Mostrando entradas con la etiqueta Ladrón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ladrón. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de abril de 2024

54.- Wu Ming (Roberto Bui -Wu Ming 1-, Giovanni Cattabriga -Wu Ming 2-, Luca Di Meo -Wu Ming 3-, Federico Guglielmi -Wu Ming 4- y Riccardo Pedrini -Wu Ming 5-)


Narrativa transmediática y communal fiction en Wu Ming ...
Primera parte: Šipan

Capítulo 5

  «Declaración realizada el 8/01/1954 al comisario de la policía nacional Pasquale Cinquegrana sobre la desaparición de un caro aparato de televisión de marca americana de la base militar de las Fuerzas Aliadas de Agnano, Nápoles.

 Me llamo Pagano Salvatore, nacido en Nápoles el día 21 de julio de 1934. Mi madre se llamaba Carmela, pero todos la conocían como Nennella, sobre todo en Vergini. El barrio, quiero decir. El barrio de Vergini.
 De mi padre nada sé, y no digo más.
 A mí, sin embargo, los amigos, los chalanes de Agnano y también otros amigos, me llaman Kociss. Bueno, también Salva el de la Virgen, pero más Kociss. ¿No lo entiende? Kociss, con «k», ya sé que en nuestro alfabeto no existe, pero en el americano y los extranjeros, sí. La k, quiero decir. Pero ¿no conoce usted al gran futbolista húngaro? ¡Kociss!
 ¿Si soy futbolista? No, pero qué importa, número uno, porque yo al balón sé jugar de verdad, y aunque tengo casi veinte años, si tuviera más suerte hasta podría triunfar, pero da igual, porque el nombre me lo gané por algo que no tiene nada que ver con el balón, bueno, sí, tiene que ver, pero esto es otra historia. En fin, ¿tiene presente a ese gran equipo que es Hungría, que este año ganará a todos en la Copa del Mundo que se juega en Suiza? Pues en ese equipo hay varios jugadores y hay uno que mete cada gol de cabeza que, cómo le diría, los clava. Fulminantes. Él y Puskas meten goles a paladas, lo nunca visto, vamos. Y este que le digo los mete casi todos de cabeza, el no va más. Kociss.
 Pero, bueno, a lo que iba, que algunos amigos y otros también, ya sabe cómo son los amigos, siempre de coña, en fin, que me llaman así porque según dicen cuando me pongo a discutir con algún tipejo que tiene mal perder, cosa que no suele ocurrir, quede claro, pues eso, que pocas veces eso pasa y que si tú de qué vas, a mí no me vaciles, salen a relucir las madres y hasta ahí hemos llegado, ya me entiende, pues eso, que según ellos les suelto un cabezazo, aunque eso pasaría una vez, dos como mucho, ya sabe cómo son los amigos, y dicen que les dejo grogui, y por eso me pusieron ese nombre. Pero no era esto lo importante, perdone, lo que quería decirle es que en el asunto ese del televisor yo no tengo nada que ver.
[…]

Capítulo 11

  Declaración hecha el 25/01/1954 al comisario de la policía nacional Pasquale Cinquegrana por Pagano Salvatore, de padre desconocido, sospechoso del robo de un caro aparato de televisión de marca americana de la base militar de las Fuerzas Aliadas de Agnano, Nápoles.

 De acuerdo, entendido. Dice usted que hubo una persona que me vio por la base. Agnano, quiero decir. La base de los Aliados de Agnano. Pero ¿qué significa eso? Puede haberse equivocado, ya sabe lo que pasa cuando está oscuro, que cree uno reconocer a un amigo y en cambio es alguien que no tiene nada que ver. Eso es, así debe de haber sido. ¿Qué cree? Hay más de una persona que le puede decir que estaba en la fiesta. Ya le hablé la vez pasada de la fiesta, esa de Reyes. En el orfelinato de Santa Teresa. Por supuesto, para repartir los regalos a los críos, ¿cómo no? Puede preguntarle a sor Juliana, si usted quiere, allí no estaba oscuro, ella me vio perfectamente la cara, incluso hablamos. Y estaba además sor Magdalena, puede preguntarle también a ella. No pensará que dos monjas vayan a mentirle, son esposas de Cristo, ya conoce a las monjas, oración y buenas obras, no saben siquiera lo que es la mentira, es decir, entiéndame, lo saben, pero piensan que cuando se miente la Virgen llora, de veras, eso nos decían, ¿ya sabes lo que pasa si dices mentiras?
 A mí fueron ellas las que me educaron. Las monjas, quiero decir. Sor Juliana y sor Magdalena juntas. Usted mismo puede comprobarlo, hasta los trece años viví en el orfelinato de Santa Teresa, porque, en fin, mi madre apenas tenía dinero para ir tirando, la pobre, y con el oficio al que se dedicaba, no sé si me explico, una criatura era una buena carga. De mi padre, en cambio, no añado más. Hermanos, hermanas, tal vez tengo muchos, pero nunca nadie me ha dicho nada.
 Y ya que va, cuando vea a las monjas, pregúnteles a ellas si soy yo un delincuente, como dice. Ya sabe, ellas no dicen nunca mentiras. ¿Salvatore Pagano? Es un buen chaval, sí, siempre con los caballos, con las apuestas, pero ¿qué quiere usted?, de alguna manera se tiene que vivir. Porque a ellas, las monjas, tampoco las apuestas les hacen mucha gracia. Pues si uno apuesta demasiado, hace llorar a santa Teresa. Eso nos decían. Cada pecado tiene a su santo que llora, y cuanto más grave es el pecado más importante es el santo. Pero, perdone, le estaba hablando de las monjas. ¿Salvatore Pagano? No ha robado nunca nada, le dirían, aparte de algún que otro caramelo, y sí, claro, también algún que otro cigarrillo, y una vez, pero una sola vez, una botella de vino de la bodega, pero un televisor, eso es demasiado, ¿y dónde habría puesto él un televisor? No, no, Salva es un buen chaval, le dirían.
 Porque, mire, para demostrarle que quiero ser sincero con usted hasta el fondo, como en un confesionario, aparte de los caramelos, los cigarrillos y la botella de vino, una vez, pero una sola, ¿eh?, hubo también otra cosa. Y no creo que esto las hermanas se lo vayan a contar, porque, en fin, también ellas, en este caso, ¿entendido, no? Y esto es lo más gordo que he hecho nunca, con la mejor de las intenciones, por supuesto, algo justo, sí señor, pues de lo contrario las hermanas no me lo hubieran dejado hacer nunca, pues vivía aún medio con ellas, en aquel entonces. Sí, medio, en fin, a medias, a ratos, por el día me iba por mi cuenta y por la noche volvía con ellas a dormir. Tenía trece años, entonces.
54 wu ming - Vendido en Venta Directa - 145141054 ¿Le he dicho, no, que hay ciertos amigos, pero pocos, y otros también que me conocen como Salva el de la Virgen? No, no, tranquilo, no estoy cambiando de tema otra vez. Esto tiene que ver con esa cosa gorda, pero justa, que hice hace mucho tiempo, la de las monjas. En fin, le decía que me llaman así, Salva el de la Virgen, por el hecho de que yo, no solo precisamente, mejor dicho, junto con otras personas, hice llorar a la Virgen. ¿Para qué mentir, disculpe? Eso es una forma de hablar. No, a estas Vírgenes no las he hecho llorar con mentiras. Esas lloraban de verdad. Es decir, de verdad no, no era un verdadero milagro, era una mentira, pero lloraban, eso sí. ¿Que no entiende? Se lo explicaré mejor: esas otras personas con las que estaba echaban una mano a otras personas, gente importante, peces gordos. Estos peces gordos iban a muchísimos pueblos de los alrededores de Nápoles, Acerra, Marano, Afragola, hablaban de sus cosas, hacían propaganda, contaban sus proyectos. Y cuando se iban, y la gente seguía aún toda allí, al pie del escenario, pues estos peces gordos hablaban desde un escenario, nos presentábamos nosotros. O sea, esas otras personas y yo. Y no es que yo tuviera que hacer gran cosa, me mandaban a la iglesia del pueblo, junto con el párroco, que estaba también con nosotros, y en un momento dado tenía que salir yo corriendo afuera, como loco, diciendo que había visto llorar a la Virgen, que era un milagro, ¡corred!, que una viejecita que estaba a mi lado se había desmayado del susto. Y había veces en que esas otras personas que estaban conmigo habían colocado una botellita de agua dentro de la estatuilla de la Virgen, y ella lloraba de veras, es decir, de veras no exactamente, no es que fuera un milagro, pero, en fin, parecía que llorase. Pero en otras ocasiones no era necesario, bastaba con que los del pueblo vieran al chaval y a la viejecita que decían sí, que la Virgen había llorado, que ellos la habían visto, mientras aquel pez gordo decía que había que votar por él, cruz sobre cruz, pues si no ni Virgen ni Italia ni nada, iban a llegar esos ogros que se comían a los niños y… ¿No quiere que le cuente esta historia? ¿Que ya la conoce? Está bien, está bien, no diré nada más, ya le dije que era algo gordo, que a usted se lo quería contar todo, como en un confesionario, en fin, pero a mí esa gente me la hicieron conocer las monjas, y me dijeron que, bueno, había mentiras y mentiras, y que ésa era con buenas intenciones, también usted hubiera dicho mentiras buenas, y esta era una de ellas, y era tan buena que a fuerza de decirla parece que salvamos a Italia en el cuarenta y ocho, yo y esas otras personas… Está bien, no le interesa, ya lo he entendido, acabo enseguida, en cualquier caso fue por eso por lo que algunos amigos, pero pocos, y también otros me llamaban Salva el de la Virgen. A mí, Kociss me gusta mucho más.
 Pero si no quiere oír esta historia, vuelvo a decirle que yo con este problema del televisor americano no tengo nada que ver. Y esto de la Virgen es lo más gordo que he hecho nunca.
 ¿Las cinco mil liras, dice? ¿Qué cinco mil liras? ¿Que las tenía en el bolsillo? Bueno, sí, es cierto, cinco mil liras, pero esas son mías. ¿Y cree que si hubiera vendido a alguien un televisor americano le habría pedido nada más que cinco mil liras? Vale veinte veces más, por lo menos. Pero le parece extraño que uno como yo vaya por ahí con cinco mil liras en el bolsillo. Y bueno, ya le he dicho que tampoco a las monjas les gusta, pero que yo apuesto a los caballos, que santa Teresa me perdone, y las veces que gano, me saco alguna cosa. Además, ya sabe lo que pasa, siempre ando por el hipódromo, y limpia aquí, lleva esto allá, vete rápido a hacer una apuesta para el señor que no quiere molestarse, y también así se saca uno algo. Pero poquita cosa, cuatrocientas, quinientas liras como mucho. Las cinco mil liras, esas las gané a los caballos. En el Gran Premio del domingo éramos tres, me parece, yo aposté por Monte Allegro, todos decían que ganaría Ninfa y en cambio ganó Monte Allegro. Ya sabe, Agnano es mi segunda casa, o mejor dicho, incluso la primera, y yo los caballos los conozco bien de verdad, y Ninfa el día antes había tenido un cólico de miedo, mientras que Monte Allegro estaba en buena forma. El totalizador lo daba a cien liras, puede comprobarlo usted mismo, y yo aposté por él todos mis ahorros, quinientas liras, exactamente.
 ¡Una gran apuesta, comisario, nunca he visto tanto dinero en mi vida!»

      [Wu Ming es el pseudónimo de un grupo de escritores italianos que trabajan de forma colectiva].
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Mondadori, 2003, en traducción de José Ramón Monreal, pp. 50 y 75-76. ISBN: 978-84-3970-985-5.]


domingo, 1 de octubre de 2023

Hiperbórea y otros mundos perdidos.- Clark Ashton Smith (1893-1961)


Recordando a Clark Ashton Smith – ·Libros de Cíbola·
La historia de Satampra Zeiros


  «Yo, Satampra Zeiros de Uzuldaroum, me dispongo a escribir con mi mano izquierda, ya que carezco de la derecha, la historia de todo lo acaecido a Tirouv Ompallios y a mí mismo en el altar del dios Tsathoggua, cuyo culto fue abandonado por el hombre en las afueras de Commoriom invadidas por la jungla, aquella capital de los gobernantes hiperbóreos abandonada hace tanto tiempo. La escribiré con la savia violeta de palma de suvana, que se torna color rojo sangre con el paso de los años, sobre un papel de vitela hecho con la piel de un mastodonte, para advertir a todos los buenos ladrones y aventureros que pudieran escuchar alguna falsa leyenda sobre los tesoros perdidos de Commoriom y se sintieran tentados por ella.
   Pues bien, Tirouv Ompallios era mi amigo de toda la vida y mi leal compañero en cualquier empresa que requiriera dedos diestros y una mente tan rápida como aguda. Puedo afirmar sin exagerar en mi caso, ni tampoco en el caso de Tirouv Ompallios, que ambos llevábamos a cabo con incomparables resultados más de un encargo ante el que muchos de nuestros colegas de oficio de mucho más renombre que nosotros se hubieran acobardado. Para ser más explícito, me refiero al robo de las joyas de la reina Cunambria, que estaban guardadas en una habitación donde unos cuarenta reptiles venenosos se paseaban libremente; y el robo de la diamantina caja fuerte de Acromi, que contenía los medallones de una temprana dinastía de reyes hiperbóreos. Es verdad que resultó difícil y peligroso encontrar comprador para aquellos medallones y que tuvimos que venderlos a un precio nefasto al capitán de un navío bárbaro procedente de la remota Lemuria: no obstante, lograr abrir aquella caja fue una hazaña gloriosa, porque debía ser ejecutada en total silencio debido a la proximidad de una docena de guardias armados con tridentes. Empleamos un extraño y corrosivo ácido… pero no debo entretenerme demasiado tiempo ni tan profusamente, por muy fuerte que sea la tentación de divagar sobre heroicos recuerdos y recrearse en la sublime gloria de los actos de valor o destreza.
   En el ejercicio de nuestro oficio, como en el de cualquier otro, los reveses de la suerte con frecuencia deben ser tenidos en cuenta, y la diosa Fortuna no siempre es pródiga en favores. Así pues, Tirouv Ompallios y yo, en el momento del que ahora escribo, nos hallábamos en circunstancias de falta de liquidez, las cuales, aunque pasajeras, eran no obstante extremas y resultaban bastante inconvenientes y molestas, sobre todo al tener lugar justo después de días más prósperos y de noches más provechosas. La gente se había vuelto cada vez más precavida con sus joyas y otros objetos de valor, las ventanas y las puertas tenían dobles barrotes, se comenzaron a utilizar nuevos y desconcertantes cerrojos, los guardias estaban más vigilantes o menos somnolientos… resumiendo, todas las dificultades naturales de nuestra profesión se vieron multiplicadas. Llegó un momento en el que nos vimos obligados a robar mercancías más voluminosas y menos valiosas que las que estábamos acostumbrados a manejar, e incluso esto también conllevaba sus peligros. Aún ahora me siento humillado al recordar la noche en la que estuvieron a punto de atraparnos con un saco de ñames rojos, y menciono este incidente para no parecer en absoluto presuntuoso.
  Una noche, en un callejón del barrio más humilde de Uzuldaroum, paramos para contar los recursos de los que disponíamos y descubrimos que, entre los dos, teníamos exactamente tres pazoors… suficiente para comprar una botella grande de licor de granadas o dos barras de pan. Discutimos entonces sobre el problema del gasto.
  —El pan —argumentó Tirouv Ompallios— alimentará nuestros cuerpos, nos proporcionará fuerzas renovadas y mayor agilidad a nuestros miembros y a nuestros exhaustos dedos.
  —El licor de granadas —repliqué— enaltecerá nuestros pensamientos, inspirará e iluminará nuestras mentes y quizás nos revele un modo de escapar de nuestras actuales dificultades.
  Tirouv Ompallios cedió sin poner mayor reparos a mi superior razonamiento y buscamos la entrada de una taberna cercana. El licor no era de los mejores, en cuanto al sabor, pero la cantidad y potencia del brebaje eran todo lo que se podía desear. Nos sentamos en la abarrotada taberna y sorbimos el licor a nuestro ritmo, hasta que todo el fuego del brillante licor rojo se hubo transferido a nuestros cerebros. La oscuridad y las dudas sobre nuestros caminos futuros se iluminaron como si fueran alumbradas por la luz de pebeteros rosados, y el cruel semblante del mundo quedó maravillosamente suavizado.
  No tardó mucho en llegarme la inspiración.
  —Tirouv Ompallios —dije—, ¿hay alguna razón por la que tú y yo, hombres valientes y que hemos sucumbido a los miedos y supersticiones de la multitud, no deberíamos aprovechamos de los regios tesoros de Commoriom? Un día de viaje desde esta tediosa ciudad, una agradable excursión al campo, una tarde o una mañana de búsqueda arqueológica… y quién sabe lo que podríamos encontrar.
  —Hablas con sabiduría y valor, mi estimado amigo —replicó Tirouv Ompallios—. En efecto, no existe ninguna razón por la que no podamos sanear nuestras maltrechas finanzas a costa de unos cuantos reyes muertos, o dioses.
  Commoriom, como todo el mundo sabe, había quedado desierta hacía muchos cientos de años por la profecía de la Sibila Blanca de Polarion, que había anunciado un indescriptible y abominable fin para todos los seres mortales que osaran permanecer en su entorno. Algunos dicen que aquella destrucción fue provocada por una plaga que llegó de las inmensidades del norte por las rutas de las tribus de la jungla; otros afirmaban que fue una forma de locura colectiva; en todo caso, nadie, ni rey ni sacerdote ni comerciante ni trabajador ni ladrón, permaneció en Commoriom para esperar su llegada, sino que todos partieron en una sola ola migratoria para fundar a un día de distancia la nueva capital, Uzuldaroum. Y se cuentan extrañas historias de horrores y espantos que ningún hombre sería capaz de afrontar ni superar, que acechan por siempre los altares y mausoleos y palacios de Commoriom. Y todavía perdura el lustre del mármol, el esplendor del granito, la multitud de agujas y cúpulas y obeliscos que los imponentes árboles de la jungla no han logrado cubrir, en un fértil valle interior de Hiperbórea. Y los hombres dicen que en sus cámaras intactas descansa el suntuoso tesoro de los monarcas de la antigüedad, entero y sin que haya sufrido ningún saqueo desde aquellos tiempos; que las tumbas construidas en lo alto guardan las piedras preciosas y las monedas de electro enterradas junto a sus momias; que los templos todavía conservan las vasijas de oro en sus altares y el mobiliario, y los ídolos sus piedras preciosas en orejas, bocas, narices y ombligos.
  Creo que habríamos partido esa misma noche de haber contado con el coraje y la inspiración que nos hubiera aportado una segunda botella de licor de granadas. Pero no fue así y decidimos partir al amanecer: el hecho de que careciéramos de fondos para nuestro viaje no importaba demasiado, porque, a menos que nuestras habilidades habituales nos fallaran, podríamos requisar pequeñas cantidades de impuestos involuntarios de las cándidas gentes del campo. Hasta entonces, nos retiramos a nuestros aposentos, donde el casero nos salió al paso dándonos la bienvenida a regañadientes y exigiendo que le pagáramos su dinero. Pero la dorada promesa de la mañana nos había inmunizado contra preocupaciones tan triviales y apartamos al tipo a un lado con un desprecio que pareció sorprenderlo, si no someterlo del todo.
 Nos dormimos tarde, y el sol ya había ascendido un buen trecho sobre el celeste declive de los cielos cuando dejamos atrás las puertas de Uzuldaroum y emprendimos el camino por la calzada norte que conduce a Commoriom. Desayunamos abundantemente unos melones ámbar, y un ave robada que asamos en el bosque, y luego retomamos el camino. A pesar de una fatiga que iba en aumento hasta el final del día, resultó un viaje agradable, y encontramos muchas cosas con las que entretenernos en los variopintos paisajes por los que pasamos, y en sus gentes. Algunos, estoy seguro, sin duda todavía nos recuerdan con rencor, porque no nos negábamos nada que estuviera al alcance de la mano y que tentara nuestros caprichos o nuestros apetitos.
 Era una región agradable, llena de granjas, huertos, riachuelos y bosques verdes y llenos de flores. Finalmente, en el curso de la tarde llegamos a la antigua calzada, en desuso desde hacía mucho tiempo y casi intransitable, que conducía desde la calzada principal y a través de la vieja jungla hacia Commoriom.
Los mundos perdidos de Clark Ashton Smith | La mano del extranjero  Nadie nos vio desviarnos por aquel camino, y desde ese momento no nos cruzamos con nadie. A tan sólo un paso, habíamos perdido cualquier contacto humano; y era como si el silencio del bosque que nos rodeaba no hubiera sido perturbado por la huella de un mortal desde la partida del legendario rey y sus ciudadanos hacía tantos siglos. Los árboles eran más grandes que los que estábamos habituados a ver, y estaban entrelazados por infinitas y laberínticas masas: las eternas circunvoluciones en forma de telaraña de las enredaderas casi tan viejas como los propios árboles. Las flores eran desagradablemente grandes, sus pétalos brillaban con una palidez letal o un escarlata sanguinolento, y sus perfumes eran excesivamente dulces o fétidos. Las frutas que encontrábamos por el camino eran de un tamaño enorme, de color morado y naranja rojizo, pero por algún motivo no nos atrevimos a hincarles el diente.
  El bosque se hizo más espeso y exuberante a medida que avanzábamos, y la calzada, aunque estaba pavimentada con bloques de granito, se hacía más intransitable porque entre los intersticios habían echado raíces árboles que con frecuencia desgajaban los bloques. Aunque el sol todavía no se había acercado al horizonte, las sombras que arrojaban sobre nosotros los gigantescos troncos y ramas se hicieron más densas, y nos movíamos en un crepúsculo verde oscuro lleno de olores sofocantes de vida exuberante y podredumbre vegetal. No había pájaros ni otros animales, como uno habría esperado encontrar en cualquier bosque frondoso, pero entre prolongados intervalos alguna sigilosa víbora de pálido y grueso cuerpo huía deslizándose de nuestros pies entre las fétidas hojas de la carretera, o alguna enorme polilla con motas barrocas y de malignos colores volaba delante de nosotros y desaparecía en la penumbra de la jungla. Ya en un claro a media luz, enormes murciélagos de color púrpura con ojos como diminutos rubís alzaban a nuestro paso el vuelo desde las frutas de aspecto venenoso con las que se estaban dando un festín, y nos miraban con malévola atención mientras flotaban silenciosamente en el aire sobre nuestras cabezas. Y, por algún motivo, sentimos que estábamos siendo observados por otras presencias invisibles; nos invadió una especie de pánico, y un vago temor a la monstruosa jungla, y desde ese momento dejamos de hablar en voz alta, o con demasiada frecuencia, y nos limitamos a algún que otro susurro.
  Entre otras cosas, durante el viaje, nos las ingeniamos para conseguir una bota grande llena de vino de palma. Unos cuantos sorbos del ardiente licor ya nos habían servido más de una vez para aligerar el tedio de la marcha, y ahora iba a mantenernos en pie y a buen paso. Bebimos un buen trago y la jungla se hizo menos impresionante, y nos preguntamos por qué habíamos permitido que el silencio y la penumbra, los atentos murciélagos y la inquietante inmensidad pesaran sobre nuestro ánimo aunque sólo fuera por un breve instante, y creo que tras un segundo trago comenzamos a cantar.
  Cuando cayó el crepúsculo y una luna creciente brillaba alta en los cielos después de que el astro diurno se escondiera, estábamos tan inmersos en el fragor de la aventura que decidimos continuar y llegar a Commoriom aquella misma noche. Cenamos algunos víveres que sisamos a los campesinos y nos pasamos la bota de vino en varias ocasiones. Entonces, bastante repuestos y henchidos de la audacia y el valor necesarios para afrontar una arriesgada empresa, continuamos la marcha.
  De hecho, no tuvimos que avanzar mucho más. Mientras discutíamos con un ardor que nos hizo olvidar nuestro largo periplo, sobre qué valioso objeto debíamos elegir saquear primero de entre todos los tesoros míticos de Commoriom, observamos bajo los rayos de la luna el brillo de unas cúpulas de mármol que sobresalían entre las copas de los árboles y, a continuación, entre ramas y troncos divisamos los lívidos pilares de pórticos en penumbra. Unos cuantos pasos más allá encontramos calles pavimentadas perpendiculares a la calzada por la que avanzábamos y que por ambos lados conducían al inmenso y exuberante bosque, donde las hojas de enormes helechos cubrían los techos de casas antiguas.
  Nos paramos y, de nuevo, el silencio de la desolación del pasado selló nuestros labios. Las casas eran blancas y silenciosas como sepulcros, y las profundas sombras que se cernían a su alrededor eran gélidas y siniestras y misteriosas como la mismísima sombra de la muerte. Parecía que el sol no había brillado durante siglos en aquel lugar… que nada más cálido que los rayos espectrales de la luna cadavérica había tocado el mármol y el granito desde la migración universal provocada por la profecía de la Sibila Blanca de Polarion.
  —Ojalá fuera de día —murmuró Tirouv Ompallios. Sus tonos bajos eran extrañamente sibilantes, y excesivamente audibles en la total quietud.
  —Tirouv Ompallios —repliqué—, confío en que no te estarás volviendo supersticioso. Me resisto a pensar que estás sucumbiendo a los cuentos infantiles de la chusma. En todo caso, tomemos otro trago.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Valdemar, 2014, en traducción de Marta Lila Murillo, pp. 123-127. ISBN: 97884-7702-778-2.]

jueves, 12 de marzo de 2020

Tuareg.- Alberto Vázquez-Figueroa (1936)

Resultado de imagen de alberto vazquez figueroa 

«La hermosa muchacha de finas trenzas, altos pechos y enjoyadas manos de palmas rojas, templó la única cuerda de su violín, extrajo de su interior un agudo sonido que más bien parecía un lamento o una aguda risa, miró directamente a Gacel, el extranjero, al que parecía dedicar personalmente su historia, y dijo así:
 -"Alá es grande. Alabado sea... -hizo una pausa-. Cuentan, y esto no ocurrió en el país de los imohag, ni en el de los Tekna, ni en Marraquesh, Túnez, Argel o Mauritania, sino allá, en Arabia, cerca de la ciudad santa de La Meca, a la que todo creyente debe hacer su peregrinación al menos una vez en la vida, que vivieron, mucho tiempo atrás, en la floreciente y populosa ciudad de Mir, gloria de los califas, tres astutos mercaderes que habían logrado, después de muchos años de comerciar juntos, una apreciable cantidad de dinero que decidieron invertir en un nuevo negocio... Resultaba, sin embargo, que estos mercaderes no confiaban los unos en los otros, por lo que guardaron su oro en una bolsa y acordaron dejárselo en custodia a la dueña de la casa en que vivían, con la expresa recomendación de que no lo entregara a ninguno de ellos si no se encontraban los otros presentes. A los pocos días decidieron escribir por asuntos de sus negocios a una ciudad vecina y necesitando un pergamino, uno de ellos, dijo:
 -Voy a pedírselo a la buena mujer, que seguramente tendrá alguno.
Pero entrando en la casa, le dijo a ésta:
 -Entrégame la bolsa que te dimos, que la necesitamos...
 -No lo haré si no están tus amigos presentes -replicó la mujer y, aunque el otro insistió, continuó negándose hasta que el astuto mercader le indicó:
 -Asómate a la ventana y verás cómo mis compañeros, que están en la calle, te ordenan que me la des...
 Hizo la mujer lo que pedía, mientras el mercader salía y aproximándose a sus socios dijo en voz baja:
 -Tiene el pergamino que necesitamos, pero no quiere dármelo a no ser que vosotros también se lo pidáis.
 Ajenos a esta trampa le gritaron a la mujer que hiciera lo que el otro decía y así fue cómo ésta le entregó la bolsa con la que el ladrón huyó de la ciudad.
 Pero cuando los dos mercaderes cayeron en el engaño y se dieron cuenta de que se habían quedado sin dinero, culparon a la pobre mujer, y llevándola ante el Caid, pidieron justicia.
Resultado de imagen de tuareg plaza janes Resultó aquel juez un hombre equilibrado e inteligente, que escuchó a ambas partes, y tras una larga meditación, sentenció:
 -Pienso que razón tenéis en vuestra demanda y justo es que esta mujer devuelva la bolsa o reintegre de su hacienda el dinero... Pero como se da la circunstancia de que el pacto que acordasteis exige que para que la bolsa sea entregada es imprescindible que os encontréis reunidos los tres socios, estimo justo que os ocupéis de buscarle, lo traigáis a mi presencia, y en ese momento yo mismo me ocuparé de que el acuerdo se cumpla...
 Y así fue cómo triunfó la justicia y la razón, gracias al acertado juicio de aquel inteligente magistrado.
 Quiera Alá que así sea siempre. Alabado sea..."
 La muchacha tañó el violín, como para poner un definitivo punto final a su relato y, luego, sin apartar los ojos de Gacel, añadió:
 -Tú, que al parecer vienes de tan lejos, ¿por qué no nos cuentas una historia?  
 Gacel paseó la mirada por el grupo: una veintena de muchachos y muchachas que se amontonaban en torno a la hoguera, a cuyas brasas se asaban lentamente dos enormes carneros de los que emanaba un aroma dulce y profundo, e inquirió:
 -¿Qué clase de historia queréis escuchar...?
 -La tuya -replicó la muchacha rápidamente-. ¿Por qué te encuentras solo, tan lejos de tu casa?»

     [El texto pertenece a la edición en español de Plaza-Janés Editores, 1984. ISBN: 84-01-30315-X.]