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domingo, 4 de mayo de 2025

Si esto es una mujer.- Noemí Trujillo (1976) y Lorenzo Silva (1966)

 

6.- Mamen

 «-Por otra parte, creo que debo contártelo, ayer vino a verme Guadalupe. Me contó la investigación que tenemos ahora mismo entre manos en el grupo. Una investigación en punto muerto y en la que se siente abandonada por los jefes y hasta por el juez.
 -Un homicidio, deduzco.
 -Es a lo que nos dedicamos. Las bodas, comuniones y bautizos las llevan en otro negociado.
 -Cuéntame algo del caso. -Ignoró mi ironía-. Si quieres.
 -Una mujer negra, descuartizada y arrojada al contenedor de la basura. Recuperaron los trozos de su cuerpo de dos vertederos distintos. Ni siquiera se sabe quién es, nadie la ha reclamado ni se ha denunciado su desaparición, que nos conste. Creen que podía ser una prostituta sin papeles, un cadáver que a nadie importa.
 -Salvo a Guadalupe. Y a ti.
 -Más a Guadalupe que a mí, para serte sincera. A fin de cuentas, yo desciendo de esos homo sapiens renegados que cruzaron a Europa hace milenios y se olvidaron de su origen africano. 
 -¿Por qué te empeñas en ser una cínica?
 -¿Me empeño?
 -Parece costarte reconocer que la historia te ha dejado tocada.
 -Claro que me ha tocado, no tengo una piedra bajo las tetas.
 Mamen torció el gesto. No aprobaba mi lenguaje descarnado.
 -¿Por qué quieres disimularlo entonces?
 -No lo disimulo, te lo estoy reconociendo. Lo que no quiero es engañarte ni generar una falsa impresión sobre las razones por las que vengo a decirte que quiero reincorporarme. No siento una necesidad especial de hacerle justicia a esa desgraciada, en particular, ni siquiera de ser algo así como la campeona, en abstracto, de todos los desgraciados del mundo. Hace tiempo que sé que hay muchos más de los que puedo proteger o confortar, y que siempre los va a seguir habiendo, aunque yo viva mil vidas y en todas ellas no deje de hacer lo que me han enseñado a hacer en ésta. Se trata de otra cosa.
 -De qué.
 -De que ayer, cuando la buena de Guadalupe me empezó a contar las dificultades del caso, se activaron inmediatamente todas las antenas que llevaban meses dormidas. Que cuando vi las fotos de esa pobre chica de piel oscura, de sus trozos tirados en la basura y en una mesa de autopsias, aparte del escalofrío que pueda sentir una persona normal, me sacudió algo diferente, algo que es sólo mío y de los que son como yo: la necesidad de ponerle nombre a esos pedazos de persona, de ponerle nombre al hijo de puta o los hijos de puta que la trataron como si sólo fuera un trozo de carne, de ponerle nombre también a lo que le hicieron, para que unos tipos o tipas con toga a los que no conozco y a lo peor tampoco entiendo, ni me caen bien, les hagan comerse con patatas todas las cosas feas que la ley le adjudica a quien se permite hacerle a un semejante algo así.
 Mamen me miró con una especie de fascinación.
 -Me dejas sin habla, sinceramente -murmuró.
 -¿Has leído a Procopio de Cesarea?
 -¿A quién?
 -Procopio. De Cesarea. Siglo VI.
  -Ni idea. ¿Quién era?
 -Palestino por nacimiento, en una ciudad que hoy es una ruina en Israel, funcionario del Imperio bizantino, escribía en griego y vio de primera mano buena parte de las atrocidades de su tiempo. Ha sido una de mis lecturas de estos meses. Una de las más instructivas de mi vida. He subrayado cientos de frases. Hay una que viene muy a propósito. Como tenía tiempo, aparte de subrayarlas me he aprendido unas cuantas. Creo que ésta la recuerdo literal.
 -Estoy deseando escucharla.
 -"Es la infamia de los nombres, y no la de los hechos en sí, de la que suelen avergonzarse los seres humanos casi siempre".
 La sopesó en silencio. E hizo algo más que eso: se la repitió, mentalmente, mientras la anotaba a toda prisa en su libreta.
 -Muy interesante. Me la guardo. ¿Siglo VI, dices?
 -Procopio había leído a todos los clásicos griegos. Por eso escribía como ellos. En los griegos está ya todo. Luego vinieron Freud y todos esos amigos tuyos a hacer como que inventaban algo.
 -Yo no soy muy seguidora de Freud. Lo mío es el rollo cognitivo-conductual, en realidad vengo a hacer lo contrario que él.
 -Bueno, en todo caso. Lo que quiero decirte es que yo he aprendido a hacer que la vergüenza de la que huyen los hombres, la vergüenza que viene de los nombres de la infamia, caiga sobre ellos. Que ese es mi lugar en el mundo y que siento que ha llegado el momento de volver a ocuparlo. Medio año lamiéndome las heridas ya es penitencia y humillación suficiente por lo que hice.
 El teléfono de Mamen brilló en el bolsillo de su bata.
 -Vete, anda -dijo-. Voy a darte el alta, pero si necesitas algo vienes a verme, ¿estamos? Intenta no meterte en líos, cuenta hasta diez antes de sacar la pistola y mantén la calma. Ya te ha pasado varias veces, Manuela, no puedes ir por ahí sacando la artillería como Harry el Sucio, hay que seguir las reglas del juego. En veinte años aquí he visto de todo, querida, pero eran otros tiempos. Ahora no puedes darles collejas a lo novatos ni encañonar a quien te hace la puñeta. Tienes que guardar las formas, por tu propio bien.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2019, pp. 71-74. ISBN: 978-84-233-5572-3.]

domingo, 14 de abril de 2024

54.- Wu Ming (Roberto Bui -Wu Ming 1-, Giovanni Cattabriga -Wu Ming 2-, Luca Di Meo -Wu Ming 3-, Federico Guglielmi -Wu Ming 4- y Riccardo Pedrini -Wu Ming 5-)


Narrativa transmediática y communal fiction en Wu Ming ...
Primera parte: Šipan

Capítulo 5

  «Declaración realizada el 8/01/1954 al comisario de la policía nacional Pasquale Cinquegrana sobre la desaparición de un caro aparato de televisión de marca americana de la base militar de las Fuerzas Aliadas de Agnano, Nápoles.

 Me llamo Pagano Salvatore, nacido en Nápoles el día 21 de julio de 1934. Mi madre se llamaba Carmela, pero todos la conocían como Nennella, sobre todo en Vergini. El barrio, quiero decir. El barrio de Vergini.
 De mi padre nada sé, y no digo más.
 A mí, sin embargo, los amigos, los chalanes de Agnano y también otros amigos, me llaman Kociss. Bueno, también Salva el de la Virgen, pero más Kociss. ¿No lo entiende? Kociss, con «k», ya sé que en nuestro alfabeto no existe, pero en el americano y los extranjeros, sí. La k, quiero decir. Pero ¿no conoce usted al gran futbolista húngaro? ¡Kociss!
 ¿Si soy futbolista? No, pero qué importa, número uno, porque yo al balón sé jugar de verdad, y aunque tengo casi veinte años, si tuviera más suerte hasta podría triunfar, pero da igual, porque el nombre me lo gané por algo que no tiene nada que ver con el balón, bueno, sí, tiene que ver, pero esto es otra historia. En fin, ¿tiene presente a ese gran equipo que es Hungría, que este año ganará a todos en la Copa del Mundo que se juega en Suiza? Pues en ese equipo hay varios jugadores y hay uno que mete cada gol de cabeza que, cómo le diría, los clava. Fulminantes. Él y Puskas meten goles a paladas, lo nunca visto, vamos. Y este que le digo los mete casi todos de cabeza, el no va más. Kociss.
 Pero, bueno, a lo que iba, que algunos amigos y otros también, ya sabe cómo son los amigos, siempre de coña, en fin, que me llaman así porque según dicen cuando me pongo a discutir con algún tipejo que tiene mal perder, cosa que no suele ocurrir, quede claro, pues eso, que pocas veces eso pasa y que si tú de qué vas, a mí no me vaciles, salen a relucir las madres y hasta ahí hemos llegado, ya me entiende, pues eso, que según ellos les suelto un cabezazo, aunque eso pasaría una vez, dos como mucho, ya sabe cómo son los amigos, y dicen que les dejo grogui, y por eso me pusieron ese nombre. Pero no era esto lo importante, perdone, lo que quería decirle es que en el asunto ese del televisor yo no tengo nada que ver.
[…]

Capítulo 11

  Declaración hecha el 25/01/1954 al comisario de la policía nacional Pasquale Cinquegrana por Pagano Salvatore, de padre desconocido, sospechoso del robo de un caro aparato de televisión de marca americana de la base militar de las Fuerzas Aliadas de Agnano, Nápoles.

 De acuerdo, entendido. Dice usted que hubo una persona que me vio por la base. Agnano, quiero decir. La base de los Aliados de Agnano. Pero ¿qué significa eso? Puede haberse equivocado, ya sabe lo que pasa cuando está oscuro, que cree uno reconocer a un amigo y en cambio es alguien que no tiene nada que ver. Eso es, así debe de haber sido. ¿Qué cree? Hay más de una persona que le puede decir que estaba en la fiesta. Ya le hablé la vez pasada de la fiesta, esa de Reyes. En el orfelinato de Santa Teresa. Por supuesto, para repartir los regalos a los críos, ¿cómo no? Puede preguntarle a sor Juliana, si usted quiere, allí no estaba oscuro, ella me vio perfectamente la cara, incluso hablamos. Y estaba además sor Magdalena, puede preguntarle también a ella. No pensará que dos monjas vayan a mentirle, son esposas de Cristo, ya conoce a las monjas, oración y buenas obras, no saben siquiera lo que es la mentira, es decir, entiéndame, lo saben, pero piensan que cuando se miente la Virgen llora, de veras, eso nos decían, ¿ya sabes lo que pasa si dices mentiras?
 A mí fueron ellas las que me educaron. Las monjas, quiero decir. Sor Juliana y sor Magdalena juntas. Usted mismo puede comprobarlo, hasta los trece años viví en el orfelinato de Santa Teresa, porque, en fin, mi madre apenas tenía dinero para ir tirando, la pobre, y con el oficio al que se dedicaba, no sé si me explico, una criatura era una buena carga. De mi padre, en cambio, no añado más. Hermanos, hermanas, tal vez tengo muchos, pero nunca nadie me ha dicho nada.
 Y ya que va, cuando vea a las monjas, pregúnteles a ellas si soy yo un delincuente, como dice. Ya sabe, ellas no dicen nunca mentiras. ¿Salvatore Pagano? Es un buen chaval, sí, siempre con los caballos, con las apuestas, pero ¿qué quiere usted?, de alguna manera se tiene que vivir. Porque a ellas, las monjas, tampoco las apuestas les hacen mucha gracia. Pues si uno apuesta demasiado, hace llorar a santa Teresa. Eso nos decían. Cada pecado tiene a su santo que llora, y cuanto más grave es el pecado más importante es el santo. Pero, perdone, le estaba hablando de las monjas. ¿Salvatore Pagano? No ha robado nunca nada, le dirían, aparte de algún que otro caramelo, y sí, claro, también algún que otro cigarrillo, y una vez, pero una sola vez, una botella de vino de la bodega, pero un televisor, eso es demasiado, ¿y dónde habría puesto él un televisor? No, no, Salva es un buen chaval, le dirían.
 Porque, mire, para demostrarle que quiero ser sincero con usted hasta el fondo, como en un confesionario, aparte de los caramelos, los cigarrillos y la botella de vino, una vez, pero una sola, ¿eh?, hubo también otra cosa. Y no creo que esto las hermanas se lo vayan a contar, porque, en fin, también ellas, en este caso, ¿entendido, no? Y esto es lo más gordo que he hecho nunca, con la mejor de las intenciones, por supuesto, algo justo, sí señor, pues de lo contrario las hermanas no me lo hubieran dejado hacer nunca, pues vivía aún medio con ellas, en aquel entonces. Sí, medio, en fin, a medias, a ratos, por el día me iba por mi cuenta y por la noche volvía con ellas a dormir. Tenía trece años, entonces.
54 wu ming - Vendido en Venta Directa - 145141054 ¿Le he dicho, no, que hay ciertos amigos, pero pocos, y otros también que me conocen como Salva el de la Virgen? No, no, tranquilo, no estoy cambiando de tema otra vez. Esto tiene que ver con esa cosa gorda, pero justa, que hice hace mucho tiempo, la de las monjas. En fin, le decía que me llaman así, Salva el de la Virgen, por el hecho de que yo, no solo precisamente, mejor dicho, junto con otras personas, hice llorar a la Virgen. ¿Para qué mentir, disculpe? Eso es una forma de hablar. No, a estas Vírgenes no las he hecho llorar con mentiras. Esas lloraban de verdad. Es decir, de verdad no, no era un verdadero milagro, era una mentira, pero lloraban, eso sí. ¿Que no entiende? Se lo explicaré mejor: esas otras personas con las que estaba echaban una mano a otras personas, gente importante, peces gordos. Estos peces gordos iban a muchísimos pueblos de los alrededores de Nápoles, Acerra, Marano, Afragola, hablaban de sus cosas, hacían propaganda, contaban sus proyectos. Y cuando se iban, y la gente seguía aún toda allí, al pie del escenario, pues estos peces gordos hablaban desde un escenario, nos presentábamos nosotros. O sea, esas otras personas y yo. Y no es que yo tuviera que hacer gran cosa, me mandaban a la iglesia del pueblo, junto con el párroco, que estaba también con nosotros, y en un momento dado tenía que salir yo corriendo afuera, como loco, diciendo que había visto llorar a la Virgen, que era un milagro, ¡corred!, que una viejecita que estaba a mi lado se había desmayado del susto. Y había veces en que esas otras personas que estaban conmigo habían colocado una botellita de agua dentro de la estatuilla de la Virgen, y ella lloraba de veras, es decir, de veras no exactamente, no es que fuera un milagro, pero, en fin, parecía que llorase. Pero en otras ocasiones no era necesario, bastaba con que los del pueblo vieran al chaval y a la viejecita que decían sí, que la Virgen había llorado, que ellos la habían visto, mientras aquel pez gordo decía que había que votar por él, cruz sobre cruz, pues si no ni Virgen ni Italia ni nada, iban a llegar esos ogros que se comían a los niños y… ¿No quiere que le cuente esta historia? ¿Que ya la conoce? Está bien, está bien, no diré nada más, ya le dije que era algo gordo, que a usted se lo quería contar todo, como en un confesionario, en fin, pero a mí esa gente me la hicieron conocer las monjas, y me dijeron que, bueno, había mentiras y mentiras, y que ésa era con buenas intenciones, también usted hubiera dicho mentiras buenas, y esta era una de ellas, y era tan buena que a fuerza de decirla parece que salvamos a Italia en el cuarenta y ocho, yo y esas otras personas… Está bien, no le interesa, ya lo he entendido, acabo enseguida, en cualquier caso fue por eso por lo que algunos amigos, pero pocos, y también otros me llamaban Salva el de la Virgen. A mí, Kociss me gusta mucho más.
 Pero si no quiere oír esta historia, vuelvo a decirle que yo con este problema del televisor americano no tengo nada que ver. Y esto de la Virgen es lo más gordo que he hecho nunca.
 ¿Las cinco mil liras, dice? ¿Qué cinco mil liras? ¿Que las tenía en el bolsillo? Bueno, sí, es cierto, cinco mil liras, pero esas son mías. ¿Y cree que si hubiera vendido a alguien un televisor americano le habría pedido nada más que cinco mil liras? Vale veinte veces más, por lo menos. Pero le parece extraño que uno como yo vaya por ahí con cinco mil liras en el bolsillo. Y bueno, ya le he dicho que tampoco a las monjas les gusta, pero que yo apuesto a los caballos, que santa Teresa me perdone, y las veces que gano, me saco alguna cosa. Además, ya sabe lo que pasa, siempre ando por el hipódromo, y limpia aquí, lleva esto allá, vete rápido a hacer una apuesta para el señor que no quiere molestarse, y también así se saca uno algo. Pero poquita cosa, cuatrocientas, quinientas liras como mucho. Las cinco mil liras, esas las gané a los caballos. En el Gran Premio del domingo éramos tres, me parece, yo aposté por Monte Allegro, todos decían que ganaría Ninfa y en cambio ganó Monte Allegro. Ya sabe, Agnano es mi segunda casa, o mejor dicho, incluso la primera, y yo los caballos los conozco bien de verdad, y Ninfa el día antes había tenido un cólico de miedo, mientras que Monte Allegro estaba en buena forma. El totalizador lo daba a cien liras, puede comprobarlo usted mismo, y yo aposté por él todos mis ahorros, quinientas liras, exactamente.
 ¡Una gran apuesta, comisario, nunca he visto tanto dinero en mi vida!»

      [Wu Ming es el pseudónimo de un grupo de escritores italianos que trabajan de forma colectiva].
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Mondadori, 2003, en traducción de José Ramón Monreal, pp. 50 y 75-76. ISBN: 978-84-3970-985-5.]


domingo, 12 de febrero de 2023

El silenciero.- Antonio di Benedetto (1922-1986)


Antonio Di Benedetto: carne y ciberespacio – Lecturas Sumergidas
II


  «Me viene hambre. Sin embargo, advierto que entre mi llegada y el momento de comer mediará la cola de un suceso que ha puesto vehículos y gente por donde está mi casa, o cerca.
 Me molesta un chorro de luz petrificada que echa un faro.
 En la esquina bebe —o ha estado bebiendo— una gruesa serpiente que se arrastra por la calle. El bombero que la cuida en esta punta me quita la aprensión: no se trata de mi hogar. Es al lado, el tallercito; también los dormitorios de la casa de la viuda.
 Ya ocurrió y ellos ya no vuelcan agua. Se han llevado a los heridos (o quemados), que son dos.
 Alguien, un desconocido para mí, me reconoce y da un aviso: «Aquí viene».
 Del grupo sale mi mujer. Solloza. Lo cual no significa nada en particular porque suele hacerlo con frecuencia, últimamente, y esta noche tiene motivos razonables.
 Le pregunto por el niño y por mi madre. Me responde de un modo considerablemente extraño: que si ahora pienso en ellos. Y más todavía me reprocha:
 —¡Antes, debiste!…
 Noto el cerco, pero es gente indiscreta, nada más. Reviste un significado diferente, y lo percibo, la actitud de espera del oficial de policía.

* * *
  Estoy solo, con la espalda de un agente uniformado allá en la puerta, en una oficina inactiva, excedida de luz blanca.
 He dicho no, que no fui yo, cada vez que ha venido la pregunta. No insisten. Sin embargo, detienen demasiado la mirada cuando advierten las pestañas y las cejas chamuscadas.
 No me defiendo.
Se ha posesionado de mí un recuerdo, de una lectura, y la repito en mi mente como puedo: a este respecto, en verdad, si no en otro, creo que tengo algo de común con Sócrates. Porque cuando fue acusado y estaba a punto de ser juzgado, su demonio le prohibió que se defendiera.
 Quizás faltan palabras, o cambio algunas, pero si recomienzo siempre son ésas y ninguna otra.
 No sé cuál puede ser mi demonio, ni cómo es un demonio. Pero hay algo que me impide cargar de argumentos mi simple negación.
 Nina me ha abandonado. La comprendo. Viviendo así como vivimos los sentimientos se han ido desgastando.

 Mañana vendrá ese vehículo especial. Entrará al segundo patio de la comisaría. Seré su pasajero, no sé si el único del viaje. Cuando me hagan descender, estaré en la cárcel de encausados.
 Mi madre está enterada.
 Me reconviene:
 —¡Si te defendieras!…
 Tengo conciencia de que hablo como hablaría Besarión:
 —Los mártires, me parece, no pueden defenderse. Nadie los escucha.
 Ella no lo dice, pero se le sale el asombro por mi alarde.
 “Mártir de la pretensión de vivir mi vida y no la vida ajena, la vida impuesta”, clama la justificación dentro de mí.
 No la pronuncio.

 Hará conmigo el viaje. Entretanto compartimos el banco de la galería y la sombra del guardián. Aunque él se mezquina y me descarta.
 Quedo bajo la mirada de los empleados y los estudiantes que gestionan su certificado de conducta.
 Yo tenía un certificado de esa clase. Caducó. Si quisiera otro, tendría que acreditar la conducta. Siempre, algunos, tenemos que dar pruebas. Ahora ya no lo hago. Pero ahora estoy excluido.
 Una mirada absorta gravita sobre mí. Viene de esa muchacha. La miro, me ve mirarla y retira su mirada. No es compasión, tal vez. Tal vez ella se avergüenza de mi condición.
 Sí, es absurdo. Segregarse de la libertad es un absurdo.
 Ella se ha ido. Pero yo tengo que meditar su mirada.
 No removió la parte mala de mi ser.

 El vehículo especial penetra en retroceso y desembarca guardiacárceles.
 Reconocen al hombre de mi lado:
 —¿Otra vez?…
 Los desafía:
 —No será por mucho tiempo.
 Recupero su historia, escuchada en el recreo de sol, estos días de convivencia percudida. Es ratero, diestro en deslizarse por los techos. Lo llaman "el techista". Un celador ignoraba el motivo del apodo y lo puso en una cuadrilla que trabajaba en el arreglo de las tejas de la cárcel. También de ese techo se escurrió.
 El techo…
 “El techo”, esa porción superior de mis propósitos, vuelve a mí como la dignidad volvió hace un momento.
 Pero me están diciendo que suba, que apure.
 No será por mucho tiempo.
 Y el que sea, a favor del silencio del encierro, sólo para algo enteramente noble: para escribir las páginas con que mi libro, por fin, tendrá comienzo.

 Nos descienden. Piso el pedregullo y me sé desnudo al sol.
 Nos embretan los requisitos del acceso. Nuestro cuerpo es entregado por alguien y alguien lo recibe. Nosotros asistimos a la transacción.
DESDE LA CIUDAD SIN CINES: El silenciero, por Antonio Di Benedetto Oigo música.
 Después toman nuestra ropa y nos dan un pantalón y una casaca, el colchón, la almohada y la frazada.
 Oigo música. Oigo voces de locución profesional.
 Este es el camino: un pasillo, una puerta de barrotes, otro pasillo y otra puerta de barrotes.
 Oigo una canción que termina. Oigo voces de locutor y locutora que detallan virtudes comerciales.
 Desembocamos en un patio, tal vez octogonal. Allí están todos esos hombres, inactivos contra el muro, relajados, dialogando como si se mantuvieran sin hablar. Allí están, en las paredes, dos, cuatro altoparlantes que amplifican los sonidos de una radio.
 Humillados mis hombros por la carga del colchón, la almohada y la frazada, hago mi camino por el patio, de extremo a extremo. Y un poco más, todavía, me desgarro.

 Este es el pabellón y en su interior, sobre la puerta de barrotes, otro altavoz sensibiliza el aire que tendré que respirar.
 Me dicen cuál será mi cama. Descargo. Dejo caer los brazos, a lo largo de mi cuerpo, para darles su descanso. Quedo expuesto delante del guardián. No sé qué harán conmigo ahora.
 Tampoco sabe el guardián qué espero, me parece. Porque me dice que, si lo deseo, puedo salir al patio. Ya me darán de comer.
 No pienso en comida. Me sube un ademán lento, con los dedos separados y combados a la altura de la frente, igual que si envolviera la redondez de una manzana. Pregunto, desolado:
 —¿Y esa radio?…
 Es un hombre bondadoso; me contesta como si le alegrara poder ofrecerme una compensación:
 —¿Le gusta? La tendrá siempre.
 Él no puede saber.

 Estoy sentado en una piedra, en un monte de naturaleza agradable, aunque bien triste.
 Viene, desde lejos, un pastor. Me dice:
 —No te es permitido permanecer en este sitio.
 Voy a preguntar por qué y él se anticipa:
 —Porque sobre esa piedra un cordero fue sacrificado.
 Retiro mi cuerpo del descanso y quedo de pie ante el anciano.
 Él se satisface de mi obediencia y reemprende su camino.
 Instalado en una piedra más pequeña, examino la mayor como si acabara de proponerme un enigma, no una prohibición.
 Me sorprende el pastor con un regreso repentino y me amonesta:
 —¡Y no pretendas haber sido dado en sacrificio, ser un inmolado!
 Voy a rechazar tal presunción (no obstante vislumbrar que revela la verdad); intento reprocharle su altivez, que no repara en mi humildad… Sin embargo, balbuceo y no lo logro: me perturba un sonido que acaba de llegar. Pasa a mi lado. Lo veo como un punto móvil, que se dora en el aire. Es una abeja.
 El zumbido me asedia. Se asienta en mi mejilla y no cesa su vibración sonora. Lo golpeo y cae. No es una abeja, es una mosca.
 Desaparece la claridad que hacía tan nítidos y creíbles esos sueños que yo estaba soñando. No obstante, el sonido continúa.
 Rehago mi entendimiento y lo adapto al lugar donde en verdad me hallo. Ya sé… Es la sierra de los penados meritorios, que trabajan en el taller, con permiso especial y a cambio de salario, hasta las tres de la mañana.
 Siento el cerebro machucado; como si estuviese al cabo de un abnegado esfuerzo de creación. Como si hubiera escrito un libro.
  Pero mi cansancio no es feliz.
  La noche sigue… y no es hacia la paz adonde fluye.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Adriana Hidalgo, 2007, pp. 182-190. ISBN: 978-9879396001.]

domingo, 4 de diciembre de 2022

La mujer que leía demasiado.- Bahiyyih Nakhjavani (1948)


Bio | Bahiyyih Nakhjavani
El libro de la esposa

1

  «Dicen que cuando ahorcaron al alguacil, su esposa enmudeció. Raramente le habían faltado las palabras en vida del marido, pero a veces la muerte causa un efecto sorprendente en los parlanchines. Dejó de hablar poco después de que su esposo recibiera la convocatoria a palacio, y cuando él ya se balanceaba a las puertas de la ciudad, sin turbante, con la barba rasurada y un gesto de sorpresa petrificado en el rostro, ella enmudeció por completo.
 No era la primera vez que lo convocaban a palacio, pero resultó ser la última. Antes nunca le había fallado la protección del sha. No sólo se había presentado en la corte innumerables veces a lo largo de aquellos doce años, desde la subida del rey al trono, sino que, dada la transformación de su residencia en cárcel, se le llamaba con frecuencia para comprobar la salud de su lealtad a su señor. En todas las ocasiones anteriores, que se tradujeron en honores, títulos y poder, la esposa no dejó de dar su opinión al respecto. Esta vez, cuando lo ahorcaron, no dijo nada.
 A ella la subieron por la escalera de mano hasta la segunda planta de la casa, donde la poetisa de Qazvin estuvo confinada diez años antes, pero en los días que pasó allí no abrió la boca. Tal vez la había abierto ya demasiado, tal vez no había nadie que quisiera oírla o tal vez no quería decir nada porque al final su incontinencia verbal la había conducido a la ruina. Las lavadoras de cadáveres quisieron evitarse el trabajo, pero les tocó adecentarla. No dejó de gotear ni con un lienzo enrollado al cuello.

2

  Todo el mundo conocía el carácter voluble de la esposa del alguacil. En la mezquita, su voz era tan evidente como el ajo; y en el bazar, hacía innecesario el velo. Sus palabras escalaban los muros y descendían por las calles como el chisporroteo del kebab o el olor a cebolla frita. Algunas veces, atravesaban las paredes de palacio y se afincaban en el anderoun* real con la persistencia de la alholva. La madre del sha aconsejaba a las mujeres de la corte que, si querían enterarse de algo, cerraran la boca y se dejaran guiar por el olfato hasta la ciudad.
 Aunque se relacionaba poco con el clero y con los cortesanos, la esposa del alguacil era la reina del cotilleo y de la cocina. Pocas lograban la perfección de sus adobos, y ninguna, la ortodoxia de sus arroces. Sus mermeladas, según los entendidos, poseían la consistencia de la verdad y desesperaban a todos menos a los filósofos. En cuanto a sus conservas, eran tratados de auténtica fe y no necesitaban interpretación. Pero cuando sus cocineras cortaban demasiado fino o demasiado grueso el membrillo, trituraban mucho o poco el cardamomo y calentaban el azúcar por encima de su punto canónico, no dudaba en maldecirlas y tacharlas de apóstatas. En materia de comida, era una fanática.
 Pese a sus orígenes provincianos y a no ser la primera esposa del alguacil, ejercía de señora del harén. Naturalmente, su esposo tenía otras mujeres, como cabe esperar de un ciudadano prominente, pero a ella la adornaba de ajorcas y zarcillos de oro para demostrar que era el aderezo más fino de su harén. De joven, había sido hermosa, con sus hoyuelos de nata, sus brazos blancos y torneados y su buena dote. Era además aguda, de una inteligencia, más que curiosa, inquisitiva. No obstante, por encima de todo era celosa, manejaba la lengua con la misma maestría que sus cuchillos de cocina y dominaba al alguacil como no eran capaces de hacerlo una madre sorda, una hermana paupérrima, varias hijas incasables y las restantes esposas, picadas de viruela.
 Cuando el sha llegó al trono, sin embargo, llevaba casada tiempo suficiente para haberse cansado de la quincalla. Su interés había pasado del marido al hijo, que teníala misma edad que Su Majestad y, si hemos de hacer caso a la madre, se merecía una princesa. Era su niño, su buñuelito, su adoración; para ella, tan apuesto como el rey. Durante las semanas que precedieron a la coronación atormentó sin cesar al marido con aquella perla de las mujeres, aquel tesoro de novia que debían buscarle al hijo. Mientras él se preparaba para presentar sus respetos al sha en palacio, ella no paraba de hablar de contratos matrimoniales.
 -Todo depende del favor de la reina —le recordaba—, de modo que harás lo que esté en tu mano para halagarla durante la ceremonia, ¿verdad que sí?
 Él masculló algo a propósito de ganarse los favores antes de pedirlos.
 -Su Alteza tiene un montón de conocidas adecuadas —continuó, imperturbable.
 El alguacil dijo algo de las prioridades del momento.
 -Hasta una prima lejana valdría —insistió ella.
 El marido hablaba de la necesidad de seguir las órdenes del gran visir.
 -Perfecto, el gran visir también ha puesto sus ojos en una princesa —replicó—. ¿No se va a casar con la hermana del sha? Si él puede, tú también.
 El tono de su voz estremeció al alguacil. No deseaba que el vecindario los oyera hablar de un compromiso que la reina desaprobaba con toda su alma. Mejor sería, dijo en un murmullo, no mencionar el asunto hasta que Su Alteza consintiera.
 Pero nada callaba a su esposa.
 -Precisamente —se agarró a sus palabras—. Por eso digo que las buenas bodas dependen de la madre del sha.
 Con un suspiro, el alguacil continuó arreglándose para la visita a palacio. No había encontrado ocasión de comunicarle a su esposa la decisión de regalar la casa al nuevo soberano. Llevaba semanas intentando abordar la cuestión, pero ella le interrumpía con el problema de los contratos matrimoniales. Siempre acababan hablando de novias, y con cada interrupción, se le olvidaba por completo lo que pensaba decir.
 «Las palabras y el ajo inducen a los hombres a la violencia», pensaba, furioso, cruzando el patio a grandes zancadas en dirección a los establos. Al pasar, apartó de un manotazo al portero.
 Se había visto obligado a proteger su mansión del interés de los envidiosos empleando a una especie de zoquete que no dejaba entrar ni salir a nadie. Desde la subida al trono del nuevo sha, la seguridad se había convertido en un problema, y no sólo por la chusma callejera, sino también porque los libertinos y los bribones hacían de la corte un sitio cada día más peligroso. Le parecía más seguro comprar el agradecimiento del sha que depender de su arbitraria generosidad y, puesto que corría el peligro de perder la casa si no actuaba a tiempo, pensó en negociar con su propiedad antes de entregarla a la fuerza. La decisión de regalarla, aprovechando la coronación, estaba tan calculada como el brutal manotazo que dio en el cráneo afeitado del portero al abandonar sus dominios.
LA MUJER QUE LEIA DEMASIADO | BAHIYYIH NAKHJAVANI | Comprar libro ... Le constaba que su esposa se pondría hecha una furia en cuanto lo supiera, que no le daría un momento de respiro al enterarse de tamaña perfidia por su parte. Había construido la casa para ella, con motivo del nacimiento de su único hijo varón. Había levantado la segunda planta sobre las cocinas para satisfacerla en su deseo de poseer un palacio, y la esposa contaba con aquel patrimonio para negociar una nuera como era debido. Nunca le perdonaría que la regalara antes de emplearla para comprar una novia.

3

  El invierno que ahorcaron al alguacil fue el de las revueltas del pan, a los nueve años del atentado contra la vida del sha. La segunda planta de la casa estuvo cerrada con llave todo el tiempo, hasta el punto de que él no había cruzado su umbral desde las matanzas del verano. Su esposa no le permitía subir desde la última vez que la planta estuvo ocupada; sólo ella, que tenía la llave escondida, entraba en la alcoba alta. Cuando la agredieron durante las revueltas del pan, su hijo se la encontró colgada de una cinta sucia que la madre llevaba incrustada entre los rollos de grasa de la cintura. Tuvieron que cortársela con un cuchillo para abrir la puerta.
 Fue el portero retrasado quien encontró a su señora estupefacta y tirada en el fango entre las cancelas de la legación británica y el jardín del fondo del callejón. Cuando regresó corriendo, señalando en aquella dirección con grandes aspavientos, el hijo del alguacil dio órdenes inmediatas de que la arrastraran hasta la casa en una alfombra y la apartaran de la vista ajena. Morir gorda en época de hambruna era una provocación tan grave como morir muda después de toda una vida de charlatanería. Mandó que la encerraran arriba.
 -Tendrás que pasar sobre su cadáver —replicó su tía al enterarse, sospechando que el cobarde de su sobrino tenía que esconder algo más que a su madre.
 Él adujo que era el único lugar a salvo de la furia de la plebe.
 -Si la encierras arriba —le advirtió la viuda—, no la bajarás viva.
 Pero el hijo del alguacil no hizo caso a su tía, que era de esas que babeaba con los tiempos pasados como un camello con una lengüetada de sal.
 -La vieja se cree que tiene ojos en la nuca —bromeaba con sus hermanas y sus esposas—, pero no ve el peligro que está delante de sus narices.
 El cuerpo de su padre continuaba descomponiéndose colgado a las puertas de la ciudad, hasta donde lo habían conducido arrastrándolo por los pies, recordó, y la muchedumbre seguía en las calles, muriendo de hambre con la misma rabia de antes. La próxima vivienda saqueada sería la suya si no lograban negociar su salvación; por so urgió a las mujeres a que ocultaran a su madre hasta que pasara lo peor. Aprovechando la inaccesibilidad de la segunda planta, la llevaron arriba y destruyeron la escalera de mano por si alguien tenía la ocurrencia de llamar a la puerta.
 A sus hermanas la idea les pareció excelente. Hacía años que se morían por echar un vistazo a la alcoba alta. Cuando se fue la cautiva, la esposa del alguacil adoptó la costumbre de subir todas las tardes, según ella, para rezar, pero nadie la creía. La tía viuda decía que era el único sitio de la casa en el que una mujer podía pensar, pero las hijas del alguacil estaban convencidas de que su madrastra escondía en la segunda planta un dinero que robaba de sus respectivas dotes, y sospechaban también que guardaba para el obeso de su hijo ciertas golosinas que no quería compartir con ellas. Mucho antes de que las revueltas del pan trastocaran la ciudad, comentaron a los vecinos que la alcoba alta era el granero particular de la esposa del alguacil.
 Verdad era que las mercancías escasearon durante el segundo decenio del reinado del sha. Desde que éste subió al trono, el alguacil se había encargado de fijar un precio inflacionario para el arroz. Llevaba diez años haciendo acopio de trigo y sabía cuándo reducir su distribución a los panaderos. Después de asegurarse de que la reina y sus parientes recibían su parte y de cerrar la boca al clero con sobornos, guardaba las llaves del granero con la aquiescencia del rey. Todos los inviernos ganaba su buen dinero.
 Se dedicaba también a distraer el hambre del pueblo. El jefe de policía gobernaba imponiendo la ley del terror y sus matones constituían una formidable alternativa a los mal pagados soldados reales, pero también ellos necesitaban estímulos, y como el alguacil no tenía la menor intención de pagar de su bolsillo, todos los años extorsionaba a los mercaderes ricos para pagar a sus hombres. Más tarde, después del intento de asesinato, con el favor de la reina, represalió a los hijos de los ministros para robarles con idéntico propósito. Durante el segundo decenio del reinado, tuvo que aumentar sus chivos expiatorios para gestionar su próspera empresa.»
  
  *Anderoun: Harén o parte de la morada reservada a las mujeres.
  
  [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2010, en traducción de Pepa Linares, pp. 88-93. ISBN: 978-84-206-5148-4.]