Mostrando entradas con la etiqueta Médico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Médico. Mostrar todas las entradas

domingo, 24 de septiembre de 2023

La plaga.- Ann Benson (1949)


Ann Benson
Nueve


 «Durante tres días Alejandro y sus desconcertados colegas recibieron lujoso hospedaje en el palacio papal, mientras De Chauliac vigilaba su intenso aprendizaje. Cada médico ocupaba habitación propia con baño privado. Deseoso de ganarse su lealtad incondicional, el Papa les daba buena comida y toda clase de atenciones. De Chauliac ejercía influencia y tutela absolutas sobre ellos, enseñándoles con detalle sus procedimientos para mantener al Papa libre de contagios, y observándolos atentamente para ver si poseían las cualidades innatas precisas para llevar a cabo la tarea a que se encaminaba su instrucción, cualidades que no podían aprenderse de ningún modo.
 Los embajadores médicos recibían lecciones diarias en una de las suntuosas salas palaciegas. De Chauliac se colocaba encima de un podio y hablaba durante horas con tono profesional, impresionando a Alejandro por sus condiciones de orador infatigable. Ama su profesión tanto como yo, pensaba el pupilo de su profesor.
 —Debéis consultar a los astrólogos —dijo De Chauliac el primer día de instrucción—, a fin de saber qué días son más propicios para el baño, el paseo o cualquier otra de las actividades normales de la vida diaria. Debéis mostraros recelosos de cuantos actos puedan parecer normales a vuestros pacientes, ya que desconocemos cuáles son las actividades más propensas a poner al individuo en contacto con la enfermedad. Hallaréis que vuestros reales pacientes, tan acostumbrados a que se cumplan sus caprichos, se resistirán a que les deis instrucciones sobre cuándo y cómo deben hacer según qué cosas. Mostraos firmes, y no consintáis que cuestionen vuestra autoridad.
 Alejandro procuró imaginarse a sí mismo dando órdenes a un rey, pero le resultaba demasiado inverosímil.
 —¿Y si siguen resistiéndose? —preguntó.
 —Rogadles que recuerden que el poder de Dios Omnipotente os ha sido conferido a través de Su Santidad, y que si es necesario lo utilizaréis para proteger su salud.
 Por la noche, al acostarse, Alejandro se sentía minúsculo y confuso. Lo más difícil de esta misión, pensó, será domeñar a los pacientes arrogantes.
 Durante el segundo día, De Chauliac expuso sus teorías acerca del contagio.
 —Guiado por la observación, he concluido que existen en el aire humores y vapores invisibles por los que se difunde la peste. Cuando está con vida, la víctima difunde esos humores con la respiración, y dispersa el maligno contagio sin que nadie lo advierta, dejando sin escapatoria a la siguiente víctima. Por lo tanto, hay que aislar a los pacientes. Confinadlos en sus castillos. No permitáis que entren comerciantes o viajeros sin inspeccionarlos antes; y, puesto que es imposible asistir a la formación de esos vapores y humores, lo más prudente es impedir toda clase de contacto con el mundo exterior. Mi estimado predecesor, Henri de Mandeville, tenía ideas claras acerca del contagio; enseñó a quienes me enseñaron a mí a lavarse las manos antes y después de tocar a un paciente, por creer que los humores podían ser transmitidos igualmente a través de las manos. La biblioteca de Su Santidad contiene copias de los textos de De Mandeville que versan sobre el tema, y están a disposición de quien desee leerlos.
 ¡Pero si esa teoría también la tengo yo!, pensó Alejandro, comprobando con entusiasmo que otros médicos compartían sus creencias sobre la importancia de la higiene. Volvió a interrumpir el discurso del maestro.
 —También me he dado cuenta de que una ablución con vino hace sanar más rápido las heridas. Se diría que una parte del vino ataca a la sepsis.
 —A lo mejor la sepsis se emborracha y ya no puede seguir su camino hacia la herida —terció otro hombre, provocando un estallido de carcajadas.
 Alejandro se ruborizó, pero De Chauliac levantó la mano y el grupo volvió a guardar silencio.
 —Nadie debe tomarse a risa las observaciones de un colega —dijo—. Ni siquiera el más sabio de nosotros sabe curar la peste. La ignorancia nos hace iguales a todos. —Miró directamente a Alejandro—. Ya hablaremos del tema en privado.
 Todas las cabezas se volvieron hacia el judío, que se limitó a asentir a su instructor y bajar la mirada.
 —Por tanto —continuó De Chauliac—, y a pesar de que no os será fácil obtener su consentimiento, debéis pedir a los astrólogos de la corte que les digan que cada día es propicio al baño…
 Por la noche, un guardia papal acudió a la habitación de Alejandro y lo escoltó hasta los aposentos privados de De Chauliac. Alejandro dejó atrás varios tramos de escalera de una alta torre, precedido por el guardia, cuyo paso se veía entorpecido por el peso de su ropa y armadura.
 Se asomó a la habitación, y De Chauliac le hizo señas de que entrara sin miedo.
 —Adelante, adelante —dijo—, sentaos. —Indicó a Alejandro un mullido diván—. Poneos cómodo.
 Alejandro se sentó con timidez, acomodándose con cautela sobre la blanda superficie del asiento. El estricto pedagogo había dado paso a un cortés y elegante anfitrión. El contraste entre ambos era sorprendente.
 —Sois un hombre distinto, doctor De Chauliac —dijo Alejandro con cautela.
 De Chauliac le ofreció vino en una pesada copa de plata que su huésped aceptó.
 —¿Y en qué lo notáis? —preguntó, arqueando una ceja con curiosidad.
 Alejandro tomó un largo trago de vino antes de responder.
 —Sois un profesor severo, y vuestra presencia es… —Tardó en encontrar la palabra adecuada—. Imponente.
 De Chauliac rió con cinismo.
La plaga: Amazon.es: Benson, Ann: Libros —Cuando se enseña a tontos hay que dar sensación de autoridad —dijo—; si no, no aprenden nada, y se malgastan esfuerzos. Detesto impartir conocimientos valiosos a gente que no entiende su importancia.
Alejandro no pudo dejar de mostrarse ofendido, y quiso protestar.
 —Señor… —empezó.
 —No me refiero a vos —se apresuró a añadir De Chauliac—; si os tuviera en tal concepto, no os habría hecho llamar. Hablo más bien de los demás, que me parecen una panda de imbéciles. Parece que la peste se haya llevado a los mejores y sólo queden los médicos más idiotas. —Dejó su asiento por uno más próximo a Alejandro, inclinándose hacia él con expresión entusiasta—. En cambio, veo en vuestros ojos un fuego, un amor al estudio, cuya vista me alegra el corazón.
 —Señor, me honráis en demasía.
 De Chauliac lo miró con atención.
 —No lo creo —dijo—. He visto cómo escucháis mis clases, y no podéis ocultar la marca de vuestra inteligencia. Tenía muchas ganas de hablar con alguien que creyera en la sepsis, como yo. Debéis explicarme cómo habéis llegado a la conclusión de que el vino contribuye a curar las heridas.
 Comprendiendo que no lo habían descubierto, sino que De Chauliac compartía su ansia de saber, Alejandro se relajó.
 —He hecho varios experimentos, lavando la herida con líquidos distintos después de las intervenciones. Muchos no surtían el menor efecto, y hasta había algunos que retrasaban la curación; el vino, en cambio, aun el más imbebible, siempre la acelera; al menos eso indican mis observaciones. Me di cuenta por primera vez cuando estaba en Montpellier…
 —¿Habéis estudiado en Montpellier?
 —En efecto —contestó Alejandro.
 —A menudo doy clases en Montpellier. ¿Cuándo estuvisteis? Quizá asistierais a alguna de mis lecciones.
 —Estuve —Alejandro cortó en seco la frase, pues sólo se acordaba del año según el cómputo judío. El pánico empezó a adueñarse de él. ¿Cómo explicar a De Chauliac que no recordaba la fecha exacta?
 —Estuve… mmm… hace seis años.
 —En 1342.
 —Eso es.
 Alejandro empezó a notar que le sudaba la frente.
 —Ah, entonces es posible que no nos viéramos —dijo De Chauliac—; pasé todo ese año en París, cuidando al rey. Padece una gota monstruosa, y no me sorprende: a pesar de su inexplicable delgadez, sigue una dieta excesivamente rica. Cuando le supliqué moderación no me hizo caso. —De Chauliac alzó la copa con gesto aparatoso y bebió de ella—. Como su majestad no quería ver a otro médico que no fuera yo, no tuve más remedio que renunciar a mis clases mientras durara su enfermedad. ¡Qué lástima no habernos conocido entonces! Me acordaría de un estudiante tan notable como vos, y habría disfrutado instruyéndoos.
 Yo seguro que también me acordaría, pensó Alejandro; ahora bien, lo que se dice disfrutar…
 —En fin, poco importa —dijo De Chauliac—. Ahora estáis aquí. ¿Qué trae a Aviñón a un español?
 Tras unos instantes de silencio, Alejandro dijo con calma:
 —Es voluntad de mi familia.
 No añadió nada más a su respuesta; tampoco De Chauliac le preguntó más detalles de su vida personal, dada su impaciencia por hablar de otros asuntos.
 —¿Decís que llegasteis a vuestra conclusión acerca del vino tan sólo a base de hacer pruebas hasta conocer el efecto de cada sustancia? ¡Qué estupenda originalidad! Demasiado a menudo esperamos que el propio curso de las cosas nos enseñe por dónde ir, e incluso en esas ocasiones nos cuesta aprender…»
  
  [El texto pertenece a la edición en español de Plaza & Janés, 1998, en traducción de Jofre Homedes, pp. 184-188. ISBN: 978-8401011399.]

domingo, 15 de mayo de 2022

El olvido que seremos.- Héctor Abad Faciolince (1958)


Héctor Abad Faciolince (Author of El olvido que seremos)
Un médico contra el dolor y el fanatismo

7
  
 «El sufrimiento yo no empecé a conocerlo en mí, ni en mi casa, sino en los demás, porque para mi papá era importante que sus hijos supiéramos que no todos eran felices y afortunados como nosotros, y le parecía necesario que viéramos desde niños el padecimiento, casi siempre por desgracias y enfermedades asociadas a la pobreza, de muchos colombianos. Algunos fines de semana, como no había clase en la Universidad, mi papá los dedicaba a trabajar en barrios pobres de Medellín. Recuerdo que en algún momento remoto de mi infancia llegó a la casa un gringo alto, viejo, peliblanco, encantador, el doctor Richard Saunders, y decidió montar con mi papá un programa que él había adelantado en otros países de África y Latinoamérica. Se llamaba Future for the Children, Futuro para la Niñez. Este gringo bueno venía cada seis meses y cuando entraba en la casa (se quedaba a dormir durante algunas semanas) yo le ponía el Himno Nacional de los Estados Unidos para recibirlo. En mi casa había un disco con los himnos más importantes del mundo, todos orquestados, desde las Barras y Estrellas y la Internacional hasta el Himno de Colombia, que era el más feo de todos, aunque en el colegio dijeran que era el segundo más bonito del mundo, después de La Marsellesa.
 El cuarto de huéspedes, en mi casa, se llamaba “el cuarto del doctor Saunders”; y las sábanas mejores de mi casa, todavía me parece verlas, unas sábanas de color azul pastel, eran “las sábanas del doctor Saunders”, porque sólo se las ponían a él cuando venía. Cuando el doctor Saunders estaba se sacaba la vajilla buena, la de porcelana, las servilletas y los manteles de lino bordados por mi abuela, y los cubiertos de plata: “la vajilla del doctor Saunders”, “el mantel del doctor Saunders” y “los cubiertos del doctor Saunders”.
 El doctor Saunders y mi papá hablaban en inglés y yo me quedaba oyéndolos, embelesado en esos sonidos y palabras incomprensibles. La primera expresión que aprendí en inglés fue “it sticks”, pues se la oí decir con nitidez al doctor Saunders, lo recuerdo muy bien, mientras cruzábamos el río Medellín sobre el puente de la calle San Juan. Se la dijo con un murmullo herido de indignación a un bus que arrojaba una bocanada densa y asquerosa de humo negro exactamente a la altura de nuestras narices.
  —¿Qué quiere decir it stinks? —pregunté.
  Ellos se rieron y el doctor Saunders se excusó, porque, dijo, era una mala palabra.
  —Algo así como hediondo —me dijo mi papá.
  Así aprendí dos palabras al mismo tiempo, en inglés y en español. Mi papá nos llevaba con el doctor Saunders a las barriadas más miserables de Medellín (y muchas veces sin él, cuando regresaba a su casa en Albuquerque, en Estados Unidos). Al llegar reunían a los líderes del barrio, y mi papá le servía de traductor para las propuestas de trabajo comunitario que se les hacían para mejorar sus condiciones de vida. Se juntaban en una esquina, o en la casa cural si el párroco estaba de acuerdo (no a todos les gustaba este trabajo social), y les hablaba y les preguntaba muchas cosas, problemas y necesidades básicas que mi papá iba anotando en una libreta. Debían organizarse, ante todo, para conseguir por lo menos agua potable, pues los niños se morían de diarrea y desnutrición. Yo debía de tener cinco o seis años y mi papá me medía con los niños de mi edad, o incluso con los mayores, para demostrarles a los líderes del barrio que algunos de sus hijos estaban flacos, muy bajitos, desnutridos, y así no iban a poder estudiar bien. No los humillaba; los incitaba a reaccionar. Medía el perímetro cefálico de los recién nacidos, lo anotaba en tablas, y tomaba fotos de los niños flacos y barrigones, con parásitos, para enseñarlas después en sus clases de la Universidad. También pedía que le mostraran los perros y los cerdos, pues si los animales estaban tan famélicos que se les veían las costillas eso quería decir que en las casas no sobraba ni un bocado y estaban pasando hambre. “Sin alimentación, ni siquiera es verdad que todos nacemos iguales, pues esos niños ya vienen al mundo con desventajas”, decía.
 A veces íbamos más lejos, a algunos pueblos, y con nosotros iba también, en ocasiones, el decano de Arquitectura de la Universidad Pontificia, el doctor Antonio Mesa Jaramillo, que se encargaba de enseñar a hacer con buena técnica los tanques de agua y a llevar tuberías hasta las casas, porque el agua potable era lo primero. Después venían las letrinas (“para la adecuada disposición de excretas”, decía, muy técnico, mi papá) o si era posible los trabajos de alcantarillado, que se hacían los fines de semana, por acción comunal. Más adelante seguían las campañas de vacunación y las clases de higiene y primeros auxilios en el hogar, según un programa que se inventó mi papá con las mujeres más inteligentes y receptivas de cada sitio, y que luego se llevaría a cabo en toda Colombia con el nombre de “Promotoras rurales de salud”. En ocasiones nos recogía un bus de la Universidad e íbamos con todos los estudiantes de su curso, porque a él le gustaba que ayudaran y aprendieran al mismo tiempo: “La medicina no se aprende solamente en los hospitales y en los laboratorios, viendo pacientes y estudiando células, sino también en la calle, en los barrios, dándonos cuenta de por qué y de qué se enferman las personas” les decía, muy serio, desde la primera fila del bus, empuñando un micrófono.
 Una vez, en Santo Domingo, hicieron una campaña contra los parásitos intestinales en todo el casco urbano, con tan buen resultado que las cañerías del pueblo se taquearon con la cantidad de lombrices que expulsaron en un mismo día los campesinos. En mi casa se conservaba la foto de un tubo del alcantarillado obstruido por un nudo de lombrices que parecían un grumo de espaguetis morados y negros.
 El agua limpia había sido una de las primeras obsesiones en la vida de mi papá, y lo fue hasta el final. Cuando era estudiante de medicina emprendió una campaña de salud pública en un periódico estudiantil que fundó en agosto de 1945 y que dirigió durante poco más de un año, hasta octubre de 1946, cuando desapareció, tal vez porque si lo seguía publicando no se iba a poder graduar. Era un tabloide que salía cada mes y tenía un nombre futurista: U-235. En uno de sus primeros números, en may o del 46 denunció la contaminación del agua y de la leche en la ciudad: El Municipio de Medellín, una vergüenza nacional, decía el titular de la primera página, y añadía el subtítulo: El acueducto reparte bacilos de la fiebre tifoidea. La leche es impotable. El Municipio no tiene hospital. A partir de esas denuncias, sustentadas con cifras y exámenes de laboratorio, mi papá fue citado a un cabildo abierto en el Concejo de Medellín. Era la primera vez que un simple estudiante era admitido para exponer sus denuncias en un debate público, enfrentado a los funcionarios oficiales. Allí, frente al secretario de Salud, y durante dos noches consecutivas, hizo una exposición sobria, científica, que el secretario, incapaz de refutar, trató de capotear con insultos personales y argumentación rutinaria. Pero el triunfo intelectual era innegable y fue así como, sólo con su palabra y con una serie de datos precisos, logró que poco después se emprendieran las obras para construir un acueducto decente para toda la ciudad (la semilla inicial del cual todavía disfrutamos), con adecuados tratamientos del agua y tuberías modernas que no se mezclaran con las aguas negras, porque el alcantarillado era viejo, de barro poroso, y por lo tanto contaminaba el agua potable.
El olvido que seremos - Megustaleer Otro de los debates que surgieron de su periódico, y luego a partir de su tesis de grado como médico, fue por la calidad de la leche y de los refrescos. La hepatitis y el tifo eran comunes todavía en Medellín, cuando mi papá desató esas denuncias. Dos tíos de mi mamá se habían muerto de tifo por las malas aguas, y mi abuela se había enfermado de lo mismo, y también el papá del abuelito Antonio se había muerto de tifo en Jericó. Tal vez vendría de ahí la obsesión de mi papá por la higiene y el agua potable; era una cuestión de vida o muerte, era una manera de esquivar al menos un dolor evitable en este mundo tan lleno de dolores fatales. Pero el detonante de su lucha por el agua fue la muerte, también por una fiebre tifoidea, de uno de sus compañeros de carrera en la Universidad. Mi papá lo vio agonizar y morir, un muchacho que tenía sus mismas ilusiones, y decidió que eso no debería volver a pasar en Medellín. Sus denuncias apasionadas en el periódico estudiantil, y sus palabras encendidas en el Concejo, que algunos calificaron de incendiarias, no eran una jugada política, como también dijeron, sino un profundo acto de compasión por el sufrimiento humano, y de indignación por los males que se podían evitar con apenas un poco de activismo social. Así lo contó mi papá al historiador de la medicina Tiberio Álvarez:
  “Empecé a pensar en la medicina social cuando vi morir a muchos niños en el hospital, de difteria, y al ver que no se hacían campañas de vacunación; pensé en medicina social cuando un compañero nuestro, Enrique Lopera, se murió de tifoidea, y la causa era que no le echaban cloro al acueducto. Mucha gente del barrio Buenos Aires, con sus muchachas tan hermosas, amigas nuestras, también se morían de fiebre tifoidea y yo sabía que esto se podía prevenir con cloro al acueducto… Yo me rebelé en ese periódico U-235 y cuando celebraron el Cabildo Abierto les dije criminales a los concejales porque dejaban morir al pueblo de fiebre tifoidea, por no hacer un buen acueducto. Esto dio frutos, pues siguió una gran campaña por el agua; Campaña H20, se llamó y a raíz de ella se mejoró y completó el acueducto”.
 Leyendo algunos editoriales del U-235 uno se da cuenta del fuerte influjo romántico que tenían los sueños de ese joven estudiante de Medicina. En cada número emprende una campaña por alguna causa importante y más o menos imposible de alcanzar para un muchacho de pueblo recién llegado a la capital de la provincia. Pero además de sus propias ansias de luchar por ideales que iban más allá del egoísmo (o que tenían ese otro egoísmo incluso más profundo que consiste en querer convertirse en héroes románticos de la entrega y el sacrificio), abría sus páginas a escritores que los estimularan a seguir por un camino parecido.
 Quizá el artículo más importante que se publicó en el U-235 fue uno que apareció en el primer número del periódico. Estaba firmado por el mayor, y quizá el único filósofo que ha tenido nuestra región, Fernando González. Mi papá contaba que desde muy joven había leído al pensador de Otraparte, y que escondía sus libros debajo del colchón de la cama pues una vez que mi abuela lo había visto leyéndolos se los había tirado a la basura. Él mismo había estado en Envigado pidiéndole al Maestro que le escribiera un artículo sobre la profesión médica para el primer número de su periódico. González no se negó y creo que las recomendaciones que les hizo a los médicos en esa ocasión se grabaron en la memoria de mi papá como con tinta indeleble. Lo que Fernando González recomienda ahí fue lo que mi papá intentó practicar, y practicó, el resto de su vida:
  “El médico profesor tiene que estar por ahí en los caminos, observando, manoseando, viendo, oyendo, tocando, bregando por curar con la rastra de aprendices que le dan el nombre de los nombres: ¡Maestro!… Sí, doctorcitos: no es para ser lindos y pasar cuentas grandes y vender píldoras de jalea… Es para mandaros a todas partes a curar, inventar y, en una palabra, a servir”.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2017. ISBN: 978-84-204264-0-2.]

miércoles, 4 de mayo de 2022

Alguien voló sobre el nido del cuco.- Ken Kesey (1935-2001)


Ken Kesey - Wikipedia
Segunda parte


  «—Después de lo ocurrido —prosigue el doctor—, nadie puede decir que estamos ante un hombre corriente. No, desde luego que no. Y, sin duda, constituye un factor perturbador, salta a la vista. Luego… ah… a mi entender, el propósito de esta discusión debe ser decidir la línea de actuación a seguir con él. Creo que la enfermera convocó esta reunión —corríjame si me equivoco, señorita Ratched—para comentar la situación y contrastar las opiniones del personal en cuanto a las medidas a adoptar con respecto al señor McMurphy.
  Le lanza una mirada plañidera, pero ella sigue sin abrir la boca. Ha levantado los ojos hacia el techo, seguramente en busca de rastros de suciedad, y no parece haber oído ni una palabra de lo que acaba de decir el doctor.
  Este se vuelve hacia los internos alineados al otro lado de la habitación: todos han cruzado la misma pierna sobre la otra y apoyan la taza de café en la misma rodilla.
  —Veamos, amigos —dice el doctor—, comprendo que no han contado con tiempo suficiente para dar un buen diagnóstico del paciente, pero todos han tenido una oportunidad de observarlo en acción. ¿Qué opinan ustedes?
  La pregunta les hace estallar la cabeza. Con gran astucia, el doctor acaba de pasarles la papeleta. Todos miran alternativamente al doctor y a la Gran Enfermera. De algún modo ella ha logrado recuperar su antiguo poder en cosa de escasos minutos. Solo con permanecer ahí sentada, sonriéndole al techo y sin decir nada, ha conseguido hacerse otra vez con el control y que todos tomen conciencia de que aquí tendrán que habérselas con ella. Si esos muchachos no se portan bien, corren el riesgo de concluir su período de prácticas en el hospital para alcohólicos de Portland. Todos empiezan a mostrarse tan inquietos como el doctor.
  —Su influencia es bastante perturbadora, sin duda.
  El primer interno no quiere correr riesgos.
  Beben sorbos de café y meditan. Después, el siguiente comenta:
  —Y podría representar un verdadero peligro.
  —Así es, así es —dice el doctor.
  El chico cree haber dado en el clavo y prosigue:
  —Todo un peligro, a decir verdad —dice y se inclina hacia delante en su silla —. No debemos olvidar que este hombre ha realizado actos violentos con el mero propósito de eludir el trabajo de la granja y acceder a la vida relativamente menos dura de este hospital.
   —Ha planeado actos violentos —añade el primer interno.
  Y el tercero musita:
  —Pero, en realidad, el mismo carácter de su plan podría indicar que se trata simplemente de un astuto embaucador y no de un enfermo mental.
  Echa un vistazo a su alrededor para comprobar cómo se lo toma la enfermera y ve que esta aún no se ha movido ni ha hecho el menor gesto. Pero el resto del personal se queda mirándolo como si hubiese pronunciado una terrible obscenidad. El chico comprende que ha errado el tiro e intenta fingir que era una broma, a base de soltar una risita y añadir:
   —Ya saben, “El que no marca el paso es que oye otro tambor” .
  Pero es demasiado tarde. El interno que ha hablado en primer lugar se vuelve hacia él, deja su taza de café sobre la mesa y saca del bolsillo una pipa del tamaño de un puño:
  —Francamente, Alvin —le dice al tercer muchacho—, me has defraudado. Incluso sin haber leído su historial, basta con observar su comportamiento en la galería para comprender lo absurdo de tal sugerencia. Ese hombre no solo está gravemente enfermo, sino que le considero sin lugar a dudas como un Agresivo en Potencia. Creo que las sospechas de la señorita Ratched iban en ese sentido cuando decidió convocar esta reunión. ¿No has identificado en él al prototipo del psicópata? Nunca había visto un caso más claro. Ese hombre es un Napoleón, un Gengis Khan, un Atila.
  Luego interviene otro. Recuerda los comentarios de la enfermera con relación a la sala de Perturbados.
  —Robert tiene razón, Alvin. ¿No has observado cómo actuó hoy ese hombre? En cuanto falló uno de sus planes se levantó de un salto, dispuesto a cometer cualquier violencia. ¿Por favor, doctor Spivey, qué dice su historial en cuanto al uso de la violencia?
  —Se evidencia una notoria falta de disciplina y respeto de la autoridad — responde el doctor.
  —Exactamente, Alvin, su historial demuestra que en repetidas ocasiones ha dirigido su hostilidad contra figuras que representaban la autoridad: en la escuela, en el servicio militar, ¡en la cárcel! Y creo que su actuación después de la rabieta de la votación de hoy es un indicio perfectamente claro de lo que podemos esperar de él en el futuro.
  Se interrumpe y frunce el entrecejo con la mirada fija en su pipa, vuelve a llevársela a la boca, enciende una cerilla y aplica la llama a la cazoleta con una sonora aspiración. Cuando por fin consigue encender la pipa, mira subrepticiamente a la Gran Enfermera a través de la nube de humo amarillo; debe considerar que su silencio indica aprobación, pues sigue adelante, con mayor entusiasmo y aplomo que antes.
  —Detente a pensarlo un minuto, Alvin —dice, con palabras algodonosas a causa del humo—, supón lo que le ocurriría a uno de nosotros si se encontrase a solas con el señor McMurphy en una sesión de Terapia Individual. ¡Piensa lo que ocurriría cuando llegases a un detalle particularmente doloroso y él decidiera que y a estaba harto de ti —¿cómo diría él?—, de tu “maldita curiosidad de métomeentodo”! Y cuando le dijeras que no debía mostrarse agresivo, te mandaría al infierno, y aunque tú le dijeras que se serenase, en tono autoritario, sin duda, ahí lo tendrías, noventa kilos de psicópata irlandés pelirrojo lanzados sobre ti, por encima mismo de la mesa de la consulta. ¿Estás preparado —alguno de nosotros lo está— para hacerte cargo del señor McMurphy cuando se plantee una situación de ese tipo?
  Vuelve a colocarse la pipa del número diez en la comisura de los labios, apoya las manos abiertas sobre las rodillas y espera. Todos piensan en los gruesos brazos rojos de McMurphy, en sus manos llenas de cicatrices y en su cuello que asoma por la camiseta como un grueso tarugo aherrumbrado. El interno llamado Alvin ha palidecido solo de pensar en ello, como si el amarillento humo de pipa, que le está echando en la cara su compañero, se la hubiese manchado toda.
  —¿Por lo tanto, en su opinión —pregunta el doctor—, sería aconsejable enviarle a Perturbados?
  —Opino que, como mínimo, sería lo más seguro —responde el chico de la pipa, que ha cerrado los ojos.
  —Creo que tendré que retirar mi sugerencia y apoyar a Robert —dice Alvin dirigiéndose a todos en general—, aunque solo sea por mi propia seguridad personal.
  Todos ríen. Se les ve más relajados, con la certeza de que han logrado dar con el plan que ella esperaba. Todos beben un sorbo de café, excepto el chico de la pipa, demasiado ocupado con el artefacto que constantemente se le apaga, gasta un montón de cerillas y no para de chupar y fruncir los labios. Por fin consigue un encendido de su agrado y dice, con un cierto tono de orgullo en la voz:
   —Sí, creo que la Galería de Perturbados será lo más conveniente para el viejo McMurphy, el Rojo. ¿Saben lo que he pensado después de observarle estos pocos días?
   —¿Reacción esquizofrénica? —pregunta Alvin. El de la pipa mueve negativamente la cabeza.
  —¿Homosexual Latente con Formación Reactiva? —apunta el tercero.
Alguien voló sobre el nido del cuco (COMPACTOS): Amazon.es: Kesey ...  El de la pipa vuelve a negar con la cabeza y cierra los ojos.
  —No —dice, y lanza una sonrisa a cuantos le rodean—, Edipo Negativo.
  Todos le felicitan.
  —Sí, creo que hay muchos detalles que apuntan en ese sentido —añade—. Pero, independientemente del diagnóstico definitivo, no debemos olvidar una cosa: nos las habemos con un hombre fuera de lo corriente.
  —Se… equivoca por completo, señor Gideon.
  Es la voz de la Gran Enfermera.
  Todos vuelven la cabeza hacia ella, sobresaltados; y o también la miro, pero me contengo a tiempo y finjo que solo pretendía limpiar una mancha que acabo de descubrir en la pared, por encima de mi cabeza. No cabe duda de que todos se han quedado desconcertados; creían estar proponiendo exactamente lo que ella deseaba, justo lo que ella misma había pensado proponer en la reunión. Hasta yo lo había pensado. La he visto enviar a la galería de Perturbados a hombres que no le llegaban ni al hombro a McMurphy, por la mera razón de que había un ligero riesgo de que le escupiesen a alguien, y ahora se enfrenta con este toro que se ha burlado de ella y de todo el resto del personal, un tipo del que ella había dicho esta misma tarde que debía salir de esta galería y, ahora, va y dice que no.
  —No. No estoy de acuerdo. En absoluto —lanza una sonrisa dirigida a todos en general—. No creo que debamos mandarlo a Perturbados; eso no sería más que un fácil recurso para transferir nuestro problema a otra galería y no estoy de acuerdo en que sea una especie de personaje extraordinario… una especie de “super” psicópata.
  Hace una pausa aunque nadie tiene la intención de contradecirla. Por primera vez desde el principio de la reunión bebe un sorbo de café; cuando retira la taza de su boca, está teñida de ese color rojo anaranjado. No puedo evitar el echar una mirada al borde de la taza; no es posible que use un lápiz de labios de ese color. La mancha que ha dejado en la taza debe ser producto del calor, el contacto con sus labios ha comenzado a fundirla.
  —Debo reconocer que cuando empecé a advertir la fuerza perturbadora que puede representar McMurphy también pensé que, sin lugar a dudas, lo indicado era enviarlo a Perturbados. Pero creo que ya es demasiado tarde. ¿Suprimiríamos con ello el mal que ya ha hecho en nuestra galería? No lo creo, no después de lo ocurrido esta tarde. Creo que enviarle a Perturbados ahora sería proceder exactamente como esperan los pacientes. Lo convertiríamos en un mártir. Jamás tendrían la oportunidad de comprobar que ese hombre no es — como decía usted, señor Gideon— una “persona fuera de lo corriente”. Bebe otro sorbo de café y deja la taza sobre la mesa; suena como un mazazo; los tres residentes se yerguen en sus sillas.
  —No. No se sale de lo corriente. No es más que un hombre, pura y simplemente, y experimenta todos los temores, toda la cobardía y toda la timidez que sienten los demás. Tengo la certeza de que bastarán unos cuantos días para que así lo demuestre, ante nosotros y también ante el resto de los pacientes. No me cabe la menor duda de que si lo retenemos en la galería pronto cederá su osadía, su rebelión personal se desvanecerá y… —sonríe, como si supiera algo que los demás ignoran—… nuestro héroe pelirrojo quedará reducido a algo que todos los pacientes conocerán en su justo valor y le perderán todo respeto: un fanfarrón y un charlatán de esos que se suben a una caja de jabón y gritan para ganarse adeptos, como todos hemos visto hacer al señor Cheswick, pero que se echan atrás cuando comienzan a correr un verdadero riesgo personal.
  —El Paciente McMurphy —el chico de la pipa considera que debe intentar defender su posición y salvar un poco el tipo— no me produce la impresión de ser un cobarde.
  Esperaba que la enfermera se enfureciese, pero no; se limita a echarle una mirada como diciendo « ya veremos» y añade:
  —No he dicho que sea un cobarde, señor Gideon; oh, no. Lo único que sucede es que le tiene mucho apego a alguien. Como psicópata que es, le tiene demasiado apego a un tal señor Randle Patrick McMurphy y no lo expondrá a ningún riesgo innecesario. —No me cabe la menor duda de que la sonrisa que le lanza al chico apagará definitivamente su pipa—. No tenemos más que esperar un poco y nuestro héroe… ¿cómo dicen los estudiantes?… ¿Bajará del burro? ¿Es eso?
  —Pero podrían pasar semanas… —objeta el muchacho.
  —Disponemos de tantas semanas como queramos —dice ella. Se levanta, con el aire más complacido que le he visto desde que McMurphy ingresó y empezó a crearle problemas hace una semana—. Disponemos de semanas, meses, e incluso años. No olvide que el señor McMurphy está internado. El período de tiempo que pase en este hospital depende absolutamente de nosotros. Ahora, si nadie tiene nada más que añadir…»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2006, en traducción de Mireia Abelló Bofill. ISBN: 978-84-3397-260-6.]

sábado, 23 de octubre de 2021

El siglo de los cirujanos.- Jürgen Thorwald [Heinz Bongartz] (1915-2006)


Resultado de imagen de thorwald jurgen
Fiebre

Escutari

  «En 1876 la cesárea todavía era, para los tocólogos, un tétrico fantasma cuyas consecuencias, salvo muy pocos casos, eran el fracaso y la muerte: muerte por shock, por hemorragia interna y, sobre todo, por peritonitis. Ningún historiador de la medicina podía informar de quién fue el primero que junto al lecho de una mujer llevada al borde de la muerte por la lenta tortura de las infructuosas contracciones del parto, echó mano de un cuchillo y mediante un corte desesperado abrió el vientre y la matriz de la moribunda.
 Una leyenda de dudoso origen asegura que César, el primer emperador de Roma, fue sacado del vientre de su madre mediante un corte; más tarde el nombre de César se interpretó como una derivación de caesus que, a su vez, podía traducirse por “sacado por corte”. Pero la leyenda de que César nació por un corte del vientre de su madre, no demostraba que los romanos hubiesen practicado con éxito el corte llamado cesárea.
 Lo único cierto es que tanto en la antigüedad como muy entrada la Edad media se había conocido el parto por corte del vientre de las madres muertas. En este punto tuvo su parte la influencia de la Iglesia católica al exigir que había que recurrir a todos los medios para bautizar a todos los niños sin distinción. La Iglesia había dejado de sentir su peso en la promulgación de la “Lex Regia”, en virtud de la cual se prohibía enterrar a mujeres muertas a causa de dolores infructuosos de parto, antes de intentar en su vientre la extracción del hijo con el fin de bautizarlo.
 En antiguos escritos aparecidos en el Renacimiento, animado por un nuevo sentido de la vida, había informes acerca de cesáreas practicadas en mujeres vivas, y en 1581 se publicaba en París el primer manual sobre dicha operación. Su autor era François Rousset, médico del duque de Saboya y teórico también de la nefrotomía. Fue el primero en describir la cesárea en una mujer viva. Rousset recomendaba la práctica de la cesárea cuando los niños eran demasiado corpulentos, cuando se trataba de gemelos, cuando las criaturas habían muerto en el vientre materno y cuando las vías del parto eran insuficientes. El concepto “estrechez de las vías del parto” apareció por primera vez en su obra, aunque en rigor era todavía muy vago. Rousset proponía que se abriera el vientre mediante un corte en el lado izquierdo. Escribía que el dolor de tal corte carecía de importancia frente al martirio sufrido con anterioridad por las parturientas en el proceso infructuoso del parto. Recomendaba abrir la matriz, sacar con las manos la criatura y las secundinas y cerrar la pared abdominal mediante suturas y parches. Decía que el corte practicado en la matriz no debe suturarse, pues la musculatura al contraerse ejercía tal fuerza que volvía a mantener cerrada automáticamente la abertura de la incisión. Aseguraba que durante la operación no se producirían hemorragias, puesto que la criatura, durante el largo tiempo del embarazo, había absorbido toda la sangre de la madre. El sobrante se había transformado en leche. El libro de Rousset fue durante siglos el único manual existente al que sin duda acudieron muchos médicos en caso de extrema necesidad. Entretanto, pronto se llegó a la convicción de que Rousset no había practicado jamás una cesárea y que lo más probable era que nunca hubiera presenciado una operación semejante. Así pues, el hombre que sirvió de guía en la larga serie de sangrientas cesáreas llevadas a cabo en mujeres vivas con la consiguiente muerte de éstas –salvo causales excepciones- era un teórico con un bagaje muy pobre de ideas acerca de la anatomía y fisiología humanas.
 Tuvieron que pasar ciento cincuenta años para que un tocólogo francés tomara la palabra en la cuestión de la cesárea. Era Deleury. Entretanto se había inventado el fórceps. Deleury hizo un ensayo práctico y en 1778 informó sobre una operación en que la madre salvó la vida. Si la operación tuvo en realidad el éxito indicado por él, tiene que considerarse como un caso único en su especie. Porque en la inmensa mayoría de los casos, el precio pagado por cualquier intento de extraer el hijo mediante la cesárea, seguía siendo la muerte de la madre a consecuencia de una infección.
 El médico francés Lebas de Moulleron hizo por primera vez un descubrimiento que le dio mucho que pensar. En autopsias de mujeres muertas después de la cesárea, comprobó que la herida de la matriz no se había cerrado por la fuerza contráctil de la musculatura, tal como había asegurado Rousset y se había creído sin discusión durante siglos. Todo lo contrario: dicha herida se presentaba completamente abierta. Terribles hemorragias posteriores de los vasos de la matriz habían inundado en algunos casos la totalidad de la cavidad abdominal suturada, matando en pocas horas a la operada. Pero Lebas descubrió también con mucha frecuencia verdaderos ríos de pues que partiendo de la matriz habían llenado la cavidad abdominal y conducido a una peritonitis de mortales consecuencias. Lebas fue el primer médico de la historia que sospechó el peligro de infección mortal a causa de la abertura de la matriz y que trató de cerrar la herida practicada en ella, mediante sutura. Pero ahí le acechaba una nueva sorpresa: no había sutura capaz de resistir las contracciones posteriores al parto. Los pocos hilos y sencillos nudos de ésta, desgarraban los tejidos a consecuencia de tales contracciones. La incisión volvía a abrirse como antes y Lebas tuvo que renunciar.
 Así terminó el siglo XVIII. Llegó el XIX y transcurrió su primera mitad sin que se adquirieran nuevos conocimientos ni recogiera nadie las sospechas de Lebas y prosiguiera sus ensayos.
 Edoardo Porro conocía a la perfección la historia de la cesárea, y el día que Julia Covallini acudió a él, era ya uno de los cirujanos que ante los numerosos casos de muerte por fiebre purulenta se resistían a creer en el factor casualidad. Desde hacía muchos años, desde que sus primeros intentos de salvar la vida de las mujeres mediante la cesárea terminaron con mortales supuraciones del peritoneo, andaba a la busca de una explicación de ello mediante una ley.
Resultado de imagen de thorwald jurgen el siglo de los cirujanos Porro había estudiado también las antiguas ideas de Lebas. En su consecuencia se preguntaba si éste no tendría razón. En efecto, ¿no había incurrido Rousset en un terrible error al estimar que la matriz vacía debía reintroducirse en el vientre por la herida practicada en la pared abdominal, sin suturar el corte practicado en aquélla? ¿No era falsa la tesis de Rousset –aceptada por todos los médicos con rarísimas excepciones a lo largo de casi trescientos años- según  la cual los músculos de la matriz volvían a unir los bordes de la herida por presión automática?
 Porro permaneció durante años enteros estrechado por el cerco de tales preguntas e ideas. Si el corte hecho en la matriz era causa de muerte, ¿cómo cerrar a las materias mortíferas que se albergaban en dicho corte el camino que había de llevarlas a la cavidad abdominal? Pero si no era posible en absoluto cerrar la supuesta puerta por la cual penetraba la muerte, ¿dónde encontrar el camino de la salvación? Hacía mucho tiempo que Porro se ocupaba en la idea de tal camino. Se había resistido reiteradamente a seguirla hasta el final porque presentía la solución radical que acechaba tras ella. Sin embargo, no podía esquivarla. Si no era posible obstruir la supuesta vía por donde discurría la muerte, ¿no habría que proceder a eliminar por completo la causa? Para salvar la vida de la madre, ¿no debería extirparse la totalidad de la matriz después de efectuada la cesárea?
 Un radicalismo tan consecuente era sin duda algo horrible, por cuanto suponía una mutilación de la mujer operada y justamente una mutilación absolutamente irreparable. Hacía mucho tiempo que Porro luchaba con su propia conciencia sin atreverse a tomar una resolución firme. Cuando veía morir a una parturienta a la que como último recurso se había practicado la cesárea, sentía que se acercaba de una manera creciente a dicha resolución y presentía la llegada de la hora en que le sería imposible esquivarla, a menos de querer echar sobre su conciencia el peso torturador de poseer un posible camino salvador junto a su negativa de seguirlo.
 Porro estaba solo con su conciencia y con Dios, y así estuvo durante tres semanas en el transcurso de las cuales esperó en vano la aparición de una señal del parto incipiente.
 En la mañana del 21 de mayo de 1876 anunció una hermana que se habían presentado en “la Covallini” los primeros dolores del parto. Poco después, a las diez, le informó un ayudante que había reventado la bolsa amniótica de la parturienta y que el líquido amniótico se estaba derramando sin que hubiesen aumentado los dolores activos del parto.
 Por la tarde, a las cuatro cuarenta, Edoardo Porro pidió el escalpelo. Julia Covallini, sumida en profunda narcosis de cloroformo, yacía gimiendo ligeramente sobre la vieja mesa de madera manchada y descolorida que por entonces se usaba en San Matteo para las operaciones.
 Porro empezó la intervención a las cuatro cuarenta y dos. En el informe escrito por él se consigna esta hora precisa. Practicó la incisión en el abdomen abultado y tenso. Dicha incisión partía del ombligo y seguía hacía abajo por la línea alba. Uno de los ayudantes separó con los dedos los bordes del corte. Debajo de éste, contraída, apareció la matriz con el niño en su interior. La herida del vientre apenas sangraba.
 Porro cortó la matriz.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 1999, en traducción de E. Donato Prunera, pp. 171-175. ISBN: 84-233-3091-5.]