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domingo, 29 de junio de 2025

Pureza y peligro. Un análisis de los conceptos de contaminación y tabú.- Mary Douglas (1921-2007)


II.- La profanación secular 

«Existen dos notables diferencias entre nuestras ideas europeas contemporáneas acerca de la profanación y aquellas llamadas de las culturas primitivas. Una es que el acto de evitar la suciedad es para nosotros cosa de higiene o estética, sin tener nada que ver con nuestra religión. En el capítulo 5 (Mundos Primitivos), diré más sobre la especialización de ideas que separa de la religión a nuestras nociones acerca de la suciedad. La segunda diferencia es que nuestra idea de la suciedad está dominada por el conocimiento de los organismos patógenos. La transmisión de las bacterias de la enfermedad fue un gran descubrimiento del siglo XIX. Produjo la revolución más radical que haya tenido lugar en la historia de la medicina. De tal manera ha transformado nuestras vidas que se hace difícil pensar en la suciedad como no sea en el contexto de lo patógeno. Sin embargo, nuestras ideas de la suciedad no son a todas luces tan recientes. Seamos capaces de hacer un esfuerzo y pensemos retrospectivamente más allá de los últimos cien años, y analicemos después las bases para evitar la suciedad antes de que hayan sido transformadas por la bacteriología; antes, por ejemplo, de que considerásemos abstraer lo patógeno y la higiene de nuestra noción de la suciedad, persistiría la vieja definición de ésta como materia puesta fuera de su sitio. Este enfoque es ciertamente muy sugestivo. Supone dos condiciones: un juego de relaciones ordenadas y una contravención de dicho orden. La suciedad no es entonces nunca un acontecimiento único o aislado. Allí donde hay suciedad hay sistema. La suciedad es el producto secundario de una sistemática ordenación y clasificación de la materia, en la medida en que el orden implica el rechazo de elementos inapropiados. Esta idea de la suciedad nos conduce directamente al campo del simbolismo, y nos promete una unión con sistemas de pureza más obviamente simbólicos.
 Podemos reconocer en nuestras nociones de suciedad el hecho de que estamos empleando un compendio universal que incluye todos los elementos rechazados por los sistemas ordenados. Se trata de una idea relativa. Los zapatos no son sucios en sí mismos, pero es sucio colocarlos en la mesa del comedor; la comida no es sucia en sí misma, pero es sucio dejar cacharros de cocina en el dormitorio, o volcar comida en la ropa; lo mismo puede decirse de los objetos de baño en el salón; de la ropa abandonada en las sillas; de objetos que debieran estar en la calle y se encuentran dentro de casa; de objetos del piso de arriba que están en el de abajo; de la ropa interior que asoma allí donde debiera estar la ropa de vestir, y así sucesivamente. En pocas palabras, nuestro comportamiento de contaminación es la reacción que condena cualquier objeto o idea que tienda a confundir o a contradecir nuestras entrañables clasificaciones.
 No debemos forzamos en centrarnos exclusivamente en la suciedad. Definida de este modo aparece como categoría residual, rechazada de nuestro esquema normal de clasificaciones. Al tratar de concentrarnos exclusivamente en ella contrariamos nuestro más fuerte hábito mental, pues parece que sea cual fuere la cosa que percibimos está organizada en configuraciones de las que nosotros, los perceptores, somos en gran medida responsables. Percibir no consiste en permitir pasivamente a un órgano -digamos la vista o el oído- que reciba de afuera una impresión prefabricada, como paleta que recibiese manchas de pintura. El reconocimiento y el recuerdo no se limitan a revolver viejas imágenes de impresiones pasadas. Se está generalmente de acuerdo en que se hallan esquemáticamente determinadas desde un comienzo. En tanto que perceptores seleccionamos de entre todos los estímulos que caen bajo el área de nuestros sentidos aquellos que únicamente nos interesan, y nuestros intereses están regidos por la tendencia a hacer configuraciones a veces llamadas schema (ver Bartlett, 1932). En el caos de impresiones cambiantes cada uno de nosotros construye un mundo estable en el que los objetos tienen formas reconocibles, están localizados en profundidad y tienen permanencia. Al percibir estamos construyendo, captando algunas sugestiones y rechazando otras. Las sugestiones más aceptadas son aquellas que se ajustan más fácilmente dentro de la configuración que se está construyendo. Las sugestiones ambiguas tienden a ser tratadas como si armonizasen con el resto de la configuración. Las discordantes tienden por el contrario a ser rechazadas. Si las aceptamos hemos de modificar la estructura de los supuestos. A medida que avanza el conocimiento, nombramos los objetos. Sus nombres afectan entonces la manera en que los percibiremos la próxima vez: ya rotulados resultan más rápidamente introductibles en sus compartimientos para el futuro. 
 A medida que pasa el tiempo y que las experiencias se acumulan hacemos inversiones cada vez mayores en nuestro sistema de rótulos. De modo que se van construyendo prejuicios conservadores. Estos nos infunden confianza. En cualquier momento podemos tener que modificar nuestra estructura de supuestos para acomodar en ella las nuevas experiencias, pero mientras más coinciden con el pasado las experiencias, tanta mayor confianza tendremos en nuestros supuestos. Los hechos incómodos, que se niegan a ajustarse, tendemos a ignorarlos o a distorsionarlos para que no turben estos supuestos establecidos. Cualquier cosa, de la que tenemos noticia, es, de un modo general, preseleccionada y organizada en el mismo acto de percibir. Compartimos con otros animales una especie de mecanismo de filtración que sólo deja entrar desde el comienzo sensaciones que sabemos usar,
 ¿Pero qué pasa entonces con las otras sensaciones? ¿Qué ocurre con las posibles experiencias que no pasan el filtro? ¿Es acaso posible forzar la atención hacia rutas menos habituales? ¿Somos siquiera capaces de examinar el propio mecanismo de filtración? 
 Podemos ciertamente obligarnos a observar cosas que nuestra tendencia a la esquematizaci6n nos han hecho dejar de lado. Siempre es un choque descubrir que nuestra primera observación fácil ha incurrido en error. Incluso el hecho de mirar fijamente por un aparato distorsionante de imágenes hace que algunas personas lleguen a sentirse físicamente enfermas, como si se atacase a su propio equilibrio. La señora Abercrombie sometió a un grupo de estudiantes de medicina a una serie de experimentos destinados a demostrarles el alto grado de selección que usamos en las más sencillas observaciones. «Pero no podemos vivir en un mundo de gelatina», protestó uno. «Es como si mi mundo se hubiese partido en dos». Dijo otro. Otros reaccionaron de un modo mucho más hostil.» 

  [El texto pertenece a la edición en español de Siglo XXI Editores, 1973, en traducción de Edison Simons, pp. 54-57. ISBN: 84-323-0115-9.]

domingo, 21 de abril de 2024

El cuarto mandamiento.- Booth Tarkington (1869-1946)


Booth Tarkington - Wikipedia, la enciclopedia libre
Capítulo primero


  «El comandante Amberson hizo su fortuna el año 1873, precisamente cuando otras gentes andaban perdiendo las suyas, y de entonces data el comienzo de la magnificencia de los Ambersons. Es la magnificencia, como la importancia de un caudal, relativa siempre, y así lo descubriría el mismísimo Lorenzo el Magnífico si su espíritu visitara el Nueva York contemporáneo; fueron magníficos los Ambersons para su época y para la ciudad en que vivían. Su esplendor subsistió durante todos los años que vieron a su ciudad del Midland extenderse y tornarse sombría hasta llegar a ser grande urbe, mas alcanzó su mayor brillo en aquella época en que todas las familias pudientes y con niños tenían un perro de Terranova.
 En aquella ciudad, y en aquellos tiempos, todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos conocían a todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos, y si alguna compraba un abrigo de piel de foca, hasta las inválidas eran llevadas a la ventana para que lo vieran pasar por la calle. En las tardes de invierno, briosos trotones corrían presurosos por National Avenue y Tennessee Street arrastrando trineos; caballos y conductores eran de todos conocidos; y también los conocían cuando llegado el verano eran los veloces y ligeros tílburis los que renovaban las competencias y carreras del invierno. Todo el mundo conocía los coches familiares de los demás y podía identificarlos en la calle a media milla de distancia, habilidad en extremo útil para asegurarse de quién iba de compras, quién a una fiesta, o a casa desde la oficina o tienda, ya fuera para el almuerzo, ya para la cena.
 Durante los primeros tiempos de esta época predominaba la opinión de que la elegancia personal debía juzgarse más bien por la calidad de las telas usadas que por la forma a éstas dada. No era preciso reformar un vestido de seda al cabo de un año, poco más o menos, de estrenado, pues tal vestido continuaría siendo elegante mientras continuase siendo de seda. Los ancianos y los gobernadores vestían de fino paño negro, de más de veintinueve pulgadas de ancho; el traje de etiqueta era del mismo paño, con pantalones de otro más fino que parecía ante; y no había ningún hombre, fuera su edad la que fuera, que creyese que un sombrero pudiera ser otra cosa que un objeto rígido, alto y sedoso, que los deslenguados conocían con el irreverente nombre de “tubo de chimenea”. Aquellos hombres no hubieran aceptado ninguna otra clase de sombrero ni para la ciudad ni para el campo, y eran capaces de remar en el río tocados con él, sin experimentar embarazo alguno.
 Llegó un día en el que la “última moda” derrocó la aristocracia de la buena calidad. Modistas, zapateros, sombrereras y sastres se hicieron más astutos, lograron mayor autoridad, y hallaron medios de convertir en vieja la ropa nueva. Apareció el sombrero hongo, y se extendió su uso de manera prodigiosa: un año parecía su copa un cubo; al siguiente, más se asemejaba a una cuchara. Aún había en todas las casas un sacabotas, pero las botas altas fueron suplantadas por zapatos y botines, y la forma de los primeros iba mudándose de año en año, siendo ahora sus puntas cuadradas y luego afiladas como la proa de un balandro.
 Los pantalones con raya planchada eran considerados cosa plebeya, pues indicaba aquel doblez que había estado la prenda almacenada en un estante, y por tanto que no fue cortada a la medida. Llamaban a estas prendas compradas hechas, “bajamés”, aludiendo al estante en que esperaron comprador. A principios de la década del 80, cuando privaban con las mujeres flequillos y tontillos, apareció en sociedad un nuevo tipo de petimetre, que recibió el nombre de “pisaverde”: vestía este pantalones ceñidos a la pierna, zapatos de punta afilada como la de un puñal, hongo de “cuchara”, chaqueta recta llamada “Chesterfield”, de faldellines cortos y amplios, cuello cilíndrico y torturador de tres pulgadas, planchado y replanchado hasta que brillaba como un espejo, y rodeaba a este ora con una gran corbata de “plastrón” o con un lacito que no desdijera en la trenza de una muñeca. Cuando de etiqueta se vestía, usaba un abrigo color cuero, tan desmedrado que asomaban por debajo los negros faldones del frac sus buenas cinco pulgadas; pero pasados un par de años se alargó este abrigo de tan desmesurada manera que llegaba a los talones del elegante, y al mismo tiempo aquellos ceñidos pantalones fueron desechados para dar lugar a otros que, de puro amplios, parecían sacos. Pasó el tiempo, y no se volvió a saber del “pisaverde”, aunque la palabra que para él fue inventada permaneció en uso, generalmente con significación peyorativa.
 Fueron aquellas épocas de más abundantes cabellos que la nuestra. Las barbas adoptaban extrañas formas, según el antojo de quienes las llevaban, y no era extraordinario contemplar cosas en verdad inusitadas y sorprendentes. Los bigotes crecían sobre la boca como descuidadas guardamalletas; y fue posible para un señor senador de los Estados Unidos dejarse una sotabarba que más bien parecía desplazado bigote, sin que ello se considerase lo bastante interesante para merecer de los periódicos una sola caricatura. Y esto último basta para demostrar que, no obstante los pocos años transcurridos, era aquella época bien distinta de la actual.
EL CUARTO MANDAMIENTO | BOOTH TARKINGTON | Comprar libro 9788420467351 Al principio de la gran época de los Ambersons, la mayoría de las casas en aquella ciudad del Midland eran de agradable arquitectura. Carecían de estilo, pero también carecían de pretensiones, y todo lo que no es presuntuoso ya de por sí tiene suficiente estilo. Se alzaban bien separadas entre sí, sombreadas por árboles que aún quedaban de los que en otros tiempos formaron bosques; olmos, hayas y nogales, y aquí y allá una alta fila de sicómoros crecían y medraban donde se había rellenado arenales y barrancas con tierra del monte. La casa del “Primer Contribuyente” daba a Military Square, a National Avenue o a Tennessee Street, y estaba edificada de ladrillo, con cimientos de piedra, o de madera con cimientos de ladrillo. Tenía, generalmente, un “porche principal” y un “porche trasero” (y algunas veces un “porche lateral”); tenía un “hall delantero”, un “hall lateral” (y algunas veces un “hall trasero”); del “hall delantero” se pasaba a tres habitaciones: “la salita”, “el cuarto de estar” y “la biblioteca”, y esta última pieza podía justificar su nombre, pues aquellas gentes, por algún motivo sería, acostumbraban comprar libros. Por lo general, la familia estaba más a menudo en la “biblioteca” que en el cuarto de estar, y las visitas, cuando eran de “cumplido”, eran llevadas a “la salita”, lugar éste de pulimento e incomodidad extraordinarios. La tapicería del mobiliario en la biblioteca estaba algo deslucida, pero las hostiles sillas y sofá de la “salita” siempre parecían nuevos. Y, verdaderamente, por lo que se usaban bien pudieran haber durado mil años.
 Las alcobas estaban arriba: el cuarto de los padres, el más espacioso; uno algo más reducido para uno o dos hijos varones; otro para una o dos hijas. Cada una de estas alcobas tenía una cama de matrimonio, un “palanganero”, un “buró”, un armario, una mesita, una mecedora y, algunas veces, un par de sillas ligeramente averiadas en el piso bajo, pero en buen uso, y no parecía justificado el gasto de repararlas, ni discreto arrinconarlas por tan poca cosa en el desván. También había siempre un cuarto para huéspedes, en el cual era acostumbrado guardar la máquina de coser. Alrededor de 1870 comenzó a desarrollarse la opinión de que era necesario un cuarto de baño. Esto determinó que los arquitectos colocasen cuartos de baño en las casas nuevas; y las antiguas procuraron no quedarse atrás, para lo cual se sacrificaban los espaciosos armarios roperos de pared, y en el hueco así dejado se instalaba una tina, y junto al fogón de la cocina un calentador de agua. Esa planta siempre viva de la flora americana, los tradicionales chistes acerca de los usos, costumbres y tardanzas de los fontaneros, fue plantada en la vida nacional por aquel entonces.
 En la parte trasera de la casa, arriba, había una triste y angosta cámara llamada “el cuarto de la chica”, y en la cuadra, junto al pajar, otra alcoba llamada “el cuarto del criado”, sirviente admirable que para todo valía.
 Casa y cuadra costaban de siete a ocho mil dólares, y la gente que podía invertir cantidades de esa importancia en tales comodidades era llamada Los Ricos. Pagaban éstos a la habitante de «el cuarto de la chica» dos dólares a la semana, ya adelantada la época de que hablamos, dos dólares y medio, y muy a finales, tres dólares. Era «la chica», por lo común, irlandesa o alemana, o quizá escandinava, pero jamás indígena, como no fuese negra. “El criado”, que vivía en la cuadra, gozaba de emolumentos semejantes, y aunque también él era a veces un emigrante recién llegado en la cala del barco, por lo general se trataba de un hombre de color.
 Cuando salía el sol y era amable la mañana, los corrales de detrás de la cuadra presentaban un aspecto bien alegre: risas y voces llenaban el aire a todo lo largo de los polvorientos cobertizos, acompañadas de sonoros golpes dados con las almohazas contra las cercas y muros de la cuadra, pues los “morenos” gustaban de almohazar sus caballos en el patio. Prefieren siempre los «morenos» chismorrear a voces mejor que cuchicheando, y opinan que una palabrota, para que satisfaga a quien la dice, ha de pronunciarse con voz recia y sonora, y que si no, más vale callar. Allí la gente menuda aprendía frases abominables que luego repetían ante sus mayores pidiendo cumplida exégesis de su contenido, con frecuencia en momentos muy inoportunos. Los niños de menos desarrollada curiosidad se limitaban a repetir las frases en ocasiones de apuro o agobio, lo que atraía sobre sus cabezas tales consecuencias que solían recordarlas hasta ya muy entrados en años.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2005, en traducción de Fernando Santos, pp.10-14. ISBN: 978-84-2046-735-1.]

sábado, 7 de diciembre de 2019

Escenas de la España romántica (tomadas de Mis memorias íntimas).- Fernando Fernández de Córdova (1809-1883)

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La vida de la corte hacia 1825

«En la capital, la juventud, más favorecida y afortunada, tenía diariamente grandes fiestas a que concurrir y no se pasaba día de la semana sin algún gran baile o reunión, que hacían de Madrid la corte más alegre y divertida de Europa. Todos los domingos recibía la duquesa de Osuna, condesa de Benavente, a la sociedad más selecta y escogida. Su base era el cuerpo diplomático extranjero y su propia y numerosa familia, en la cual parecía que, como por especial privilegio de la naturaleza, las mujeres eran las más hermosas de la corte. En sus salones se oyó por primera vez el dictado de pollos, aplicado a los jóvenes de la aristocracia que formaban en el rango de esa dichosa edad en el que el hombre es hombre sin haber dejado de ser niño. El mote lo creó uno de los caballeros de más ameno trato que jamás ha tenido la sociedad española, y al que no puedo dejar de tributarle unos renglones de recuerdo, porque fue de mis íntimos amigos y el más gallardo carácter de nuestra época; refiérome al inolvidable marqués de Santiago. Habíanse reunido cierto día, en efecto, en uno de los salones del palacio de la Puerta de la Vega gran número de aquellos aristócratas mozalbetes y hablaban todos con tanta algazara de descompuesto bullicio, inveterado hábito de las tertulias españolas, que Santiago, allí próximo, en alta voz los gritó: ¡Callen los pollos!".
 El apóstrofe fue afortunado e hizo fortuna: desde entonces la palabra llevó una acepción nueva al Diccionario de la Academia, pues ninguna otra puede describir más gráficamente el sentido que expresa. […]
 Pero vuelvo a mi relato de las fiestas a que todas las semanas asistíamos, y del que me he separado para recordar uno de mis más queridos amigos de la juventud. Los lunes se bailaba y se jugaba al monte en casa de Montoya, en cuya sociedad divertíanse mucho los concurrentes, por la franqueza del trato de la casa que, unida al buen tono, hacían de ella el rendez-vous de los que no frecuentaban los privilegiados salones de los grandes y del cuerpo diplomático. Los martes monsieur d'Ouvril, embajador de Rusia, que vivía en el palacio que hoy tiene sin habitar en la calle de Alcalá el marqués de Casa Riera, invitaba también a la sociedad madrileña, y en sus vastos estrados ejecutábanse los más celebrados cotillones, que tanto se han perfeccionado en animación y lujo de figuras por la sociedad moderna. Entre contradanzas y valses, la juventud varonil acudía como a una cátedra a la mesa, sobre cuyo tapete, de riguroso color verde, enseñaban los viejos diplomáticos el ya hoy generalizado y casi olvidado juego del écarté, en el cual la suerte me favoreció a veces con muchos luises de oro, en los que tuve el gusto de admirar con privilegiado cariño las efigies de Carlos X y de Luis XVIII. El Embajador de Francia, marqués de Reyneval, tenía señalados los miércoles, asistiendo a su casa, con corta diferencia, la misma sociedad que recibían sus colegas diplomáticos: pero diferenciábase un tanto, por lo rígido de la etiqueta y porque faltaba al conjunto de la fiesta aquel aire de confianza con que los españoles saben armonizar con la alegría el buen tono, tanto más estimable cuanto menos se extreman las exigencias de pura ficción. Con estas recepciones alternaban en los mismos días las del conde de Brunetti, embajador de Austria, hombre de finísima elegancia y trato, como discípulo de Metternich, y que, siendo uno de los diplomáticos más capaces e influyentes que residían en Madrid, no supo, sin embargo, defenderse contra los seductores encantos de una de las bellas hijas del marqués de Camarasa, con quien contrajo feliz matrimonio. Los príncipes de Partana, de la Embajada de Nápoles, habían escogido los jueves para su selecta sociedad.
 Era el príncipe un gran señor de antigua raza española, que tenía todo el carácter y las cualidades de magnificencia de nuestra vieja grandeza, brillando y sobresaliendo en su palacio el esplendor más generoso. Oscurecíale en estas dotes, sin embargo, la princesa su mujer, dama la más elegante y de corazón más espléndido que jamás haya producido aquel suelo de Nápoles, el país de la hermosura y de la gracia por excelencia. Los bailes de los príncipes de Partana sobrepujaban a todos, pues además de la suntuosidad y del lujo que en ellos se desplegaba, tenían los príncipes el don de inspirar a los concurrentes la alegría y la confianza. Nadie se sentía humillado ni inferior al más elevado, en aquella grandeza. Los bailes terminaban con un costumé de grande etiqueta en el vestir, pero de sin igual confianza en el trato. El último, con el que se despidió de la corte de España para restituirse a Nápoles, dejó memoria por muchos años en Madrid. Las señoras llevaban todos sus brillantes y alhajas en sus prendidos y trajes a cual más caprichosos. Recuerdo a la condesa de Cervellón, que apenas podía soportar el peso de los diamantes en su preciosa cabeza y sobre su elegante traje, y a la infanta doña Luisa Carlota, radiante de hermosura y de riquísimas joyas, siendo las únicas que pudieron rivalizar en tal conjunto con la princesa de Partana. Los oficiales de la Guardia, así como otros muchos militares que no pertenecían a ella y que fueron invitados al baile, presentáronse todos con uniforme de corte, como se iba a palacio en los días de besamanos, con calzón corto, media de seda, zapato de hebillas y sombrero tricornio de galón. No hay que decir que este uniforme se prestaba a una inevitable exhibición de pantorrillas, que no intrigaba poco en los cuchicheos de confianza; y recuerdo que siendo yo por aquel tiempo el joven más delgado de la corte, las mías gozaban de cierta conocida celebridad.
 Dos jóvenes estaban en aquella época a la cabeza de la primera sociedad madrileña, y asistieron a aquel memorable baile llamando la atención privilegiada del bello sexo. Era el primero el duque de Osunam, de arrogante figura, de amabilidad extremada y de talento poco común. En aquel baile llevaba con todo lujo y grandeza un traje imitando a Felipe II. El otro era el duque de San Carlos, capitán de granaderos de la Guardia real de caballería, cuyo uniforme de etiqueta vestía.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Crítica, 2009. ISBN: 978-84-8432-999-2.]

viernes, 6 de diciembre de 2019

La última pintura de Sara de Vos.- Dominic Smith (...)

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Primera parte
Upper East Side.- Noviembre de 1957

 «A doscientos dólares el cubierto, la cena de la Sociedad de Asistencia atrae, poco más o menos, a las mismas sesenta personas cada año: abogados, cirujanos, gerentes, esposas filántropas, un diplomático jubilado de la zona alta. Siempre hay que vestir de etiqueta y los asientos se asignan mediante pequeñas tarjetas, con los nombres escritos a mano, distribuidas en diez mesas redondas. Una vez al año, Rachel telefonea a un artista japonés de Chelsea y le da su lista de invitados. Al cabo de tres días llegan las tarjetas en un sobre de papel de arroz. Marty sigue un método para la asignación de asientos, un truco aprendido de un amigo que organiza las subastas de arte de Sotheby's en Europa. Coloca a los comensales más acaudalados a corta distancia de la silenciosa mesa de la subasta y pide a los camareros que les rellenen las copas de vino cada quince minutos. Gracias a esta estrategia, estas cenas al servicio de la Sociedad de Asistencia han sido las que más beneficios han generado a lo largo de una década. Obtiene pujas exorbitantemente infladas por cruceros en el Caribe, entradas para la ópera, estilográficas y suscripciones a la revista Yachting. Marty calculó en su día que Lance Corbin, un cirujano traumatólogo que ni siquiera tenía yate, pagaba ciento veinte dólares por cada número mensual de esta publicación marítima.
 Las mesas, dispuestas en el gran salón con vistas a la terraza, están decoradas con azucenas y una cubertería antigua de plata. Como hace tan buen tiempo, los cócteles, el champán y el postre pueden servirse fuera, pero Marty insiste en que se cene dentro, donde la iluminación es mejor para la firma de cheques, donde las pinturas de género y los paisajes holandeses y flamencos evocan, si no a los huérfanos, sí al menos un ambiente de personas desfavorecidas: el campesino que lleva a rastras el anca de un animal a un sótano de piedra un día inclemente, los parroquianos de una taberna que arrojan cucharas a un gato o el Avercamp con sus campesinos de mejillas sonrojadas patinando por un canal helado.
 Cuando Rachel llama a los comensales para que pasen al salón donde se sirve la cena, el cuarteto de cuerda deja las sonatas de Rossini y acomete los conciertos y adagios de Bach. Como de costumbre, Rachel y Marty se sientan en mesas distintas para maximizar sus interacciones con los invitados, pero Marty advierte varias veces a lo largo de la cena que su mujer mira con expresión ausente la copa de vino. Clay Thomas cuenta, como cada año, sus anécdotas de cuando servía como enfermero en la Primera Guerra Mundial y jugaba al fútbol con los italianos en un barrizal. Por norma, Marty hace rotar a los invitados de su mesa, pero siempre se coloca diligentemente en el grupo de Clay Thomas. Mientras no lo nombren socio, hará ver cada año que escucha esas batallitas por primera vez.
 Después de la cena y la subasta, los comensales van saliendo a la terraza. Se ha instalado una mesa larga con copas de champán, hileras de profiteroles, tartaletas de crème brûlée y bombones belgas. Como en años anteriores, Rachel deja que Marty se ocupe de los invitados más importantes. A ella le es imposible entrar en las bromas de los hombres o la charla de las esposas de los socios, que envían a sus hijos a los mismos colegios y universidades, así que se contenta con acercarse a los asistentes periféricos. La hermana de alguna personalidad importante de la alta sociedad o la prima de fuera de la ciudad de algún miembro de la junta de administración de una organización benéfica: esas son las personas con las que se siente más a gusto, las que no le preguntan si nunca ha deseado fundar una familia. Marty la acusa de esconderse en su propia casa, de mantener conversaciones tensas e incómodas con absolutos desconocidos. Le dice que los socios la consideran altiva en lugar de tímida y frágil. Desde el ángulo de la terraza, en los últimos compases de una conversación sobre el chucho que los científicos rusos encontraron en una calle de Moscú, Rachel ve el recargado reloj de pared del gran salón y cae en la cuenta de que el servicio de alquiler de beatniks llegará en menos de media hora. Observa a la gente para hacerse una idea de cómo se desenvolverá la troupe entre ellos. No sabe si pretende conferir cierta ligereza a la velada o boicotear el acto. Si ha malinterpretado la situación, recibirá a los bohemios en el vestíbulo, les pagará sus honorarios y los enviará de vuelta a la noche.
 La temperatura ha bajado cinco grados y muchos de los invitados han pedido sus abrigos. Antes, durante los cócteles, Marty ha encendido el fuego en la chimenea de ladrillo exterior y ella los ha observado mientras Clay y los otros socios, con las copas en la mano, ofrecían consejo por turno. En un momento dado, Clay se ha puesto unos guantes de amianto y ha empuñado un atizador de forja para recolocar los troncos en el centro, explicando a los hombres de menor edad que hacían falta más llamas azules y aire en la base. Ahora, un grupo de ellos, se congrega junto al fuego realimentado, abogados con puros y metáforas laxas hablando de filosofía, decadencia urbana y minutas de clientes.»
    
   [El texto pertenece a la edición en español de Maeva Ediciones, 2017, en traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla. ISBN: 978-84-16690-67-1.]

domingo, 5 de mayo de 2019

Crónica de un lamento (Memorias de una reina).- Hyegyeong-Gung Hong (1735-1816)


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II

«Además, eran muy diferentes los caracteres de padre e hijo. El Rey Yeongjo era inteligente, generoso y fiel, y se interesaba por la situación de la gente en general del país; mientras que el príncipe heredero era reticente en su habla y vacilante en su acción. Pese a su mente noble y virtuosa, el príncipe era de carácter muy diferente al de su padre. Si el Rey le preguntaba algo, no sabía responderle enseguida y tardaba en contestar. Ante cualquier pregunta que le formulara, el príncipe, aunque tuviera una opinión al respecto, se mostraba indeciso, no sabiendo cómo responder, por lo que el rey cada vez se sentía más frustrado. Esta fue también una de las causas del Incidente Imo.
 Pese a que fuera hijo de un rey, la formación del niño debería haber quedado en manos de sus padres para que hubiera habido una familiaridad entre los padres y el niño. En cambio, el príncipe dejó a sus padres cuando aún era un bebé y las cortesanas se hicieron cargo de él. Ellas atendían cada necesidad que tuviera el niño, desde hacer nudos con los cordones de la chaqueta hasta atar los lazos de los pantalones: todo había sido demasiado fácil para él. Cuando asistía a clase en la Academia Real, se portaba con solemnidad. Su lectura sonaba alta y clara y no fallaba al explicar el significado de la frase leída. Los que estaban presentes solían expresar su admiración y su reputación se extendió entre la gente fuera de la corte. Desgraciadamente, sin embargo, por miedo y por deferencia, frente a su padre, el príncipe no sabía responder con rapidez a las preguntas. El Rey Yeongjo se impacientaba y a veces se ponía furioso y al mismo tiempo se preocupaba por su hijo. Precisamente por esto, el Rey tenía que haber intentado tenerlo cerca y formar personalmente a su hijo para que el afecto pudiera eliminar la distancia entre los dos. En cambio, el Rey mantenía a su hijo a distancia, en espera de que creciera por su cuenta de acuerdo con el deseo del Rey. Consecuentemente el problema se fue agrandando.
 Las relaciones entre padre e hijo se hacían cada vez más incómodas. Cuando se encontraban los dos, el Rey regañaba a su hijo en lugar de demostrar su afecto, y el príncipe tenía siempre miedo de ver al Rey y se portaba con mucho cuidado, como si el encuentro fuese una tremenda prueba por la que tenía que pasar. Todo ello contribuyó a que aumentara la barrera entre ellos. Ay, ¡qué mal acabaría todo!
 Kyeongmogung fue nombrado príncipe heredero en el tercer mes de 1736; a los siete años, en 1741, estudiaba obras clásicas chinas; y en el cuarto mes de 1742, rindió homenaje al Templo Real de los Antepasados y más tarde ingresó en la Academia Real del príncipe heredero. Todo el mundo admiraba su disposición natural. En el tercer mes de 1743, se celebró la ceremonia de la mayoría de edad* y en el primer mes del año siguiente contrajo matrimonio conmigo.
 Cuando vine a palacio, me daba cuenta de que no podría relajarme ni un  minuto y debería portarme siempre con miedo y cuidado. Había tres consortes reales: la reina viuda, la reina y la Señora Seonhui, y tanto las reglas de la corte como la etiqueta eran tan estrictas que no cabía un mínimo espacio para un trato humano. El príncipe heredero guardaba un respeto excepcional por las reglas de la corte, pero se sentía inseguro ante la presencia de su padre. De modo que, a los diez años, nunca se atrevía a sentarse cara a cara ante su propio padre y se prosternaba de rodillas ante el Rey como cualquier funcionario del Gobierno. Yo no podía entender ese comportamiento suyo, El príncipe nunca se lavaba la cara y se peinaba el pelo a tiempo para el saludo matinal y lo hacía deprisa y corriendo cuando llegaba la hora de sus estudios. Siempre que íbamos a presentar el saludo matinal, me lavaba la cara temprano, me arreglaba el pesado tocado de la gala, me ponía el vestido de la corte y esperaba ansiosamente para salir, pero el príncipe heredero nunca estaba listo y tenía yo que esperar siempre por él, ya que a una princesa no le estaba permitido salir sin que la acompañase el príncipe. Hasta a mí, que era una niña, me parecía extraño que el príncipe necesitara tanto tiempo para lavarse la cara, y pensaba que algo malo le debería haber pasado. Efectivamente, en 1745, cuando el príncipe tenía 11 años, no se le veía como era antes en sus juegos y en sus saltos bruscos. Se notaba que algo le pasaba y parecía haber caído enfermo. Las doncellas se juntaban para cuchichear acerca del príncipe y parecían estar preocupadas. Hacia fines del año cayó seriamente enfermo y empezaba a portarse de una manera rara. Como se agravó tanto la enfermedad, consultaron a los chamanes.
 Todos opinaron que la estancia del príncipe en el palacio Cheoseungjeon podía ser la causa de su desgracia. Por ello, rezamos en el Santuario de los Antepasados y recitamos varios conjuros y gastamos una fortuna en exorcismos. Pero el príncipe heredero no se recuperó y dejó la mansión Cheoseungjeon trasladándose al palacete Yunggyeong-heon, que se encuentra al lado de Daejojeon, a fin de evitar las desgracias. Me mudé al palacete cercano Jipbok-heon para atenderlo. En el primer mes de 1746 nos mudamos a Kyeongchunjeon. El príncipe heredero entonces tenía doce años y como Kyeongchunjeon estaba cerca de ambos palacetes Yeongyeong-dang y Jipbok-heon, la señora Seonhui lo visitaba con más frecuencia. La princesa Hwapyeong era una mujer amable, generosa, sumisa y frugal, y guardaba un especial aprecio a su hermano príncipe heredero, con el que se llevaba muy bien y le sugería:
 -Pase cuando quiera por Yeongyeong-dang.
 Como el Rey Yeongjo tenía mucho cariño por esta princesa, también era especialmente generoso con el príncipe, motivo por el cual el príncipe sentía menos miedo a su padre. Si la princesa Hwapyeong hubiese tenido una larga vida, podría haber ayudado a mejorar mucho las relaciones entre el Rey y su hijo.
 En 1747 el príncipe heredero se dedicaba a estudiar como es debido, y por un tiempo su vida estuvo libre de problemas.»
 
*Un rito en el que el hombre se pone su sombrero y la mujer su moño para manifestar su mayoría de edad. (N. del T.)
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2007, en traducción de Cho Kab Dong y Bernardino M. Hernando. ISBN: 978-84-96327-37-5.]

miércoles, 27 de diciembre de 2017

La química secreta de los encuentros.- Marc Levy (1961)


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6

«Hombres de esmoquin y mujeres en vestido de noche se apretujaban en los escalones. Daldry cogió a Alice del brazo y se unió a la muchedumbre.
 -No me diga ... -susurró Alice al oído de Daldry.
 -¿Que vamos a la ópera? ¡Pues sí! Le había preparado esta sorpresita. La agencia de viajes de Londres lo orquestó todo. Nuestras entradas esperan en la taquilla. Una noche en Viena sin ir a escuchar una obra de teatro lírico era inconcebible.
 -Pero no con la ropa con la que he viajado todo el día -dijo Alice-. Mire a la gente de alrededor, parezco una pordiosera.
 -¿Por qué cree que estaba perdiendo la paciencia en ese maldito taxi? El traje de gala es obligatorio, así que haga como yo y cierre bien su abrigo; nos lo quitaremos cuando la sala esté sumida en la oscuridad. Se lo ruego, ni un comentario; por Mozart, estoy dispuesto a todo.
 Alice estaba realmente contenta de ir a la ópera, era su primera vez, por lo que obedeció a Daldry sin chistar. Se colaron entre los espectadores con la esperanza de escapar a la vigilancia de los porteros, acomodadores y vendedores de programas, que se ajetreaban en el vestíbulo principal. Daldry se presentó ante la ventanilla y le dio su nombre a la recepcionista. La mujer se puso las gafas e hizo pasar una larga regla de madera por el registro que se encontraba delante de ella.
 -Señor y señora Daldry, de Londres -dijo con un acento austríaco muy marcado y le tendió las entradas a Ethan.
 Sonó un timbre anunciando el comienzo del espectáculo. Alice hubiese querido tener tiempo para contemplar el lugar, el esplendor de la gran escalera, las arañas gigantescas, los dorados, pero Daldry no le dio ocasión. La tiraba del brazo sin parar para mantenerse ocultos entre la muchedumbre, que avanzaba con sus entradas hacia el jefe de sala. Cuando llegó su turno, Daldry contuvo el aliento. El jefe de sala le pidió amablemente que dejaran sus abrigos en el guardarropa, pero Daldry hizo como si no le entendiera. Detrás de ellos, los espectadores empezaban a impacientarse. El jefe de sala alzó los ojos al cielo, rasgó la esquina inferior de las entradas y los dejó entrar. La acomodadora se quedó mirando a Alice y, a su vez, le rogó que se quitase el abrigo. Estaba prohibido llevarlo en la sala. Alice se sonrojó, Daldry se mostró ofendido, volviendo a hacer como si no comprendiese una palabra de lo que le decían, pero la acomodadora había adivinado su estratagema y les pidió en un inglés muy decente que hicieran el favor de obedecer y hacer lo que se les pedía. Las normas sobre la indumentaria eran estrictas, y el traje de etiqueta, obligatorio.
 -Dado que habla nuestra lengua, señorita, podemos solucionarlo entre nosotros. Acabamos de llegar del aeropuerto y un estúpido accidente en el hielo de sus carreteras nos ha impedido cambiarnos.
 -Señora, y no señorita -respondió la acomodadora-. Y, sean cuales sean sus motivos, debe llevar imperativamente esmoquin y la señora vestido largo.
 -Pero eso qué importa, ¡si vamos a estar a oscuras!
 -No soy yo quien hace las reglas, en cambio, estoy obligada a hacerlas cumplir. Tengo más personas que acompañar, señor, regrese a la ventanilla, donde le reembolsarán sus entradas.
 -Pero bueno -dijo Daldry perdiendo la paciencia-, cada regla tiene su excepción, ¡su reglamento tendrá la suya! No estaremos más que una noche aquí, simplemente le pido que mire para otro lado.
 La acomodadora miró a Daldry de una manera que no dio ninguna esperanza.
 Alice le suplicó que no montase un escándalo.
 -Venga -dijo-, no pasa nada, era una maravillosa idea y ya estoy más que sorprendida. Vamos a cenar, estamos agotados, tal vez no habríamos aguantado toda una ópera.
 Daldry fulminó a la acomodadora con la mirada, cogió sus entradas, que rompió delante de ella, y arrastró a Alice hacia el vestíbulo.
 -Estoy furioso -dijo al abandonar la ópera-, no es un desfile de moda, sino música.
 -Es la costumbre, hay que respetarla -respondió Alice, para calmarlo.
 -Bueno, pues esa costumbre es grotesca, y ya está -refunfuñó Daldry al salir a la calle.
 -Es gracioso -dijo Alice-, cuando se enfada pone cara de niño. Menudo carácter debía de tener.
 -¡Tenía muy buen carácter y era un niño fácil!
 -No le creo ni por un instante -le respondió Alice riéndose.
 Fueron en busca de un restaurante y, al mismo tiempo, rodearon la ópera.
 -Esa idiota de la acomodadora nos ha hecho perdernos Don Giovanni. No se me pasa. Al agente de viajes le costó muchísimo conseguirnos esos asientos.
 Alice había visto una puertecita por la que acababa de salir un utilero. La puerta no estaba completamente cerrada, y Alice puso una sonrisa traviesa.
 -¿Estaría dispuesto a arriesgarse a una noche en la comisaría por escuchar Don Giovanni?
 -Ya le he dicho que por Mozart estaría dispuesto a todo. 
 -Entonces, sígame. Con un poco de suerte, tal vez sea yo quien le sorprenda ahora.
 Alice empujó la puerta de servicio y conminó a Daldry a que la siguiera sin hacer ruido. [...]
 -¿Y si nos pillan? -preguntó Daldry.
 -Diremos que nos hemos perdido buscando los aseos, ahora trepe y cállese.
 [...] Daldry la seguía, paso a paso, y cuanto más avanzaban mejor se distinguían las melodías de la ópera.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2012, en traducción de Juan Camargo. ISBN: 978-840-800789-0.]
 

viernes, 8 de septiembre de 2017

"Un tal señor Blot".- Pierre Daninos (1913-2005)


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III.- La vida cotidiana (continuación)

«Lo que mi mujer me reprocha más a menudo es que sea lo que soy: burgués. Ya sea a propósito de la educación de los niños, ya sobre mi modo de vestirme o sobre mis reacciones ante las intrigas de la oficina, siempre le oigo la misma exclamación:
 -¡Mi pobre Pablo, eres un burgués!
 No acabo de ver lo que la palabra "burgués" tenga de peyorativo, hasta el punto que muchos burgueses tengan horror a ser llamados burgueses. ¿Es que las gentes se sienten siempre vejadas cuando se las toma por lo que son? Si escuchamos a uno de esos snobs que veo en esta playa, cuando dice de su vecino: "Le encuentro un poco snob...", está claro que todo el mundo es snob..., menos él.
 He llegado poco a poco a creer que lo que más detestan las gentes es el ser llamados por su nombre: los burgueses tienen horror de ser llamados burgueses; los capitalistas, capitalistas; los aldeanos, aldeanos; los judíos, judíos; los obreros, obreros; los militares, militares; los rentistas, rentistas; los dentistas, dentistas; los ociosos, ociosos; los existencialistas, existencialistas; los políticos, políticos; los cantantes frívolos, cantantes frívolos; los aristócratas, aristócratas; los porteros, porteros. ¿Se ve alguna vez a un francés medio vanagloriarse de ser un francés medio? Francés medio lo es todo el mundo menos él. Sea uno pequeño, medio o grande, no quiere ser pequeño, medio ni grande.
 Los guardias, horrorizados de ser llamados guardias, han conseguido hacerse bautizar con el nombre de "agentes". Los camareros y barmen, que se considerarían ofendidos si no les regalasen algunas monedas, han conseguido que el injurioso término de "propina" fuese suprimido del vocabulario profesional. Una archiduquesa hará cuestión de honor el pasar por "muy sencilla" y un tratante en cerdos por "muy distinguido". Desde el punto en que un señor logra un éxito en la elaboración de quesos o de vinos, no perderá un momento en solicitar a un académico un folleto que hará editar con gran lujo de gastos bajo el título de "Cartas de Nobleza del Roquefort" o "Prestigiosas Botellas". Al ver a un chacinero invadido de la comezón del ennoblecimiento hasta el punto de hacer colocar una corona en sus camionetas ("El rey de las chacinas", "El chacinero de los reyes", etc.), puede deducirse que los embutidos dan tantos complejos, por lo menos, como la realeza. Mientras que el chacinero se autodenomina rey, un rey verdadero participa en un torneo de tenis bajo el seudónimo de Sr. "G..."; se sabe que ese viajero que se ha hecho inscribir en el Palace de Saint-Moritz bajo el nombre de Monsieur Dupin se llama Archiduque Rodolfo de Habsburgo (lo que también es un modo de hacerse notar); se ve a príncipes en zapatillas, a monarcas en bicicleta, a reinas con blue-jeans. Tanto es así, que se podría preguntar si no sería necesaria una reclasificación del mundo ya que el mundo, tal como es ahora, quiere pasar por otra cosa.
 Un periodista, de genio, temeroso de ser enterrado como simple periodista, intentará siempre probar que es un mal escritor. Un gran novelista desea ser saludado con el dulce nombre de poeta. Un cómico resiste mal, al final de su carrera, que se le diga que no puede representar nada serio. Del mismo modo que un actor que ha conquistado la celebridad en papeles de duro se esforzará en demostrar que puede ser magnífico en los papeles tiernos. Tal historiador que ha consagrado su vida en los orígenes de la Edad Media, se creería vejado si sus íntimos no garantizasen que está en posesión de un inaudito sentido del humor. Un general que se ha afamado en los tanques, sueña con tener un asiento en el muelle de Conti. Se califica con el nombre de intelectuales a numerosas personas que morirán sin haber dicho ni una sola vez: "Soy un intelectual." Incluso ciertos franceses, cuando están en el extranjero, se sienten incómodos cuando son tomados por franceses y al advertir a un grupo de compatriotas exclaman: "¡Otra vez franceses!", entablando luego conversación con checos o con turcos, o con cualquier otro, menos con un francés.
 Y el mundo gira así, arrancándose la etiqueta que se le ha pegado para clavarla sobre la espalda del vecino.
 
 Yo conservo la mía para mí... sin vanagloriarme de ella, sin renegar de ella. Pero, Teresa, a fin de cuentas, ¿no será la más burguesa de los dos?
 Yo, que soy a lo largo del día, esclavo de las previsiones matemáticas y que paso la mayor parte de mi tiempo rechazando  el azar hasta suprimirle toda oportunidad de manifestarse; yo, digo, no hubiera visto con disgusto el que, cada noche, al llegar a mi casa, me encontrase con algo imprevisto, con cierto desorden un poco bohemio. En ello hubiera encontrado, por contraste, el placer de la relajación. Pero he tenido que renunciar enseguida a esa esperanza. Teresa es una maniática del orden y de la colocación exacta de las cosas. En nuestra vivienda nada está abandonado. Yo dejo un periódico sobre la cama. Vuelvo: el periódico está en el estante de los periódicos del salón. Pongo mis llaves sobre el almohadón de la galería; vuelvo a buscarlas: han desaparecido ya en un cajón. Apenas puedo dejar caer la ceniza de un cigarrillo en un cenicero: eso no está bien. En cuanto a dejarla caer sobre la alfombra es equivalente a que se me trate de salvaje y a ver la inmediata aparición de ese aspirador que tanto detesto. Me imaginaba yo que era el único caso, pero un cantante me ha enseñado que en el mundo existe, por lo menos, una como ella. No sé dónde lo he oído; pero él sufría el mismo infierno que yo. Él también tenía una mujer que desplazaba el aspirador por una partícula de ceniza. Él tampoco podía llevar la menor mancha sobre su chaqueta sin que inmediatamente llegase su mujer con una botella de quitamanchas, un pañito y un cepillo... "Levántate. No, así no. Si te pones de espalda a la luz no veo nada. Vuélvete. Ponte derecho..., etc." Tampoco él podía encontrar nunca su periódico en el sitio donde lo había dejado. La misma canción me lo ha revelado: "Una noche, hacia las cuatro de la madrugada, como tenía jaqueca, me levanté para tomar una tableta de aspirina en el cuarto de baño. Cuando volví a la cama, me la encontré hecha."»