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domingo, 21 de abril de 2024

El cuarto mandamiento.- Booth Tarkington (1869-1946)


Booth Tarkington - Wikipedia, la enciclopedia libre
Capítulo primero


  «El comandante Amberson hizo su fortuna el año 1873, precisamente cuando otras gentes andaban perdiendo las suyas, y de entonces data el comienzo de la magnificencia de los Ambersons. Es la magnificencia, como la importancia de un caudal, relativa siempre, y así lo descubriría el mismísimo Lorenzo el Magnífico si su espíritu visitara el Nueva York contemporáneo; fueron magníficos los Ambersons para su época y para la ciudad en que vivían. Su esplendor subsistió durante todos los años que vieron a su ciudad del Midland extenderse y tornarse sombría hasta llegar a ser grande urbe, mas alcanzó su mayor brillo en aquella época en que todas las familias pudientes y con niños tenían un perro de Terranova.
 En aquella ciudad, y en aquellos tiempos, todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos conocían a todas las mujeres que gastaban sedas y terciopelos, y si alguna compraba un abrigo de piel de foca, hasta las inválidas eran llevadas a la ventana para que lo vieran pasar por la calle. En las tardes de invierno, briosos trotones corrían presurosos por National Avenue y Tennessee Street arrastrando trineos; caballos y conductores eran de todos conocidos; y también los conocían cuando llegado el verano eran los veloces y ligeros tílburis los que renovaban las competencias y carreras del invierno. Todo el mundo conocía los coches familiares de los demás y podía identificarlos en la calle a media milla de distancia, habilidad en extremo útil para asegurarse de quién iba de compras, quién a una fiesta, o a casa desde la oficina o tienda, ya fuera para el almuerzo, ya para la cena.
 Durante los primeros tiempos de esta época predominaba la opinión de que la elegancia personal debía juzgarse más bien por la calidad de las telas usadas que por la forma a éstas dada. No era preciso reformar un vestido de seda al cabo de un año, poco más o menos, de estrenado, pues tal vestido continuaría siendo elegante mientras continuase siendo de seda. Los ancianos y los gobernadores vestían de fino paño negro, de más de veintinueve pulgadas de ancho; el traje de etiqueta era del mismo paño, con pantalones de otro más fino que parecía ante; y no había ningún hombre, fuera su edad la que fuera, que creyese que un sombrero pudiera ser otra cosa que un objeto rígido, alto y sedoso, que los deslenguados conocían con el irreverente nombre de “tubo de chimenea”. Aquellos hombres no hubieran aceptado ninguna otra clase de sombrero ni para la ciudad ni para el campo, y eran capaces de remar en el río tocados con él, sin experimentar embarazo alguno.
 Llegó un día en el que la “última moda” derrocó la aristocracia de la buena calidad. Modistas, zapateros, sombrereras y sastres se hicieron más astutos, lograron mayor autoridad, y hallaron medios de convertir en vieja la ropa nueva. Apareció el sombrero hongo, y se extendió su uso de manera prodigiosa: un año parecía su copa un cubo; al siguiente, más se asemejaba a una cuchara. Aún había en todas las casas un sacabotas, pero las botas altas fueron suplantadas por zapatos y botines, y la forma de los primeros iba mudándose de año en año, siendo ahora sus puntas cuadradas y luego afiladas como la proa de un balandro.
 Los pantalones con raya planchada eran considerados cosa plebeya, pues indicaba aquel doblez que había estado la prenda almacenada en un estante, y por tanto que no fue cortada a la medida. Llamaban a estas prendas compradas hechas, “bajamés”, aludiendo al estante en que esperaron comprador. A principios de la década del 80, cuando privaban con las mujeres flequillos y tontillos, apareció en sociedad un nuevo tipo de petimetre, que recibió el nombre de “pisaverde”: vestía este pantalones ceñidos a la pierna, zapatos de punta afilada como la de un puñal, hongo de “cuchara”, chaqueta recta llamada “Chesterfield”, de faldellines cortos y amplios, cuello cilíndrico y torturador de tres pulgadas, planchado y replanchado hasta que brillaba como un espejo, y rodeaba a este ora con una gran corbata de “plastrón” o con un lacito que no desdijera en la trenza de una muñeca. Cuando de etiqueta se vestía, usaba un abrigo color cuero, tan desmedrado que asomaban por debajo los negros faldones del frac sus buenas cinco pulgadas; pero pasados un par de años se alargó este abrigo de tan desmesurada manera que llegaba a los talones del elegante, y al mismo tiempo aquellos ceñidos pantalones fueron desechados para dar lugar a otros que, de puro amplios, parecían sacos. Pasó el tiempo, y no se volvió a saber del “pisaverde”, aunque la palabra que para él fue inventada permaneció en uso, generalmente con significación peyorativa.
 Fueron aquellas épocas de más abundantes cabellos que la nuestra. Las barbas adoptaban extrañas formas, según el antojo de quienes las llevaban, y no era extraordinario contemplar cosas en verdad inusitadas y sorprendentes. Los bigotes crecían sobre la boca como descuidadas guardamalletas; y fue posible para un señor senador de los Estados Unidos dejarse una sotabarba que más bien parecía desplazado bigote, sin que ello se considerase lo bastante interesante para merecer de los periódicos una sola caricatura. Y esto último basta para demostrar que, no obstante los pocos años transcurridos, era aquella época bien distinta de la actual.
EL CUARTO MANDAMIENTO | BOOTH TARKINGTON | Comprar libro 9788420467351 Al principio de la gran época de los Ambersons, la mayoría de las casas en aquella ciudad del Midland eran de agradable arquitectura. Carecían de estilo, pero también carecían de pretensiones, y todo lo que no es presuntuoso ya de por sí tiene suficiente estilo. Se alzaban bien separadas entre sí, sombreadas por árboles que aún quedaban de los que en otros tiempos formaron bosques; olmos, hayas y nogales, y aquí y allá una alta fila de sicómoros crecían y medraban donde se había rellenado arenales y barrancas con tierra del monte. La casa del “Primer Contribuyente” daba a Military Square, a National Avenue o a Tennessee Street, y estaba edificada de ladrillo, con cimientos de piedra, o de madera con cimientos de ladrillo. Tenía, generalmente, un “porche principal” y un “porche trasero” (y algunas veces un “porche lateral”); tenía un “hall delantero”, un “hall lateral” (y algunas veces un “hall trasero”); del “hall delantero” se pasaba a tres habitaciones: “la salita”, “el cuarto de estar” y “la biblioteca”, y esta última pieza podía justificar su nombre, pues aquellas gentes, por algún motivo sería, acostumbraban comprar libros. Por lo general, la familia estaba más a menudo en la “biblioteca” que en el cuarto de estar, y las visitas, cuando eran de “cumplido”, eran llevadas a “la salita”, lugar éste de pulimento e incomodidad extraordinarios. La tapicería del mobiliario en la biblioteca estaba algo deslucida, pero las hostiles sillas y sofá de la “salita” siempre parecían nuevos. Y, verdaderamente, por lo que se usaban bien pudieran haber durado mil años.
 Las alcobas estaban arriba: el cuarto de los padres, el más espacioso; uno algo más reducido para uno o dos hijos varones; otro para una o dos hijas. Cada una de estas alcobas tenía una cama de matrimonio, un “palanganero”, un “buró”, un armario, una mesita, una mecedora y, algunas veces, un par de sillas ligeramente averiadas en el piso bajo, pero en buen uso, y no parecía justificado el gasto de repararlas, ni discreto arrinconarlas por tan poca cosa en el desván. También había siempre un cuarto para huéspedes, en el cual era acostumbrado guardar la máquina de coser. Alrededor de 1870 comenzó a desarrollarse la opinión de que era necesario un cuarto de baño. Esto determinó que los arquitectos colocasen cuartos de baño en las casas nuevas; y las antiguas procuraron no quedarse atrás, para lo cual se sacrificaban los espaciosos armarios roperos de pared, y en el hueco así dejado se instalaba una tina, y junto al fogón de la cocina un calentador de agua. Esa planta siempre viva de la flora americana, los tradicionales chistes acerca de los usos, costumbres y tardanzas de los fontaneros, fue plantada en la vida nacional por aquel entonces.
 En la parte trasera de la casa, arriba, había una triste y angosta cámara llamada “el cuarto de la chica”, y en la cuadra, junto al pajar, otra alcoba llamada “el cuarto del criado”, sirviente admirable que para todo valía.
 Casa y cuadra costaban de siete a ocho mil dólares, y la gente que podía invertir cantidades de esa importancia en tales comodidades era llamada Los Ricos. Pagaban éstos a la habitante de «el cuarto de la chica» dos dólares a la semana, ya adelantada la época de que hablamos, dos dólares y medio, y muy a finales, tres dólares. Era «la chica», por lo común, irlandesa o alemana, o quizá escandinava, pero jamás indígena, como no fuese negra. “El criado”, que vivía en la cuadra, gozaba de emolumentos semejantes, y aunque también él era a veces un emigrante recién llegado en la cala del barco, por lo general se trataba de un hombre de color.
 Cuando salía el sol y era amable la mañana, los corrales de detrás de la cuadra presentaban un aspecto bien alegre: risas y voces llenaban el aire a todo lo largo de los polvorientos cobertizos, acompañadas de sonoros golpes dados con las almohazas contra las cercas y muros de la cuadra, pues los “morenos” gustaban de almohazar sus caballos en el patio. Prefieren siempre los «morenos» chismorrear a voces mejor que cuchicheando, y opinan que una palabrota, para que satisfaga a quien la dice, ha de pronunciarse con voz recia y sonora, y que si no, más vale callar. Allí la gente menuda aprendía frases abominables que luego repetían ante sus mayores pidiendo cumplida exégesis de su contenido, con frecuencia en momentos muy inoportunos. Los niños de menos desarrollada curiosidad se limitaban a repetir las frases en ocasiones de apuro o agobio, lo que atraía sobre sus cabezas tales consecuencias que solían recordarlas hasta ya muy entrados en años.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2005, en traducción de Fernando Santos, pp.10-14. ISBN: 978-84-2046-735-1.]

jueves, 13 de junio de 2019

Diario de una camarera.- Octave Mirbeau (1848-1917)


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V

«Monsieur Paul Bourget  era el íntimo amigo y el guía espiritual de la condesa de Fardin, en cuya casa serví el año pasado como camarera. Allí oí continuamente decir que solamente aquél conocía lo más recóndito del alma femenina, tan complicada. Muchas veces había tenido la intención de escribirle, a fin de someterle este caso de psicología pasional. Nunca llegué a atreverme. No se sorprendan demasiado de lo grave de tales preocupaciones. Convengo en que no suelen ser frecuentes en las criadas. Pero en los salones de la condesa no se hablaba sino de psicología. Es un hecho reconocido que nuestro espíritu se modela según el de nuestros amos y, de lo que se habla en el salón, se habla también en las dependencias de la servidumbre. Lo malo es que allí no teníamos un Paul Bourget capaz de elucidar y resolver los casos femeninos que eran objeto de discusión. Ni siquiera las explicaciones de monsieur Jean llegaban a satisfacerme...
 Un día, mi señora me envió a casa del ilustre maestro con un mensaje. Él mismo me entregó la respuesta. Entonces me atreví a plantearle la pregunta que me atormentaba, atribuyendo no obstante a una supuesta amiga tan escabrosa y sórdida historia. Monsieur Paul Bourget me preguntó:
 -¿A qué clase social pertenece su amiga? ¿Se trata de una mujer de clase humilde que vive en la pobreza, sin duda?
 -Es una camarera como yo, ilustre maestro.
 Monsieur Bourget esbozó un gesto de superioridad, una mueca desdeñosa; por lo visto, no le gustaban los pobres.
 -No me ocupo de tales psicologías -dijo-. Son espíritus demasiado insignificantes. Ni siquiera poseen una verdadera alma. No entran en el ámbito de mis estudios psicológicos.
 Comprendí que en esos ámbitos no se empieza a poseer un espíritu, sino a partir de los cien mil francos de renta...
 No ocurrió lo mismo con monsieur Jules Lemaitre, un amigo de la casa también, quien al ser interrogado de igual modo, respondió, cogiéndome del talle amablemente:
 -Pues verás, encantadora Célestine, tu amiga es una buena chica, eso es todo. Y si se parece a ti, con gusto le diría dos palabritas, ¿sabes?
 Él, al menos, con su cara de pequeño fauno jorobado y bromista, no se daba tono y era buen muchacho. ¡Qué pena que haya acabado haciéndose amigo de los curas!
 Antes de todo eso, no sé lo que habría sido de mí en aquel infierno de Audierne, si las hermanitas de Pont-Croix, que me consideraban inteligente y amable, no me hubieran recogido por compasión. No abusaron de mi edad, ni de mi ignorancia, ni de mi situación difícil y vergonzante para utilizarme, para secuestrarme en su provecho, como ocurre a menudo en esa clase de sitios, donde se lleva la explotación humana hasta extremos criminales. Eran pobres y sencillas almas cándidas, tímidas, caritativas -y nada ricas- que no se atrevían a tender la mano a los transeúntes, ni a mendigar por las casas. Algunas veces vivían en auténtica miseria, pero se arreglaban como podían, y en medio de todas las dificultades de su vida no dejaban por ello de ser alegres y de cantar sin cesar como ruiseñores. Su ignorancia de la vida era conmovedora, y hoy, que puedo comprender mejor su infinita bondad, siendo deseos de llorar al recordarlas.
 Me enseñaron a leer, a escribir, a coser, a hacer las cosas de la casa y, cuando estuve más o menos al corriente de todo lo necesario, me colocaron, de criadita, en casa de un coronel retirado que venía todos los veranos, con su mujer y sus dos hijas, a una especie de castillo casi en ruinas, cerca de Comfort. Eran buenas personas, sí, pero muy tristes... ¡y maniáticas además! Nunca sonreían, no llevaban ni una nota de color en su vestimenta que, invariablemente, era de tonos oscuros. El coronel había hecho instalar un torno en el desván, y allí se pasaba el día solo, fabricando hueveras de boj, o bien, esas bolas ovaladas que llaman "huevos de madera" y que utilizan las amas de casa para zurcir las medias. La señora redactaba memorial tras memorial, petición tras petición, a fin de que le concedieran un estanco, y las dos hijas no hablaban de nada, no hacían nada, la una con su cara de caballo, la otra con su rostro conejil, ambas amarillas y flacas, angulosas y marchitas; se mustiaban allí como plantas que carecieran de abono, de sol y de agua. Todos ellos me aburrían enormemente. Al cabo de ocho meses los mandé a paseo, en una reacción impulsiva que luego lamenté.
 Pero, ¿qué se le va a hacer? Percibía en torno a mí la respiración y la vida de París. Su aliento henchía mi corazón de nuevos alientos. Aunque no salía mucho, había admirado con prodigioso estupor las calles, los escaparates, la muchedumbre, los palacios, los coches resplandecientes, las mujeres bien vestidas. Y cuando por la noche iba a acostarme al sexto piso, envidiaba a las criadas de las otras casas y sus bromas, que me parecían muy divertidas, y sus historias, que me dejaban maravillosamente sorprendida. Aun cuando estuve poco tiempo en aquella casa, pude ver arriba, por la noche, toda clase de excesos; incluso tomé parte en ellos, con la arrebatada emulación de una novicia. ¡Ah!, ¡cuántas vagas esperanzas e indefinidas ambiciones alimenté entonces, en aquel falaz ideal de placer y de vicio!
 Es que cuando se es joven, cuando nada se sabe de la vida, uno se imagina cosas y sueña... ¡Ah, los sueños! ¡Cuántas tonterías hice a causa de ellos! Hasta hartarme, como decía monsieur Xavier, un pillastre la mar de pervertido, del que pronto hablaré.
 ¡Y lo que tengo rodado! ¡Ah, lo que he rodado! Me asusto cuando pienso en ello...
 Aunque no soy vieja, he visto muchas cosas y muy de cerca. He visto a la gente al desnudo, he aspirado el olor de su ropa, de su piel, de su alma. A pesar de los perfumes, no huelen demasiado bien. ¡Hay que ver lo que un hogar respetable, lo que una familia honrada puede ocultar en lo que a vicios vergonzosos y a crímenes deleznables se refiere! Y todo ello bajo una apariencia de virtud. ¡Conozco bien eso!»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Cátedra, 1993, en traducción de Mª Dolores Fernández Lladó. ISBN: 84-376-1146-6.]

domingo, 29 de julio de 2018

Celebraciones.- Michel Tournier (1924-2016)


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Cuerpos y bienes
El dinero

«Creo sinceramente que las relaciones que cada uno de nosotros mantiene con el dinero son tan fundamentales y corresponden tanto a su personalidad como las que tiene con el sexo, Dios o la muerte. Por ejemplo, quien haya visto día tras día a sus padres peleando en sórdidas disputas alrededor de un monedero vacío, conservará unas heridas psicológicas que podrían influir en él durante toda la vida. Probablemente hará fortuna, orientando todos sus actos –sin siquiera darse cuenta de ello- a la acumulación de dinero.
 Demos pues ejemplo de confesión financiera. Sin duda, yo represento el caso exactamente contrario al anterior. Mi padre no poseía ninguna fortuna familiar, pero se ganaba la vida muy bien. Resultado: yo jamás oí hablar de “dinero” en casa. Si no era para establecer este principio, que es una de las poquísimas lecciones que me diera mi padre: cuando se tiene dinero, se gasta; cuando no queda, se gana.
 Yo tenía siete años cuando todo el mundo hablaba del secuestro del hijo de Charles Lindberg (1932). Acabé preguntándole a mi padre: “Si los gángsters me raptaran, ¿cuánto dinero darías para recuperarme?” Él fingió sumirse en un cálculo mental y por fin me dijo: “Quizá llegaría hasta los cincuenta francos, ¡pero ni un céntimo más!” La suma me pareció enorme y quedé imbuido, a la vez, de la generosidad de mi padre y de mi propio precio. Por desgracia, mi madre lo estropeó todo diciéndome: “Tu padre bromea. Puedes estar seguro de que tu padre daría todo lo que tiene para recuperarte.” Aquellas palabras me escandalizaron. Me parecieron excesivas, pasionales y a la postre inquietantes. Ya me veía como la causa de la ruina de toda la familia. ¡Realmente, las mujeres resultan imprevisibles!
 Sea como sea, el caso es que sigo sin tener el menor sentido del dinero. Será que gano el suficiente para no tener que pensar en él. ¿Qué más se puede desear? Si acudo a mis recuerdos, me doy cuenta de que durante muchos años viví en una pobreza extrema. Ni siquiera me daba cuenta de ello.
 En lo que se refiere al “tren de la casa”, como se decía antes, voy bastante de acuerdo con mi tiempo. La desaparición del “servicio” me parece una buena cosa. Me habría horrorizado tener criados. La verdadera libertad consiste en hacérselo todo uno mismo. En cambio, me parece que me habría encantado ser un mayordomo con mucho estilo en una gran mansión aristocrática. Ser testigo de todo sin ser visto por nadie, porque uno no forma parte de “la sociedad”. Cuando los invitados y los señores se ríen de una broma, el rostro del mayordomo debe permanecer helado. Una sonrisa por su parte constituye una grosera falta de profesionalidad. La señora de la casa le recibe a horcajadas sobre el bidé. Es que no es un hombre. En el fondo, yo debo tener alma de criado.
 Compadezco a aquellos que tienen un respeto sacrosanto por el dinero. Desprecio a aquellos que lo temen o lo odian. Hay una profunda afinidad entre el dinero y el sexo. Dar dinero a un(a) compañero(a) sexual es el gesto más natural y sin duda el más arcaico del mundo. Es la Morgengabe de los antiguos germanos. Lean el capítulo “Matrimonio” del Código Civil. No se habla en él más que de dinero. La diferencia de sexos no es condición indispensable para el matrimonio, de manera que los matrimonios homosexuales son perfectamente legales. El odio hacia el dinero es sólo la máscara del odio hacia el sexo. La ecuación sexo=dinero es causa de grandes satisfacciones. Quien da dinero se asegura una especie de dominio feudal sobre el cuerpo y el alma de quien lo recibe. “Bolsa: 1.Saco pequeño para el dinero; 2. Envoltorio de los testículos” (Larousse).
 Pero llega el momento de hablar del oro y ahí, para mí, todo cambia. Para ser completo, tengo que contar la historia de mi lingote.
[…]       
Un jugador en el mar
 Ocurrió en Montignac-l’Océan, una estación famosa por su playa y por su casino. Como no sabía qué hacer por la noche, decidí que iría a tentar la suerte con la ruleta, cosa que constituía para mí una auténtica novedad. Me rondaba por la cabeza la frase de un amigo mío matemático: “En comparación con la Loto o el Quarté, la ruleta es una auténtica inversión de padre de familia.” Sin duda ello es cierto para un calculador de probabilidades, pero la ruleta también es más apetitosa y no se sabe de nadie que se haya arruinado jamás con la Loto.
 Cambié doce fichas y las deposité tímidamente, una tras otra, sobre el tapete verde. La raqueta del croupier las arrastró inexorablemente, una tras otra. Lo había perdido todo. Ya estaba iniciado, pero también vacunado para siempre jamás contra la fiebre del juego. Pensé agriamente que la diosa Fortuna no tenía absolutamente ninguna psicología. Si hubiera querido seducirme, tendría que haberme dejado ganar un poquito, ¡qué caray!
 Fui a sentarme en la terraza y dejé reposar la mirada abarcando con ella el horizonte fosforescente en el que parpadeaba un faro rojo.
 -¿Me permite?
 Un hombre se inclinaba ante mí. Pude distinguir su pelo blanco, un rostro ascético y un smoking raído que me pareció el colmo de la elegancia, puesto que visiblemente era usado cada noche. Pensé que quería coger una silla. Pero no, lo que quería era sentarse a mi mesa. Después de todo, estábamos en una especie de club. Así pues, se sentó frente a mí.
 No me había visto nunca en el casino. No, en efecto, era la primera vez que venía. Y sin  duda, también la última. Le informé de mi breve experiencia. En total, estuvimos dos horas hablando y fue entonces cuando fui realmente iniciado en el juego. Mis modestas pérdidas me permitían cuando menos pagar las consumiciones. Era todo lo que me pedía a cambio de las lecciones que me dio.
 Al llegar al final se puso lírico y perentorio:
 -Sepa usted, caballero, que nosotros, los hombres de suerte, formamos una raza aparte que obedece a unas leyes que ustedes, los hombres de razón, ignoran. No pretendo iniciarle en unos secretos a los que se muestra usted totalmente refractario. Pero escuche esta anécdota que tal vez le hará calibrar las dimensiones del abismo que nos separa.
 En mi juventud tuve un compañero de juego; cada noche nos jugábamos nuestra fortuna, cada noche nuestras vidas, cada mañana nuestro honor… Precisamente una mañana, después de una noche de infierno, mi amigo se precipitó en brazos de su padre. Le confesó sumido en llanto que lo había jugado todo y todo lo había perdido. Las deudas de honor se habían comido sus bienes, sus tierras, los castillos de toda la familia. Sólo le quedaba la mano para hacer señales en la carretera y los ojos para llorar. El viejo lo empujó con una mirada flamígera: “No, te queda otra salida.” Se acerca a la pared, descuelga de una panoplia una antigua pistola de plata, se toma el tiempo necesario para cargarla y la pone en la mano de su único heredero. “Y ahora, ve y cumple con tu deber.” Pues es bien cierto que el hombre devorado por las deudas de honor se libera de ellas suicidándose.
 El joven huyó. El padre estuvo esperando angustiado la detonación que le diría que había perdido a su hijo. Pero no pasaba nada. Pasó el día. Pasó la noche. El anciano creyó morir de pena.
 Al día siguiente, a la misma hora que el día anterior, el joven interrumpió en su habitación. Estaba riendo y llevaba en las manos bolsas de oro. “¡Hurra, padre! –exclamó-. Vendí el arma preciosa que me diste. Y regresé al casino. ¡Y he ganado, he ganado, he ganado! ¡He recuperado todo lo que había perdido y mucho más!”
 Esta historia contiene dos lecciones. La primera es que estamos poseídos por una esperanza indestructible. In-des-truc-ti-ble, ¿comprende usted? No hay catástrofe capaz de abatirnos. ¿Sabe usted por qué? Porque toda pérdida contiene en sí la promesa de una ganancia, toda ruina la certeza de una inmensa e inminente fortuna. A veces el mundo se presenta como un tejido de causas y efectos con un desarrollo inexorable. No hay lugar para la esperanza, para el sueño. Ese determinismo implacable tranquiliza al hombre de razón. Al jugador, le desespera. El azar que el jugador introduce por la fuerza entre las mallas de esa red mediante las cartas o la ruleta, es para él una bocanada de oxígeno. Se dice que la naturaleza tiene horror al vacío. Pero el jugador siente una necesidad vital de ese vacío. El hombre de razón y él obedecen a dos principios opuestos. “No dejar nada al azar” es la ley del hombre de razón. “Dar siempre una oportunidad al azar” es la del jugador.
 La otra lección de esta anécdota es el amor por la vida que anima al jugador, que es su ánima. Sin duda, para usted, esto es lo más ininteligible, el amor por la vida. Henry Miller decía: “A quien no sigue su destino, la mala suerte le arrastra por la cola.” Discúlpeme, pero creo que eso es lo que le ha ocurrido a usted esta noche.
 Y ahora recuerden esto, por favor. La pasión por el juego es la más puramente espiritual de todas las pasiones. No tiene prolongación psicológica como la del sexo o el alcohol. Por tanto, no perjudica la salud. Y –paradoja suprema- es desinteresada. Sí, señor, desinteresada, por sorprendente que pueda parecerle. En ustedes, los hombres de razón, el interés orienta todas las palabras y los actos, como el imán dirige en un único sentido todas las limaduras de hierro. El dinero concebido así mata todo lo que vive a su alrededor. El único recurso que les queda a ustedes es fingir que se olvidan de esa parte sórdida de su existencia. Para nosotros, al contrario, es el carburante de nuestros sueños, un elixir mágico, el genio bueno y todopoderoso que se nos lleva volando.»

 [Los fragmentos pertenecen a la edición en español de Editorial Acantilado, 2002, en traducción de Luis María Todó. ISBN: 84-95359-88-X. ]