Mostrando entradas con la etiqueta Vestimenta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vestimenta. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de abril de 2024

El cuarto mandamiento.- Booth Tarkington (1869-1946)


Booth Tarkington - Wikipedia, la enciclopedia libre
Capítulo primero


  «El comandante Amberson hizo su fortuna el año 1873, precisamente cuando otras gentes andaban perdiendo las suyas, y de entonces data el comienzo de la magnificencia de los Ambersons. Es la magnificencia, como la importancia de un caudal, relativa siempre, y así lo descubriría el mismísimo Lorenzo el Magnífico si su espíritu visitara el Nueva York contemporáneo; fueron magníficos los Ambersons para su época y para la ciudad en que vivían. Su esplendor subsistió durante todos los años que vieron a su ciudad del Midland extenderse y tornarse sombría hasta llegar a ser grande urbe, mas alcanzó su mayor brillo en aquella época en que todas las familias pudientes y con niños tenían un perro de Terranova.
 En aquella ciudad, y en aquellos tiempos, todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos conocían a todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos, y si alguna compraba un abrigo de piel de foca, hasta las inválidas eran llevadas a la ventana para que lo vieran pasar por la calle. En las tardes de invierno, briosos trotones corrían presurosos por National Avenue y Tennessee Street arrastrando trineos; caballos y conductores eran de todos conocidos; y también los conocían cuando llegado el verano eran los veloces y ligeros tílburis los que renovaban las competencias y carreras del invierno. Todo el mundo conocía los coches familiares de los demás y podía identificarlos en la calle a media milla de distancia, habilidad en extremo útil para asegurarse de quién iba de compras, quién a una fiesta, o a casa desde la oficina o tienda, ya fuera para el almuerzo, ya para la cena.
 Durante los primeros tiempos de esta época predominaba la opinión de que la elegancia personal debía juzgarse más bien por la calidad de las telas usadas que por la forma a éstas dada. No era preciso reformar un vestido de seda al cabo de un año, poco más o menos, de estrenado, pues tal vestido continuaría siendo elegante mientras continuase siendo de seda. Los ancianos y los gobernadores vestían de fino paño negro, de más de veintinueve pulgadas de ancho; el traje de etiqueta era del mismo paño, con pantalones de otro más fino que parecía ante; y no había ningún hombre, fuera su edad la que fuera, que creyese que un sombrero pudiera ser otra cosa que un objeto rígido, alto y sedoso, que los deslenguados conocían con el irreverente nombre de “tubo de chimenea”. Aquellos hombres no hubieran aceptado ninguna otra clase de sombrero ni para la ciudad ni para el campo, y eran capaces de remar en el río tocados con él, sin experimentar embarazo alguno.
 Llegó un día en el que la “última moda” derrocó la aristocracia de la buena calidad. Modistas, zapateros, sombrereras y sastres se hicieron más astutos, lograron mayor autoridad, y hallaron medios de convertir en vieja la ropa nueva. Apareció el sombrero hongo, y se extendió su uso de manera prodigiosa: un año parecía su copa un cubo; al siguiente, más se asemejaba a una cuchara. Aún había en todas las casas un sacabotas, pero las botas altas fueron suplantadas por zapatos y botines, y la forma de los primeros iba mudándose de año en año, siendo ahora sus puntas cuadradas y luego afiladas como la proa de un balandro.
 Los pantalones con raya planchada eran considerados cosa plebeya, pues indicaba aquel doblez que había estado la prenda almacenada en un estante, y por tanto que no fue cortada a la medida. Llamaban a estas prendas compradas hechas, “bajamés”, aludiendo al estante en que esperaron comprador. A principios de la década del 80, cuando privaban con las mujeres flequillos y tontillos, apareció en sociedad un nuevo tipo de petimetre, que recibió el nombre de “pisaverde”: vestía este pantalones ceñidos a la pierna, zapatos de punta afilada como la de un puñal, hongo de “cuchara”, chaqueta recta llamada “Chesterfield”, de faldellines cortos y amplios, cuello cilíndrico y torturador de tres pulgadas, planchado y replanchado hasta que brillaba como un espejo, y rodeaba a este ora con una gran corbata de “plastrón” o con un lacito que no desdijera en la trenza de una muñeca. Cuando de etiqueta se vestía, usaba un abrigo color cuero, tan desmedrado que asomaban por debajo los negros faldones del frac sus buenas cinco pulgadas; pero pasados un par de años se alargó este abrigo de tan desmesurada manera que llegaba a los talones del elegante, y al mismo tiempo aquellos ceñidos pantalones fueron desechados para dar lugar a otros que, de puro amplios, parecían sacos. Pasó el tiempo, y no se volvió a saber del “pisaverde”, aunque la palabra que para él fue inventada permaneció en uso, generalmente con significación peyorativa.
 Fueron aquellas épocas de más abundantes cabellos que la nuestra. Las barbas adoptaban extrañas formas, según el antojo de quienes las llevaban, y no era extraordinario contemplar cosas en verdad inusitadas y sorprendentes. Los bigotes crecían sobre la boca como descuidadas guardamalletas; y fue posible para un señor senador de los Estados Unidos dejarse una sotabarba que más bien parecía desplazado bigote, sin que ello se considerase lo bastante interesante para merecer de los periódicos una sola caricatura. Y esto último basta para demostrar que, no obstante los pocos años transcurridos, era aquella época bien distinta de la actual.
EL CUARTO MANDAMIENTO | BOOTH TARKINGTON | Comprar libro 9788420467351 Al principio de la gran época de los Ambersons, la mayoría de las casas en aquella ciudad del Midland eran de agradable arquitectura. Carecían de estilo, pero también carecían de pretensiones, y todo lo que no es presuntuoso ya de por sí tiene suficiente estilo. Se alzaban bien separadas entre sí, sombreadas por árboles que aún quedaban de los que en otros tiempos formaron bosques; olmos, hayas y nogales, y aquí y allá una alta fila de sicómoros crecían y medraban donde se había rellenado arenales y barrancas con tierra del monte. La casa del “Primer Contribuyente” daba a Military Square, a National Avenue o a Tennessee Street, y estaba edificada de ladrillo, con cimientos de piedra, o de madera con cimientos de ladrillo. Tenía, generalmente, un “porche principal” y un “porche trasero” (y algunas veces un “porche lateral”); tenía un “hall delantero”, un “hall lateral” (y algunas veces un “hall trasero”); del “hall delantero” se pasaba a tres habitaciones: “la salita”, “el cuarto de estar” y “la biblioteca”, y esta última pieza podía justificar su nombre, pues aquellas gentes, por algún motivo sería, acostumbraban comprar libros. Por lo general, la familia estaba más a menudo en la “biblioteca” que en el cuarto de estar, y las visitas, cuando eran de “cumplido”, eran llevadas a “la salita”, lugar éste de pulimento e incomodidad extraordinarios. La tapicería del mobiliario en la biblioteca estaba algo deslucida, pero las hostiles sillas y sofá de la “salita” siempre parecían nuevos. Y, verdaderamente, por lo que se usaban bien pudieran haber durado mil años.
 Las alcobas estaban arriba: el cuarto de los padres, el más espacioso; uno algo más reducido para uno o dos hijos varones; otro para una o dos hijas. Cada una de estas alcobas tenía una cama de matrimonio, un “palanganero”, un “buró”, un armario, una mesita, una mecedora y, algunas veces, un par de sillas ligeramente averiadas en el piso bajo, pero en buen uso, y no parecía justificado el gasto de repararlas, ni discreto arrinconarlas por tan poca cosa en el desván. También había siempre un cuarto para huéspedes, en el cual era acostumbrado guardar la máquina de coser. Alrededor de 1870 comenzó a desarrollarse la opinión de que era necesario un cuarto de baño. Esto determinó que los arquitectos colocasen cuartos de baño en las casas nuevas; y las antiguas procuraron no quedarse atrás, para lo cual se sacrificaban los espaciosos armarios roperos de pared, y en el hueco así dejado se instalaba una tina, y junto al fogón de la cocina un calentador de agua. Esa planta siempre viva de la flora americana, los tradicionales chistes acerca de los usos, costumbres y tardanzas de los fontaneros, fue plantada en la vida nacional por aquel entonces.
 En la parte trasera de la casa, arriba, había una triste y angosta cámara llamada “el cuarto de la chica”, y en la cuadra, junto al pajar, otra alcoba llamada “el cuarto del criado”, sirviente admirable que para todo valía.
 Casa y cuadra costaban de siete a ocho mil dólares, y la gente que podía invertir cantidades de esa importancia en tales comodidades era llamada Los Ricos. Pagaban éstos a la habitante de «el cuarto de la chica» dos dólares a la semana, ya adelantada la época de que hablamos, dos dólares y medio, y muy a finales, tres dólares. Era «la chica», por lo común, irlandesa o alemana, o quizá escandinava, pero jamás indígena, como no fuese negra. “El criado”, que vivía en la cuadra, gozaba de emolumentos semejantes, y aunque también él era a veces un emigrante recién llegado en la cala del barco, por lo general se trataba de un hombre de color.
 Cuando salía el sol y era amable la mañana, los corrales de detrás de la cuadra presentaban un aspecto bien alegre: risas y voces llenaban el aire a todo lo largo de los polvorientos cobertizos, acompañadas de sonoros golpes dados con las almohazas contra las cercas y muros de la cuadra, pues los “morenos” gustaban de almohazar sus caballos en el patio. Prefieren siempre los «morenos» chismorrear a voces mejor que cuchicheando, y opinan que una palabrota, para que satisfaga a quien la dice, ha de pronunciarse con voz recia y sonora, y que si no, más vale callar. Allí la gente menuda aprendía frases abominables que luego repetían ante sus mayores pidiendo cumplida exégesis de su contenido, con frecuencia en momentos muy inoportunos. Los niños de menos desarrollada curiosidad se limitaban a repetir las frases en ocasiones de apuro o agobio, lo que atraía sobre sus cabezas tales consecuencias que solían recordarlas hasta ya muy entrados en años.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2005, en traducción de Fernando Santos, pp.10-14. ISBN: 978-84-2046-735-1.]

lunes, 3 de mayo de 2021

Memorias. Un fraile mexicano desterrado en Europa.- Servando Teresa de Mier (1765-1827)


Resultado de imagen de servando teresa de mier
II.-Relación de lo que sucedió en Europa al doctor Mier

Desde mi arribo a Barcelona hasta mi llegada a Madrid

 «Hay un pueblo raro en Cataluña, que es Tortosa, cuyos habitantes jamás dicen que son catalanes, sino tortosines, y, en efecto, puestos a igual distancia de las tres capitales de la corona de Aragón, Barcelona, Valencia y Zaragoza, se dice que tienen lo testarudo de los aragoneses, lo ligero de los valencianos, lo indómito y revoltoso de los catalanes. Pero basta de éstos.
 Ahora la dificultad es salir de Barcelona para Madrid, porque no hay en España, como en el resto de Europa, carruajes todo día y hora que se quiere. Es necesario aguardar a que por casualidad o retorno haya algún coche de colleras, o calesa que haga el viaje, o algún carro. Y luego es necesario andar buscando compañeros que ocupen los otros asientos y ayuden a pagar, porque por un asiento en un coche para cincuenta o sesenta leguas piden más de cien doblones. Doblón se entiende tres pesos, y si es de oro, cuatro. De manera que más gasta uno para andar sesenta leguas dentro de España, que trescientas en un país extranjero.
 De ahí se sigue el trabajo de la comida, porque llegando uno a la posada y preguntando qué hay que comer, le responden: “Lo que su merced traiga para componérselo”. Y cuando mejor, le responden a uno que tienen huevo y sardinas. Es necesario llevar uno qué comer de lugar a lugar. Pero, como está dicho, no hay carnicerías sino en las ciudades y lugares grandes. En los demás, cuando alguno se deshace de un buey por viejo, etc., el carnicero sale por la noche con una trompeta o con un tambor, lo toca por las calles, y luego, a voz en grito, avisa que ha matado el buey de Fulano, que se crió en tal parte, pastó en tal lugar y es buena carne. A otro día concurren a comprar, y es día de gaudeamus en el pueblo. No se hable de tocinerías. Puercos sólo se matan en Todos Santos. El resto del año, el vecino que es algo pudiente cría su cochinito y lo mata por aquel tiempo. Con él tiene para todo el año, porque hoy se echa en la olla de los nabos, que es la olla común, una orejita; otra día un piececito, y así dura todo el año.
 En los lugares donde hay carnicería y debe uno proveer su olla, que lleva colgada tras el coche, tiene que andar buscando al carnicero, porque ningún otro puede cortar carne para comer; es infamia, lo mismo que ser mesonero. Sólo a los españoles se les puede ofrecer tener por infames dos oficios inocentes y necesarios absolutamente a la sociedad. Agrégase a esto el registro de los guardas de las aduanas, que de reino a reino registran todo con indecencia, dejándole a uno desordenado todo su equipaje y tirada toda su ropa, si uno no les unta la mano. Si lleva dinero sin registrar, se lo quitan.
 A cada paso hay que pagar los peajes, esto es, cierto derecho por los puentes y por los caminos, para recomponerlos. Aumenta la vejación la diferencia de lenguas, de leyes municipales, de monedas y de su valor. Y al cabo le piden a uno arbitrariamente lo que quieren por una maldita comida, una cama dura, sucia y puerca en un camaranchón, donde le alcanza a uno el humo de la cocina, y luego exigen que pague el ruido, aunque uno haya estado como muerto, y de ahí los alfileres a la criada y el cuerno donde se atan los caballos. Y no hay sino pagar, porque si la posada es aislada, el mismo mesonero hace de justicia. Así los extranjeros se desesperan y blasfeman de España. Los muchachos siguen el coche, pidiendo limosna.
 Yo no hallé ninguno ni tenía con qué pagarlo, ni uno adelanta mucho, porque van muy despacio, al paso del cochero, que suele ir a pie y a poco andar, para, para dar de comer a sus mulas, que entienden por sus nombres de coronelas y capitanas, etc. Nos ajustamos el napolitano y yo con un carro catalán. Pero el golpeo en ellos es intolerable y hay el riesgo de que se volteen y la carga que lleva mate a los viajeros. El caso no 
es raro, y así yo hice todo el camino a pie hasta Madrid, deteniéndome a aguardar el carro donde me decían que habíamos de comer o dormir.
 Luego que comenzamos a ver hombres chiquitos, con una chaquetilla negra y sombreros que en España sólo llevan los aragoneses, conocimos que estábamos en la tierra del coño. Porque así como los demás españoles a cada palabra añaden un ajo redondo, excepto los valencianos, que dicen pacho, y es nombre torpe de la oficina de la generación, así los aragoneses dicen a cada palabra co… Y esto es manera que llegando a una casa con boleta de alojamiento, el muchacho gritó a su hermana: “Co… anda, dile al co… de la madre que está aquí el co… del soldado”. En algunas otras tierras va junto el ajo y la col. ¿No es un escándalo que el pueblo español no pueda hablar tres palabras sin la interjección de una palabra tan torpe, cosa que no se ve en otra nación?
 Los aragoneses, en general, hablan el castellano muy feo y golpeado; parecen ratas, aunque estas ratas son valientes, y tan porfiados, que así como un hombre clavando un clavo con la frente es un símbolo del vizcaíno, así clavándolo con la punta hacia la frente es de un aragonés. Hay bastantes bonitas entre las mujeres, pero en miniatura, porque su cara es muy menudita y su pelo muy negro. La tierra es árida, los montes infecundos, porque son de tierra calcárea. Cerca de los lugares hay una balsa en la tierra y allí se recoge agua del cielo, cubierta de una costra verde, y ésa es la provisión del lugar. Hay buen vino en Aragón, aunque delgadito, y es famoso el de Cariñena. Pero son tan bárbaros, que cuando Carlos IV fue por los años de 1802 a Cataluña, el alcalde de Cariñena mandó una porción de hombres con hachas una o dos leguas antes, para alumbrar al rey si acaso venía de noche. Pero el rey, luego que comió en otro lugar, siguió para Cariñena. Los tíos, que así llaman en España a los hombres trabajadores o no caballeros, luego que lo divisaron, “enciende que viene”; y a las dos de la tarde, en el mayor sol del verano, se le pusieron al rey a los dos lados del coche, y como éste corría, corre, co…, que te quedas, decían unos a otros, y el rey llegó a Cariñena todo alumbrado y abrasado. Y luego los tíos le preguntaban al rey cómo estaban los chiquillos.
 No posé en Zaragoza, aunque vi el enredijo de sus calles, y no vi otra cosa buena que el templo de Nuestra Señora del Pilar, y dentro su antigua capillita redondita y sostenida por columnas, menos el respaldo. A un lado está la imagen del Pilar, en medio el altar donde se dice misa, con una imagen de Nuestra Señora, de mármol, arriba, que le está señalando a Santiago (que está al otro lado, en estatua) para donde está la Virgen del Pilar. Ya hoy, si no es el vulgo aragonés, nadie cree esta tradición. No sólo la negó Benedicto XIV y Natal Alejandro, y la impugnó Ferreras con los innumerables que niegan la predicación de Santiago en España; los académicos de la Historia me decían que era absolutamente insostenible.
 “Tengo en  mi poder –me decía el doctor Traggia, aragonés y cronista eclesiástico de Aragón- el monumento más antiguo, y es del siglo XIV”. El señor doctor Yéregui, inquisidor de la Suprema y maestro de los infantes de España, cuando tocaba rezar del Pilar o de Loreto rezaba del día 8 de septiembre, porque decía que eran fábulas intolerables. Cuando el sitio de los franceses decían que se habían visto tres palmas sobre su templo; pero cuando fue tomada Zaragoza, muriendo de epidemia y de asedio más de sesenta mil almas, la imagen perdió mucho su crédito. Hoy la ciudad es un montón de ruinas por la resistencia que hicieron, tan porfiada como mentecata. Gracias a treinta mil hombres del ejército del Centro, que se habían metido allí.
 Pasamos por Daroca, donde fui a ver los famosos corporales teñidos con la sangre salida de unas hostias, y entramos por la noche en Castilla. Por esto mi napolitano no llegó a ver los trajes de los castellanos, que llevan en la cabeza un gorro de paño puntiagudo, una chupeta negra abotonada, unos calzones negros y unas calzas como antes de Felipe II, el primero que se puso medias en España, regaladas por una señora muy rica de Toledo. Acostumbran también a llevar un bordón o palo. Ésta es precisamente la figura en que se representa a los magos en todos los teatros de Europa. El napolitano se recostó a la luz escasa de una lamparilla y se había dormido cuando yo le envié a llamar para cenar con el tío de la posada. El napolitano, que al despertar se vio solo con aquella figura, saltó y echó a correr gritando: “¡Un mago, un mago!”
Resultado de imagen de memorias servando teresa de mier trama editorial En Castilla hay pan y vino, y nada más;  la olla son nabos; y la falta de comercio en la distancia a que está de los puertos la tiene en la miseria y sus lugares son miserables y puercos. La arquitectura de las casas me hacía reír; la pared de la puerta es elevada, y la de enfrente tan baja que el techo toca el suelo; y casi todas son de tierra y de un piso más bajo que la calle. La puerta se cierra con una o dos tablas amarradas con una cuerda. Allí vive con ellos el marranito, la gallina, el gato y el perro. En tiempo de invierno llevan un capote pardo muy grosero. Las mujeres, o se cubren con una manta de jerguetilla negra o llevan también su montera como los hombres, y por mantilla unas enaguas. Este último es el traje general de las montañesas, hasta para la iglesia, aunque las vizcaínas y pasiegas llevan un pañuelo atado a la cabeza. A propósito de estas pasiegas, pueblos de la Montaña, apenas comienzan a andar les ponen a cuestas su cuévano, es decir, un canasto a la espalda, que siempre llevan por adorno, lleno o vacío, y las envían a buscar su dote.
 Ellas corren a pie cargadas desde Francia, toda la España, y muchas veces por encima de los montes para ocultar el contrabando. Estas mujeres en su género son lo que los gallegos, que por todas partes se hallan de segadores, cargadores o aguadores, por la miseria de su tierra, así como los montañeses vendiendo agua de aloja o frutas secas, y los asturianos de lacayos. Las vizcaínas se suelen ver también fuera de su tierra, porque vienen corriendo a pie hasta Madrid, delante de los coches, como mozas de mulas. Ellas son en su tierra los cargadores, los marineros y los arrieros. Desde Bayona de Francia las veía yo ir a pie arreando su mula, y a cada lado, en una especie de silleta, un pasajero sentado. Las montañesas que no son pasiegas no salen, porque están ocupadas en la labranza. Ellas son las que aran y siembran; los hombres se vienen casi todos para América.
 No vi arar las castellanas, aunque las infelices están vestidas como todas las españolas, con bayetones ordinarios que las hacen tan gordas, las camisas y enaguas blancas más gruesas que las mantas de nuestros indios. Eso llaman lienzo casero. Las bretañas aún eran poco conocidas en Madrid mismo; y para llevar camisa delgada en España es necesario ser una persona muy pudiente. Descalzas de pie y pierna, ya se supone, o con unos zancos de palo, y las enaguas de las valencianas suelen no pasar de las rodillas. Al menor movimiento se les ve todo, lo mismo que a los valencianos con sus enagüillas o zaragüelles, si al sentarse no tienen cuidado de recogerlos a un lado. Una cosa vi en los pueblos de la Montaña y es que las mujeres parecen capuchinas idénticas, del mismo color y género y su vestido de una pieza. Un clavo en la pared que por detrás engancha el vestido, les sirve de desnudador, y salen por debajo como su madre las parió.
 Nos vamos acercando a Madrid y como en otros países se anuncia la cercanía de la capital por quintas, casas de recreo o lugarcitos más pulidos, a Madrid por todas partes rodean lugarejos infelicísimos en ruinas, todos de tierra, y de la gente más miserable: no se ve un árbol en contorno; el terreno árido embiste hasta que llega uno a sus puertas. La primera vez que yo entré fue por la puerta de Fuencarral, y como en otras ciudades se divisan columnas de mármol, yo vi dos muy elevadas, y pregunté qué eran. Estiércol para hacer el pan. Sacaba la cabeza del coche, y en todas las esquinas leía a pares carteles impresos con letras garrafales que decían “D. Gregorio Sencsens y D. qué sé yo, hacen bragueros para uno y otro sexo”. Me figuré que aquél era un pueblo de potrosos, y no lo es sino de una raza degenerada que hombres y mujeres hijos de Madrid parecen enanos, y me llevé grandes chascos jugueteando a veces con alguna niñita que yo creía ser de ocho o nueve años, y salíamos con que tenía sus dieciséis. En general, se dice de los hijos de Madrid que son cabezones, chiquititos, farfullones, culoncitos, fundadores de rosarios y herederos de presidios. Y luego la marca al cuello del Hospital de Antón Martín, que es el del gálico, porque éste se anuncia en Madrid por los pescuezos.
 Casi el día que llegué vi por la calle de Atocha una procesión y preguntando qué era, me dijeron que era la Virgen p… Y es que como la imagen es hermosa, la asomaba por entre rejas una alcahueta para atraer parroquianos. El lenguaje del pueblo madrileño anuncia lo que es, un pueblo el más gótico de España. Una calle se llama de Arrancaculos, otra de Tentetieso, una de Majaderitos Anchos, otra de Majaderitos Angostos. Uno vende leche y grita: “¿Quién me compra esta leche o esta mierda?” Las mujeres le gritan: “Una docena de huevos: ¿quién me saca la huevera?” Todo se vende a maíz, por decir maravedís.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Edición de Trama Editorial, 2006, en edición de Manuel Ortuño Martínez, pp. 135-140. ISBN: 84-89239-62-2.]

lunes, 21 de mayo de 2018

Soy un gato.- Natsume Soseki (1867-1916)


Resultado de imagen de natsume soseki
Capítulo 7

«En nuestros tiempos  modernos hay numerosos maestros de pintura que insisten una y otra vez en lo fascinante del cuerpo humano desnudo. Pero yo creo que incurren en un tremendo error. Yo, por ejemplo, desde que nací nunca me he quitado de encima mi peludo abrigo, y no por ello resulto menos atractivo e interesante. Esos maestros tan a la vanguardia se equivocan de cabo a rabo. La moda y el gusto por el desnudo artístico empezaron a popularizarse en la época del Renacimiento gracias a los artistas italianos que tomaban como modelo los cánones de belleza de las antiguas Grecia y Roma. Aquellos griegos y romanos, habitantes de países con un clima del todo benéfico, estaban acostumbrados a ir por ahí desnudos, y no relacionaban de ninguna manera su desnudez con nada que tuviera que ver con la moral pública. Sin embargo, en el norte de Europa hace muchísimo frío. Lo mismo pasa en Japón, donde incluso tenemos un refrán muy famoso que dice: "No se puede viajar desnudo". En países como Alemania o Inglaterra, un hombre desnudo se convertiría pronto en un hombre muerto y si todos y cada uno de los humanos cubrían su cuerpo con ropa, se convertían entonces en animales vestidos y, por tanto, un hombre desnudo dejaba de considerarse  como tal para entrar en la categoría de las bestias salvajes. Consecuentemente, las pinturas y desnudos de los europeos, especialmente de los europeos que vivían más al norte, pueden considerarse sencillamente bestiales. En otras palabras, europeos y japoneses tienen el buen sentido de considerar el desnudo humano como una forma de vida inferior a la de los propios gatos. ¿Es que acaso existe un cuerpo desnudo que a la vez sea bello? Las bestias, aunque sean hermosas, no dejan de ser bestias. Quizás a alguien se le ocurra preguntarme si he visto en alguna ocasión los vestidos de noche con que se adornan las mujeres europeas. No he tenido la oportunidad, pero, según parece, se trata de una vestimenta que muestra a los demás los brazos y la espalda y que, además, les realza el pecho. Algo, como entenderán, de lo más chabacano y desagradable. Antes del Renacimiento, las mujeres no osaban vestirse con semejantes prendas ni mostrar un solo centímetro de piel. En aquella época se vestía de un modo más natural. Entonces, ¿cuál es la razón que ha impulsado a los hombres a cambiar de vestimenta como lo han hecho, hasta acabar convirtiéndose en poco menos que titiriteros? Sería muy largo explicar con detalle la historia de esta decadencia. Quien conozca las razones, lo entenderá y quien no las conozca no tendrá necesidad de que me extienda, pues salta a la vista. Eso debería bastar. En cualquier caso, y sean cuales sean las razones históricas, el hecho es que las mujeres modernas siguen vistiéndose a medias cada noche con evidente satisfacción, a pesar de que al final su aspecto suele ser lamentable. Sin embargo, parece que tras su apariencia de animales sin civilizar siguen conservando un cierto rastro de recato humano, pues tan pronto como sale un rayo de sol esas mismas mujeres se cubren inmediatamente brazos, pecho y espalda, e incluso se avergüenzan de mostrar a los demás el inocente dedo de un pie. Sin duda, esta actitud da a entender que todas las normas acerca de la forma de vestir en sociedad son sólo el resultado de las elucubraciones de una mente enferma. Si no están de acuerdo con las opiniones que expreso, ¿por qué razón no andan también a plena luz del día con parte de su cuerpo descubierto, como hacen por la noche? Lo mismo les digo a los partidarios del desnudo porque sí. Si tan bueno es, ¿por qué no mandan a sus hijas desnudas a la calle? ¿Por qué no dejan su ropa en casa y se van a pasear con la familia por el parque Ueno como Dios les trajo al mundo? "Eso no se puede hacer", dirán. Pero yo les responderé: por supuesto que se puede. La única razón por la que uno no sale desnudo a la calle a pasear es porque los europeos tampoco lo hacen. Para apoyar mis razonamientos no hay más que fijarse en las mujeres japonesas que acuden cada noche embutidas en absurdos vestidos de estilo occidental al Hotel Imperial. Si lo hacen es por pura imitación de los modos y modas de las mujeres occidentales y no por alguna razón que tenga que ver ni por asomo con nuestra identidad nacional. En éste y otros ámbitos, los europeos son poderosos y siempre habrá alguien dispuesto a hacer el estúpido y a copiar sus maneras, se lo pueda permitir o no. Se rendirá ante los poderosos, se humillará ante los ricos y se dejará aplastar por los que marcan las tendencias desde el extranjero. Si estas actitudes tan lamentables se debieran a algún tipo de necedad o de estupidez congénita, al menos quedaría un margen para la compasión. Pero entonces que no argumenten que Japón es una gran nación. Y sucede tres cuartos de lo mismo en el campo de los estudios académicos. Sin embargo, como no se trata de entrar aquí en temas espinosos, dejémoslo como está.
 El vestido es fundamental en la vida humana. De hecho, es tan trascendental, que me pregunto qué fue antes, si el hombre o su atuendo. En ocasiones se tiene la impresión de que la historia de la humanidad no es la de su carne, la de sus huesos o la de su sangre, sino la de su indumentaria. Por esa razón, cuando uno se planta delante de alguien desnudo, la impresión es la de estar ante un monstruo y no ante un ser humano. Si de mutuo acuerdo todos llegaran al consenso de que los que andan por ahí en cueros son monstruos, evidentemente ninguno vería nada monstruoso en los demás, y todos tan felices. Cuando los hombres aparecieron sobre la faz de la tierra, todos venían construidos según las mismas normas y especificaciones, y todos, luciendo una desnudez igualitaria, se lanzaron en igualdad de condiciones a la aventura de la vida. El ser humano fue hecho para contentarse con sus atributos uniformes, pero lo que yo no alcanzo a entender es cómo no se conformó con lo que tenía y afrontó por tanto su condición de ser humano sin necesidad de adornarla con ropajes de lo más variopinto. Quizás a alguno se le ocurrió pensar que, si tan idénticos eran, no valía la pena esforzarse, pues no les reportaría ninguna distinción. Por eso, seguramente, decidió inventar algo, una prenda que pusiera una nota de color y que hiciera evidente a ojos de los demás que se trataba de un ser distinto a los otros. Estoy convencido de que, al primero que se lanzó a cubrirse el cuerpo con telas de colores, esa idea le debió de rondar la cabeza al menos durante un período de diez años, hasta que, finalmente, descubrió la utilidad de los calzoncillos. Se los puso y se paseó delante de sus compañeros con aires de superioridad. De estos pioneros descienden, con total seguridad, nuestros actuales carreteros que tiran de esos carritos con dos grandes ruedas y que solemos ver vestidos con un pantalón pesquero bien arremangado. Es extraño que fuese necesario que transcurriese un período tan largo para concebir una cosa tan simple como son los calzoncillos, pero esa extrañeza puede que sea sólo una especie de ilusión óptica generada por la inmensa perspectiva del tiempo. En la época de la prehistoria humana, alcanzar un hito como ése no era baladí. Si no, consideremos la década de esfuerzos intelectuales que le costó a Descartes llegar a su famosa conclusión: "Pienso, luego existo", algo que un niño de tres años es capaz de comprender sin necesidad de tener mucho raciocinio. Si tenemos en cuenta los esfuerzos desplegados para inventar los calzoncillos, es justo reconocer que aquel proto-carretero probablemente estaría dotado de una gran inteligencia y debía de ser una de las personas más influyentes de su entorno, a pesar de que al resto de sus congéneres no les agradase mucho el hecho de que fuera el único que se paseaba por ahí pomposamente con un trapo cubriéndole las nalgas.
 A juzgar por su inutilidad, y basándome en la máxima de que cuanto más absurda sea una cosa, más tiempo se invertirá en su gestación, diría que diseñar el haori le llevaría a su inventor no menos de seis años de arduo trabajo mental. Fue entonces cuando se inició la decadencia de la era del calzón y comenzó la edad de oro del haori. Pero, por ser demasiado larga, esta prenda resultaba poco práctica. Cuando llegó el ocaso del haori, comenzó la edad de esa prenda tan japonesa, inventada con toda seguridad por un hombre de muy mal genio, llamada hakama. Una moda que causó furor entre los samuráis y los miembros del gobierno en las épocas medievales. Otros, en cambio, para no quedarse atrás en el asunto de la vestimenta, tuvieron la genial ocurrencia de inventar un ridículo traje, al que llamaron frac, y cuyo mero lucimiento hacía que su dueño pareciera una enorme golondrina con piernas.»
  
 [El extracto pertenece a la edición en español de la Editorial Impedimenta, 2010, en traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. ISBN: 978-84-937601-5-1.]