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viernes, 2 de abril de 2021

El Estado Servil.- Hilaire Belloc (1870-1953)


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Sección VIII

Tanto los reformadores como los reformados están promoviendo el Estado servil

 «Me propongo mostrar en este capítulo cómo los tres intereses que explican conjuntamente casi todas las fuerzas que luchan por el cambio social en la Inglaterra moderna se deslizan necesariamente hacia el Estado servil.
 De estos tres intereses, los dos primeros representan a los reformadores, y el tercero, al pueblo que va a ser reformado.
 Tales intereses son, primero, el socialista, que es el reformador teórico que actúa sobre la línea de menor resistencia; el hombre práctico, que, como todo reformador “práctico”, cuenta con la ventaja de su miopía, y es hoy, por consiguiente, un factor poderoso; y tercero, la gran masa proletaria, para quien se lleva a efecto el cambio y a quien es impuesto éste. Qué aceptará esta masa según toda probabilidad, cómo reaccionará ante las nuevas instituciones, es el más importante de los factores, pues el proletariado constituye el material con el cual y sobre el cual se trabaja.
 1.-Del reformador socialista:
 Digo que los hombres que tratan de implantar el colectivismo o socialismo como remedio de los males del Estado Capitalista se encuentran con que están encaminándose, no hacia el Estado Colectivista, sino hacia el Estado Servil.
 El movimiento socialista, el primero de los tres factores que siguen este rumbo, se encuentra a su vez compuesto por dos clases de hombres:
 a) el que considera la propiedad pública de los medios de producción (y la obligada tendencia consecuente de todos los ciudadanos a trabajar bajo la dirección del Estado) como la única solución factible de nuestro malestar social moderno,
 b) el que siente afición al ideal colectivista por sí mismo, y no lo persigue tanto por ser la solución al capitalismo moderno, como por constituir una forma regular y ordenada de sociedad que lo atrae por sí misma. Le gusta acariciar el idea de un Estado en que la tierra y el capital se hallen en posesión de funcionarios públicos que dirijan a los demás individuos y los preserven así de las consecuencias de sus vicios, su ignorancia y su insensatez.
 Estos dos tipos son perfectamente distintos, en muchos respectos antagónicos, y constituyen entre ambos la totalidad del movimiento socialista.
 Imagínese ahora a uno y otro de estos hombres enfrentados al estado actual de la sociedad capitalista con el ánimo de transformarlo. ¿En qué línea de menor resistencia actuarán uno y otro?
 a) El primer tipo comenzará exigiendo la confiscación de los medios de producción y su transferencia del poder de sus poseedores actuales al poder del Estado. Pero detengámonos un momento. Esta exigencia es algo sumamente difícil de realizar. Entre los poseedores actuales y la confiscación se interpone una pétrea muralla moral. Es lo que la mayor parte de los hombres llamaría el fundamento moral de la propiedad (el instinto de que la propiedad es un derecho), y lo que todos los hombres admitirían, al menos, como una tradición profundamente arraigada. Luego, tiene por delante las innumerables complicaciones de la propiedad moderna.
 Tomemos un caso sencillo. Se da un decreto por el cual todas las tierras comunes cercadas a partir de 1760 deben volver al público. Se trata de un caso muy moderado y muy defendible. ¡Pero piénsese por un momento en la ruina que tal disposición causaría a tantas pequeñas haciendas propias, a esa red de obligaciones y beneficios que se extiende sobre millones de personas, a los miles de formas de intercambio, a todas las adquisiciones hechas con el sacrificio de los pequeños ahorradores! Sin duda, puede pensarse, pues en el plano moral, la sociedad puede hacer cualquier cosa a la sociedad; pero provocaría también el derrumbe consiguiente de una riqueza veinte veces superior a la confiscada y todo el crédito firme de la comunidad. En una palabra, se trata de algo imposible, en el sentido corriente de la expresión. De modo que el tipo mejor de reformador socialista se ve forzado a recurrir a un expediente que me contentará aquí con mencionar -puesto que debe ser considerado en particular y con espacio más adelante, en razón de su fundamental importancia-: me refiero al recurso de comprar la parte del actual propietario.
 Basta decir aquí que la tentativa de “comprar la parte” de los propietarios sin confiscación se funda en un error económico, como probaré en su momento. Por ahora, lo doy por supuesto, y paso a considerar el resto de la obra de mi reformador.
 Este no confisca, pues; a lo más, “adquiere” (o trata de “adquirir”) algunas partes de los medios de producción.
 Pero esto no constituye todo su móvil. Por definición, el hombre está para curar los grandes males inmediatos de la sociedad capitalista. Está para remediar la miseria que produce en las grandes multitudes y la angustiosa inseguridad que impone sobre todos. Está para sustituir la sociedad capitalista con una sociedad en que todos los hombres dispongan de comida, ropa y techo y en que los hombres no tengan que vivir más en un  riesgo continuo de perder el techo, la ropa y la comida.
 Bien, hay un modo de conseguir esto sin confiscación.
 El reformador de este tipo cree, con razón, que la propiedad de los medios de producción por parte de unos pocos causó los males que suscitan su indignación y su piedad. Pero tales males no se produjeron sino en virtud de una combinación de esa propiedad limitada a unos pocos con la libertad universal. La combinación de ambas es la verdadera definición del Estado Capitalista. Es ciertamente difícil desposeer a los poseedores. Pero no lo es tanto, en absoluto (como veremos otra vez cuando consideremos la muchedumbre a la cual afectarán principalmente estos cambios), modificar el factor de la libertad.
 Se puede decir al capitalista: “Mi deseo es despojarle a usted de su propiedad, pero mientras tanto estoy resuelto a que sus empleados tengan un nivel de vida tolerable”.
 El capitalista responde: “Me niego a ser despojado de mi propiedad; a menos que se produzca una catástrofe, eso es imposible. Pero si usted quiere determinar la relación entre  mis empleados y yo, tendré que asumir especiales responsabilidades en virtud de mi posición. Sujete al proletario, como proletario, y por ser proletario, a leyes especiales. Confiérame a mí, el capitalista, como capitalista, y por ser capitalista, especiales obligaciones recíprocas en virtud de las mismas leyes. Yo me ocuparé lealmente de que sean cumplidas; yo obligaré a mis empleados a que las cumplan, y asumiré el nuevo papel que me impone el Estado. Y todavía más, me ocuparé de que, por obra de ese régimen nuevo, mis ganancias sean quizá mayores y ciertamente más seguras".
 Este reformador social idealista, por tanto, ve ya canalizado el curso de su exigencia. […] Cuando la transformación se haya consumado, no habrá ya motivo, ni reivindicación ni necesidad que exijan la propiedad pública de los medios de producción. El reformador la pedía solamente para asegurar el sustento mínimo y eliminar la incertidumbre de las masas: y ya habrá conseguido lo que pedía.
 […]
 De esta manera, el socialista cuyo móvil es el bien de la humanidad y no la mera organización, se ve apartado aunque no lo quiera de su ideal colectivista y conducido hacia una sociedad en que los poseedores conservarán sus posesiones, los desposeídos seguirán desposeídos, en que la mayoría de los hombres continuará trabajando en beneficio de una minoría, y esta minoría continuará usufructuando los valores excedentes producidos por el trabajo, pero también una sociedad en la cual los males específicos de la inseguridad y la penuria, producto principalmente de la libertad, habrán sido eliminados por la destrucción de ésta.
Resultado de imagen de hilaire belloc el estado servil Al término del proceso habrá dos clases de hombres: los poseedores económicamente libres, y los desposeídos carentes de libertad económica y gobernados por aquéllos en bien de su tranquilidad y garantía de su sustento. Pero con  esto estamos ya en el Estado Servil.          
 b) Al segundo tipo de reformador socialista se lo puede considerar más brevemente. La explotación del hombre por el hombre no despierta en él indignación alguna. En realidad, no es un tipo de hombre en que sean habituales la indignación ni ninguna otra pasión vital. Los cuadros, las estadísticas, todo lo que constituye una armazón exacta de la vida, le suministran el alimento que satisface su apetito moral; la ocupación más acorde con su genio es el “manejo” de los hombres: como se maneja una máquina.
 Es a este hombre a quien atrae particularmente el ideal colectivista.
 Es el orden llevado al extremo. Esa complejidad humana y orgánica que constituye el colorido de toda comunidad vital lo ofende con su diferenciación infinita. Las cosas en gran número lo alteran; y su pequeño estómago sólo halla una última satisfacción en el panorama de una vasta burocracia donde la totalidad de la vida esté fichada y encuadrada en algunos planes sencillos, derivados de la labor que los empleados públicos efectúen coordinadamente y dirigida por poderosos jefes de sección.
 Ahora bien, este hombre, como el anterior, prefiere comenzar estatalizando el capital y la tierra, y montar sobre esa base la estructura formal que tanto concuerda con su peculiar temperamento (casi ni se precisa decir que en su visión de una sociedad futura se imagina a sí mismo como jefe, al menos, de una sección si no del Estado entero, pero esto no viene al caso). No obstante, si bien prefiere empezar con un plan colectivista ya hecho, en la práctica se encuentra con que no puede proceder de esa forma. […]
 No puede confiscar ni empezar a confiscar. Lo más que hará será “comprar la parte” del capitalista. […]
  Tal clase de hombres casi no ve al Estado Servil como algo hacia lo cual se desliza, sino más bien como una alternativa posible de su Estado Colectivista ideal, alternativa que se halla enteramente dispuesto a aceptar y a la cual mira con buenos ojos. La mayor parte de tales reformadores, que hace una generación se hubieran llamado “socialistas”, se sienten hoy menos preocupados por plan alguno de socialización del capital y la tierra, que por los innumerables planes, algunos de los cuales ya con fuerza de ley, que existen actualmente para regular, “manejar” y alinear al proletariado, sin cercenar una pizca de los privilegios de que disfruta la reducida clase capitalista en lo referente a la posesión de los enseres, los almacenes y la tierra.
 El llamado “socialista” de este tipo no cayó en el Estado Servil por un error de cálculo, sino que lo prohijó; saluda su nacimiento y prevé que lo tendrá bajo su dominio en el porvenir.
 Esto, por lo que se refiere al movimiento socialista, que hace una generación proponía transformar nuestra sociedad capitalista en otra en que la comunidad había de ser la propietaria universal y todos lo hombres, económicamente libres o no libres en igual medida, habían de estar bajo su tutela. Hoy día su ideal se halla en quiebra, y las dos fuentes de las cuales extraía su fuerza aceptan, una de mala gana, la otra con alegría, el advenimiento de una sociedad que no es socialista en absoluto, sino servil.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial El Buey Mudo, 2010, en traducción de Armando Zerolo Durán, pp. 135-143. ISBN: 978-84-937789-2-7.]             


jueves, 19 de marzo de 2020

La regla del juego.- José Luis Pardo (1954)

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II.- Práxis (o del juego 2)
Undécima aporía del aprender, o del camino del colegio

«Algo parecido a lo que Sócrates llama "corrupción de la juventud" es lo que designa Richard Sennett como "corrosión del carácter", a saber: el proceso de fragmentación biográfica que las nuevas exigencias del mercado laboral mundializado provocan en las vidas personales de los trabajadores. Teniendo en cuenta que en inglés character significa también "personaje", podríamos entender este fenómeno como la imposibilidad de construir un personaje verosímil que, para los individuos que trabajan en este nuevo sistema, se deriva de tales estructuras: las "vidas" de los habitantes se desvirtúan y se hacen jirones, estallando en secciones incompatibles, como esos personajes de las malas novelas que no se sostienen por pretender su autor engarzar en ellos aspectos inconmensurables que minan su credibilidad. Esto, que en un novelista sería un defecto, se ha convertido en la virtud de las nuevas formas de subjetividad: flexible, modular, interactiva, recomponible.
 Por nuestra parte, ya conocemos este síndrome en la descripción socrática (Cf. la aporía de la duración de los estudios) de los hombres que se ganan la vida en los tribunales y que, por trabajar ora para un amo, ora para otro, se ven obligados a defender argumentos contrarios e incompatibles, siempre con la premura de tiempo provocada por quien se lo retribuye, siendo incapaces de toda entereza moral o de toda veracidad en la edificación de un carácter firme. La indicación de Sennett, al reparar en las consecuencias de la nueva configuración del mercado del trabajo mediante el llamado empleo flexible, no hace más que redefinir en términos contemporáneos esa figura dibujada por Sócrates. En efecto, el "trabajador flexible" de nuestros días es aquel cuyo oficio carece de toda delimitación rigurosa: no es zapatero, ni sastre, ni siquiera obrero de una cadena de montaje de automóviles, sino que debe ser capaz de hacer cualquier cosa en un período de "formación permanente" que se identifica con la longitud completa de su vida laboral y a lo largo del cual debe estar dispuesto a reciclarse, reformarse, redefinirse y reajustarse cuantas veces sea necesario y en la medida en que lo sea. Los célebres "rigores del trabajo", que tanto sufrimiento causaron en épocas pasadas, han sido sustituidos por una elasticidad que sólo aparentemente es una liberación de aquel yugo: un trabajo absolutamente no-riguroso que, al redimirse de toda rigidez, elimina todo el rigor del contrato de trabajo, de la proporción del salario, de la duración de la jornada o de la estabilidad de los horarios, y obliga al así empleado (o, como también podríamos decir, "desempleado", en la medida en que ha sido eximido de los rigores del puesto de trabajo fijo) a cambiar constantemente de figura, de residencia, de carácter y de personaje. Si los productos de esta clase de trabajo ilustran a la perfección el ideal sofístico de esas cosas-que-no-son-nada-en-particular y de las cuales, por tanto, se puede decir tanto P como no-P, puesto que son únicamente potencia, potencia no realizada que puede ser cualquier cosa pero no es ninguna en definitiva, el trabajador privado de la rectitud de los derechos laborales y configurado por la elasticidad del mercado de trabajo flexible, representa la aplicación de esta misma "dinámica de fluidos" a la subjetividad humana, que pasa entonces a ser concebida como un caudal heraclíteo en constante devenir, pero que nunca llega a ser nadie, una "potencialidad" infinita pero infinitamente irrealizada, porque su sumisión a un proceso permanente de "actualización (updating) de la mano de obra" prueba que no desemboca jamás en nada actual. De quienes ocupan estos empleos potenciales y efímeros habría que decir, por tanto, que son más bien empleados potenciales, trabajadores únicamente virtuales pero no actuales ni reales, permanentemente en formación y, por ende, en irrevocable minoría de edad, incapaces de abandonar la escuela para incorporarse al mundo de los adultos. Y caben pocas dudas acerca de la adaptación de este tipo de (des-)empleos y (des-)empleados a un mundo en el cual también las "enfermedades potenciales" (las tasas de morbilidad) suplantan a las enfermedades reales, los crímenes potenciales (las tasas de criminalidad) a los actuales, los comicios potenciales (las encuestas de intención de voto) a los efectivos, o las ganancias potenciales (la especulación inmobiliaria y financiera) a las seguras, y en el cual los "licenciados en algo" (los que sabían algo de algo) van siendo reemplazados por una nueva estirpe de "licenciados (potencialmente) en todo" -que, como los sofistas, saben de cualquier cosa, pero que, naturalmente, para alcanzar un saber tan absoluto necesitan permanecer en la escuela todo el tiempo del mundo- que son (actualmente) "licenciados en nada".
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De la facilidad...

 De hecho, es difícil contemplar las desventuras de los trabajadores del nuevo mercado laboral mundial sin sentir una extraña sensación de comprensión por sus personajes. Podría decirse incluso "piedad", si se entendiese que no se trata solamente de una compasión del tipo de la que siente quien está en una situación segura y confortable por alguien que llama a la puerta pidiendo limosna o pasa frío en la calle. Es más bien una compasión cómplice, y por tanto podría merecer el tan sobado nombre de solidaridad. Lo que nos hace sentirnos solidarios de los problemas que padecen esos personajes es, claro está, que también padecemos o hemos padecido esos problemas. Se diría que, en el fondo, a través de la simpatía que en el lector despiertan esas figuras, se extiende la solidaridad de toda una muchedumbre de personas en el mundo. Si no fuera por el temor al anacronismo, podría incluso sugerirse que esa muchedumbre de personas son lo que alguien llamaba, en el siglo XIX, los proletarios de todos los países. Esta solidaridad se basa, pues, en una experiencia común, la que han tenido alguna vez todos los trabajadores asalariados, incluyendo probablemente al criado de Eutifrón, la experiencia de lo que el trabajo nos hace. Lo que el trabajo nos hace es arrancarnos brutalmente de nuestra comunidad natal, de nuestros lazos afectivos, de nuestras lealtades familiares, de nuestros vínculos de amistad e incluso de nuestras convicciones personales y arrojarnos a la intemperie, retirándonos todo aquello que sentíamos como protector. Es como pasar repentinamente a una situación de orfandad. […]
 En el trabajo tiene uno -uno que haya tenido la suerte de vivir preservado de esta sensación hasta su primer empleo-, por primera vez, la certeza de no ser nadie. Ésta es una experiencia de humillación tan completa que probablemente es extraña a aquellas formas de organización social no basadas en el empleo asalariado. Y uno intenta, por supuesto defenderse de esta humillación, pero, en la medida en que no puede eliminarse la necesidad de tener que trabajar, esta defensa es una defensa en la humillación, un consuelo o una estrategia para soportarla, no un combate contra ella que tenga una mínima expectativa de victoria.»
      
   [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2004. ISBN: 84-8109429-3.]

lunes, 24 de febrero de 2020

Cuentos del Don.- Mijail Shólojov (1905-1984)

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El presidente de la república

«Nuestra república no es tan enorme: tendrá unas cien casas y radica a unas cuarenta verstas de la stanitsa, según se va por la cañada Pantanosa.
 Se convirtió en república así: por la primavera regresé a casa del ejército del camarada Budionny y los ciudadanos me eligieron presidente del caserío en vista de que tenía dos órdenes de la Bandera Roja por mi valor intrépido contra Wrangel, las cuales me entregó personalmente el camarada Budionny y me estrechó la mano con mucha distinción.
 Entré en el cargo y vivimos en el caserío en estado de paz al igual que toda la nación; pero al poco apareció una banda que se malvezó a arrasar nuestro caserío. Llegan, cogen los caballos y, en cambio, dejan matalones o se llevan el último forraje.
 La gente de los alrededores del caserío es de mala entraña: siente preferencia por la banda y la reciben con honores. Cuando vi ese trato de los caseríos vecinos a la banda, convoqué en mi caserío y dije a la ciudadanía:
 -¿Quién me puso presidente?
 -Nosotros.
 -Pues yo, en nombre de todos los proletarios del caserío, les pido mantener su autonomía y cesar el movimiento a los caseríos vecinos, en vista de que son contras, y vergüenza nos debe dar andar pisando el mismo camino que ellos. Desde ahora nuestro caserío no se llamará caserío: se llamará república y yo, habiendo sido elegido por vosotros, me designo presidente de la república y anuncio alrededor el estado de sitio.
 Los inconscientes se callaron y los que estuvieron en el Ejército Rojo dijeron:
 -En buena hora... Sin votar...
 Aquí me puse a decir un discurso:
 -Vamos, camaradas, a echar una mano a nuestro poder soviético y entremos en combate contra la banda hasta la última gota de sangre, porque es una hidra muy descarada que socava la raíz del socialismo general...
 Los viejos, sentados detrás de las personas, se resistieron al principio, pero solté unos tacos para agitarlos y todos quedaron de acuerdo conmigo que el poder soviético es nuestra madre bienhechora y que todos debemos agarrarnos a sus faldas de manera categórica.
 La asamblea puso un papel al comité ejecutivo de la stanitsa para que nos diesen fusiles y balas y nos mandó a mí y a Nikon, al secletario, a la stanitsa.
 Muy de mañana aparejé mi yegua y salimos. A las diez verstas, bajando una cañada, veo que el viento levanta polvo en el camino y que detrás del polvo vienen cinco a caballo.
 Sentí pesadez dentro. Me di cuenta de que trotaban los malvados enemigos de esa banda.
 A mí y a mi secletario no se nos ocurrió ninguna iniciativa; no podía ocurrírsenos porque, alrededor, la estepa estaba completamente en pelotas, sin una mata, sin un barranco, así que paramos la yegua en medio del camino...
 No llevábamos armas, éramos inofensivos como el niño empañado y hubiera sido una tontería ponernos a escapar de los de a caballo.
 Mi secletario, del susto de estos enemigos malhechores, se puso muy malo. Veo que quiere saltar del carro y echar a correr. Ni él mismo sabe adónde. Voy y le digo:
 -Tú, Nikon, esconde el rabo y estate quieto. Yo soy el presidente de la república; tú, mi secletario, y a morir juntos.
 Pero él, como más inconsciente, saltó del carro y apretó a correr por la estepa a tal velocidad que parecía que no le alcanzaría un galgo. En la realidad, los de a caballo, cuando vieron el chaqueteo por la estepa de un ciudadano sospechoso, arrearon detrás y pronto le echaron mano al pie de un montículo.
 Yo me bajé noblemente del carro, me tragué todos los papeles y documentos desadecuados y esperé a ver qué pasaba. Veo que bien poco hablaron con él: en seguida se juntaron y se liaron a darle sablazos cruzados. Cayó al suelo, le cachearon los bolsillos, volvieron a los caballos y arrearon en mi dirección.
Resultado de imagen de cuentos del don club internacional del libro Veo que la cosa no es en broma y que haría bien en salir pitando, pero no tengo más remedio que esperar. Vienen.
 Delante, el jefe de ellos; Fomín se llama. Todo empelado con una barba pelirroja, la fisionogmía llena de polvo, con una pinta de miedo y ojos fisgones.
 -¿Tú eres Bogatiriov, el presidente?
 -El mismo.
 -¿No te mandé que dejases la presidencia?
 -Oí algo de eso.
 -¿Y por qué no la dejas?
 Me pone esas preguntas ruines, pero hace como que no está enfadado. A mí me entró la desesperación, porque sabía que de todos modos no escaparía con vida.
 -Pues porque estoy firme -le espeto- en la plataforma del poder soviético, observo punto por punto todos los programas y, de esta plataforma, categóricamente, no me echaréis...
 Me soltó unas palabras indecientes y me arreó a gusto un latigazo en la cabeza. Por toda la frente me salió un chinchón muy sensible, del calibre de un buen pepino, de los que las mujeres dejan para la sementera...
 Palpé el chinchón con los dedos y le dije:
 -Estáis cometiendo crímenes muy feos debido a vuestra inconsciencia, pero en la guerra civil yo mismo partí y aniquilé sin compasión a semejantes Wrangeles; del poder soviético tengo dos condecoraciones y para mí vosotros sois menos que nada y os veo de lado a lado.
 Aquí cogió tres veces carrera para pisarme con el caballo, pero me mantuve incólume en mis bases, igual que todo nuestro poder proletarista, y sólo me rajó la rodilla con el caballo y en los oídos me quedó un zumbido desagradable por eso de los encontronazos.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Club Internacional del Libro, 1984, en traducción de José Fernández Sánchez. ISBN: 84-206-9214-X.]

miércoles, 13 de marzo de 2019

La partida de los músicos.- Per Olov Enquist (1934)


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Primera parte
5.-El retrete de Alfons Lindberg

1
«El primer pequeño conflicto interno en la Asociación Obrera se produjo pronto. Tuvo que ver con Alfons Lindberg. Tenía entonces veinticinco años, la cuestión trataba de si por la construcción del nuevo retrete de la Oficina se le iba a considerar como un rompehuelgas.
 Alfons Lindberg era un trabajador bueno y fuerte, tibiamente fervoroso en su juventud, algo más caluroso bajo la dura presión de un penoso matrimonio y otras adversidades en su vida privada. En realidad, él no tenía un gran interés en eso de la política. Había ingresado en la Asociación Obrera porque el otoño anterior había oído lo de que la Asociación Obrera repartía Biblias a los de la confirmación (un rumor que sólo tenía una tercera parte de verdad), lo que le tranquilizaba, puesto que la Asociación Obrera obviamente parecía una sección de la Misión y por otra parte alguien le había dicho (no del todo erróneo) que la intención última de la Asociación era que sólo los miembros de la Asociación en el futuro se podrían considerar como obreros auténticos.
 Dejando a un lado eso del socialismo, a él le gustaba considerarse como un obrero auténtico.
 Justo cuando estalló el pequeño conflicto de febrero, que de pronto ya no era tan pequeño, había conseguido un trabajo especial. Construir un nuevo retrete para la dirección de la Compañía (era la pura verdad). Un pequeño edificio especial que iba a estar más cerca de la Oficina que el existente. El acta no ofrece dudas al respecto: "Otro miembro, concretamente Alfons Lindberg, quería saber cómo debía actuar en un trabajo que le acababan de pedir que hiciera justo después de la fiesta, concretamente echar los cimientos de piedra y construir un retrete para la Oficina".
 Era el párrafo número 10. Le iban a pagar tres coronas al día, lo que en cualquier caso era algo, y entonces estalló la huelga.
 Alfons Lindberg había nacido en Burebo, estaba viudo y tenía cuatro hijos. Había vivido en un matrimonio lleno de preocupaciones. Él era un hombre pacífico, de sonrisa melancólica, pero en el matrimonio le había tocado una esposa que con su mezcla de violencia, miramiento y brutalidad le había amargado la vida durante muchos años. Ella pertenecía a esa categoría de personas que cae con frecuencia en la melancolía y la expresaba en un lenguaje excepcionalmente drástico en este ambiente social.
 Ella no era grande, más bien al contrario, pero su vocabulario cuando estaba fuera de sí (y lo estaba con frecuencia) era aterrador. Alfons Lindberg andaba con frecuencia asustado y se pensaba que tenía unos nervios excepcionalmente bien templados, pero su pelo blanco desvelaba la verdad. Cuando Alfons Lindberg no se había portado bien o cuando ella se sentía abatida o melancólica por algo, solía gritarle en voz baja pero intensa: ¡Oye tú, si no te comportas bien te'n vo a rancar lo brazo y te'n vo a sacudir enta dixarte sin sintíu! No había el menor rastro de broma en esas palabras y Alfons Lindberg se asustaba de verdad. Sabía los tremendos recursos de violencia que ella podía movilizar. También los recursos de atención y miramientos. A veces violencia y mimos se fundían de manera extraña. Era famosa la ocasión en la que en un ataque de ira (se había sentido de repente melancólica y sabía que era culpa de Alfons) maltrató a Alfons pegándole con un par de calzoncillos sucios, calzoncillos marianos de lana, en la cara, mientras ella, objetiva y considerada, gritaba al mismo tiempo que le daba con los calzoncillos en la cara al desconcertado marido: ¡Zarra los güellos, no siga que te los desgracie con uno de los butons!
 Luego enfermó de cáncer; su melancolía se dirigía entonces más hacia dentro que hacia fuera y se volvió silenciosa y se solía sentar en el retrete a llorar amargamente y primero le extirparon un pecho y luego el otro y ella se marchitó y se calló y amarilleó, y Alfons Lindberg iba al hospital una vez por semana y le cogía la mano y un día ella ya no estaba. Al regresar a casa y decírselo a los hijos, se echó a llorar. Luego fue al reloj de pared como era costumbre, lo paró y lloró todo el tiempo. Quizá no le importaban mucho los golpes que le había dado. En todo caso, tenía cuatro hijos y los vecinos siempre se habían asombrado de que él hubiese podido acercarse cuatro veces a ella; pero ellos nunca comprendieron nada de ese matrimonio. 
 Tras la partida de su esposa a reunirse con Dios, él ingresó en la Asociación Obrera Independiente de Burea. Cada vez iba confiando más en Dios. Era pobre y miserable, sin embargo persistía firme en su espíritu si bien la carne flaqueaba. Mantenía la cabeza alta y también el ánimo. [...]
 Cuando Alfons Lindberg, pues, en una de las primeras reuniones sobre la huelga en la Asociación Obrera Independiente de Burea pidió la palabra hubo muchos que aguzaron el oído sorprendidos. Hasta entonces no había sido un hombre de muchas palabras y tampoco había mostrado demasiado interés. Levantó el puño. Tengo una cuestión de procedimiento, informó con una expresión que seguramente había tomado de reuniones anteriores.
 Le dieron la palabra. Sencillamente la cuestión era si él, aunque había huelga, podía construir el nuevo retrete al lado de la Oficina, o no.  
 ¿Les pareció a los demás que esto era un poco embarazoso o cómico?
 Algunos estaban claramente algo incómodos ante este incomprensible Alfons Lindberg; era como si su intervención hubiese convertido en fútil este importante conflicto, como si lo hubiera convertido en algo cómico, un sainete campesino en lugar de lucha de clases (aunque todos conocían el primer término mucho mejor que el segundo) y como si su intervención hubiese llegado como algo en el fondo indigno, como un pedo en un funeral.
 Mala comparación. El conflicto no era un funeral. Y el problema de Alfons Lindberg tampoco era un pedo.
 En cualquier caso: inmediatamente estalló la disputa.
 Fue la primera disputa en la historia de la asociación y la primera en que se utilizaron palabrotas. Las anotaciones bastante secas del acta hablan de "palabras duras" y "discusión violenta" y la línea final "después de calmarse decidieron que " da un pálido reflejo del debate que se inició con la categórica declaración de Ebon Eriksson de que la huelga era total, absolutamente total, sin excepción alguna. Absolutamente ninguna excepción. Ni para Alfons Lindberg ni tampoco para el retrete de la Compañía. Los señores de la Compañía podían aguantarse. Lo que tenían que hacer era apretar bien el culo y aguantarse. Eso es lo que tenían que hacer también los huelguistas.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Nórdica Libros, 2016, en traducción de Marina Torres y Francisco J. Uriz. ISBN: 978-84-16440-91-7.]