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lunes, 5 de octubre de 2020

El lugar sin límites.- José Donoso (1924-1996)

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Capítulo VI 

  «Dos hombres que oyeron el diálogo comenzaron a reírse de la Manuela, tratando de tocarla para comprobar si tenía o no pechos. Mijita linda... qué será esto. Déjeme que la toquetee, ándate para allá roto borracho, qué venís a toquetearme tú. Entonces ellos dijeron que era el colmo que trajeran maricones como éste, que era un asco, que era un descrédito, que él iba a hablar con el jefe de carabineros que estaba sentado en la otra esquina con una de las putas en la falda, para que metiera a la Manuela en la cárcel por inmoral, esto es una degeneración. Entonces la Manuela lo rasguñó. Que no se metiera con ella. Que él podía delatar al Jefe de Carabineros por estar medio borracho. Que tuviera cuidadito porque la Manuela era muy conocida en Talca y tenía muy buen trato con la policía. Una es profesional, me pagaron para que haga mi show... 
La Japonesa fue a buscar a don Alejo y lo trajo apurada para que interviniera. 
-¿Qué te están haciendo, Manuela? 
-Este hombre me está molestando. 
-¿Qué te está haciendo? 
-Me está diciendo cosas...
-¿Qué cosas?
-Degenerado... y maricón...
 Todos se rieron.
 -¿Y no eres?
 -Maricón, seré, pero degenerado no. Soy profesional. Nadie tiene derecho a venir a tratarme así. ¿Qué se tiene que venir a meter conmigo este ignorante? ¿Quién es él para venir a decir cosas a una, ah? Si me trajeron es porque querían verme, asique... Si no quieren show, entonces bueno, me pagan la noche y me voy, yo no tengo ningún interés en bailar en este pueblo de porquería lleno de muertos de hambre...
 -Ya, Manuela, ya... toma...
 Y la Japonesa lo hizo tomarse otro vaso de tinto.
 Don Alejo dispersó el grupo. Se sentó a la mesa, llamó a la Japonesa, echó a alguien que quiso sentarse con ellos y sentó a un lado suyo a la Rosita y al otro a la Manuela: brindaron con el borgoña recién traído.
 -Porque sigas triunfando, Manuela...
 -Lo mismo por usted, don Alejo.
 Cuando don Alejo salió a bailar con la Rosita, la Japonesa acercó su silla a la de la Manuela.
Resultado de imagen de el lugar sin limites bruguera -Le caíste bien al futre, niña. Eso se nota de lejos. No, no hay nadie como don Alejo, es único. Aquí en el pueblo es como Dios. Hace lo que quiere. Todos le tienen miedo. ¿No ves que es dueño de todas las viñas, de todas, hasta donde se alcanza a ver? Y es tan bueno que cuando alguien lo ofende, como éste que te estuvo molestando, después se olvida y los perdona. Es bueno o no tiene tiempo de preocuparse de gente como nosotros. Tiene otras preocupaciones. Proyectos, siempre. Ahora nos está vendiendo terrenos aquí en la Estación, pero yo lo conozco y no he caído todavía. Que todo se va a ir para arriba. Que para el otro año va a parcelar una cuadra de su fundo y va a hacer una población, va a vender propiedades modelo, dice, con facilidades de pago, y cuando haya vendido todos los sitios de su parcelación va a conseguir que pongan electricidad aquí en el pueblo y entonces sí que nos vamos a ir todos para arriba como la espuma. Entonces vendrían de todas partes a mi casa, que tú sabes que tiene  nombre, de Duao y de Pelarco... Me agradaría y mi casa sería más famosa que la de la Pecho de Palo. Ay, Manuela, qué hombre éste, tan enamoradaza que estuve de él. Pero no se deja agarrar. Claro que tiene señora, una rubia muy linda, muy señora, distinguida ella te diré, y otra mujer más en Talca y qué sé yo cuántas más en la capital. Y todas trabajando como chinas por él en las elecciones. Si hubieras visto a Misia Blanca, hasta sin medias estaba, y la otra mujer, la de Talca, también, trabajando por él, para que saliera. Claro, a todos nos conviene. Y el día de las elecciones él mismo vino con un camión y a todos los que no querían ir a votar los echó arriba a la fuerza y vamos mi alma, a San Alfonso a votar por mí, y les dio sus buenos pesos y quedaron tan contentos que después andaban preguntando por ahí cuándo iba a haber más elecciones. Claro que hubieran votado por él de todas maneras. Si es el único candidato que conocen. Los otros por los cartelones de propaganda nomás, mientras que don Alejo, a él sí que sí. ¿Quién no lo ha visto pasar por estos caminos en su tordillo, rumbo a la feria de los lunes en San Alfonso? Y además de su platita, a los que votaron por él les dio sus buenos tragos de vino y mató un novillo, dicen, para tener asado todo el día, y de San Alfonso los hizo traer para acá en camión otra vez, tan bueno el futre dicen que decían, pero después desapareció porque se tuvo que ir a la capital a ver cómo fue la cosa... Mira cómo baila el Jefe de Estación con esa rucia... 
[...]
 Don Alejo se acercó a la mesa. Con sus ojos de loza azulina, de muñeca, de bolita, de santo de bulto, miró a la Manuela, que se estremeció como si toda su voluntad hubiera sido absorbida por esa mirada que la rodeaba, que la disolvía. ¿Cómo no sentir vergüenza de seguir sosteniendo la mirada de esos ojos portentosos con sus ojillos parduscos de escasas pestañas? Los bajó.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1980, pp. 96-100. ISBN: 84-02-05161-8.]

miércoles, 27 de junio de 2018

El oficinista.- Guillermo Saccomanno (1948)


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«En una revista científica ha leído sobre un experimento realizado en un instituto de neurociencias cognitivas. El experimento tipificó una clase de demencia que puede estallar de modo inesperado y durar aproximadamente siete minutos. Pero, destacaron los psiquiatras, se produjeron algunos casos en que los pacientes, aun cuando habían superado el shock de los siete minutos, seducidos por su efecto, volvían a repetir los actos realizados durante el ataque. Hombres meticulosos que se volvieron jugadores compulsivos. Ejecutivos sobresalientes que una mañana, al levantarse para ir a su empresa, saltaron por el balcón de su penthouse. Soldados que, durante un enfrentamiento con la guerrilla, se dieron vuelta y ametrallaron a sus compañeros. Amas de casa que abandonaron inesperadamente sus hogares y se lanzaron a las rutas buscando emociones. Cirujanos que en la mitad de una operación le clavaron el bisturí al paciente. Pilotos de avión que con una sonrisa decidieron hundirse, con toda la tripulación, en el fondo del océano. En fin, espíritus que, en un arranque de inspiración, iluminados, dieron el paso de un camino sin retorno.
 La investigación proporcionaba toda una serie de complejos. A cada cual más desaforado. Le hizo daño esta lectura. Se pregunta si, tal vez, su enamoramiento no habrá sido resultado de un ataque de esta locura inesperada. Su intento de robo de una alhaja indica un síntoma claro de que la razón puede fallarle. A su lado, el otro camina circunspecto. Y asiente. Es cierto que en todo amor existe un componente demencial, le dice al otro, pero lo que ahora siente responde a una lógica. Toda su vida soñó que alguna vez una historia amorosa le sucedería y, a partir de este suceso, su existencia pegaría un vuelco frenético. La cuestión, se dice ahora, es que el enamoramiento no lo impulsó todavía al no retorno. Nada lo diferencia de un vulgar adúltero. Nada, piensa.
 La inseguridad lo corroe. Se pregunta si no debe probar la resistencia de su amor. Por qué no, se pregunta. Y ahora, cuando el subte se detiene en la estación del pecado, se baja. En verdad, la estación tiene el nombre de una virgen santa a la que, entre otros tantos poderes, se le adjudica el devolver la pureza a quienes la perdieron.
 Determinado a ponerle fin a la duda, sube a la superficie y se encuentra en el barrio del vicio. A diferencia de otras partes de la ciudad, este barrio nunca se apaga. Así como en estas calles no se distingue si es de día o de noche, tampoco nadie se fija demasiado en la categoría de los que acuden en busca de un rato de placer. Acá pueden verse tanto un convertible que avanza despacio como una abuela dispuesta a regatear sus billetes por una tarifa razonable. Putitas y putitos, chicos, venden, además de drogas, sus cuerpos. Piénsese una droga, por demoledora que sea, y acá se la puede encontrar. Imagínese un goce, el más truculento, y acá está, al alcance de los consumidores. El oficinista leyó alguna vez que la imaginación del hombre es limitada en materia de monstruos. En cierta forma, los consumidores como estas criaturas lo son. Pero no se sienten monstruos sino usuarios. Quienes vienen a comprar saben lo que quieren. Y los chicos lo venden y saben cómo cobrarlo. Los precios varían desde la cópula primitiva, el alivio inmediato de una chupada, hasta placeres que pueden incluir una mutilación parcial o la muerte. Siempre el arreglo se hace con un joven mayor que puede ser un hermano, un primo, un padre, con quien habrá de pactarse el juego erótico y su precio. En el caso de que el cliente se interese en un juego erótico que pondrá en peligro la vida de la criatura o requiera su muerte, entonces se conviene una tarifa especial y se llena un formulario donde se declara quiénes son los beneficiarios del seguro infantil.
 Se interna en la zona roja, aunque no es la primera vez que la camina ya que antes, otras veces, en arrebatos de angustia, lo hizo, pero siempre sin animarse a contratar un servicio: el temor a contraer una peste. Observa las pibas y los pibes y no puede dejar de pensar en el viejito. No debería pensar en el viejito ahora. Debería pensar en esta nena que se le ofrece. No debe tener seis años, pero en su sonrisa uno puede imaginarse todo lo que puede hacer con esa boquita de pétalos carmesí. Reprime la tentación. Sigue de largo. Tropieza con un chico. En realidad no puede discernir si es un varón o una nena. Un bellísimo ejemplar de androginito. O androginita. Al pensar en estos diminutivos se pregunta por qué se adjudica a la infancia el patrimonio del diminutivo. Se pregunta también si estas criaturas, como una sin piernas, que se le cruza en una tabla con rulemanes, no serán, en vez de chicos, productos. Razona: si quienes vienen a encontrar su placer en estas calles son consumidores, los chicos, basta de escrúpulos, son productos. Y nada de esto, se dice, tiene que ver con el amor.
 Porque una de las características del amor consiste en sentirse niño. Un niño no es un loco. Simplemente, no es responsable de sus actos. Ni la secretaria ni él son responsables del magnetismo que los unió. Son como chicos. Indefensos ante una fuerza todopoderosa que los envolvió como un tornado. No han elegido enamorarse. Les pasó. A menos a él le pasó. El amor está, en su caso, fuera de su responsabilidad. Ni consumidor ni producto, se dice. Un chico, piensa. De pronto se avergüenza de estar caminando esta calles.
 Pensar en la incomodidad de que alguien pueda descubrirlo por acá le da pánico. Alguien que más tarde contará en la oficina que lo sorprendió deambulando por esta parte de la ciudad. Le da taquicardia imaginar lo que la secretaria pensará cuando le vayan con el cuento. Se apura hacia el subte. Pero lo detienen los aullidos de las sirenas policiales, las frenadas de los autos patrulla, las órdenes de los policías, sus armas apuntándole. Levanta las manos. Alrededor todos corren, los grandes y los chicos, y él queda solo, en la vereda de un pornoshop.
 Alza las manos. Grita que no hizo nada. Que pasaba por esta zona. Que no es uno de esos degenerados que la frecuentan. Pero los policías no dejan de encañonarlo.»
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de Editorial Seix-Barral, 2011. ISBN:978-84-322-1282-6.]