jueves, 1 de noviembre de 2018

La torre. Sobre un país desaparecido.- Uwe Tellkamp (1968)


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Segunda parte: La fuerza de la gravedad
51.-En el Valle de los Inocentes

«"¡Usted siempre está pidiendo más personal!"
 El rector Scheffer levantó las manos tras la exposición de Müller. Afable, sin retocar y en color, el redondo rostro de campesino de Gorbachov contemplaba la conferencia desde el lugar donde antes colgaban Andrópov y Chernenko. Josta trajo documentos; sexto o séptimo mes, calculó Richard tras una mirada a su vientre.
 "¡No tenemos más personal! Lo sabe tan bien como yo. La planificación de las necesidades..."
 Rykenthal, el jefe de la Clínica Pediátrica, intervino y repitió sarcásticamente la expresión "planificación de las necesidades". La Clínica Pediátrica amenazaba ruina, por el tejado se filtraba la lluvia; en el último piso, las manchas de humedad se habían agarrado entretanto unas a otras por los prolongados dedos, semejantes a amebas; el moho negro salía como poblada barba en las habitaciones cerradas por la inspección de edificios. Por supuesto exigía Rykenthal, ese hombre corpulento con aura de hipopótamo, con pajarita de prestidigitador y ojos azul-mariposa de pediatra, que se pusiera fin de una vez a esa penosa situación ("no sé, colegas, cuántas veces he de exponer lo que ocurre"), tras lo cual Reucker se puso impaciente y llamó la atención sobre los problemas, más urgentes a su modo de ver, de la nefrología; se pidió respuesta al jefe de la administración, Heinsloe, y, como tantas otras veces, a éste sólo le quedó abrir los brazos y lamentarse: "¡Los recursos, queridos colegas, los recursos que no tenemos! ¡Y de dónde sacar las capacidades para construir!" El material, él no podía crearlo por ensalmo.
 "Hace más de cinco años que se cursó la solicitud de un quirófano para las operaciones de la mano", le interrumpió Richard furioso cuando notó que había miradas de complacencia para Josta. "No es posible que en todo Dresde no haya recursos para poner en marcha una cosa de tan poca monta."
 "Colega Hoffmann, con todos mis respetos para sus ambiciones privadas, pero debo recordarle que en otorrinolaringología tienen solicitada desde hace trece años una nueva sala de operaciones..."
 "¿Ambiciones privadas lo llama usted?"
 "Las operaciones de la mano las puede hacer usted como hasta ahora en la policlínica, señor Hoffmann; pero es inconcebible que haya que poner a mis pacientes sus diálisis en un pasillo de la planta, porque el edificio anejo prometido hace muchísimo tiempo..."
 "¡Por favor, señores! Nuestros recursos son limitados. Pensemos cuál es la manera más oportuna de emplearlos. Lo más urgente me parece el saneamiento de la Clínica Pediátrica. Mi nieto estuvo ingresado allí hace poco, en el piso superior hay goteras, las enfermeras tienen que poner palanganas..."
 Clarens estaba sentado humildemente en un rincón, se acariciaba la barba, no decía nada y tampoco le preguntaban nada; un hombre enjuto al que, pensaba Richard, uno querría hacerle algo bueno espontáneamente, regalarle una naranja, por ejemplo: menos por amabilidad o atención que por una especie de pudor superior y para hacerse acreedor de su aprecio; Clarens estaba sentado como si meditara sus pecados, no sabía luchar, casi desaparecía junto a los representantes de las especialidades quirúrgicas, anchos de hombros, absolutamente convencidos de su importancia y de la de sus demandas. Con los chistes de urólogo de Leuser, Clarens parecía sufrir físicamente, las manos y los oídos adoptaban un indignado gris-cielo que pasaba a ser palidez de miel artificial cuando hablaba el secretario del Partido de la Academia de Medicina, un bulldozer del trabajo, desenvuelto y con sentido del humor, más dado a las obras que a las palabras y que gustaba de llevar el escrupuloso día a día a la perspectiva de una mañana de día de fiesta en un campamento de pioneros, un hombre cuyo Chto delat?: ¿Qué hacer?, y Kak tebya zovut?: ¿Cómo te llamas? (dificultad o enemigo), le habían quedado del trabajo en la construcción de un dique de contención siberiano, trabajo con el que había echado una mano al comunismo en tiempos "¡confortantes! ¡confortantes!" de funcionario de las Juventudes Libres Alemanas.
 "Siempre lo mismo", se lamentaba Richard ya fuera, "mucho hablar y después no ocurre nada." Clarens y él caminaban desde el rectorado por la Akademiestrasse. Clarens hablaba del suicidio. Era un investigador del suicidio que gozaba de fama internacional y decía a veces que él había tenido la suerte de poder dedicarse en ese país a su pasión, porque sólo Austria-Hungría ofrecían material más abundante. "¡Oh, ser psiquiatra en Viena!", suspiraba Clarens. Los casos de la monarquía dual austrohúngara se caracterizaban por una mayor riqueza de ideas, una inclinación a lo raro y aislado, mientras que los alemanes de algún modo "ponían punto final" cuantitativamente, y al decir eso Clarens agarraba el aire por detrás de su cuello y, con un estertor, sacaba la lengua. Claro, había también muertos por gas, con rostro apacible y mejillas suaves color cereza; récords en mayo y en Navidad; claro, somníferos, sobre todo mujeres, los hombres solían preferir métodos más duros. La taladradora, por ejemplo, en medio del corazón. Richard se acordaba del caso: el hombre, un meritorio ferroviario, llegó a la policlínica con la taladradora clavada y con todas sus condecoraciones colgadas en la pechera, la noche siguiente a la fiesta de su jubilación, esperó como todos los demás delante de la habitación de acogida y, cuanto le tocó a él, "expuso su problema". O el maestro jardinero, que en una cena se come una fuente de dieffenbachia cortada en trocitos, aliñada como ensalada y al día siguiente se encontraba en la UVI después de habérsele hecho un lavado de estómago. El entusiasmo de Clarens se transformó en fastidio: en el terreno internacional gozaba de prestigio. En cambio, en el nacional... mucho material, sí, pero también muchos impedimentos y obstáculos. Éstos los notaba él, dijo, cuando quería investigar los motivos del suicidio.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2011, en traducción de Carmen Gauger. ISBN: 978-84-339-7572-0.]

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