miércoles, 21 de noviembre de 2018

Una herencia incómoda. Genes, raza e historia humana.- Nicholas Wade (1942)


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3.-Orígenes de la naturaleza social humana
Cómo las sociedades cambian para adecuarse al ambiente

«La confianza y la agresión son dos componentes importantes del comportamiento social humano cuya genética subyacente ya ha sido explorada en cierta medida. Hay otros muchos aspectos del comportamiento social, como la avenencia hacia las normas, la disposición a castigar a los que transgredan las normas sociales o la expectativa de imparcialidad y reciprocidad, que con toda probabilidad tienen una base genética, aunque dicha base ha de descubrirse todavía.
 El hecho de que el comportamiento social humano esté modelado en cierta medida por los genes significa que puede evolucionar y que pueden surgir diferentes tipos de sociedad a medida que los comportamientos sociales subyacentes varían. Y a la inversa, cambios importantes en la sociedad humana, como la transición desde la caza y recolección hasta una vida sedentaria, estuvieron casi con toda seguridad acompañados por cambios evolutivos en el comportamiento social a medida que la gente se adaptaba a su nueva forma de vida. (Los términos adaptarse y adaptación se emplean aquí siempre en el sentido biológico de una respuesta evolutiva a las circunstancias de base genética.)
 Hay dos factores importantes a considerar en la aparición del cambio social. Uno es que una sociedad se desarrolla mediante cambios en sus instituciones, que son mezclas de cultura y de comportamiento social modelado genéticamente. El otro es que los genes y la cultura interactúan. Esto le puede parecer paradójico a quienquiera que considere que genes y cultura son dos ámbitos completamente separados. Pero apenas es sorprendente desde una perspectiva evolutiva, dado que el genoma está diseñado para responder al ambiente y un componente principal del ambiente humano es la sociedad y sus prácticas culturales.
 Los componentes funcionales de una sociedad son sus instituciones. Cualquier forma de comportamiento sobre la que exista acuerdo social, desde una danza tribal a un parlamento, puede considerarse una institución. Las instituciones reflejan tanto la cultura como la historia, pero sus componentes básicos son los comportamientos humanos. Resigamos hacia atrás la historia de una institución y, bajo gruesas capas de cultura, descubriremos que está edificada sobre comportamientos instintivos humanos. El imperio de la ley no existiría si las personas no tuvieran tendencias innatas a seguir normas y a castigar a los que las violan. No se podría hacer que los soldados cumplieran las órdenes si la disciplina del ejército no pudiera invocar comportamientos innatos de conformidad o avenencia, obediencia y disposición a matar en beneficio del propio grupo.
 Considérese, pues, la intrincada dinámica del sistema natural en el que los miembros de una sociedad se hallan encajados. Su motivación básica es su propia supervivencia y la de sus familias. A diferencia de las especies que sólo pueden interactuar directamente con su ambiente, las personas lo suelen hacer a través de su sociedad y de sus instituciones. Al responder a un cambio ambiental, una sociedad ajusta sus instituciones, y sus miembros se ajustan a las nuevas instituciones cambiando su cultura en el corto plazo y su comportamiento social en el largo plazo.
 Hace tiempo que los que consideran la mente como una página en blanco en la que sólo la cultura puede escribir, se han resistido a la idea de que el comportamiento humano tiene una base genética. La noción de la página en blanco ha sido particularmente atractiva para los marxistas, que quieren que el gobierno moldee al hombre socialista a su imagen deseada y que ven en la genética un impedimento al poder del estado. Académicos marxistas fueron los que encabezaron el ataque a Edward O. Wilson cuando éste propuso en su libro de 1975 Sociobiology que comportamientos sociales tales como la avenencia y la moralidad tenían una base genética. Wilson incluso sugirió que los genes podían tener alguna influencia "en las cualidades de comportamiento que subyacen a las variaciones entre culturas". Aunque su término sociobiología no es usado generalmente en la actualidad (psicología evolutiva es un término mucho menos polémico para prácticamente la misma cosa), la marea se ha vuelto en favor de las ideas de Wilson ahora que muchas facultades humanas parecen ser innatas. Desde el repertorio social de los bebés a los instintos morales discernibles a partir de los tests psicológicos, es evidente que la mente humana está hereditariamente predispuesta a actuar de determinadas maneras.
 El comportamiento social cambia porque, a lo largo de un período de generaciones, genes y cultura interaccionan. "Los genes tienen atraillada la cultura", escribe Wilson. "La traílla es muy larga pero inevitablemente se constreñirán valores de acuerdo con sus efectos sobre el acervo génico humano." Prácticas culturales dañinas pueden conducir a la extinción, pero las que son ventajosas crean presiones selectivas que pueden promover variantes genéticas específicas. Si una práctica cultural proporciona una ventaja de supervivencia significativa, los genes que permiten a una persona dedicarse a dicha práctica se harán más comunes.
 Esta interacción entre el genoma y la sociedad, conocida como evolución gen-cultura, ha sido probablemente una fuerza potente a la hora de modelar las sociedades humanas. Hasta el presente se ha documentado únicamente por cambios menores en la dieta, pero estos establecen el principio. El primer ejemplo es el de la tolerancia a la lactosa, la capacidad de digerir leche en estado adulto por medio de la enzima lactasa, que descompone la lactosa, el principal azúcar de la leche.
 En la mayoría de las poblaciones humanas, el gen de la lactasa se desactiva de forma permanente después del destete, con el fin de ahorrar la energía necesaria para producir la enzima lactasa. La lactosa, el azúcar metabolizado por la enzima lactasa, sólo se encuentra en la leche, de modo que cuando una persona ha terminado la lactancia materna, la lactasa no volverá a ser necesaria nunca más. Pero en poblaciones que aprendieron a domesticar ganado y a beber leche de vaca no elaborada, notablemente la Cultura de vasos de embudo que floreció en la Europa central septentrional hace entre 6.000 y 5.000 años, supuso una gran ventaja selectiva mantener activado el gen de la lactasa. Casi todas las personas holandesas y suecas en la actualidad son tolerantes a la lactosa, lo que significa que portan la mutación que mantiene el gen de la lactasa permanentemente activado. La mutación es progresivamente menos común en Europa a distancias crecientes de la región central de la antigua Cultura de vasos de embudo.
 Se han detectado tres mutaciones diferentes que tienen el mismo resultado en pueblos pastoralistas de África Oriental. La selección natural ha de operar en cualesquiera mutaciones que estén disponibles en una población y, evidentemente había disponibles diferentes mutaciones en los pueblos europeos y en varios pueblos africanos que se dedicaron a domesticar ganado y a beber su leche cruda. Las mutaciones que prolongaban la lactasa confirieron una enorme ventaja a sus poseedores, al permitirles que tuvieran diez veces más hijos supervivientes que los que carecían de la mutación.
 La tolerancia a la lactosa es un ejemplo fascinante de cómo una práctica cultural humana, en este caso criar ganado y beber leche cruda, puede tener un efecto retroactivo sobre el genoma humano.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Ariel, 2015, en traducción de Joan Domènec Ros. ISBN: 978-84-344-1925-4.]

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