lunes, 12 de noviembre de 2018

El año mil.- Henri Focillon (1881-1943)


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Capítulo 1: El problema de los terrores
1.-Origen y desarrollo de las creencias milenaristas

«La idea del fin del mundo aparece en casi todos los antiguos pueblos como un elemento fundamental de su religión o de su filosofía, lo mismo que la idea de la resurrección gloriosa, lo mismo que el tema de la periodicidad milenaria: así, en el mazdeísmo iranio, al cabo de once mil años, se abaten sobre el mundo el invierno y la noche pero del reino de Yima descienden, resucitados, los muertos para repoblar la tierra. Análogas creencias se encuentran en la antigua mitología germánica, en algunas comunidades musulmanas. La filosofía de Heráclito y la filosofía estoica estaban ya más o menos impregnadas de doctrinas semejantes. En el De natura deorum, Cicerón explica cómo el mundo perecerá por el fuego, pero como el fuego es alma, como el fuego es dios, el mundo renacerá tan bello como antes.
 Según el milenarismo cristiano, Cristo debe gobernar el mundo durante un período de mil años -en latín, el millenium; en griego, el chiliasme-. Esta idea es esencial en el cristianismo primitivo, en el que continúa una vieja tradición judaica. Harnack ha dilucidado muy bien la trayectoria de esta idea y la complejidad de los elementos que la componen: la suprema lucha entre los enemigos de Dios, el retorno de Cristo, el Juicio Final, la fundación en la tierra de un reino glorioso. En la literatura apocalíptica judía, en Jeremías, en Ezequiel, en Daniel, así como en los Salmos, el reino mesiánico no es limitado en su duración. Aparece además una idea nueva: se distingue la venida del Mesías y la aparición del Dios juez. De aquí una duración limitada en la realeza mesiánica propiamente dicha: limitada, pero no precisada por Baruch, para quien esta realeza durará hasta que acabe la corrupción del mundo -texto precioso, pues nos impide confundir el reino mesiánico, en el que la humanidad se debate aún contra el pecado, con el reino de gloria-. Según el apocalipsis de Ezra y según el Talmud, la duración del reino mesiánico es de cuatrocientos años. Pero la que se le asigna más frecuentemente es de un milenio, es decir, un día de Dios, un día de mil años. En el transcurso de la Edad Media vemos aparecer este concepto de un semana inmensa, cuyos siete días representan las siete edades del mundo, correspondiente la última al reinado del Mesías y con un valor sabático. Harnack observa sagazmente que el principio de una limitación de duración no aparece ni en la literatura evangélica ni en la literatura apostólica. Pero el Apocalipsis de San Juan, ese extraño testimonio de la supervivencia del pensamiento judío en los cristianos de Asia, es categórico en este punto: el reino mesiánico debe durar mil años. Después aparecerá Satanás por poco tiempo y será destruido. Entonces saldrán de sus tumbas los muertos para ser juzgados y, como en el mazdeísmo, un nuevo universo, reino de gloria, será creado por los elegidos. Un judío-cristiano, Cerinto, se lo representaba, según Eusebio, lleno de sensualidad oriental: después del apocalipsis de la destrucción y del castigo, el apocalipsis de las delicias humanas. Como quiera que sea, en una o en otra forma, esta idea, en sus grandes líneas, queda ya como idea ortodoxa y los doctores que intentan conciliar paganismo y cristianismo, Justino, por ejemplo, la retienen como un elemento esencial de éste.
 Puede decirse que es el período más floreciente de los conceptos milenaristas. Lo que hay a la vez de fulgurante y de oscuro en el Apocalipsis juánico favorecía, a través de las diversas interpretaciones, ese sentimiento de espera, esa fe en alerta, en expectativa que es lo propio del mesianismo. El Señor había venido. El Señor había de volver. El Señor juzgaría a los vivos y a los muertos. ¿Cómo calcular los tiempos? Ese día formidable, el día último y la edad última del mundo, ¿se estaba ya en él, estaba a punto de cumplirse, iba a aparecer ya el Anticristo? Desde mediados del siglo segundo comienza ya la larga controversia entre la interpretación literaria y la interpretación mística. El viejo milenio judío cae en el descrédito detrás del montañismo, que lo había adoptado. La Iglesia griega desconfía cada vez más de lo que considera un sueño de visionarios, hasta el punto de excluir el Apocalipsis del número de los escritos canónicos. Los intentos de conciliación , como el de Dionisio de Alejandría, sólo provisionalmente atenúan un debate que en el interior del cristianismo enfrenta, a propósito del milenio, el genio judío con el genio griego, la ansiedad de un mesianismo eterno con el misticismo helenístico. Los teólogos de Alejandría y de Bizancio rechazan el Apocalipsis; las viejas comunidades orientales, más o menos impregnadas de judaísmo, lo conservan. Se puede creer en un fenómeno de tradicionalismo estrecho que se ejerce en medios confinados: en el Egipto copto, en Arabia, en Etiopía, en Armenia. Pero en Occidente, donde el pensamiento teológico es tan activo y tan rico, no se encuentra el mismo conservadurismo en maestros como Tertuliano, Lactancio, Sulpicio Severo. Es extraordinario comprobar no ya un simple matiz de tono, sino una oposición de doctrina.
 Estos maestros no tienen ninguna duda sobre la autenticidad y sobre el carácter apostólico de Juan. Ninguna duda sobre la venida futura o próxima de Cristo, que instaurará su reino y la Iglesia de los santos para mil años. Ninguna duda sobre el retorno de Nerón como Anticristo. No es demasiado aventurado afirmar que el milenario apocalíptico, con su impresionante visualidad, con sus especulaciones judaicas sobre los números, con su jadeante imprecisión sobre el momento en que los días serán cumplidos, mantiene a la Iglesia en esa alarma dramática a la que tan bien se prestan los cristianos orientales y que repugna al helenismo cristiano.
 ¿Es esta influencia de los Padres griegos la que, a través de doctores como San Jerónimo, acabó en el siglo IV por atenuar, por embotar las convicciones apocalípticas? ¿Es un fenómeno de ese descaecimiento que suele producirse después de altas tensiones morales y de la primera virulencia de las doctrinas? ¿Es, en fin, la interpretación del milenio por San Agustín, que parece cortar el estado de trance del alma cristiana o, más bien, que lo aquieta extendiéndolo en largos siglos? Para Agustín, la Iglesia es el reino de Jesucristo y el milenio comenzó el año de la Encarnación.»
 
   [El fragmento pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1966, en traducción de Consuelo Berges. Depósito legal: M. 12.617-1966.]
 

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