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domingo, 21 de abril de 2024

El cuarto mandamiento.- Booth Tarkington (1869-1946)


Booth Tarkington - Wikipedia, la enciclopedia libre
Capítulo primero


  «El comandante Amberson hizo su fortuna el año 1873, precisamente cuando otras gentes andaban perdiendo las suyas, y de entonces data el comienzo de la magnificencia de los Ambersons. Es la magnificencia, como la importancia de un caudal, relativa siempre, y así lo descubriría el mismísimo Lorenzo el Magnífico si su espíritu visitara el Nueva York contemporáneo; fueron magníficos los Ambersons para su época y para la ciudad en que vivían. Su esplendor subsistió durante todos los años que vieron a su ciudad del Midland extenderse y tornarse sombría hasta llegar a ser grande urbe, mas alcanzó su mayor brillo en aquella época en que todas las familias pudientes y con niños tenían un perro de Terranova.
 En aquella ciudad, y en aquellos tiempos, todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos conocían a todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos, y si alguna compraba un abrigo de piel de foca, hasta las inválidas eran llevadas a la ventana para que lo vieran pasar por la calle. En las tardes de invierno, briosos trotones corrían presurosos por National Avenue y Tennessee Street arrastrando trineos; caballos y conductores eran de todos conocidos; y también los conocían cuando llegado el verano eran los veloces y ligeros tílburis los que renovaban las competencias y carreras del invierno. Todo el mundo conocía los coches familiares de los demás y podía identificarlos en la calle a media milla de distancia, habilidad en extremo útil para asegurarse de quién iba de compras, quién a una fiesta, o a casa desde la oficina o tienda, ya fuera para el almuerzo, ya para la cena.
 Durante los primeros tiempos de esta época predominaba la opinión de que la elegancia personal debía juzgarse más bien por la calidad de las telas usadas que por la forma a éstas dada. No era preciso reformar un vestido de seda al cabo de un año, poco más o menos, de estrenado, pues tal vestido continuaría siendo elegante mientras continuase siendo de seda. Los ancianos y los gobernadores vestían de fino paño negro, de más de veintinueve pulgadas de ancho; el traje de etiqueta era del mismo paño, con pantalones de otro más fino que parecía ante; y no había ningún hombre, fuera su edad la que fuera, que creyese que un sombrero pudiera ser otra cosa que un objeto rígido, alto y sedoso, que los deslenguados conocían con el irreverente nombre de “tubo de chimenea”. Aquellos hombres no hubieran aceptado ninguna otra clase de sombrero ni para la ciudad ni para el campo, y eran capaces de remar en el río tocados con él, sin experimentar embarazo alguno.
 Llegó un día en el que la “última moda” derrocó la aristocracia de la buena calidad. Modistas, zapateros, sombrereras y sastres se hicieron más astutos, lograron mayor autoridad, y hallaron medios de convertir en vieja la ropa nueva. Apareció el sombrero hongo, y se extendió su uso de manera prodigiosa: un año parecía su copa un cubo; al siguiente, más se asemejaba a una cuchara. Aún había en todas las casas un sacabotas, pero las botas altas fueron suplantadas por zapatos y botines, y la forma de los primeros iba mudándose de año en año, siendo ahora sus puntas cuadradas y luego afiladas como la proa de un balandro.
 Los pantalones con raya planchada eran considerados cosa plebeya, pues indicaba aquel doblez que había estado la prenda almacenada en un estante, y por tanto que no fue cortada a la medida. Llamaban a estas prendas compradas hechas, “bajamés”, aludiendo al estante en que esperaron comprador. A principios de la década del 80, cuando privaban con las mujeres flequillos y tontillos, apareció en sociedad un nuevo tipo de petimetre, que recibió el nombre de “pisaverde”: vestía este pantalones ceñidos a la pierna, zapatos de punta afilada como la de un puñal, hongo de “cuchara”, chaqueta recta llamada “Chesterfield”, de faldellines cortos y amplios, cuello cilíndrico y torturador de tres pulgadas, planchado y replanchado hasta que brillaba como un espejo, y rodeaba a este ora con una gran corbata de “plastrón” o con un lacito que no desdijera en la trenza de una muñeca. Cuando de etiqueta se vestía, usaba un abrigo color cuero, tan desmedrado que asomaban por debajo los negros faldones del frac sus buenas cinco pulgadas; pero pasados un par de años se alargó este abrigo de tan desmesurada manera que llegaba a los talones del elegante, y al mismo tiempo aquellos ceñidos pantalones fueron desechados para dar lugar a otros que, de puro amplios, parecían sacos. Pasó el tiempo, y no se volvió a saber del “pisaverde”, aunque la palabra que para él fue inventada permaneció en uso, generalmente con significación peyorativa.
 Fueron aquellas épocas de más abundantes cabellos que la nuestra. Las barbas adoptaban extrañas formas, según el antojo de quienes las llevaban, y no era extraordinario contemplar cosas en verdad inusitadas y sorprendentes. Los bigotes crecían sobre la boca como descuidadas guardamalletas; y fue posible para un señor senador de los Estados Unidos dejarse una sotabarba que más bien parecía desplazado bigote, sin que ello se considerase lo bastante interesante para merecer de los periódicos una sola caricatura. Y esto último basta para demostrar que, no obstante los pocos años transcurridos, era aquella época bien distinta de la actual.
EL CUARTO MANDAMIENTO | BOOTH TARKINGTON | Comprar libro 9788420467351 Al principio de la gran época de los Ambersons, la mayoría de las casas en aquella ciudad del Midland eran de agradable arquitectura. Carecían de estilo, pero también carecían de pretensiones, y todo lo que no es presuntuoso ya de por sí tiene suficiente estilo. Se alzaban bien separadas entre sí, sombreadas por árboles que aún quedaban de los que en otros tiempos formaron bosques; olmos, hayas y nogales, y aquí y allá una alta fila de sicómoros crecían y medraban donde se había rellenado arenales y barrancas con tierra del monte. La casa del “Primer Contribuyente” daba a Military Square, a National Avenue o a Tennessee Street, y estaba edificada de ladrillo, con cimientos de piedra, o de madera con cimientos de ladrillo. Tenía, generalmente, un “porche principal” y un “porche trasero” (y algunas veces un “porche lateral”); tenía un “hall delantero”, un “hall lateral” (y algunas veces un “hall trasero”); del “hall delantero” se pasaba a tres habitaciones: “la salita”, “el cuarto de estar” y “la biblioteca”, y esta última pieza podía justificar su nombre, pues aquellas gentes, por algún motivo sería, acostumbraban comprar libros. Por lo general, la familia estaba más a menudo en la “biblioteca” que en el cuarto de estar, y las visitas, cuando eran de “cumplido”, eran llevadas a “la salita”, lugar éste de pulimento e incomodidad extraordinarios. La tapicería del mobiliario en la biblioteca estaba algo deslucida, pero las hostiles sillas y sofá de la “salita” siempre parecían nuevos. Y, verdaderamente, por lo que se usaban bien pudieran haber durado mil años.
 Las alcobas estaban arriba: el cuarto de los padres, el más espacioso; uno algo más reducido para uno o dos hijos varones; otro para una o dos hijas. Cada una de estas alcobas tenía una cama de matrimonio, un “palanganero”, un “buró”, un armario, una mesita, una mecedora y, algunas veces, un par de sillas ligeramente averiadas en el piso bajo, pero en buen uso, y no parecía justificado el gasto de repararlas, ni discreto arrinconarlas por tan poca cosa en el desván. También había siempre un cuarto para huéspedes, en el cual era acostumbrado guardar la máquina de coser. Alrededor de 1870 comenzó a desarrollarse la opinión de que era necesario un cuarto de baño. Esto determinó que los arquitectos colocasen cuartos de baño en las casas nuevas; y las antiguas procuraron no quedarse atrás, para lo cual se sacrificaban los espaciosos armarios roperos de pared, y en el hueco así dejado se instalaba una tina, y junto al fogón de la cocina un calentador de agua. Esa planta siempre viva de la flora americana, los tradicionales chistes acerca de los usos, costumbres y tardanzas de los fontaneros, fue plantada en la vida nacional por aquel entonces.
 En la parte trasera de la casa, arriba, había una triste y angosta cámara llamada “el cuarto de la chica”, y en la cuadra, junto al pajar, otra alcoba llamada “el cuarto del criado”, sirviente admirable que para todo valía.
 Casa y cuadra costaban de siete a ocho mil dólares, y la gente que podía invertir cantidades de esa importancia en tales comodidades era llamada Los Ricos. Pagaban éstos a la habitante de «el cuarto de la chica» dos dólares a la semana, ya adelantada la época de que hablamos, dos dólares y medio, y muy a finales, tres dólares. Era «la chica», por lo común, irlandesa o alemana, o quizá escandinava, pero jamás indígena, como no fuese negra. “El criado”, que vivía en la cuadra, gozaba de emolumentos semejantes, y aunque también él era a veces un emigrante recién llegado en la cala del barco, por lo general se trataba de un hombre de color.
 Cuando salía el sol y era amable la mañana, los corrales de detrás de la cuadra presentaban un aspecto bien alegre: risas y voces llenaban el aire a todo lo largo de los polvorientos cobertizos, acompañadas de sonoros golpes dados con las almohazas contra las cercas y muros de la cuadra, pues los “morenos” gustaban de almohazar sus caballos en el patio. Prefieren siempre los «morenos» chismorrear a voces mejor que cuchicheando, y opinan que una palabrota, para que satisfaga a quien la dice, ha de pronunciarse con voz recia y sonora, y que si no, más vale callar. Allí la gente menuda aprendía frases abominables que luego repetían ante sus mayores pidiendo cumplida exégesis de su contenido, con frecuencia en momentos muy inoportunos. Los niños de menos desarrollada curiosidad se limitaban a repetir las frases en ocasiones de apuro o agobio, lo que atraía sobre sus cabezas tales consecuencias que solían recordarlas hasta ya muy entrados en años.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2005, en traducción de Fernando Santos, pp.10-14. ISBN: 978-84-2046-735-1.]

sábado, 3 de julio de 2021

Memorias.- François Timoléon, abate de Choisy (1644-1724)


Resultado de imagen de abate de choisy «Me ordenáis, señora, que escriba la historia de mi vida; ni pensarlo, pues no veríais en mi relato ni ciudades tomadas al asalto ni batallas victoriosas. La política no brillaría más que la guerra. Bagatelas, pequeños placeres, niñerías: no esperéis otra cosa. Un natural feliz, tiernas inclinaciones, nada negro en el espíritu, alegría por doquier, necesidad de gustar, pasiones vivas: virtudes en el bello sexo, defectos en un hombre. Si vos os sentirías avergonzada de leer, ¿cómo debería sentirme yo al escribir? Podría excusarme en una mala educación, pero no se me disculparía. Mas, sin duda se trata de argumentos inútiles. Vos ordenáis, yo obedezco. Pero aceptar que os obedezca por partes; escribiré algún acto de mi comedia sin ninguna relación con el resto; por ejemplo, me apetece contaros las grandes y memorables aventuras del barrio de Saint-Marceau.
 Es extraño que sea imposible deshacerse de una costumbre de la infancia: mi madre me acostumbró a llevar vestidos femeninos desde mi nacimiento y continué llevándolos en mi juventud; hice teatro durante cinco meses como muchacha en una gran ciudad sin que nadie se diera cuenta del engaño; tenía pretendientes a los que concedía pequeños favores, pero era muy reservado con ellos en cuanto a los grandes; todos se hacían lenguas de mi recato.
 Disfrutaba del mayor placer que se puede gustar en este vida; el juego, que siempre me ha perseguido, me curó de esas bagatelas durante algunos años, pero cada vez que me arruiné y quise dejar el juego, recaí en mi antigua debilidad y volví a convertirme en mujer. Con este propósito compré una casa en el barrio de Saint-Marceau, en medio de la burguesía y el pueblo, para poder vestirme a mi antojo entre personas que no criticarían lo que yo hiciera. Empecé por volverme a agujerear las orejas, pues los antiguos orificios se habían cerrado, me puse corsés bordados y batas dorada sy negras con adornos de raso blanco, un cinturón convexo y un gran moño de cintas detrás para marcar el talle, una larga cola que me arrastraba, una peluca muy empolvada, pendientes, lunares postizos, una cofia y una fontange. Al principio sólo llevaba una bata negra cerrada por delante con una abotonadura que llegaba hasta abajo y una cola de medio metro que me llevaba un lacayo, una peluca pequeña y poco empolvada, pendientes muy sencillos y dos grandes emplastos de terciopelo en las sienes. Vestido así fui a visitar al cura de Saint-Médard, que elogió mucho mi atuendo y me dijo que tenía más encanto que muchos curas, con sus casacas y sus capitas que no inspiraban ningún respeto; pues ése era poco más o menos el hábito de muchos curas de París. Fui también a ver a los sacristanes de la parroquia, que me habían alquilado un banco frente al púlpito del predicador, y después hice todas las visitas de mi barrio, a la marquesa de Usson, a la de Ménieres y a todas mis demás vecinas. No me puse otro vestido durante un mes y no falté ningún domingo a misa mayor ni al sermón del señor cura, lo que lo complació mucho. Iba también una vez por semana, con el señor vicario y el señor Garnier, a quien había escogido como confesor, a visitar a los pobres vergonzantes y a hacerles alguna caridad; pero, al cabo de un mes, me desabroché tres o cuatro botones del escote para dejar entrever un corpiño de moaré plateado que llevaba debajo. Me puse unos pendientes de diamantes que le había comprado cinco o seis años antes al joyero Lambert, mi peluca se hizo más larga y empolvada y cortada de manera que dejaba ver por completo los pendientes, y me puse tres o cuatro lunares pequeños alrededor de la boca y en la frente. Estuve aún un mes sin arreglarme más a fin de que todo el mundo se fuese acostumbrando insensiblemente y creyese verme siempre igual, lo que así ocurrió. Cuando vi que mi plan tenía éxito, me desabroché cinco o seis botones del bajo del vestido para dejar que se viese una falda de raso negro con lunares, cuya cola tenía la misma longitud que la del vestido; llevaba además debajo una enagua de damasco blanco, que sólo se veía cuando me llevaban la cola. Ya no me ponía calzones, pues me parecía que hacía más mujer y no tenía frío porque era verano. Llevaba una corbata de muselina cuyas borlas caían sobre un gran lazo de cinta negra sujeto a la parte superior del vestido, lo que no impedía que se me vieran los hombros, que conservaba muy blancos gracias al gran cuidado que tuve toda la vida. Todas las noches me lavaba el cuello y el escote con agua de ternera y pomada de pies de carnero, que conservaban la piel blanca: así acostumbré poco a poco a la gente a verme arreglado. Estaba dando una cena a la señora de Usson y otras cinco o seis vecinas, cuando vino el señor cura a visitarme a las siete de la tarde; le rogamos que cenase con nosotras; era un buen hombre y se quedó.
Resultado de imagen de abate de choisy -Desde ahora –me dijo la señora de Usson- os llamaré señora.
 Me hizo girar y girar ante el señor cura, diciéndole:
 -¿No tenemos aquí a una hermosa dama?
 -Es verdad –contestó él-: pero, ¿no se trata de un disfraz?
 -No señor –le dije yo-, no, de hoy en adelante voy a vestir siempre así. Sólo llevo vestidos negros forrados de blanco o blancos forrados de negro, por lo que no puede reprochárseme nada. Estas señoras me aconsejan, como veis, esta forma de vestir y me aseguran que no me sienta mal. Además, os diré que, cenando hace dos días en casa de la marquesa de Noailles, llegó su señor cuñado de visita y elogió mucho mi vestimenta, y delante de todo el mundo me llamaba “señora”.
 -¡Ah! –exclamó el señor cura-. Me rindo ante semejante autoridad y reconozco, señora, que estáis muy bien.
 Anunciaron que la cena estaba servida; permanecimos a la mesa hasta las once y mis criados acompañaron luego a su casa al señor cura. Desde entonces lo visitaba y no tuve reparos en ir a todas partes en bata y todo el mundo se acostumbró.

 He buscado saber de dónde me viene un placer tan extravagante. Helo aquí: lo propio de Dios es ser amado, adorado; el hombre ambiciona lo mismo tanto como su debilidad se lo permite; pero, como la belleza es lo que hace nacer el amor y ella es ordinariamente privilegio de las mujeres, cuando sucede que los hombres tienen o creen tener algunos rasgos de belleza capaces de provocar amor, intentan aumentarlos con adornos femeninos, que son muy favorecedores. Sienten ellos entonces el inexpresable placer de ser amados. Yo he sentido más de una vez lo que digo por dulce experiencia, y cuando, hallándome en bailes o teatros ataviado con hermosos vestidos, diamantes y lunares, he escuchado decir en voz baja a mi alrededor “¡Mira qué persona más hermosa!” he gustado de un placer que no se puede comparar con nada, tan intenso es. Ni la ambición, ni la riqueza y ni siquiera el amor, lo igualan, porque nos amamos más a nosotros mismos de lo que amamos a los demás.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Laertes, 1999, en traducción de Marina Pino, pp. 23-27. ISBN: 84-7584-396-4.]    
      

lunes, 21 de junio de 2021

Autorretrato.- Édouard Levé (1965-2007)


Resultado de imagen de edouard leve «Pocas veces me fumo más de diez cigarros al día, mi garganta tiene un indicador natural que hace que me dé asco si fumo más. Puedo pasar días sin fumar. He dejado de fumar varias veces sin querer, siempre de la misma forma: cojo anginas, dejo de fumar y, una vez curado, se me olvida volver a fumar. Fumo tabaco de liar porque se consume a la velocidad a la que le doy las caladas, si se apaga lo vuelvo a encender, el tabaco que viene liado se consume solo y me impone un ritmo del que no quiero sentirme esclavo. Tengo un amigo que asegura que a las tres de la tarde es cuando el metro va más vacío y que, por lo tanto, habría que cogerlo siempre a esa hora. A veces escribo en el ordenador con los ojos cerrados y me recreo con la idea de las faltas de mecanografía que la lectura me revelerá más tarde. Ignoro más de lo que sé sobre mi cuerpo. Sé que tengo una cabeza, un cerebro derecho, un cerebro izquierdo, dos ojos, dos orificios nasales, dientes, un labio inferior y un labio superior, sé que tengo diez dedos al final de dos manos al final de dos brazos unidos a mi tronco por los hombros, sé que tengo pelo en el pecho, un cuello, dos pezones, costillas en número desconocido, un pene, dos testículos, dos nalgas, dos muslos, dos piernas, dos pies, sé que tengo un estómago, un corazón, un intestino grueso y un intestino delgado, un hígado, una tráquea, sangre, una garganta, una lengua, cuerdas vocales y dos orejas, no sé cuántos músculos tengo, cuánto me pesan los huesos, cuántas neuronas tengo ni a qué velocidad se renuevan, desconozco el volumen de mi sangre, no me he visto ningún órgano interno, hay ciertas partes de mi cuerpo que sólo he visto por mediación de un espejo, hay ciertas partes de mi cuerpo que no he visto, ni siquiera con la mediación de un espejo, pero no sabría decir cuáles. Sigo a los locos por la calle. No soy anarquista. No soy comunista. No soy socialista. No soy de derechas. Soy demócrata. Le doy importancia a los asuntos de la ecología. He votado a los verdes en todas las elecciones. Hasta los catorce pasaba la mayoría de los fines de semana en una casa de campo en la que, visto a posteriori, creo haberme aburrido mucho, aunque en su momento no era consciente. En poesía no me gusta la ejercitación de la lengua, me gustan los hechos y las ideas. Me interesan más la neutralidad y el anonimato de la lengua común que los intentos de los poetas por crear su propia lengua, el informe de los hechos me parece la poesía no poética más bella que hay. Suelo utilizar la palabra suelo. Cuando escribo suelo utilizar la palabra mucho, pero la elimino al releer. Sueño con una escritura blanca, pero no existe. No sé cuántas palabras conozco. Me pregunto si, puesto que con el tiempo olvido palabras y ahora aprendo menos que en el pasado, eso significa que cada vez utilizo menos palabras. Suelo tener miedo de defraudar a mis interlocutores. Me cuesta hablar en público de otra cosa que no sea yo. Mi persona es un tema inagotable para mí. Como me gusta que la gente me hable de sí misma, no tengo ningún escrúpulo a la hora de hablar de mí. Hago muchas preguntas sobre la vida privada de mis interlocutores, sobre todo si no los conozco. Prefiero que me cuenten una exposición a verla con mis propios ojos. No miento. Creo que ya no creo en Dios pero de vez en cuando, por la noche, me pregunto si es verdad que ya no creo. Ya no me acuerdo de a qué edad empecé a creer en Dios. Calculo que antes de los catorce creía en Dios por imitación, entre los catorce y veintiuno tenía fe y después dejé de creer gradualmente hasta que un día me di cuenta de que ya no creía. Cuando creía me representaba a Dios como a un abuelo con túnica y barba blancas, se me aparecía en contrapicado, como en un fresco. No me gustan las entrevistas de trabajo en las que le enseño mis trabajos a gente que me recibe por compromiso, más que por voluntad propia, sobre todo si hojean mis porfolios muy rápido, en cuanto a las entrevistas de trabajo que van bien, no siempre me agradan, sobre todo si acaban en un encargo en el que creo a medias pero con el que finjo estar entusiasmado. Cuando duermo bien, me imagino este proyecto: pasarme días sin dormir, para experimentar la impresión de estar bajo los efectos de una droga natural. Cuando duermo mal, me imagino este proyecto: dormir durante cuarenta y ocho horas, para experimentar así la impresión de estar bajo los efectos de una droga natural. En el extranjero comer se convierte en un problema, los menús son incomprensibles, pido los platos al azar y en general me llevo sorpresas agradables, aunque, o porque, la naturaleza de los platos es imprevisible, y el orden, contra natura. Me afecta por igual una buena noticia que una mala, una noticia mala puede volverse buena, la mala noticia de verdad sería que no hubiese ninguna noticia. Estando en la calle una vez, miré el reloj con una lata de Coca-Cola en la mano derecha, me tiré la mitad de la lata en el pantalón, por suerte nadie me vio, nunca se lo he contado a nadie. No he leído a Platón, pero he leído muchos artículos que lo citan, por lo que tengo la falsa impresión de conocerlo, como esos libros que tengo desde hace tiempo y que nunca he abierto. Para que no me pillen en falta, evito citar a Platón al hablar. Me parece arriesgado evocar el pensamiento de un autor que sólo conozco en parte, aunque no creo que conozca a ninguno íntegramente. La tormenta me exalta como un enemigo. Me puedo tomar tres tazones de café americano sin empacharme, pero no más de un expreso francés, ni de un expreso italiano. En el extranjero, orinar y defecar se convierten en un problema, pero no más que fuera de casa en mi propio país. No he conducido un camión, ni un avión, ni un helicóptero ni un cohete, he conducido coches y motos de todas las cilindradas, barcos y bicicletas. Sé hacer esquí alpino, esquí náutico, skateboard, patinaje sobre ruedas, windsurf, pero no sé hacer ni surf ni snow. Si alguien dice “Monsieur Paul” en vez de “Paul”, tengo que superar cierta aprensión para seguir hablando con él sin reírme por dentro y sin sentirme culpable. Nunca llevo cuello vuelto, me irrita la piel. Evito los jerséis de lana virgen porque me dan picores y despiden un olor que me recuerdan a la irritación que me salía cuando, de pequeño, me obligaban a ponérmelos. No me gusta ponerme jerséis de cuello estrecho con el pelo todavía mojado. Dejé de ir al peluquero cuando tenía catorce años por el olor de la laca, por el rechinar sobre el pelo mojado de los dedos de la que me lavaba la cabeza y por el dolor de nuca que me entraba en el lavabo en forma de U. Me corto yo mismo el pelo, cosa que impresiona a mis amigos, ya que, con la experiencia, me sale bastante bien. He visto demasiadas muertes gesticulantes por televisión. Colecciono las tarjetas de invitación de las exposiciones con el propósito de hacer un inventario dentro de dos o tres décadas, pero cada cuatro años las tiro todas por falta de espacio, y, tiempo después, vuelvo a empezar. Me gustaría guardar todas las postales que recibo, pero al final las tiro al cabo de los años, salvo las de mis mejores amigos. Me pregunto si mis amigos tirarán las postales tan elaboradas que les mando. Soy capaz de repetir palabra por palabra frases u opiniones que oigo, simplemente porque me parecen justas y no veo por qué modificarlas para apropiarme de ellas. No estoy muy seguro de poder servir de ejemplo a la juventud. A los diez años, un día me estaba comiendo un bocadillo de jamón york cuando de repente noté un fuerte olor a tabaco, aunque no había nadie fumando a mi alrededor, y al olor se le unió un sabor agrio en la boca, había una colilla de tabaco negro dentro del pan, acababa de darle un mordisco. A diferencia de un amigo de un amigo, no me he encontrado un renacuajo en un queso fresco.
Resultado de imagen de edouard leve autorretrato 451 editores Cuando en invierno hay un sol intenso sin ninguna nube que lo oscurezca y la luz fría recorta secamente las sombras, podría fotografiar lo que sea y a quien sea. En los servicios públicos me protejo los dedos con papel higiénico para tirar de la cadena, pongo papel sobre la taza antes de sentarme, me lavo las manos cuando salgo y, a veces, también al entrar. No he esperado ningún tren ni ningún avión que no haya llegado, pero sí a gente. Es raro que me haga amigo de alguien que no avisa con tiempo de que no se va a presentar a una cita. No cortejo a mujeres caprichosas. Para sentirme seguro, si estoy perdido en una ciudad extranjera, voy al supermercado, es un lugar familiar, aunque, al mirar de cerca, ningún producto se parece a los que yo conozco, puedo, por ejemplo, sentirme completamente perdido en la sección de los yogures. Me siento atraído por las mujeres generosas con el tiempo, con las sonrisas, con la conversación, con el afecto y con el deseo físico. Prefiero estar en la cima de una montaña que al pie. Bajo los escalones de uno en uno y los subo de dos en dos. He ido a pescar menos de cinco veces  y todas antes de los quince. Le pegué un tiro a un faisán con una carabina y lo maté. Les he arrancado las alas a unas treinta moscas, les he quitado las patas traseras a igual número de saltamontes. En Beauce, aplasté cien hormigas soldado en un tilo. He destruido a puntapiés un hormiguero. Quería mucho a un perro al que mis padres tuvieron que poner la inyección porque se había vuelto loco, esa fue mi primera experiencia con la muerte. Estaba sentado en una terraza de una calle cercana a la Bastilla, la mochila con mi lujosa cámara colgada de la silla que pegaba a la carretera, un adolescente la cogió y echó a correr, lo vi al instante, pero me hicieron falta unos segundos para aceptar la idea de que me estaban robando, entonces me levanté y empecé a correr, cuando comprendí  que no lo iba a coger, grité sin mucha convicción: “Al ladrón, al ladrón”, soltó la mochila al instante. No me acuerdo de si lloré cuando, a la vuelta de la semana blanca, mis padres me comunicaron que Pirouette, mi hámster, había muerto durante mi ausencia. Mi padre me regaló una carabina del 22 de rifle largo por mi decimotercero cumpleaños, cosa que asustó al resto de la familia. Me gustaba la forma de mi carabina, pero me daba coraje que sólo pudiese pegar un tiro, e imaginaba que, en caso de ataque a la casa, tendría que ingeniármelas para que los asaltantes creyeran que era de repetición. Mi carabina disparaba plomillos y no cartuchos, lo que la hacía poco ofensiva a los ojos de los seres humanos, es decir, de los asesinos en potencia. Aunque no cazo, mi padre me dio la escopeta de caza de mi abuelo, con la que a veces he considerado la posibilidad de suicidarme. Hago más cosas cuando tengo poco tiempo que cuando tengo mucho. Tuve un sueño en el que iba paseando con mi padre, que a la vez era Raphaél Ibáñez, por un instituto lleno solo de chicas altas y rubias con zapatillas Converse, después nos bañábamos en un río azucarado, cuyo cauce conducía a una gruta recubierta de berro, nos comimos hasta las paredes antes de volver al instituto, imbuidos de deseo. Cuando viajo de pasajero en un coche, voy mirando cómo suben y bajan los hilos de los postes eléctricos como el malvavisco en una tienda de chucherías. La naturaleza se me antoja menos hospitalaria que la ciudad. Una casa en construcción puede llegar a interesarme más que una escultura minimalista, porque, al ser accidental el interés por la primera, me siento más autor que espectador de la “obra”. Un amigo mío cantaba las primeras palabras de los estribillos en inglés y después seguía con una serie de onomatopeyas porque la comprensión se le agotaba en ese punto. De pequeño se me repetía esta pesadilla: la gravedad ha desaparecido, la humanidad se dispersa, mis íntimos se alejan de mí sin esperanza de volver , cada uno es el centro de un universo en expansión infinita. Aunque no es un gran regalo, les doy las gracias a mi padre y a mi madre por haberme dado la vida. Cuando me tumbo en la hierba, me acuerdo del vértigo que me daba a los seis años pensar, tumbado en la hierba, que la gravedad se acababa y me caía del cielo.»

    [El texto pertenece a la edición en español de 451 Editores, 2009, en traducción de Julia Osuna Aguilar, pp. 59-68. ISBN: 978-84-96822-78-8.]

viernes, 29 de enero de 2021

Antiimperialismo. Patriotas y traidores.- Mark Twain (1835-1910)

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3.-Rusia
Soliloquio del Zar (North American Review, marzo de 1905)

  «Después de su baño matinal, el Zar acostumbra a meditar durante una hora antes de vestirse (Corresponsalía del London Times).
 (Mirándose en el espejo). Desnudo, ¿qué soy? Una caricatura delgada, arrugada y con piernas de araña, a imagen de Dios. Mirad la cabeza de cera, la cara con expresión de melón, las orejas apantalladas, los codos nudosos, el pecho hundido, las espinillas afiladas y luego los pies, callosos, nudosos, ¡la imitación de una radiografía! No hay nada imperial en esto, nada imponente ni impresionante, nada que provoque respeto y reverencia. ¿Es ante esto que ciento cuarenta millones de rusos besan el suelo? ¿A esto reverencian? ¡No, evidentemente! Nadie podría reverenciar este espectáculo, que soy yo. Pero entonces, ¿a quién, a qué reverencian? En privado, nadie lo sabe mejor que yo: a mis ropas. Sin mis ropas estaría tan destituido de autoridad como cualquier otra persona desnuda. Nadie me diferenciaría de un cura, un barbero o un petimetre. Luego, ¿quién es el verdadero Emperador de Rusia? Mis ropas. Nadie más.
 Como sugiriese Teufelsdrockh, ¿qué sería el hombre, cualquier hombre, sin sus ropas? Tan pronto como nos detenemos a reflexionar sobre esa proposición, comprendemos que sin sus ropas un hombre no sería nada en absoluto; que la ropa no sólo hace al hombre, la ropa es el hombre. Sin ella somos un cero a la izquierda, un vacío, no somos nadie, no somos nada.
 Los títulos, otra artificialidad, son parte de su vestuario. Éstos y la lencería esconden la inferioridad de quien los usa, haciéndole sentir grande, una maravilla, cuando en el fondo nada hay de destacable en él. Pueden hacer que toda una nación caiga de rodillas y reverencie sinceramente a un emperador que, sin sus ropas y sin su título, caería al nivel de un zapatero y sería engullido y perdido de vista en la multitud de los irrelevantes. Un emperador que, desnudo en un mundo desnudo, no sería noticia, no llamaría la atención, sería distraídamente atropellado como cualquier otro extraño sin importancia; quizá hasta le ofrecieran un kopek para cargar la maleta de alguien. Un emperador que, por el mero poder de esas artificialidades, su ropa y su título, llegue a ser reverenciado como una deidad por su pueblo, al mismo tiempo que por puro placer puede desterrarlos, perseguirlos, destruirlos, como lo haría un matador de ratas si un accidente del destino le hubiese otorgado esta vocación, más apropiada a sus capacidades que el ejercicio del gobierno. Es un poder estupendo el que reside en los ropajes y los títulos que todo lo ocultan; llenan de respeto a quien los mira, le hacen temblar, por más que sepa que toda dignidad real hereditaria no es más que una usurpación, un poder ilegítimamente adquirido, una autoridad conferida por personas que carecían de ella. Pues los monarcas sólo han sido elegidos por la aristocracia, una nación jamás ha elegido uno.
 No existe poder sin ropas. Es el poder el que gobierna a la raza humana. Si desnudamos a sus jefes, ningún Estado podría ser gobernado. Los funcionarios, desnudos, no ejercerían ninguna autoridad; lucirían (y serían) como cualquier otro: un lugar común, algo inconsecuente. Un policía vestido de particular es un hombre, con su uniforme es diez hombres. La ropa y los títulos son la cosa más potente, la influencia más formidable sobre la tierra. Son las que llevan a la gente a respetar voluntaria y espontáneamente al juez, el general, el almirante, el obispo, el embajador, el frívolo conde, el duque idiota, el sultán, el rey, el emperador. Ningún gran título es eficiente sin un vestuario que lo apoye. En las tribus de salvajes desnudos, los reyes usan alguna tela o decoración que ellos mismos definen como sagradas y no permiten que nadie más las use. El rey de la gran tribu Fan usa un trozo de piel de leopardo sobre su hombro, es algo exclusivo de la realeza; aparte de eso, va totalmente desnudo. Sin su trozo de piel de leopardo para impresionar e imponer respeto, no conservaría su empleo.
 (Después de un silencio). ¡Qué curiosa invención, qué inexplicable invención la raza humana! Incontables millones de rusos han permitido durante siglos que nuestra familia los robe, insulte, pisotee, mientras ellos vivían, sufrían y morían sin otro propósito ni función que asegurar el confort de esa familia. Esa gente es como caballos, sólo eso, caballos con ropas y una religión. Un caballo con la fuerza de cien hombres dejaría que un hombre lo golpee, lo mate de hambre, lo conduzca: millones de rusos permiten que un puñado de soldados los mantengan en la esclavitud, ¡y esos mismos soldados son sus hijos y sus hermanos!
 Es algo extraño cuando se piensa en ello: el mundo aplica al Zar y a su sistema los mismos axiomas morales que están de moda y son aceptados en los países civilizados. Puesto que en estos países se considera incorrecto deshacerse de los opresores si no es mediante procesos legales, se pretende aplicar la misma regla con Rusia, donde no existe nada parecido a la ley; excepto la de nuestra familia. Las leyes no son más que restricciones, no tienen otra función. En los países civilizados restringen a todos y los restringen por igual, cosa que me parece justa e imparcial; pero en Rusia, las leyes existentes hacen una excepción: nuestra familia. Hacemos lo que nos place, lo hemos hecho durante siglos. Nuestra profesión habitual ha sido el crimen; nuestro pasatiempo habitual, el asesinato; nuestra bebida habitual, la sangre, la sangre de la nación. Sobre nuestros rosarios yacen millones de muertos. Pero los píos moralistas consideran que es un crimen asesinarnos. Nosotros y nuestros tíos somos una familia de cobras a cargo de ciento cuarenta millones de conejos, a quienes torturamos y asesinamos, y de quienes nos alimentamos todos los días. Pero aun así los moralistas insisten en que matarnos es un crimen, no un deber.
Resultado de imagen de Antiimperialismo patriotas y traidores  No me corresponde a mí decirlo en voz alta, sino a alguien dentro mío, como yo: todo esto es ingenuamente irrisorio, ilógico. Nuestra familia está por encima de la ley; no hay ley que pueda alcanzarnos, limitarnos, proteger al pueblo de nosotros. Por lo tanto, somos unos proscritos. Los proscritos son un blanco adecuado para la bala de cualquiera. ¡Ah, qué haría nuestra familia sin los moralistas! Siempre han sido nuestro sostén, nuestro apoyo, nuestros amigos; hoy son nuestros únicos amigos. Siempre que ha habido oscuras propuestas de asesinato, el moralista ha avanzado y nos ha salvado con su máxima proverbial: “Absteneos: nunca nada políticamente valioso se ha conseguido mediante la violencia”. Probablemente él se lo crea. Probablemente no haya tenido nunca un libro escolar de historia universal, que le haya enseñado que su máxima no está respaldada por las estadísticas. Todos los tronos se han establecido mediante la violencia, ninguna tiranía monárquica ha sido derrocada jamás sino mediante la violencia, fue mediante la violencia que mis antecesores afianzaron nuestro trono. Durante siglos lo han mantenido gracias al asesinato, la traición, el perjurio, la tortura, el destierro y la prisión; y por los mismos medios hoy yo lo sigo conservando. Nunca existió un Romanoff educado y con experiencia que no revirtiese esa máxima, afirmando: “Nada políticamente valioso se ha conseguido jamás sin el uso de la violencia”. El moralista comprende que hoy, por primera vez en nuestra historia, mi trono está realmente en peligro y la nación está despertando de su inmemorial letargo de esclavitud. Pero lo que él no comprende es que tal cosa se debe a cuatro actos de violencia: el asesinato de la Constitución de Finlandia por mi mano; la matanza de Bobrikoff y Plehve por revolucionarios asesinos; y la masacre de inocentes que ordené hace unos días. Pero la sangre que corre por mis venas, sangre instruida, entrenada, educada por sus terribles herencias, sangre vigilante de sus tradiciones, sangre que ha ido a la escuela durante cuatro siglos en las venas de asesinos profesionales, mis predecesores; ¡ella percibe, ella entiende! Esos cuatro actos han provocado una conmoción en las inertes y cenagosas profundidades del corazón nacional que ninguna persuasión moral hubiera logrado; han despertado el odio y la esperanza en ese corazón largamente atrofiado y, poco a poco, lenta pero seguramente, ese sentimiento penetrará en todos los pechos y los poseerá. A su debido tiempo, hasta en el pecho del soldado; día fatal ese, día del juicio final. Poco a poco habrá consecuencias. ¡Qué poco sabe el moralista académico del tremendo poder moral de la masacre y el asesinato! Sin duda que habrá consecuencias. La nación está por parir y pronto habrá un poderoso nacimiento: ¡EL PATRIOTISMO! Para decirlo con palabras rudas, simples y desagradables: el verdadero patriotismo, el patriotismo real; la lealtad, pero no a una familia y a una ficción, sino la lealtad a la nación misma.
 Hay veinticinco millones de familias en Rusia. Hay un niño-hombre en el regazo de cada madre. Si fuesen veinticinco millones de madres patrióticas, deberían repetirles cada día a sus hijos-hombres: “Recuerda esto, guárdalo en tu corazón, vive por ello, muere por ello si fuese necesario: que nuestro patriotismo es medieval, gastado, obsoleto; y que el nuevo patriotismo, el único patriotismo racional, es la lealtad a la nación TODO el tiempo, lealtad al gobierno cuando se lo merezca”. Cuando dentro de una generación haya en esta tierra veinticinco millones de patriotas educados y entrenados, mi sucesor tendrá que pensárselo dos veces antes de hacer asesinar a un millar de pobres e indefensos que sólo piden humildemente bondad y justicia, como yo hice el otro día.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Icaria Editorial, 2006, en traducción de Ángelo Ponziano y Mercè Ubach, pp. 89-92. ISBN: 84-7426-893-1]