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sábado, 26 de febrero de 2022

Vasilíu, hojas sueltas.- Ion Vianu (1934)


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Capítulo III

La política es lo primero

 «-En el verano de 1944, por fin aparece el enemigo. Un colega de bachillerato, Misu Ionescu, hijo de un oficial que está en el frente, un tipo atlético con una fuerza colosal, rugbista. Me habla de su “misión especial”. Sabe quién fue mi padre, un comunista fallecido en la sede de la Seguridad del Estado; tiene confianza en mí. Me propone colaborar como “técnico”. Nos encontramos en una de las calles con nombre de aviadores: Tetrat, Serban Petrescu, en la zona de Dorobanti. Me entrega un sobre. Otras veces tengo que aprender de memoria un mensaje cifrado, como el de Radio Londres. Voy a los barrios de Domenii, de Vatra Luminoasa, transmito órdenes secretas a unas gentes con cara de plomo. No sé de qué se trata, sólo que “nosotros” estamos en contra de los alemanes, en contra de la guerra.
 Después del veintitrés de agosto comprendo: he sido utilizado por el Partido Comunista; he sido “ilegalista”.
 Aquí interviene –continúa Vasilíu- un rasgo de mi carácter que habrá observado. Nunca, me dice una voz interior, un pequeño daimon, nunca utilices en tu provecho un hecho dictado por una necesidad íntima. Ganas, injustamente dos veces –subraya Vasilíu con voz trémula-. Primero, logras ensalzarte a tus propios ojos. Segundo, ganas un beneficio material, subes de grado. No… Se trata del orgullo, orgullo loco. Esperas que la gente acuda para agradecerte y rogarte de rodillas que aceptes… agradecimientos, privilegios. Algo que nunca ocurre. El reconocimiento es aún más escaso que el agradecimiento –dice Vasilíu.
 Idealismo, ingenuidad, sentido de la justicia… estos son los ingredientes de Ioil García. A los cuales, la vuelta del fantasma de Leonard, mi verdadero padre redescubierto, no derribó, al contrario, fortaleció; un héroe es idealista, desinteresado. Siempre Don Quijote. ¿Qué le ocurre al Caballero de La Mancha? ¡Se enfrenta a carreteros, a vagabundos que se burlan de él, lo apalean! ¿Recuerdas al chico de la calle Mosilor? ¿El que alcanzaba a escupir lejos y que me decía que era un “bolchevique” porque llevaba una chaqueta roja, como en Epsom? Que sepas –dice Vasilíu (viejo, asqueado, con cierta serenidad que me produce malestar)-, que el encuentro con el chico, cuyos dedos ennegrecidos se salían de las sandalias, no me ha abandonado nunca. He vivido en el Bulevar, cerca de la esquina con Mosilor. Caí aquí en paracaídas, hace cinco minutos. Siempre hace cinco minutos. Parezco idiota. Un individuo ridículo, inadecuado a las circunstancias. Es lo que fui. La gente se reía de mí, con justa razón.
 Pero muy hábil para mentirme. Inventé un sinfín de pretextos para no adaptarme.
 “Adaptación, igual a desvergüenza” era una de mis ecuaciones. Al mismo tiempo se despertó en mí la ambición. ¿Cómo tener éxito sin adaptarse? Empecé a canalizar toda mi energía para solucionar este problema. Perdí mucho tiempo, mucha energía en ello. Puse mis talentos al servicio de la “causa”. Una manera de tomarse a sí mismo el pelo.
 Por ejemplo, hacia 1946, mucha gente vislumbra el “mundo del mañana”. Se vaticina un gran cambio, “un tipo de socialismo”. La gente se niega a ver el cataclismo, el hundimiento de la sociedad… A mí se me podría considerar lúcido por vaticinar la catástrofe que no iba a tardar en producirse. Soy joven, sin embargo no me hago ilusiones como tantos otros en aquel tiempo: no percibían el peligro mayor que les iba a destrozar. Llego a ser un apóstol de la violencia. Un filosoviético excitado. Me parece que voy más lejos que los otros. ¡Estupendo movimiento! Soy ofensivo, devoro a los burgueses a grandes bocados. Bueno, hasta aquí soy un oportunista enérgico… Pero si no me reúno con los que tendrían que ser mis aliados, los que atisban el cambio para aprovecharse y tener una silla en primera fila ¿de qué sirve? Soy un luchador solitario por una causa colectiva. Por eso nadie me toma en serio en ninguno de los dos bandos. Alguien dice de mí: “Es un individualista feroz”. Desgraciadamente, no tengo los colmillos a medida de mi deseo de morder.
 […]
 Es mi momento de poder. Pensé entonces que había iniciado el camino del éxito, que nada iba a interrumpir mi ascensión. El ímpetu parece invencible. Animado por las “hadas madres”, colmado por las energías de lo soñado y de mis savias, no mi imagino qué podría detenerme.
 Para hacer mi entrada en la vida elegí la medicina. Deseo arrojarme a la acción. Simbolizada por la unión voluptuosa acaecida en el sueño. Pensar en el niño que nacerá de mi unión con Galatea.
Resultado de imagen de ion vianu hojas sueltas ¿Por qué no se cumple mi programa? No logro desprenderme de la parte cursi de mi niñez. Pienso un poco. Mi genealogía, con aquel abuelo que nunca conocí, un individuo lleno de secretos, de emociones turbias; mi padre que muere misteriosamente… Huérfano a los cinco años, educado por una madre que interpretaba a Chopin, que me adoraba incestuosamente, que me idealizaba como a un gentlman… El amante de mi madre, músico ingenuo… todos los ingredientes del melodrama. El único que me da una educación viril, filosófico-viril, es mi tío Rudra. Me ayuda a vencer el sentimentalismo. Me abre perspectivas hacia el mundo áspero de las ideas… Pero en la misma ampolla hay también veneno, negación, la nada. Existimos como ilusiones, idola, suma de fuerzas que se cruzan, se unen durante un tiempo limitado. Las partes que nos componen se descompondrán perdidas, volverán a componer otros cuerpos, otras vidas, igual de pasajeros. El velo del sufrimiento universal está tejido por el sufrimiento… también ilusorio.
 La doctrina de Rudra me está desmoralizando. He salido de la cuna de lágrimas donde crecí al lado de mi madre, de la utopía cándida de Ioil, para entrar en el universo ácido del filósofo. Un mundo en el cual los amores son pasajeros; segura, definitiva, es únicamente la soledad helada.
 Mi inteligencia se desarrolla en un sentido negativo, nihilista. Ser constructivo me resulta imposible, hay demasiadas ruinas en mi entorno, en mi interior.
 Toda la vida he ido recordando la noche de Valea Murei: el anhelo del nacimiento de un hijo –fruto de la unión entre un hombre y una mujer-. Mi obra. Mis ilusiones no pasarán de ser espectros, iguales que los fantasmas reunidos que me rodearon aquella noche de verano. Tampoco nacerá un hijo, mis uniones de más tarde se quedaron estériles.
 Vuelvo a Bucarest –reanuda Vasilíu, tras observar que mi atención se había relajado por un momento-. Tengo la cabeza llena de proyectos. No me doy cuenta de las dificultades que me esperan. Estoy lleno de energía revolucionaria. Para algunos lo que está pasando es una catástrofe, a mí me parece que es un principio de otra era, un amanecer. La Revolución llama a la puerta. Me hago miembro del Partido. Bramo en las reuniones en contra de los burgueses. Estoy al lado de los poderosos, los débiles que se larguen adonde quieran. Los obreros, los campesinos y los intelectuales: yo pertenezco  a la nueva Trinidad. Una sola palabra para todo lo que está pasando: entusiasmo.
 (Delante de mí está un hombre viejo, enfermo. Parece que aguanta peor la vuelta al pasado que la enfermedad y la usura física. La voz le titubea. Su mirada es borrosa, el ojo opaco, de muerto reciente).
 No le hablaré de la terrible angustia de aquellos tiempos. Busque en los libros de historia –me dice casi agresivamente-. Le hablo de mí –retoma encarnizado, a pesar de que yo no le contradigo-. ¿Cómo pude yo, que difícilmente me sustraje al drama burgués, llegar a ser un niño de la revolución? ¡A pesar de la muerte de mi padre en los calabozos de la Seguridad del Estado y de las enseñanzas de Ioil! Intentaré aclarárselo.
 Le hablé de Misu Ionescu, el que me reclutó en la red de mensajeros del partido en 1944. Aquel tipo grandullón, musculoso, despiadado. ¿Y a quién encuentro en la sala de las autopsias de la Facultad de Medicina como colega? A Misu. Ya no tiene espinillas en la cara. Se acuerda de nuestra amistad. Es de los pocos que me demuestran simpatía. Los “burgueses” me evitan; para los proletarios soy alguien extraño, difícil de comprender. Misu sabe por dónde cogerme, tiene un recuerdo preciso de aquellas misiones ilegales que llevé a cabo concienzuda, valientemente. Una mañana estamos los dos en las clases prácticas. Estamos disecando el cadáver de un varón. Sumergidos en el formol, inertes, los órganos han perdido la apariencia de la vida. Los músculos, los tendones, son como sogas torcidas. El cuerpo, despojado de las vísceras, es una jaula vacía. El rostro es una máscara, en el cual han puesto su impronta experiencias que ya no pueden ser descifradas. A través de estos cuerpos intentamos reconstruir al ser humano. Se parecen a unos muñecos grandes, desmontados impúdicamente; imaginamos su nombre, su historia y este final sin tumba “en provecho de la ciencia”. Fantasmas: el hombre que disecamos es un ricachón arruinado por nuestra revolución. La familia no pagó su entierro, llegó a la sala de disección.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Aletheia, 2010, en traducción de Ioana Zlotescu Simatu, pp. 55-57 y 58-60. ISBN: 978-84-932877-6-4.]

domingo, 26 de diciembre de 2021

Diarios de motocicleta. Notas de viaje.- Ernesto 'Ché' Guevara (1928-1967)


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Acaba Chile


 «Los largos kilómetros que median entre Iquique y Arica, transcurren entre subidas y bajadas continuas que nos llevaban desde mesetas áridas hasta valles en cuyo fondo corría un hilo de agua, apenas suficiente para permitir crecer a unos raquíticos arbolitos a su vera. En estas pampas de una aridez absoluta hace de día un calor bochornoso y refresca bastante al llegar la noche, característica de todo clima desértico, por otra parte; realmente impresiona el pensar que por estos lados cruzó Valdivia con su puñado de hombres, recorriendo cincuenta o sesenta kilómetros sin encontrar una gota de agua y ni siquiera un arbusto para guarecerse en las horas de más calor. El conocimiento del lugar por donde pasaran aquellos conquistadores, eleva automáticamente la hazaña de Valdivia y sus hombres para colocarla a la altura de las más notables de la colonización española, superior sin duda a aquellas que perduran en la historia de América, porque sus afortunados realizadores encontraron al fin de la aventura guerrera el dominio de reinos riquísimos que convirtieron en oro el sudor de la conquista. El acto de Valdivia representa el nunca desmentido afán del hombre por obtener un lugar donde ejercer su autoridad irrefutable. Aquella frase atribuida a César, en que manifiesta preferir ser el primero en la humilde aldea de los Alpes por la que pasaban, a ser el segundo en Roma, se repite con menos ampulosidad pero no menos efectivamente, en la epopeya de la conquista de Chile. Si en el momento en que el indómito arauco por el brazo de Caupolicán arrebatara la vida al conquistador, su último momento no hubiera sido rebasado por la furia del animal acosado, no dudo que en un examen de su vida pasada encontraría Valdivia la plena justificación de su muerte como gobernante omnímodo de un pueblo guerrero, ya que pertenecía a ese especial tipo de hombre, que las razas producen cada tanto tiempo, en los que la autoridad sin límites es el ansia inconsciente a veces que hace parecer natural todo lo que por alcanzarla sufran.
 Arica es un puertito simpático que todavía no ha perdido el recuerdo de sus anteriores dueños, los peruanos, formando una especie de transición entre los dos países, tan diferentes a pesar de su contacto geográfico y su ascendencia común.
 El morro, orgullo del pueblo, eleva su imponente masa de cien metros de altura cortada a pico. Las palmeras, el calor y los frutos subtropicales que se venden en los mercados le dan una especial fisonomía de pueblo del Caribe o algo así, totalmente diferente de sus colegas de algo más al sur.
 Un médico, que nos mostró todo el desprecio que un burgués afincado y económicamente sólido puede sentir por un par de vagos (aun con título), nos permitió dormir en el hospital del pueblo. Temprano huimos del poco hospitalario lugar para ir directamente hacia la frontera y entrar en Perú. Antes nos despedimos del Pacífico con el último baño (con jabón y todo), lo que sirvió para despertar un dormido anhelo de Alberto: comer algún marisco. Y allí iniciamos la paciente búsqueda de almejas y otras yerbas por las playas en unos acantilados. Algo baboso y salado comimos, pero no distrajo nuestra hambre, ni satisfizo el antojo de Alberto, ni nos dio ningún placer de grumete porque las babas eran bastante desagradables y así, sin nada que las acompañara, peor.
 Después de comer en la policía salimos a nuestra hora acostumbrada, a marcar el paso por la costa hasta la frontera; sin embargo, una chatita nos recogió y fuimos al puesto fronterizo cómodamente instalados. Allí nos encontramos con un aduanero que había trabajado en la frontera con la Argentina, de modo que conocía y comprendía nuestra pasión por el mate y nos dio agua caliente, bollitos y lo que es más, un vehículo que nos llevara hasta Tacna. Con el apretón de manos acompañado de una serie de ampulosos lugares comunes sobre los argentinos en Perú, con que nos recibió muy amablemente el jefe del destacamento, al llegar a la frontera, dimos el adiós a la hospitalaria tierra chilena.
      
Chile, ojeada de lejos

 Al hacer estas notas de viaje, en el calor de mi entusiasmo primero y escritas con la frescura de lo sentido, escribí algunas extravagancias y en general creo haber estado bastante lejos de lo que un espíritu científico podría aprobar. De todas maneras, no me es dado ahora, a más de un año de aquellas notas, dar la idea que en este momento tengo sobre Chile; prefiero hacer una síntesis de lo que escribí antes.
 Empecemos por nuestra especialidad médica: el panorama general de la sanidad chilena deja mucho que desear (después supe que era muy superior a la de otros países que fui conociendo). Los hospitales absolutamente gratuitos son muy escasos y en ellos hay carteles como el siguiente: “¿Por qué se queja de la atención si usted no contribuye al sostenimiento de este hospital?” A pesar de esto, en el norte suele haber atención gratuita pero el pensionado es lo que prima; pensionado que va desde cifras irrisorias, es cierto, hasta verdaderos monumentos al robo legal. En la mina de Chuquicamata los obreros accidentados o enfermos gozan de asistencia médica y socorro hospitalario por la suma de cinco escudos diarios (chilenos), pero los internados ajenos a la planta pagan entre trescientos y quinientos diarios. Los hospitales son pobres, carecen en general de medicamentos y salas adecuadas. Hemos visto salas de operaciones mal alumbradas y hasta sucias y no en puebluchos sino en el mismo Valparaíso. El instrumental es insuficiente. Los baños muy sucios. La conciencia sanitaria de la nación es escasa. Existe en Chile (después lo vi en toda América prácticamente) la costumbre de no tirar los papeles higiénicos usados a la letrina, sino fuera, en el suelo o en cajones puestos para eso.
Resultado de imagen de ernesto che guevara diarios de motocicleta alianzza El estado social del pueblo chileno es más bajo que el argentino. Sumado a los bajos salarios que se pagan en el sur, existen la escasez de trabajo y el poco amparo que las autoridades brindan al trabajador (muy superior, sin embargo, a la que brindan las del norte de América del Sur), hecho que provoca verdaderas olas de emigración chilena a la Argentina en busca del soñado país del oro que una hábil propaganda política se ha encargado de mostrar a los habitantes del lado oeste de los Andes. En el norte se paga mejor al obrero en las minas de cobre, salitre, azufre, oro, etc. pero la vida es mucho más cara, se carece en general de muchos artículos de consumo de primera necesidad y las condiciones climáticas son muy bravas en la montaña. Recuerdo el sugestivo encogimiento de hombros con que un jefe de la mina Chuquicamata contestó a mis preguntas sobre la indemnización pagada a la familia de los diez mil o más obreros sepultados en el cementerio de la localidad.
 El panorama político es confuso (esto fue escrito antes de las elecciones que dieran el triunfo a Ibáñez), hay cuatro aspirantes al mando, de los cuales Carlos Ibáñez del Campo parece ser el primer ganador; es un militar retirado con tendencias dictatoriales y miras políticas parecidas a las de Perón, que inspira al pueblo un entusiasmo de tipo caudillesco. Basa su acción en el Partido Socialista Popular, al que se unen fracciones menores. El segundo lugar, a mi manera de ver, estará ocupado por Pedro Enrique Alfonso, candidato del oficialismo, de política ambigua, al parecer amigo de los americanos y de coquetear con los demás partidos políticos. El abanderado del derechismo es Arturo Matte Larraín, potentado que es yerno del difunto presidente Alessandri y cuenta con el apoyo de todos los sectores reaccionarios de la población. En último término está Salvador Allende, candidato del Frente del Pueblo, que tiene el apoyo de los comunistas, los que han visto mermados sus cuadros en cuarenta mil votos, que es la cifra de las personas despojadas del derecho a votar por haber sido afiliados a dicho partido.
 Es probable que el señor Ibáñez haga una política de latinoamericanismo y se apoye en el odio a Estados Unidos para conseguir popularidad y la nacionalización de las minas de cobre y otros minerales (el conocimiento de los enormes yacimientos que los americanos tienen en el Perú, prácticamente listos para empezar la producción, disminuyó mucho mi confianza en que sea factible la nacionalización de estas minas, por lo menos en un plazo breve), completar la del ferrocarril, etc. y aumentar en gran proporción el intercambio argentino-chileno.
 Como país, Chile ofrece posibilidades económicas a cualquier persona de buena voluntad que no pertenezca al proletariado, vale decir, que acompañe su trabajo de cierta dosis de cultura o preparación técnica. Tiene en su territorio facilidad para sustentar la cantidad suficiente de ganado como para abastecerse (lanar sobre todo), cereales en cantidad aproximadamente necesaria y minerales como para convertirse en un poderoso país industrial, ya que tiene minas de hierro, cobre, hulla, estaño, oro, plata, manganeso, salitre. El esfuerzo mayor que debe hacer es sacudirse el incómodo amigo yanqui de las espaldas y esa tarea es, al menos por el momento, ciclópea, dada la cantidad de dólares invertidos por éstos y la facilidad con que pueden ejercer una eficaz presión económica en el momento en que sus intereses se vean amenazados.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones B, 2005, pp. 99-105. ISBN: 84-666-2476-7.]

sábado, 27 de noviembre de 2021

Leyendas negras de la Iglesia.- Vittorio Messori (1941)


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III.-La Revolución Francesa y la Iglesia

18.-Derechos del hombre / 1

  «Mirando la televisión francesa (se ve bien en Milán), voy a parar al mismo debate de siempre sobre los “derechos humanos”.
 Participa también un sacerdote, un teólogo. En realidad, escuchándolo, parece uno de esos intelectuales transalpinos más preocupados por su imagen de personas inteligentes y al día, que solidarios (o por lo menos coherentes) con su Iglesia. Uno de esos que corren el riesgo de hacer de la “ciencia de Dios” –la que Tomás de Aquino practicaba metiendo, para inspirarse, su gran cabeza en un tabernáculo- una ideología a plasmar según los gustos de la época, como si tuviesen ante todo un fin: obtener la aprobación (“¡Bravo!”, “¡Bien!”) de aquel Constantino de hoy que es el tirano mediático, sin la cual le niegan a uno el sitio en las mesas redondas.
 El guión es el de siempre: el clérigo exhibiéndose en excusas contritas por una Iglesia tan grosera y miope que no celebró desde el primer momento y sin reservas los “inmortales principios” proclamados por la Revolución Francesa en 1789 y luego confirmados en la “Declaración universal” aprobada por las Naciones Unidas en 1948. Igual que un Pedrito arrepentido, el reverendo jura que esto no sucederá más: ahora los católicos se han hecho “adultos” y han comprendido cuán equivocados estaban ellos y cuánta razón tenían los demás. Los “demócratas” pueden estar tranquilos: a su lado tendrán curas como éste, conscientes de que el Evangelio no es más que “la primera, la más solemne declaración de derechos humanos”. Dice exactamente eso.

 He vivido un tiempo suficiente para no dejarme impresionar demasiado. Tenía yo la edad de la razón, ya desde hacía mucho tiempo, cuando el marxismo parecía triunfador y se creía que el nacimiento del hombre nuevo y de la historia nueva había que fijarlos deferentemente en 1917, en San Petersburgo. En aquellos tiempos no se organizaban mesas redondas sobre la “libertad” burguesa nacida de la Revolución francesa (o, si se prefiere, de la americana), sino sobre la “justicia” proletaria. Recuerdo muy bien a teólogos como el de esta noche –y los intelectuales junto a él- ironizando sobre los “derechos puramente formales”, la “libertad ilusoria”, aquel “vender humos en beneficio de la clase burguesa” que fue, en palabras de Marx, la declaración de 1789. ¡Cuántos católicos “modernos” teorizaban, ante la complacencia de los medios de comunicación, que la Iglesia traicionaría la humanidad y la cita decisiva con la historia si no se transformaba en una especie de “Sección católica de la Internacional Comunista”! ¡Cada parroquia, cada diócesis tenía que convertirse en un soviet!
 Pero el viento cambia, y los intelectuales con él, incluso los eclesiásticos. He aquí entonces los mismos nombres, las mismas caras, con los mismos tonos perentorios, reclamando una reorganización de la Iglesia como “Sección católica de la Internacional liberalmasónica”. En efecto (documentos en la mano), antes de ser proclamada por la Asamblea Nacional francesa, la “Declaración de los derechos del hombre” fue elaborada en las logias y en las “sociedades del pensar”, donde –entre delantales, paletas y triángulos- se reunía la burguesía europea “ilustrada”.

 Mientras que hasta hace muy poco se consideraba la Biblia entera como el manifiesto de la justicia social y el “manual del proletario” (hasta hubo estudiosos especializados en “nuevas lecturas del Evangelio desde el enfoque del materialismo dialéctico”), ahora esa misma Biblia no sería otra cosa que el manual del liberal, el motivo de inspiración para los que creen en la sociedad democrática de tipo norteuropeo.
 El modelo al que la Iglesia debería adecuarse ya no es el soviet, sino el Parlamento elegido por sufragio universal. Antes, según la opinión de algunos eclesiásticos, toda la obra de Marx-Engels tenía que ser la base de una nueva religión universal al servicio de la justicia. Ahora –en opinión de sus seguidores- la nueva religión capaz de unir a los hombres es únicamente la de los derechos humanos, del lema liberté, égalité, fraternité. Por lo tanto, profetas del Verbo ya no son los bolcheviques, sino esos jacobinos y girondinos hacia quienes el marxismo dirigió, durante más de un siglo, duras injurias, tratándolos como a las moscas en el carro de la burguesía.

 Ventajas de la edad: como ya he conocido las intransigencias “proletarias”, no me dejo conmover por los actuales entusiasmos “liberales”. Los oí cuando arremetían contra los iniciadores –franceses o americanos- de la “democracia formal” del 1700. ¿Cómo podría impresionarme su enamoramiento actual por los réprobos de ayer, su renegar de 1917 para “volver a descubrir” el 1789?
 No soy (desgraciadamente) cartujo, pero aquí, en mi despacho, tengo el emblema de aquella orden gloriosa, que en mil años nunca quiso revisar sus reglas (Cartusa numquam reformata, quia numquam deformata, por decirlo a su manera, humildemente orgullosa: la Cartuja nunca reformada, ya que nunca fue deformada). Debajo del emblema, el famoso lema: Stat crux, dum volvitur orbis, la cruz permanece firme, mientras el mundo da vueltas. No todos, ciertamente, están llamados a esta apacible imperturbabilidad, vocación de un élite que ha recibido “la buena parte que no le será quitada” (Lc. 10, 42). Pero incumbe sobre todos los cristianos el deber de ser conscientes de que “el mundo da vueltas”; que la indulgente ironía de quienes saben que los tiempos cambian mientras el Evangelio permanece igual debe combinarse –en difícil síntesis- con la atención por la actualidad.
 Y como hoy forman parte de la actualidad aquellos “derechos del hombre” que los masones del siglo XVIII y los funcionarios de la ONU del siglo XX quisieron proclamar, habrá que interrogarse sobre el tema. ¿Por qué la Iglesia desconfió de ellos durante tanto tiempo? ¿Por qué la primera encíclica que parece aceptarlos –la Pacem in terris de 1963- se preocupa de advertir: “En algún punto estos derechos han provocado objeciones y han sido objeto de reservas justificadas”?
 Intentaremos esbozar una respuesta en los párrafos que siguen.

 19.- Derechos del hombre / 2

Resultado de imagen de vittorio messori leyendas negra sd el la iglesia Vamos a tratar entonces de esclarecer el tema, tan inflado desde hace algún tiempo, de los “derechos del hombre”, tal como se entienden en la Declaración de 1789 y en la de las Naciones Unidas de 1948.
 En su significado actual, la palabra “derecho”, que no existe en el latín clásico (el ius es otra cosa), es bastante reciente. Algunos afirman que su origen no se remonta más allá de los siglos XVI-XVII.
 La perspectiva anterior, basada en una visión religiosa, prefería hablar de “deberes”. En efecto, toda la tradición judeo-cristiana también se basa en una “Declaración”, pero que concierne a “los deberes del hombre”: es el Decálogo, la ley que Dios entregó a Moisés.
 El mismo Jesús no habla de “derechos”: al contrario, protagonista positivo de sus parábolas es el servidor, que obedece fielmente a su amo sin discusiones. Y uno de sus mayores elogios lo recibe el centurión de Cafarnaum, que expone una visión de la vida y del mundo basada totalmente en la obediencia -por lo tanto, en los “deberes”- y no en las reivindicaciones –los “derechos”-: “Porque también yo, que soy un subordinado, tengo soldados a mis órdenes y digo a éste: ‘Ve’, y él va; a aquél: ‘Ven’ y viene; y a mi criado: ‘Haz esto’, y lo hace”. “Jesús se admiró al oírlo…” (Mt. 8, 9-10).

 Inútil recordar las palabras de Pablo a los romanos: “Todos han de someterse a las potestades superiores; porque no hay potestad que no esté bajo Dios, y las que hay han sido ordenadas por Dios. Por donde el que resiste a la potestad, resiste a la ordenación de Dios; y los que resisten se hacen reos de juicio” (Rom. 13, 1-2). Según Pablo, de manera coherente con toda la estructura bíblica, la mujer tiene obligaciones con el hombre, el esclavo con su amo, el creyente con los responsables de la Iglesia, los jóvenes con los ancianos; y todos las tienen el uno con el otro y con Dios.
 “Yo, por mi parte, no me he aprovechado de nada de eso; ni escribo esto para que se haga así conmigo; porque mejor me fuera morir antes que nadie me prive de esta mi gloria”. Esto dice el apóstol en la Primera Carta a los Corintios (1 Cor. 9, 15): por lo tanto, si alguien puede legítimamente reconocerse a sí mismo algún “derecho”, renunciar a éste será una “gloria”. En 1910, volviendo a afirmar la doctrina católica, san Pío X escribía en una carta a los obispos de Francia: “Predicadles ardidamente sus obligaciones tanto a los potentes como a los débiles. La cuestión social estará más cerca de su solución cuando los unos y los otros, menos exigentes en sus derechos respectivos, cumplan sus deberes con mayor precisión”.

 En esta misma perspectiva , como cristiano, se encontraba Aleksandr Solzhenitsin cuando –en el discurso que pronunció en Harvard en 1978, que convertiría en desconfianza la simpatía que hasta entonces le había otorgado la intelligentsia occidental- pedía a todo el mundo que “renunciara a lo que nos corresponde de derecho” y aconsejaba “la autolimitación libremente aceptada”. Y seguía así: “Ha llegado el momento, para Occidente, de afirmar los deberes de los pueblos más que sus derechos”. Y aún más: “No veo ninguna salvación para la humanidad fuera de la autorrestricción de los derechos de cada individuo y de cada pueblo”. Fuerte de toda la tradición cristiana, Solzhenitsin pedía a “un mundo que sólo piensa en sus derechos” que “volviera a descubrir el espíritu de sacrificio y el honor de servir”.
 En efecto, todos los autores espirituales nos dicen que el non serviam!, ¡no serviré! (y, por lo tanto, “no reconozco obligaciones, sólo reivindico mis derechos”) es el grito de rebelión de Satanás contra Dios.
 Tan profunda era la conciencia de ello entre los creyentes, que el abbé Grégoire, que sin embargo fue fiel a la Revolución desde el principio y votó la “Declaración de derechos” en la Asamblea Nacional, pidió –pero en balde- que se elaborara una “declaración de deberes” paralela. De espíritu religioso, incluso en su lucha contra la Iglesia, el mismo Giuseppe Mazzini tituló su “catequismo” Los deberes del hombre: para él tampoco podía existir libertad, ni organización social firme y duradera, sin pasar antes por el cumplimiento del deber, del que derivaban (pero en un segundo momento) los derechos.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2006, en traducción de Stefania Maria Ciminelli, Celia Filipetto y Juana María Furió, pp. 85-91. ISBN: 84-08-01778-0.]

sábado, 18 de enero de 2020

Las buenas conciencias.- Carlos Fuentes (1928-2012)

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3.-Al nivel del patio

«Cuando Balcárcel regresó a Guanajuato, lo hizo no sólo honrado por el encargo del presidente Calles, sino impulsado por otro acicate. Sospechaba que en cualquier gran ciudad corría el peligro de contentarse -desconocido- con ser un aristócrata arruinado. En cambio, en Guanajuato su nombre le obligaría a olvidar pasadas glorias y a trabajar para hacerse, nuevamente de la fortuna y posición que la parroquia esperaba -so pena de humillación- de uno con su apellido. Al concluir el estudio encomendado por el Jefe Máximo, el joven liquidó todo interés real por la ciencia económica. No había, por otra parte, personas con las cuales conversar sobre estos temas esotéricos -cártels, coeficientes de ingresos, deuda pública-, ni manera eficaz de allegarse las novedades bibliográficas. Balcárcel olvidó su título británico y se dedicó al asiduo cultivo de la nueva regencia revolucionaria. Se abrieron las puertas del caserón de San Roque y penetraron por ellas las familias que, apenas diez años antes, no hubieran soñado cenar en mansión tan ilustre y codiciada. "¿Qué se le hace que de niño yo vendía albardas con mi padre aquí enfrente? Y hasta me acuerdo de cuando su señora mamacita iba a la misa." Diputado fue el señor Balcárcel en la Legislatura del Estado y aunque su gestión no fue memorable -o quizá justamente por esta razón- fue convocado a la Diputación Federal. Declinó la oferta: "Decididamente, no puedo alejarme de mi patria chica y sus múltiples problemas", declaró en los círculos oficiales. Pero, para sí, pensaba en el inquietante desfile de fantasmas del Porfiriato que lo acosaría en la capital; en la que podría armar alguna revista de sensación con la presencia de un antiguo terrateniente y rico minero en el Congreso cardenista; en las tentaciones de la nostalgia. Se contentó con la promesa de jugosas comisiones sobre contratos de obras públicas, y poco tiempo después, con la dirección del Banco. Avisado oportunamente de las sucesivas devaluaciones monetarias, intermediario de un buen porcentaje de contratos y operaciones fiscales, rígido prestamista, el tío Balcárcel acumuló en quince años una bonita fortuna. De sus ancestros, heredó la costumbre de colocar buena parte en el sueño de los bancos extranjeros; de la oligarquía de la Revolución, la de invertir en bienes raíces urbanos. Entre las rentas y los intereses, reunía sin pena lo necesario para vivir en el mayor lujo de su sociedad.
 Helo aquí: de regular estatura, pelo castaño y cada día más ralo, boca apretada y color bilioso, con las mejillas colgándole desde los duros párpados: ojos pequeños y severos, rostro escrupulosamente afeitado y un empaque de solemne celebridad. Sentencioso, dado a invocar reglas morales a cada instante y a llevarse la mano al chaleco con gesto imperial. Trajes conservadores y un tanto anticuados, dientes postizos, anteojos bifocales para leer. Si durante un largo período debió sacrificar su beatería religiosa a la necesidad política, cuando pudo declararse en público "creyente" reparó con creces los años perdidos. Las palabras "católico" y "gente bien" volvieron a sonar, con sinonimia, desde sus labios apretados. Y pudo, de esta manera, volver a conciliar, con profunda satisfacción, sus intereses mundanos con su retórica religiosa. "La propiedad privada es, decididamente, un postulado de la razón divina"; "en México, la gente decente tiene la obligación de custodiar la educación, la moral y la actividad económica de un pueblo tan atrasado como el nuestro"; "la familia y la religión son los tesoros del hombre": tales eran sus máximas más frecuentes y felices. Individuo de horas exactas, no toleraba la impuntualidad, las conservaciones frívolas o la mínima alteración de las costumbres por él establecidas. Debía tenérsele el baño caliente a las siete y media, y a las ocho un huevo pasado, durante tres minutos exactos, por agua; debía tendérsele sobre la cama la ropa lavada de la semana para que personalmente la contara y diese su visto bueno a la dosis de almidón de los cuellos; debía encauzarse la conversación, en su presencia, hacia temas de interés familiar que le brindasen la oportunidad para formular una sentencia; la familia debía rezar el rosario a las seis de la tarde y vestir de negro para ir el domingo a misa. Pero por encima de todo, nadie debía contradecirlo y todos debían acatarlo. Y así sucedió, en efecto, durante mucho tiempo. El índice levantado de Balcárcel era signo de autoridad definitiva. Cada noche, el buen hombre podía meterse entre las sábanas acompañado de los periódicos -su única lectura- y de un sentimiento infinito de razón, reposo y autoridad.
 Como todo católico burgués, Balcárcel era un protestante. Si en primera instancia el mundo más ancho era divisible en seres buenos que pensaban como él y en seres malos que pensaban distinto, en una segunda instancia local Guanajuato se dividía entre los buenos que poseían algo y los malos que nada tenían. Pero llevada esta afición maniquea al seno de la familia, Balcárcel era el hombre recto que conocía el bien, y los demás gente por lo menos sospechosa a la que era preciso vigilar y encauzar por mejores sendas. Su cuñado, Rodolfo, era caso perdido. Para alguien como Balcárcel, que hacía una devoción del trabajo y de la riqueza, el atarantado comerciante incapaz de progresar económicamente era objeto de indiferencia y desprecio.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Club Internacional del Libro, 1997. ISBN: 84-407-1983-3.]