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domingo, 21 de abril de 2024

El cuarto mandamiento.- Booth Tarkington (1869-1946)


Booth Tarkington - Wikipedia, la enciclopedia libre
Capítulo primero


  «El comandante Amberson hizo su fortuna el año 1873, precisamente cuando otras gentes andaban perdiendo las suyas, y de entonces data el comienzo de la magnificencia de los Ambersons. Es la magnificencia, como la importancia de un caudal, relativa siempre, y así lo descubriría el mismísimo Lorenzo el Magnífico si su espíritu visitara el Nueva York contemporáneo; fueron magníficos los Ambersons para su época y para la ciudad en que vivían. Su esplendor subsistió durante todos los años que vieron a su ciudad del Midland extenderse y tornarse sombría hasta llegar a ser grande urbe, mas alcanzó su mayor brillo en aquella época en que todas las familias pudientes y con niños tenían un perro de Terranova.
 En aquella ciudad, y en aquellos tiempos, todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos conocían a todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos, y si alguna compraba un abrigo de piel de foca, hasta las inválidas eran llevadas a la ventana para que lo vieran pasar por la calle. En las tardes de invierno, briosos trotones corrían presurosos por National Avenue y Tennessee Street arrastrando trineos; caballos y conductores eran de todos conocidos; y también los conocían cuando llegado el verano eran los veloces y ligeros tílburis los que renovaban las competencias y carreras del invierno. Todo el mundo conocía los coches familiares de los demás y podía identificarlos en la calle a media milla de distancia, habilidad en extremo útil para asegurarse de quién iba de compras, quién a una fiesta, o a casa desde la oficina o tienda, ya fuera para el almuerzo, ya para la cena.
 Durante los primeros tiempos de esta época predominaba la opinión de que la elegancia personal debía juzgarse más bien por la calidad de las telas usadas que por la forma a éstas dada. No era preciso reformar un vestido de seda al cabo de un año, poco más o menos, de estrenado, pues tal vestido continuaría siendo elegante mientras continuase siendo de seda. Los ancianos y los gobernadores vestían de fino paño negro, de más de veintinueve pulgadas de ancho; el traje de etiqueta era del mismo paño, con pantalones de otro más fino que parecía ante; y no había ningún hombre, fuera su edad la que fuera, que creyese que un sombrero pudiera ser otra cosa que un objeto rígido, alto y sedoso, que los deslenguados conocían con el irreverente nombre de “tubo de chimenea”. Aquellos hombres no hubieran aceptado ninguna otra clase de sombrero ni para la ciudad ni para el campo, y eran capaces de remar en el río tocados con él, sin experimentar embarazo alguno.
 Llegó un día en el que la “última moda” derrocó la aristocracia de la buena calidad. Modistas, zapateros, sombrereras y sastres se hicieron más astutos, lograron mayor autoridad, y hallaron medios de convertir en vieja la ropa nueva. Apareció el sombrero hongo, y se extendió su uso de manera prodigiosa: un año parecía su copa un cubo; al siguiente, más se asemejaba a una cuchara. Aún había en todas las casas un sacabotas, pero las botas altas fueron suplantadas por zapatos y botines, y la forma de los primeros iba mudándose de año en año, siendo ahora sus puntas cuadradas y luego afiladas como la proa de un balandro.
 Los pantalones con raya planchada eran considerados cosa plebeya, pues indicaba aquel doblez que había estado la prenda almacenada en un estante, y por tanto que no fue cortada a la medida. Llamaban a estas prendas compradas hechas, “bajamés”, aludiendo al estante en que esperaron comprador. A principios de la década del 80, cuando privaban con las mujeres flequillos y tontillos, apareció en sociedad un nuevo tipo de petimetre, que recibió el nombre de “pisaverde”: vestía este pantalones ceñidos a la pierna, zapatos de punta afilada como la de un puñal, hongo de “cuchara”, chaqueta recta llamada “Chesterfield”, de faldellines cortos y amplios, cuello cilíndrico y torturador de tres pulgadas, planchado y replanchado hasta que brillaba como un espejo, y rodeaba a este ora con una gran corbata de “plastrón” o con un lacito que no desdijera en la trenza de una muñeca. Cuando de etiqueta se vestía, usaba un abrigo color cuero, tan desmedrado que asomaban por debajo los negros faldones del frac sus buenas cinco pulgadas; pero pasados un par de años se alargó este abrigo de tan desmesurada manera que llegaba a los talones del elegante, y al mismo tiempo aquellos ceñidos pantalones fueron desechados para dar lugar a otros que, de puro amplios, parecían sacos. Pasó el tiempo, y no se volvió a saber del “pisaverde”, aunque la palabra que para él fue inventada permaneció en uso, generalmente con significación peyorativa.
 Fueron aquellas épocas de más abundantes cabellos que la nuestra. Las barbas adoptaban extrañas formas, según el antojo de quienes las llevaban, y no era extraordinario contemplar cosas en verdad inusitadas y sorprendentes. Los bigotes crecían sobre la boca como descuidadas guardamalletas; y fue posible para un señor senador de los Estados Unidos dejarse una sotabarba que más bien parecía desplazado bigote, sin que ello se considerase lo bastante interesante para merecer de los periódicos una sola caricatura. Y esto último basta para demostrar que, no obstante los pocos años transcurridos, era aquella época bien distinta de la actual.
EL CUARTO MANDAMIENTO | BOOTH TARKINGTON | Comprar libro 9788420467351 Al principio de la gran época de los Ambersons, la mayoría de las casas en aquella ciudad del Midland eran de agradable arquitectura. Carecían de estilo, pero también carecían de pretensiones, y todo lo que no es presuntuoso ya de por sí tiene suficiente estilo. Se alzaban bien separadas entre sí, sombreadas por árboles que aún quedaban de los que en otros tiempos formaron bosques; olmos, hayas y nogales, y aquí y allá una alta fila de sicómoros crecían y medraban donde se había rellenado arenales y barrancas con tierra del monte. La casa del “Primer Contribuyente” daba a Military Square, a National Avenue o a Tennessee Street, y estaba edificada de ladrillo, con cimientos de piedra, o de madera con cimientos de ladrillo. Tenía, generalmente, un “porche principal” y un “porche trasero” (y algunas veces un “porche lateral”); tenía un “hall delantero”, un “hall lateral” (y algunas veces un “hall trasero”); del “hall delantero” se pasaba a tres habitaciones: “la salita”, “el cuarto de estar” y “la biblioteca”, y esta última pieza podía justificar su nombre, pues aquellas gentes, por algún motivo sería, acostumbraban comprar libros. Por lo general, la familia estaba más a menudo en la “biblioteca” que en el cuarto de estar, y las visitas, cuando eran de “cumplido”, eran llevadas a “la salita”, lugar éste de pulimento e incomodidad extraordinarios. La tapicería del mobiliario en la biblioteca estaba algo deslucida, pero las hostiles sillas y sofá de la “salita” siempre parecían nuevos. Y, verdaderamente, por lo que se usaban bien pudieran haber durado mil años.
 Las alcobas estaban arriba: el cuarto de los padres, el más espacioso; uno algo más reducido para uno o dos hijos varones; otro para una o dos hijas. Cada una de estas alcobas tenía una cama de matrimonio, un “palanganero”, un “buró”, un armario, una mesita, una mecedora y, algunas veces, un par de sillas ligeramente averiadas en el piso bajo, pero en buen uso, y no parecía justificado el gasto de repararlas, ni discreto arrinconarlas por tan poca cosa en el desván. También había siempre un cuarto para huéspedes, en el cual era acostumbrado guardar la máquina de coser. Alrededor de 1870 comenzó a desarrollarse la opinión de que era necesario un cuarto de baño. Esto determinó que los arquitectos colocasen cuartos de baño en las casas nuevas; y las antiguas procuraron no quedarse atrás, para lo cual se sacrificaban los espaciosos armarios roperos de pared, y en el hueco así dejado se instalaba una tina, y junto al fogón de la cocina un calentador de agua. Esa planta siempre viva de la flora americana, los tradicionales chistes acerca de los usos, costumbres y tardanzas de los fontaneros, fue plantada en la vida nacional por aquel entonces.
 En la parte trasera de la casa, arriba, había una triste y angosta cámara llamada “el cuarto de la chica”, y en la cuadra, junto al pajar, otra alcoba llamada “el cuarto del criado”, sirviente admirable que para todo valía.
 Casa y cuadra costaban de siete a ocho mil dólares, y la gente que podía invertir cantidades de esa importancia en tales comodidades era llamada Los Ricos. Pagaban éstos a la habitante de «el cuarto de la chica» dos dólares a la semana, ya adelantada la época de que hablamos, dos dólares y medio, y muy a finales, tres dólares. Era «la chica», por lo común, irlandesa o alemana, o quizá escandinava, pero jamás indígena, como no fuese negra. “El criado”, que vivía en la cuadra, gozaba de emolumentos semejantes, y aunque también él era a veces un emigrante recién llegado en la cala del barco, por lo general se trataba de un hombre de color.
 Cuando salía el sol y era amable la mañana, los corrales de detrás de la cuadra presentaban un aspecto bien alegre: risas y voces llenaban el aire a todo lo largo de los polvorientos cobertizos, acompañadas de sonoros golpes dados con las almohazas contra las cercas y muros de la cuadra, pues los “morenos” gustaban de almohazar sus caballos en el patio. Prefieren siempre los «morenos» chismorrear a voces mejor que cuchicheando, y opinan que una palabrota, para que satisfaga a quien la dice, ha de pronunciarse con voz recia y sonora, y que si no, más vale callar. Allí la gente menuda aprendía frases abominables que luego repetían ante sus mayores pidiendo cumplida exégesis de su contenido, con frecuencia en momentos muy inoportunos. Los niños de menos desarrollada curiosidad se limitaban a repetir las frases en ocasiones de apuro o agobio, lo que atraía sobre sus cabezas tales consecuencias que solían recordarlas hasta ya muy entrados en años.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2005, en traducción de Fernando Santos, pp.10-14. ISBN: 978-84-2046-735-1.]

domingo, 15 de octubre de 2023

La piqueta.- Antonio Ferres (1924-2020)


Gadir Editorial - Antonio Ferres
Segunda parte

VI

  «Faltan cinco días. El tiempo se escurre, como cuando los chicos bajan por una cucaña.
  Faltan cuatro días.
  Faltan tres días.
  Andrés no podía quitárselo de la cabeza: faltaban sólo tres días. Sin embargo, hacía apenas un par de ellos le parecía que empezaba a ver las cosas con ojos distintos. Era ya viernes. Llegó del trabajo, dejó la tartera vacía sobre la mesa, como hacía siempre, y se sentó en una silla de la cocina sin decir palabra. Parecía una sombra, un ser que no contase para nada. Aunque hacía calor, se quedó sentado en la silla de la cocina, en el extremo más oscuro de la habitación, mirando, desde allí, las pavesas que saltaban de la lumbre de carbón vegetal. Se decía para sus adentros:
  “Que me aspen si no es una puñetera vida. Te pones a dar patás cuando tiés uso de razón, o antes, sabe Dios, y ahora estoy cansao, me empieza el cansancio en las plantas y me sube por las cañas de los huesos; pero no es esto lo malo, el caso es que te metes a ensoñar o a dar güeltas por el magín a lo que has pasao en este pajolero mundo pa verte asín. Porque voy y llego a un pueblo mejor que onde mi madre me parió, y caigo bien, y te ajustan una temporá, aunque saquen las túrdigas y tengas que echar puntos en boca, y le llamas en la ventana a una mujer, aunque el buey solo bien se lame, pero lo que pasa es que te la llevas contigo, a lo mejor por no cantar la gallina, y mientras la esperas te la figuras siempre pasándolo bien, en pelota o retozando y descansado en la casa, pero no te figuras que te vas haciendo viejo y que toas las cosas se van haciendo viejas, ni te maginas que tiés que robar aceitunas pa ir viviendo, ni te vas a llenar de nenes que te piden pan. Toas las noches piensas lo mesmo, pero te llenas de nenes, y te pones a mirarte en ellos, porque no te conformas con que sean cémilas, como toa tu casta, ni sepan dar más que un jornal o ponerse a quitarle mocos a los señoritos. Y alguien te endica que en las capitales, en los Madriles se vive mejor y que no hay paraos, ni tiés que mendigar y lamer culos pa sacarte una peoná. Y te vienes. (Los chicos no jacian más que mirarme los trenes y preguntarme por qué eran tan altísimas las casas). Y nos vinimos a los Madriles”.
  Andrés sonreía, sonreía él solo, mientras seguía pensando:
  “Venga de poner piedras y ladrillos y hasta hacer la casa. Ni siquiera nos plantan una multa, aunque algún cenizo dice que van a tirar abajo las casillas, porque en to los laos hay cenizos y pájaros de mal agüero, pero resulta que ha salío en los papeles diciendo que no quieren más gente y ahora pasa que vas a tener que coger los bártulos y largarte con la música a otra parte, y te dicen que por ahí te pudras como un perro”.
  María cruzó delante de su marido, por en medio de la cocina, y dio una vuelta al puchero. Metió la cuchara y sacó a lo alto los garbanzos amarillos y pequeños que ya casi estaban blandos, con el piquillo abierto. Olía bien, como a huesos rancios y azafrán. Pensó que los chicos tendrían hambre y que iba a machacar los garbanzos con un poco de caldo.
  —¡Santorrostro! Mi Andresillo, el pobre, que es bonico como un San Luis, y mi Mario, tan chiquito, que se los vaya a tener que llevar la mujer de Joaquín, y no es porque ella sea guarra, que no es, pero si tié que preocuparse más de alguno, será de los suyos, si falta un cacho de pan… Y los chicos, separaos de una, le van a perder el cariño. Y lo que más siento es por mi Maruja, que es una alhaja, que no quiero que se la deshonre ningún hijo de mala madre, sino un mozo como Dios manda, y no quiero que se vea tirá por ahí sin casa, como una zorra, que es sanita como una manzana, que hasta el Paco, el que hacía de praticante en el pueblo, cuando tuvo que ponerla las indeciones para la pulmonía, dijo que era la carne más bonica del mundo y eso que la chica no había cumplío los trece. Y a mí se me arruga el corazón con to. Y cuando oigo lloriquear a los chicos, ya creo que se los están llevando, pa no verlos más. Y me gustaría hablar con ese mozo que platica con mi Maruja, que ojalai que sea bueno, y decirle que me la respete como a la madre que le parió, que toas las mujeres somos unas pobres que no podemos ni tenerle cariño a un hombre, ni que sea un santo varón. Y seguro que me iba a echar a llorar, aunque una paezca una fiera, pues es que una no quiere ver que se deshaga to y que se lo lleve el diablo, como cuando sopla la ventisca en una era.
  Maruja estaba cosiendo y levantó varias veces la cabeza, cuando vio a su madre trajinar, a su madre, que movía el puchero, mecánicamente. Hizo Maruja, por dos veces, intención de levantarse de la silla que había entre la puerta y la mesa, entre el candil encendido que estaba en la mesa y la escasa luz que entraba del campo. Ya no veía para coser.
  Se levantó, por fin, y se dirigió a su madre, que seguía en lo hondo de la cocina.
  —¿Va a estar la cena?
  —Sí —respondió la madre—. Hoy no has salío con ese chico.
  —No.
  —¿Os pasa algo?
  —No.
  Maruja dejó la costura sobre su regazo y volvió a sentarse. Le daba el reflejo del candil en la cara. Se puso a pensar:
  “Mañana seguro que viene, tiene que decidirse a hablar con mi padre. El lunes va y me dice el Luis que va a hablar con mi padre, que en cuanto tiren la chabola va a llevarme con él a su casa, pero como se pasa solo, casi siempre, porque su tía está sirviendo con unos señoritos por ese barrio que llaman de Salamanca, dice el Luis que es capaz de llevarse a su casa a la niña de otra tía suya que vive también por Lavapiés, para que duerma conmigo y que él echará una manta al suelo, mismamente. Y yo no dije nada y me callé, aunque conozco a mi padre, que mi madre dice es como moro. Pero, sí, a lo mejor me voy con Luis y se echa con una manta al suelo, ahora que no hace frío, pero cuando llegue el otoño, agarra un enfriamiento el pobrecillo, como la pulmonía que yo tuve en el pueblo, cuando la aceituna. No sé de qué forma vamos a salir, porque las mujeres deben casarse como está mandao; pero tan pronto me dice el Luis que sí, como está relatando lo de que tiene que hacer la mili y buscarse algo más seguro de sueldo, ganar dineros para alquilar una habitación con derecho a cocina o ponernos a turno pa una casa de esas de los curas o del Sindicato, una casa de portal; porque es de Madrí y tos los de aquí son un poco señoringos, pero son mejores que los mozos del pueblo, que allí las mujeres cuando se casan no salen de la cocina, ni van a beber una caña ni un vermú a la taberna y están hechas unas esclavas y se cargan de hijos que no sé cómo se las arreglan… Pero Luis venga a darle vueltas y no se decide a decirle a papa que tampoco es pa tanto, aunque a mí me da más vergüenza que a él. Y hasta le he dicho que si quiere que ya no somos novios”.
  Maruja se alegró de que estuvieran tan a oscuras. Se pasó la mano por la cara, por los ojos y se sorbió la nariz.
LA PIQUETA | ANTONIO FERRES | Comprar libro 9788494201868  “Me da más pena el pensar que ya no seamos novios y que voy a estar acordándome siempre de este campo, porque no sé qué cosa me da cuando veo la fuente y la senda y el prao, que se ha puesto amarillo del calor, y se me echan los ojos a llorar. Y no me voy a poner novia más con ningún chico. Y no sé lo que me va a pasar”.
 Maruja se salió un poco a la puerta, para que le diera el aire. Quería que el día se pasara deprisa, acostarse pronto y esperar a mañana. Se figuraba que el sábado vendría Luis. “Mañana quedarán ya sólo dos días”. Los chiquillos estaban delante de la chabola, sentados en el suelo, jugando con una madera.
  —Mama dice que en seguida va a estar el cocío —dijo la muchacha—. No iros por ahí.
  —Estamos haciendo un patín —dijo Andresillo—. Pa juegar a los indios.
  Estaba raspando el trozo de madera con una piedra de filo. Ras, ras, ras. Le daba vueltas en su cabeza a sus cosas.
  “El Pepe dice que los indios de las películas son mentira. El Manolo no quié dejarme la rueda de rozamiento, dice que nos van a echar de la casa como a los gitanos porque somos paletos, y le quié pegar al hermano, pero como le sacuda a mi Mario, le voy a hacer pedrea, le vamos a hacer una pedrea y le vamos a ganar. Y mi papa me va a hacer una cometa pa que cuando suba por to el aire, se chinchen, porque mi papa sí sabe hacer cometas que suben alto como los aeroplanos y su papa es de Madrí y los de Madrí no saben hacer cometas».
  Mario, el pequeño, miraba a su hermano, a la madera que el otro iba desgastando poco a poco. Ras, ras. Iba haciendo montones de arena.
  “El hermano me va hacé un patín. Yo soy un campeón. Le pego más patás a la pelota que el Fernando, el de la pipera, y le meto gol. En el cine se ven los hombres muertos, y el mar, que es mucha agua, y los hombres que se montan en los caballos. Tengo que trabajar como pa, pa, pa ganar dineros y comprar un patín mejor que los de ruedas de rodamiento. Yo también sé trabajar, sé pegar golpes a una madera con una piedra».

   VII

  Se escapaba la semana. Luis no sabía qué iba a pasar cuando llegaran los de la piqueta. Quedaban escasamente tres días, y él no había visto a Maruja y no sabía nada. Era viernes. En el campo, detrás de la ciudad, estaban los umbrales de otra vida. Luis se daba cuenta de esto y se encontraba lleno de inquietud.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gadir, 2014, pp. 73-76. ISBN: 978-84-94201-86-8.]

domingo, 25 de abril de 2021

Noches insomnes.- Elizabeth Hardwick (1916-2007)


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Cuatro


 «En la fiesta todos eran inteligentes y agradables, pero no particularmente guapos. Ninguna eminencia llegó en compañía de una chica nueva, guapa y joven que, por ser nueva y por no saberse todos los nombres, parecería grosera y superior y, así, atravesaría con dolorosas flechas la carne de gente más mayor y más conocida que ella. Gafas que titilaban. Los académicos, como los antiguos barones del Imperio, tosían títulos y universidades, pero no pasó mucho tiempo antes de que las insignias perdieran su brillo y los rostros recuperaran la resignación que suscitaban el exceso de clases y las sonrisas dóciles y poco interesadas de los alumnos.
 El anfitrión y la anfitriona eran de una inteligencia excepcional y, por tanto, se mostraron sucesivamente ansiosos, aburridos y complacidos. Su apartamento de la calle Ochenta Este era típico de la ciudad: era el hogar de una pareja joven y brillante cuyo integrante masculino pasa una pensión alimenticia. Los hijos pequeños vienen de visita durante el fin de semana y duermen en el despacho del hombre o de la mujer, del que trabaje en casa. Libros y discos y cuadros, un par de cuidados muebles antiguos, alfombras y cojines bonitos  y grandes plantas en la ventana que da al sur. En la cocinita cuadrada, ollas de cobre, algunas piezas antiguas de plata y fuentes esmaltadas.
 Una mujer dijo: Para dejar a alguien no se puede pedir permiso. Ahí es donde él cometió un error.
 Y si el permiso se lo dieran, estaría furioso.
 Agotador.

 Divorcios y separaciones: así es como te prestan atención. Todo el mundo examina su estado y algunos dicen: Qué raro, eran mucho más felices que nosotros. Por la Noventa Este hay calles en las que parejas de triunfadores relativamente jóvenes compran casas e incurren en gastos altísimos para remodelarlas. Dejan maderas antiguas a la vista, eliminan los peldaños de la entrada para que los borrachos no ronden por ahí y reservan una planta entera para que los niños no molesten. Las tensiones y los gastos y la casa –un mausoleo con los dos nombres grabados a la espera de las fechas- llevan a la pareja a la separación. A estas calles se las conoce como “El corredor de la muerte”.
 Dos mujeres recién divorciadas se me acercaron con ceños graves e inquisitivos. ¿Te sientes sola?, preguntaron.
 No siempre.
 Maravilloso, dijo la primera sonriendo. La segunda, seria, dijo: Genial.

 Cuán agradables eran las habitaciones; cuán reconfortantes los disgustos de los neoyorkinos, sus insomnios llenos de palabras, su paciente exégesis de terrores asombrosos. Divorcios y abandonos, lo inaceptable y lo inalcanzable, el aburrimiento lleno de acción, una mediana edad triste y tumultuosa tocada por accidentes, desarraigos, golpes maestros y reformas desesperadas. La debilidad al descubierto; las fuerzas ocultas, desenmascaradas. Predicciones: lo que perdurará y lo que ya está condenado, lo que empezará y lo que terminará. Trabajo y amor; los ociosos que imaginan el placer de los que trabajan. Los que trabajan y sus ceños socarrones, que se preguntan: ¿Cuándo me pasará algo nuevo? A fin de cuentas, soy un triunfador. O casi.

 Se habló de la pobreza. La pobreza está arrasando este año, dijo alguien. Se habló de un viaje a México, de un año sabático, de alguien enfermo, de una novela que había gustado mucho y disgustado todavía más, de alguien que bebía mucho, de la gente de mediana edad que se pone a pintar (la mayoría, esposas rechazadas), de New York y New Haven, y de la criatura más veloz del reino animal: la cucaracha.
  Me puse a hablar con una mujer guapa de unos cuarenta y pocos. Es Judith: muy delgada, pelo corto, castaño y abundante. Lo lleva al estilo africano, un estilo que confiere –a las caras blancas, al menos- un aspecto sano y jovial, casi alarmantemente jovial.
 Judith no es una mujer feliz. Pero se diría que sus malas elecciones irradian felicidad, en sus elegías se aprecia cierta corrección estética y cierto orden. Es una connoisseur de sonrisa radiante con unos dientes algo grandes para resultar tristes y unos ojos preciosos que casan con su carácter a la perfección, unos ojos que brillan como si estuviera a punto de llorar.
 Tiene un doctorado, título extremadamente agradable y sorprendente, puesto que su vida giraba alrededor del amor y la decepción, como si, en  lugar de académica, hubiera sido una cortesana. Llevaba pantalones de seda negra y una blusa de flores de chiffon. Tras su sonrisa, suspira con la resignación que nace de la experiencia: la resignación del harén. Como no contaba más que malas noticias, salpicaba su charla de “por supuestos” y “naturalmentes”.
 Sí, estoy con alguien, pero vive en California, naturalmente. A eso no se le puede llamar “estar”, por supuesto.
 De repente empezó a hablar de su hijo. Un desastre. ¿De verdad quieres que te lo cuente? Ahora, ¿dónde está? Por ahí, pidió el alta en el hospital y no quería quedarse en casa. Tiene veintiún años. Me casé muy joven, por supuesto, por supuesto. El padre -¿qué padre?- está en Florida, creo. No, no sabe nada, naturalmente. Está pelado. Crié a mi hija sola. Mi padre me ayudó mucho. Estas cosas cuestan una fortuna. No te lo creerías.
 ¿Ahora? No hace nada; vive con una pareja, psiquiatras los dos, una terapia, se supone. Me odian, naturalmente. La temporada que pasó conmigo hará cosa de cinco meses fue una pesadilla.
 Lo llamo. Lo llamo mucho, pero no quiere hablar conmigo. Yo quería que fuera a este sitio tan bueno de Connecticut. Fue y luego se marchó, sin más. Casi siempre deprimido, sí, pero luego se pasa de revoluciones y se pone violento.
 Judith fuma, se toma una copa de vino, come un poco de queso. ¿Drogas? ¿Y lo preguntas? Por supuesto. Anfetaminas, más que nada. Tiene una pinta horrible, flaquísimo, un esqueleto… Mudo, casi, excepto cuando se coloca, entonces se ríe mucho. Tiene la piel hecha un desastre, palidísima, casi verde… No, no, era un niño precioso. Y tampoco era tonto, naturalmente.
 Baja los ojos. No volverá a estar bien nunca, nunca.
 Judith callaba contemplando las diez plagas. ¿Es egipcia o israelita? ¿Es ella quien provoca las plagas o quien las sufre? ¿Y los amantes en la habitación al lado de la cuna? ¿Se parece mucho a su padre? ¿Quiere volver a tener veinte años? No sabemos cómo se transmite el veneno de una persona a la otra, pero a Judith la han acusado más veces que a un corredor de apuestas.
 Estamos a principios de primavera y ya está bronceada, con la piel teñida de un ligerísimo color tostado. Le gustaría hacer algo mejor, algo solemne, quizá, pero tiene que contentarse con una ascensión solitaria a la azotea protegida con un jersey para mostrarle su pálida cara al sol.
 Frenesí repentino. ¿Qué día es hoy? ¡Jueves! Todos los jueves por la noche llamo a mi hijo por teléfono. Lo coge esa puta loquera; cualquiera diría que soy un cobrador o un acosador. Luego se pone el marido loquero: ¿querías algo? Luego se pone el chico y no dice nada y por fin dice: claro, aquí estoy bien.
Resultado de imagen de elizabeth hardwick noches insomnes  Busca el monedero. Jueves por la noche. Quieren que se me pase la llamada, naturalmente. Los tres. Pero no se me puede olvidar, pero entonces ellos se acordarán de que se me pasó.
 Se echa un chal negro sobre su disfraz de odalisca y sale apresuradamente. En la puerta me dedica su vacilante sonrisita de la mala suerte. Qué guapa es, con su cabeza llena de rizos, sus grandes dientes fotogénicos y el broche de brillantes de su doctorado. Los hombres la han tratado mal, ha sido un maltrato leve, leve como un caso leve de bronquitis, por poner. Y ese maltrato lo provoca con su encantador descontento de odalisca, con esos velos de la mala suerte a través de los cuales sus ojos brillan con una curiosa esperanza irónica. Buenas noches, Judith. Tómate una copa antes de tu llamada.

 Nueva York, ciudad de mujeres. Las vagabundas sentadas entre harapos abrazan con tanta fuerza su montón de basura, que ésta pasa a formar parte de su propio cuerpo. La cabeza, envuelta en un viejo trozo de franela, emerge de entre los restos de un melón. Al lado de la bolsa de tomates gotean, rojas, lastimosas llagas hinchadas. Una vagabunda sostiene una botella de perfume vacía que corona con un nudillo que no se distingue de su dedo. Ellas y su basura, crecimiento parasitario colmado de sufrimiento; el cristal roto grita, las venas rotas lloran; talones doloridos con el dolor de la bota rajada.
 Que alguien se apiade de ellas. Que se apiade de la señorita Cramer, mi antigua vecina, que ha tenido que descender a un lugar más pequeño; está a la vuelta de la esquina, cerca de la comisaría de policía abandonada, entre edificios de ladrillo rojo que, condenados, van vaciándose mientras esperan al verdugo.

 Lunes de invierno. ¿Qué le ha pasado, señorita Cramer? Estamos en diciembre y las Navidades se acercan. En la ventana empañada de la lavandería china hay un reno; en la ventana de la prostituta feroz hay una corona de papel verde, y en la ferretería, desde el día de Acción de Gracias, un árbol iluminado.
 ¿Qué le ha pasado a la impertinente profesora de música, la mezzo fracasada que solía recibir a sus alumnos con negras miradas sonoras, evaluándolos como si fueran artículos saldados que tuviera que reparar para poder usar?
 La señorita Cramer en invierno con un vestido de seda estampada manchado, aquí y allá, con distintas marcas de desgracia. Lleva unos zapatos de lona rasgados, sin medias que cubran sus piernas amoratadas y descoloridas, sin nada que alivie sus pobres tobillos desnudos y cubiertos de lapas de suciedad. Y acaba de sufrir el golpe de una pérdida insoportable: sus dos caniches negros. Unos animales ricos, resplandecientes, de buena cuna, como ella, acostumbrados a recibir, cada mañana, una docena de besos en su hocico frío y negro.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Duomo ediciones, 2009, en traducción de Marta Alcaraz, pp. 34-39. ISBN: 978-84-92723171.]

miércoles, 24 de marzo de 2021

Orient-Express: de Pontoise a Estambul.- Edmond About (1828-1885)


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II.-El Danubio

 «Atravesamos los bosques, los viñedos, las tierras de cultivo de Wurtemberg sin mayor preocupación que cumplir nuestro propio aseo de la mañana. Esta pequeña observación no es, sin embargo, baladí. El confort es de algún modo como los premios: cuando lo pruebas, ya nunca te acostumbras a no tenerlo. A fuerza de bienestar, nos hemos vuelto cada vez más exigentes, y las dos cabinas de aseo, que se abren en cada extremo de los wagon-lits, no son suficientes; nos harían falta, como mínimo, cuatro. Al menos están instaladas con todo lujo: ampliamente provistas de jabón, agua caliente y fría y mantenidas en un estado de irreprochable limpieza por parte de los sirvientes o ayudas de cámara. Pero, sea por los aseos, o por las otras necesidades a las que te obliga la vida, no pueden albergar más que a un viajero cada vez. Estamos obligados a esperarnos unos a otros y, a veces, durante largo tiempo. Este es el único desiderátum de las delicias de esta Capua rodante que, creo, no es posible construirla mejor de lo que se ha hecho. Consideremos, por otra parte, que el común de los mortales, viajeros de un tres Express, daría mil gracias a los dioses si dispusieran de al menos un aseo para cada cien personas. Nosotros contábamos con dos para veinte.
 En Baviera, no lejos de la ruinosa e inútil fortaleza de Ulm, nos topamos con primera vez con el Danubio, el bello Danubio azul, que se llama también, y puede ser que con mayor justicia, die schmutzige Donau, el sucio Danubio. También descubrimos otra cosa, que nos conmovió más si cabe. El vagón restaurante, donde tan buena comida nos ofrecían y donde fácilmente nos pasábamos tres horas a la mesa, tenía un ligero defecto en la construcción. El eje se recalentaba: un olor a grasa quemada, que advirtieron unos ingenieros de gran olfato. No suponía peligro, pero era necesaria una reparación y no se podía llevar a cabo en marcha. El jefe de la estación de Munich nos lo dijo. Habría que desmontar prácticamente todo el vagón, nuestro maravilloso vagón restaurante con todas sus dependencias, justo cuando íbamos a tomar café. Pero hay que rendirse. Esta Compañía de Vagones Durmientes tenía todo previsto, igual que cuando se prueba cualquier nuevo material. En menos de cinco minutos, el cocinero, el jefe del comedor y el resto del personal embarcaron en otro vagón comedor, no tan nuevo, y menos brillante que el primero, pero provisto de todo lo necesario e incluso lo innecesario. Hasta Giurgewo, donde tuvimos que bajar del tren, para continuar viaje por Bulgaria, nada nos faltó: ni mantequilla fresca de Isigny, ni vinos finos, ni frutas ni cigarrillos. Y cuando volvimos de Constantinopla, nos encontramos de nuevo en Giurgewo con nuestro maravilloso restaurante, completamente nuevo, que había sido reparado en Munich.
 Durante los escasos momentos que pasamos en la capital de Baviera, pudimos admirar no tanto su arquitectura, pero al menos las estaciones monumentales que la Alemania victoriosa ha construido a costa nuestra. No solamente las hemos pagado, sino que nos podrían costar más caro; pues están manifiestamente construidas contra nosotros. Estos halls inmensos, donde toda congestión de viajeros es imposible, pueden convertirse en establecimientos militares de primer orden. No es necesario ser un maestro en estrategia para pensar en el número de batallones y baterías que podrían desembarcar aquí, en menos de 24 horas, con destino París. Me gustaría pensar que nuestro Estado Mayor ha seguido el ejemplo del general Moltke, pero no estoy muy seguro.
 Hemos cruzado la frontera de Austria. Nos hemos tenido que adaptar a diferentes husos horarios: a la hora de Praga; después a la de Munich, a la hora de Stuttgart y la hora alemana. Una de las particularidades de la monarquía austro-húngara es que tienen dos horarios a la vez, uno en Praga, otro en Pest; la hora bohemia y la hora magiar. Sólo la hora de Viena no existe, porque, probablemente, la hora de Viena está reglada sobre los ilustres péndulos de Berlín. El reloj de nuestro vagón restaurante habría debido enloquecer con la confusión de todos estos meridianos políticos, pero, gracias a una inteligente medida de neutralidad, se prefirió dejar olvidada en París la llave con la que darle cuerda. En cuanto a nosotros, hemos decidido, desde Estrasburgo, no tocar nuestros relojes.
 En la estación de Viena, dos voces femeninas rompieron la monotonía a media noche. Voces encantadoras en cualquier caso, y, además, voces de mujeres que transmitían alegría. Cuando cuatro ingenieros franceses se apearon para ver la Exposición de la Electricidad, un alto funcionario de los ferrocarriles del Estado austríaco, Von Scala, su mujer y su cuñada, aprovecharon para subirse. Un elemento nuevo y extremadamente delicado venía a mejorar nuestros placeres y a atemperar agradablemente la alegría de una numerosa reunión de hombres. La señora Von Scala era extraordinariamente bella: un tipo inglés animado por una fisionomía vienesa. Su hermana Léonie Pola era todo lo contrario de una belleza clásica, pero tenía un gran espíritu, tanta gracia y buen humor que siempre resultaba agradable. Las dos preciosas hermanas tenían, por lo demás, un talle encantador y una exuberancia de cabellos tan rubios como el oro, que encuadraban su fineza y que hubieran sido una maravilla en París.
 El Imperio austrohúngaro estaba bien representado en nuestra caravana. Entre otros, se encontraba el señor Wiener, secretario general de los Ferrocarriles Orientales y hermano de un célebre explorador del Amazonas. Yo mismo había recorrido Hungría hacía una docena de años con mi amigo Camilo, quien se había hecho monje laico en Roma y que, de vez en cuando, me escribía bonitas cartas. Entonces habíamos atravesado juntos estas mismas y vastas llanuras, que parecían estar cultivadas por genios invisibles, pues en aquella época –junio de 1869- el trigo maduro abundaba y, sin embargo, se buscaría en vano a los agricultores e incluso sus propios pueblos. Después de la ciudad feudal de Buda y su vecina y trabajadora localidad de Pest, hasta la extraña Colonia de los Confines Militares no habíamos visto otros seres vivos que caballos nerviosos, bueyes con largos cuernos y búfalos semisalvajes. Me parece que hoy día los cultivos han progresado. El hombre se hace visible, se ven más plantaciones, más árboles frutales y, sobre todo, más viñas. La viña enriquecerá los países, si la filoxera no nos lleva a la ruina. En cada estación nos ofrecen grandes racimos de uva, tan deliciosos, que difícilmente se les puede poner algún pero. Muy azucarados: habría que tener la sabiduría y el conocimiento de estos vendimiadores para transformar todo este azúcar en alcohol.
Resultado de imagen de orient express de pontoise a estambul Seguimos, a través de las ventanillas de cristales sin teñir, la recolección del maíz. La sequedad del verano ha ralentizado el desarrollo de las mazorcas. Las bestias tendrán comida en abundancia, pero ¿y los hombres? He aquí un carro que lleva la cosecha de cinco o seis hectáreas; está lleno hasta la mitad. Por suerte, las calabazas que se cultivan entre ellos no deben dar malos resultados. Y después, hay manadas de ocas blancas, que se dirían embaladas por un confitero, tales son sus plumas de ligeras y rizadas. Los criadores francesas las pagan hasta 30 ó 40 francos la pareja; aquí el campesino las venderá a veinte sous la pieza, si están bien criadas. La caza ofrece también recursos a los aventureros magiares. Admiramos la espléndida figura de dos magníficos hombres, grandes y fuertes, precedidos de dos perros; vestidos con una camisa blanca y un calzón del mismo color, marchaban orgullosamente con sus pies desnudos en alpargatas. Estas vastas llanuras sin tráfico, sin luces ni trampas, parecen haber sido creadas para la multiplicación de la perdiz. Vendrán a buscarlas aquí, cuando la caza furtiva acabe en nuestra tierra con las últimas; me atrevería a afirmar que esto ya ocurre y que gran parte del éxito de Hungría tendrá que ver precisamente con la repoblación de nuestra raza.
 ¿Dónde estamos? No lo sé. Supongo que en alguna parte entre Pest y Temeswar. El tren se detiene y somos recibidos por la música de los zíngaros. A decir verdad, estos músicos no son zíngaros más que de nombre. Si sus tipos son húngaros, sus modos de vestir no causarían apenas sensación en la Ferté-sous-Jouarre. Pero, bohemios o no, tienen el diablo en el cuerpo y tocan con brío maravilloso no sólo sus canciones tradicionales, sino la música de Rouget de L’Isle, que tocan en honor de los huéspedes franceses. Les aplaudimos, pero nadie se atrevió a pedirles un bis; sería poco amable por nuestra parte, una especie de orden de un superior a un inferior. Sí se oyeron algunas palabras que transmitían lo mucho que nos gustó, pero me temo que no captaron la idea de que estaríamos encantados con algo más de música.
  La locomotora empezó a silbar, así que ¡adiós música! Pero no, estoy equivocado. La orquesta ha pasado al vagón de equipajes; pronto pasan al salón comedor, donde se les abre un hueco entre mesas y sillas, mientras los más jóvenes bailan con los amables vieneses un vals. Esta breve fiesta no terminará sino en Szegedin. No sólo es la música lo que hace interrumpir la trayectoria al Orient-Express, entre dos estaciones, sino la gastronomía: los bon-vivants de los diversos países que atravesábamos me dicen que, precisamente, no tienen el más mínimo inconveniente en subir al tren dos o tres horas para degustar la finura de la cocina francesa y saborear los excelentes vinos del señor Nagelmackers.
La población que nos viene a ver es cada vez más abigarrada y variopinta. Los impecables uniformes militares no pasaban desapercibidos; al vuelo se podía percibir una extraordinaria variedad de tipos y de trajes, la mayoría admirables. Los húngaros no son solamente una minoría en la monarquía austríaca, sino que comparten su tierra con millones de serbios, que son eslavos, y millones de rumanos, que son descendientes de los soldados de Trajano. En cuanto a ellos, son turcos, turcos cristianos, pero turcos auténticos. Sus cualidades y sus defectos, como su lengua, atestiguan este origen, del que no hay que sonrojarse, pues los turcos son una raza noble y una nación muy valerosa.
 La ciudad de Szegedin, cuyas desgracias han conmovido al mundo entero, se ha reconstruido de nuevo y ahora luce más hermosa, más regular y más confortable de lo que ha sido jamás. El hogar es lo menos importante de estos rudos hombres campesinos, a cuyas mujeres y niños les gusta vivir al aire libre o, cuando el frío es demasiado fuerte, apiñados en verdaderos antros. Lo que distingue verdaderamente la civilización oriental de la nuestra es la ausencia completa de capital inmobiliario. En los barrios de Londres o París, la propiedad construida supone un valor de millones de millones. Aquí se puede recorrer cien kilómetros sin encontrar una casa que valga cien mil francos. La construcción del ferrocarril es una feliz derogación de esta regla general. Parece, no obstante, que este progreso se ha producido con medio siglo de adelanto, pues el tráfico es muy escaso: podemos recorrer territorios durante cuatro o cinco horas sin cruzarnos con ningún otro tren.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Confluencias, 2018, en traducción de José Jesús Fornieles Alférez, pp. 36-45. ISBN: 978-84-948202-0-5.]