate.
[…]

 14.-G. Plinio saluda a su querido Junio Máurico

Resultado de imagen de plinio el joven epistolario [1] Me ruegas que busque un marido adecuado para la hija de tu hermano, y es justo que sea a mí antes que a nadie a quien solicites este servicio. Sabes, en efecto, cuánto admiré y aprecié a ese excelente varón que fue tu hermano: sus consejos me acompañaron durante toda mi juventud y gracias a sus alabanzas llegué a parecer digno de se alabado. [2] Ningún servicio más noble ni que me resulte más agradable has podido solicitarme, ningún otro había que yo pudiese aceptar más honrosamente que el de escoger a un joven que sea digno de ser el padre de los nietos de Aruleno Rústico.
 [3] Habría sido necesario quizás buscarlo durante largo tiempo, si no existiese ya un candidato ideal, casi como si hubiese estado previsto de antemano, en la persona de Minicio Aciliano, con quien estoy unido por esos lazos de afecto tan íntimos como sólo pueden estar unidos dos jóvenes amigos (pues, en efecto, es tan sólo unos pocos años más joven que yo), pero que, al mismo tiempo, me respeta como a un anciano, pues desea ser formado e instruido por mí como yo lo fui en otro tiempo por ti y por tu hermano. [4] Es natural de Brixia, de esa parte de nuestra querida Italia que aún conserva mucho de esa antigua modestia, templanza y sencillez tradicionales del campesinado italiano y las mantiene vivas. [5] Su padre es Minicio Macrino, que ejerce la primacía dentro del estamento de los caballeros, y eso porque no ha tenido aspiraciones más altas. En efecto, cuando el divino Vespasiano  quiso nombrarlo senador y adjudicarle un rango equivalente al de los antiguos pretores, prefirió seguir viviendo como un ciudadano particular  rodeado de la estima general antes que participar no sé si decir de las intrigas o de los honores de la vida pública, mostrando así toda la firmeza de sus principios. [6] Su abuela materna es Serrana Prócula, del municipio de Patavium. Ya conoces la rigidez de las costumbres de esa región, pues, aún así, Serrana es un modelo de decoro incluso para sus paisanos. Igualmente su tío materno P. Acilio  es de una seriedad, una inteligencia y una lealtad prácticamente excepcionales. En definitiva, no encontrarás en toda su familia nada que no te agrade encontrar también en la tuya.
 [7] Y por lo que al propio Aciliano se refiere, es un hombre de una gran energía y muy trabajador, cualidades que acompaña, no obstante, de una gran modestia. Ha ejercido de la manera más honrosa la cuestura, el tribunado y la pretura, y así por sus propios méritos te ha evitado ya la necesidad de apoyar su candidatura a las magistraturas. [8] Su rostro es de una gran delicadeza y bajo él fluye en abundancia la sangre, lo que hace que tenga siempre muy buen color. En cuanto al resto de su cuerpo, su figura es tan hermosa como conviene a un hombre libre y hay en ella una cierta nobleza digna de un senador. Creo que todos estos atractivos no deben despreciarse en absoluto, pues han de ser ofrecidos como una especie de premio a la pureza de las jóvenes doncellas. [9] No sé si añadir que su padre posee grandes riquezas. En efecto, cuando considero que eres tú quien me ha rogado que le busque yerno, creo que debo dejar fuera de la discusión el aspecto económico; sin embargo, cuando pienso en las costumbres de nuestra sociedad y en las leyes de nuestra ciudad, que consideran que la fortuna personal debe ser valorada incluso como uno de los atributos más importantes del individuo, me parece que tampoco debo pasar por alto esta circunstancia. Y es que, en efecto, el que desea tener hijos, sobre todo si desea tener una familia numerosa, debe incluir también esta consideración a la hora de elegir el mejor partido. [10] Quizá pienses que me he dejado llevar por el amor que siento por este joven y que he defendido su candidatura por encima de lo que sus méritos lo permiten. No obstante, te doy mi palabra de que cuando lo conozcas, descubrirás que sus cualidades son mucho mayores de lo que mi descripción deja entrever. Siento, desde luego, una extraordinaria simpatía por este joven, tanta como se merece, pero ten en cuenta que precisamente, cuando queremos a una persona, procuramos no excedernos en nuestros elogios de modo que éstos no lleguen a resultar una carga para ella. Cuídate.»                

 *Esto es: “santuarios habitados por las Musas”.
 **Esto es: “Mi sentencia es irrevocable”.

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2007, en edición y traducción de José Carlos Martín, pp. 99-101, 104-107 y 110-112. ISBN: 978-84-376-2424-2.]
  

domingo, 28 de marzo de 2021

Leche de otoño. Memorias de una campesina.- Anna Wimschneider (1919-1993)


Resultado de imagen de anna wimschneider  «Mi madre había muerto el 21 de julio de 1927.
  Llegó la época de la cosecha y la mayoría de las faenas había que realizarlas en el campo. Todos estaban cansados de tener que ayudar una y otra vez. Mi padre pensó entonces que tenía que ayudarse a sí mismo. No le quedó otro remedio que poner a trabajar a los niños.
 Franz era el mayor, todavía no tenía trece años y la vecina le enseñó a ordeñar. El siguiente era Michl, once años, a quien le tocó la limpieza del establo. Otra vecina vino para enseñarme a guisar y a remendar la ropa, y a indicarme cómo debía cuidar a los niños pequeños. Yo tenía ocho años. El tercero, Hans, también tenía que colaborar. Para dar el pasto a los animales teníamos que levantarnos todos los niños mayores. Nos despertábamos hacia las cinco. Mi padre cogía la guadaña, un hermano la carretilla y los menores llevábamos rastrillos. En una hora habíamos distribuido el forraje con la carretilla; los pequeños todavía dormían. Franz ordeñaba las dos vacas que eran más fáciles de ordeñar. La vecina las otras dos, las que costaban más. Yo encendía el fuego y hervía la leche, la vertía en el cuenco, añadía un poco de sal y luego desmigajaba el pan. Entonces nos sentábamos todos alrededor de la mesa, rezábamos la oración matinal, el credo y el padrenuestro por mi madre. A veces se levantaba enseguida alguno de mis hermanos pequeños y entonces tenía que preocuparme de él, de manera que casi no me daba tiempo a comer. Tras el desayuno rezábamos la oración de gracias y otro padrenuestro por mi madre. Los chicos ya se habían lavado y peinado, con lo que alcanzaban todavía a ir a misa antes de que empezara la escuela. Yo, en cambio, tenía que ir a despertar a los más pequeños y ayudarles a arreglarse, a vestirse y a desayunar. A veces lloraban, quizá porque no estaban contentos conmigo. El abuelo todavía no se levantaba. A partir de ese momento podía vestirme y arreglarme para ir a la escuela. Me iba cuando mi padre volvía del trabajo en el establo. Entonces corría lo más rápido posible los cuatro kilómetros que me separaban de la escuela. A veces tenía que ir parando porque sentía una punzada fuerte en un lado, y a menudo llegaba cuando ya había empezado el primer recreo. Entonces los demás niños se reían de mí.
 Al cabo de poco tiempo, los chicos dijeron que mi trabajo estaba en la casa, que ése era un trabajo de chica. Después de la escuela venía la señora Meiereder para enseñarme a cocinar. Mi padre le dijo en mi presencia: “Si la chica no atiende bien, le das una bofetada, entonces lo aprenderá más rápido”. La mayoría de cosas me las enseñaba el domingo porque no teníamos escuela. Con nueve años ya sabía preparar bollos al horno, Dampfnudeln (1), Apfelstrudel (2) de manzana, platos de carne y muchas otras cosas. Pero al principio cometía muchos errores. Mi padre entraba, miraba dentro del horno, y decía: “Ay, chica, tienes que avivar el fuego, así no podrás asar la carne. Cuántas veces tengo que repetírtelo”, y me daba una bofetada. La señora Meiereder también me regañaba de vez en cuando, pero nunca me pegó.
 Durante el trabajo llevaba conmigo un taburete, porque era tan pequeña que no llegaba a la altura de ninguna olla. Mirar en el fogón, poner el taburete, encender el fuego, quitar el taburete, ir al aparador, poner el taburete, ¡cuántas veces tuve que hacer esto mientras cocinaba! Cuando estaba asando carne y el horno echaba humo, podía ir a mirar. Esto no funcionaba en cambio con los bollos al horno, porque se deshacían y cuando llegaban a la mesa me esperaba otra bofetada. Aún hubiera podido tolerarlo si sólo me la hubiera dado mi padre, pero mis hermanos mayores todavía me daban otra. A veces olvidaba salar la comida porque mi atención se iba hacia la habitación donde jugaban mis hermanos. Cuando la situación se ponía muy escabrosa y rompían algo jugando a perseguirse o a la vaca ciega, la culpa la tenía yo por no haber puesto atención a mis hermanos. Y cuando mis tres hermanos mayores se pegaban en el suelo y mi padre lo oía desde fuera, entraba con una vara y atizaba a todo el que encontraba en su camino. Entonces volvía a haber tranquilidad.
 Pasado algún tiempo, mi padre volvió a traer a casa al más pequeño, porque la vieja madrina se había quedado dormida para siempre. Nos alegramos mucho de tener al pequeño Ludwig, todavía era muy chiquito y aún no hablaba. En aquella época, los chicos y las chicas se ponían la misma ropa hasta la edad de tres años. Esto simplificaba las cosas. Cuando alguno tenía necesidad, lo sentábamos corriendo en el orinal y otro de los hermanos tenía que hacer algo para que se quedara sentado.
 Nos alimentábamos principalmente a base de leche, patatas y pan. Al atardecer, cuando ya no podía guisar como es debido porque teníamos escuela desde por la mañana temprano hasta las cuatro y al volver a casa ya anochecía, preparábamos para los cerdos una gran cacerola de patatas cocidas. Los niños pequeños no eran capaces de esperar a que estuvieran listas y se quedaba dormidos en el sofá o en el banco duro. Entonces teníamos que despertarlos para que comieran. Como teníamos mucha hambre, nos comíamos tantas patatas que al final no sobraban bastantes para los cerdos. Entonces se enfadaba mi padre. Hans se comió una vez trece patatas. Mi padre le dijo: “Estás chiflado, devoras más que una marrana, no devores tanto, que no habrá suficiente para la marrana”.
 De vez en cuando venía una vecina y miraba cómo iban las cosas y lo que yo hacía. Al comienzo del cuarto curso tenía que ir a casa de la señora Meiereder ahora para aprender a hacer el pan y a lavar las piezas grandes de la ropa. Esto lo hacíamos luego en casa con todo esmero entre mi padre y yo. Teníamos una tina que incluso era igual a la de la señora Meiereder. Primero dejábamos durante toda la noche la ropa en remojo, luego la escurríamos, la sacudíamos y la poníamos en la tina. Sobre la ropa colocábamos un paño grande de lienzo en el que esparcíamos ceniza de madera de abedul, y luego echábamos por encima agua hirviendo; esto era la colada para la ropa, porque no teníamos detergente en polvo. Después de algunas horas se sacaba esta colada de la tina. Ahora colocábamos la ropa sobre un banco y con un jabón duro la frotábamos y luego la cepillábamos. Yo me ponía sobre mi taburete porque era demasiado baja para el banco de la ropa.
 Para hacer el pan era al contrario. Teníamos que poner la amasadera en el suelo porque así podía aplicar más fuerza al preparar la masa. Siempre cocíamos dieciséis panes de una vez; cada pan pesaba de cuatro a cinco libras. Cada día comíamos tres panes. Uno con la sopa de la mañana, otro lo consumíamos los niños durante el recreo de la escuela y el tercero nos lo comíamos con la cena. En la escuela teníamos dos recreos; el menor duraba quince minutos y la pausa mayor del mediodía una hora entera. Como no tenía sitio en el banco de las niñas porque estaba abarrotado, me sentaba junto a un chico que me traía cada día un bollo al horno de parte de su madre. Nunca he olvidado el detalle de esta mujer.
Resultado de imagen de anna wimschneider leche de otoño circulo de lectores Mi padre decía siempre que tres panes tienen que alcanzar para todo un día. Pero no siempre era suficiente y entonces volvíamos a comernos las patatas de los cerdos. Nuestro padre decía entonces que lo arruinaríamos con nuestro apetito. A la hora de comer se ponía uno de los niños pequeños sobre las piernas de mi padre y otro a su izquierda y otro a su derecha, y comían del plato de mi padre. Para cenar había casi siempre Dampfnudeln. Me salían muy bien, con la corteza tostada. Los presentaba con la corteza hacia arriba en una fuente grande que se colocaba en un trípode de hierro y en la parte inferior había otra fuente grande con pepinos, leche o caldo de peras desecadas. Esto tenía un aspecto muy apetitoso que nos daba nueva hambre. Tenían que ser siempre grandes raciones, dos cazos o cacerolas. Tampoco nos olvidábamos del abuelo. A él le llevaba la comida a su habitación, sólo cosas blandas porque ya no tenía ni un diente.
 Cuando el abuelo todavía caminaba bien, se iba muy temprano a la iglesia. Michl tenía que ir con él porque, durante el trayecto, el abuelo iba siempre al mismo lugar en el bosque y hacía sus necesidades en el mismo árbol. Ya no podía vestirse solo, por eso lo acompañaba Michl.
 El abuelo tenía una camisa con dos ojales en la parte delantera del cuello. Por aquí había que introducir un pasador que podía voltearse por la parte delantera. Luego tenía un acabado de lencería blanca con el pecho fuertemente almidonado y ancho como el tronco, y por la parte inferior podía meterse un poco por dentro de la pretina. En la zona del pasador se le colgaba una corbata. Así no se le veía la camiseta vieja que llevaba por debajo. Para calzarse se ponía zapatos de hebilla y debajo unas calzas cortas de goma. Éstas tenían cosidas a derecha y a izquierda una goma negra y elástica que se sujetaba en el tobillo. Los pantalones eran muy estrechos y llevaban tirantes. El abuelo siempre se ponía para trabajar un delantal azul que se sujetaba por el cuello y por la cintura con una cinta de lino estrecha y azul. Nunca trabajaba sin su delantal, que denominábamos el harapo. En nuestra tierra todavía puede comprarse hoy en día género para estos harapos. Es la misma tela azul.
 El abuelo tenía su sitio durante el día en el banco de la estufa. Los niños nos poníamos a menudo cerca de él. Sus pelos grisáceos se levantaban sueltos hacia arriba y en los lóbulos de las orejas llevaba unas pequeñas laminitas de oro. Esto lo tenía porque se suponía que era saludable para la vista. Apoyaba su mano derecha en la moldura de la estufa y los niños cogíamos la piel suave y floja de su mano y se la estirábamos. Esto podíamos hacerlo todos excepto Alfons, porque no le caía simpático. En vez de Alfons le llamaba siempre Atterl. Cuando yo hacía albondigones, el abuelo me cortaba el pan.   
 En las tardes de invierno calentábamos fuertemente la estufa  y la habitación permanecía caliente. En el cuarto de arriba, exactamente encima de esta estufa, había una estufa de cerámica que se calentaba simultáneamente con la otra. Tenía forma de herradura y uno podía sentarse en su entrante. Los niños nos habíamos sacado muchas veces unos a otros de allí cuando alguno se quedaba demasiado tiempo porque todos querían calentarse un poco antes de irse a dormir. Mi padre colocaba una tablilla sobre la estufa y se sentaba encima. A menudo olía a quemado, y eso era entonces el pantalón de mi padre. Le gustaba fumarse por la noche una pequeña pipa con tabaco barato; el leño, como le llamaba a su pipa. Y sobre la mesa estaba colgada una lámpara de petróleo con una pantalla de vidrio; esto era muy agradable. Mi padre tenía que contar historias fantásticas y espeluznantes de la guerra, porque había participado en ella, y de crímenes. El abuelo explicaba cómo había llevado madera larga y pesada con los caballos desde Eggenfelden hasta Passau. A veces se apagaba el petróleo de la lámpara y cuanto más oscura se quedaba la habitación, más nos excitábamos los niños. Entonces, jugábamos a la gallina ciega y chocábamos con todo, era muy divertido. El humo del petróleo nos ponía negros los orificios de la nariz y las barbitas, y esto nos hacía reír.
 Mientras mis hermanos escuchaban a mi padre, yo tenía sobre la mesa una máquina manual de coser y tenía que aplicarme en zurcir la ropa. También teníamos una pequeña lamparilla de aceite que estaba en un tarro de un litro. Sin esta lamparita no hubiera podido ver la costura. Cuando mi padre y mis hermanos se iban a la cama, yo debía quedarme bastante más tiempo cosiendo, al menos hasta las diez de la noche. A menudo me quedaba dormida de puro cansancio. Mi padre golpeaba entonces en el suelo de la habitación superior y gritaba que qué me pasaba, que no oía la máquina de coser. Al momento volvía a despertarme y continuaba cosiendo.»             

 (1)   Especialidad alemana: bollito de masa de pan, que se fríe en una sartén –tapada-, sólo por una parte y hasta que sube la masa. (N. del T.)
(2) Especialidad de Baviera y Austria: especie de brazo de gitano de hojaldre, relleno de manzana, que se sirve caliente y con nata montada. (N. del T.)
    
    [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1990, en traducción de Agustín Delgado, pp. 9-17. ISBN: 84-226-322-X.]

miércoles, 24 de marzo de 2021

Orient-Express: de Pontoise a Estambul.- Edmond About (1828-1885)


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II.-El Danubio

 «Atravesamos los bosques, los viñedos, las tierras de cultivo de Wurtemberg sin mayor preocupación que cumplir nuestro propio aseo de la mañana. Esta pequeña observación no es, sin embargo, baladí. El confort es de algún modo como los premios: cuando lo pruebas, ya nunca te acostumbras a no tenerlo. A fuerza de bienestar, nos hemos vuelto cada vez más exigentes, y las dos cabinas de aseo, que se abren en cada extremo de los wagon-lits, no son suficientes; nos harían falta, como mínimo, cuatro. Al menos están instaladas con todo lujo: ampliamente provistas de jabón, agua caliente y fría y mantenidas en un estado de irreprochable limpieza por parte de los sirvientes o ayudas de cámara. Pero, sea por los aseos, o por las otras necesidades a las que te obliga la vida, no pueden albergar más que a un viajero cada vez. Estamos obligados a esperarnos unos a otros y, a veces, durante largo tiempo. Este es el único desiderátum de las delicias de esta Capua rodante que, creo, no es posible construirla mejor de lo que se ha hecho. Consideremos, por otra parte, que el común de los mortales, viajeros de un tres Express, daría mil gracias a los dioses si dispusieran de al menos un aseo para cada cien personas. Nosotros contábamos con dos para veinte.
 En Baviera, no lejos de la ruinosa e inútil fortaleza de Ulm, nos topamos con primera vez con el Danubio, el bello Danubio azul, que se llama también, y puede ser que con mayor justicia, die schmutzige Donau, el sucio Danubio. También descubrimos otra cosa, que nos conmovió más si cabe. El vagón restaurante, donde tan buena comida nos ofrecían y donde fácilmente nos pasábamos tres horas a la mesa, tenía un ligero defecto en la construcción. El eje se recalentaba: un olor a grasa quemada, que advirtieron unos ingenieros de gran olfato. No suponía peligro, pero era necesaria una reparación y no se podía llevar a cabo en marcha. El jefe de la estación de Munich nos lo dijo. Habría que desmontar prácticamente todo el vagón, nuestro maravilloso vagón restaurante con todas sus dependencias, justo cuando íbamos a tomar café. Pero hay que rendirse. Esta Compañía de Vagones Durmientes tenía todo previsto, igual que cuando se prueba cualquier nuevo material. En menos de cinco minutos, el cocinero, el jefe del comedor y el resto del personal embarcaron en otro vagón comedor, no tan nuevo, y menos brillante que el primero, pero provisto de todo lo necesario e incluso lo innecesario. Hasta Giurgewo, donde tuvimos que bajar del tren, para continuar viaje por Bulgaria, nada nos faltó: ni mantequilla fresca de Isigny, ni vinos finos, ni frutas ni cigarrillos. Y cuando volvimos de Constantinopla, nos encontramos de nuevo en Giurgewo con nuestro maravilloso restaurante, completamente nuevo, que había sido reparado en Munich.
 Durante los escasos momentos que pasamos en la capital de Baviera, pudimos admirar no tanto su arquitectura, pero al menos las estaciones monumentales que la Alemania victoriosa ha construido a costa nuestra. No solamente las hemos pagado, sino que nos podrían costar más caro; pues están manifiestamente construidas contra nosotros. Estos halls inmensos, donde toda congestión de viajeros es imposible, pueden convertirse en establecimientos militares de primer orden. No es necesario ser un maestro en estrategia para pensar en el número de batallones y baterías que podrían desembarcar aquí, en menos de 24 horas, con destino París. Me gustaría pensar que nuestro Estado Mayor ha seguido el ejemplo del general Moltke, pero no estoy muy seguro.
 Hemos cruzado la frontera de Austria. Nos hemos tenido que adaptar a diferentes husos horarios: a la hora de Praga; después a la de Munich, a la hora de Stuttgart y la hora alemana. Una de las particularidades de la monarquía austro-húngara es que tienen dos horarios a la vez, uno en Praga, otro en Pest; la hora bohemia y la hora magiar. Sólo la hora de Viena no existe, porque, probablemente, la hora de Viena está reglada sobre los ilustres péndulos de Berlín. El reloj de nuestro vagón restaurante habría debido enloquecer con la confusión de todos estos meridianos políticos, pero, gracias a una inteligente medida de neutralidad, se prefirió dejar olvidada en París la llave con la que darle cuerda. En cuanto a nosotros, hemos decidido, desde Estrasburgo, no tocar nuestros relojes.
 En la estación de Viena, dos voces femeninas rompieron la monotonía a media noche. Voces encantadoras en cualquier caso, y, además, voces de mujeres que transmitían alegría. Cuando cuatro ingenieros franceses se apearon para ver la Exposición de la Electricidad, un alto funcionario de los ferrocarriles del Estado austríaco, Von Scala, su mujer y su cuñada, aprovecharon para subirse. Un elemento nuevo y extremadamente delicado venía a mejorar nuestros placeres y a atemperar agradablemente la alegría de una numerosa reunión de hombres. La señora Von Scala era extraordinariamente bella: un tipo inglés animado por una fisionomía vienesa. Su hermana Léonie Pola era todo lo contrario de una belleza clásica, pero tenía un gran espíritu, tanta gracia y buen humor que siempre resultaba agradable. Las dos preciosas hermanas tenían, por lo demás, un talle encantador y una exuberancia de cabellos tan rubios como el oro, que encuadraban su fineza y que hubieran sido una maravilla en París.
 El Imperio austrohúngaro estaba bien representado en nuestra caravana. Entre otros, se encontraba el señor Wiener, secretario general de los Ferrocarriles Orientales y hermano de un célebre explorador del Amazonas. Yo mismo había recorrido Hungría hacía una docena de años con mi amigo Camilo, quien se había hecho monje laico en Roma y que, de vez en cuando, me escribía bonitas cartas. Entonces habíamos atravesado juntos estas mismas y vastas llanuras, que parecían estar cultivadas por genios invisibles, pues en aquella época –junio de 1869- el trigo maduro abundaba y, sin embargo, se buscaría en vano a los agricultores e incluso sus propios pueblos. Después de la ciudad feudal de Buda y su vecina y trabajadora localidad de Pest, hasta la extraña Colonia de los Confines Militares no habíamos visto otros seres vivos que caballos nerviosos, bueyes con largos cuernos y búfalos semisalvajes. Me parece que hoy día los cultivos han progresado. El hombre se hace visible, se ven más plantaciones, más árboles frutales y, sobre todo, más viñas. La viña enriquecerá los países, si la filoxera no nos lleva a la ruina. En cada estación nos ofrecen grandes racimos de uva, tan deliciosos, que difícilmente se les puede poner algún pero. Muy azucarados: habría que tener la sabiduría y el conocimiento de estos vendimiadores para transformar todo este azúcar en alcohol.
Resultado de imagen de orient express de pontoise a estambul Seguimos, a través de las ventanillas de cristales sin teñir, la recolección del maíz. La sequedad del verano ha ralentizado el desarrollo de las mazorcas. Las bestias tendrán comida en abundancia, pero ¿y los hombres? He aquí un carro que lleva la cosecha de cinco o seis hectáreas; está lleno hasta la mitad. Por suerte, las calabazas que se cultivan entre ellos no deben dar malos resultados. Y después, hay manadas de ocas blancas, que se dirían embaladas por un confitero, tales son sus plumas de ligeras y rizadas. Los criadores francesas las pagan hasta 30 ó 40 francos la pareja; aquí el campesino las venderá a veinte sous la pieza, si están bien criadas. La caza ofrece también recursos a los aventureros magiares. Admiramos la espléndida figura de dos magníficos hombres, grandes y fuertes, precedidos de dos perros; vestidos con una camisa blanca y un calzón del mismo color, marchaban orgullosamente con sus pies desnudos en alpargatas. Estas vastas llanuras sin tráfico, sin luces ni trampas, parecen haber sido creadas para la multiplicación de la perdiz. Vendrán a buscarlas aquí, cuando la caza furtiva acabe en nuestra tierra con las últimas; me atrevería a afirmar que esto ya ocurre y que gran parte del éxito de Hungría tendrá que ver precisamente con la repoblación de nuestra raza.
 ¿Dónde estamos? No lo sé. Supongo que en alguna parte entre Pest y Temeswar. El tren se detiene y somos recibidos por la música de los zíngaros. A decir verdad, estos músicos no son zíngaros más que de nombre. Si sus tipos son húngaros, sus modos de vestir no causarían apenas sensación en la Ferté-sous-Jouarre. Pero, bohemios o no, tienen el diablo en el cuerpo y tocan con brío maravilloso no sólo sus canciones tradicionales, sino la música de Rouget de L’Isle, que tocan en honor de los huéspedes franceses. Les aplaudimos, pero nadie se atrevió a pedirles un bis; sería poco amable por nuestra parte, una especie de orden de un superior a un inferior. Sí se oyeron algunas palabras que transmitían lo mucho que nos gustó, pero me temo que no captaron la idea de que estaríamos encantados con algo más de música.
  La locomotora empezó a silbar, así que ¡adiós música! Pero no, estoy equivocado. La orquesta ha pasado al vagón de equipajes; pronto pasan al salón comedor, donde se les abre un hueco entre mesas y sillas, mientras los más jóvenes bailan con los amables vieneses un vals. Esta breve fiesta no terminará sino en Szegedin. No sólo es la música lo que hace interrumpir la trayectoria al Orient-Express, entre dos estaciones, sino la gastronomía: los bon-vivants de los diversos países que atravesábamos me dicen que, precisamente, no tienen el más mínimo inconveniente en subir al tren dos o tres horas para degustar la finura de la cocina francesa y saborear los excelentes vinos del señor Nagelmackers.
La población que nos viene a ver es cada vez más abigarrada y variopinta. Los impecables uniformes militares no pasaban desapercibidos; al vuelo se podía percibir una extraordinaria variedad de tipos y de trajes, la mayoría admirables. Los húngaros no son solamente una minoría en la monarquía austríaca, sino que comparten su tierra con millones de serbios, que son eslavos, y millones de rumanos, que son descendientes de los soldados de Trajano. En cuanto a ellos, son turcos, turcos cristianos, pero turcos auténticos. Sus cualidades y sus defectos, como su lengua, atestiguan este origen, del que no hay que sonrojarse, pues los turcos son una raza noble y una nación muy valerosa.
 La ciudad de Szegedin, cuyas desgracias han conmovido al mundo entero, se ha reconstruido de nuevo y ahora luce más hermosa, más regular y más confortable de lo que ha sido jamás. El hogar es lo menos importante de estos rudos hombres campesinos, a cuyas mujeres y niños les gusta vivir al aire libre o, cuando el frío es demasiado fuerte, apiñados en verdaderos antros. Lo que distingue verdaderamente la civilización oriental de la nuestra es la ausencia completa de capital inmobiliario. En los barrios de Londres o París, la propiedad construida supone un valor de millones de millones. Aquí se puede recorrer cien kilómetros sin encontrar una casa que valga cien mil francos. La construcción del ferrocarril es una feliz derogación de esta regla general. Parece, no obstante, que este progreso se ha producido con medio siglo de adelanto, pues el tráfico es muy escaso: podemos recorrer territorios durante cuatro o cinco horas sin cruzarnos con ningún otro tren.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Confluencias, 2018, en traducción de José Jesús Fornieles Alférez, pp. 36-45. ISBN: 978-84-948202-0-5.]