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viernes, 26 de marzo de 2021

La tía Mame.- Patrick Dennis (1921-1976)


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 I.-La tía Mame y el huerfanito

 «Todo empezó por culpa de un viejo ejemplar del Reader’s Digest. Es una revista que apenas leo. No necesito hacerlo, porque oigo comentar sus artículos cada mañana en el tren de las 7:51 y cada tarde en el de las 18:03. Todo el mundo en Verdant Greens –un barrio de doscientas casas de cuatro estilos diferentes- tiene una fe ciega en el Digest. De hecho, nadie habla de otra cosa.
 Pero hete aquí que la revista ejerce también sobre mí la misma fascinación que una serpiente sobre un pajarillo. Casi contra mi voluntad, leo sobre los peligros de nuestras escuelas públicas; lo entretenido que es el parto natural; cómo una comunidad en Oregón acabó con una red de traficantes de drogas; y acerca de alguien a quien un escritor famoso –he olvidado cuál- considera el personaje más inolvidable que ha conocido.
 Eso hizo que interrumpiera la lectura.
 ¿Personaje inolvidable? Vamos, hombre, ¡ese escritor no debe de haber conocido a nadie en toda su vida! No sabría lo que significa la palabra “personaje” a menos que hubiese conocido a mi tía Mame. Nadie lo sabría. Sin embargo, había ciertos paralelismos entre su personaje inolvidable y el mío. El suyo era una encantadora solterona de Nueva Inglaterra que vivía en una encantadora casita blanca de madera y una mañana abrió su encantadora puertecita verde pensando que iba a encontrar al Hartford Courant. En lugar de eso encontró una encantadora cestita de mimbre con un encantador bebé en su interior. El resto del artículo contaba cómo el personaje inolvidable acogía al bebé y lo criaba como si fuera suyo. Entonces dejé el Digest y empecé a pensar en la encantadora señora que me crió a mí.
 En 1928 mi padre sufrió un leve ataque al corazón y tuvo que guardar cama unos días. Además del dolor en el pecho, desarrolló cierta conciencia cósmica y la intuición de que no iba a vivir eternamente. Como no tenía nada mejor que hacer, telefoneó a su secretaria, que se parecía a Bebe Daniels, y le dictó su testamento. La secretaria mecanografió un original y cuatro copias, se puso el sombrero y cogió un taxi desde la calle La Salle hasta el Hotel Edgewater Beach para que mi padre lo firmara.
 El testamento era muy breve y original. Decía:

 En caso de fallecimiento, lego todas mis posesiones terrenales a mi único hijo, Patrick. Si falleciera antes de que el chico haya cumplido los dieciocho años, nombro a mi hermana, Mame Dennis, domiciliada en el número 3 de Beekman Place, en la ciudad de Nueva York, tutora legal de Patrick.
 Patrick deberá ser educado como protestante y enviado a colegios tradicionales. Mame sabrá a lo que me refiero. Todo el dinero y los valores que dejo deberán ser gestionados por la Knickerbocker Trust Company de la ciudad de Nueva York. Mame será la primera en comprender lo acertado de esta decisión. No obstante, no quiero que se arruine por tener que criar a mi hijo. Podrá enviar mensualmente las facturas por su manutención, alojamiento, ropa, educación, gastos médicos y demás. Pero la Trust Company tendrá derecho a cuestionar cualquier artículo que le parezca inusual o excéntrico antes de reembolsárselo a mi hermana.
 También lego cinco mil dólares (5000 $) a nuestra fiel sirvienta, Norah Muldoon, para que pueda jubilarse cómodamente en ese sitio de Irlanda del que tanto habla.

 Norah salió al patio a buscarme y mi padre me leyó su testamento con voz temblorosa. Afirmó que mi tía Mame era una mujer peculiar y que quedar en sus manos era un destino que no le desearía ni a un perro, aunque no siempre podemos elegir y la tía Mame era mi único pariente vivo. La secretaria y el camarero del servicio de habitaciones dieron de fe la firma del testamento.
 La semana siguiente mi padre había olvidado su enfermedad y estaba jugando al golf. Un año después cayó fulminado en la sauna del Athletic Club de Chicago y quedé huérfano.
 No recuerdo muy bien el funeral de mi padre, sólo que hacía mucho calor y que había rosas auténticas en los jarrones de la limusina de la funeraria Pierce-Arrow. El cortejo fúnebre lo integraban, aparte, por supuesto, de Norah y de mí, varios hombres afables y corpulentos que hablaban entre murmullos de jugar un partido de al menos nueve hoyos cuando acabara aquello.
 Norah lloró mucho. Yo no. En mis diez años de vida apenas había hablado con mi padre. Nos veíamos sólo en el desayuno, que para él consistía en un café solo, Bromo-Seltzer y el Chicago Tribune. Si alguna vez se me ocurría decir algo, se sujetaba la cabeza y replicaba: “Cierra el pico, chico, tu padre está de resaca”, frase que no entendí hasta mucho tiempo después de su muerte. Todos los años, el día de mi aniversario, nos enviaba a Norah y a mí a una sesión matinal de algún espectáculo en el que actuasen Joe Cook, Fred Stone o tal vez el circo Sells-Floto. Una vez me llevó a cenar a un lugar llamado Casa de Alex con una hermosa mujer llamada Lucille. Ella nos llamaba a los dos “cariño” y olía muy bien. Me gustó. Aparte de eso, apenas vi a mi padre. Mi vida transcurría en la escuela latina para chicos de Chicago, o en el área vigilada de juegos con los demás niños que vivían en el hotel, o jugando en la suite con Norah.
 Después de que lo dejaran “descansar en paz”, como dijo Norah, los hombres afables y corpulentos se marcharon al campo de golf y la limusina nos llevó de vuelta al Edgewater Beach. Norah se quitó el abrigo negro y el velo y me dijo que podía quitarme el traje de sarga azul. Afirmó que el socio de mi padre, el señor Gilbert, y otro caballero iban a venir a vernos y me advirtió que no me fuese muy lejos pues tenía que firmar unos papeles.
 Fui a mi habitación y practiqué mi firma en el papel timbrado del hotel. Poco después, llegaron el señor Gilbert y el otro hombre. Los oí hablar con Norah, aunque casi no entendí nada de lo que decían. Norah lloró un poco y dijo algo sobre aquel hombre tan bueno y generoso al que acababan de enterrar. El desconocido dijo llamarse Babcock y ser mi fideicomisario, lo cual me interesó mucho pues Norah y yo habíamos visto hacía poco una película en la que un comisario de policía salvaba a la hija del alcaide durante un motín carcelario. El señor Babcock mencionó un testamento muy irregular aunque sin fisuras.
 Norah afirmó que ella no entendía de cuestiones económicas, pero que sin duda era un montón de dinero.
 El señor Gilbert explicó que el chico tenía que endosar ese cheque garantizado en presencia del representante de la Trust Company, luego firmaría ante notario y así concluiría de una vez por todas la transacción. A mí todo me pareció vagamente siniestro. El señor Babcock confirmó que, mmm…, sí, todo era correcto.
 Norah volvió a echarse a llorar y dijo que era una fortuna para un niño tan pequeño y el fideicomisario respondió que sí, que era una suma considerable, aunque él había tratado con gente como los Wilmerding y los Gould y ésos sí que tenían dinero de verdad.
 A mí me pareció que estaban organizando demasiado revuelo si no se trataba de dinero auténtico.
Resultado de imagen de patrick dennis la tia meme Luego Norah entró al dormitorio y me pidió que saliera a estrechar la mano del señor Gilbert y del otro caballero como un hombrecito. Lo hice. El señor Gilbert dijo que me estaba portando como un auténtico soldado y el señor Babcock, el fideicomisario, afirmó que tenía un hijo en Scarsdale justo de mi edad y esperaba que fuésemos buenos amigos.
 El señor Gilbert descolgó el teléfono y preguntó si podían enviarnos un notario público. Firmé dos hojas de papel. El notario murmuró alguna cosa y luego las selló. El señor Gilbert aseguró que ya estaba y que tenía que marcharse si quería llegar a Winnetka. El señor Babcock nos informó de que se alojaba en el Club Universitario y de que, si Norah quería alguna cosa, podría localizarlo allí. Volvieron a estrecharme la mano y el señor Gilbert repitió que yo era un auténtico soldado. Luego cogieron sus sombreros de paja y se marcharon.
 En cuanto nos dejaron solos, Norah afirmó que había sido un cielo y preguntó si me apetecería ir al Salon Naval a cenar y luego tal vez a ver una película sonora Vitaphone.
 Ése fue el fin de mi padre.
 No había mucho equipaje que hacer. Nuestra suite constaba de un  gran salón y tres dormitorios, todos amueblados por el Hotel Edgewater Beach. Los únicos bibelots que poseía mi padre eran dos cepillos de plata para el pelo y dos fotografías.
 -Tu padre vivía como un árabe –dijo Norah. Me había acostumbrado tanto a las dos fotografías que nunca les presté atención. Una era de mi madre, que murió al nacer yo. La otra mostraba a una mujer de ojos centelleantes con un chal español y una enorme rosa detrás de la oreja-. Parece una auténtica italiana –afirmó Norah. Era mi tía Mame.
 Norah y el señor Babcock revisaron las pertenencias personales de mi padre. Él se llevó todos los papeles, el reloj de oro de mi padre y los gemelos de perlas y las joyas de mi madre para guardarlos hasta que yo fuese lo bastante mayor para “poder apreciarlos”. El camarero del servicio de habitaciones se quedó con los trajes de mi padre. Sus palos de golf, mis juguetes y mis libros los enviaron a una institución benéfica. Luego Norah sacó los retratos de mi madre y de la tía Mame de sus marcos y los recortó para que me cupieran en el bolsillo trasero del pantalón.
 -Así llevarás los rostros de tus allegados cerca del corazón –explicó.
 Todo quedó arreglado. Norah compró un traje fino de luto para mí en Carson, Pirie, Scott’s y un despampanante sombrero para ella. El señor Gilbert y la compañía fiduciaria hicieron todas las gestiones necesarias para nuestro viaje a Nueva York. El 13 de junio estuvimos listos para irnos.
 Recuerdo el día que partimos de Chicago porque nunca me habían permitido quedarme despierto hasta tan tarde. Los empleados del hotel hicieron una colecta y le regalaron a  Norah una maleta de piel de cocodrilo, un rosario de malaquita y un gran ramo de rosas “American Beauty”. A mí me regalaron un libro titulado Héroes de la Biblia que todo niño debería conocer: el Antiguo Testamento. Norah me llevó a despedirme de todos los niños que vivían en el hotel y, a la siete de la tarde, el servicio de habitaciones nos subió la cena, con tres postres diferentes y los saludos del cocinero. A las nueve de la noche, Norah volvió a pedirme que me lavara las manos y la cara, cepilló mi flamante traje de luto, me enganchó una medallita de san Cristóbal en la ropa interior, lloró, se puso su sombrero nuevo, lloró, recogió las rosas, realizó una última y breve inspección de la suite, lloró y ocupó su asiento en el autobús del hotel.»
      
      [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Acantilado, 2011, en traducción de Miguel Temprano García, pp. 7-13. ISBN: 978-84-92649-56-3.]

viernes, 4 de diciembre de 2020

El profeta.- Khalil Gibran (1883-1931)

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  «Una mujer que llevaba un niño en los brazos dijo: Háblanos de los Hijos.
 Y dijo él: Vuestros hijos no son vuestros hijos. Son los hijos y las hijas del ansia de la Vida por sí misma. Vienen a través vuestro, pero no son vuestros. Y aunque vivan con vosotros, no os pertenecen.
 Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos, porque ellos tienen sus propios pensamientos. Podéis abrigar sus cuerpos, pero no sus almas, pues sus almas habitan en la mansión del mañana, que vosotros no podéis visitar, ni siquiera en sueños. Podéis esforzaros en ser como ellos, pero no intentéis hacerlos a ellos como a vosotros. Ya que la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer.
 Sois los arcos con los que vuestros niños, cual flechas vivas, son lanzados. El Arquero ve el blanco en el camino del infinito, y Él, con Su poder, os tenderá, para que Sus flechas puedan volar rápidas y lejos. Que la tensión que os causa la mano del Arquero sea vuestro gozo, ya que así como Él ama la flecha que vuela, ama también el arco que permanece inmóvil.
 […]
 Dijo entonces un viejo posadero: Háblanos del Comer y del Beber.
 Y dijo él: Pudierais vivir del perfume de la tierra, y sustentaros de la luz como una planta. Pero, ya que debéis matar para comer, y robar al recién nacido la leche de su madre para aplacar vuestra sed, haced de ello un acto de adoración. Y que vuestra mesa sea un altar sobre el que sean sacrificados los puros y los inocentes del bosque y de la llanura por aquello que de más puro e inocente hay en el hombre.
 Cuando matéis una bestia, decidle en vuestro corazón: Por el mismo poder que te inmola yo también seré inmolado y también yo serviré de alimento a otros. Ya que la ley que te ha entregado a mis manos me entregará a manos más poderosas. Tu sangre y mi sangre no son más que la savia que alimenta al árbol del cielo.
 Y cuando mordáis una manzana, decidle en vuestro corazón: Tus semillas vivirán en mi cuerpo, y tus brotes del mañana florecerán en mi corazón, y tu perfume será mi aliento, y juntos nos regocijaremos estación tras estación.
 Y en Otoño, cuanto recojáis la uva de vuestros viñedos para llevarla al lagar, decidle en vuestro corazón: también yo soy un viñedo y se recogerá mi fruto para llevarlo al lagar, y, como vino nuevo seré guardado en eternas vasijas.
 Y en Invierno, cuando saquéis el vino, que haya en vuestro corazón una canción por cada copa; y que haya en la canción un pensamiento por los días otoñales, y por los viñedos, y por el lagar.
 […]
 Entonces un labrador dijo: Háblanos del Trabajo.
 Y él respondió, diciendo: Trabajáis para poder seguir el ritmo de la tierra y del alma de la tierra. Ya que el ocioso es un extranjero entre las estaciones, y se aparta del cortejo de la vida, que majestuosamente y en orgullosa sumisión avanza hacia el infinito.
 Cuando trabajáis, sois una flauta a través de la cual se transfoma en melodía el murmullo de las horas. ¿Quién de vosotros querría ser una caña muda y sorda mientras que todo canta al unísono? Siempre se os ha dicho que el trabajo es una maldición y la labor un infortunio. Pero yo os digo que cuando trabajáis estáis realizando una parte del más ambicioso sueño de la tierra, desempeñando así una misión que os fue asignada al nacer ese sueño. Y al manteneros unidos al trabajo, en verdad estáis amando la vida. Y amar la vida a través del trabajo, es estar iniciando el más íntimo secreto de la vida. Pero si en vuestro dolor llamáis al nacer, desgracia, y al peso de la carne, maldición inscrita sobre vuestras frentes, entonces yo os contesto que sólo el sudor de vuestras frentes lavará ese estigma.
 También se os ha dicho que la vida es oscuridad, y en vuestro cansancio, repetís lo que aquellos cansados os dijeran. Y yo os digo que la vida es en verdad oscuridad, excepto donde hay un anhelo. Y todo anhelo es ciego, excepto cuando hay saber. Y todo sabe, es vano, excepto cuando hay trabajo. Y todo trabajo es inútil, excepto cuando hay amor. Y cuando trabajáis con amor, os integráis a vosotros mismos, y el uno al otro, y a Dios. ¿Y qué es trabajar con amor? Es tejer la tela con hilos sacados de vuestro corazón, como si vuestro bienamado debiera vestirla. Es construir una casa con afecto, como si vuestro bienamado debiera habitarla. Es sembrar la semilla con ternura y cosechar, el grano con alegría, como si vuestro bienamado debiera comerlo. Es poner en todo lo que hagáis, un soplo de vuestra alma: Sabiendo que todos los bienaventurados difuntos os rodean y os observan.
 A menudo os he oído decir, como si hablarais en sueños: Quien trabaja el mármol y halla la forma de su alma en la piedra, es más noble que aquel que labra la tierra. Y quien alcanza el arco iris y lo extiende sobre la tela a semejanza del hombre, es más que aquel que hace sandalias para nuestros pies. Pero yo digo, no en sueños, sino en pleno despertar del mediodía, que el viento no habla con más dulzura a la gigantesca encina que a la más ínfima de las hierbas del bosque. Y sólo es grande aquel que transforma la voz del viento en una canción hecha más dulce por su propio amor.
 El trabajo es el amor hecho visible. Y si no podéis trabajar con amor sino sólo con disgusto, es mejor que abandonéis el trabajo y que os sentéis a la puerta del templo a recibir la limosna de los que laboran con alegría.
 Ya que si hacéis el pan con indiferencia, hacéis un pan amargo que sólo a medias apacigua el hambre del hombre. Y si prensáis la uva de mala gana, vuestro desgano destila veneno en el vino. Y aunque cantáis como ángeles, si no amáis la canción, cerráis los oídos que os escuchan a las voces del día y a las voces de la noche.
 […]
 Un comerciante dijo: Háblanos del Comprar y del Vender.
 Y él respondió: A vosotros la tierra os ofrece sus frutos, y nada os faltaría si solamente supierais cómo llenaros las manos. Y cambiando las dádivas de la tierra, que hallaréis en abundancia, seríais, satisfechos. Y, sin embargo, a menos que el cambio se haga con amor y con justicia, él conducirá a unos a la avidez y a otros al hambre. Cuando vosotros, trabajadores de los campos y de los viñedos, encontráis en el mercado a los tejedores, a los alfareros y a los que cosechan especias, invocad al espíritu amo de la tierra para que descienda sobre vosotros y santifique las balanzas y los cálculos que han de comparar un valor con otro. Y no admitáis que quienes tienen vacías las manos tomen parte en vuestras transacciones, ellos que venden sus palabras a cambio de vuestro trabajo.
 A tales hombres les diréis: Venid con nosotros al campo, o acudid al mar con nuestros hermanos y echad vuestras redes: porque si la tierra y la mar son con nosotros generosos, también lo serán con vosotros. Pero si vienen los cantores y los bailarines y los flautistas, comprad de sus ofrendas. Porque también ellos son cosechadores de frutos y de incienso, y lo que aportan, aunque fabricado de ensueños, es abrigo y alimento para vuestras almas. Y antes de abandonar el mercado, aseguraos de que nadie se retire con las manos vacías. Porque el espíritu amo de la tierra no descansará en paz sobre el viento, hasta que las necesidades del más humilde entre vosotros no hayan sido satisfechas.
 […]
 Entonces un profesor dijo: Háblanos de la Enseñanza.
Resultado de imagen de pehuen editores el profeta Y él dijo: Ningún hombre podrá revelaros nada sino lo que ya está medio adormecido en la aurora de vuestro entendimiento. El maestro que pasea a la sombra del templo, rodeado de discípulos, nada da de su sabiduría, mas sí de su fe y de su ternura. Si es verdaderamente sabio, no os convidará a entrar en la mansión de su saber, sino antes os conducirá al umbral de vuestra propia mente. El astrónomo podrá hablaros de su comprensión del espacio, mas no podrá daros su comprensión. El músico podrá cantar para vosotros el ritmo que existe en todo el Universo, mas no podrá daros el oído que capta la melodía, ni la voz que la repite. Y el versado en la ciencia de los números podrá hablaros del mundo de los pesos y de las medidas, pero no podrá llevaros hasta él. Porque la visión de un hombre no presta sus alas a otro hombre. Y así como cada uno de vosotros se mantiene solo en el conocimiento de Dios, así cada uno de vosotros debe tener su propia comprensión de Dios y su propia interpretación de las cosas de la tierra.
 […]
 Entonces dijo una sacerdotisa: Háblanos de la Oración.
  Y él respondió, diciendo: Vosotros rezáis en vuestras aflicciones y necesidades; podríais también rezar en la plenitud de vuestra alegría y en los días de abundancia. Pues ¿qué es la oración sino la expansión de vuestro ser en el éter viviente? Y si constituye un alivio exhalar vuestras tinieblas al espacio, mayor alivio sentiréis cuando exhaléis la aurora de vuestro corazón. Y si no podéis retener vuestras lágrimas cuando vuestra alma os llama a orar, ella os debería aguijonear una y otra vez, aun llorando, hasta que aprendieseis a orar con alegría. Cuando rezáis, o
s eleváis hasta encontrar, en las alturas, a aquellos que oran a la misma hora, y que, fuera de la oración, tal vez nunca los habríais encontrado. Por lo tanto, que vuestra visita a ese templo invisible no tenga otra finalidad sino el éxtasis y la dulce comunicación. Pues si penetráis en el templo únicamente para pedir, nada recibiréis. Y si sólo entráis para inclinaros, nadie os erguirá. Y hasta si ahí fuerais para mendigar favores para otros, no seréis atendidos. Que os baste entrar en el templo invisible.
 No puedo enseñaros a rezar con palabras. Dios no escucha vuestras palabras, excepto cuando es Él mismo quien las pronuncia a través de vuestros labios. Y no puedo enseñaros la oración de la mar y de los bosques y de las montañas. Pero vosotros que nacisteis en las montañas y en los bosques y en los mares, podréis encontrar sus preces en vuestro corazón. Y si solamente escucharais en la quietud de la noche, los oiríais diciendo en silencio: “Dios nuestro, que eres nuestro Yo alado, es Tu voluntad la que en nosotros quiere. Es tu deseo el que en nosotros desea. Es tu impulso en nosotros quien puede transformar nuestras noches, que tuyas son, como también los días te pertenecen. Nada te podemos pedir, pues Tú conoces nuestras necesidades aun antes que nazcan en nosotros. Tú eres nuestra necesidad; y dándonos más de Ti, Tú nos das todo.”
 […]
 Breves fueron mis días entre vosotros, y más breves aún las palabras que pronuncié. Mas si un día mi voz se desvanece en vuestros oídos, y si mi amor se evapora de vuestra memoria, entonces volveré a vosotros. Y con un corazón más fecundo y labios más obedientes a la voz del espíritu, os hablaré de nuevo. Sí, volveré con la marea. Y aunque la muerte me oculte, y el gran silencio me envuelva, buscaré nuevamente vuestra comprensión. Y no la buscaré en vano. Si algo de lo que os dije es verdad, esa verdad os será revelada con voz más sonora y con palabra, más accesibles a vuestro entender.
 […]
 Si éstas fueron palabras vagas, no procuréis aclararlas. Oscuro y nebuloso es el comienzo de todas las cosas, pero no su fin. Y yo prefiero que os acordéis de mí como de un comienzo. La vida, y todos los seres vivos, son concebidos en la nebulosa y no en el cristal. ¿Y quién sabe si un cristal no es una nebulosa en descomposición?»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Pehuén editores, 2001.]
 

sábado, 24 de octubre de 2020

El gesto de Héctor.- Luigi Zoja (1943)


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3.-Modernidad y decadencia
3.2.-De la revolución francesa a la revolución industrial

  «La Revolución Industrial hace añicos esa estabilidad y sacude las relaciones sociales. Con el tiempo, la nueva riqueza producida permitirá corregir muchas de las nuevas injusticias económicas. De hecho, ayudará a mantener el bienestar general a unos niveles antes inimaginables. Sin embargo, la novedad también revoluciona las relaciones familiares, que entran en un estado de inestabilidad que aún hoy perdura. […]
 La nueva realidad destroza la convivencia familiar, que el padre -pues su identidad también consistía en su convicción- creía eterna. Arranca a esposa e hijos de su autoridad y los entrega a una jerarquía externa, sin ninguna relación personal, que sólo retiene del padre la severidad. Por primera vez puede ocurrir que las ganancias de los familiares sean más altas que las suyas. De un plumazo pierde soberanía y dignidad. […]
 A partir del día en que el campesino abandona la azada y pasa a la fábrica, éste, de una forma repentina y radical, ya no está ante los ojos del hijo. Lo mismo les sucede, poco después, al artesano, al herrero o al carpintero. Sus productos son expulsados del mercado por obra de las máquinas que los fabrican con costes más bajos. Para estos padres comienza un exilio en los talleres, donde se trabaja la madera y el hierro, en los que sirven a máquinas que, a su vez, sirven a un patrón extraño. […] Producen un rédito pero ya no generan una enseñanza directa ni una iniciación a la vida adulta; […] 
 El hijo de la era industrial ya no ve ni conoce la actividad del padre; ya no tiene una imagen de él como adulto y como cabeza de familia en el acto de sostener a sus familiares con el trabajo, como Eneas había sostenido a los suyos con su cuerpo. […]
 Con la industrialización, durante el día, el padre puede ser succionado por la fábrica y, durante la noche, por un dormitorio para hombres, que le permite encontrarse a una distancia aceptable del trabajo. Para el hijo se convierte en un desconocido. […]
 Al mismo tiempo, el padre se encuentra, como diríamos hoy, deprimido. Ha perdido el interés por el trabajo y gran parte de la relación concreta con la familia. En el campo y en la artesanía se daba una estacionalidad que dejaba momentos libres para pasarlos juntos; ahora el trabajo es siempre mucho tiempo y a menudo va acompañado de un largo desplazamiento. Además, cuando podía el padre ya no deseaba volver a un hogar tan poco saludable, con familiares hacinados y tristes a los cuales ya no tenía nada que contar, no cómo ha abierto el surco con el arado ni cómo ha sometido la madera a su voluntad. Sólo debe llevar el dinero que ha ganado. Sin embargo, como no tiene nada que compartir, hasta esto último se le hace extraño y frío, como repartir números, no algo cálido como pasarse las sopas del campo, humeantes como el cerdo que ha vivido y ha muerto en el patio, alegres como el vino de la viña. Por primera vez, el padre urbanizado esconde algo y lo gasta en beber. Ha reencontrado el vino, no el viñedo y el alivio dura tanto como el bar: el hogar resulta aún más ajeno; las palabras, pocas y hostiles. Al día siguiente, volverá incluso más tarde, esconderá más dinero para llevárselo a una antigua campesina que ha descendido hasta un oficio aún más humillante, a otra cadena de montaje.
 En el lugar de la imagen del padre, los huérfanos tienen un agujero mental; pero en el hijo de este hombre, esto no sucede. Es diferente porque no puede ignorar que tiene un progenitor. Por primera vez en la historia el hijo se avergüenza del padre. No se trata de algo ocasional, siente vergüenza de tener padre y de ser su hijo. Ese día nace el problema de los hijos que no quieren crecer y, de éste, directamente, la sociedad actual de adultos que no quieren serlo.
 Ha hecho su aparición en el imaginario de la sociedad occidental una figura sin precedentes: el padre indigno. Las narraciones, las ilustraciones y, finalmente, las leyes del siglo XIX comienzan a preocuparse por él. Esta descomposición del tejido familiar -en parte real y, en parte, imaginada por los conformistas y temerosos de algo desconocido que se está formando en la sociedad y en la psique- anima al Estado a sustituir la autoridad paterna en la vida cotidiana, después de que la Revolución la hubiera puesto en tela de juicio en el ámbito de los principios. De esta manera, el proceso continúa siendo circular y el orden paterno rueda hacia abajo, como un alud. Si bien el maestro había producido una figura competidora del padre, la escuela se limitaba, en principio, a ofrecer a las familias la posibilidad de enviar a los hijos allí donde podían ser educados. Ahora se les obliga a estudiar para sustraerlos a un padre que los deseduca, en nombre de un derecho de los niños o del propio Estado. El padre pobre, urbanizado, privado de sus tierras, de su tradición laboral y de su identidad ha perdido el respeto de los demás, así como el propio. Vuelve a existir cuando, en la nueva situación, que lo pone en contacto de forma horizontal con una infinidad de otros como él, se siente parte de la masa, que equilibra con momentáneos sentimientos de potencia la permanente impotencia. Esta compensación alimentará el movimiento sindical y, lentamente, derrotará a la pobreza. Sin embargo, como padre su miseria carece de precedentes y puede que la perciba, porque ya no sabe qué significa ser padre. El hijo o la mujer no lo comprenden o lo desprecian, el patrón le roba el tiempo en la fábrica y esta última le absorbe el pensamiento en el trabajo; los revolucionarios lo quieren como parte de su doctrina, pero no como padre -una función que Marx cree en su ocaso-, pues ahora están comprometidos con proponer estructuras estatales que reemplacen su creciente inadecuación y le eviten la ilusión de emular a la familia burguesa.
 El problema, sin embargo, no parece sólo material ni únicamente se da en las clases pobres. Todos se encuentran afectados, tanto en la práctica como de forma espiritual. La ausencia material del padre asciende de la base de la sociedad hacia lo alto, así como su desaparición cultural desciende de los estratos elevados a los del proletariado.
 Desde abajo la imagen del padre indigno -la desconfianza de los demás en los padres y de los propios padres en sí mismos- se extiende a otras clases sociales. La clase media urbana no ha sufrido la miseria del proletariado, ni ha perdido el prestigio ni la identidad del cabeza de familia al tiempo que la tierra y el oficio.  Quien posee una profesión paterna boyante desea mantenerla: los comerciantes de París, que en el siglo XVIII dejaban su ocupación a sus hijos en el 75 por ciento de los casos, se reducen  a poco más de un tercio en el siglo siguiente. La huida del padre no sólo golpea donde el infortunio ya ha castigado; no forma parte sólo de la crisis económica sino, además, de una mutación que define una época. No se huye únicamente del callejón sin salida de la pobreza, sino asimismo de un símbolo antes bendito y ahora maldito.
Resultado de imagen de el gesto de hector Luigi zoja También en las clases superiores el padre puede contentarse cada vez menos con la pasividad. Para conservar sus puestos de trabajo son absorbidos por actividades cada vez más complejas, por viajes que los llevan cada vez más lejos, que los hacen invisibles e incomprensibles ante sus hijos. La pérdida de la relación ocurre más tarde, pero de manera no menos radical que en el proletariado. Aquí la familia parece más fuerte. Sin embargo, la circulación de las ideas provoca que la imagen colectiva del padre resulte más vulnerable a la crítica que sufre la autoridad tradicional. La nueva cultura de los valores horizontales se afianza primero en las personas más cultas y, después, desciende hacia los desesperados. La secularización de la sociedad continúa sin detenerse. Si en el plano filosófico es Nietzsche, a fínales del siglo XIX, quien aborda la muerte de Dios, en el plano simbólico su muerte parece el punto de llegada de la eliminación del rey; las dos componen la gran metáfora de la eliminación del padre.
 Mientras esos aspectos se entrelazan, diferencian, a su vez, a los grupos sociales para después reunirlos, se alimentan de manera circular; interviene una novedad que hace más simple, más evidente, más democráticamente universal la ausencia del padre: la guerra mundial, en dos momentos separados por una generación, para consentir a los mismos hombres ser tanto hijos abandonados por el padre como padres alejados del hijo.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Penguin Random House, 2018, en traducción de Manu Manzano. ISBN: 978-84-306-1959-7.]

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Carta a mi madre.- Georges Simenon (1903-1989)

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   «Pasé diecinueve años contigo y casi tantos con Désiré. Tú trabajabas mucho. Él también. La suerte no os reservó muchas alegrías.
 Hoy comprendo que una pareja con hijos ya no es sólo una pareja. Y a veces lo olvida. En la casa, cerca de ellos, hay ojos de niños, casi siempre presentes, que los miran, que los juzgan con el rasero de su joven inteligencia. 
 Creemos ser simplemente padre y madre.
 No es verdad. Somos dos individuos cuyos gustos, palabras y miradas se ven sometidos a un juicio despiadado.
 Ahora que has muerto, ahora que te escribo una de mis escasas cartas, yo también soy padre y, naturalmente, ya no soy despiadado.
 Me pregunto hoy lo que pensarías tú, tan desconfiada, durante las horas que pasaba yo al pie de tu cama, mirándote más intensamente de lo que hubiera deseado. Tal vez te dijeses: "Espera con impaciencia a que fallezca para abandonar el hospital y volver a su casa".
 Y tal vez también la sombra de una sonrisa que por la mañana se te dibujaba entre los labios significara:
 -Como ves, aún estoy aquí...
 Ahora bien, durante todas aquellas horas, yo intentaba comprenderte, conocerte, imaginar a la niña Henriette Brüll que habías sido, pues solamente se conoce de verdad a alguien si se ha conocido su infancia.
 De la tuya sólo sé fragmentos que tal vez correspondan tanto a la leyenda como a la realidad, porque tú hablabas lo menos posible de ella y, en la época de mi juventud, no se permitía preguntar a los padres por su pasado.
 Conozco la Rue Féronstrée y las callejuelas que en ella desembocan. Sé que en una de esas callejuelas viviste con tu madre. También sé que no hablabas francés, sólo un flamenco mezclado con alemán, que hacía que se rieran de ti en las tiendas donde te enviaban a hacer recados.
 Tu padre, también él, es para mí un ser legendario. Fue administrador de una gran propiedad de Limburgo, al borde del canal. Yo fui allí de vacaciones, pues se ocupan de ello unos primos. Tu padre era dyjkmaster (jefe de diques), cosa de la que te mostrabas, con razón, muy orgullosa. En efecto, el dyjkmaster es quien tiene las llaves de las esclusas que permiten inundar la región en caso de sequía, lo que lo convierte en un personaje importante.
 ¿Por qué abandonó Limburgo? Nunca lo dijiste. Vuelvo a verlo en Herstal, en las afueras próximas a Lieja, viviendo con toda su familia en el antiguo castillo de Pepin de Herstal. Poseía cuatro o cinco gabarras y, por lo que sé, era una gran comerciante de madera.
 Tengo una fotografía de él. Es un hombre de rostro enérgico y ojos duros. Era alemán, nacido cerca de la frontera holandesa, y se casó con una holandesa.
 ¿Cómo, por qué vino a Bélgica? ¿Por qué se puso a beber desmesuradamente hacia la edad de cincuenta años? Lo ignoro. El caso es que en una noche de borrachera avaló unas letras de cambio para un amigo, éste quebró y tu padre se encontró de repente en la ruina.
 Así, que tú tenías cinco años cuando abandonaste el antiguo castillo de Herstal. El único recuerdo que de él me confiaste es el de que habías tenido una oveja. Te la habían dado cuando aún era un cordero y, después de que creciese, siempre te negaste a separarte de ella.
 ¿Qué vida se hacía en Herstal? ¿Cómo se produjo la dispersión de tus hermanos y hermanas, todos mucho mayores que tú?
 Ya ves, eso es todo lo que yo habría querido saber, pues me habría ayudado a conocer también a la madre que llegaste a ser.
 Hay grandes vacíos en tu historia, tal como me la han contado. Tengo una fotografía de tu madre, una mujer altiva de facciones regulares, pero tan duras como las de su marido y que mira delante de sí con expresión de desafiar al mundo.
 Esa mujer era la que, cuando llamaban a la puerta del piso, se apresuraba a poner cacerolas al fuego para dar la impresión de estar preparando una comida copiosa.
 Tú has conservado algo de ella. Algo y lo contrario. Tú también eras, madre, orgullosa, pero tenías el orgullo, por así decirlo, de tu humildad. Estabas orgullosa de ser pobre y de no pedir nada a nadie. Te presentabas más pobre de lo que eras, como si fuese una virtud, y a los setenta y un años empiezo a preguntarme si no será verdad.
 Con frecuencia te oía pronunciar estas palabras:
 -Mira, María, nosotros vivimos con lo estrictamente necesario.
 Esas palabras -"estrictamente necesario"- me obsesionaron cuando yo era muy niño. Las consideraba un insulto a mi padre, pues, si mi padre se había casado contigo y había fundado una familia, era porque se consideraba capacitado para hacerse cargo de sus responsabilidades.
 Pero tú eras una Brüll y los Brüll nunca han aceptado ser de clase media y menos aún ser pobres.
 Uno de tus hermanos, al que sólo vi una vez en mi vida, era muy rico y poseía un castillo. Como tu padre, era un personaje importante en Limburgo, donde vendía abonos y grano a los labradores cuya producción compraba más adelante.
 Aquel hermano nunca vino a verte después de tu boda. Nunca entró en nuestra casa. Pero un día en que yo miraba un mueble de madera blanca pintada de color de roble, me confiaste:
 -Mi madre y yo habíamos conservado unos muebles antiguos de la época de mi padre. Un día vino mi hermano y nos dijo que esos muebles, casi desvencijados, no eran prácticos y que iba a substituírnoslos por otros nuevos.
 Mi tío mandó retirar las antigüedades de la familia y las substituyó, generoso, por artículos baratos.
 Eso lo comprendiste. Ahora sé que comprendiste muchas cosas, que numerosos recuerdos para mí desconocidos fueron forjando poco a poco a la mujer que llegó a ser mi madre.
 Yo te miraba. Seguía la expresión de tus ojos a medida que unos u otros entraban. Y, de vez en cuando, te veía cerrar los párpados, como si estuvieras cansada de todo aquello, tanto de las visitas como de mí.   
 Apenas conociste a tu padre, ya que murió cuando tenías cinco años. ¿Conociste a tu madre mucho más tiempo? Ignoro cuándo murió y de qué. Ignoro también qué edad tenías y qué trastornos pudo provocar aquello en tu vida.
 Me produce estupefacción  descubrir el vacío que puede existir entre dos generaciones, cuando cada uno de nosotros, por sus genes, ya que no por su educación, tiene un parecido con sus padres.
 Te conozco, sé que, inmóvil en tu cama del hospital, debiste de preguntarte en qué podía pensar yo durante las horas que pasaba mirándote. Como ya te he dicho, sólo tengo una fotografía de tu padre y para mí sigue siendo una persona a la vez extraordinaria y misteriosa.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1999, en traducción de Carlos Manzano. ISBN: 84-08-46204-0.]