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domingo, 19 de octubre de 2025

Los nueve libros de la Historia.- Heródoto (c. 484 a.C. - c. 425 a.C.)

 

 Libro primero: Clío

  «131.- Sé que los persas observan los siguientes usos: no acostumbran erigir estatuas, ni templos, ni altares y tienen por insensatos a los que lo hacen; porque, a mi juicio, no piensan, como los griegos, que los dioses tengan figura humana. Acostumbran hacer sacrificios a Zeus, llamando así a todo el ámbito del cielo; subidos a los montes más altos sacrifican también al sol, a la luna, a la tierra, al agua y a los vientos; éstos son los únicos dioses a los que sacrifican desde un comienzo; pero después han aprendido de los asirios y de los árabes a sacrificar a Afrodita Urania; a Afrodita los asirios la llaman Milita, los árabes Alilat y los persas Mitra.
 132.- Sacrifican los persas a los dioses indicados del modo siguiente: no levantan altares ni encienden fuego cuando se disponen a sacrificar, ni emplean libaciones, ni flautas, ni coronas, ni granos de cebada. Cuando alguien quiere sacrificar a cualquiera de esos dioses, conduce la res a un lugar puro y llevando la tiara ceñida las más veces con mirto, invoca al dios; no le está permitido al que sacrifica implorar bienes en particular para sí mismo; se ruega por la dicha de todos los persas y del rey, porque en el número de los persas está comprendido él mismo. Después de cortar la carne, hace un lecho de hierba más suave, y especialmente de trébol, y pone sobre él todas las carnes. Una vez que las ha colocado, un mago entona allí una teogonía -tal, según dicen, es el canto- pues su usanza es no hacer sacrificios si no hay un mago. Después de unos instantes, se lleva el sacrificante la carne y hace de ella lo que le agrada.
 133.- Acostumbran a celebrar de preferencia a todos el día del nacimiento. En ese día creen justo servir una comida más abundante que en los otros; los ricos sirven un buey, un caballo, un camello y un asno enteros asados en el horno y los pobres sirven reses menores. Usan pocos platos fuertes, pero sí muchos postres, y no juntos. Por eso dicen los persas que los griegos cuando están comiendo se levantan con hambre, puesto que, después de la comida, nada se sirve que merezca la pena, pero si se sirviera no dejarían de comer. Son muy aficionados al vino. No está permitido vomitar ni orinar delante de otro. Ésas, pues, son las normas que observan. Acostumbran deliberar sobre los negocios más grandes cuando están borrachos. Lo que entonces les parece bien lo proponen al día siguiente, cuando están sobrios, al amo de la casa en que están deliberando, y si lo acordado también les parece bien cuando sobrios, lo ponen en ejecución; y si no, lo desechan. Y lo que hubieran resuelto estando sobrios, lo resuelven de nuevo hallándose borrachos.
 134.- Cuando se encuentran dos por los caminos, puede conocerse si son de una misma clase los que se encuentran por esto: en lugar de saludarse de palabra, se besan en la boca; si el uno de ellos fuese de condición algo inferior, se besan en la mejilla; pero si el uno fuese mucho menos noble, se postra y reverencia al otro. Estiman entre todos, después de ellos mismos, a los que viven más cerca; en segundo lugar, a los que siguen a éstos y, después, proporcionalmente a medida que se alejan, y tienen en el más bajo concepto a los que viven más lejos de ellos; creen ser ellos mismos, con mucho, los hombres más excelentes del mundo en todo sentido, y que los demás participan de virtud en la proporción dicha, siendo los peores los que viven más lejos de ellos. Cuando dominaban los medos, unos pueblos mandaban a los otros; y los medos mandaban sobre todos y sobre los que vivían más cerca; éstos a su vez sobre los limítrofes; éstos sobre sus vecinos inmediatos, en la misma proporción que observan los persas; pues así cada pueblo a medida que se alejaba, dependía del uno y mandaba al otro.
 135.- De todos los hombres los persas son los que más adoptaron las costumbres extranjeras. En efecto, llevan el traje medo, teniéndolo por más hermoso que el suyo, y para la guerra el peto egipcio; se entregan a toda clase de deleites que llegan a su noticia y así, de los griegos, aprendieron a tener amores con muchachos. Cada cual toma muchas esposas legítimas y mantiene muchas más concubinas.
 136.- El mérito de un persa, después del valor militar, consiste en tener muchos hijos; y todos los años el rey envía regalos al que presenta más, porque consideran que la cantidad hace fuerza. Enseñan a sus hijos, desde los cinco hasta los veinte años, sólo tres cosas: montar a caballo, tirar al arco y decir la verdad. El niño no se presenta a la vista de su padre antes de tener cinco años, vive entre las mujeres de la casa; y esto se hace con la mira de que, si el niño muriese durante su crianza, ningún disgusto cause a su padre.
 137.- Alabo, en verdad, esa costumbre y alabo también, en verdad, esta otra: por una sola falta, ni el mismo rey impone la pena de muerte, ni otro alguno de los persas castiga a sus familiares con pena irreparable por una sola falta, sino que, si después de calcular halla que los delitos son más y mayores que los servicios, cede a su cólera. Dicen que nadie hasta ahora ha dado muerte a su padre ni a su madre y que cuantas veces sucedió tal cosa si se la hubiese investigado resultaría de toda necesidad que los hijos eran supuestos o adulterinos; porque, afirman, no es verosímil que los verdaderos padres mueran a manos de su propio hijo.
 138.- Lo que entre ellos no es lícito hacer, tampoco es lícito decirlo. Tienen por la mayor infamia el mentir y, en segundo término, contraer deudas, por muchas razones, y principalmente porque dicen que necesariamente ha de ser mentiroso el que esté adeudado. El ciudadano que tuviese lepra o albarazos no se acerca a la ciudad ni tiene comunicación con los otros persas, y dicen que tiene ese mal por haber pecado contra el sol. A todo extranjero que lo padece le echan del país, y también a las palomas blancas, alegando el mismo motivo. En los ríos ni orinan ni escupen ni se lavan las manos en ellos, ni permiten que nadie lo haga; antes, los veneran en extremo.
 139.- Otra cosa les acontece que se les ha escapado a los persas, pero no a mí: los nombres corresponden a las personas y sus nobles prendas y terminan todos con una misma letra, que es la que los dorios llaman san y los jonios sigma. Si lo averiguas, hallarás que todos los nombres de los persas, y no unos sí y los otros no, acaban de la misma manera.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Orbis, 1982, en selección antológica de Natalia Palomar Pérez y traducción de María Rosa Lida, pp. 68-72. ISBN: 84-7530-129-0.]

miércoles, 13 de abril de 2022

Candela.- Juan del Val (1970)

JUAN DEL VAL | Casa del Libro  «Joaquín me ha propuesto un par de planes para este fin de semana. Uno de ellos era viajar juntos a Granada para hacer algo de turismo e ir a los toros, porque al parecer hay allí una buena corrida. Otra posibilidad es irnos a Alicante y desde allí acercarnos a ver el hotelito que quiere montar al lado del mar cuando definitivamente pueda dejar a su hijo al cargo de sus restaurantes. Aunque creo que me va a horrorizar, tengo curiosidad por ir a los toros con él, de tanta pasión que pone al contarlo, y también me apetece ver su proyecto del hotel, que me describe con tanta ilusión. Me cuenta que se trata de un edificio abandonado que hay que renovar por completo, pero que está pegado al mar, en un lugar exclusivo. Me iría con él a Granada, a Alicante o a cualquier sitio, pero me parece demasiado arriesgado pasar juntos dos noches tan pronto. No es por aquello que le pasó, pero considero que debemos conocernos un poco más antes de levantarnos en la misma cama.
 Al final, vamos a ir a la ópera, a la que Joaquín también es muy aficionado. Yo no he ido en mi vida y, a pesar de la ilusión que me hace, siento nervios porque no sé si sabré comportarme, ni siquiera sé qué ponerme. Mi referencia más próxima a la ópera es la escena de Pretty Woman en la que Richard Gere lleva en avión a Julia Roberts a ver La Traviata y ella acaba llorando de la emoción. Las diferencias son notables entre Julia Roberts y yo, entre Joaquín y Richard Gere, el avión, el vestido largo de terciopelo rojo de ella, el esmoquin de él, la joya que Julia lleva en su cuello…, pero hay algo en lo desconocido del plan de esta noche que me hace mucha ilusión y me inquieta. No voy a ponerme un vestido largo, entre otras cosas porque no tengo ninguno, pero tampoco voy a ir en vaqueros. Joaquín no me ha sido de gran ayuda, porque al pedirle consejo sobre cómo debería ir vestida me ha contestado con la siguiente frase: “Tú ponte guapa”, algo que me ha confundido aún más.
 Joaquín tiene dos abonos en el teatro Real desde hace algunos años. Me cuenta que se aficionó a la ópera por su exmujer. A ella le estará siempre agradecido por haberle despertado el interés por los libros, la música, los viajes, la cultura en general. Era una mujer muy sofisticada, de buena familia, que ayudó a Joaquín a relacionarse socialmente y a abrirle la visión tan reducida del mundo que tenía hasta entonces. Luego se separaron y ella se volvió a casar, pero cuando Joaquín me habla de ella siempre lo hace con cariño y se intuye una buena relación.
 Esta noche quería venir a recogerme a mi casa, pero yo he preferido que nos viéramos cerca del teatro.
 —¡Qué guapa estás! —me dice, dándome dos besos.
 —¿Te gusta?
 —¡Es muy elegante!
 No se lo digo, pero todo lo que llevo es de estreno, hasta la ropa interior. Nada de lo que tenía en el armario me convencía, así que me fui de compras. Dudé mucho si proponerle a Araceli que me acompañara, más que nada porque me daba vergüenza, pero me pareció una buena excusa para volver a vernos. A ella le encantó la idea de pasar juntas una mañana como si fuéramos amigas, como si fuéramos hermanas…
 Desayunamos primero y luego me llevó a algunas tiendas por el barrio de Justicia para elegir mi vestido para la ópera. Finalmente me decanté por uno verde muy oscuro, que lleva algo de encaje y que creo que me favorece mucho. También me ayudó a elegir los zapatos negros de tacón alto, muy incómodos pero muy bonitos. Araceli y yo nos abrazamos al despedirnos y me agradeció que me hubiera acordado de ella para mis compras. Creo que hasta se emocionó un poco cuando me decía adiós, y sospecho que alguna lágrima se le cayó al darse la vuelta. A mí también me pasó.
 La ópera es de Wagner y se titula El oro del Rin. Joaquín me explica que seguramente no es la mejor para iniciarse, por su densidad, aunque dura menos de tres horas. Sólo tres, una de las más cortas de Wagner. Pienso que es una broma calificarla de corta, pero Joaquín me aclara que algunas de este compositor duran hasta cinco… Él saluda a los vecinos de asiento y al presentarme les cuenta a todos que es mi primera experiencia. Las señoras, muy elegantes, la mayoría mayores que yo, y casi todos los hombres con traje oscuro. Joaquín lo lleva negro y su corbata es verde oscuro, casualmente casi del mismo tono que mi vestido. Cualquiera diría que nos hemos vestido juntos. Todo el mundo se muestra amable con él y por supuesto conmigo. Al abrirse el telón vuelvo a acordarme de Julia Roberts en Pretty Woman cuando Richard Gere le dice que la música tiene tanta fuerza que no hace falta entender lo que cantan en el escenario. El saludo de la orquesta antes de empezar a tocar con todo el teatro en pie aplaudiendo me llega a emocionar, y eso que todavía no ha empezado…
 La música es extraña, yo diría que poco rítmica, pero es impresionante la potencia con la que suena a través de la orquesta, tocando a tan poca distancia. Una mujer canta sola en escena y pronto se le añaden otras dos más con las que aparentemente discute; lo hacen en alemán, así que más bien es intuición. A pesar de los subtítulos que van pasando en las pantallas, me parece tan complicada que no me entero. Además, se me olvida leerlos mientras miro los gestos de los cantantes. La verdad es que no sé lo que está pasando, no sé si los hombres son monjes y ellas diosas o si son mujeres normales y ellos soldados… Me agobia no entender nada. Toda la música me suena trágica y las voces muy impresionantes, la verdad, pero también me parecen un poco desquiciantes. El público a mi alrededor parece pintado, absolutamente inerte ante lo que pasa en el escenario. Sin que se me note, miro el reloj y veo que llevamos poco más de media hora. Joaquín me mira y me sonríe y yo le devuelvo la sonrisa, disimulando que El oro del Rin me está resultando efectivamente demasiado densa. Por un momento pienso en las que duran cinco horas y me entra la risa. Un señor con túnica canta junto a una mujer y otros dos hombres, que creo que representan espíritus —yo qué sé—, deambulan por el escenario y de vez en cuando cantan algo parecido a una contestación a los actores principales. Mi risa va en aumento y eso me empieza a preocupar. Estoy a punto de no poder controlarla y es algo que me pone un poco nerviosa, espero que no me dé un ataque en medio de este dramón. Esa reflexión me hace más gracia y empiezo a taparme la cara y a esconderla para que no se me note que no puedo parar. Me lloran los ojos, me entra calor, es imposible contener la risa porque todo me hace cada vez más gracia. Yo vestida de estreno, las mujeres y los hombres del escenario con sus voces privilegiadas cantando o hablando en alemán, algo que aumenta mi desasosiego, el público tan concentrado en la obra y mi risa que cada vez me da más risa. Joaquín se da cuenta del ataque que me ha entrado y al mirarme se pone serio, parece que se enfada conmigo. Es sólo un momento porque al volver a mirarle, él también se ríe.
Candela - Juan del Val | Planeta de Libros —¡Voy un momento al baño! —le hablo al oído, entrecortada por la risa.
 —Y yo contigo —me responde.
 Menos mal que estamos al lado del pasillo y nos marchamos de allí sin molestar demasiado mientras en el escenario continúan cantando en alemán profundo una tragedia que sigo sin comprender.
 —Debería haber visto La Traviata —le digo a Joaquín, un poco avergonzada, nada más salir del teatro.
 —¡La verdad es que ésta es un coñazo! —me reconoce entre risas.
 Nos abrazamos y nos besamos en la misma puerta del teatro y por un momento me veo protagonista de una comedia romántica. Hacía mucho que no me reía tanto, y Joaquín me gusta cada vez más.
[…]
 Creo que en mi familia no se hacen las cosas bien. Ni antes, cuando vivía con mi madre y mi abuela, ni ahora que lo hago yo sola. Algo falla o no está lo suficientemente bien. Es una sensación difícil de explicar, pero siempre me parece que en mi casa todo sale peor que en otras casas. Pienso que mi baño está más sucio que el de los demás, que mi sofá es más incómodo que la mayoría de sofás, que mi tele se ve peor, que debajo del resto de camas no hay pelusas, que nunca se pudre nada en otras neveras, que las sartenes están impecables, que las otras personas no sudan las almohadas, que su wifi funciona siempre y lo hace más rápido… Pienso en esos detalles sin demasiada importancia, pero creo que también hay algo en mi vida que debo esconder. Una parte fea de la que todo el mundo podría reírse y yo me moriría de vergüenza, como cuando las niñas se daban codazos al ver a mi madre con el parche en el ojo.
 —¡Le pasa a todo el mundo! —me asegura Araceli, riendo.
 —¿Tu wifi tampoco va bien?
 —Y mis sartenes también se pegan en cuanto pasan unas cuantas semanas.
 Araceli y yo nos reímos en una mesa al lado de la ventana. Es la primera vez que viene a El Cancerbero. Quería que supiera dónde trabajo y cómo es el lugar en el que he pasado la mayor parte de mi vida.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Espasa Libros, 2019, pp. 128-131 y 164. ISBN: 978-84-670-5553-5.]

sábado, 29 de enero de 2022

Catón político.- Roque Barcia (1823-1885)


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Advertencia del editor

Revolución de 1854. (Hoja volante). ¿Qué haremos?

 «Pasó el gabinete San Luis: pasó ese gabinete que pretendía hacer de veinte millones de hombres un corazón egoísta y avaro: pasó como pasan los terremotos, como pasan las epidemias; pasó para no volver más.
 ¿Quién obró este prodigio? La revolución. ¿Qué es la revolución? Tal vez se ignora generalmente.
 Cien años de mal gobierno, se ha escrito, son preferibles a tres días de revolución.
 Nosotros creemos que debe decirse: cien revoluciones son preferibles a sólo tres días de un mal gobierno. Porque la revolución no es el tumulto, no es la anarquía, no es el botín; la revolución es la gran disciplina de los que no gobiernan para la humanidad, sino para ellos, para sus pasiones, para sus ruindades; la revolución es un instante de ley suprema: un instante en que la ley se viste el traje de todos para ser igual, inviolable, poderosa, casi divina. La revolución es tan indispensable para dar vida a las opiniones de la sociedad, como son indispensables ciertas inundaciones para dar alimento a los campos.
 Pero esas revoluciones destruyen, se dice; también destruye el hacha que tala los árboles, y no obstante la poda les hace producir. También destruyen las tormentas, los huracanes y los rayos, y no obstante esos rayos purifican la atmósfera. También destruyen los abismos y, no obstante, la Providencia los ha creado para que nos inspiren horror. También destruyen los torrentes y sin embargo Dios ha dicho al torrente que trabaje la tierra y que detenga nuestra planta ante la idea de un gran poder.
 La revolución es la boca por donde respiran la sociedades; no hay volcán sin respiradero: no hay sociedad humana sin revoluciones. ¿Qué fuera de nosotros si para los tiranos no hubiera un abismo, si el arbitrio de un hombre no tuviera por valla u torrente? ¿Qué fuera de nosotros si la revolución no hiciera las veces de un volcán?
 ¿Hay verdad, hay creencia, hay razón humana en esos movimientos espontáneos y universales, en esas cruzadas de los pobres que se llaman revoluciones? ¿Hay razón? ¿Hay humanidad? Pues la revolución es más buena; es santa: Dios la ha creado cuando creó el derecho y la justicia, así como cuando hizo brotar la atmósfera y la luz creó con ellas la tempestad y el rayo. La sociedad la necesita, Dios la quiere.
 Revolución fue el pueblo de Moisés, revolución fue la palabra de Jesucristo, revolución el libro de Mahoma, revolución el siglo de Sesostris, revolución el de Licurgo, y el de Pericles, y el de César, y el de Médicis, y el de Carlos V, y el de Luis XIV, y el de Pedro el Grande. Genios abortados por la revolución son Bonaparte, Franklin y Washington: esa triple pirámide levantada sobre el horizonte de dos mundos.
 Revolución fue Homero como Bossuet: revolución David como Galileo; revolución Cervantes como Atila; revolución Pedro el Ermitaño como Calvino; revolución Guttenberg como Fulton.
 Revolución es el coloso que siembra por el mundo los grandes hombres y las grandes ideas como tantos otros mármoles gigantescos que nos señalan el lindero de las edades.
 La China no fue sabia sino porque revoluciones ocultas trabajaron su espíritu: la revolución de la industria, la revolución del pensamiento. La India, ese paraíso de la humanidad, ese olvido encantado del mundo, no dará un solo paso en el camino de la perfección, en el camino de la vida, mientras que una revolución generosa y magnánima no arrebate de la boca de los magnates indios el hueso que roen bajo la mesa de su señor: mientras que la idea revolucionaria no les dé justicia, no les dé derecho, no les dé razón; es decir, no les dé libertad, porque la libertad es la primer razón, el primer derecho, la primer justicia. La India será un sueño para el mundo ilustrado mientras que no llame a su puerta ese genio de águila, ese viajero de todos los siglos, ese espíritu de cien brazos que cruzó los mares, que anduvo proscrito por los bosques de América, que articuló, por fin, una sola palabra, y que con ella ha fabricado veinte naciones de un pueblo salvaje.
 ¡Venturosa la sociedad en cuya conciencia puede resolverse el pensamiento de una revolución!
 La revolución será mala cuando un Calígula sea un Sócrates; cuando Roma deje de adorar a Trajano; cuando la civilización de América deje de sellar una palabra de gratitud sobre el sepulcro de Bolívar; cuando los Alpes dejen de guardar la memoria de su Guillermo Tell; cuando vendamos a un usurero nuestro destino; cuando el mundo deje de inclinar la cabeza sobre una esperanza. Las revoluciones serán malas cuando sea misión de los idiotas el apostolado y el martirio. Gobiernos imbéciles, ¿queréis cortar aquí el cuello al gigante? Allí resucitará con mil cabezas. ¿Queréis arrebatar al Océano el oleaje que revienta en la orilla? Un millón de olas viene después. ¿Queréis triunfar sofocando a Rienzi, execrando la memoria de Massaniello, levantando un cadalso ante los girondinos, ahorcando a Riego, inmolando al heroico Menolli, lanzando una sentencia contra Garibaldi, codiciando la sangre del valiente Kossut? Os engañáis. Usurpad mil rayos al sol y el sol no dejará de alumbrar al mundo; usurpad mil gotas al torrente, y el torrente: os inundará. ¿Cuántos tiranos no han existido? Ninguno ha dado muerte a una sola idea. ¿Cuántos verdugos no han vibrado la terrible cuchilla? Ninguno ha dado muerte a un solo derecho: ningún hacha ha segado la garganta de la humanidad. Os engañáis; para la idea cada hora es una nueva e interminable generación. Hay revoluciones porque no gobernáis para el gobierno; hay revoluciones porque queréis que todo el mundo vea las cosas con los ojos de vuestra policía y entienda con el entendimiento de vuestros fiscales, y piense con el pensamiento de vuestra opresión; hay revoluciones porque bebéis placeres en la misma copa que otros llenan de deshonra y de hambre; porque convertís la sociedad en un rostro espantado que va dando vaivenes sobre la punta de una bayoneta; porque hacéis un misterio del día; porque hacéis un crimen de nuestra virtud; porque queréis tener la verdad bajo llave, como se tiene a un perro dogo. Hubo Vísperas sicilianas, sucedieron las Pascuas veronesas, existió el juego de pelota, hubo revoluciones, porque las ensangrentadas conquistas de un pueblo no son el juro de vuestra heredad, porque un libro no es un cubilete, porque una conciencia no es un payaso, porque la creencia y el amor no han dejado de ser jamás el testamento del primer hombre. Hubo revoluciones, hay revoluciones porque como Xerjes lanzáis cadenas a la mar, cuando en vano dijerais al arbusto: no tengas sombra, y en vano dijerais al grano de arena: desaparece de este globo donde Dios te ha creado. Hay revoluciones, habrá revoluciones porque sois tiranuelos, porque sois tan pobres que hasta carecéis de la más vulgar de todas las virtudes: ¡la virtud de pensar en Dios! Legislad y seréis razón: creed y seréis dogma; hablad por boca de la libertad del derecho, de ese pensamiento divino que perpetuamente se agita en el mundo, como las olas en el golfo: sed liberales y cerraréis la puerta a esas revoluciones que os espantan: no habrá revoluciones, porque vosotros seréis entonces la revolución, porque vosotros seréis la humanidad, ese gran símbolo que ha salido triunfante de los naufragios del pasado, que atraviesa inmortal las turbulencias del presente y tiende sus alas hacia adelante como el genio del porvenir. No seáis milanos, no seáis búhos, no seáis buitres: sed águilas; haced de modo que para miraros tengamos que levantar la frente.
Resultado de imagen de roque barcia caton politico analecta editorial Mal gobierno, que truecas en paño mortuorio la púrpura sagrada del mando, ¡aprende a conocer que el que te habla es hombre como tú!
 Pero la revolución es como el fuego. Quien sobre ella pone imprudentemente la mano, se quema. No es bastante que un pueblo se revolucione; no es bastante que la madre para [dé a luz]: es indispensable educar al hijo. Nuestra revolución pública está hecha: ahora conviene dirigirla a sus fines propios. ¡Ay de nosotros si nos engañamos en la educación de nuestro pupilo! Esa revolución, que es el azote providencial del gobierno injusto que la sofoca, es también el juicio inexorable del pueblo ignorante que no la comprende.
 La revolución podría significarse por medio de un gigante que tiene muchos rostros. Un rostro mira a las costumbres, a los sentimientos, a las ideas. He aquí la revolución inteligente y moral.
 ¿Qué haremos en este sentido? ¿Descuidaremos la instrucción pública?
 Otro rostro mira a los derechos y a las obligaciones. He aquí la revolución política.
 ¿Qué haremos? ¿No debería corregirse el veto absoluto? ¿Continuará siendo una quimera la responsabilidad de los ministros?
 El tercer rostro mira a las propiedades: he aquí la revolución civil.
 ¿Qué haremos? ¿Es justo que existan en Madrid quinientos establecimientos públicos de usura? ¿Quinientos establecimientos que tal vez se enriquecen con la pobreza y la inmoralidad de quince mil familias?
 Otra cara de la revolución mira al culto. He aquí la revolución religiosa.
 ¿Qué haremos? ¿Será razonable que los obispos se llamen Iglesia absolutamente? ¿Será razonable que la Iglesia esté absolutamente fuera del Estado, cuando está dentro del presupuesto que paga el Estado? ¿Es político que haya en la sociedad un poder que no sea sociedad? ¿Qué haya una parte que no viva con la vida del todo, cuando del todo recibe su vida? ¿Es político que los seminarios conciliares no se ajusten a los estatutos explícitos del concilio de Trento, ahora que ninguna legislación ha anulado dicho concilio?
 Meditemos en estas preguntas, sazonemos nuestras opiniones y esperemos con confianza. Un gobierno no se constituye como se hace una montera, Roma no fue obra de un día. Tanto peligro hay en la parálisis como en la convulsión, así como la mitad de los ciclos dista tanto de un polo como de otro.
 Baste al pueblo saber que sobre las cabezas de todo el mundo levanta sus brazos el gigante de la razón.
 Madrid, 30 de julio de 1854.- Por un comité liberal,- Roque Barcia.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Analecta Editorial, 2011, en edición de Mónica Rivero Fernández, pp. 223-228. ISBN: 978-84-92489-17-6.]

lunes, 21 de junio de 2021

Autorretrato.- Édouard Levé (1965-2007)


Resultado de imagen de edouard leve «Pocas veces me fumo más de diez cigarros al día, mi garganta tiene un indicador natural que hace que me dé asco si fumo más. Puedo pasar días sin fumar. He dejado de fumar varias veces sin querer, siempre de la misma forma: cojo anginas, dejo de fumar y, una vez curado, se me olvida volver a fumar. Fumo tabaco de liar porque se consume a la velocidad a la que le doy las caladas, si se apaga lo vuelvo a encender, el tabaco que viene liado se consume solo y me impone un ritmo del que no quiero sentirme esclavo. Tengo un amigo que asegura que a las tres de la tarde es cuando el metro va más vacío y que, por lo tanto, habría que cogerlo siempre a esa hora. A veces escribo en el ordenador con los ojos cerrados y me recreo con la idea de las faltas de mecanografía que la lectura me revelerá más tarde. Ignoro más de lo que sé sobre mi cuerpo. Sé que tengo una cabeza, un cerebro derecho, un cerebro izquierdo, dos ojos, dos orificios nasales, dientes, un labio inferior y un labio superior, sé que tengo diez dedos al final de dos manos al final de dos brazos unidos a mi tronco por los hombros, sé que tengo pelo en el pecho, un cuello, dos pezones, costillas en número desconocido, un pene, dos testículos, dos nalgas, dos muslos, dos piernas, dos pies, sé que tengo un estómago, un corazón, un intestino grueso y un intestino delgado, un hígado, una tráquea, sangre, una garganta, una lengua, cuerdas vocales y dos orejas, no sé cuántos músculos tengo, cuánto me pesan los huesos, cuántas neuronas tengo ni a qué velocidad se renuevan, desconozco el volumen de mi sangre, no me he visto ningún órgano interno, hay ciertas partes de mi cuerpo que sólo he visto por mediación de un espejo, hay ciertas partes de mi cuerpo que no he visto, ni siquiera con la mediación de un espejo, pero no sabría decir cuáles. Sigo a los locos por la calle. No soy anarquista. No soy comunista. No soy socialista. No soy de derechas. Soy demócrata. Le doy importancia a los asuntos de la ecología. He votado a los verdes en todas las elecciones. Hasta los catorce pasaba la mayoría de los fines de semana en una casa de campo en la que, visto a posteriori, creo haberme aburrido mucho, aunque en su momento no era consciente. En poesía no me gusta la ejercitación de la lengua, me gustan los hechos y las ideas. Me interesan más la neutralidad y el anonimato de la lengua común que los intentos de los poetas por crear su propia lengua, el informe de los hechos me parece la poesía no poética más bella que hay. Suelo utilizar la palabra suelo. Cuando escribo suelo utilizar la palabra mucho, pero la elimino al releer. Sueño con una escritura blanca, pero no existe. No sé cuántas palabras conozco. Me pregunto si, puesto que con el tiempo olvido palabras y ahora aprendo menos que en el pasado, eso significa que cada vez utilizo menos palabras. Suelo tener miedo de defraudar a mis interlocutores. Me cuesta hablar en público de otra cosa que no sea yo. Mi persona es un tema inagotable para mí. Como me gusta que la gente me hable de sí misma, no tengo ningún escrúpulo a la hora de hablar de mí. Hago muchas preguntas sobre la vida privada de mis interlocutores, sobre todo si no los conozco. Prefiero que me cuenten una exposición a verla con mis propios ojos. No miento. Creo que ya no creo en Dios pero de vez en cuando, por la noche, me pregunto si es verdad que ya no creo. Ya no me acuerdo de a qué edad empecé a creer en Dios. Calculo que antes de los catorce creía en Dios por imitación, entre los catorce y veintiuno tenía fe y después dejé de creer gradualmente hasta que un día me di cuenta de que ya no creía. Cuando creía me representaba a Dios como a un abuelo con túnica y barba blancas, se me aparecía en contrapicado, como en un fresco. No me gustan las entrevistas de trabajo en las que le enseño mis trabajos a gente que me recibe por compromiso, más que por voluntad propia, sobre todo si hojean mis porfolios muy rápido, en cuanto a las entrevistas de trabajo que van bien, no siempre me agradan, sobre todo si acaban en un encargo en el que creo a medias pero con el que finjo estar entusiasmado. Cuando duermo bien, me imagino este proyecto: pasarme días sin dormir, para experimentar la impresión de estar bajo los efectos de una droga natural. Cuando duermo mal, me imagino este proyecto: dormir durante cuarenta y ocho horas, para experimentar así la impresión de estar bajo los efectos de una droga natural. En el extranjero comer se convierte en un problema, los menús son incomprensibles, pido los platos al azar y en general me llevo sorpresas agradables, aunque, o porque, la naturaleza de los platos es imprevisible, y el orden, contra natura. Me afecta por igual una buena noticia que una mala, una noticia mala puede volverse buena, la mala noticia de verdad sería que no hubiese ninguna noticia. Estando en la calle una vez, miré el reloj con una lata de Coca-Cola en la mano derecha, me tiré la mitad de la lata en el pantalón, por suerte nadie me vio, nunca se lo he contado a nadie. No he leído a Platón, pero he leído muchos artículos que lo citan, por lo que tengo la falsa impresión de conocerlo, como esos libros que tengo desde hace tiempo y que nunca he abierto. Para que no me pillen en falta, evito citar a Platón al hablar. Me parece arriesgado evocar el pensamiento de un autor que sólo conozco en parte, aunque no creo que conozca a ninguno íntegramente. La tormenta me exalta como un enemigo. Me puedo tomar tres tazones de café americano sin empacharme, pero no más de un expreso francés, ni de un expreso italiano. En el extranjero, orinar y defecar se convierten en un problema, pero no más que fuera de casa en mi propio país. No he conducido un camión, ni un avión, ni un helicóptero ni un cohete, he conducido coches y motos de todas las cilindradas, barcos y bicicletas. Sé hacer esquí alpino, esquí náutico, skateboard, patinaje sobre ruedas, windsurf, pero no sé hacer ni surf ni snow. Si alguien dice “Monsieur Paul” en vez de “Paul”, tengo que superar cierta aprensión para seguir hablando con él sin reírme por dentro y sin sentirme culpable. Nunca llevo cuello vuelto, me irrita la piel. Evito los jerséis de lana virgen porque me dan picores y despiden un olor que me recuerdan a la irritación que me salía cuando, de pequeño, me obligaban a ponérmelos. No me gusta ponerme jerséis de cuello estrecho con el pelo todavía mojado. Dejé de ir al peluquero cuando tenía catorce años por el olor de la laca, por el rechinar sobre el pelo mojado de los dedos de la que me lavaba la cabeza y por el dolor de nuca que me entraba en el lavabo en forma de U. Me corto yo mismo el pelo, cosa que impresiona a mis amigos, ya que, con la experiencia, me sale bastante bien. He visto demasiadas muertes gesticulantes por televisión. Colecciono las tarjetas de invitación de las exposiciones con el propósito de hacer un inventario dentro de dos o tres décadas, pero cada cuatro años las tiro todas por falta de espacio, y, tiempo después, vuelvo a empezar. Me gustaría guardar todas las postales que recibo, pero al final las tiro al cabo de los años, salvo las de mis mejores amigos. Me pregunto si mis amigos tirarán las postales tan elaboradas que les mando. Soy capaz de repetir palabra por palabra frases u opiniones que oigo, simplemente porque me parecen justas y no veo por qué modificarlas para apropiarme de ellas. No estoy muy seguro de poder servir de ejemplo a la juventud. A los diez años, un día me estaba comiendo un bocadillo de jamón york cuando de repente noté un fuerte olor a tabaco, aunque no había nadie fumando a mi alrededor, y al olor se le unió un sabor agrio en la boca, había una colilla de tabaco negro dentro del pan, acababa de darle un mordisco. A diferencia de un amigo de un amigo, no me he encontrado un renacuajo en un queso fresco.
Resultado de imagen de edouard leve autorretrato 451 editores Cuando en invierno hay un sol intenso sin ninguna nube que lo oscurezca y la luz fría recorta secamente las sombras, podría fotografiar lo que sea y a quien sea. En los servicios públicos me protejo los dedos con papel higiénico para tirar de la cadena, pongo papel sobre la taza antes de sentarme, me lavo las manos cuando salgo y, a veces, también al entrar. No he esperado ningún tren ni ningún avión que no haya llegado, pero sí a gente. Es raro que me haga amigo de alguien que no avisa con tiempo de que no se va a presentar a una cita. No cortejo a mujeres caprichosas. Para sentirme seguro, si estoy perdido en una ciudad extranjera, voy al supermercado, es un lugar familiar, aunque, al mirar de cerca, ningún producto se parece a los que yo conozco, puedo, por ejemplo, sentirme completamente perdido en la sección de los yogures. Me siento atraído por las mujeres generosas con el tiempo, con las sonrisas, con la conversación, con el afecto y con el deseo físico. Prefiero estar en la cima de una montaña que al pie. Bajo los escalones de uno en uno y los subo de dos en dos. He ido a pescar menos de cinco veces  y todas antes de los quince. Le pegué un tiro a un faisán con una carabina y lo maté. Les he arrancado las alas a unas treinta moscas, les he quitado las patas traseras a igual número de saltamontes. En Beauce, aplasté cien hormigas soldado en un tilo. He destruido a puntapiés un hormiguero. Quería mucho a un perro al que mis padres tuvieron que poner la inyección porque se había vuelto loco, esa fue mi primera experiencia con la muerte. Estaba sentado en una terraza de una calle cercana a la Bastilla, la mochila con mi lujosa cámara colgada de la silla que pegaba a la carretera, un adolescente la cogió y echó a correr, lo vi al instante, pero me hicieron falta unos segundos para aceptar la idea de que me estaban robando, entonces me levanté y empecé a correr, cuando comprendí  que no lo iba a coger, grité sin mucha convicción: “Al ladrón, al ladrón”, soltó la mochila al instante. No me acuerdo de si lloré cuando, a la vuelta de la semana blanca, mis padres me comunicaron que Pirouette, mi hámster, había muerto durante mi ausencia. Mi padre me regaló una carabina del 22 de rifle largo por mi decimotercero cumpleaños, cosa que asustó al resto de la familia. Me gustaba la forma de mi carabina, pero me daba coraje que sólo pudiese pegar un tiro, e imaginaba que, en caso de ataque a la casa, tendría que ingeniármelas para que los asaltantes creyeran que era de repetición. Mi carabina disparaba plomillos y no cartuchos, lo que la hacía poco ofensiva a los ojos de los seres humanos, es decir, de los asesinos en potencia. Aunque no cazo, mi padre me dio la escopeta de caza de mi abuelo, con la que a veces he considerado la posibilidad de suicidarme. Hago más cosas cuando tengo poco tiempo que cuando tengo mucho. Tuve un sueño en el que iba paseando con mi padre, que a la vez era Raphaél Ibáñez, por un instituto lleno solo de chicas altas y rubias con zapatillas Converse, después nos bañábamos en un río azucarado, cuyo cauce conducía a una gruta recubierta de berro, nos comimos hasta las paredes antes de volver al instituto, imbuidos de deseo. Cuando viajo de pasajero en un coche, voy mirando cómo suben y bajan los hilos de los postes eléctricos como el malvavisco en una tienda de chucherías. La naturaleza se me antoja menos hospitalaria que la ciudad. Una casa en construcción puede llegar a interesarme más que una escultura minimalista, porque, al ser accidental el interés por la primera, me siento más autor que espectador de la “obra”. Un amigo mío cantaba las primeras palabras de los estribillos en inglés y después seguía con una serie de onomatopeyas porque la comprensión se le agotaba en ese punto. De pequeño se me repetía esta pesadilla: la gravedad ha desaparecido, la humanidad se dispersa, mis íntimos se alejan de mí sin esperanza de volver , cada uno es el centro de un universo en expansión infinita. Aunque no es un gran regalo, les doy las gracias a mi padre y a mi madre por haberme dado la vida. Cuando me tumbo en la hierba, me acuerdo del vértigo que me daba a los seis años pensar, tumbado en la hierba, que la gravedad se acababa y me caía del cielo.»

    [El texto pertenece a la edición en español de 451 Editores, 2009, en traducción de Julia Osuna Aguilar, pp. 59-68. ISBN: 978-84-96822-78-8.]