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jueves, 21 de enero de 2021

La trata de esclavos.- Hugh Thomas (1931-2017)

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Libro primero: El verde mar de las tinieblas
7.-Por el amor de Dios, dadnos un par de esclavas
 
  «Todavía no era frecuente la crítica de la esclavitud y de la trata, en aquellos días. A fin de cuentas, la antigüedad seguía estando de moda. Migue! Ángel diseñaba un monumental «esclavo moribundo» (al parecer un eslavo), que ahora está en el Louvre, pero era evidente que le preocupaba menos la esclavitud que la mortalidad. Sir Tomás Moro había previsto la esclavitud, en su Utopía de 1516, pues la consideraba “un estado apropiado de la vida para cualquier prisionero de guerra, criminal y también para los pobres de otro país que se afanaran en trabajar”. Erasmo, amigo de Moro, no dijo nada sobre el tema y tampoco lo hizo Maquiavelo. ¿Cómo podía ser de otro modo? El culto y prudente papa León X, el más grande de los príncipes de la Iglesia del Renacimiento, señaló, ciertamente, respecto a la esclavitud de los indios, que “no sólo la religión cristiana sino la propia naturaleza claman contra el estado de esclavitud”. Pero León X no se refería a los africanos, y debía de haber en e! Vaticano, para entonces, cuando menos uno o dos esclavos de la costa de Guinea.
 Todavía más explícitamente interesado por los indios estaba el papa Pablo III (Alessandro Farnese), influido por otro fraile dominico dedicado a cuestiones humanitarias, fray Bernardino de Minaya. Pablo, en una carta a Juan de Tavera, arzobispo de Toledo, prohibía a los conquistadores del Nuevo Mundo que redujeran a esclavitud a los indios, y luego, en la bula Veritas Ipsa, proclamó la abolición completa de la esclavitud, afirmando con firmeza que todos los esclavos tenían el derecho de emanciparse a sí mismos; a los indios no se les debía privar ni de su libertad ni de su propiedad, ni siquiera si seguían siendo paganos. El castigo por no hacer caso de estas prohibiciones era la excomunión.
 Esta declaración inquietó al emperador Carlos V, pues le parecía que el papa quería ejercer su autoridad en la esfera temporal. Pero era obvio que Pablo pensaba en los indios del Nuevo Mundo y no en los negros. De hecho, su siguiente bula, Sublimis Deus, de 1537, muestra que insistía meramente en que “los indios son verdaderos hombres”, aunque hiciera la concesión, peligrosa para los dueños de esclavos, de que “todos son capaces de recibir las doctrinas de la fe».
 En el siglo XVI no se escribió ningún estudio serio sobre la esclavitud en la antigüedad. El primero parece ser el de Lorenzo Pignoria, de Padua, que en 1613 publicó De Servis et Eorum Apud Veteres Ministeriis, referente a la vida urbana de los esclavos romanos, obra “no superada por su alcance hasta finales del siglo XIX»; pero no intentó sacar ninguna lección moral para su época. Pignoria, sin duda, habría estado de acuerdo, con su contemporáneo Giles de Roma cuando éste recordaba en 1607 que Aristóteles había “demostrado” que algunas personas son “esclavas por naturaleza, y que es apropiado que tales personas se encuentren sujetas a otras”, punto de vista que encontraba una aceptación general.
 El «olvido» de la dimensión africana de la esclavitud no se limitaba a la Iglesia de Roma. Cuando en 1525 algunos siervos de Suabia pidieron su emancipación, argumentando que Cristo había muerto para libertar a los hombres, Lutero se alarmó, pues no creía que el reino terrenal pudiera sobrevivir a menos que algunos hombres fueran libres y otros fueran esclavos.
 Con todo, a mediados del siglo XVI algunos escritores portugueses y españoles expresaron cierta inquietud. Los portugueses, que eran los mayores comerciantes de esclavos, trataron incluso de fijar las condiciones en que debían transportarse los esclavos. En 1513, un decreto limitaba el número de esclavos que podían transportarse en un buque, (haciéndose eco de una antigua ley genovesa). En 1519, otro decreto trató de fijar las condiciones en el breve viaje entre África y Santo Tomé, e insistió en que los capitanes mantuvieran huertos, en este último lugar, para alimentar adecuadamente a los esclavos antes de llevarlos a América; en consecuencia, los mejores esclavos debían retenerse para que trabajaran dichos huertos y cultivaran las provisiones para el futuro.
 Hasta la Corona española intervino en favor de un mejor trato a los esclavos; en 1541, Carlos V exigió que se sujetara a los esclavos a una hora diaria de instrucción en los preceptos cristianos, y ordenó que no trabajaran los domingos ni fiestas de guardar, reglas que resultan sorprendentes, aunque se observaran raramente.
 La famosa disputa de Valladolid, en 1550, entre Bartolomé de Las Casas, apóstol de las Indias, y el humanista Ginés de Sepúlveda, sobre el tema de cómo podía predicarse y promulgarse la fe católica en el Nuevo Mundo, fue juzgada por una comisión de quince notables. Entre ellos figuraba el teólogo dominico fray Domingo de Solo, de Segovia, el más distinguido de los discípulos del recién fallecido jurista Francisco de Vitoria, con el que vivió largos años en el monasterio dominico de Salamanca. Profesor en Segovia v en Salamanca, Soto sirvió a la Corona en el Concilio de Trento y se le considera, junto con Vitoria, como el creador del derecho internacional. Era también confesor de Carlos V. Se le pidió que hiciera un resumen del debate de Valladolid y en su documento apoyó a Las Casas. Pero, como de costumbre, no hubo ninguna discusión sobre los negros africanos.
Resultado de imagen de hugh thomas la trata de esclavos  Unos años después, sin embargo, en 1556, Soto publicó sus diez Libros De Justicia et de Jure, en los cuales argüía que era injusto mantener en la esclavitud a quien ha nacido libre o que ha sido capturado con fraude o violencia, incluso si ha sido comprado legalmente en un mercado debidamente constituido. Al hablar de esto, Soto debió de pensar en los esclavos negros y moros, de los que sin duda había algunos en Salamanca. En el siglo XVII, el viajero Bartolomé Jory observa en Valladolid “la presencia de muchos esclavos negros”. Las ideas de Soto fueron muy influyentes, andando el tiempo. Dedicó su obra al heredero del trono español. Pero, de momento, sus palabras sobre la esclavitud, escritas claramente en la más prestigiosa de las universidades españolas, apenas si provocaron alguna reacción. Uno que, sin embargo, las escuchó fue Alonso de Montúfar, un dominico arzobispo de México, que en 1560 escribió al rey Felipe II que no conocía ninguna causa justa por la cual los negros tuvieran que estar cautivos, no más que los indios, pues se decía que recibían el Evangelio con buena voluntad y no hacían la guerra a cristianos. No parece que el rey Felipe le contestara. Poco antes, cuando era todavía príncipe y no rey, había pedido a una comisión formada por un dominico, un cisterciense y dos franciscanos, qué beneficios podían conseguirse concediendo a un banquero, Hernando Ochoa, licencia para llevar veintitrés mil esclavos a América, a ocho ducados cada uno. La discusión no abordó el tema de si era legal o ilegal tratar a los africanos de este modo, sino el de si un contrato tan voluminoso perjudicaría a otros mercaderes.
 Por la misma época, un capitán portugués y escritor militar, Fernao de Oliveira, también criticó la trata, en su Arte da Guerra da Mar. Su crítica constituye una anticipación del movimiento abolicionista, y hay que darle crédito por esta posición tan avanzada a su tiempo. Señalaba que los monarcas africanos que vendían esclavos a los europeos solían obtenerlos mediante el robo o librando guerras injustas, y ninguna guerra librada con el fin específico de capturar gentes y destinarlas a la trata podía ser justa. Oliveira denunció a sus paisanos por haber inventado un “comercio tan malvado” como el de “comprar y vender pacíficos hombres libres como se compran y venden animales”, como si fueran, los tratantes, “matarifes de un matadero”.
 La obra de Oliveira se publicó en 1555 en Coimbra, ciudad donde, unos años después, en 1560, un dominico español, Martín de Ledesma, escribió en sus Commentaria que todos cuantos eran dueños de esclavos obtenidos mediante engaño por los tratantes portugueses (los lançados, por ejemplo) deberían dejarlos libres inmediatamente, so pena de condenarse por la eternidad. Señaló también que los comentarios de Aristóteles acerca de hombres salvajes que vivían sin orden no podían considerarse, ni por asomo, aplicables a los africanos, muchos de los cuales vivían bajo monarquías normales.
 Estos argumentos no quedaron enteramente sin consecuencias en Portugal. La Corona trató de convencer a los tratantes para que no compraran esclavos capturados, pero la mayoría de las veces la distinción entre captura y guerra era difusa, y los tratantes continuaron sosteniendo que al comprar esclavos servían el interés superior de la humanidad.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1998, en traducción de Victor Alba y C. Boune, pp. 123-125. ISBN: 84-08-02739-5.]
 

miércoles, 16 de octubre de 2019

Némesis.- Philip Roth (1933-2018)

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2.- Indian Hill

«Llamó a la puerta de tela metálica y le recibió calurosamente el propietario, un hombre alto y desgarbado, de cuello largo, nuez de Adán prominente y una calva bronceada apenas cubierta por un entramado de mechones grises. Debía de rondar los sesenta años, pero con los pantalones cortos caqui y el polo del campamento se le veía musculoso y en forma. Bucky sabía a través de Marcia que en 1926, cuando el señor Blomback enviudó siendo todavía muy joven, abandonó una prometedora carrera académica como subdirector del instituto West Side de Newark y, con dinero de la familia de su esposa, compró el campamento a fin de tener un sitio donde enseñar a sus dos hijos pequeños las costumbres de los indios que, como aficionado a la vida al aire libre, había llegado a amar. Ahora los muchachos eran adultos y estaban en el ejército, y el trabajo del señor Blomback a lo largo del año consistía en dirigir el campamento, asesorar al personal y visitar a las familias judías de Nueva Jersey y Pensilvania con objeto de reclutar jóvenes para la temporada del campamento. En su rústico despacho -de troncos sin desbastar, como el exterior del edificio-, había cinco tocados de plumas indios completos, colgados de ganchos, que decoraban la pared de detrás del escritorio. Fotos de grupos de campistas cubrían las paredes restantes, salvo donde había estanterías de libros, todos ellos, según el señor Blomback, referentes a la vida y a las costumbres indias.
 -Este es la biblia -le dijo a Bucky, y le tendió un grueso volumen titulado El libro de los Woodcraft-. Este libro fue mi inspiración. Y éste también -y le ofreció un segundo volumen, más delgado, el Manual de los indios Woodcraft.
 Obedientemente, Bucky pasó las páginas del segundo volumen, en las que había dibujos a pluma de setas y aves y hojas de un gran número de árboles, ninguno de los cuales fue capaz de identificar. Vio el título de un capítulo, "Cuarenta pájaros que todo muchacho debería conocer" y tuvo que aceptar el hecho de que él, un hombre ya hecho y derecho, no conocía más que un par de ellos.
 -Estos dos libros han inspirado a todos los propietarios de campamentos -siguió diciéndole el señor Blomback-. Ernest Thompson  inició en solitario el movimiento de los campamentos indios. Fue un gran maestro, muy influyente. Según Seton, "el principal objetivo de la educación es la madurez. Practicamos al aire libre las actividades que, en una palabra, nos ayudan a alcanzar la madurez". Son unos libros indispensables, que sostienen en todo momento un ideal humano heroico. Aceptan al piel roja como el gran profeta de la vida al aire libre y el arte de vivir en los bosques y emplean sus métodos siempre que son de utilidad. Proponen pruebas iniciáticas de fortaleza, siguiendo el ejemplo del piel roja. Presentan el dominio de uno mismo como fundamento de todo poder. "El heroísmo por encima de todo", dice Seton.
 Bucky asintió, consciente de que se trataba de asuntos importantes, aunque era la primera vez que oía hablar de Seton.
 -Cada catorce de agosto el campamento conmemora el nacimiento de Seton con un espectáculo indio. Ernest Thompson Seton es quien ha convertido el campamento en el siglo veinte en uno de los máximos logros de nuestro país.
 Bucky asintió de nuevo.
 -Me gustaría leer esos libros -dijo mientras se los devolvía al señor Blomback-. Parecen importantes, sobre todo para educar a los chicos.
 -En Indian Hill educamos a niños y niñas. Me encantará que leas estas obras. En cuanto estés instalado, ven a verme y te prestaré mis ejemplares. Unos libros incomparables, publicados cuando el siglo era joven y la nación entera, dirigida por Teddy Roosevelt, se interesaba por la vida al aire libre. Eres un regalo del cielo, muchacho. Conozco al doctor Steinberg y a su familia de toda la vida. Si los Steinberg te avalan, para mí no hay más que hablar. Voy a pedir a uno de los monitores que te enseñe el campamento y yo mismo te llevaré a los muelles y te presentaré al personal. Todos esperaban ilusionados tu llegada. Tenemos dos objetivos: enseñar a estos jóvenes los deportes acuáticos, así como las medidas de seguridad para practicarlos.
 -Aprendí los principios de ambos objetivos cuando estudiaba en la Universidad Panzer, señor Blomback. Enseño educación física en la escuela Chancellor Avenue y la seguridad es mi preocupación principal.
 -Los padres nos han confiado a sus hijos durante los meses de verano -dijo el señor Blomback-. Nuestra tarea consiste en no defraudarles. No hemos sufrido un solo accidente en el lago desde que compré el campamento hace dieciocho años. Ni uno solo.
 -Puede usted confiar en que daré la máxima importancia a la seguridad.
 -Ni un solo accidente -repitió con severidad el señor Blomback-. El puesto de director de deportes acuáticos es uno de los que comportan mayor responsabilidad en el campamento. Tal vez el de máxima responsabilidad. Un accidente por descuido en el lago y todo el campamento se va al garete. Ni que decir tiene, a cada campista se le asigna un acompañante de su mismo curso. Deben entrar y salir juntos del agua. Antes y después de cada baño, así como en los descansos, hacemos una comprobación de los acompañantes. Nadar en solitario puede acarrear la muerte.
 -Me considero una persona responsable, señor. Puede confiar en mí para tener garantizada la seguridad de todos los campistas. Sé la importancia que tiene el sistema de acompañantes.
 -Muy bien, todavía están sirviendo la comida -dijo el señor Blomback-. Hoy tenemos macarrones con queso. Rosbif para cenar. En Indian Hill todos los viernes se cena rosbif, haya o no haya racionamiento. Acompáñame al comedor; veremos si pueden darte algo. Y aquí tengo un polo del campamento. Quítate la corbata, ponte el polo e iremos a comer. Irv Schlanger ha dejado sus sábanas, mantas y toallas. Puedes usarlas. Los lunes se recoge la ropa para llevarla a la lavandería.
 El polo era idéntico al que llevaba el señor Blomback, con el nombre del campamento en la pechera y, debajo, la tienda india en un círculo de llamas.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Random House Mondadori, 2012, en traducción de Jordi Fibla. ISBN: 978-84-397-2333-2.]

lunes, 12 de marzo de 2018

La Perla del Oriente.- Jorge Ordaz (1946)

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 I

«Del Pan era una institución en la prensa de Manila. Cuando salió El Avisador accedió a colaborar con cierta renuencia, pues a Del Pan  no le acababa de gustar el periódico porque decía que "hablaba demasiado bien de los indios". Lo cierto es que del indio tenía Del Pan una muy pobre idea, y esto era archiconocido por todos cuantos lo leían o trataban. De él se contaban sabrosas anécdotas.
 Recuerdo una personal. En cierta ocasión coincidí con Del Pan a la puerta de la sede del periódico, mientras ambos esperábamos un carruaje. Había dado yo un real a un galopín para que me fuera a buscar un coche. Hacía diez minutos de ello y todavía estábamos esperando en el mismo sitio. Del Pan, con su deje gallego, me dijo:
 -Mire usted, desengáñese, y delo por perdido (se refería al real). No se puede confiar en esta gente. Le contaré un sucedido. Cuando llegué a Manila, hace de esto más de veinte años, mi primera diligencia fue ir al Gobierno General. A la puerta, y a pleno sol, había un indio en cuclillas. Su actitud de impasible indiferencia, típicamente oriental, no pudo menos que chocarme. Le observé un rato, haciéndome el distraído: no se movió. Subí, entregué algunas cartas, hablé con todos los empleados de Secretaría, y a las dos horas, cuando salí de aquellas oficinas, el mismo indio que había visto a la puerta... continuaba en su sitio, en la misma postura, con el mismo gesto, y tomando el mismo sol de justicia de dos horas antes. Desde entonces, formé opinión acerca de los indígenas, y hasta la fecha nada he visto que haya contribuido a modificarla.
 Al cabo de un cuarto de hora llegó el chaval con el carruaje, excusándose por la tardanza. Entonces le pregunté a Del Pan si aquello no le movía a cambiar de opinión, y me contestó secamente:
 -Una golondrina no hace verano.
 Era de dominio público que Del Pan solía pasar todas las tardes por el Café del Oriente, donde tenía asiento una conocida tertulia de periodistas y hombres de letras. A la misma asistían personajes renombrados en el mundillo literario de la ciudad y otros menos o nada conocidos, pero con muchas ganas de hacer carrera al lado de los ingenios a cuya lumbre acudían cual moscones.
 Del Pan oficiaba de pontífice máximo, y era respetado por todos los tertulianos, aunque por lo bajinis no se libraba de algún que otro venablo. Solía intervenir poco en la conversación, lo justo para hacerse notar o para dar su opinión cualificada que, por lo general, no era discutida. Su tema de conversación preferido era la Administración. Pasaba por ser un gran conocedor de los asuntos administrativos filipinos, a los que había dedicado algunas publicaciones. Se sabía de memoria leyes, decretos, ordenanzas, reglamentos y cuantas providencias se habían dictado en relación a la colonia en los últimos años. De estos áridos temas podía estar Del Pan hablando durante horas. Quizás por esto sus contertulios procuraban no salir a relucir estos temas, más que nada por no aburrirse demasiado. Del Pan solía abandonar la tertulia a las siete en punto de la tarde, y entonces se dirigía a la redacción de alguno de los periódicos en los que trabajaba.
 Le gustaba también al veterano periodista ejercer de "protector" de jóvenes aspirantes a ganarse la vida con la pluma, y se jactaba de haber "descubierto" a varios de ellos, perfectamente instalados ya en diferentes frentes. Siempre tenía palabras de apoyo y de aliento y no dudaba en hacer valer su prestigio e influencias para avalar personalmente los trabajos de sus "protegidos". No había periodista en Manila que no le debiese algún favor.
  Sabedor de sus costumbre, un día fui al Café del Oriente. A la salida me hice el encontradizo con él. Me presenté como empleado de la Compañía Trasatlántica, autor de unos modestos artículos (que él recordaba) y admirador de su labor periodística. Para romper el hielo comencé hablándole de algunas cuestiones administrativas del comercio marítimo. Como supuse, Del Pan entró al trapo al instante y durante un buen rato no volví a abrir la boca. Del Pan tenía que ir a la redacción de La Oceanía, pero, rompiendo su rutinaria costumbre, me invitó amablemente a que le acompañase a tomar una copa en el vecino Casino.
 Entramos, fuimos al fumoir, nos sentamos, pedimos sendas copas de brandy y durante más de media hora estuvimos hablando amigablemente. En un momento determinado de la conversación me las arreglé para mencionarle los artículos de Tic-tic, y pedirle su parecer. Lo que me dijo fue más o menos lo siguiente:
 -Usted conoce ya mi opinión sobre este país y sus habitantes, en especial los indios. Admito que soy de ideas fijas y me cuesta un triunfo aceptar otras  que no coincidan con las mías. Sé, sin embargo, reconocer los méritos de los demás, siempre que estos respondan a una actitud sincera y honrada, por equivocada que sea. Por lo que no paso ni pasaré nunca son por las falsedades y mistificaciones, y a mí, querido amigo, los artículos de Tic-tic me suenan a falso, a engañoso. Quizás sus escritos seduzcan a algún carca de salón, o logren persuadir a algún despistado. En realidad, uno lleva ya muchos años viviendo en estas islas y ha visto desfilar por las páginas de los periódicos demasiados gacetilleros afanosos de notoriedad como para dejarse deslumbrar por unas cuantas frases más o menos brillantes. Y conste que en algún párrafo de Tic-tic asoma a veces, pocas en verdad, la razón, pero él mismo se encarga de quitársela en el siguiente. En pocas palabras: a mí Tic-tic me suena a puro camelo.
 -¿Conoce usted personalmente a Tic-tic? -le pregunté a continuación.
 -Si se refiere a si conozco al señor Suárez Calvo, que es a quien remiten los de El Avisador en el caso de que alguien se interese por Tic-tic, he de decirle que no tengo este gusto, dicho sea esto sin ningún tipo de sorna, pues ya sabe que, al margen de las ideas y de las formas de expresarlas, siempre he procurado seguir a cuantos escriben en los periódicos, colegas míos al fin y al cabo. Ahora bien, lo curioso del caso es que tampoco conozco a nadie que haya tratado o visto al señor Suárez Calvo, y esto, a fuer de sincero, me da mala espina. Tengo para mí que el tal señor Suárez no existe, o lo que es lo mismo, no es más que una pantalla tras la cual se esconde otra persona, de carne y hueso, aunque hoy por hoy no sé quién pueda ser. Que se trata de un montaje, estoy casi por jurarlo.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino. ISBN: 84-233-2480-X.]
 

miércoles, 26 de abril de 2017

"Vida entre los indios".- George Catlin (1796-1872)


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Capítulo IV

«Puede decirse propiamente que todas las tribus americanas son guerreras. Ya he explicado las causas principales de sus guerras y aún se podría escribir un libro sobre sus modos de llevarlas y terminarlas. Sus armas, como he expuesto, no son numerosas ni tan destructivas como las que usan las naciones civilizadas y, por consiguiente, sus guerras no son tan devastadoras.
 La guerra entre esas gentes es conducida generalmente por pequeños grupos de voluntarios a las órdenes de un jefe guerrero, para vengar algunas afrentas o crueldades infligidas por el enemigo; y cuando han arrancado algunas cabelleras, suficientes para desquitarse, generalmente vuelven, se jactan de ello y divierten a los del poblado con la danza de las cabelleras y otras ceremonias.
 Como estas gentes tienen menos armas y menos eficaces, dependen algo más que el hombre blanco de la estrategia para conseguir ventajas; y en ésta son más ingeniosos e inventivos de lo que podría imaginarse.
 En la guerra entre estas gentes y las fuerzas civilizadas, los indios son a menudo condenados por su estrategia como "cobardes", porque prefieren emboscadas y sorpresas, en vez de salir a campo abierto y "librar una batalla limpia" (es decir, salir y ponerse delante de la boca de los cañones para ser abatidos como pichones). Esto es falso; los pobres indios conocen las ventajas que los hombres blancos tienen a campo abierto con sus rifles, sus revólveres y sus cañones; y su negativa a situarse delante de éstos y ser abatidos debería llamarse prudencia más que cobardía, en estas circunstancias.
 No hay otro pueblo en la tierra más valiente y esforzado que los indios americanos, siempre que tengan la seguridad de que contienden con un enemigo que cuenta con iguales armas. Su sagacidad para descubrir o reconocer al enemigo, y eludir la persecución si es necesario, queda casi fuera de la comprensión de aquellos que no conocen bien sus modos de acción.
 Sus señales en la guerra son muchas y muy inteligentes así como curiosas. El mundialmente conocido (pero juzgado parcialmente) grito de guerra es una de ellas y lo lanzan todas las tribus, tanto en Norteamérica como en Sudamérica, exactamente igual, al precipitarse la batalla. Es una nota aguda y penetrante, pronunciada de modo sostenido, y con un crescendo y diminuendo, en el tono más alto de la voz humana y con la vibración más rápida posible, producida golpeando con la palma de la mano o los dedos contra los labios.
 [...] no hay otro, quizá, que pueda oírse de tan lejos y de forma tan clara, en el estrépito y confusión de la batalla. Son las asociaciones que establecen los que conocen su sentido y su carácter las que le dan su terror, pues se sabe que es la señal infalible de ataque (el grito de guerra no se pronuncia nunca hasta que el ataque se ha desencadenado y las armas se han alzado para verter sangre).
 [...] Ningún indio está autorizado a lanzar el grito de guerra en tiempo de paz, excepto en la danza guerrera y otras ceremonias toleradas por los jefes, por miedo de que fuera repetido por sus centinelas de las cumbres y por sus partidas de caza por todo su territorio, provocando así una alarma innecesaria y catastrófica.
 Otra señal es el silbato de guerra, que es muy curioso. Cada jefe que acaudilla en la guerra lleva un pequeño silbato de siete u ocho pulgadas de largo, hecho con el hueso de una pata de pavo, cuyos dos extremos tienen dos sonidos muy distintos, tan agudos y penetrantes, y tan distintos del confuso grito de guerra y otro estrépito de las batallas, que se oyen claramente desde una enorme distancia. Soplar en un extremo es la señal para el avance y soplar en el otro para la retirada. Ningún jefe va a la batalla sin uno de estos pequeños silbatos de guerra colgando del cuello sobre el pecho; y ningún guerrero va a la guerra sin conocer la diferencia y significado de estos sones.
 También usan banderas como señales de guerra. La bandera blanca es en todas las tribus una bandera de tregua, un emblema de paz; y una bandera encarnada es el desafío al combate. [...] ¡Qué extraño es, no que los indios la usen, pues las naciones civilizadas han sacado esta costumbre de la vida de los salvajes, sino que todas las razas nativas del mundo usen el mismo color como emblema de la paz, e igualmente sagrado e inviolable, incluso en el estrépito y fragor de la batalla!
 Pero está, claro, la "salvaje crueldad de arrancar cabelleras"; salvaje, desde luego, porque la practican los salvajes, pero, ¿dónde está la crueldad en arrancar la cabellera? A un hombre se le quita una porción de la piel del cráneo después que está muerto; no le duele, la crueldad estaría en matarlo. Y en el mundo cristiano matamos en batalla a miles de nuestros semejantes, allí donde los pobres indios matan a uno. Quitar un pedacito de piel de la cabeza de un muerto es más bien algo repugnante; pero, veamos, ¿qué cosa mejor puede el indio coger? Él tiene que guardar alguna prueba. Estas gentes no tienen periodistas que los sigan a las batallas y describan al mundo sus victorias; sus costumbres sancionan el modo, y los jefes lo exigen.
 [...] ¿Pero arrancan los indios la cabellera a los vivos? Sí, eso ocurre algunas veces, pero muy raramente. Puesto que el cuero cabelludo es sólo la piel con el cabello, a un hombre se lo pueden arrancar sin lastimar el hueso y, por supuesto, sin acabar con la vida. Y en la precipitación y confusión de la batalla, a los heridos y caídos, dados por muertos, les han sido arrancadas a veces las cabelleras, cuando los indios se han abalanzado sobre ellos y luego se han levantado del campo de batalla y se han recuperado: yo he visto algunos así. Estas cabelleras, si el indio llegase a conocer el hecho, no las llevaría, sino que serían enterradas como cosas que los guerreros no tendrían derecho a reivindicar y de las que sus supersticiosos temores los inducirían a deshacerse.
 La cabellera, para ser legítima, ha de ser de la cabeza de un enemigo y que ese enemigo esté muerto, y muerto a manos del que lleva y cuenta la cabellera. [...] Las cabelleras son las insignias o medallas del indio, que éste debe conseguir con sus propias manos; no puede comprarlas ni venderlas sin deshonrarse y, cuando muere, se las entierra con él en la tumba. Sus hijos no pueden heredarlas; si quieren cabelleras, deben obtenerlas del mismo modo como su padre obtuvo las suyas.
 En las guerras de los salvajes, se cogen prisioneros de guerra como en las naciones civilizadas. La crueldad de los salvajes con sus prisioneros a veces es terrible, pero se ha exagerado mucho a su respecto. Sus maneras de torturar a un prisionero de guerra, en los pocos casos que conocemos, han sido crueles y diabólicas, casi rayando en lo inimaginable, pero estos casos se han dado muy raramente en cualquier época y, en el último medio siglo no se ha sabido de ninguno.»