domingo, 24 de junio de 2018

El expediente 113.- Emile Gaboriau (1832-1873)


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Capítulo III

«Si existe un hombre al que ningún acontecimiento puede ya sorprender o impresionar, que no se deja engañar por las apariencias, capaz de admitirlo todo y de explicárselo todo, ése es sin género alguno de duda un comisario de policía de París.
 Mientras que el juez sólo juzga los actos que llegan a su alto tribunal, relacionándolos con los artículos del Código, el comisario de policía observa y vigila todos los hechos odiosos a los que la ley no tiene acceso. Es el confidente obligado de las pequeñas infamias, de los crímenes domésticos, de las ignominias toleradas.
 Es posible que al iniciar su cometido mantenga aún algunas ilusiones; lo que es seguro es que, pasado el año, no le queda ya ninguna. Si no ha llegado al extremo de despreciar completamente a la especie humana es porque, con frecuencia, junto a las atrocidades condenadas a la impunidad, descubre al mismo tiempo sublimes generosidades que quedarán sin recompensa. Si por un lado ve que granujas redomados gozan ignominiosamente de la consideración pública, por otro puede consolarse pensando en todos los héroes modestos y anónimos que conoce.
 Sus previsiones se han visto tantas veces fallidas, que ello lo sume en ocasiones en el escepticismo más completo. No cree en nada: ni en el bien ni en el mal absolutos, ni en la virtud ni en el vicio. Se ve abocado sin remedio a la inquietante conclusión de que no hay hombres, sino acontecimientos.
 Avisado por el ordenanza de la casa, el comisario de policía, al que había mandado llamar el señor Fauvel, no tardó en bajar. Entró en la oficina con aire tranquilo, diríase que indiferente. Lo seguía un hombre pequeño, vestido de negro, con corbata gastada sobre un cuello postizo de color dudoso.
 El banquero apenas sí saludó.
 -Sin duda, señor, -comenzó-, lo habrán puesto al corriente de las penosas circunstancias que me han obligado a recurrir a sus buenos oficios.
 -Se trata de un robo, me han dicho.
 -Sí, señor, de un robo odioso, inexplicable, cometido en esta misma oficina, en esta caja que usted ve ahí abierta y de la que sólo mi cajero -y señalaba a Prosper- tiene la contraseña y la llave.
 Aquella declaración pareció sacar  al desgraciado cajero de su lamentable estupor.
 -Perdone, señor comisario -dijo con voz apagada-; mi jefe también tiene la llave y la contraseña.
 -Naturalmente; no faltaría más.
 El comisario no necesitó más para saber a qué atenerse. Era evidente que aquellos dos hombres se acusaban recíprocamente. Al decir de ellos, sólo uno podía ser el culpable. Y el uno era el dueño de un importante Banco, mientras que el otro no era más que un simple cajero. El comisario, demasiado habituado a disimular sus impresiones, no dejó traslucir nada de lo que pasaba en su interior. Ni un solo músculo se movió en su rostro. Con aire ya más grave, no hizo sino observar alternativamente al cajero y al señor Fauvel, como si de sus composturas y actitudes pudiera extraer alguna deducción de provecho.
 Prosper seguía muy pálido y extremadamente abatido; hundido en la silla, los brazos le caían inertes a lo largo del cuerpo.
 El banquero, por el contrario, se mantenía en pie, enrojecido, animado, los ojos brillantes, expresándose con una violencia extraordinaria.
 -La importancia de la sustracción es enorme -proseguía el señor Fauvel-. ¡Se me han llevado una fortuna, 350.000 francos! Este robo podía haberme acarreado consecuencias desastrosas en una circunstancia en que, de no tener la suma necesaria, el crédito de la Casa más rica queda comprometido.
 -Lo creo, en efecto, en el día de un pago...
 -Así es. Hoy tenía que hacer efectiva una entrega considerable.
 -¿Ah, sí?
 El tono del comisario no dejaba lugar a dudas; acababa de asaltarle una sospecha, la primera. El banquero lo comprendió así, con inquietud, y replicó al instante:
 -Pero he hecho frente a mi compromiso, aunque al precio de un desagradable sacrificio. Debo señalar, además, que de haberse cumplido mis órdenes, esos 350.000 francos no se habrían encontrado en la caja.
 -¿Cómo es eso?
 -No me gusta guardar en mi establecimiento grandes sumas de noche. Mi cajero tiene como consigna esperar siempre al último momento para enviar a retirar los fondos del Banco de Francia, y sobre todo tenía expresamente prohibido dejar dinero en la caja por la noche.
 -¿Oye usted esto? -preguntó el comisario a Prosper.
 -Sí, señor -respondió el cajero-, lo que el dice el señor Fauvel es rigurosamente exacto.
 Con esta explicación se acababa de disipar la sospecha del comisario.
 -En fin -prosiguió-, aquí han cometido un robo. ¿Quién? ¿Vino de fuera el ladrón?
 El banquero dudó un momento.
 -No lo creo -respondió finalmente.
 -Por mi parte -declaró Prosper-, estoy seguro de que no.
 El comisario, que había provocado estas respuestas, las esperaba. Pero no habría sido conveniente sacar en el acto todas las consecuencias.
 -Sin embargo -objetó-, hay que preverlo todo.
 Y, dirigiéndose al hombre que lo acompañaba:
 -Fanferlot -dijo-, vea si descubre algún indicio que se les haya podido escapar a estos señores.
 Fanferlot, llamado El Ardilla, debía el sobrenombre, del que se sentía muy ufano, a una agilidad rayana en lo prodigioso. [...] Antes de que el comisario se lo hubiera ordenado, ya había hurgado por todas partes, estudiado las puertas, sondeado los tabiques, examinado la ventanilla, removido las cenizas de la chimenea.
 -Me parece muy difícil -intervino- que un extraño haya podido penetrar aquí.»
 
  [El fragmento pertenece a la edición en español de Ediciones Anaya, en traducción de José Bailo. ISBN: 84-7525-201-X.]

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