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jueves, 8 de octubre de 2020

La filosofía en invierno.- Ricardo Menéndez Salmón (1971)

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4 de noviembre de 1677
Se vende memoria

  «-Era hermosísima. Una rosa entre tanta basura -comentará años más tarde, en su lecho de muerte, Hendryck van der Spyck, recordando la tarde en que se subastaron los bienes de su alquilado, Baruch Spinoza, y todos descubrieron el rostro de su último secreto, su enamorada Rebeca Eckermann.
 La esposa de Arthur, el molinero, apareció vestida de luto riguroso y con una cinta blanca sujetando los cabellos, como una virgen flamenca, investida de una decencia en su porte y una serenidad de ánimo que jamás se hubieran sospechado en la persona de una campesina. Los asistentes a la puja se miraron en sus ojos como quien se busca en las aguas de un pozo sereno y claro. Sin embargo, cuando advirtieron que estaba a punto de dar a luz, los menos discretos ahogaron un juramento, una amenaza, un puñado de blasfemias.
 -Pero yo ordené que se abstuvieran de hacer juicios. Ni la memoria del muerto ni la vanidad del marido ultrajado se merecían aquello -añadirá el casero llevándose la mano a su maltrecho corazón, acuciado por la vejez y el oprobio de las deudas.
 Pocas personas, salvando allegados del filósofo y algún amigo de Ámsterdam, tenían noticia de su relación con la señora Eckermann, de soltera Niemayer, una muchacha que en tres primaveras había pasado de ser una ninfa de pies descalzos a convertirse en una mujer de retrato, bella como un amanecer en los diques, con aquella cabellera ensortijada aunque a la par sedosa que parecía poseer vida propia, con aquellos labios casi siempre plegados a torno a una mueca hostil  y a la vez seductora, con aquellas piernas que los universitarios miraban de reojo, atormentados por sus pliegues de bronce, y los burgueses de La Haya festejaban en sus reuniones.
 De su amor, asegura Hendryck van der Spyck, nada se supo con certeza, salvo que, a tenor de lo sucedido durante esa inolvidable reunión, debió ser grande y admirable.
 -Tuvieron que amarse como los desesperados, en silencio y en secreto, ladrones robándole tiempo al Tiempo -aventurará el agente militar en compañía de sus familiares, horas antes de que su vida se apague como un fósforo mojado-. Que se presentara ante nosotros en aquel estado, con semejante indulgencia hacia nuestro rencor, nuestra envidia, nuestra falta de talento, significaba que se encontraba allí para demostrarnos a quienes nos creíamos espejo de virtudes y guardianes de una existencia dichosa, que ella había conocido una forma más alta de felicidad que todos nosotros juntos, y que nos concedía el don de su presencia, ajena a lo que tantas miserables conciencias se atreviesen a urdir, para rendir homenaje al hombre a cuyo lado la había compartido.
 Había catorce hombres en la sala. Sentada con las rodillas muy rectas, Rebeca sacó de una manga un pañuelo que esparció por el ambiente su maravilloso aroma a espliego. Llevaba la cara lavada, libre de afeites y velos, y hablando con tono firme, sin un adarme de debilidad, instó a los señores Ferdinand Huygens (abogado de profesión) y Johannes van Kempen (testigo durante al acta levantada para inventariar las posesiones del difunto) a que, por favor, apagaran sus respectivos cigarros, pues un persistente dolor de garganta le molestaba hacía días.
 -No supieron qué decir. Se les quedó cara de sapos -sonreirá acaso por última vez el moribundo narrador al rememorar la hazaña de Rebeca, su fantástica insolencia, su candidez convertida en arma arrojadiza contra las miserias, las falsedades, el orden de una sociedad sin refugio contra los incendios de un amor como el suyo-. Nevaba con fuerza. Éramos humildes, ruines, previsibles, misántropos. Éramos salvajes con trajes hechos a medida. Los bienes de mi alquilado se subastaron por 430 florines, de los que, en calidad de dueño de la casa y compareciente, me llevé casi 40.
 La lista de pertenencias que, el 21 de febrero pasado, Willem van den Howe certificó a la muerte del filósofo resultaba un tanto desalentadora: una cama, una almohada, dos almohadones, dos mantas, un par de sábanas rojas, cortinas, un volante con una colcha de paño, siete camisas, un molino de afilar, utensilios para pulir cristales, un pantalón y una chaqueta turcos, un pantalón y una chaqueta de paño, un abrigo turco negro y otro de color, un manguito negro, una lleva, un sello, dos sombreros negros, un par de zapatos negros y otros grises, un par de hebillas de plata, un cuadrito representando a un tipejo (sic), una mesita de madera, una mesilla de tres patas, un armario con libros.
 -Ella permaneció en silencio toda la subasta. No pestañeó mientras rufianes, comerciantes y buhoneros iban dando sus limosnas por lo que aquel hombre, el mismo que desdeñó una cátedra en la Universidad de Heildeberg, el mismo que renunció a publicar sus escritos en su patria, el mismo que tuvo en un puño la voluntad del gran Jan de Witt, había conseguido reunir a lo largo de su vida: una cama donde morir con dignidad, una máquina para ganarse el pan, unas ropas con las que cubrirse del frío. Sólo al aparecer los libros rompió a llorar.
 Rebeca regresó a las tardes transcurridas en el cobijo del molino, a los duelos de las sombras y el silencio, al bostezo de las horas, a la maraña de pieles, al sol otoñal que se filtraba por los huecos de las paredes (las goteras de la luz, como a él le gustaba decir) mientras Baruch le enseñaba a leer con una paciencia increíble, mostrando una indulgencia ante su ignorancia que jamás había visto ni sentido en ninguna otra criatura viva. Imaginó entonces sus manos recorriendo las páginas ahora en venta, revivió la caricia de sus labios bosquejando las palabras allí impresas, se admiró del dibujo de su nariz hebrea aspirando los profundos aromas, a pantano y tiempo, que se emboscaban tras los libros de Quevedo, Cervantes y Covarrubias, los gigantes de la patria de sus antepasados, cuyas obras declamaba en aquella lengua de pájaros que era como un bálsamo sobre la piel herida.
Resultado de imagen de la filosofía en invierno -Las lágrimas mostraron su desnudez. Resultaba tan obvio que deseaba pujar como que no tenía ni un céntimo. El viejo Eckermann la había abandonado a su suerte. Ni siquiera el vestido que llevaba le pertenecía. Más tarde supimos que lo había robado del armario de una doncella. Sólo era una mujer preñada que aguardaba el hijo de un muerto, una desposeída -anunciará con voz estrangulada el agonizante anfitrión, ganado por una emoción sin mácula-. No obstante, me consta que lo intentó. Aquella misma tarde, concluida la subasta, se acercó a casa del comprador ofreciéndole un camafeo de jade a cambio de los libros. Fue inútil. El hombre ni siquiera permitió que traspasara el umbral, cerró la puerta delante de su cara, insultándola con cierta palabra que, a menudo, se pronuncia en las tabernas, los mercados, incluso los púlpitos. Ella se desnudó en mitad del patio, gritando a los cuatro vientos que tomara su carne grávida, pues era lo único que podía ofrecerle y, por lo que podía entender, lo único de que sabía servirse para vivir. Por fortuna, una de las cocineras se apiadó de su situación, la cubrió con una manta y le ofreció comida. Parece increíble, pero a la vista de los libros su dignidad se había derrumbado como un castillo de naipes, y la mujer que horas antes nos asombrara con su serenidad, apenas era ahora un títere roto en manos del dolor. […]
 Esa misma noche Rebeca abandonó La Haya tras tomar un coche de postas, en dirección al mar, siempre hacia el norte. Apenas podía andar debido a su embarazo. Durante semanas no se recibieron noticias suyas.
 -Casi habíamos olvidado su rostro y su sufrimiento, las circunstancias de su derrota, cuando una mañana de finales de diciembre llegó a mi casa una carta lacrada, proveniente de España. Venía firmada por una abadesa, la madre María Isabel de Argote y Lanchas, y había tardado un mes en alcanzar su destino. En ella, sin adornos ni palabras graves, pero con escrúpulo cristiano, se me comunicaba que Rebeca Eckermann, de soltera Niemayer, natural de La Haya, había fallecido en una humilde celda de monjas, durante el oficio de maitines, el 19 de noviembre del año del Señor de 1677, al dar a luz a un varón que, debido a la extrema debilidad de la madre y a las penalidades sufridas durante el larguísimo viaje, no había sobrevivido al parto.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de KRK Ediciones, 2007, pp. 83-90. ISBN: 978-84-8367-038-5.]
 

domingo, 4 de octubre de 2020

El ladrón de niebla.- Lavinia Petti (1988)

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9.-La Subasta de las Ilusiones
 
  «Luego redoblaron los tambores y se acalló el parloteo en un silencio cargado de expectativas.
 Dio comienzo la Subasta de las Ilusiones.
 Un chiquillo vestido de punta en blanco, con una chaqueta azul con incrustaciones de oro y la máscara de un asnillo, apareció en el palco de detrás del telón y avanzó impertérrito hacia el rematador.
 -Y para empezar, esta noche tenemos con nosotros a un niño, ¡un guapo chiquillo de diez años! -vociferó el hombre, acogido por coros y ovaciones-. ¿Cómo te llamas, pequeño? 
 -¡Kuros, el Grande!
 -¡Kurus, el Grande! ¿Y qué sabes hacer?
 -Estoy vivo.
 -¡Magnífico! ¡Señoras y señores, tenemos aquí a Kurus el Grande y está vivo! ¿Alguien está interesado en su adquisición?
 Se alzó un bosque de manos y comenzó a oírse una vocinglería. Pero nadie habló de dinero. A Antonio, pendiente de inspeccionar las góndolas, le pareció que aquellas ofertas eran simples e insensatas abstracciones.
 Al cabo de algunos minutos se puso en pie una mujer, que dominó a todas las otras voces gritando con todo el aliento de sus pulmones su propia oferta: veintinueve años de su vida a cambio del niño.
 -¡Adjudicado! -sentenció el rematador.
 La mujer corrió a coger al pequeño atemorizado. Mientras subía los escalones, sus sollozos se hacían más fuertes y desesperados, hasta transformarse en un llanto incontenible cuando se encontró delante de Kurus el Grande. Lo abrazó con tal ímpetu que estuvo a punto de asfixiarlo.
 -¡Estás vivo! -daba gracias entre lágrimas-. ¡Estás vivo, hijo mío! ¡Creía haberte perdido para siempre!
 Se le pidió que firmase en un libro registro para sellar el contrato. Lo hizo distraída, demasiado emocionada para darse cuenta de lo que estaba originando. Luego ella y Kurus el Grande se fueron, cogidos de la mano. Y sin embargo, a cada paso, a la mujer le costaba cada vez más caminar, doblándose, encaneciendo y empequeñeciendo como si estuviera envejeciendo ante los ojos de todos. Se marchitó veinte años en veinte pasos, pero su sonrisa no se ajó ni un instante.
 El rematador, en aquel punto, sacó a subasta un reloj de péndulo con la esfera blanca sólo en una mitad: del tiempo perdido quedaban sólo los números del siete al uno. Había sido amablemente cedido por el Gran Relojero, dijo el rematador. Con él, cualquiera podría hacerse las ilusiones de tener más tiempo y poder continuar su búsqueda en Tirnail. Era una pieza de valor incalculable y hubo quien, con tal de hacerse con él, ofreció el Cordero Vegetal de Tartaria, recogido en la región de Oneiros, donde se cosechaban las fantasías perdidas; había quien hubiera prescindido del recuerdo del rostro de su madre y quien estaba dispuesto a privar a su dormir de sus sueños. Al final, fue adjudicado a un aviador que ofreció los recuerdos de sus viajes, a los que tuvo que añadir, visto el carácter unívoco del objeto, el coraje de volar. E inmediatamente cuando subió al tablado para llevarse el péndulo, el piloto comenzó a sufrir terriblemente de vértigos.
[...]
 Hizo una inclinación, a la que siguieron los silbidos extasiados de la multitud. El rematador le preguntó cómo se llamaba.
 -Mi nombre es... Genève Poitier -respondió tras haber reflexionado un instante.
 -¿Y qué sabes hacer?
 Genève se encogió de hombros y rió sarcásticamente, perpleja.
 -Tengo el pelo verde.
 -Tiene el pelo verde, señoras y señores. ¡Qué sublime ilusión, qué regalo para la vista! Así pues, damas y caballeros, cuánto ofrecen por semejante...
Resultado de imagen de el ladron de niebla -No he terminado -le interrumpió Genève con aire desafiante. 
 Levantó la mano izquierda, mostrando su dorso a los presentes. Tenía un tatuaje.
 -Pero, ¿qué es?
 -¡No lo veo!
 -¡Es una libélula!
 Corrió esta voz entre los clientes de la Subasta. En pocos segundos, hasta quien estaba lejos, más allá de las puertas de la gran sala, supo que Genève tenía una libélula tatuada en su mano izquierda.
[...]
 Se alzaron casi todas las manos para adquirir a la Genève de los cabellos verdes. Se oyeron gritos. No faltó quien ofreció lágrimas derramadas sobre el lecho de muerte de su padre, algún otro puso en venta su propia voz y alguien propuso un poco de la tierra recogida de la tumba de su hijo; un vigilante nocturno de un almacén de la periferia ofreció todos los amaneceres que había visto, impresionando al rematador. Al final, estaba a punto de conseguirla sobre los innumerables pretendientes un viejo vagabundo dispuesto a prescindir de todos los días felices de su vida.
 Durante un instante, los ojos de Genève y de Antonio se encontraron en medio de aquel fermento, y entonces el caos se tornó orden, el ruido silencio y la mezcolanza, soledad.
 Antonio debía conseguirla. Pero, ¿qué podía dar a cambio? No tenía nada consigo, allí, en Tirnail. ¿Qué poseía que estuviese dotado de un mínimo de valor?
 -¡Ofrezco mi nombre! -gritó, y todas las manos se bajaron porque nadie había osado una propuesta tan arriesgada.
 -¡Yo, Antonio Maria Fonte, ofrezco mi nombre a cambio de Genève Poitier! -repitió, ignorando los vahídos de Edgar que le imploraba que no fuese más allá.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Duomo ediciones, 2016, en traducción de José Ramón Monreal, pp. 92-96. ISBN: 978-84-16261-89-5.]

jueves, 20 de agosto de 2020

La dama de las camelias.- Alejandro Dumas, hijo (1824-1895)

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I

  «A mi juicio, no se puede crear personajes sin antes haber estudiado mucho a los hombres, de igual modo que no se puede hablar una lengua sin haberla estudiado en serio.
 Como no he llegado aún a la edad en que se inventa, me contento con relatar.
 Exhorto, pues, al lector a que se convenza de la realidad de esta historia, cuyos personajes al completo, a excepción de la heroína, todavía viven.
 Por otra parte, hay en París testigos de la mayor parte de los hechos que aquí se narran; ellos podrían confirmarlos si mi testimonio no bastase. Debido a una circunstancia particular, únicamente yo puedo contarlos, pues sólo a mí se me ha hecho confidencia de todos sus detalles y pormenores, sin los que hubiera resultado imposible escribir un relato interesante y completo.
 Así pues, veamos la manera en que esos detalles han llegado a mi conocimiento:
 El 12 de marzo de 1847 vi en la calle de Lafitte un gran cartel amarillo que anunciaba una subasta de muebles y de valiosas curiosidades. La venta se producía tras una defunción.
 El cartel no decía el nombre del difunto, pero la subasta se llevaría a cabo el día 16, en el número 9 de la calle de Antin, entre el mediodía y las cinco de la tarde. El cartel indicaba, además, que los días 13 y 14 se podría visitar el piso y ver los muebles.
 Siempre me han gustado las curiosidades. Me prometí no desperdiciar aquella ocasión, si no para comprarlas, al menos para verlas.
 Al día siguiente, me presenté en el número 9 de la calle de Antin.
 Era temprano y, sin embargo, ya había caballeros visitantes e incluso señoras, algunas vestidas de terciopelo, con chales de cachemir y sus elegantes berlinas esperándoles a la puerta, que miraban con asombro, incluso con admiración, el lujo que se exhibía ante sus ojos.
 Más tarde comprendí aquella admiración y aquel asombro, pues, cuando me puse a escudriñar, me di cuenta enseguida de que me hallaba en el piso de una mujer mantenida. Ahora bien, si hay algo que las damas de sociedad desean ver, y allí había damas de sociedad, es la intimidad de esa clase de mujeres cuyos carruajes salpican cada día los suyos, que tienen, al igual que ellas y al lado de ellas, sus palcos en la Ópera y en los Italianos, y que hacen alarde, en París, de la insolente opulencia de su belleza, sus joyas y sus escándalos.
 Aquella en cuya casa me encontraba había muerto; así que incluso las damas más virtuosas podían entrar en su dormitorio. La muerte había purificado el aire de esa espléndida cloaca y, por otra parte, en caso de serles necesaria tenían la excusa de acudir a una subasta sin saber a quién pertenecía la casa. Habían leído los anuncios y querían conocer lo que esos carteles prometían y escoger por adelantado: así de simple. Lo cual no les impedía buscar, en medio de todas aquellas maravillas, las huellas de esa vida cortesana de la que, sin duda, habían escuchado historias bien extrañas.
 Desdichadamente, los misterios habían muerto con la diosa y, pese a su voluntarioso empeño, sólo hallaron aquello que estaba en venta tras el deceso, y nada de lo que se vendía en vida de la inquilina.
 A la postre, había bastante que comprar. El mobiliario era soberbio. Muebles de palo de rosa y de Boulle, jarrones de Sèvres y de China, estatuillas de porcelana de Sajonia, satenes, terciopelos y encajes, allí no faltaba de nada.
 Me paseé por el piso y seguí a las nobles curiosas que me habían precedido. Ellas entraron en una habitación tapizada de telas persas y me disponía también yo a entrar cuando salieron casi de inmediato, sonriendo, como si les avergonzara aquella nueva curiosidad. Ello me hizo desear aún más vivamente entrar de inmediato en ese cuarto. Era el tocador y estaba revestido de cuidados detalles sobre los que parecía haberse derramado en grado sumo la prodigalidad de la muerte.
 En una gran mesa adosada a la pared, una mesa de un metro de ancho por dos de largo, brillaban todos los tesoros de Aucoc y Odiot. Era una colección magnífica y ninguno de esos mil objetos, tan necesarios para el arreglo de una mujer como aquella en cuya casa nos hallábamos, estaba hecho de otro metal que no fuera plata u oro. Sin embargo, semejante colección sólo se había podido formar poco a poco, y no había sido un único amor quien la había completado.
 Yo, que no me espantaba ante la visión del tocador de una mujer mantenida, me entretenía examinando los detalles, cualesquiera que fuesen, y reparé en que todos aquellos utensilios magníficamente labrados tenían varias iniciales y blasones diferentes.
 Miraba aquellas cosas, cada una de ellas muestra de la prostitución de la pobre muchacha, y me decía que Dios había sido clemente con ella, pues no había permitido que le llegara el castigo habitual y la había dejado morir en medio de su lujo y su belleza, antes de la vejez, esa primera muerte de las cortesanas.
La dama de las camelias - Nocturna Ediciones En efecto, ¿hay algo más triste que contemplar la vejez del vicio, sobre todo en la mujer? No encierra dignidad alguna ni inspira ningún interés. Ese eterno arrepentimiento no del mal camino seguido, sino de los cálculos mal hechos y el dinero mal empleado, es una de las cosas más entristecedoras que se puedan oír. Conocí a una anciana mujer galante a la que no le quedaba de su pasado más que una hija casi tan bella, al decir de sus contemporáneos, como lo había sido su madre. Aquella pobre niña, a la que su madre no había dicho "eres mi hija" sino para ordenarle sustentarla en su vejez como ella la había sustentado en su infancia, aquella pobre criatura se llamaba Louise y, obedeciendo a su madre, se entregaba sin voluntad, sin pasión, sin placer, como habría podido ejercer cualquier oficio si se hubiera pensado en enseñarle alguno.
 La permanente visión del desenfreno, un desenfreno precoz, alimentada por el continuo estado enfermizo de esa muchacha, había apagado en ella la capacidad de discernimiento del bien y del mal que Dios quizás le había dado, pero que a nadie se le había ocurrido desarrollar.
 Siempre me acordaré de esa joven, que paseaba por los bulevares casi todos los días a la misma hora. Su madre la acompañaba de continuo, tan asiduamente como una verdadera madre acompañaría a una verdadera hija. Entonces yo era joven y bien dispuesto a adoptar la liviana moral de mi siglo. Sin embargo, recuerdo que la visión de aquella escandalosa vigilancia me inspiraba repugnancia y desprecio.
 A ello habría que añadir que nunca un rostro de virgen mostró parecido sentimiento de inocencia ni tal expresión de melancólico sufrimiento.
 Se diría que era la imagen de la Resignación.
 Un día, el rostro de aquella muchacha se iluminó. En medio de los excesos, cuyo programa controlaba su madre, le pareció a la pecadora que Dios le permitía una dicha. Después de todo, ¿por qué Dios, que la había creado sin fuerzas, habría de dejarla sin consuelo, bajo el doloroso peso de su vida? Un día, pues, se dio cuenta de que estaba encinta, y lo que todavía quedaba en ella de casto se estremeció de alegría. El alma tiene extraños refugios. Louise corrió a anunciar a su madre la noticia que le hacía tan feliz. Da vergüenza decirlo, pero no traemos aquí la inmoralidad por gusto, contamos un hecho cierto, que quizá haríamos mejor en callar si no creyéramos que es necesario, de vez en cuando, revelar los martirios de esos seres a los que se condena sin escucharlos, a los que se desprecia sin juzgarlos; da vergüenza, decíamos, pero la madre respondió a su hija que apenas si les alcanzaba para ellas dos y que no tendrían suficiente para tres; que tales niños eran inútiles y que un embarazo era tiempo perdido.
 Al día siguiente, una comadrona, de la que diremos solamente que era amiga de la madre, vino a ver a Louise, quien permaneció algunos días en cama y se levantó de ella más pálida y más débil que antes.
 Tres meses después, un hombre se apiadó de ella y se hizo cargo de su cuidado moral y físico; pero el último golpe había sido demasiado violento, y Louise murió a consecuencia del aborto.
 La madre vive aún. ¿Cómo? Sabe Dios.
 Esta historia me vino a la memoria mientras contemplaba los neceseres de plata y, según parece, pasé un tiempo en estas reflexiones, pues, además de mí, ya no quedaba en el piso más que el guardián, quien vigilaba con atención desde la puerta que no me llevara nada.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Nocturna Ediciones, 2012, en traducción de José Manuel Fajardo. ISBN: 978-84-939750-2-9.]

viernes, 6 de diciembre de 2019

La última pintura de Sara de Vos.- Dominic Smith (...)

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Primera parte
Upper East Side.- Noviembre de 1957

 «A doscientos dólares el cubierto, la cena de la Sociedad de Asistencia atrae, poco más o menos, a las mismas sesenta personas cada año: abogados, cirujanos, gerentes, esposas filántropas, un diplomático jubilado de la zona alta. Siempre hay que vestir de etiqueta y los asientos se asignan mediante pequeñas tarjetas, con los nombres escritos a mano, distribuidas en diez mesas redondas. Una vez al año, Rachel telefonea a un artista japonés de Chelsea y le da su lista de invitados. Al cabo de tres días llegan las tarjetas en un sobre de papel de arroz. Marty sigue un método para la asignación de asientos, un truco aprendido de un amigo que organiza las subastas de arte de Sotheby's en Europa. Coloca a los comensales más acaudalados a corta distancia de la silenciosa mesa de la subasta y pide a los camareros que les rellenen las copas de vino cada quince minutos. Gracias a esta estrategia, estas cenas al servicio de la Sociedad de Asistencia han sido las que más beneficios han generado a lo largo de una década. Obtiene pujas exorbitantemente infladas por cruceros en el Caribe, entradas para la ópera, estilográficas y suscripciones a la revista Yachting. Marty calculó en su día que Lance Corbin, un cirujano traumatólogo que ni siquiera tenía yate, pagaba ciento veinte dólares por cada número mensual de esta publicación marítima.
 Las mesas, dispuestas en el gran salón con vistas a la terraza, están decoradas con azucenas y una cubertería antigua de plata. Como hace tan buen tiempo, los cócteles, el champán y el postre pueden servirse fuera, pero Marty insiste en que se cene dentro, donde la iluminación es mejor para la firma de cheques, donde las pinturas de género y los paisajes holandeses y flamencos evocan, si no a los huérfanos, sí al menos un ambiente de personas desfavorecidas: el campesino que lleva a rastras el anca de un animal a un sótano de piedra un día inclemente, los parroquianos de una taberna que arrojan cucharas a un gato o el Avercamp con sus campesinos de mejillas sonrojadas patinando por un canal helado.
 Cuando Rachel llama a los comensales para que pasen al salón donde se sirve la cena, el cuarteto de cuerda deja las sonatas de Rossini y acomete los conciertos y adagios de Bach. Como de costumbre, Rachel y Marty se sientan en mesas distintas para maximizar sus interacciones con los invitados, pero Marty advierte varias veces a lo largo de la cena que su mujer mira con expresión ausente la copa de vino. Clay Thomas cuenta, como cada año, sus anécdotas de cuando servía como enfermero en la Primera Guerra Mundial y jugaba al fútbol con los italianos en un barrizal. Por norma, Marty hace rotar a los invitados de su mesa, pero siempre se coloca diligentemente en el grupo de Clay Thomas. Mientras no lo nombren socio, hará ver cada año que escucha esas batallitas por primera vez.
 Después de la cena y la subasta, los comensales van saliendo a la terraza. Se ha instalado una mesa larga con copas de champán, hileras de profiteroles, tartaletas de crème brûlée y bombones belgas. Como en años anteriores, Rachel deja que Marty se ocupe de los invitados más importantes. A ella le es imposible entrar en las bromas de los hombres o la charla de las esposas de los socios, que envían a sus hijos a los mismos colegios y universidades, así que se contenta con acercarse a los asistentes periféricos. La hermana de alguna personalidad importante de la alta sociedad o la prima de fuera de la ciudad de algún miembro de la junta de administración de una organización benéfica: esas son las personas con las que se siente más a gusto, las que no le preguntan si nunca ha deseado fundar una familia. Marty la acusa de esconderse en su propia casa, de mantener conversaciones tensas e incómodas con absolutos desconocidos. Le dice que los socios la consideran altiva en lugar de tímida y frágil. Desde el ángulo de la terraza, en los últimos compases de una conversación sobre el chucho que los científicos rusos encontraron en una calle de Moscú, Rachel ve el recargado reloj de pared del gran salón y cae en la cuenta de que el servicio de alquiler de beatniks llegará en menos de media hora. Observa a la gente para hacerse una idea de cómo se desenvolverá la troupe entre ellos. No sabe si pretende conferir cierta ligereza a la velada o boicotear el acto. Si ha malinterpretado la situación, recibirá a los bohemios en el vestíbulo, les pagará sus honorarios y los enviará de vuelta a la noche.
 La temperatura ha bajado cinco grados y muchos de los invitados han pedido sus abrigos. Antes, durante los cócteles, Marty ha encendido el fuego en la chimenea de ladrillo exterior y ella los ha observado mientras Clay y los otros socios, con las copas en la mano, ofrecían consejo por turno. En un momento dado, Clay se ha puesto unos guantes de amianto y ha empuñado un atizador de forja para recolocar los troncos en el centro, explicando a los hombres de menor edad que hacían falta más llamas azules y aire en la base. Ahora, un grupo de ellos, se congrega junto al fuego realimentado, abogados con puros y metáforas laxas hablando de filosofía, decadencia urbana y minutas de clientes.»
    
   [El texto pertenece a la edición en español de Maeva Ediciones, 2017, en traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla. ISBN: 978-84-16690-67-1.]