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domingo, 21 de mayo de 2023

Y el cerebro creó al hombre.- Antonio Damasio (1944)


Antonio Damasio | Planeta de Libros
Parte IV: Mucho tiempo después de la conciencia

Capítulo 11: Vivir con una conciencia
Digresión sobre el inconsciente

    «Si los procesos cerebrales no conscientes están en condiciones de realizar las tareas que realizan por cuenta de las decisiones conscientes, es gracias a que nuestro cerebro logró combinar de manera eficaz la nueva forma de gobernar que la conciencia hizo posible, con la antigua forma basada en la regulación automatizada e inconsciente. Un destacado estudio dirigido por el psicólogo holandés Ap Dijksterhuis recoge algunas pruebas muy apropiadas. Pero para apreciar la importancia de los resultados a los que llegó, es preciso describir antes el marco y la configuración del experimento. A un grupo formado por sujetos normales, el doctor Dijksterhuis les pidió que tomaran unas decisiones de compra en dos condiciones. En la primera, los sujetos emplearon sobre todo la deliberación consciente; en la segunda, en cambio, a los sujetos no les fue posible deliberar conscientemente porque fueron sometidos a un proceso de distracción hábilmente manipulado.
 Había dos clases de artículos susceptibles de compra. De un lado, artículos triviales de menaje, como tostadoras y paños de cocina; del otro, lo que serían grandes compras como, por ejemplo, coches y casas. A cada sujeto se le dio un folleto con amplia información acerca de las ventajas y desventajas de cada uno de los artículos de aquellas dos clases. Se trataba de la habitual información destinada al consumidor en la que no faltaba la indicación del precio; es decir, la clase de información que les habría de ser muy útil cuando tuvieran que escoger el «mejor» artículo posible y comprarlo. Cuando llegó el momento de la decisión, sin embargo, Dijksterhuis sólo dejó que algunos sujetos estudiaran el folleto durante tres minutos antes de tomar una decisión, en tanto que privó a los demás de ello, distrayéndoles durante esos mismos tres minutos. El experimento evaluó a los sujetos participantes sometiéndolos, para ambas clases de artículos, a las dos condiciones, esto es, dejándoles estudiar atentamente la información durante tres minutos o distrayéndoles durante ese mismo período de tiempo.
 ¿Y cuál dirían que fue el resultado del experimento en cuanto a la calidad de las decisiones? Sería perfectamente razonable pensar, por ejemplo, que en cuanto a los artículos triviales de menaje, los sujetos iban a tomar decisiones acertadas tanto si la deliberación era consciente como inconsciente, dado el módico precio de los artículos y la escasa complejidad del problema que planteaba la elección. Decidirse entre dos tostadoras, por meticuloso que sea un sujeto, no es un problema intrincado. En cambio, en cuanto a las grandes compras —como, por ejemplo, con cuál de los coches monovolumen quedarse—, cabía esperar que los sujetos que pudieron estudiar la información fueran los que tomaran las decisiones más acertadas.
 Los resultados difirieron asombrosamente de estas previsiones. Las decisiones que se habían tomado sin mediar ninguna deliberación consciente resultaron más satisfactorias en ambas clases de artículos, pero sobre todo en la de las grandes compras. La conclusión aparente es que cuando vamos a comprar un coche o una casa, es preciso conocer al detalle los hechos, pero, una vez conocidos, no hay que preocuparse ni dar más vueltas a las minuciosas comparaciones de ventajas y desventajas posibles. Es mejor lanzarse. Para que luego hablen de las maravillas de la deliberación consciente. Estos interesantes resultados, ni que decir tiene, no deberían alejarnos de la deliberación consciente, pues lo que sugieren es que los procesos inconscientes son capaces de cierto razonamiento lógico, mucho más de lo que generalmente se creía, y que este razonamiento, una vez adecuadamente ejercitado a través de la experiencia, puede, cuando el tiempo escasea, llevarnos a tomar decisiones convenientes y ventajosas. En las circunstancias en que se llevó a cabo el experimento, la deliberación atenta y consciente, sobre todo en el caso de las grandes compras, no había llevado, sin embargo, a obtener el mejor resultado. El elevado número de variables a considerar, así como el restringido espacio de razonamiento consciente —restringido por el escaso número de cosas a las que se puede prestar atención en un momento determinado—, reducen la probabilidad de tomar la mejor decisión dado lo limitado de la ventana temporal disponible. El espacio inconsciente, en cambio, tiene una capacidad mucho mayor, ya que puede contener y manejar muchas variables que potencialmente ayudan a la mejor elección en una pequeña ventana de tiempo.
 Además de lo que nos dice acerca del procesamiento inconsciente en general, el estudio de Dijksterhuis señala otras cuestiones importantes. Una de ellas es la relacionada con la cantidad de tiempo necesaria para tomar una decisión. Quizá lleguemos, por ejemplo, a escoger el restaurante indiscutiblemente mejor para salir a cenar si disponemos, primero, de toda la tarde para examinar las últimas reseñas gastronómicas, y si luego podemos examinar el precio de los platos que componen la carta, si sabemos dónde queda el restaurante, y si comparamos todos estos datos con nuestras preferencias personales, nuestro estado de ánimo y las posibilidades de nuestra cuenta bancaria. Pero no tenemos toda la tarde para hacerlo. El tiempo cuenta, y sólo podemos dedicar una cantidad “razonable” de tiempo a tomar la decisión. Lo razonable de la cantidad dependerá, por supuesto, de la importancia del asunto a decidir. Dado que no disponemos de todo el tiempo del mundo, en lugar de hacer una gran inversión de tiempo en gigantescos cálculos, vale la pena aprovechar algunos atajos. Y algo que viene muy bien es que, por un lado, los registros emocionales pasados nos serán de utilidad al seguir esos atajos y, por otro, que nuestro inconsciente cognitivo es un buen proveedor de esa clase de registros.
 Todo ello hace que me resulte particularmente atractiva la idea de que nuestro inconsciente cognitivo es capaz de cierto razonamiento, y que dispone de un «espacio» mayor para las operaciones que el de su homólogo consciente. Pero un elemento de una importancia crítica para la explicación de estos resultados guarda una estrecha relación con la experiencia emocional anterior que el sujeto del experimento haya tenido con artículos similares a los que figuran en la clase de las grandes compras. El espacio inconsciente es claramente adecuado para esta manipulación encubierta, pero trabaja en nuestro beneficio en gran medida porque ciertas opciones vienen marcadas inconscientemente por medio de una predisposición vinculada a factores emocionales y afectivos previamente adquiridos. Si bien considero que las conclusiones acerca de las ventajas de la inconsciencia son sin lugar a dudas acertadas, creo, en cambio, que nuestra idea de lo que ocurre por debajo de la espejada superficie de la conciencia gana en riqueza cuando en los procesos inconscientes tomamos en cuenta las emociones y los sentimientos.
 El experimento de Dijksterhuis viene a ilustrar la combinación de facultades conscientes e inconscientes. El procesamiento inconsciente, por sí solo, no es suficiente. En estos experimentos, los procesos inconscientes realizan sin duda mucho trabajo, pero los sujetos se aprovechan de años de deliberación consciente, en cuyo transcurso han ejercitado y adiestrado repetidamente sus propios procesos inconscientes. Además, mientras los procesos inconscientes se realicen con la debida diligencia, los sujetos permanecen plenamente conscientes. Los pacientes inconscientes, ya sea debido a los efectos de la anestesia, o porque han entrado en coma, no toman decisiones sobre el mundo real, del mismo modo que tampoco disfrutan del sexo. Una vez más, la oportuna sinergia entre los niveles de lo implícito y lo explícito prevalece. Nos nutrimos del inconsciente cognitivo con bastante regularidad a lo largo del día, y discretamente le subcontratamos una serie de tareas a la habilidad de su competencia, entre otras, la ejecución de respuestas.
 Así, cuando pulimos una habilidad hasta un nivel en que ya no somos ni siquiera conscientes de los pasos técnicos necesarios para realizarla con destreza, en realidad subcontratamos esa destreza al espacio inconsciente. Cultivamos y ejercitamos nuestras habilidades detenidamente, con plena conciencia, pero luego dejamos que se escondan y pasen a las galerías subterráneas de nuestra mente, dejando libre el exiguo espacio de reflexión consciente.
Y EL CEREBRO CREO AL HOMBRE | ANTONIO DAMASIO | Comprar libro ... El experimento de Dijksterhuis ha significado un gran paso en una línea de investigación que sigue centrada en el papel que las influencias inconscientes ejercen en las tareas de toma de decisiones. En los primeros compases de esa línea de investigación, nuestro grupo presentó pruebas decisivas a este respecto. Demostramos, por ejemplo, que cuando sujetos normales participaban en un juego de cartas que comportaba incurrir en pérdidas o ganancias bajo condiciones de riesgo e incertidumbre, los jugadores empezaban a adoptar una estrategia ganadora ligeramente antes de que fueran capaces de expresar de manera razonada por qué lo hacían. Durante los minutos anteriores a que adoptaran la estrategia ventajosa, los cerebros de los sujetos de aquel experimento producían respuestas psicofisiológicas diferenciales cada vez que sopesaban la posibilidad de sacar una carta de un palo de la baraja que no fuera el principal, es decir, una carta cuyo palo hacía más factible que perdieran, en tanto que la perspectiva de sacar una carta del palo principal no generaba esa respuesta. La belleza del resultado alcanzado estribaba en que los jugadores no perciban, ni tampoco el observador a simple vista, las respuestas fisiológicas, que en el estudio original medimos a través de la conductancia de la piel. Las respuestas ocurrían por debajo del nivel de sensibilidad del radar de la conciencia del sujeto, y ocurrían tan sigilosamente como se producía la deriva del comportamiento hacia la estrategia ganadora.
 Si bien no queda del todo claro qué ocurre exactamente, sea lo que sea, la conciencia del momento no es una condición para que ocurra. Puede ser que el equivalente inconsciente de un presentimiento instintivo “agite” el proceso de toma de decisiones, sesgando, por así decirlo, el cálculo inconsciente, y al hacerlo evite la elección del artículo equivocado. Lo más probable es que un importante proceso de razonamiento discurra inconscientemente por las galerías subterráneas de la mente, y que ese razonamiento produzca resultados sin que ni siquiera lleguen a conocerse los pasos intermedios. Pero, con independencia de cuál sea ese proceso, lo cierto es que produce el equivalente de una intuición, aunque sin el “¡ajá!” que acompaña a la obtención de la solución, sólo como una callada y tranquila resolución.
 Las pruebas que corroboran la existencia de un procesamiento inconsciente no han dejado de acumularse. Las decisiones que tomamos en la vida económica, lejos de estar guiadas por la racionalidad pura, se hallan significativamente influidas por poderosas predisposiciones como, por ejemplo, la aversión a perder o el gozo de ganar. En el modo en que interactuamos con los demás influye asimismo una amplia gama de sesgos y predisposiciones relativas al sexo, la raza, la educación, las costumbres y la forma de hablar y de vestir, entre otras muchas cosas. El escenario de la interacción conlleva también su propio conjunto de predisposiciones vinculadas a la familiaridad y el diseño. Las preocupaciones y las emociones que sentimos antes de la interacción desempeñan un papel asimismo importante, al igual que es importante la hora del día en que ocurre: ¿tenemos hambre? ¿Estamos llenos, ahítos? Expresamos nuestras preferencias sobre la cara de alguien, y lo hacemos a la velocidad del rayo, sin haber tenido siquiera tiempo de procesar conscientemente los datos que habrían avalado la correspondiente deducción razonada, lo que es razón de más para poner mayor cuidado cuando se trata de decisiones importantes, tanto en la vida personal y como en la social. Dejar que la influencia de una emoción pasada guíe la elección de una casa está bien, siempre y cuando antes de firmar el correspondiente contrato nos tomemos un tiempo para reflexionar detenidamente acerca de lo que el inconsciente ofrece como opción. Puede que, entonces, lleguemos a la conclusión de que nuestra elección no es válida, basándonos en el nuevo análisis de los datos, con independencia de la manera en que intuitivamente hayamos juzgado la situación, pues quizá nuestras experiencias pasadas en ese ámbito resulten atípicas, sesgadas o insuficientes. Esto es tanto más importante cuando se trata de nuestro voto en unas elecciones o cuando somos miembros de un jurado popular. Los factores emocionales-inconscientes son uno de los principales problemas a los que se enfrentan los votantes en las elecciones políticas y los miembros de un jurado en los tribunales de justicia. El poder que ejercen los factores emocionales inconscientes es algo tan conocido que, en las últimas décadas, lo que era una maquinaria absolutamente monstruosa de influencia electoral se ha transformado en toda una industria, y lo mismo ha ocurrido con algunos métodos menos conocidos, aunque no por ello menos sofisticados, que permiten influir en la decisión que tomen los miembros de un jurado popular.
 La reflexión y la reevaluación, la comprobación y la verificación de los hechos, así como el recapacitar son aquí esenciales. Se trata de una ocasión extraordinaria para dedicar un tiempo adicional a la decisión, preferiblemente antes de que entremos en la cabina electoral o de que entreguemos nuestro voto al presidente de un jurado.
 Todos los hallazgos y resultados que hemos examinado hasta ahora son ejemplos de situaciones en las que influencias inconscientes, emocionales o de otra índole, así como los pasos de un razonamiento inconsciente inciden en el resultado de una tarea. Sin embargo, los sujetos son mucho más conscientes si se les explica cuáles son las premisas de la tarea que han de realizar, al igual que sucede cuando, una vez tomada la decisión, se les informa acerca de cuáles han sido las consecuencias de sus actos. Queda claro que se trata de ejemplos de componentes inconscientes de unas decisiones que, por lo demás, son conscientes. Si bien nos permiten vislumbrar la complejidad y la variedad de los mecanismos que operan detrás de la fachada supuestamente perfecta del control consciente, no por ello ponen en tela de juicio nuestras facultades deliberativas ni nos exoneran de la responsabilidad de nuestros actos.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2010, en traducción de Ferrán Meler Orti, pp. 231-236. ISBN: 978-84-233-4305-8.]

domingo, 2 de abril de 2023

El mito del votante racional.- Bryan Caplan (1971)


Bryan Caplan | New Media New Media
Capítulo 5: Irracionalidad racional

Creencias preferidas

   «El ansia por conocer la verdad puede entrar en conflicto con otras motivaciones. El interés material es el principal sospechoso; desconfiamos de los vendedores porque pueden ganar más si enmascaran la verdad. Algo parecido se da en los mercados de ideas cuando la gente acusa a sus adversarios de estar comprados, de tener las opiniones corrompidas por un flujo de dinero que cesaría de manar si cambiasen de parecer. Dasgupta y Stiglitz ridiculizan la crítica liberal de las leyes antimonopolio por “recibir muchos fondos” pero “tener escaso fondo”. Aunque puede que algunos admitan financiación de partes interesadas y continúen diciendo lo que piensan abiertamente, la tentación de alcanzar un equilibrio entre tener dinero y tener razón está ahí.
 La presión social hacia el conformismo es otra de las fuerzas que porfían contra la búsqueda de la verdad. Abrazar opiniones impopulares a menudo te convierte en alguien impopular y muy pocos desean terminar como unos parias, así que la autocensura se impone. Si, además, un paria lo tiene más difícil para ser contratado, entonces el conformismo se confunde con el conflicto de intereses. No obstante, incluso pasando por alto la posible motivación económica, ¿hay alguien que desee ser odiado? La tentación en este caso es alcanzar un equilibrio entre tener razón y tener aprecio.
 Pero el ánimo de lucro y el conformismo no son las únicas fuerzas en conflicto con la verdad. Las personas albergan también motivaciones cognitivas ambivalentes. Uno de los objetivos que nos marcamos es el de alcanzar respuestas correctas para así poder actuar en consecuencia, pero ésa no es la única meta a la que nuestro juicio aspira. En muchas materias, hay algún punto de vista que resulta mucho más reconfortante, halagador o apasionante, lo que agudiza el riesgo de que nuestras valoraciones se vean afectadas no por el interés pecuniario o la búsqueda del visto bueno social, sino por nuestras propias pasiones.
 Incluso si fuésemos náufragos habitando islas desiertas, habría creencias que harían que nos sintiésemos mejor con nosotros mismos. Gustave Le Bon hace referencia a “ese poquito de esperanza e ilusión sin el cual [los hombres] no pueden vivir”. La religión nos brinda el ejemplo más evidente. Como parece estar considerado de mala educación señalar tal hecho, dejaré que sea Gaetano Mosca quien plantee la cuestión en mi lugar:
  A los cristianos debe permitírseles creer con orgullo que cualquier persona que no comulgue con la fe cristiana será condenada. El brahmán ha de tener motivos para poder regocijarse en el hecho de que sólo él desciende de la cabeza de Brahma y posee el alto honor de leer los textos sagrados. El budista debe ser esmeradamente instruido para poder apreciar el privilegio que posee de alcanzar el nirvana antes que nadie. El musulmán debe acordarse con satisfacción de que sólo él es un verdadero creyente y de que el resto son perros infieles en esta vida y serán perros martirizados en la futura. El socialista radical ha de convencerse de que cualquiera que no piense como él se trata de un egoísta, o un burgués corrompido por el dinero o un simplón servil e ignorante. Los ejemplos anteriores ofrecen argumentaciones que atienden a las necesidades de aprecio hacia uno mismo y su religión, y de desprecio y aversión hacia las otras.
 Las diferentes visiones del mundo tienen más de refugio mental confortable que de empeño riguroso por interpretar el mundo: “Las fantasías perduran porque casi todas las personas necesitan fantasía, y de un modo tan perentorio como el de cubrir sus necesidades materiales”. Las investigaciones empíricas actuales sugieren que Mosca iba por buen camino: los individuos religiosos están más satisfechos con su vida. Con razón, pues, la gente protege sus creencias de la crítica y se aferra a ellas si las evidencias en su contra comienzan a sobrepasar sus líneas de defensa.
 Para la mayoría de la gente, la existencia de motivaciones cognitivas contradictorias es tan evidente que aportar pruebas parece superfluo. Jost y el resto de coautores, con la mayor naturalidad, observan en el Psychological Bulletin que “casi todo el mundo es consciente de que la gente es capaz de creer lo que quiere creer, siquiera dentro de ciertos límites”. Pero es poco probable que mis colegas economistas se den por satisfechos así de fácilmente. Si un economista le dice a otro: “Tus teorías no son más que una forma de religión”, el presunto religioso no da importancia a la distinción entre “ideólogo emocional” e “investigador desapasionado” y se ve a sí mismo automáticamente como lo segundo. Sin embargo, cuando sostenemos que las preferencias entre convicciones existen, muchos economistas impugnan la totalidad del concepto. ¿Cómo sabemos que tales preferencias existen? Hay ilustres economistas que dan a entender que eso es algo imposible de saber puesto que las preferencias no son observables.
 Se equivocan. Todos los días yo compruebo la existencia de preferencias en una persona: yo mismo. Dentro de su ámbito de influencia, confío en mi propia introspección más de lo que puedo llegar a confiar en el trabajo de cualquier otro economista. La introspección me dice que estoy empezando a sentir hambre y con gusto pagaría un dólar por un helado. Si hay algo que merezca la calificación de dato en bruto, es eso. De hecho, se trata de algo más difícil de cuestionar que otros datos en bruto que los economistas aceptan automáticamente, como esas informaciones que la gente aporta acerca de sus propios ingresos.
 Algo que mi introspección me revela es que ciertas creencias poseen más atractivo emocional que sus contrarias. Por ejemplo, me gusta pensar que llevo la razón. Si bien admitir el error o perder dinero a causa de ese mismo error puede ser peor, el error por sí mismo sin más ya me resulta preocupante. Abrigar estos sentimientos no quiere decir que me deje llevar por ellos, del mismo modo que recibir un encargo por dinero de un cliente que tenga sus propias motivaciones no quiere decir que yo no vaya a escribir con sinceridad lo que pienso. Pero la tentación está ahí.
 La introspección nos ofrece una espléndida forma de descubrir nuestras propias preferencias. Sin embargo, ¿qué ocurre con las preferencias de los otros? Tal vez uno mismo sea tan raro que resulte absolutamente engañoso tomarse como referencia para extrapolar acerca del resto de las personas. La forma más sencilla de comprobarlo consiste en escuchar qué dicen otros sobre sus preferencias.
 En una ocasión, durante una cena, Gary Becker se burló de esta idea. Su postura, grosso modo, se resumía en que “no puedes creer lo que la gente dice”. Su posición es de una lógica contundente, a pesar de que él prestase mucha atención al camarero cuando le recitó los platos especiales de la casa. Las personas a menudo no reflexionan detenidamente, y muchas veces mienten. Pero, al contrario de lo que opina Becker, esto no es razón para pasar por alto sus palabras. Sí hay que recelar de lo que la gente dice cuando habla sin pensar o cuando tiene incentivos para mentir, pero escuchar resulta siempre más informativo que taparse los oídos. A fin de cuentas, las personas pueden mentir, pero también saben detectar las mentiras. La psicología experimental documenta casos en los que los mentirosos se delatan a través de su comportamiento o de las contradicciones de sus relatos.
 En cuanto empezamos a tener en cuenta seriamente los testimonios de las personas, los casos de preferencias entre convicciones son abundantes, porque la gente no los silencia. Considere las palabras del filósofo George Berkeley:
  Puedo fácilmente pasar por alto cualesquiera de mis actuales pesadumbres cuando medito el hecho de que está en mi mano la posibilidad de ser feliz de aquí a mil años. De no ser por tal reflexión, preferiría ser una ostra a un hombre.
 El propio Paul Samuelson se deleita en su revelación keynesiana y cita a Wordsworth con aquiescencia para poder captar su propio gozo en la Teoría general:
  Estar vivo en aquella alborada era puro júbilo,
  ¡pero ser joven era el cielo mismo!
  Muchas autobiografías describen el dolor que provoca tener que abandonar ideas que en el pasado dieron sentido a las vidas de sus autores. Tal y como lo expresa Whittaker Chambers:
  Un esfuerzo tan gigantesco, aparte de los riesgos físicos y para la vida diaria que conlleva, no se puede dar sin una intensa turbación espiritual. Nadie puede desandar a la ligera el rumbo que la fe que ha seguido durante toda una vida adulta le ha marcado, mantenido de forma inexorable hasta rebasar el límite de lo criminal. Sólo puede desandarse haciendo uso de una violencia mayor que la de la fe que se repudia.
  No es de extrañar que, según sus propias palabras, Chambers rompiese con el comunismo de modo “lento, de mala gana, agónico”. Para Arthur Koestler, el abandono de su fe constituyó un “harakiri emocional”. Además añade: “Los que fueron seducidos por la mayor quimera de nuestra época y han vivido según su moral y su perversión intelectual, o bien se entregan a una adicción nueva de sentido contrario o bien están condenados a la pena de soportar una resaca de por vida”. Richard Wright se aflige porque: “Yo sentía en el fondo de mi corazón que nunca volvería a experimentar esa sencilla y penetrante percepción de la vida, nunca volvería a expresar unas esperanzas tan apasionadas, nunca volvería a abrazar con tal entrega ninguna fe”.
 Incluso en las enfermedades mentales, el anhelo de esperanza y fantasía desempeña un papel importante. Según su biógrafo, el premio nobel y esquizofrénico paranoide John Nash a menudo prefería su mundo fantástico —en el cual él era una figura mesiánica divina— a la dura realidad:
 Para Nash, la recuperación del proceso mental corriente generaba un sentimiento de merma y pérdida. […] Él se refiere a sus periodos de alivio no como a felices retornos a una situación de buena salud, sino como a “intermedios, por así llamarlos, de racionalidad impuesta”.
Mito del votante racional: Amazon.es: Caplan Bryan, Caplan Bryan ...  Los historiadores del pensamiento también aportan a menudo casos de apoyo entusiástico a dogmas sospechosos. Esto es lo que dice Böhm-Bawerk cuando bosqueja el atractivo psicológico de la teoría marxista de la explotación:
  Desplazó la línea del frente de batalla hasta un ámbito en el cual el corazón, además de la razón, está habituado a hablar. Lo que la gente desea creer, eso cree sin ningún reparo. […] Cuando las repercusiones que acarrea una teoría van en la línea de incrementar las demandas de los pobres y disminuir las de los ricos, muchas almas se enfrentarán a dicha teoría con una actitud sesgada desde el principio, de suerte que faltarán al cuidado de aplicar la agudeza crítica que normalmente consagrarían a un análisis que requiriese de conformidad científica. Por supuesto, huelga decir que las masas se manifestarán devotas de tales doctrinas. La reflexión crítica no es asunto que les preocupe, ni puede serlo; ellas sencillamente siguen la inclinación de sus propios deseos. Creen en la teoría de la explotación porque da acomodo a sus preferencias a pesar de las falsedades que contiene. Y continuarían creyendo en ella aun cuando sus fundamentos científicos fuesen todavía más endebles de lo que ya son.
  Si ninguna de estas vías de verificación de la existencia de creencias preferidas es de su gusto, todavía hay una última: invierta el sentido del razonamiento. El humo indica que, con toda probabilidad, hay fuego. Cuanto más estrafalario resulte un error, más difícil será atribuirlo a falta de información. Si uno de sus amigos cree ser Napoleón, es posible que haya pistas engañosas en cantidad suficiente como para convencer a cualquiera de nosotros. Pero resulta tremendamente sospechoso que adopte en concreto la complaciente opinión de ser una figura principal en la historia universal en lugar de, digamos, el ayuda de cámara de Napoleón. Pues bien, suponga ahora que una persona contempla el comercio como un juego de suma cero. Puesto que cada día su experiencia es la contraria, resulta muy difícil achacar su error a falta de información. Lo más verosímil será, al igual que hace quien achaca la derrota de su equipo al juego sucio, que considerar el comercio como una forma de disfrazar la explotación disipa las inquietudes de aquellos a quienes desagradan los resultados que el mercado produce.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ininsfree, 2018, en traducción de Miguel Vicuña, pp. 142-147. ISBN: 978-1909870369.]

domingo, 1 de enero de 2023

Cuento de viejas.- Arnold Bennett (1867-1931)


Arnold Bennett (autor de El fantasma) - Babelio
Prefacio


  «En el otoño de 1903 yo cenaba con frecuencia en un restaurante en la Rue de Clichy, en París. Allí había, entre otras personas, dos camareras que me llamaban la atención. Una era una hermosa y pálida muchacha con la que nunca hablé, pues servía lejos de la mesa a la que yo acostumbraba sentarme. La otra, una corpulenta y emprendedora bretona de mediana edad, mandaba en mi mesa de forma exclusiva y poco a poco fue adoptando conmigo un tono tan maternal que vi que iba a tener que dejar de ir al restaurante. Si faltaba un par de noches seguidas me reprochaba con aspereza: “¡Vaya! ¿Conque me es infiel?”. Una vez, cuando me quejé de unas judías francesas, me hizo saber categóricamente que las judías francesas eran un tema del que yo no entendía. Entonces decidí serle eternamente infiel y abandoné el restaurante. Pocas noches antes de marcharme definitivamente, entró en el restaurante a cenar una mujer de edad. Era gorda, informe, fea y grotesca. Tenía una voz ridícula y hacía gestos ridículos. Se veía fácilmente que vivía sola y que en el transcurso de muchos años había desarrollado el tipo de rareza que suscita la carcajada de los desconsiderados. Iba cargada con multitud de paquetitos que se le estaban siempre cayendo. Eligió un sitio y después, como no le gustó, otro, y luego otro. En pocos momentos tenía a todo el restaurante riéndose de ella. Que mi bretona de mediana edad se riera de ella me era indiferente, pero me dolió ver una grosera mueca de burla en la cara de la joven y hermosa camarera con la que nunca había hablado.
   Reflexioné acerca de aquella grotesca cena. “Esa mujer fue una vez joven y delgada, quizá bella; desde luego no tenía ese ridículo amaneramiento. Es muy probable que no se dé cuenta de sus rarezas. Su caso es una tragedia. La historia de una mujer como ella da materia para una novela desgarradora”. No es que todas las mujeres gordas y viejas sean grotescas, ¡nada de eso!, pero hay un extremado patetismo en el simple hecho de que todas las mujeres gordas y viejas fueron una vez muchachas con el singular encanto de la juventud en su figura y sus movimientos y en su espíritu. Y el hecho de que el paso de la muchacha a la mujer gorda y vieja esté compuesto por un número infinito de cambios infinitesimales, ninguno de los cuales ella llega a percibir, no hace sino intensificar ese patetismo.
 Fue en aquel instante cuando acudió a mi mente la idea de escribir el libro que andando el tiempo sería Cuento de Viejas. Desde luego pensé que la mujer que había causado el innoble regocijo en el restaurante no me serviría como tipo de heroína, pues era demasiado vieja y evidentemente antipática. Es una norma absoluta que el protagonista de una novela no debe ser antipático; las tendencias de la ficción realista van en su totalidad en contra de la rareza en un personaje destacado. Yo sabía que tenía que elegir una clase de mujer que pasara inadvertida en una muchedumbre.
   Dejé de lado la idea durante largo tiempo, pero nunca estuvo muy lejos de mí. Por diversas razones, me atraía especialmente. Yo siempre había sido un convencido admirador de la más preciada novela de la señora W. K. Clifford, La tía Anne, pero quería ver en la historia de una mujer anciana muchas cosas que la señora W. K. Clifford había omitido en La tía Anne. Además, siempre me había rebelado contra la absurda juventud, contra la inmarchitable juventud de la heroína al uso. Y como protesta contra esta moda, ya en 1903 estaba planeando una novela (Leonora) cuya heroína tenía cuarenta años y sus hijas eran lo bastante mayores como para estar enamoradas. Los críticos, dicho sea de paso, se quedaron estupefactos ante mi audacia de ofrecer al público a una mujer de cuarenta años como tema de interés serio. ¡Pero yo me proponía ir mucho más allá de los cuarenta años! En última instancia, como razón suprema, tenía el ejemplo y el reto de Une vie, de Guy de Maupassant. En la década de 1890 considerábamos Une vie con muda veneración, como la cima del logro en la ficción. Y recuerdo que estaba muy enojado con Bernard Shaw porque, tras leer Une vie por sugerencia (creo) de William Archer, no halló en ella nada notable. Debo confesar aquí que en 1908 volví a leer Une vie y, a pesar de mi natural deseo de discrepar de la opinión de Bernard Shaw, me sentí muy decepcionado. Es una excelente novela, pero claramente inferior a Pierre et Jean e incluso a Fort comme la Mort. Pero volvamos al año 1903. Une vie relata toda la vida de una mujer. En mi fuero interno decidí que mi libro sobre la evolución de una muchacha hasta convertirse en una mujer vieja y gorda había de ser la Une vie inglesa. Me han acusado de todos los defectos menos de falta de confianza en mí mismo, y en pocas semanas decidí otra cosa, a saber, que mi libro tenía que “ir más lejos” que Une vie y que con este objeto tenía que ser la historia de la vida de dos mujeres en vez de una sola. Por lo tanto, Cuento de Viejas tiene dos heroínas. Constanza es la original; Sofía fue creada por hacer una bravata, sólo para indicar que me negaba a considerar a Guy de Maupassant como el último precursor del diluvio. Me intimidaba la osadía de mi proyecto, pero me había jurado sacarlo adelante. Durante varios años lo miraba directamente a la cara a intervalos, y luego me apartaba para escribir novelas de menor porte, de las cuales produje cinco o seis. Pero no podía estar siempre tomándolo y dejándolo, y en el otoño de 1907 me puse a escribir de verdad, en un pueblo cerca de Fontainebleau donde alquilé media casa a un ferroviario jubilado. Calculaba que la novela tendría 200.000 palabras (cálculo que resultó exacto) y tenía la vaga idea de que ninguna novela de semejantes dimensiones (excepto la de Richardson) se había escrito antes. Así que conté las palabras de varias famosas novelas victorianas y descubrí, con alivio, que las famosas novelas victorianas tenían por término medio 400.000 palabras cada una. Escribí la primera parte de la novela en seis semanas. Me resultó muy fácil porque en los años setenta, la primera década de mi vida, había vivido en la auténtica mercería de los Baines y la conocía como sólo un niño podía conocerla. Después fui a Londres de visita. Traté de continuar el libro en un hotel londinense pero Londres me distraía demasiado y lo dejé; entre enero y febrero de 1908 escribí Enterrado vivo, que se publicó inmediatamente y fue recibido con majestuosa indiferencia por el público inglés, una indiferencia que ha persistido hasta este día.
CUENTOS DE VIEJAS | ARNOLD BENNETT | Comprar libro 9788490060131  Luego volví a la región de Fontainebleau y no dejé descansar Cuento de Viejas hasta que lo terminé, a finales de julio de 1908. Se publicó en el otoño del mismo año y durante las seis semanas siguientes el público inglés confirmó una opinión expresada por cierta persona en cuyo juicio yo tenía confianza, según la cual, la obra era sincera pero triste y que cuando no era triste mostraba una lamentable tendencia a la guasa. Mis editores, aunque hombres de agallas, estaban un poco desalentados; sin embargo, la acogida del libro se fue haciendo cada vez menos fría.
 Con respecto a la parte francesa del relato, no fue hasta que hube escrito la primera parte cuando vi, al estudiar mi base cronológica, que se podía introducir en la narración el asedio de París. La idea era seductora; pero yo aborrecía, y sigo aborreciendo, las horribles tareas de la investigación, y sólo conocía el París del siglo veinte. Entonces caí en la cuenta de que mi ferroviario y su esposa habían vivido en París en la época de la guerra. Le dije al viejo: “Por cierto, ¿usted vivió el sitio de París, verdad?”. Se volvió a su mujer y dijo, inseguro: “¿El sitio de París? Sí, estuvimos, ¿no?”. El sitio de París no había sido más que un incidente entre muchos en sus vidas. Por supuesto, lo recordaban bien, aunque no vívidamente, y obtuve de ellos mucha información. Pero lo más útil que obtuve de ellos fue la percepción, sorprendente al principio, de que la gente corriente siguió llevando una vida muy corriente en París durante el asedio, y que para la gran mayoría de la población el asedio no fue el asunto dramático, espectacular, emocionante y extático que se describe en la Historia. Animado por esta percepción, decidí incluir el asedio de París en mi plan. Leí en voz alta a mi mujer el diario del sitio escrito por Sarcey, vi las ilustraciones de la popular obra de Jean Claretie sobre el sitio y la comuna y eché un vistazo a la colección impresa de documentos oficiales, y allí concluyó mi investigación.
  Se ha aseverado que a menos que hubiese presenciado una ejecución pública no habría podido escribir el capítulo en el que Sofía se halla en el acto solemne de Auxerre. No he presenciado una ejecución pública y la totalidad de mi información sobre ejecuciones públicas procede de una serie de artículos sobre el particular que leí en el Matin de París. Frank Harris, en su reseña de mi libro en Vanity Fair, decía que estaba claro que yo no había visto una ejecución (con estas o parecidas palabras), y pasaba a dar su propia descripción de una ejecución. Era un pasaje breve pero terriblemente convincente, del todo característico y digno del autor de Montes el matador y de un hombre que ha estado en casi todas partes y ha visto de casi todo. ¡Comprendí cuán lejos me había quedado yo de la realidad! Escribí a Frank Harris lamentando que su descripción no se hubiese publicado antes de redactar yo la mía, ya que con toda seguridad la hubiera utilizado, y, por supuesto, admití que nunca había sido testigo de una ejecución. Me contestó simplemente: “Yo tampoco”. Merece la pena conservar este detalle, pues constituye una reprensión para la gran cantidad de lectores que, cuando un novelista les parece verdaderamente convincente, afirman de inmediato: “¡Oh, seguro que eso es autobiográfico!”.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 2005, en traducción de María Cóndor, pp. 33-36. ISBN: 978-8424927554.]

jueves, 11 de febrero de 2021

Lecciones de cosas. Una introducción a la filosofía.- Stéphane Ferret (1960)


 
La libertad


 «Imagínese que se encuentra en un cruce de caminos y le piden que elija entre girar a la derecha y girar a la izquierda sin poder volver sobre sus pasos y sin saber nada sobre el destino final. Está usted en el país de ninguna parte. No conoce los lugares y no hay ningún cartel de señalización que le permita orientarse. Tiene exactamente las mismas razones, buenas o malas, para girar a la derecha que para girar a la izquierda. Su elección sólo depende de usted y de ese algo considerado generalmente como adquirido: su libertad, es decir, esa sensación irreprimible de poder actuar a su antojo, al menos en determinadas circunstancias.
 Aparentemente, las tres formas de describir la situación son las siguientes:
  i) una razón insospechada lo lleva a elegir,
  ii) aparte de usted mismo, no hay ninguna razón conocida o desconocida que guíe su elección
  iii) una razón de la que va poco a poco tomando conciencia le permite hacer su elección
 La opción (i) describe la ilusión de la que usted es víctima cuando hace una elección aparentemente libre. En este caso, la libertad no es otra cosa que el nombre dado a su desconocimiento de las cosas que lo llevan a actuar de una determinada manera. Usted podría tener un discurso justificado sobre sus actos sin que ese discurso correspondiera en la práctica con una explicación de tales actos. Por ejemplo, usted va a girar a la derecha (o a la izquierda) porque tiene el presentimiento o la intuición de que la carretera que hay que seguir es la de la derecha (o la de la izquierda), sin darse cuenta de que la “buena” explicación se sitúa en un nivel inaccesible. Su cerebro podría haber sido sometido a una operación sin usted saberlo y estar ahora programado para incitarle a girar a la derecha (o a la izquierda). Esta primera opción no es muy alentadora. Parece hacer del hombre una marioneta, ni más ni menos.
 La opción (ii) describe lo que podemos denominar como el vértigo de la libertad, es decir, la creencia de que algunas de sus elecciones no vienen determinadas por nada salvo por usted mismo, el árbitro libre, el último y por tanto único responsable auténtico de la decisión. En última instancia, siempre es usted el que mueve los hilos y la hipótesis de la marioneta cae aparentemente por su propio peso. Es posible que elija girar a la derecha, pero es igualmente posible que, en las mismas condiciones, elija girar a la izquierda.
 Así es como solemos ver las cosas. Me he ido a pasear por los Jardines de Luxemburgo silbando la melodía de El puente sobre el río Kwai, pero podría haber elegido ir al Jardín de las Tullerías silbando el Réquiem de Mozart. Ésta es una creencia muy extendida. No obstante, resulta muy difícil de entender o de aceptar. No se trata de negar esa impresión psicológica aparentemente irresistible. Es verdad que tenemos la sensación de que podríamos haber actuado de otra manera. Se trata más bien de subrayar que no parece que esa sensación se corresponda fácilmente con una posibilidad real. Y es que, a fin de cuentas, cuando considero que también habría podido hacer x a pesar de haber hecho y, estoy considerando exactamente el mismo estado del mundo, yo incluido, el mismo día a la misma hora, con el mismo decorado urbano, los mismos transeúntes, las mismas posturas corporales, las mismas tramas neurofisiológicas de mi cerebro.
 Si es usted dualista y considera que la libertad no tiene nada que ver con las tramas neurofisiológicas de los cerebros, seguro que cree tener el problema resuelto. Desde esta óptica, el auténtico usted es algo así como un minipiloto instalado en el corazón de su cerebro (un “homúnculo”, como dicen los filósofos) que dirige su cuerpo como un capitán en su nave, el único que manda a bordo. Así, usted sería libre en sus pensamientos y en sus elecciones. Pero en realidad ésta no es sino una ilusión suplementaria que viene a agravar todavía más el problema. No solamente todo lo que hemos visto hasta ahora se aplicará exactamente igual a ese minipiloto, sino que se encontrará usted con dos nuevos enigmas por resolver: 1) Ese minipiloto también tiene, instalado en su seno, un minipiloto que lo dirige, y así sucesivamente en una regresión infinita (si no fuera así, la hipótesis del minipiloto se refutaría a sí misma). 2) Ese minipiloto, para ser admitido, deberá interactuar con el cerebro y con el resto del cuerpo y por tanto tendrá usted que dar cuenta de manera creíble, es decir, no fantasiosa, de dicha interacción. Con el primer problema nos encontramos de nuevo ante la hipótesis del hombre-marioneta de la opción (i). Con el segundo, añadimos un nuevo misterio a algo que constituye ya de por sí un enigma. Lejos de resolver el problema de la libertad, el dualismo no hace sino oscurecerlo y complicarlo aún más.
 La opción (iii) tiene en cuenta las razones que permiten elegir. En este caso, la libertad es el nombre dado a su actitud frente a un criterio de elección, criterio que usted puede tanto aceptar como rechazar. En la situación planteada, no hay ningún criterio aparente, pero nada nos impide reconsiderar la historia. Por ejemplo, un genio hasta entonces inadvertido podría aconsejarle que girara a la derecha (o a la izquierda). Un cartel de señalización podría indicar “Paraíso”, “Placeres” o “Felicidad asegurada” en la carretera de la derecha e “Infierno”, “Suplicios” y “Desgracia garantizada” en la carretera de la izquierda. En tales condiciones, usted no hará nunca otra cosa sino posicionarse en relación con un consejo o una indicación, sea cual sea el poder de persuasión de ese consejo o esa indicación (el genio puede ser más o menos convincente, los carteles han podido ser colocados al revés para desorientarlo). Tanto si está usted dispuesto a seguir ese consejo o esas indicaciones como si no, está claro que se enfrenta a una libertad de elección.
 Tal vez considere que esa elección no está suficientemente apuntalada como para poder tomar su decisión. Para usted, la libertad es la posibilidad de elegir girar a la derecha (o a la izquierda) y la libertad es también la posibilidad de girar a la derecha (o a la izquierda) aunque tenga buenas razones para girar a la izquierda (o a la derecha). Imaginemos que se dan esas buenas razones. Usted ya no está en el país de ninguna parte, sino en su propio territorio. Sale de su domicilio para comprar un paquete de café: sabe que la única tienda abierta a esa hora se encuentra a la derecha según sale. En ese caso, está claro que usted tiene buenas razones para ir a la derecha y también la libertad de ir tanto a la derecha como a la izquierda. Ahora bien, la pregunta es: ¿qué le hará en definitiva elegir entre girar a la derecha o girar a la izquierda? Si usted sostiene que existe una razón (aparte de la libertad), ¿dónde está la diferencia entre un comportamiento humano y la trayectoria de una bola de billar? Si sostiene que la única razón auténtica es el ejercicio en cada momento de su libertad, ¿dónde está la diferencia con un sistema aleatorio? Dicho de otro modo, ¿de qué modo conduce esta nueva situación a conclusiones distintas de las que habíamos contemplado hasta ahora?
 La opción (i) rechaza la libertad. Las opciones (ii) y (iii) reivindican la libertad, pero no resisten el análisis. Pero pese a todo, no somos una piedra que rueda por la pendiente de una colina o una hoja de árbol que va dando vueltas llevada por el viento. Somos criaturas conscientes y actuantes, aparentemente dotadas de libre albedrío. La libertad es algo que creemos experimentar cada día. Elegir entre darse una ducha o un baño, ponerse una camisa azul o una camisa blanca, tomarse un té o un café, etc. hay multitud de cosas que a cada instante de nuestra vida consciente parecen derivar de decisiones libres de toda restricción.
 Para ilustrar cómo suceden las cosas, vamos a imaginar que disponemos de tres cursores, cada uno de los cuales es regulable en intensidad e independiente de los otros dos, de modo que podemos modificar constantemente la regulación a nuestro antojo: el cursor del deseo y el placer (P), el cursor del cálculo y la razón (R), el cursor del deber y las obligaciones (O). La hipótesis de los cursores está justificada en la medida en que éstos parecen traducir adecuadamente las tres inclinaciones específicas de nuestro comportamiento. Están las cosas que deseamos hacer, las cosas que podemos hacer y las cosas que debemos hacer. Si, por ejemplo, lo invitan a usted a comer, no habrá tensión interior siempre que los cursores están orientados en el mismo sentido, ya sea la orientación hacia el verde (le apetece, tiene tiempo, considera que es un gesto de amabilidad aceptar esa invitación) o hacia el rojo (no le apetece, no tiene tiempo, no tiene ninguna obligación para con la persona que lo ha invitado). En cambio, las cosas se complican si los cursores están orientados en sentidos diferentes (le apetece mucho, pero no tiene tiempo, o no le apetece nada pero se siente obligado, etc.)
 Obsérvese que este esquema resulta muy ilustrativo para explicar nuestros comportamientos y poner en claro nuestras dudas frente a las elecciones. Además resulta fácil entrever en él que se pueden esbozar determinados perfiles psicológicos en función de las regulaciones preferentes de los cursores. Teniendo en cuenta la jerarquía de las tres instancias, nos encontramos con seis perfiles típicos: PRO, POR, RPO, ROP, OPR, ORP. Las personas PRO o POR anteponen sus deseos y sus placeres y suelen decir “Quiero” o “Me apetece”. Las personas RPO o ROP anteponen las condiciones de factibilidad y suelen decir “Puedo”, “Es posible”. Las personas OPR u ORP anteponen sus deberes y obligaciones y suelen decir “Hay que” o “Tengo que”.
 Así las cosas, ¿de qué manera resuelve este sistema de tres cursores el problema de la libertad? La respuesta es muy sencilla: de ninguna manera.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 2008, en traducción de Ana Escartín Arilla, pp. 85-89. ISBN: 978-84-249-3586 -3.]