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domingo, 21 de abril de 2024

El cuarto mandamiento.- Booth Tarkington (1869-1946)


Booth Tarkington - Wikipedia, la enciclopedia libre
Capítulo primero


  «El comandante Amberson hizo su fortuna el año 1873, precisamente cuando otras gentes andaban perdiendo las suyas, y de entonces data el comienzo de la magnificencia de los Ambersons. Es la magnificencia, como la importancia de un caudal, relativa siempre, y así lo descubriría el mismísimo Lorenzo el Magnífico si su espíritu visitara el Nueva York contemporáneo; fueron magníficos los Ambersons para su época y para la ciudad en que vivían. Su esplendor subsistió durante todos los años que vieron a su ciudad del Midland extenderse y tornarse sombría hasta llegar a ser grande urbe, mas alcanzó su mayor brillo en aquella época en que todas las familias pudientes y con niños tenían un perro de Terranova.
 En aquella ciudad, y en aquellos tiempos, todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos conocían a todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos, y si alguna compraba un abrigo de piel de foca, hasta las inválidas eran llevadas a la ventana para que lo vieran pasar por la calle. En las tardes de invierno, briosos trotones corrían presurosos por National Avenue y Tennessee Street arrastrando trineos; caballos y conductores eran de todos conocidos; y también los conocían cuando llegado el verano eran los veloces y ligeros tílburis los que renovaban las competencias y carreras del invierno. Todo el mundo conocía los coches familiares de los demás y podía identificarlos en la calle a media milla de distancia, habilidad en extremo útil para asegurarse de quién iba de compras, quién a una fiesta, o a casa desde la oficina o tienda, ya fuera para el almuerzo, ya para la cena.
 Durante los primeros tiempos de esta época predominaba la opinión de que la elegancia personal debía juzgarse más bien por la calidad de las telas usadas que por la forma a éstas dada. No era preciso reformar un vestido de seda al cabo de un año, poco más o menos, de estrenado, pues tal vestido continuaría siendo elegante mientras continuase siendo de seda. Los ancianos y los gobernadores vestían de fino paño negro, de más de veintinueve pulgadas de ancho; el traje de etiqueta era del mismo paño, con pantalones de otro más fino que parecía ante; y no había ningún hombre, fuera su edad la que fuera, que creyese que un sombrero pudiera ser otra cosa que un objeto rígido, alto y sedoso, que los deslenguados conocían con el irreverente nombre de “tubo de chimenea”. Aquellos hombres no hubieran aceptado ninguna otra clase de sombrero ni para la ciudad ni para el campo, y eran capaces de remar en el río tocados con él, sin experimentar embarazo alguno.
 Llegó un día en el que la “última moda” derrocó la aristocracia de la buena calidad. Modistas, zapateros, sombrereras y sastres se hicieron más astutos, lograron mayor autoridad, y hallaron medios de convertir en vieja la ropa nueva. Apareció el sombrero hongo, y se extendió su uso de manera prodigiosa: un año parecía su copa un cubo; al siguiente, más se asemejaba a una cuchara. Aún había en todas las casas un sacabotas, pero las botas altas fueron suplantadas por zapatos y botines, y la forma de los primeros iba mudándose de año en año, siendo ahora sus puntas cuadradas y luego afiladas como la proa de un balandro.
 Los pantalones con raya planchada eran considerados cosa plebeya, pues indicaba aquel doblez que había estado la prenda almacenada en un estante, y por tanto que no fue cortada a la medida. Llamaban a estas prendas compradas hechas, “bajamés”, aludiendo al estante en que esperaron comprador. A principios de la década del 80, cuando privaban con las mujeres flequillos y tontillos, apareció en sociedad un nuevo tipo de petimetre, que recibió el nombre de “pisaverde”: vestía este pantalones ceñidos a la pierna, zapatos de punta afilada como la de un puñal, hongo de “cuchara”, chaqueta recta llamada “Chesterfield”, de faldellines cortos y amplios, cuello cilíndrico y torturador de tres pulgadas, planchado y replanchado hasta que brillaba como un espejo, y rodeaba a este ora con una gran corbata de “plastrón” o con un lacito que no desdijera en la trenza de una muñeca. Cuando de etiqueta se vestía, usaba un abrigo color cuero, tan desmedrado que asomaban por debajo los negros faldones del frac sus buenas cinco pulgadas; pero pasados un par de años se alargó este abrigo de tan desmesurada manera que llegaba a los talones del elegante, y al mismo tiempo aquellos ceñidos pantalones fueron desechados para dar lugar a otros que, de puro amplios, parecían sacos. Pasó el tiempo, y no se volvió a saber del “pisaverde”, aunque la palabra que para él fue inventada permaneció en uso, generalmente con significación peyorativa.
 Fueron aquellas épocas de más abundantes cabellos que la nuestra. Las barbas adoptaban extrañas formas, según el antojo de quienes las llevaban, y no era extraordinario contemplar cosas en verdad inusitadas y sorprendentes. Los bigotes crecían sobre la boca como descuidadas guardamalletas; y fue posible para un señor senador de los Estados Unidos dejarse una sotabarba que más bien parecía desplazado bigote, sin que ello se considerase lo bastante interesante para merecer de los periódicos una sola caricatura. Y esto último basta para demostrar que, no obstante los pocos años transcurridos, era aquella época bien distinta de la actual.
EL CUARTO MANDAMIENTO | BOOTH TARKINGTON | Comprar libro 9788420467351 Al principio de la gran época de los Ambersons, la mayoría de las casas en aquella ciudad del Midland eran de agradable arquitectura. Carecían de estilo, pero también carecían de pretensiones, y todo lo que no es presuntuoso ya de por sí tiene suficiente estilo. Se alzaban bien separadas entre sí, sombreadas por árboles que aún quedaban de los que en otros tiempos formaron bosques; olmos, hayas y nogales, y aquí y allá una alta fila de sicómoros crecían y medraban donde se había rellenado arenales y barrancas con tierra del monte. La casa del “Primer Contribuyente” daba a Military Square, a National Avenue o a Tennessee Street, y estaba edificada de ladrillo, con cimientos de piedra, o de madera con cimientos de ladrillo. Tenía, generalmente, un “porche principal” y un “porche trasero” (y algunas veces un “porche lateral”); tenía un “hall delantero”, un “hall lateral” (y algunas veces un “hall trasero”); del “hall delantero” se pasaba a tres habitaciones: “la salita”, “el cuarto de estar” y “la biblioteca”, y esta última pieza podía justificar su nombre, pues aquellas gentes, por algún motivo sería, acostumbraban comprar libros. Por lo general, la familia estaba más a menudo en la “biblioteca” que en el cuarto de estar, y las visitas, cuando eran de “cumplido”, eran llevadas a “la salita”, lugar éste de pulimento e incomodidad extraordinarios. La tapicería del mobiliario en la biblioteca estaba algo deslucida, pero las hostiles sillas y sofá de la “salita” siempre parecían nuevos. Y, verdaderamente, por lo que se usaban bien pudieran haber durado mil años.
 Las alcobas estaban arriba: el cuarto de los padres, el más espacioso; uno algo más reducido para uno o dos hijos varones; otro para una o dos hijas. Cada una de estas alcobas tenía una cama de matrimonio, un “palanganero”, un “buró”, un armario, una mesita, una mecedora y, algunas veces, un par de sillas ligeramente averiadas en el piso bajo, pero en buen uso, y no parecía justificado el gasto de repararlas, ni discreto arrinconarlas por tan poca cosa en el desván. También había siempre un cuarto para huéspedes, en el cual era acostumbrado guardar la máquina de coser. Alrededor de 1870 comenzó a desarrollarse la opinión de que era necesario un cuarto de baño. Esto determinó que los arquitectos colocasen cuartos de baño en las casas nuevas; y las antiguas procuraron no quedarse atrás, para lo cual se sacrificaban los espaciosos armarios roperos de pared, y en el hueco así dejado se instalaba una tina, y junto al fogón de la cocina un calentador de agua. Esa planta siempre viva de la flora americana, los tradicionales chistes acerca de los usos, costumbres y tardanzas de los fontaneros, fue plantada en la vida nacional por aquel entonces.
 En la parte trasera de la casa, arriba, había una triste y angosta cámara llamada “el cuarto de la chica”, y en la cuadra, junto al pajar, otra alcoba llamada “el cuarto del criado”, sirviente admirable que para todo valía.
 Casa y cuadra costaban de siete a ocho mil dólares, y la gente que podía invertir cantidades de esa importancia en tales comodidades era llamada Los Ricos. Pagaban éstos a la habitante de «el cuarto de la chica» dos dólares a la semana, ya adelantada la época de que hablamos, dos dólares y medio, y muy a finales, tres dólares. Era «la chica», por lo común, irlandesa o alemana, o quizá escandinava, pero jamás indígena, como no fuese negra. “El criado”, que vivía en la cuadra, gozaba de emolumentos semejantes, y aunque también él era a veces un emigrante recién llegado en la cala del barco, por lo general se trataba de un hombre de color.
 Cuando salía el sol y era amable la mañana, los corrales de detrás de la cuadra presentaban un aspecto bien alegre: risas y voces llenaban el aire a todo lo largo de los polvorientos cobertizos, acompañadas de sonoros golpes dados con las almohazas contra las cercas y muros de la cuadra, pues los “morenos” gustaban de almohazar sus caballos en el patio. Prefieren siempre los «morenos» chismorrear a voces mejor que cuchicheando, y opinan que una palabrota, para que satisfaga a quien la dice, ha de pronunciarse con voz recia y sonora, y que si no, más vale callar. Allí la gente menuda aprendía frases abominables que luego repetían ante sus mayores pidiendo cumplida exégesis de su contenido, con frecuencia en momentos muy inoportunos. Los niños de menos desarrollada curiosidad se limitaban a repetir las frases en ocasiones de apuro o agobio, lo que atraía sobre sus cabezas tales consecuencias que solían recordarlas hasta ya muy entrados en años.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2005, en traducción de Fernando Santos, pp.10-14. ISBN: 978-84-2046-735-1.]

domingo, 8 de mayo de 2022

Flores para la señora Harris.- Paul Gallico (1897-1976)


Paul Gallico - Wikipedia, la enciclopedia libre
II


 «Todo había comenzado unos años antes, aquel día que, mientras cumplía con sus obligaciones en casa de lady Dant, la señora Harris había abierto un armario para ordenarlo y se había encontrado dos vestidos colgados en el interior. Uno de ellos era toda una monada de tonos crema y marfil, de raso y encaje; el otro, una explosión de satén y tafetán carmesí, adornado con grandes lazos rojos y una enorme flor también roja. Dejó de moverse, como si se hubiera quedado sin habla, porque en toda su vida nunca había visto algo tan emocionante ni tan bonito.
 Por muy anodina y gris que pareciera su existencia, la señora Harris siempre había deseado verse rodeada de belleza y color, algo que hasta el momento se había manifestado en una gran afición a las flores. Tenía muy buena mano para la jardinería, así como unos conocimientos nada desdeñables sobre la materia, y lograba que las plantas le florecieran allí donde le resultaba prácticamente imposible a otra persona.
 Delante de las ventanas de su semisótano se veían dos jardineras de geranios, su flor preferida, y, en el interior, donde quedaba sitio, había macetitas en las que se observaba algún geranio que intentaba por todos los medios conquistar ese entorno, o un único jacinto o un tulipán, comprados en un puesto ambulante a cambio de un chelín ganado con grandes sudores.
 Y, además, las personas para las que trabajaba le regalaban a veces las flores cortadas que descartaban, que, en un estado marchito, ella se llevaba a casa para tratar de que recuperaran la lozanía, y, de vez en cuando, sobre todo en primavera, se compraba una pequeña maceta de pensamientos, prímulas o anémonas. Mientras tuviera flores, la vida que llevaba no le inspiraba grandes quejas a la señora Harris. Constituían la vía de escape del desierto lúgubre y pedregoso en el que vivía. Esos intensos estallidos de color le daban alegría. Eran algo a lo que volver por la tarde, junto a lo que despertarse por las mañanas.
  Pero ahora, mientras estaba delante de las deslumbrantes creaciones que colgaban en el armario, se vio frente a un tipo nuevo de belleza: una belleza artificial, creada por la mano de un hombre y un artista, pero artera y directamente dirigida al corazón de la mujer. En ese mismo instante quedó bajo el influjo del artista; en ese mismo instante nació en su interior el deseo de tener un vestido semejante.
  Aquello no tenía ni pies ni cabeza, ella nunca iba a ponerse un traje así, que no encajaba en su vida. Su reacción fue puramente femenina. Lo vio y lo quiso con todas sus ganas. Algo dentro de ella lo deseaba, y trataba de alcanzarlo de forma tan instintiva como un niño en una cuna quiere alcanzar un objeto brillante. En ese momento, ni ella misma se dio cuenta de lo profundo que era ese deseo, de lo potente que resultaba. Sólo pudo quedarse embelesada, extasiada y hechizada, contemplando los vestidos, apoyada en la bayeta, con sus zapatos de vodevil, sucia de arriba abajo, mientras el cabello ralo le enmarcaba la cara: la clásica imagen de una señora de la limpieza.
  Así fue como la encontró lady Dant cuando pasó casualmente por allí, viniendo de su saloncito.
  —¡Oh —exclamó—, mis vestidos! —Y después, al fijarse en la actitud y en el gesto de la señora Harris, añadió—: ¿Le gustan? Todavía no he decidido cuál me voy a poner esta noche.
 La asistenta apenas fue consciente de que lady Dant estaba hablando: aún reclamaban toda su atención esas creaciones vivas de seda y tafetán y gasa, de colores que alegraban el corazón, de audaces cortes, rígidas gracias a una ingeniosa construcción interna por la que parecía que se sostenían en pie prácticamente solas, como si fueran criaturas dotadas de vida propia.
 —Madre mía —logró decir al fin—. Pero qué bonitos son. Seguro que cuestan un ojo de la cara.
  Lady Dant fue incapaz de resistirse a la tentación de impresionar a la señora Harris. Cuesta apabullar a una señora de la limpieza londinense: de hecho son las personas menos impresionables del mundo. La empleada siempre le había dado un poco de miedo y ahora se le presentaba la ocasión de anotarse un tanto. Soltó una de sus forzadas carcajadas y dijo:
  —La verdad es que sí, hasta cierto punto. Este de aquí, “Ivoire”, costó trescientas cincuenta libras, y ese largo, el rojo, que se llama “Deslumbrante”, salió por unas cuatrocientas cincuenta. Siempre voy a Dior, cómo no. Claro que así una siempre sabe que acierta.
  —Cuatrocientas cincuenta libras —repitió la señora Harris—. ¿De dónde saca la gente tanto dinero?
  Los estilos de París no le eran desconocidos, porque leía con asiduidad números atrasados de revistas de moda que a veces le daban sus clientas, y había oído hablar de Fath, Chanel y Balenciaga, Carpentier, Lanvin y Dior; este último nombre despertó ciertas ideas en su espíritu necesitado de belleza.
  Porque una cosa era encontrarse con fotografías de vestidos mientras iba pasando las páginas satinadas de Vogue o Elle en las que, y a en color o en blanco y negro, los trajes eran algo impersonal y tan ajeno a su mundo y fuera de su alcance como la luna o las estrellas; y otra muy distinta tener justo delante el vestido real y poder deleitarse la vista con cada una de las ingeniosas puntadas, tocarlo, olerlo, quererlo, y de pronto verse consumida por el fuego del deseo.
  La señora Harris no notó en absoluto que, al responder a lady Dant, ya había expresado la determinación de tener un vestido semejante. No había querido decir: “¿De dónde saca la gente tanto dinero?”, sino: “¿De dónde voy a sacar tanto dinero?” Evidentemente, esta pregunta no tenía respuesta, o, más bien, sólo tenía una. Había que ganárselo. Pero las probabilidades de conseguirlo eran tan remotas como los planetas.
 Lady Dant quedó absolutamente encantada con la impresión que le parecía haber causado, e incluso descolgó cada vestido y se lo enseñó a la señora Harris para que ésta pudiera hacerse una idea del efecto que creaba. Y, como las manos de la señora de la limpieza estaban impolutas gracias al agua con jabón en la que se hallaban inmersas casi todo el rato, la dama le permitió tocar los materiales, cosa que ella hizo como si éstos fueran el Santo Grial.
 —Pero qué preciosidad —musitó de nuevo.
Flores para la señorita harris - paul gallico - - Vendido en Venta ... Lady Dant no supo que en ese instante la señora Harris ya había decidido que lo que más anhelaba en esta vida, y también en la otra, era tener un vestido de Dior suyo y colgado en el armario.
 Con una sonrisa taimada, y muy pagada de sí misma, lady Dant cerró la puerta del ropero, pero no pudo quitarle de la cabeza a su empleada lo que ésta había visto dentro: belleza, perfección, el acicalamiento más insuperable que una mujer podía desear. Y la señora de la limpieza no era menos mujer que lady Dant, o que cualquier otra. Quería, quería, quería un vestido de la que indudablemente debía ser la tienda más cara del mundo, la del señor Dior en París.
 La señora Harris no era nada tonta. Ni se le pasó por la cabeza la idea de llegar a ponerse en público un vestido semejante. Si sabía algo, era cuál era su sitio. No lo compartía con nadie, y pobre de quien intentara meterse en él. Su sitio era un mundo de incesantes fatigas, pero su independencia lo iluminaba. En él no cabían los dispendios ni los vestidos bonitos.
  Pero lo que deseaba ahora era poseer uno, hacerlo de forma física y femenina; tenerlo colgado en el armario, saber que ahí se quedaba cuando ella se marchaba, abrir la puerta al volver y ver que la esperaba: algo que resultaba exquisito al tocarlo, al contemplarlo, al tenerlo. Le parecía que todo aquello de lo que se había visto desprovista en la vida por culpa de la pobreza, de las circunstancias en que había nacido y de su clase social podía compensarse si se convertía en dueña de aquel ejemplo glorioso de elegante moda femenina. La misma cantidad de dinero enorme e impensable podía verse también reflejada en una joya, en un único diamante que duraría para siempre. A la señora Harris no le interesaban los diamantes. El hecho mismo de que un solo vestido pudiera representar una cantidad tan grande de dinero aumentaba su carácter deseable y el deseo que le inspiraba. No se le escapaba que el hecho de que ella lo quisiera no tenía ni pies ni cabeza, pero eso no impedía en absoluto que así fuera.
  El resto de aquel día húmedo, triste y brumoso, le infundieron calor las imágenes de las creaciones que había visto, y, cuanto más pensaba en ellas, más crecía el deseo en su interior.
  Esa noche, mientras la densa niebla londinense se deshacía en gotas de lluvia, la señora Harris se acomodó en medio de la agradable calidez de la cocina de la señora Butterfield para llevar a cabo la importante ceremonia de rellenar los cupones de la quiniela de fútbol semanal.
  Desde que recordaba, le daba la impresión de que ninguna de las dos había dejado nunca de dedicarle tres peniques todas las semanas a esa fascinante lotería nacional. El precio no era caro: la esperanza, la ilusión y la intriga que podían adquirirse por apenas tres peniques por cabeza. Porque, cuando el cupón ya se había rellenado y se había echado al buzón de correos, representaba una opulencia incalculable hasta que llegaban los periódicos con los resultados y la desilusión, pero nunca se producía una auténtica decepción, porque la verdad era que no esperaban ganar. En una ocasión, la señora Harris había logrado un premio de treinta chelines, y a la señora Butterfield le había tocado el reintegro varias veces, o más bien la posibilidad de jugar gratis la semana siguiente, pero, evidentemente, nada más. Los fabulosos premios importantes nunca habían dejado de ser cuentos de hadas llenos de glamour que alimentaban ambiciones y que de vez en cuando llegaban a salir en los periódicos.
  Como la señora Harris no era aficionada a los deportes ni tenía tiempo para seguir las vicisitudes de los equipos de fútbol, y como además las combinaciones y permutaciones posibles se contaban por millones, se había acostumbrado a elegir recurriendo a la adivinación y a Dios. Había que predecir los resultados de unos treinta partidos (victoria, derrota o empate), y el método de la señora consistía en detenerse, con el lápiz preparado, en cada línea, y esperar a que le llegase un mensaje interior o exterior que le dijese qué anotar. Le daba la sensación de que la suerte era algo tangible que flotaba en el aire y que a veces se posaba en grandes cantidades sobre la gente. La suerte era algo que podía notarse, cogerse, morderse; la suerte podía rodear completamente a una persona en determinado momento y desaparecer al siguiente. Por eso, en el instante de atraer a la buena suerte en lo referente a las quinielas de fútbol, la señora Harris trataba de sintonizar con lo desconocido. Normalmente, mientras hacía esa pausa, si no notaba una violenta corazonada o si no sentía nada, marcaba la casilla del empate.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alba Editorial, 2015, en traducción de Ismael Attrache. ISBN: 9787-84-9065152-0.] 


martes, 8 de junio de 2021

Los viajes de Sir John Mandeville.- John Mandeville (1300-1371) o Anónimo


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Segunda parte: Los países que están más allá de Tierra Santa

Capítulo 35: De las costumbres de los reyes y de los pueblos que viven en las islas adyacentes a la tierra de Preste Juan y de los honores que rinde el hijo al padre muerto

 «Desde esas islas, de las que antes os he hablado y que se hallan dentro de los dominios de Preste Juan, tierras que son nuestros antípodas, y también desde otras islas que están aún más allá, cualquiera que se lo propusiera podría retornar a su lugar de partida circunnavegando la tierra. Pero unas veces por causa de las islas, otras por causa del mar, y otras por causa del agotamiento que produce el remar, pocas personas intentan hacer esa ruta, aunque es posible, como ya os he dicho. Sin embargo, casi todos regresan desde las islas que han sido mencionadas, pasando por otras limítrofes con las tierras de Preste Juan.
 En el camino de vuelta encuentran una isla llamada Casson. La isla tiene una extensión de sesenta jornadas a lo largo y de cincuenta jornadas a lo ancho. Es la mejor isla y el mejor reino que existe en aquellas latitudes, exceptuando Catay. Y si los mercaderes frecuentasen esa tierra tanto como frecuentan Catay, harían que en poco tiempo fuese mejor que Catay. El país está densamente poblado y lleno de ciudades y grandes villas, muy pobladas también; se vaya adonde se vaya en este país, siempre que se sale de una ciudad aparece otra delante de los ojos. En esa isla hay gran abundancia de bienes y de todo tipo de especias. Hay también grandes bosques de castaños. El rey de la isla es muy rico y muy poderoso, pero a pesar de todo, la tierra que ocupa pertenece al Gran Kan, de quien es vasallo, pues esa isla es una de las doce provincias que pertenecen al Gran Kan, sin incluir en ese número su propio país y otras islas menores, que son muchas.
 Desde esa tierra, en el camino de vuelta, se llega a otra isla llamada Ryboth [Tíbet], que está también bajo el dominio del Gran Kan. Es un país muy bueno y muy abundante en toda clase de bienes, en viñas, en frutos y en todo tipo de riqueza. Sus habitantes no tienen casas, sino que viven y duermen bajo tiendas hechas de fieltro negro, diseminadas por todo el país. La ciudad principal [Lasa] y la más regia está toda amurallada con piedras negras y blancas, y todas sus calles están también pavimentadas con el mismo tipo de piedras. En esa ciudad nadie se atreve a derramar sangre humana o de animal, por respeto a un ídolo que es adorado allí. En esa isla vive el papa de su religión, al que llaman Lobassy [Gran Lama]. Él es quien distribuye todos los beneficios, los honores y todo lo que pertenece al ídolo. Todos los religiosos y feligreses de sus iglesias lo obedecen, lo mismo que se hace aquí con el papa de Roma.        
 En esa isla existe una costumbre, extendida por todo el país, que consiste en que cuando muere el padre de cualquier hombre, el hijo, deseoso de demostrar su gran respeto por el padre, manda llamar a todos sus amigos y a todos sus parientes, a monjes y sacerdotes, y también a un gran número de ministriles. Luego, con gran alegría y solemnidad, llevan el féretro a una gran montaña. Una vez que lo han llevado allí, el prelado principal corta la cabeza del cadáver y la pone en una gran bandeja de oro y de plata, si el muerto era rico. A continuación entrega la cabeza al hijo, y éste y todos sus parientes cantan y recitan muchas oraciones. Tras esto, los sacerdotes y los monjes cortan el resto del cadáver en trozos y dicen algunas oraciones. Y las aves rapaces de todo el país, familiarizadas con esa antigua costumbre, se concentran en aquel lugar revoloteando en el aire –águilas, milanos, cuervos y otras rapaces carnívoras. Después los sacerdotes tiran los pedazos de carne y cada una de las aves coge lo que puede, apartándose un poco de allí para comérsela. Y siguen actuando así mientras quede algún pedazo de la carne del muerto.
 A continuación, de la misma manera que nuestros sacerdotes cantan por los muertos Subvenite sancti dei et cetera, así esos sacerdotes cantan muy alto en su lengua: “Contemplad lo bueno y lo digno que era este hombre, pues los ángeles de Dios vienen a buscarlo para llevarlo al Paraíso”. Al hijo le parece que su padre es honrado de manera extraordinaria, cuando acuden  muchos pájaros y aves rapaces a comérselo. Creen que cuantas más aves acudan mucho más honrado será el muerto.
 Luego el hijo lleva a casa a todos sus parientes, a sus amigos y a todos los demás, y les da una gran fiesta. Allí todos los amigos comentan y alardean sobre el número de aves que acudieron –unos dicen cinco, otros seis, otros diez, otros veinte y otros más-, y disfrutan enormemente hablando de esto. A la hora de comer, el hijo hace traer la cabeza del padre, y da de comer de su carne a los amigos más íntimos, como si fuera un aperitivo o un entremés. Luego manda hacer con el cráneo un cuenco, por el que beben con gran respeto él y sus amigos en recuerdo del santo hombre al que los ángeles de Dios se han comido. El hijo, en recuerdo de su padre, guardará ese cuenco para beber durante toda su vida.
 Desde esa tierra y después de atravesar en el camino de vuelta el país del Gran Kan durante diez jornadas, hay otra buena isla que es un gran reino, cuyo rey es extraordinariamente rico y poderoso.
Resultado de imagen de los viajes sir john mandeville catedra Entre los hombres ricos de ese país, hay uno que supera a todos los demás. No es príncipe, ni duque, ni conde, aunque muchos de éstos ocupan sus tierras y algunas de sus posesiones. Pero él es el más rico de todos. Anualmente recibe de renta 300.000 caballos cargados de grano de diversos cereales y de arroz. Lleva una vida noble y refinada, conforme a las costumbres del país. Diariamente tiene a su servicio cincuenta doncellas, todas vírgenes, para servirle las comidas, para yacer con ellas por la noche y para hacer con ellas lo que le plazca. Cuando se sienta a la mesa, cada plato le es servido por un grupo de cinco doncellas que van cantando una canción. Le cortan la comida y se la ponen en la boca, pues él no toca nada con las manos, sino que las mantiene todo el tiempo delante de él, encima de la mesa, porque tiene unas uñas tan largas que no puede coger nada. En ese país es de una gran elegancia y distinción tener uñas largas y dejarlas crecer durante toda la vida. Muchos hombres de ese país tienen unas uñas tan largas que llegan a rodearles toda la mano, lo que es signo de distinción y nobleza. En las mujeres el signo de distinción consiste en tener pies pequeños. Y para ello, nada más nacer, les vendan tan fuertemente los pies que no pueden crecer ni la mitad de lo que deberían , pues la elegancia en ellas reside en tener los pies muy pequeños. Esas doncellas, de las que antes hablaba, cantan todo el tiempo mientras dura la comida de ese rico señor. Cuando termina con el primer plato, llegan otras cinco doncellas con el segundo, cantando como hacían las anteriores. Y así sucesivamente hasta el final de la comida, todos los días. Ése es el tipo de vida que lleva ese señor. Así vivieron, antes que él, sus antepasados y así vivirán sus descendientes, sin ninguna hazaña bélica en su haber, sino llevando una vida regalada, igual que un cerdo al que se da comer en la pocilga para que engorde. Tiene su residencia en un palacio muy hermoso y muy rico, cuyas murallas tienen un perímetro de dos millas. Dentro hay muchos jardines hermosos y preciosos salones y cámaras. El pavimento de los salones y cámaras es de oro y de plata. En el centro de uno de esos jardines hay un montículo con una pequeña pradera. Y en esa pradera hay un pequeño observatorio con torres y pináculos completamente de oro. En ese pequeño observatorio se sienta a menudo para tomar el aire y para divertirse, pues ese lugar fue construido nada más que para su placer.
 En el camino de regreso desde ese país se atraviesa de nuevo la tierra del Gran Kan, de la que ya he hablado.
 Debéis saber que en todos estos países, en todas estas islas y en todos estos pueblos de los que he hablado, con excepción de muy pocos que carecen de un mínimo de sentido común y de inteligencia, existen entre sus creencias religiosas artículos de nuestra fe y algunas otras cosas buenas de nuestra religión. Creen en Dios, que hizo todas las cosas y creó el mundo, aunque lo llamen Dios de la naturaleza; sobre esto dice el profeta: Et metuent eum omnes fines terre*, y en otro lugar también: Omnes gentes servient ei, que quiere decir: “todos los pueblos le servirán”.
 Sin embargo, ellos no saben hablar con toda propiedad de Dios porque no hay nadie que les haya enseñado, aunque sí son capaces de captar su existencia mediante su inteligencia natural. No tienen conocimiento del Hijo, ni del Espíritu Santo, aunque saben hablar de la Biblia, especialmente del Génesis, de los dichos de los profetas y de los libros de Moisés. Y hablan bien cuando dicen que los seres a los que ellos veneran no son dioses, sino que los veneran por la virtud que hay en ellos, que no puede ser debida más que a la gracia de Dios. Y respecto de los simulacros y de los ídolos dicen que no son ellos los únicos pueblos que los tienen. Esto lo dicen porque nosotros, los cristianos, tenemos imágenes de Nuestra Señora y de otros santos a los que veneramos, aunque no saben que no veneramos a las imágenes de madera o de piedra, sino a los santos en cuyo nombre se hacen. Y de la misma forma que los libros y las escrituras enseñan a los clérigos cómo y de qué forma se ha de creer, así las imágenes y los cuadros enseñan a los laicos a venerar a los santos y a recordarlos mediante las imágenes que se hacen en su nombre. Dicen también que a través de esos ídolos les hablan los ángeles de Dios, que hacen grandes milagros. Y dicen verdad al afirmar que hay un ángel en su interior. Es cierto que hay dos tipos de ángeles, uno bueno y otro malo, como dicen los griegos, Cacho [kakós] y Calo [kalós]. Cacho es el ángel malo, y Calo, el bueno. Pero no es el ángel bueno, sino el malo, el que está dentro de sus ídolos para engañarlos y hacer que permanezcan en su error.»
   
  *”Y lo temerán todos los confines de la tierra”. Es una cita casi literal de la Biblia (Sal. 67,8)  [N. del T.]

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2001, en traducción de Ana Pinto, pp. 311-316. ISBN: 84-376-1897-5.]