miércoles, 27 de junio de 2018

El oficinista.- Guillermo Saccomanno (1948)


Resultado de imagen de guillermo saccomanno  
44

«En una revista científica ha leído sobre un experimento realizado en un instituto de neurociencias cognitivas. El experimento tipificó una clase de demencia que puede estallar de modo inesperado y durar aproximadamente siete minutos. Pero, destacaron los psiquiatras, se produjeron algunos casos en que los pacientes, aun cuando habían superado el shock de los siete minutos, seducidos por su efecto, volvían a repetir los actos realizados durante el ataque. Hombres meticulosos que se volvieron jugadores compulsivos. Ejecutivos sobresalientes que una mañana, al levantarse para ir a su empresa, saltaron por el balcón de su penthouse. Soldados que, durante un enfrentamiento con la guerrilla, se dieron vuelta y ametrallaron a sus compañeros. Amas de casa que abandonaron inesperadamente sus hogares y se lanzaron a las rutas buscando emociones. Cirujanos que en la mitad de una operación le clavaron el bisturí al paciente. Pilotos de avión que con una sonrisa decidieron hundirse, con toda la tripulación, en el fondo del océano. En fin, espíritus que, en un arranque de inspiración, iluminados, dieron el paso de un camino sin retorno.
 La investigación proporcionaba toda una serie de complejos. A cada cual más desaforado. Le hizo daño esta lectura. Se pregunta si, tal vez, su enamoramiento no habrá sido resultado de un ataque de esta locura inesperada. Su intento de robo de una alhaja indica un síntoma claro de que la razón puede fallarle. A su lado, el otro camina circunspecto. Y asiente. Es cierto que en todo amor existe un componente demencial, le dice al otro, pero lo que ahora siente responde a una lógica. Toda su vida soñó que alguna vez una historia amorosa le sucedería y, a partir de este suceso, su existencia pegaría un vuelco frenético. La cuestión, se dice ahora, es que el enamoramiento no lo impulsó todavía al no retorno. Nada lo diferencia de un vulgar adúltero. Nada, piensa.
 La inseguridad lo corroe. Se pregunta si no debe probar la resistencia de su amor. Por qué no, se pregunta. Y ahora, cuando el subte se detiene en la estación del pecado, se baja. En verdad, la estación tiene el nombre de una virgen santa a la que, entre otros tantos poderes, se le adjudica el devolver la pureza a quienes la perdieron.
 Determinado a ponerle fin a la duda, sube a la superficie y se encuentra en el barrio del vicio. A diferencia de otras partes de la ciudad, este barrio nunca se apaga. Así como en estas calles no se distingue si es de día o de noche, tampoco nadie se fija demasiado en la categoría de los que acuden en busca de un rato de placer. Acá pueden verse tanto un convertible que avanza despacio como una abuela dispuesta a regatear sus billetes por una tarifa razonable. Putitas y putitos, chicos, venden, además de drogas, sus cuerpos. Piénsese una droga, por demoledora que sea, y acá se la puede encontrar. Imagínese un goce, el más truculento, y acá está, al alcance de los consumidores. El oficinista leyó alguna vez que la imaginación del hombre es limitada en materia de monstruos. En cierta forma, los consumidores como estas criaturas lo son. Pero no se sienten monstruos sino usuarios. Quienes vienen a comprar saben lo que quieren. Y los chicos lo venden y saben cómo cobrarlo. Los precios varían desde la cópula primitiva, el alivio inmediato de una chupada, hasta placeres que pueden incluir una mutilación parcial o la muerte. Siempre el arreglo se hace con un joven mayor que puede ser un hermano, un primo, un padre, con quien habrá de pactarse el juego erótico y su precio. En el caso de que el cliente se interese en un juego erótico que pondrá en peligro la vida de la criatura o requiera su muerte, entonces se conviene una tarifa especial y se llena un formulario donde se declara quiénes son los beneficiarios del seguro infantil.
 Se interna en la zona roja, aunque no es la primera vez que la camina ya que antes, otras veces, en arrebatos de angustia, lo hizo, pero siempre sin animarse a contratar un servicio: el temor a contraer una peste. Observa las pibas y los pibes y no puede dejar de pensar en el viejito. No debería pensar en el viejito ahora. Debería pensar en esta nena que se le ofrece. No debe tener seis años, pero en su sonrisa uno puede imaginarse todo lo que puede hacer con esa boquita de pétalos carmesí. Reprime la tentación. Sigue de largo. Tropieza con un chico. En realidad no puede discernir si es un varón o una nena. Un bellísimo ejemplar de androginito. O androginita. Al pensar en estos diminutivos se pregunta por qué se adjudica a la infancia el patrimonio del diminutivo. Se pregunta también si estas criaturas, como una sin piernas, que se le cruza en una tabla con rulemanes, no serán, en vez de chicos, productos. Razona: si quienes vienen a encontrar su placer en estas calles son consumidores, los chicos, basta de escrúpulos, son productos. Y nada de esto, se dice, tiene que ver con el amor.
 Porque una de las características del amor consiste en sentirse niño. Un niño no es un loco. Simplemente, no es responsable de sus actos. Ni la secretaria ni él son responsables del magnetismo que los unió. Son como chicos. Indefensos ante una fuerza todopoderosa que los envolvió como un tornado. No han elegido enamorarse. Les pasó. A menos a él le pasó. El amor está, en su caso, fuera de su responsabilidad. Ni consumidor ni producto, se dice. Un chico, piensa. De pronto se avergüenza de estar caminando esta calles.
 Pensar en la incomodidad de que alguien pueda descubrirlo por acá le da pánico. Alguien que más tarde contará en la oficina que lo sorprendió deambulando por esta parte de la ciudad. Le da taquicardia imaginar lo que la secretaria pensará cuando le vayan con el cuento. Se apura hacia el subte. Pero lo detienen los aullidos de las sirenas policiales, las frenadas de los autos patrulla, las órdenes de los policías, sus armas apuntándole. Levanta las manos. Alrededor todos corren, los grandes y los chicos, y él queda solo, en la vereda de un pornoshop.
 Alza las manos. Grita que no hizo nada. Que pasaba por esta zona. Que no es uno de esos degenerados que la frecuentan. Pero los policías no dejan de encañonarlo.»
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Editorial Seix-Barral, 2011. ISBN:978-84-322-1282-6.]
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Realiza tu comentario: