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domingo, 21 de abril de 2024

El cuarto mandamiento.- Booth Tarkington (1869-1946)


Booth Tarkington - Wikipedia, la enciclopedia libre
Capítulo primero


  «El comandante Amberson hizo su fortuna el año 1873, precisamente cuando otras gentes andaban perdiendo las suyas, y de entonces data el comienzo de la magnificencia de los Ambersons. Es la magnificencia, como la importancia de un caudal, relativa siempre, y así lo descubriría el mismísimo Lorenzo el Magnífico si su espíritu visitara el Nueva York contemporáneo; fueron magníficos los Ambersons para su época y para la ciudad en que vivían. Su esplendor subsistió durante todos los años que vieron a su ciudad del Midland extenderse y tornarse sombría hasta llegar a ser grande urbe, mas alcanzó su mayor brillo en aquella época en que todas las familias pudientes y con niños tenían un perro de Terranova.
 En aquella ciudad, y en aquellos tiempos, todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos conocían a todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos, y si alguna compraba un abrigo de piel de foca, hasta las inválidas eran llevadas a la ventana para que lo vieran pasar por la calle. En las tardes de invierno, briosos trotones corrían presurosos por National Avenue y Tennessee Street arrastrando trineos; caballos y conductores eran de todos conocidos; y también los conocían cuando llegado el verano eran los veloces y ligeros tílburis los que renovaban las competencias y carreras del invierno. Todo el mundo conocía los coches familiares de los demás y podía identificarlos en la calle a media milla de distancia, habilidad en extremo útil para asegurarse de quién iba de compras, quién a una fiesta, o a casa desde la oficina o tienda, ya fuera para el almuerzo, ya para la cena.
 Durante los primeros tiempos de esta época predominaba la opinión de que la elegancia personal debía juzgarse más bien por la calidad de las telas usadas que por la forma a éstas dada. No era preciso reformar un vestido de seda al cabo de un año, poco más o menos, de estrenado, pues tal vestido continuaría siendo elegante mientras continuase siendo de seda. Los ancianos y los gobernadores vestían de fino paño negro, de más de veintinueve pulgadas de ancho; el traje de etiqueta era del mismo paño, con pantalones de otro más fino que parecía ante; y no había ningún hombre, fuera su edad la que fuera, que creyese que un sombrero pudiera ser otra cosa que un objeto rígido, alto y sedoso, que los deslenguados conocían con el irreverente nombre de “tubo de chimenea”. Aquellos hombres no hubieran aceptado ninguna otra clase de sombrero ni para la ciudad ni para el campo, y eran capaces de remar en el río tocados con él, sin experimentar embarazo alguno.
 Llegó un día en el que la “última moda” derrocó la aristocracia de la buena calidad. Modistas, zapateros, sombrereras y sastres se hicieron más astutos, lograron mayor autoridad, y hallaron medios de convertir en vieja la ropa nueva. Apareció el sombrero hongo, y se extendió su uso de manera prodigiosa: un año parecía su copa un cubo; al siguiente, más se asemejaba a una cuchara. Aún había en todas las casas un sacabotas, pero las botas altas fueron suplantadas por zapatos y botines, y la forma de los primeros iba mudándose de año en año, siendo ahora sus puntas cuadradas y luego afiladas como la proa de un balandro.
 Los pantalones con raya planchada eran considerados cosa plebeya, pues indicaba aquel doblez que había estado la prenda almacenada en un estante, y por tanto que no fue cortada a la medida. Llamaban a estas prendas compradas hechas, “bajamés”, aludiendo al estante en que esperaron comprador. A principios de la década del 80, cuando privaban con las mujeres flequillos y tontillos, apareció en sociedad un nuevo tipo de petimetre, que recibió el nombre de “pisaverde”: vestía este pantalones ceñidos a la pierna, zapatos de punta afilada como la de un puñal, hongo de “cuchara”, chaqueta recta llamada “Chesterfield”, de faldellines cortos y amplios, cuello cilíndrico y torturador de tres pulgadas, planchado y replanchado hasta que brillaba como un espejo, y rodeaba a este ora con una gran corbata de “plastrón” o con un lacito que no desdijera en la trenza de una muñeca. Cuando de etiqueta se vestía, usaba un abrigo color cuero, tan desmedrado que asomaban por debajo los negros faldones del frac sus buenas cinco pulgadas; pero pasados un par de años se alargó este abrigo de tan desmesurada manera que llegaba a los talones del elegante, y al mismo tiempo aquellos ceñidos pantalones fueron desechados para dar lugar a otros que, de puro amplios, parecían sacos. Pasó el tiempo, y no se volvió a saber del “pisaverde”, aunque la palabra que para él fue inventada permaneció en uso, generalmente con significación peyorativa.
 Fueron aquellas épocas de más abundantes cabellos que la nuestra. Las barbas adoptaban extrañas formas, según el antojo de quienes las llevaban, y no era extraordinario contemplar cosas en verdad inusitadas y sorprendentes. Los bigotes crecían sobre la boca como descuidadas guardamalletas; y fue posible para un señor senador de los Estados Unidos dejarse una sotabarba que más bien parecía desplazado bigote, sin que ello se considerase lo bastante interesante para merecer de los periódicos una sola caricatura. Y esto último basta para demostrar que, no obstante los pocos años transcurridos, era aquella época bien distinta de la actual.
EL CUARTO MANDAMIENTO | BOOTH TARKINGTON | Comprar libro 9788420467351 Al principio de la gran época de los Ambersons, la mayoría de las casas en aquella ciudad del Midland eran de agradable arquitectura. Carecían de estilo, pero también carecían de pretensiones, y todo lo que no es presuntuoso ya de por sí tiene suficiente estilo. Se alzaban bien separadas entre sí, sombreadas por árboles que aún quedaban de los que en otros tiempos formaron bosques; olmos, hayas y nogales, y aquí y allá una alta fila de sicómoros crecían y medraban donde se había rellenado arenales y barrancas con tierra del monte. La casa del “Primer Contribuyente” daba a Military Square, a National Avenue o a Tennessee Street, y estaba edificada de ladrillo, con cimientos de piedra, o de madera con cimientos de ladrillo. Tenía, generalmente, un “porche principal” y un “porche trasero” (y algunas veces un “porche lateral”); tenía un “hall delantero”, un “hall lateral” (y algunas veces un “hall trasero”); del “hall delantero” se pasaba a tres habitaciones: “la salita”, “el cuarto de estar” y “la biblioteca”, y esta última pieza podía justificar su nombre, pues aquellas gentes, por algún motivo sería, acostumbraban comprar libros. Por lo general, la familia estaba más a menudo en la “biblioteca” que en el cuarto de estar, y las visitas, cuando eran de “cumplido”, eran llevadas a “la salita”, lugar éste de pulimento e incomodidad extraordinarios. La tapicería del mobiliario en la biblioteca estaba algo deslucida, pero las hostiles sillas y sofá de la “salita” siempre parecían nuevos. Y, verdaderamente, por lo que se usaban bien pudieran haber durado mil años.
 Las alcobas estaban arriba: el cuarto de los padres, el más espacioso; uno algo más reducido para uno o dos hijos varones; otro para una o dos hijas. Cada una de estas alcobas tenía una cama de matrimonio, un “palanganero”, un “buró”, un armario, una mesita, una mecedora y, algunas veces, un par de sillas ligeramente averiadas en el piso bajo, pero en buen uso, y no parecía justificado el gasto de repararlas, ni discreto arrinconarlas por tan poca cosa en el desván. También había siempre un cuarto para huéspedes, en el cual era acostumbrado guardar la máquina de coser. Alrededor de 1870 comenzó a desarrollarse la opinión de que era necesario un cuarto de baño. Esto determinó que los arquitectos colocasen cuartos de baño en las casas nuevas; y las antiguas procuraron no quedarse atrás, para lo cual se sacrificaban los espaciosos armarios roperos de pared, y en el hueco así dejado se instalaba una tina, y junto al fogón de la cocina un calentador de agua. Esa planta siempre viva de la flora americana, los tradicionales chistes acerca de los usos, costumbres y tardanzas de los fontaneros, fue plantada en la vida nacional por aquel entonces.
 En la parte trasera de la casa, arriba, había una triste y angosta cámara llamada “el cuarto de la chica”, y en la cuadra, junto al pajar, otra alcoba llamada “el cuarto del criado”, sirviente admirable que para todo valía.
 Casa y cuadra costaban de siete a ocho mil dólares, y la gente que podía invertir cantidades de esa importancia en tales comodidades era llamada Los Ricos. Pagaban éstos a la habitante de «el cuarto de la chica» dos dólares a la semana, ya adelantada la época de que hablamos, dos dólares y medio, y muy a finales, tres dólares. Era «la chica», por lo común, irlandesa o alemana, o quizá escandinava, pero jamás indígena, como no fuese negra. “El criado”, que vivía en la cuadra, gozaba de emolumentos semejantes, y aunque también él era a veces un emigrante recién llegado en la cala del barco, por lo general se trataba de un hombre de color.
 Cuando salía el sol y era amable la mañana, los corrales de detrás de la cuadra presentaban un aspecto bien alegre: risas y voces llenaban el aire a todo lo largo de los polvorientos cobertizos, acompañadas de sonoros golpes dados con las almohazas contra las cercas y muros de la cuadra, pues los “morenos” gustaban de almohazar sus caballos en el patio. Prefieren siempre los «morenos» chismorrear a voces mejor que cuchicheando, y opinan que una palabrota, para que satisfaga a quien la dice, ha de pronunciarse con voz recia y sonora, y que si no, más vale callar. Allí la gente menuda aprendía frases abominables que luego repetían ante sus mayores pidiendo cumplida exégesis de su contenido, con frecuencia en momentos muy inoportunos. Los niños de menos desarrollada curiosidad se limitaban a repetir las frases en ocasiones de apuro o agobio, lo que atraía sobre sus cabezas tales consecuencias que solían recordarlas hasta ya muy entrados en años.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2005, en traducción de Fernando Santos, pp.10-14. ISBN: 978-84-2046-735-1.]

martes, 5 de enero de 2021

Marca de agua.- Joseph Brodsky (1940-1996)

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  «En este lugar puede derramarse una lágrima en distintas ocasiones. Asumiendo que la belleza consiste en la distribución de la luz en la forma que más le agrada a la retina, una lágrima es el reconocimiento, tanto de la retina como de la lágrima, de su incapacidad de retener la belleza. En general, el amor llega con la velocidad de la luz; la separación, con la del sonido. Es el deterioro que separa la velocidad mayor de la menor lo que humedece el ojo. Debido a que uno es finito, irse de este lugar siempre parece algo definitivo: dejarlo atrás es dejarlo para siempre. Porque partir es un destierro del ojo hacia las provincias de los demás sentidos; en el mejor de los casos, hacia las grietas y hendeduras del cerebro. Porque el ojo se identifica no con el cuerpo al que pertenece, sino con el objeto de su atención. Y para el ojo, por razones meramente ópticas, la partida no es el abandono de la ciudad por el cuerpo, sino el abandono de la pupila por la ciudad. Del mismo modo, la desaparición del amado, especialmente la que se produce de manera gradual, causa dolor, sin que importe quién, o por qué peripatéticas razones, sea el que realmente se mueve. A tenor del movimiento del mundo, esta ciudad es la amada del ojo. Después de ella, todo se convierte en decepción. Una lágrima es la anticipación del futuro del ojo.
 
 Sin duda, todo el mundo tiene proyectos para ella, para esta ciudad. Los políticos y los empresarios especialmente, porque nada tiene más futuro que el dinero. Tanto es así que el dinero se siente sinónimo del futuro e intenta ordenarlo. De ahí la abundancia de planes insustanciales para renovar la ciudad, para convertir la provincia del Véneto entera en una puerta al centro de Europa, para promover la industria de la región, para agrandar el complejo del puerto de Marghera, para aumentar el trafico de petroleros en la laguna y profundizar en el lecho de la laguna con el mismo propósito, para convertir el Arsenale veneciano, inmortalizado por Dante, en viva imagen del Beaubourg y almacén de inmundicias, para ser sede de una Expo en el año 2000, etc. Todas estas sandeces, normalmente salen de la misma boca, y a menudo, también, de una sola vez, mezclando ecología, protección, restauración, patrimonio cultural y qué sé yo. El objetivo de todo ello es sólo uno: la violación. Ningún violador, sin embargo, quiere verse a sí mismo como tal, menos aún verse pillado in fraganti. De ahí la combinación de objetivos y metáforas, alta retórica y fervor lírico que hincha por igual los pechos de tonel de los diputados parlamentarios y los de los commendadori.
 No obstante, aunque estos personajes son mucho más peligrosos -y sin duda mucho más dañinos- que los turcos, los austríacos y Napoleón juntos, ya que el dinero cuenta con más batallones que generales, en los diecisiete años que he frecuentado esta ciudad son muy pocas las cosas que han cambiado. Lo que salva a Venecia, como a Penélope, de sus pretendientes es la rivalidad que existe entre ellos, la naturaleza competitiva del capitalismo que alimenta las relaciones de sangre de los poderosos y los introduce en los distintos partidos políticos. Trabar la maquinaria del otro es algo que a la democracia se le da muy bien, y se ha demostrado que los saltos de rana de los gabinetes italianos son el mejor seguro que tiene la ciudad. Igual que el mosaico de su propio rompecabezas político. Ya no quedan dogos, y no es la grandeza de una visión particular lo que guía a los ochenta mil moradores de sus ciento dieciocho islas, sino sus intereses más inmediatos y sin visión de futuro, su deseo de llegar a fin de mes.
Resultado de imagen de marca de agua brodsky Aunque la visión de futuro aquí sería contraproducente. En un lugar de estas dimensiones, veinte o treinta personas sin trabajo se convierten enseguida en una pesadilla  para el ayuntamiento de la ciudad, lo cual, junto con la innata desconfianza de los isleños por el continente, hace que la recepción de planes llegados de éste no sea demasiado entusiasta, por muy maravillosos que sean. Por muy atractivas que puedan sonar en cualquier otro sitio, las promesas de empleo y crecimiento universal tienen poco sentido en una ciudad de apenas doce kilómetros de circunferencia, y que, incluso en sus momentos de apogeo marítimo, nunca superó las doscientas mil almas. Tales perspectivas pueden engatusar a un tendero o quizá a un médico; un empresario de pompas fúnebres, sin embargo, plantearía objeciones ya que los cementerios locales están de hecho saturados y los muertos deben ser enterrados en el continente. En un análisis final, para eso sirve el continente.
 No obstante, si el empresario de pompas fúnebres y el médico pertenecieran a partidos políticos distintos, no habría problema, algo podría hacerse. En esta ciudad, a menudo pertenecen al mismo y las cosas se estancan enseguida, incluso si el partido es el PCI. En pocas palabras, bajo todos estos enfrentamientos, inconscientes o no, yace la sencilla verdad de que las islas no crecen. Eso es lo que el dinero, es decir, el futuro, es decir, los volubles políticos y los poderosos, no pueden entender, lo que no perciben. Y lo que es peor, se sienten desafiados por este lugar, ya que la belleza, un fait accompli por definición, siempre desafía al futuro, considerándolo un presente impotente y marchito, o un suelo que se desvanece. Si este lugar es la realidad (o, como muchos defienden, el pasado), el futuro y todos sus alias quedan excluidos de él. En el mejor de los casos, alcanza al presente. Y quizá nada demuestre esto mejor que el arte moderno, cuya pobreza lo convierte en profético. Un hombre pobre habla siempre para el presente y quizá la única función de colecciones como la de Peggy Guggenheim y acrecencias similares de productos de este siglo que suelen amontonarse aquí sea demostrar lo barato, agresivo, insolidario y unidimensional del conjunto que formamos, inculcarnos humildad; no existe otro resultado concebible contra el fondo de esta ciudad Penélope, que teje su tapiz durante el día y los desteje por la noche, sin un Ulises a la vista. Sólo el mar.
 
 Creo que fue Hazlitt quien dijo que la única cosa que podría competir con esta ciudad de agua sería una ciudad construida en el aire. Se trataba de una idea digna de Calvino y, quién sabe, como conclusión de los viajes espaciales, quizá un día llegue a realizarse. Tal y como están las cosas, dejando a un lado nuestra llegada a la luna, la mejor forma de recordar este siglo sería que dejaran este lugar intacto, que simplemente lo dejaran como está.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Siruela, 2005, en traducción de Menchu Gutiérrez, pp. 76-80. ISBN: 84-7844-881-0.]
 

jueves, 27 de agosto de 2020

Ciudades en evolución.- Patrick Geddes (1854-1932)

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V.- Vías hacia la ciudad neotécnica

  «Durante mucho tiempo la belleza -ya sea de la Naturaleza o del arte- no ha contado con defensa alguna contra el progreso incesante de la nube de humo, las ráfagas de vapor de las máquinas y el avance de los arrabales de la industria paleotécnica. No porque los defensores de la belleza no fuesen algunos de los más nobles -considérese notablemente a Carlyle, Ruskin, Morris, con sus muchos discípulos-; pero todos ellos eran demasiado románticos; certeros en su afán por atesorar el legado mundial del pasado, pero errados en su reluctancia -algunas veces incluso rechazo apasionado- a admitir las exigencias y necesidades del presente de vivir y trabajar a la vez, y de acuerdo con sus luces. Así ellos, en gran medida, sólo atrajeron hacia sí esa respuesta salvaje, ese grito de guerra de: "¡Bah, sentimientos!", con la que el aspirante a utilitarista ha incrementado con tanta frecuencia su ferocidad hacia la Naturaleza y ha hecho más áspera su insensibilidad hacia el arte. Los románticos han sido, muy a menudo, igual de ciegos en su acertada ira que los utilitaristas mecanicistas en su vigoroso trabajo, su lúgubre satisfacción para consigo mismos. Ninguno ha logrado ver, más allá del duro presente, el mejor futuro que hoy alborea, en el cual las ciencias físicas aplicadas están avanzando -y dejando atrás la época de su burdo y ruidoso aprendizaje, con sus comienzos dilapidadores e impuros- hacia una técnica más refinada, una maestría más sutil y economizadora de las energías naturales; y en donde éstas, más aún, se complementan de modo creciente con el correspondiente avance de las ciencias orgánicas, con su nueva apreciación de la vida tanto orgánica como humana.
 En su día, cuando la educación se había atrofiado hasta convertirse en mera memorización para seniles tribunales examinadores, para aletargadas burocracias, ninguna de las partes podía prever la recuperación que hoy comienza para reafirmar la libertad y unicidad del espíritu individual, para guiar su despliegue -considérese, como síntoma de ello, el interés mundial en el método de enseñanza de la doctora Montessori-. En una era de individualismo extremo, que había sido necesario para escapar de las redes ya gastadas, ninguno preveía el retorno del sentido de camaradería y amabilidad humanas que promete encender de nuevo el corazón de la religión; y menos aún el renacimiento de la ciudadanía, esa reconstrucción de la ciudad en la que estamos entrando ahora y que inaugura un nuevo período de evolución social y política. Demasiado olvidada por nuestros predecesores de la era industrial, y aún hoy escasamente percibida por nosotros, la concepción y el ideal nacientes de ciudadanía nos están ofreciendo un nuevo punto de partida del pensamiento y el trabajo. Aquí, de hecho, existe una nueva consigna, tan definida -incluso más definida- que las de libertad, riqueza, poder, ciencia y habilidad mecánica que han fascinado tanto a nuestros predecesores; una que, más aún, las trasciende a todas ellas, que nos permite mantenerlas, coordinarlas con nueva claridad en aras del bien común.
 Desde este punto de vista debe plantearse, más seriamente y con más fuerza de lo común, la defensa de la conservación de la Naturaleza y el aumento de nuestros modos de acceder a ella. No se trata simplemente de rogar por ella fundamentándose en la amenidad, el recreo o el reposo, por muy sólido que todo ello pueda ser, sino que es preciso insistir en ella. ¿Sobre qué base? En términos del mantenimiento y el desarrollo de la vida, de la vida de la juventud, de la salud de todos, lo cual constituye sin duda el fundamento mismo de cualquier utilitarismo digno de ese nombre; y más aún, del despertar de la vida mental en la juventud, de su mantenimiento con la edad, que deben ser un objetivo principal del más elevado utilitarismo, y una condición de su progreso continuado hacia el esclarecimiento.
 Al comienzo mismo (capítulo II) vimos la necesidad de proteger, aunque sólo fuera por la necesidad primordial de reservas de agua pura, lo que queda de las colinas y los páramos entre las ciudades que crecen rápidamente y las conurbanizaciones de las modernas ciudades industriales -por ejemplo, las de Lancashire y Yorkshire, así como para Glasglow el distrito que rodea el lago Katrine.
 Lisa y llanamente, el higienista que se ocupa del abastecimiento de agua es el verdadero utilitarista; y por tanto, incluso antes de nuestro actual despertar de la ciudadanía, ha sido dotado de una autoridad superior a la de todos los utilitaristas menores, cada uno ocupado necesariamente con una tarea más estrecha y una visión más local -ingenieril, química, mecánica, productiva y monetaria-, y hasta ahora ha estado coordinando todas ellas en aras del servicio público. Pero con esta preservación de las montañas y los páramos se plantea asimismo la necesidad del acceso a ellos: una necesidad de salud, al mismo tiempo mental y corporal. Puesto que la salud sin los placeres de la vida -de los cuales uno de los primordiales es sin duda el acceso a la naturaleza- no es más que letargo; y éste, tal como comenzamos a saber, es la antesala de las enfermedades conspicuas. Con ello, nuevamente, aparece la gestión de los bosques: no el mero cultivo de árboles, sino la silvicultura, la arboricultura también, y el trazado de parques en toda su magnitud y perfección.
Ciudades en evoluci¢n de Geddes, Patrick: Nuevo (2012) | Imosver Esta visión sinóptica de la Naturaleza, esta visión constructiva de su orden y belleza en aras de la salud de las ciudades, y la felicidad simple pero vivida de quienes van de vacaciones (a los cuales una sabia ciudadanía educará a través de la admisión, no de la exclusión) es algo más que ingeniería: es un arte básico; más amplio que la planificación de calles es el trazado de paisajes; y de este modo se encuentra y combina con el diseño urbano.
 Pero los niños, las mujeres, los trabajadores de la ciudad, raramente pueden ir al campo. Como higienistas, como utilitaristas, debemos por tanto llevarles el campo hasta ellos. Mientras nuestros amigos los planificadores urbanos e ingenieros municipales [burgh engineers] van añadiendo calle tras calle, suburbio tras suburbio, es el momento de que nosotros también nos pongamos en acción y hagamos "que el campo conquiste la calle, no sólo que la calle conquiste el campo". En todas las avenidas principales que salen de la ciudad (y que a partir de ahora, esperamos, sean bulevares e incluso más) y alrededor de cualquier estación de ferrocarril suburbana, el planificador urbano está organizando su pueblo-jardín, con su propia individualidad y su encanto; pero nosotros, con nuestra perspectiva inversa, que entra del campo a la ciudad, debemos vigilar que estos suburbios en expansión dejen de crecer juntos, como tanto había sucedido con los del pasado. Las ciudades deben dejar de extenderse [spread] como manchas de tinta o de aceite [greasespots]: cuando se encuentren en verdadero desarrollo, se abrirán en forma de estrella lo mismo que las flores, con sus hojas verdes alternándose con rayos dorados.
 Los parques urbanos, que se cuentan entre los mejores monumentos y legados de nuestras municipalidades de finales del siglo XIX -y a pesar de ser valiosos, útiles, a menudo bellos-, han estado demasiado influidos por el punto de vista propio de los prósperos padres de las ciudades que los compraron y se hicieron cargo de ellos como los parques de mansión que frecuentemente habían sido, rodeándolos de vallas y manteniéndolos alejados del mundo vulgar. Su disposición, aún hoy, ha continuado en gran medida la tradición de los parques que dan entrada a las mansiones, en los que se admite a la gente en vacaciones y por cortesía; y donde las niñas se pueden sentar en el césped. Pero ¿y los niños? Como mucho se les proporciona un campo de criquet o se les deja un espacio entre las porterías de los campos de fútbol, pero ante el menor síntoma de sus actividades naturales, como levantar wigwams*, excavar cuevas o hacer represas, se les expulsa inmediatamente y tienen suerte si no se les entrega a la policía.»

  *El wigwam es una vivienda cupulada de una sola estancia usada por ciertas tribus nativas americanas; wigwam se aplica particularmente a las estructuras de esta guisa presentes en el noreste estadounidense.

  [El texto pertenece a la edición en español de KRK Ediciones, 2009, en traducción de Miguel Moro Vallina. ISBN: 978-84-8367-211-2.]

viernes, 5 de junio de 2020

El cibermundo, la política de lo peor.- Paul Virilio (1932-2018)


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La pérdida del mundo o cómo reencontrar el cuerpo propio

   «En 1978 escribió Defensa popular y luchas ecológicas. ¿Qué es lo que ha cambiado desde entonces en su crítica de la sociedad industrial y de los desgastes que engendra? ¿La ecología gris se apoya aún sobre movimientos populares para luchar?
 El tipo de resistencia estaba esbozado en Velocidad y política, que había servido de prefacio a Defensa popular y luchas ecológicas. La historia de lo político es inseparable de la historia de la riqueza y del capital -no es necesario ser marxista para decir esto. La cara oculta de la riqueza y de la acumulación, es decir, de la capitalización, es la aceleración. Ayer, la aceleración de los transportes marítimos; hoy, la aceleración de las informaciones. Así pues, se impone una política de la velocidad. Desde el momento en que estamos amenazados por una cibernética social, por las telecomunicaciones, por Internet y por la automatización de la interactividad, es necesario que haya una economía política de la velocidad al igual que existe una economía política de la riqueza y de la acumulación. De otro modo, no podremos resistirnos a esta contaminación de las distancias que es imperceptible e invisible. Tomemos el ejemplo del Atlántico. No es más que una gran basura. Al inventar los aviones supersónicos se eliminaron los paquebotes. El Atlántico sólo sirve para algunos transbordadores o algunos cargueros. Ya no es recorrido por el hombre salvo como lugar de ocio para cruceros en solitario o remeros como los de Aboville. Se da, pues, una pérdida de la extensión atlántica que anuncia la pérdida de la extensión planetaria.
 ¡Cuántas pérdidas! No se escapa ni el sexo, que ha desaparecido con el cibersexo, el miedo lo ha reemplazado, escribe usted. ¿Qué son el sexo y el amor para usted, Paul Virilio?
 El miedo al otro es lo contrario del amor. Se olvida esto cuando se piensa que el amor está unido al erotismo, a la sexualidad, a los placeres de la carne. La cuestión del amor se opone al odio, es decir, al miedo a los otros. El odio nace del miedo. Sin embargo, hoy en día, asistimos a una desintegración de la unidad de población. Para el hombre de las ciudades, la unidad de población es la familia y el lugar de población, la ciudad. Cuanto más se extiende el lugar de población, más se reduce la unidad de población: en las ciudades antiguas eran, por ejemplo, las tribus de Israel; en la Edad Media esas unidades estaban formadas por las familias en sentido amplio, como en África hoy en día; en los siglos XVI y XVII, comenzó a imponerse la familia burguesa con los padres, los abuelos y los niños; posteriormente, con la revolución industrial, apareció la familia nuclear; y, hoy en día, en la metaciudad -es decir, la ciudad virtual- se impone la familia monoparental. La familia ya no tiene descendencia; se desintegra. La mujer o el hombre se va con los niños. Estamos, pues, al final de un ciclo, al comienzo de una exclusión recíproca. El divorcio no es simplemente un fenómeno de costumbres, es un fenómeno de especie. Y las tele-tecnologías lo acentúan. La telesexualidad (o cibersexualidad) corona hechos que ya eran cataclísmicos. Para demostrar que todo esto no tiene nada que ver con ninguna moral sino con la demografía, voy a poner un ejemplo: la prostituta de Flaubert o de Maupassant, la de La Maison Tellier, es una prostituta con la que se mantiene una relación de amistad. ¡La prostitución en las ciudades actuales se reduce a la niña en el escaparate! Ya no es más que un producto. Si se considera el strip-tease o el peep-show, no existe el miedo al otro, sino una retirada, un distanciamiento. Con la video-pornografía, la distancia alcanza su punto álgido. Con el Minitel rosa, sólo existe la voz -el Minitel no sirve sólo para citarse, para eso bastaría el teléfono. Ahora tenemos el cibersexo, la telesexualidad. Con ello el divorcio alcanza su clímax puesto que nos desintegramos. Ya no es el divorcio de la pareja, ¡sino el divorcio de la copulación! De hecho, "hacer el amor a distancia" refleja la frase de Nietzsche: "Amad al que está lejos como a vosotros mismos". Todo el delirio alrededor del acoso sexual, este proceso de intención ofrecido al otro, es ya un signo patológico de odio al prójimo. Es el fin de la alteridad sexual. En ello yace una locura de especie que generan los pueblos desarrollados.
 ¿Ha encontrado usted un texto sobre ciberfeminismo?
El cibermundo, la política de lo peor Teorema. Serie Menor: Amazon ... Ese texto está extraído de Chimère, la revista de Félix Guattari. El ciberfeminismo existe en los Estados Unidos desde hace un tiempo y quiere tener su puesto en el control de las sensaciones. Para comprender esto hay que volver a insistir en la cibersexualidad, que se desarrolla porque los sentidos del hombre son transferidos a distancia. Casi el 80% de la producción microelectrónica está compuesta de captores, de sensores o de teledetectores. Por medio de éstos ha sido posible escuchar a distancia gracias a la radio y al micrófono; ver a distancia gracias a la cámara y a la televisión; tocar a distancia, por una parte, con el guante teletacto que permite tocar y sentir con la presión de la mano del otro a miles de kilómetros y, por la otra, con el traje de datos -datasuit- que permite sentir el cuerpo del otro. El último captor que acaba de ser innovado es el captor olfativo. ¡Se puede oler a distancia! La última percepción que no es transferible es el gusto. No se puede beber un buen vino a distancia. En alguna parte se produce un desgarro, una brecha para hacer salir las sensaciones del cuerpo...
 Usted parece sensible al problema del aumento del número de divorcios. ¿Las familias recompuestas no son, a su parecer, nuevas familias?
 Sí. De hecho, en todas las familias hay familias recompuestas. La familia recompuesta, en cierto modo, es una invención de autodefensa frente a la tendencia que acabo de mencionar. Es una de las leyes del urbanismo. Existen dos leyes en el urbanismo: la primera es la persistencia del sitio. Una ciudad no se reconstruye jamás afuera. La segunda es que cuanto más se extiende el lugar de habitación, más se deshace la unidad de población. Incluso en África, donde la demografía no deja de crecer, el número de habitantes baja constantemente en las ciudades. En los países occidentales, esta ley ha llegado al paroxismo con las familias monoparentales. Desde el invierno de 1994, madres de familia viven en los sótanos de París con sus hijos. Es una imagen del drama de nuestras sociedades.
 ¿Esta tendencia a la separación de sexos que usted describe no está equilibrada, en Europa, por una persistencia cultural del modelo cortés?
 No es imposible, pero no es ése el objeto de mi trabajo, que consiste en mostrar las tendencias negativas para prevenir el mal. Yo realizo un trabajo estadístico y anticipo las tendencias que empiezan a observarse. No niego que no sean más que tendencias y que junto a ellas haya familias unidas y una procreación demográfica asegurada. Pero si queremos que esto continúe hay que denunciar el carácter negativo y la propensión a excluir conjuntamente a los más necesitados y al otro. Esta exclusión está reforzada por las teletecnologías y por el trabajo a distancia que prefigura el amor a distancia. Respecto a los que se divorcian, existe un problema de temporalidad. Tomemos como ejemplo el modo de vida del siglo pasado. Las vivencias de aquellas parejas no tienen nada que ver con las de una pareja contemporánea. La presión de la ciudad, la velocidad de los cambios, el estrés y la aceleración de las costumbres hacen que en cinco años una pareja moderna viva cincuenta de los de una pareja de aquella época. Al haber vivido  cincuenta años en cinco ya no soportan vivir juntos... Acontecimientos del tempo. Existe una ritmología de la vida pública. Uno puede entenderse a partir de cierto ritmo. Si se acelera se fracasa. El submarino y la fábrica son buenos ejemplos: en el submarino, la ley de proximidad de una tripulación hace que los unos estén encima de los otros. Como consecuencia aparece el odio, porque no existe la distancia necesaria. En la fábrica, debido a que hay demasiado trabajo, y además a que también está el reloj -la productividad-, se termina por odiar a la gente a la que se podría amar trabajando tranquilamente. El tempo excesivo de la ciudad moderna es un elemento de desintegración y deconstrucción -como diría Derrida- de la unidad de población. Como resultado surge una especie de guerra civil fría.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2005, en traducción de Mónica Poole. ISBN: 84-376-1574-7.]