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sábado, 5 de septiembre de 2020

Viaje en torno de mi cráneo.- Frigyes Karinthy (1887-1938)

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Encuentro con un moribundo

  «En la primera cama, un muchacho de extraordinaria belleza: moreno, ojos centelleantes, exótico como un cabecilla beduino. Me entero, atónito, de que pertenece a una excelente familia vienesa, y de que se doctoró en Medicina con sobresaliente, ocho días atrás; hace tan sólo tres, se declaró en él la esquizofrenia. A nuestra pregunta de por qué está allí, se encoge de hombros satisfecho; no tiene ni la menor idea de lo que se pretende de él, de por qué se le ha encerrado en una jaula como un perro rabioso, de si debe trabajar, abrir su consultorio. ¿O es que no le creo? Que mire aquí. Y, como un leopardo que se dispone a saltar, se incorpora en la cama, abre su bata orgullosamente y descubre a nuestros ojos un desnudo cuerpo varonil de ideal perfección. Yo doy un paso atrás, instintivamente, pero mi mujer no se mueve; asiente con comprensión médica. Al llegar ante la siguiente cama, miro de reojo hacia la primera; Herr Doktor está sentado, con aire indolente, tranquilo; luego intenta cogerse el dedo pulgar. Exactamente tal como uno se suele figurar a los locos.
 En esta otra cama, el risueño anciano, con sus mejillas sonrosadas y su expresión optimista, con su barba canosa, podría ser una ilustración del cuento de Tolstói sobre las tres vírgenes tontas en la isla. Mira a su alrededor con una mirada azul y serena. Escucha con la sonrisa en los labios su diagnóstico: dementia senilis, etc; asegura que habla a menudo con Dios. Él mismo confirma inmediatamente tal cosa; levantándose con el brazo tendido, casi en actitud de firmes, dirige la vista hacia el cielo, se queda atento y luego se pone a murmurar; hace una pausa, vuelve a prestar atención y vuelve a murmurar. Contesta a "la voz"; a veces se nota el esfuerzo que hace para comprender exactamente, aguzando el oído y asintiendo con la cabeza. Con voz temblorosa, pero muy afable, responde a nuestras preguntas, asegurando que está perfectamente bien; sólo se lamenta de no oír mejor, pues a veces no entiende con claridad las palabras del Señor; pero el Señor es bondadoso y habla un poco más fuerte.
 El siguiente es un asesino en período de observación. Desde hace dos semanas no come, lo alimentan artificialmente. Se aparta desconfiado. Todo su cuerpo tiembla. Evidentemente está loco; en el terrible caos que devasta su alma palpita una sola decisión: no comer, no comer, morirse de hambre. Con este castigo que se impone a sí mismo, tal vez llegará a librarse de la justicia de los hombres.
 Otro paciente: un niño proletario de seis años; la enfermera no sabe por qué está aquí; parece ser que en su sección ya no quedaba ninguna cama libre, pero por la tarde vendrán a buscarlo. Es tímido, pero parece de buen humor; el ambiente en que se halla no le inquieta en absoluto; está jugando, absorto, con un trapo anudado. Cabizbajo, pero con decisión, afirma que el trapo es un caballo mecánico que se mueve con un motor y que en su casa hay muchos como éste, dispersos por la habitación. Además, en su casa existe, por lo que dice, un universo mágico harto especial: él y sus familiares beben ininterrumpidamente jarabe de frambuesas; los helados ocupan enormes tarros; los muebles, que son de chocolate, los cambian cada día. Es fácil darse cuenta de que ni por casualidad dirá una verdad; habla hasta mientras duerme e incluso entonces miente. Es preciso vigilarle porque siempre comete pequeños hurtos.
 De repente, me siento lleno de inquietud; preferiría estar ya fuera. He visitado muchos manicomios en mi vida y, por primera vez, en éste tengo miedo. […] respiro aliviado cuando salimos de la sala.
 En el pasillo, el olor del antiséptico que usan para limpiar es penetrante; paredes desnudas, pasos que resuenan tristemente. Pasamos a la sección de neurología, donde veo durante un instante al profesor Pötzl: un hombre alto y corpulento, de una amabilidad exagerada, casi torpe, y que habla con zalamería, con los labios un poco apretados. En la sala hay muy pocas camas ocupadas y los enfermos en cuestión yacen todos apáticamente; nadie tiene ningún deseo especial.
 Las hojas de observación fijadas en cada cama explican muy detalladamente el "caso"; esas hojas, con su jerga latina, hacen pensar en las plaquitas colocadas en el suelo, o en los barrotes de jaulas, que designan flora y fauna en los parques zoológicos y en los jardines botánicos.
Viaje en Torno de mi Cráneo - KARINTHY, FRIGYES: GALAXIA GUTENBERG-CIRCULO  DE LECTORES - · Librería Rafael Alberti. "Actinomicosis", leo en una de ellas. Es una enfermedad muy rara. Por un conducto desconocido, se introducen en el organismo ciertos hongos u otras vegetaciones consistentes, semejantes a los minúsculos ganchos puntiagudos de las espigas de trigo. Si llegan a la garganta no es posible escupirlos; se adhieren a la mucosa, se deslizan incesantemente y avanzan hacia abajo. Esos hongos se distribuyen por todo el cuerpo; una parte penetra en el cerebro, forma nódulos, provoca alteraciones inimaginables y, por fin, causa curiosísimas "transferencias". El enfermo que tenemos delante está ya en una fase muy avanzada. La pierna izquierda, desplazada, cuelga paralizada, adelgazada hasta el hueso; su boca temblorosa, babea. Se queja en un susurro apenas audible; habla de dolores insoportables; suplica que le den morfina.
 Hay otro caso, aún más terrible que éste: cisticercosis, gusano cerebral, una variante de la tenia, que penetra en el sistema nervioso, donde anida y se reproduce. La cabeza del enfermo parece una manzana agusanada, arrugada, seca, precozmente madura. En su frente, compresas frías; los ojos cerrados; por sus labios resecos y la nariz se advierte que no duerme, sufre.
 El siguiente es un fenómeno: "Acromegalia, hipertrofia del crecimiento". Una pequeña glándula cuelga en la parte inferior del cerebro, el cerebelo. La enfermedad que le aqueja consiste en una desenfrenada y excesiva actividad de las células; la glándula hace crecer los miembros más de la cuenta, con el mismo ritmo que si se tratara de bebés. Este enfermo tiene la barbilla grande como un panecillo; una de sus piernas es dos veces mayor que la otra, dimensión que alcanzó en pocas semanas. El paciente mantiene un silencio serio, nos mira modesta y atentamente, en flagrante contradicción con el delirio de grandeza de su cuerpo.
  Mi mujer me está llamando con impaciencia, ya está cerca de la puerta y yo sigo todavía delante de la cama, como si hubiera echado raíces. ¿Qué me pasa? […]
 En este mismo instante, como un relámpago, brota la idea: lo sé. […] Me dirijo a mi mujer con un gesto de satisfacción, como quien se está burlando y vanagloriando, simulando ligereza:
 -Aranka, yo padezco de un tumor cerebral.
 -Anda, deja de decir estupideces, ¿no te da vergüenza? Eres tan tonto como un estudiante de medicina de primer año.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2007, en traducción de F. Oliver Brachfeld. ISBN: 978-84-8109-685-9.]

lunes, 5 de noviembre de 2018

Los griegos y lo irracional.- Eric Robertson Dodds (1893-1979)


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Capítulo III: Las bendiciones de la locura

«"Nuestras mayores bendiciones", dice Sócrates en el Fedro, "nos vienen por medio de la locura": [...] Esto es, desde luego, una paradoja deliberada. Sin duda, sorprendió al lector ateniense del siglo IV apenas menos de lo que nos sorprende a nosotros; porque un poco más adelante se da a entender que en tiempos de Platón la locura solía considerarse como algo deshonroso, como un ὂνειδος. Pero en este texto no se representa al padre del racionalismo de Occidente sosteniendo la proposición general de que es mejor estar loco que cuerdo, enfermo que sano. Restringe su paradoja con las palabras [...] "a condición de que nos sea dada por don divino". Y prosigue distinguiendo cuatro tipos de esta "locura divina", que se producen, dice él, "por un cambio en nuestras normas sociales acostumbradas operado por intervención divina" [...] Estos cuatro tipos son los siguientes:
 1) La locura profética, cuyo dios patrono es Apolo.
 2) La locura teléstica, o ritual, cuyo patrono es Dioniso.
 3) La locura poética, inspirada por las Musas.
 4) La locura erótica, inspirada por Afrodita y Eros.
 Sobre el último diré algo en otro capítulo; no es mi intención discutirlo ahora; pero quizá valga la pena considerar de nuevo los tres primeros, sin intentar un examen exhaustivo de los documentos, sino concentrándonos en lo que pueda ayudarnos a responder a dos cuestiones específicas. Una es la cuestión histórica: cómo llegaron los griegos a las creencias que subyacen a esta clasificación de Platón y hasta qué punto las modificaron bajo la influencia creciente del racionalismo. La otra es psicológica: en qué medida pueden los estados mentales denotados por la locura "profética" y "ritual" de Platón reconocerse como idénticos a otros estados conocidos de la psicología y antropología modernas. Ambas cuestiones son difíciles y en muchos puntos quizás tengamos que contentarnos con un veredicto de non liquet. Pero creo que merece la pena que nos las planteemos. Para intentar resolverlas me apoyaré, como nos apoyamos todos, en Rohde, que exploró muy a fondo la mayor parte de este terreno en su gran libro Psyche. Como el libro es fácilmente asequible, tanto en alemán como en inglés, no recapitularé sus argumentos; indicaré, en cambio, uno o dos puntos en que difiero de él.
 Antes de entrar en los cuatro tipos "divinos" de Platón, debo decir algo sobre su distinción general entre una locura "divina" y la locura ordinaria, que es consecuencia de la enfermedad. Esta distinción es, desde luego, más antigua que Platón. Por Heródoto sabemos que la locura de Cleomenes, en la cual vieron los más el castigo que los dioses le enviaron por su sacrilegio, fue atribuida por sus propios compatriotas a sus excesos en la bebida. Y aun cuando Heródoto se niega a aceptar esta prosaica explicación en el caso de Cleomenes, se inclina en cambio a explicar la locura de Cambises como debida a una epilepsia congénita y añade la sensata observación de que cuando el cuerpo se perturba gravemente, no es extraño que también sea afectada la mente. De suerte que reconoce por lo menos dos tipos de locura: uno de origen sobrenatural (aunque no benéfico) y otro debido a causas naturales. De Empédocles y su escuela se dice también que distinguieron la locura producida ex purgamento animae de la locura debida a afecciones corporales.
 Esto, no obstante, es un modo de pensar relativamente avanzado. Podemos poner en duda que tales distinciones se trazaran en tiempos más antiguos. Es creencia común de los pueblos primitivos que todos los tipos de perturbación mental se deben a una intervención sobrenatural y la universalidad de esta creencia no es de extrañar. Yo la creo originada y mantenida por las declaraciones de los propios pacientes. Entre los síntomas más corrientes de demencia ilusoria se cuenta hoy día la creencia del paciente de que está en contacto, o incluso identificado, con seres o fuerzas sobrenaturales y podemos presumir que no fue de otro modo en la antigüedad; efectivamente, ha llegado hasta nosotros, documentado con algún detalle, un caso de esta naturaleza, el del médico Menécrates, del siglo IV, que creía que era Zeus, tema de un brillante estudio de Otto Weinreich. Los epilépticos tienen además la impresión de ser azotados con un garrote por un ser invisible; y los extraños fenómenos del ataque epiléptico, la caída repentina, las contorsiones musculares, el crujir de los dientes y la lengua fuera de la boca, han contribuido, sin duda alguna, a formar la idea popular de la posesión. No es sorprendente que para los griegos la epilepsia fuera la "enfermedad sagrada" por excelencia, ni que la llamaran ἑπίληψις que -como nuestro término "ataque"- sugiere la intervención de un demonio. Yo aventuraría, sin embargo, la hipótesis de que la idea de la verdadera posesión, como distinta de la mera interferencia psíquica, deriva en última instancia de los casos de personalidad secundaria o alternante, como el de la famosa Miss Beauchamp, estudiado por Morton Prince. Porque en ellos una personalidad nueva, generalmente muy distinta de la antigua en carácter, en conocimientos y hasta en la voz y la expresión facial, parece tomar posesión de repente del organismo hablando de sí misma en primera persona y de la personalidad anterior en tercera. Tales casos, relativamente raros en la Europa y la América modernas, parecen darse con más frecuencia entre los pueblos menos avanzados, y pueden bien haber sido más comunes en la antigüedad que hoy día; más adelante volveré sobre ellos. La noción de posesión pudo extenderse fácilmente de estos casos a los de los epilépticos y paranoicos y, finalmente, todos los tipos de perturbación mental, incluso cosas como el sonambulismo o el delirio febril, se atribuyeron a agentes demoníacos. Una vez aceptada, la creencia creó naturalmente nuevas pruebas en su propio apoyo por el poder de la autosugestión.
 Hace tiempo ya que se ha hecho notar que la idea de la posesión está ausente en Homero y a veces se ha inferido de ello que es ajena a la cultura griega más antigua. Podemos, sin embargo, encontrar en la Odisea huellas de la creencia, más vaga, en el origen sobrenatural de la enfermedad mental.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1983, en traducción de María Araujo. ISBN: 84-206-2268-0.]

viernes, 6 de julio de 2018

La Gota de Mercurio.- Alejandro Núñez Alonso (1905-1982)


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«Parece que ya estoy leyendo la nota necrológica de mañana: Anoche se apagó la llama de un genio. Misteriosas y dramáticas circunstancias rodean el suicidio de uno de los más representativos valores de la pintura universal. Aunque quién sabe. Eso sería de lo menos malo. No faltará quien diga que un tipo que hacía pintura surrealista tenía que acabar de un tiro o en el manicomio. Posiblemente haya algún gacetillero que diga: Se pegó un tiro el pintamonas paranoico. Ése sería el menos respetuoso pero sí el más exacto porque todos tenemos algo de aberrados.
 No, no me asusta dejar este mundo con la etiqueta de loco. Yo sé lo que es la locura. Hace tiempo, mucho tiempo que lo sé a priori. Generalmente las conclusiones a posteriori son ciertas en la medida que lo es, en apariencia, el razonamiento de base. Sin embargo, las definiciones apriorísticas nacen, crecen y se sustentan en la intuición, que es la dimensión geométrica, cúbica de la inteligencia. La intuición es la matemática de todo lo mágico, de todo aquello que no puede ser demostrado con operaciones aritméticas o con silogismos. Por intuición se puede llegar a Dios y se puede crear la obra de arte. Pero no hay que confundir la intuición con la superchería, pues también con superchería se llega al falso dios y a la falsa obra de arte. No quiero tampoco decir que la intuición sea una forma de la inteligencia, pues ha habido grandes inteligentes poco intuitivos y grandes intuitivos poco inteligentes. Es una virtud mental más o menos subordinada a la inteligencia, más o menos rebelde con la razón, que participa no tanto de la inteligencia razonada cuanto de la inteligencia que es gracia, don inexplicable que todos tenemos en mayor o menor cuantía y que todos ambicionamos poseer en grado sumo. Kiekergaard, que era un gran inteligente, que había encastillado su inteligencia dentro de la estructura matemática, lógica, inconmovible de la Razón, se escapa un buen día de la jaula intelectual y trata de cambiar la lógica por la intuición. Pero como no era intuitivo sino en el grado que la intuición puede ser admitida razonablemente, se pierde al salir de la jaula de la razón y se lanza a correr como un loco por los campos de la fe. Y como es un negado para la fe, pretende hallarla, tras forzadas y penosas búsquedas, en los textos bíblicos, precisamente en aquellos que no es posible entender sin interpretar recreándolos intuitivamente. Él se aferra a las antiguas escrituras como si ellas hubieran sido dictadas por el mismo Dios y no fueran pobres versiones, confusas versiones enrarecidas y modificadas por la acción de los siglos: desde el momento que fueron palabra de Dios hasta el día en que se hicieron escritura del hombre.
 La demencia es el contenido intuitivo del hombre desencadenado, desanclado de la razón. Cuando en una marejada de la vida la intuición pierde el áncora, el espíritu navega a la deriva y todas las costas se hacen inaccesibles. E inútiles. La intuición se enseñorea del mar de lo mágico y con las velas tensas es bajel que sólo arriba a puertos, playas y metas nuevos y desconocidos. Es cuando la intuición corre la aventura de los grandes descubrimientos irrazonables. Es cuando surgen las Dulcineas y las ínsulas, cuando las cosas pierden su nombre convencional, su figura aparencial y comienzan a ser lo que en realidad son para el espíritu; y son gigantes y son encantadores. Y son, tras las nubes del horizonte, manos y ojos de Dios.
 Sin la intuición yo no hubiera podido descubrir el secreto y el límite de la mujer de Lot. Y nunca hubiera descubierto la certidumbre de salvarla del límite en que se encuentra. Sé que al llegar a ese límite entre la muerte y la eternidad, rezaré la oración, la plegaria mágica, la misma que le rezó su esposo, la misma que le rezó Jesús. Pero le falta la tercera. Y yo se la rezaré. Entonces la sal se licuará y volverá a las fuentes originales, a los ojos húmedos y llorosos de los hombres. Pero ya no habrá más sed. Porque es la sal de Edit, de la sodomita convertida en estatua, la que pone amargura y sed infinita en nuestros espíritus. Y ¿cómo es posible que nadie, nadie, se haya preguntado por qué la sodomita rebelde, maldita en estatua, fue convertida en sal? ¿Por qué Él la salificó y no la volvió arcilla que es el destino de los demás mortales? Desde que Edit está en el límite, con el pie derecho puesto al occidente y el rostro vuelto al oriente, en una eterna actitud de marcha, los hombres se pelean y se matan por la sal y sucumben por la sed. "El agua que yo te daré a beber -decía el Hijo- no está en el pozo de Jacob. Mi agua te saciará la sed eterna."
 Dios castiga en la Mujer de Lot a la Humanidad, a todas las Sodomas y Gomorras que la Humanidad repite contumaz. Y tan reincidente que, para repetirse, ha de mirar atrás. ("Nunca mires atrás", me decía Sonia.) Mirar atrás es repetirse y en la repetición el pecado se hace más voluminoso a la vez que la virtud más exigua. La Mujer de Lot resume en su símbolo escultórico el drama del espíritu: un pie hacia adelante, hacia la revelación y lo futuro, y la mirada hacia atrás, hechizada por lo pasado, por la obra conclusa.
 Yo rezaré en la noche de mis siglos al pasar el límite, la oración. Y veré el milagro: que la sal se hace luz. Y con la sodomita, conducido de su mano, los dos entraremos en Jerusalén. 
 ¿En Jerusalén o en Toledo? ¿En Toledo o en Teotihuacán? ¿Hacia dónde dará los primeros pasos la Mujer de Lot? [...] Atrás, quedará el tiempo viejo, putrefacto en sus coágulos de la Disputa. Adelante, el tiempo nuevo, con los frutos ya maduros, de la Concordia. Y todos los papeles de la inteligencia, plenos de signos y de teorías, se arrugarán y terminarán por pulverizarse. Y será inaugurada la única dimensión conjugada en modo infinitivo.
 Sí, la locura. Ya sé lo que es la locura. Y si tú no quieres saberlo, por tibio y neutro, por acomodado y blando, no sueltes a los vientos poéticos las velas de la intuición. Guárdatela con el reloj en el bolsillo más pequeño de tu vestimenta. Y tómate una Coca-Cola bien fría. Así, despejado, puedes estudiar todas las filosofías, aun las más inextricables para el corazón, pero las más expeditas para la mente que exige una razón razonablemente razonadora.
 Me dirán que soy un pintamonas y un loco. Me dirán paranoico. Me dirán emulomaniático. Y me dañarán quizá, o pretenderán hacerlo, con el silencio. No tengo miedo al silencio. Camino paso a paso, firmemente, desde hace una hora hacia él.»
 
  [El fragmento pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2000. ISBN: 84-08-46389-6.]
 

miércoles, 27 de junio de 2018

El oficinista.- Guillermo Saccomanno (1948)


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«En una revista científica ha leído sobre un experimento realizado en un instituto de neurociencias cognitivas. El experimento tipificó una clase de demencia que puede estallar de modo inesperado y durar aproximadamente siete minutos. Pero, destacaron los psiquiatras, se produjeron algunos casos en que los pacientes, aun cuando habían superado el shock de los siete minutos, seducidos por su efecto, volvían a repetir los actos realizados durante el ataque. Hombres meticulosos que se volvieron jugadores compulsivos. Ejecutivos sobresalientes que una mañana, al levantarse para ir a su empresa, saltaron por el balcón de su penthouse. Soldados que, durante un enfrentamiento con la guerrilla, se dieron vuelta y ametrallaron a sus compañeros. Amas de casa que abandonaron inesperadamente sus hogares y se lanzaron a las rutas buscando emociones. Cirujanos que en la mitad de una operación le clavaron el bisturí al paciente. Pilotos de avión que con una sonrisa decidieron hundirse, con toda la tripulación, en el fondo del océano. En fin, espíritus que, en un arranque de inspiración, iluminados, dieron el paso de un camino sin retorno.
 La investigación proporcionaba toda una serie de complejos. A cada cual más desaforado. Le hizo daño esta lectura. Se pregunta si, tal vez, su enamoramiento no habrá sido resultado de un ataque de esta locura inesperada. Su intento de robo de una alhaja indica un síntoma claro de que la razón puede fallarle. A su lado, el otro camina circunspecto. Y asiente. Es cierto que en todo amor existe un componente demencial, le dice al otro, pero lo que ahora siente responde a una lógica. Toda su vida soñó que alguna vez una historia amorosa le sucedería y, a partir de este suceso, su existencia pegaría un vuelco frenético. La cuestión, se dice ahora, es que el enamoramiento no lo impulsó todavía al no retorno. Nada lo diferencia de un vulgar adúltero. Nada, piensa.
 La inseguridad lo corroe. Se pregunta si no debe probar la resistencia de su amor. Por qué no, se pregunta. Y ahora, cuando el subte se detiene en la estación del pecado, se baja. En verdad, la estación tiene el nombre de una virgen santa a la que, entre otros tantos poderes, se le adjudica el devolver la pureza a quienes la perdieron.
 Determinado a ponerle fin a la duda, sube a la superficie y se encuentra en el barrio del vicio. A diferencia de otras partes de la ciudad, este barrio nunca se apaga. Así como en estas calles no se distingue si es de día o de noche, tampoco nadie se fija demasiado en la categoría de los que acuden en busca de un rato de placer. Acá pueden verse tanto un convertible que avanza despacio como una abuela dispuesta a regatear sus billetes por una tarifa razonable. Putitas y putitos, chicos, venden, además de drogas, sus cuerpos. Piénsese una droga, por demoledora que sea, y acá se la puede encontrar. Imagínese un goce, el más truculento, y acá está, al alcance de los consumidores. El oficinista leyó alguna vez que la imaginación del hombre es limitada en materia de monstruos. En cierta forma, los consumidores como estas criaturas lo son. Pero no se sienten monstruos sino usuarios. Quienes vienen a comprar saben lo que quieren. Y los chicos lo venden y saben cómo cobrarlo. Los precios varían desde la cópula primitiva, el alivio inmediato de una chupada, hasta placeres que pueden incluir una mutilación parcial o la muerte. Siempre el arreglo se hace con un joven mayor que puede ser un hermano, un primo, un padre, con quien habrá de pactarse el juego erótico y su precio. En el caso de que el cliente se interese en un juego erótico que pondrá en peligro la vida de la criatura o requiera su muerte, entonces se conviene una tarifa especial y se llena un formulario donde se declara quiénes son los beneficiarios del seguro infantil.
 Se interna en la zona roja, aunque no es la primera vez que la camina ya que antes, otras veces, en arrebatos de angustia, lo hizo, pero siempre sin animarse a contratar un servicio: el temor a contraer una peste. Observa las pibas y los pibes y no puede dejar de pensar en el viejito. No debería pensar en el viejito ahora. Debería pensar en esta nena que se le ofrece. No debe tener seis años, pero en su sonrisa uno puede imaginarse todo lo que puede hacer con esa boquita de pétalos carmesí. Reprime la tentación. Sigue de largo. Tropieza con un chico. En realidad no puede discernir si es un varón o una nena. Un bellísimo ejemplar de androginito. O androginita. Al pensar en estos diminutivos se pregunta por qué se adjudica a la infancia el patrimonio del diminutivo. Se pregunta también si estas criaturas, como una sin piernas, que se le cruza en una tabla con rulemanes, no serán, en vez de chicos, productos. Razona: si quienes vienen a encontrar su placer en estas calles son consumidores, los chicos, basta de escrúpulos, son productos. Y nada de esto, se dice, tiene que ver con el amor.
 Porque una de las características del amor consiste en sentirse niño. Un niño no es un loco. Simplemente, no es responsable de sus actos. Ni la secretaria ni él son responsables del magnetismo que los unió. Son como chicos. Indefensos ante una fuerza todopoderosa que los envolvió como un tornado. No han elegido enamorarse. Les pasó. A menos a él le pasó. El amor está, en su caso, fuera de su responsabilidad. Ni consumidor ni producto, se dice. Un chico, piensa. De pronto se avergüenza de estar caminando esta calles.
 Pensar en la incomodidad de que alguien pueda descubrirlo por acá le da pánico. Alguien que más tarde contará en la oficina que lo sorprendió deambulando por esta parte de la ciudad. Le da taquicardia imaginar lo que la secretaria pensará cuando le vayan con el cuento. Se apura hacia el subte. Pero lo detienen los aullidos de las sirenas policiales, las frenadas de los autos patrulla, las órdenes de los policías, sus armas apuntándole. Levanta las manos. Alrededor todos corren, los grandes y los chicos, y él queda solo, en la vereda de un pornoshop.
 Alza las manos. Grita que no hizo nada. Que pasaba por esta zona. Que no es uno de esos degenerados que la frecuentan. Pero los policías no dejan de encañonarlo.»
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Editorial Seix-Barral, 2011. ISBN:978-84-322-1282-6.]