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domingo, 28 de enero de 2024

Las tres de la mañana.- Gianrico Carofiglio (1961)


Gianrico Carofiglio - Wikipedia
19


  «Un día oí hablar a mis padres de un colega suyo profesor universitario –uno importante, un rector o un catedrático– que había dejado a su mujer por una estudiante.
 ¿Conocéis una de esas situaciones en las que los adultos hablan convencidos de que los niños no los oyen, y que si lo hacen, no entienden de lo que se habla? A todos nos ha pasado de pequeños escuchar al menos una conversación de ese tipo, así que tendríamos que saber cómo funciona. En cambio, cuando nos hacemos adultos se nos olvida y pensamos que los niños son sordos o tontos, y les dejamos oír y entender –o malentender– cosas que no habríamos querido que oyeran o entendieran. Y menos aún que malentendieran.
 El caso es que esa conversación me impresionó mucho: un hombre de cincuenta años, mucho mayor que mi padre en aquel momento, se había liado con una de veinticinco.
 Conocía a aquel profesor: más de una vez había venido a cenar a casa con su mujer. Era un tipo bajito y regordete, todo altanero, con una barbita canosa y unas gafas de montura fina que no sé por qué razón me despertaban una inmensa antipatía. Si hubiera tenido que encuadrarlo en una de las etapas de la vida habría dicho, desde mi punto de vista de niño de primaria, que era casi un anciano: alguien más próximo a la categoría de abuelo que a la de padre.
 El problema principal, me pareció entender de lo que decían mis padres mientras yo fingía leer un tebeo de SpiderMan, era que separarse o divorciarse son hechos que ocurren, pero que un profesor universitario se liara con una de sus alumnas no estaba bien. No era la primera vez ni sería la última, añadió mi madre con tono concluyente. Esa fue la idea que me quedó grabada, una especie de revelación sobre cómo funciona el mundo: los hombres de cierta edad –digamos casi abuelos–, y concretamente los profesores universitarios, dejan a sus mujeres para estar con una de sus estudiantes; algo bastante reprobable, pero que por desgracia ocurre con cierta frecuencia.
 Dos años más tarde, o poco más, mi padre se fue de casa.
 Todo discurrió de un modo muy civilizado: me convocaron en el comedor y me dijeron que a veces sucede que las parejas, aunque se sigan queriendo, necesitan tomarse una pausa para estar solos y reflexionar.
 –¿Queréis decir que os estáis divorciando? –inquirí yo tratando de dominar el pánico, en un recodo del río de palabras con el que habían saturado el silencio de aquella tarde de octubre. La palabra «divorcio» siempre me había resultado un poco arcana e inquietante. Exótica. Algo que afecta a otra gente, en otros lugares.
 Negaron con la cabeza casi al unísono embarcándose en una sutil –y para mí entonces incomprensible– disquisición sobre la diferencia entre divorcio y separación. Ellos no se estaban divorciando, solo se estaban tomando un tiempo; vale, digamos que era una separación temporal para superar algunas dificultades. Pero tranquilo, porque para mí no iba a cambiar nada. Papá se iría una temporada a otra casa, yo me quedaba allí con mamá aunque podía ir a verlo y estar con él cada vez que quisiera. Era libre de estar con uno u otro según me apeteciera y eligiendo sobre la marcha. Tendría total libertad.
 Las diferencias sustanciales y jurídicas entre divorcio, separación y pausa de reflexión no me quedaron claras del todo.
 Sin embargo, lo que sí me quedó claro fue que mis padres estaban diciendo un montón de mentiras, que no todo iba a ser como antes. En resumen, mi padre se iba de casa exactamente igual que su colega de la barbita canosa y las gafas de montura odiosa.
 El caso es que dejaba a mi madre –y a mí– por una estudiante veinteañera. Lo tuve claro desde el preciso momento en que terminó el discurso en el comedor, aunque no había ningún elemento concreto para pensarlo. Es más, el hecho de que no hubieran mencionado ningún motivo para tomarse esa pausa de reflexión fue lo que me convenció de que en realidad había motivo, solo que no quisieron revelármelo. Y no lo hicieron porque era algo impropio, por no decir vergonzoso.
 Fue así como empecé a nutrir una sorda hostilidad hacia mi padre. Y en cierto modo también hacia mi madre, por una razón diferente y complementaria.
 Él había hecho algo incorrecto e inmoral; ella algo inoportuno e irritante: se había comportado con demasiada educación y condescendencia. Él se marchaba, un gesto que ella misma, poco tiempo atrás, habría calificado de inadmisible, ¿y ahora se mostraba serena y acomodaticia? Tenía que estar enfadada, tenía que castigarlo, que hacerle ver lo injusta que había sido su conducta.
 Ni siquiera por un segundo, en las semanas, meses y años sucesivos, me asaltó la duda de que mi interpretación hubiera sido fruto de la fantasía de un niño enfadado y descontento por la ruptura de su familia.
 Fue del todo irrelevante que en el pequeño apartamento de mi padre nunca hallase ningún indicio no digo ya de la presencia sino del mero paso por allí de otra mujer. Dicha ausencia –creía yo con fanática convicción– era un claro síntoma de las cautelas que adoptaba para que no lo descubriera.
 Con la adolescencia, y con todo lo que me ocurrió, dejé de pensar en la fantasmal y joven novia de mi padre, aunque la hostilidad hacia él no desapareció. Se transformó en un rencor inconsciente y de baja intensidad, un ruido de fondo de la conciencia, algo que percibes sólo si cesa de golpe, dando lugar al silencio o a un sonido diferente.
Las tres de la mañana - Carofiglio, Gianrico - 978-84-339-8064-9 ... La frase de mi padre –«No he vuelto a enamorarme de otra mujer»– pronunciada aquella noche, en aquel bar, en un lugar impreciso de una ciudad desconocida, no cuadraba con mi tesis sobre su separación.

20

 Salimos del bar sobre las cuatro y media, después de probar los cruasanes calientes y llenos de mantequilla que acababan de llegar de una panadería de por allí.
 El señor Iaccarino nos explicó dónde estábamos y por dónde debíamos ir para volver al hotel. Si en algún momento se preguntó cómo y por qué habíamos acabado pasando por su local, se lo guardó para sí. Nos indicó el camino –si me hubiera fiado de mi intuición habríamos ido en dirección opuesta– especificando que a pie íbamos a tardar al menos tres cuartos de hora. Si queríamos, añadió, podía intentar llamarnos un taxi, aunque no estaba seguro de que quisiera venir a esa zona.
 Le dimos las gracias y le dijimos que preferíamos dar un paseo; nos despedimos de él y nos pusimos en marcha.
 Fuera el aire era fresco, casi cortante. A veces, cuando pasábamos delante de viejos portales entreabiertos, nos golpeaba un tufo de orina y humedad.
 –Veo que no pisas las alcantarillas –dijo mi padre sonriendo en la penumbra.
 –¿Qué?
 –Que evitas las alcantarillas. Yo también lo hacía de joven, yendo de casa a la facultad cuando tenía exámenes.
 Tenía razón. Era una costumbre que había adquirido –no sé por qué– desde hacía algunos años y que ahora seguía practicando sin darme cuenta. Lo consideraba una rareza personal y secreta, una de las muchas cosas por las que me creía distinto a los demás.
 –¿Por qué? –le pregunté.
 –Pues por lo mismo que tú. Casi todos tenemos una pequeña superstición personal. Hay quienes evitan las alcantarillas como nosotros y quienes las pisan deliberadamente respetando los bordes. Luego están los que evitan los bordillos de las aceras, o los que cuando cruzan un paso de peatones evitan pisar las rayas blancas, y cosas por el estilo.
 –Y tú cuando tenías un examen...
 –Evitaba las alcantarillas. A veces me decía que era un comportamiento absurdo, una superstición aún peor que la del gato negro o la sal esparcida por la mesa. Me decía que era algo inaceptable para una mente racional y matemática como la mía. Y sin embargo durante cuatro años nunca pisé una alcantarilla en el camino de casa a la universidad en los días de examen. Me preocupaba que pudiera ocurrir algo desagradable y no quería correr el riesgo. Los antropólogos llaman a eso «pensamiento mágico».
 –¿Pensamiento mágico?
 –Sí, es un mecanismo mental por el que vemos significados donde no los hay e imaginamos correspondencias inexistentes entre causas y efectos llegando a creer que podemos modificar la realidad con nuestros pensamientos a través de acciones simbólicas o de rituales. El pensamiento mágico es la base de la creencia en el mal de ojo o en los amuletos. No sé si me he explicado bien.
 –Sí, sí. No paso por debajo de una escalera porque creo que podría causarme una desgracia, aunque entre el pasar por debajo de una escalera y la posible desgracia no haya ninguna relación de causa efecto salvo en mi imaginación.
 –Exactamente. La superstición nos afecta a todos. Hay una anécdota estupenda sobre Niels Bohr, uno de los mejores científicos de todos los tiempos. Al parecer había colgado una herradura en la puerta de su casa de campo. Un día uno de sus estudiantes fue a verlo y al ver la herradura se quedó atónito. «Profesor, ¿realmente cree usted que una herradura colgada en la puerta da buena suerte?» «No», respondió Bohr, «claro que no lo creo. Pero parece que funciona igualmente.»
 Parecía contento de poderme contar anécdotas y explicarme cosas. Sobre todo parecía contento del hecho de que yo se lo permitiera. Algo que no sucedía desde que era niño.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2020, en traducción de Carmen García-Beamud, pp. 91-94. ISBN: 978-84-339-8064-9.]

domingo, 21 de agosto de 2022

Gramática de la fantasía.- Gianni Rodari (1920-1980)


Gianni Rodari | Planeta de Libros
5

“Luces” y “zapatos”

 «La historia que sigue fue inventada por un niño de cinco años, con la intervención de tres compañeros suyos, en la escuela primaria Diana, de Reggio Emilia. El “binomio fantástico” de que toma el origen —“luces” y “zapatos”— había sido sugerido por la maestra (al día siguiente de que yo hubiera hablado a los niños sobre esta técnica). Pero, pasemos a la historia:
     Érase una vez un niño que se ponía siempre los zapatos de su papá. Una noche el papá se cansó de que el niño se pusiera siempre sus zapatos, así que lo puso conectado a la luz, y después a medianoche se cayó. Entonces el papá exclamó: —¿Qué pasa, hay ladrones?
     Fue a ver y se encontró el niño en el suelo. El niño estaba todo encendido. Entonces el papá intentó darle la vuelta a la cabeza pero no se apagaba, probó tirándole de las orejas pero no se apagaba, probó apretándole el ombligo pero no se apagaba, probó quitándole los zapatos y lo consiguió, el niño se apagó.
    El gran descubrimiento final —que no era obra del narrador principal, sino que había sido sugerido por uno de sus tres pequeños ayudantes— gustó tanto a los cuatro autores que sintieron la necesidad de aplaudirse ellos mismos: Era una imagen que cerraba lógica y perfectamente el círculo, y daba a la historia un sentido de obra definitiva y completa; pero tal vez era mucho más.
   Creo que el propio doctor Freud sentiría, incluso como un fantasma, una intensa emoción al escuchar una historia como ésta, tan fácilmente interpretable en términos de “complejo de Edipo”: desde el principio… vemos ese niño que se pone los zapatos del padre… que quiere “hacer de padre”, para tomar su lugar junto a la madre. Lucha impareja, sembrada de imágenes de muerte. “Conectar” quiere también decir “empalar”… Y, el niño, ¿estaba caído en el suelo o bajo tierra? No deberíamos tener ninguna duda si leemos adecuadamente aquel “se apagó” que da al drama su conclusión trágica. “Apagarse” quiere decir “morirse”, son sinónimos: “Se ha apagado en el beso del Señor” dicen algunas necrológicas. Vence el más fuerte y maduro. Vence a la medianoche, la hora de los espíritus… y, antes de la muerte, viene la tortura: todo aquel “darle la vuelta a la cabeza”, “tirarle de las orejas”, “apretarle el ombligo”…
 No insistiré en este ejercicio no autorizado de psicoanálisis. Que hablen los técnicos: “videant consules”…
  Si lo profundo, lo escondido, se ha adueñado del “binomio fantástico” para escenificar sus dramas, el punto exacto de este enseñoreamiento me parece que lo constituye la evocación de la palabra “zapatos” en la experiencia infantil. Todos los niños juegan a ponerse los zapatos del padre y de la madre. Para ser “ellos”. Para ser más altos. Pero también, simplemente, para ser “otra persona”. El juego de disfrazarse, aparte de la importancia de sus simbolismos, resulta siempre divertido por los efectos grotescos que conlleva. Es teatro: ponerse en el lugar de otro, interpretar un papel, inventarse una vida, descubrir nuevos gestos. Es una lástima que, generalmente, se permita a los niños disfrazarse sólo en carnaval; y aun entonces han de usar una chaqueta del padre o una falda vieja de la abuela. En todas las casas debería haber un arcón lleno de ropas en desuso a disposición de los niños para que se disfracen. En las escuelas primarias de Reggio Emilia hay, no sólo un arcón, sino un completo guardarropía, para este fin. En Roma, en el mercado de Via Sannio, se venden toda clase de vestidos, trajes de noche, restos de serie, ropas pasadas de moda: allí íbamos, cuando nuestra hija era pequeña, a reponer las existencias de nuestro arcón. A sus amigas les gustaba venir a nuestra casa sólo por el bendito arcón.
  ¿Por qué el niño se quedó “encendido”? La razón más obvia está en la analogía: “conectado” a la lámpara, el niño se comporta como una bombilla. Pero esta explicación nos bastaría si el niño se hubiese “encendido” en el mismo momento en que era “conectado” por el padre. La narración no registra el hecho en aquel preciso momento. Nosotros vemos el niño “encendido” sólo después que ha caído al suelo. Creo que la imaginación ha necesitado de un momento (unos pocos segundos) para establecer la analogía entre “conectado” y “encendido”, porque ésta no nos había sido revelada por medio de la “visión”, sino de la selección verbal. El narrador sí veía al niño “encendido”, y en cierta manera así nos lo describía, por medio de una “selección rimada”: “conectado”, “suspendido” (colgado), “encendido”. Finalmente, la analogía verbal y la rima no pronunciada nos ha dado la imagen visual del niño “encendido” que aparece en la segunda parte de la historia. Se ha tratado de un proceso de “condensación de imágenes” que el profesor Freud —siempre aquel bendito vienés— ya había descrito en su estudio de los procesos creativos del sueño. Desde este punto de vista, la historia del “niño encendido” se nos aparece como un “sueño con los ojos abiertos”. Tiene todos los elementos: la atmósfera, la tendencia a lo absurdo, la condensación de temas.
Gramática de la fantasía: Introducción al arte de inventar ... De esa atmósfera se sale mediante las tentativas del padre de “apagar” el “niño-bombilla”. Las variaciones sobre el tema son impuestas por la analogía, pero se mueven en diversos planos: intervienen, de hecho, la experiencia de los gestos necesarios para apagar una bombilla (desenroscarla, apretar un conmutador, tirar de una cadenita, etc.), la experiencia del propio cuerpo (y por este camino se pasa de la cabeza a las orejas, de las orejas al ombligo, etc.). El juego a partir de aquí es colectivo. El narrador principal ha sido un detonante que ha provocado una explosión en cadena, en lo que los cibernéticos llamarían un efecto de “amplificación”.
 Mientras buscaban las posibles variaciones, los niños que asistían a la narración de la historia, observaban sus cuerpos y los de sus vecinos, para encontrar la “clavija” que permitiera “apagarlos”, para encontrar el inicio de una nueva historia, la sugerencia de nuevos significados, en un proceso similar al de la musa que dicta a un poeta mientras trabaja. Sus gestos eran, por así decirlo, metafóricos. Lo que hacían no tenía nada que ver con lo que decían estar haciendo. Eran “metáforas imposibles”, como es justo que lo sean las comparaciones infantiles.
  La variación final —“le quita los zapatos, y se apaga”— representa un rompimiento más decisivo con el sueño. Era una conclusión, un final lógico. Eran los zapatos del padre los que mantenían “encendido” al niño, porque todo había empezado por esto: por los zapatos. Basta quitárselos y la luz desaparecerá. La historia podrá acabar. Fue el embrión de un pensamiento lógico lo que maniobró el instrumento mágico —“los zapatos del papá”— en un movimiento inverso al inicial.
  En el momento en que hicieron el descubrimiento mágico, los niños introdujeron en el libre juego de la imaginación el elemento matemático de la “reversibilidad”, como metáfora, pero no todavía como concepto. Al concepto llegarían más tarde: cuando la imaginación ya había creado las bases para la estructuración del concepto.
  Una última observación (en este caso, se entiende) se refiere a la introducción en la historia de los “valores”. Leída desde este punto de vista, es la historia de una desobediencia que es castigada, en el marco de un modelo cultural excesivamente tradicional: Al padre se le debe obediencia y tiene el derecho de castigar. La censura ha intervenido para mantener la historia en los confines de la moral familiar.
  Con su intervención se puede decir verdaderamente que en la historia “han participado el cielo y la tierra”: el inconsciente con todos sus conflictos, la experiencia, la memoria, la ideología, la palabra con todas sus funciones. Una lectura puramente psicológica, o psicoanalítica, no habría bastado para exponernos todos los posibles resultados, como he intentado hacer brevemente.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Del Bronce, 2002, en traducción de Mario Jorge Merlino Tornini. ISBN: 978-84-8453-164-7.]

miércoles, 17 de noviembre de 2021

El amor en serio.- Richard Carlile (1790-1843)


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Cartas

De Carlile a Wilberforce (The Republican, X, pp. 385-9)

   «Pecador,
Abordaré a continuación el tema que introduje en mi carta del día 10 del mes corriente. No tengo constancia de que la Asociación para la erradicación del vicio haya llevado sus persecuciones más allá de tres aspectos: primero, en referencia a los libros y estampas considerados “obscenos”; segundo, contra la venta de mercaderías el séptimo día de la semana; y tercero, para combatir publicaciones en las que se cuestionan los buenos fundamentos de la religión cristiana o de la religión en general.
 El primer punto, a saber, los procesos contra los libros y estampas llamados obscenos, para empezar admite preguntarse por qué se han iniciado dichas causas. ¿Qué son exactamente los libros y estampas obscenos? Debemos conocer cuál es el significado preciso de la palabra “obsceno” para poder justificar la condena de libros y estampas a los que se les atribuye tal rubro. Al buscar el vocablo “obsceno” en un diccionario Johnson de bolsillo, descubro que su definición se expresa en términos igualmente vagos, como impúdico, desagradable, ofensivo, lascivo o incasto. Ninguno de ellos pone absolutamente nada en claro, y tampoco contribuyen a una definición inteligible y adecuada que satisfaga cabalmente todos los gustos y temperamentos. La palabra “obsceno”, por consiguiente, se halla desprovista de una definición correcta y, como tal, no puede constituir con probidad objeto de acusación, de competencia legal y de penas judiciales. Debemos, por tanto, remitirnos a la esencia de la palabra, al acto que ella expresa. A este respecto, lo único que conozco de su aplicación es que refiere a lo que podemos llamar aquí el “misterio del trato carnal”.
 Y esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿qué encierra el trato sexual para que, en cualquiera de sus formas o sea cual fuera su índole o su representación, pueda aparecer bajo la categoría de obsceno o resultar desagradable? No creo que sea necesario aclarar lo que entraña la expresión “trato carnal”: doy por supuesto que escribo para personas adultas de ambos sexos, que entienden a la perfección su significado. Mas sí diré que, en su calidad de mero acto que se lleva a cabo por consentimiento mutuo, bajo ningún concepto puedo considerarlo desagradable u obsceno. Existen muchos ejemplos en los que el trato sexual puede resultar indecoroso desde el punto de vista social, dadas sus relaciones con otras circunstancias, tales como el incumplimiento de la fidelidad, el apremio para obtener los favores de la otra persona, o el aprovechamiento injusto de accidentes como la edad, la ignorancia, la pobreza, la situación, u otro cualquiera; circunstancias todas que equivalen al engaño. Puede que en dichas situaciones exista una gran vileza, pero no puedo asociar la palabra “vil” con la palabra “obsceno”. Es posible que me provoque disgusto la vileza en la que algunos incurren; sin embargo, no puedo vincular ese rechazo al acto sexual, sino al carácter de los métodos utilizados para llegar a él.
 El trato carnal, en tanto que su práctica concierna a personas mayores de edad, no contiene en sí mismo nada que pueda relacionarse con la obscenidad. Constituye una actividad natural, saludable y limpia; como tal, todas las representaciones que de ella se realicen, sea por mediación de la palabra o de cualquier otra expresión, gozan de la misma naturaleza. No pienso consentir que se diga, como si fuera un dogma, que resulta lícito cuando lo aprueba un sacerdote y abyecto si éste lo rechaza; pues el trato carnal merece siempre la misma consideración, con la salvedad de las circunstancias antes mencionadas. Aquella mujer que acepta vivir con un hombre durante un mes, un año o para toda la vida sin desembolsar la suma que cuesta un enlace sacerdotal, es tan virtuosa como si se hubiera casado con arreglo a los preceptos de la Iglesia, siempre que mantenga su promesa de fidelidad. Si llegado el caso se separa de ese hombre de mutuo acuerdo y más tarde accede a vivir con otro, respetando aún la fidelidad y sin incurrir en la falsedad, continúa siendo tan virtuosa como pueda serlo cualquier mujer casada. Y si procediese del mismo modo con un centenar de hombres distintos, su virtud se mantendría igual de firme. La religión, el provecho eclesiástico y la ignorancia, son los únicos responsables de que circule el infundio contrario. La licencia que otorga el párroco es más una licencia para el engaño, el adulterio y la desgracia que para preservar la virtud femenina.
 Puesto que, como queda dicho, la palabra “obsceno” no puede aplicarse con propiedad al trato carnal en sí mismo, sostengo que constituye un atropello la utilización de la que se ha servido su Asociación para la erradicación del vicio para abrir procesos contra individuos que han vendido libros y estampas en los que se describe dichos actos; que tales obras no eran viciosas, ni fueron publicadas con malicia; que no debiera haberse instigado su erradicación; que si se hubiese tolerado su publicación, si todas las personas estuviesen familiarizadas con ellas, no provocarían mayor arrebato que el que produce contemplar el retrato o el rostro de una mujer bella. A buen seguro habrá quienes consideren mis argumentos y mis conclusiones del todo repugnantes. Bien, que así sea: su aversión no prueba más que las consecuencias de una educación indebida. Yo, por mi parte, siento un enorme rechazo por la prostitución, un fenómeno que existe en todos los países cristianos; que, de hecho, ha devenido incluso un distintivo de los países donde el Cristianismo ha impuesto sus restricciones indecentes, enfermizas y realmente obscenas sobre el muy conveniente y virtuoso trato carnal. Me desagradan profundamente las Memorias de Harriette Wilson, que sólo podrían tener cabida en un país cristiano, y todo apunta a que su muy religioso amigo Erradicador del Vicio, 3.3. Stockdale, librero él –entre otras cosas, editor de Harriette Wilson-, así como su Asociación para la erradicación del vicio, caso que de veras exista, no se sienten en absoluto ofendidos por esa obra. También me atrevería a decir que Harriette y sus aristocráticos amantes rechazan de plano mi falta de principios religiosos, puesto que las rameras y sus amantes rezan sus oraciones y siguen los dictados de su religión con tanta, o tan poca, ceremonia como el resto de cristianos. He tenido noticia de que quienes practican crímenes contra natura sienten aversión por las mujeres. A las viejas solteronas les desagradan las mujeres casadas. Las mujeres maduras rechazan a las muchachas jóvenes, los hombres caducos a los mozalbetes. De modo que la vida humana, bajo esta luz, o a la luz de una pésima educación, no viene a ser más que una tanda de repulsiones sucesivas. Mi propósito consiste en confinar el rechazo a lo que hubiera de resultar repulsivo a todos por igual, al verdadero vicio, y no permitir que alcance asuntos que cualquier ser humano debiera poder gozar a su antojo sin temor, evitando así que el propio ser, la familia, la vecindad o la comunidad sufran menoscabo por esta causa.
Resultado de imagen de richard carlile el amor en serio Deseo poner en claro que no trato de defender o alentar la publicación de los llamados libros o estampas “subidos de tono”. No pretendo tal cosa; sin embargo, me veo en la obligación de aludir a ellos de manera explícita, con el fin de mejor exponer y condenar el papel de usted en calidad de exterminador del vicio. De no existir la Asociación para la erradicación del vicio, es más que probable que nunca hubiera yo abordado este asunto, pues me desagrada a tal punto que me sobrepongo a mis escrúpulos por la utilidad que pueda reportar al público presente y futuro. Dedicaré el siguiente número del Republican a la cuestión “¿Qué es el amor?”, y después abandonaré el asunto, quizás para siempre. Aunque le doy mi palabra de honor de que, caso que siga existiendo una Asociación para la erradicación del vicio cuya misión sea iniciar procesos contra libreros u otras personas con motivo de la publicación de los mencionados libros y estampas, haré cuanto esté en mi mano para oponer la misma resistencia a tales persecuciones, como me he alzado contra los procesos a obras antirreligiosas. De este modo concluye, o concluirá, su carrera de Exterminador del Vicio.
 Por cierto que la Biblia, su libro predilecto, puede ofrecer algunos magníficos contenidos a la prensa que usted tilda de “obscena”. Para empezar, podríamos exhibir a Adán y Eva, tal como obscenamente los acabó su ídolo Jehová, antes de que creara los pámpanos o los pañetes para cubrirles. A continuación, el momento en que dice que “Adán conoció a su mujer”. Luego el muy obsceno episodio entre los hijos de Dios y las bellas hijas de los hombres. A continuación, Noé ebrio y desnudo, rodeado por sus avergonzados hijos. Más tarde, esa obra magna para una imagen religiosa, la escena o escenas entre Lot y sus licenciosas hijas. Estos pasajes, y otros cien si hiciera falta, pronto harían que su Asociación aborreciera nuevos enjuiciamientos, del mismo modo que usted se ha hartado de instigar procesos contra libros que no expresan admiración por la religión de su Biblia y con los que, a buen seguro, su Asociación seguirá topando si persiste en buscar encuentros de este tipo en lo por venir.
 No he leído las memorias de Harriette Wilson más allá de los extractos que han aparecido en la prensa; sin embargo, he tenido suficiente noticia de dicha obra como para poder recomendarle su lectura y se pregunte qué bien ha hecho usted en calidad de Exterminador del Vicio. La publicación de ese libro concluye con el cometido de la Asociación para la erradicación del vicio. Se ha observado de manera general que su Asociación sólo ha ido en pos de gente pobre o, cuando menos, de personas que no nadan en la abundancia y que nunca alcanzó a distinguir o a suprimir el vicio donde más a sus anchas campaba: entre la aristocracia. Una aristocracia virtuosa constituye una anomalía cuya mera existencia es del todo imposible, puesto que nace de la opresión, del latrocinio de los bienes que el hombre trabajador obtiene con el sudor de su frente. Mas, ¿cuándo o dónde ha intervenido la Asociación para la erradicación del vicio para proteger al pobre obrero oprimido de su pudiente opresor? Su Asociación debería haber perseguido el vicio de la opresión, recaiga ésta en personas de raza blanca o en los esclavos negros. Por el contrario, sólo tenemos la certeza de que ha sido instituida por una aristocracia corrupta con el fin de poner obstáculos a la felicidad e impedir que la clase trabajadora tenga acceso a los medios para conquistar el conocimiento.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Trama Editorial, 2008, en traducción de Eugenia Vázquez Nacarino, pp. 64-71. ISBN: 978-84-89239-83-8.]

lunes, 1 de marzo de 2021

El adversario.- Emmanuel Carrère (1957)

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 «En su calidad de vicepresidenta de la asociación de padres de alumnos de Saint-Vicent, se ocupaba del catecismo, de organizar la fiesta de la escuela, de encontrar padres voluntarios para acompañar a los niños a la piscina o a esquiar. Luc formaba parte de la junta de gobierno. Para distraerle de sus ideas negras, propuso a Jean-Claude que se les sumara y él, animado por Florence, aceptó. No sólo era para él una distracción, sino una forma de inserción en la vida real: una vez al mes, acudía a una cita que no era ficticia, se reunía con gente, hablaba con ella y, al tiempo que fingía ser un hombre ocupado, de buena gana habría solicitado reuniones más frecuentes.
 Sucedió que el director de la escuela, un hombre casado y padre de cuatro hijos, se había enredado con una de las maestras, igualmente casada. El idilio se supo y causó desagrado. Algunos padres de alumnos empezaron a decir que no valía la pena confiar a sus hijos a una escuela católica para que en ella recibieran el ejemplo de una pareja de libertinos. La junta decidió intervenir. Se celebró una reunión en casa de Luc, al comienzo de las vacaciones de verano. La iniciativa consistía en pedir al director culpable que dimitiera y a la dirección diocesana que le sustituyese por otra docente, ésta por encima de toda sospecha. Para evitar el escándalo, había que arreglar el asunto antes del curso siguiente y así se hizo. Pero los testimonios de los asistentes discrepan respecto a lo que se dijo en esa reunión. Luc y los demás aseguran que la decisión se tomó por unanimidad, es decir, que Jean-Claude estaba de acuerdo con ellos. Él dijo que no, que no estaba de acuerdo, que hubo discusión, que se separaron enfadados. Insiste en el hecho de que semejante actitud era impropia de él: habría sido mucho más sencillo y más acorde con su estilo, plegarse a la opinión de sus amigos.
 Como no hay razón alguna para pensar que los demás hayan mentido, me figuro que Jean-Claude manifestó en efecto su desacuerdo, pero de un modo tan inseguro que no solamente ellos no se acordaban luego de su discrepancia, sino que, en aquel momento, ni siquiera la habían advertido. Estaban tan habituados a que él lo aprobase todo que literalmente no le oyeron y él tenía tan poca costumbre de hacerse oír que recuerda no el volumen real de su intervención –una propuesta farfullada, la sombra murmurada de una reserva-, sino el del rumor indignado que bullía dentro de él y al que intentó en vano dar una expresión. Se oyó decir, con toda la energía necesaria, lo que habría querido decir y no lo que oyeron los demás. También es posible que no hubiese dicho nada en absoluto, sino solamente pensado en decir, soñado que decía, lamentado no haber dicho y, para acabar, imaginado que había dicho. De regreso a su casa, se lo contó todo a su mujer, la conjura contra el director y la actitud caballeresca con que él le había defendido. Florence era virtuosa, pero no gazmoña, y no le gustaba que se inmiscuyeran en la vida privada de la gente. La conmovió que su marido, conciliador por naturaleza, fatigado por la enfermedad, ocupado en asuntos infinitamente más importantes, hubiese preferido sacrificar su bienestar que participar en una injusticia. Y cuando ella, al reanudarse las clases, descubrió que el golpe de Estado se había consumado, que el director había sido relegado al rango de simple maestro y sustituido por una colega cuya beatería adusta siempre la había exasperado, encabezó con su dinamismo habitual una cruzada en favor del perseguido, haciendo campaña ante las madres de alumnos y adhiriendo a su causa en poco tiempo a una parte de la asociación de padres. La iniciativa de la junta de gobierno fue puesta en entredicho. La APA y la junta de gobierno, entre las que hasta entonces había reinado un buen entendimiento, se convirtieron en bandos enemigos, respectivamente dirigidos por Florence Romand y Luc Ladmiral, a pesar de ser amigos de siempre. El trimestre estuvo envenenado.
 No contento con apoyar a su mujer, Jean-Claude aportaba su granito de arena. Se oía a este hombre apacible, a la salida de las clases, decir en voz alta y fuerte que él militaba en defensa de los derechos humanos en Marruecos y que no iba a tolerar verlos pisoteados en Ferney-Voltaire. Hastiados de que se les juzgara padres meapilas, los partidarios de la junta de gobierno y de la nueva directora alegaban que el problema no era tanto la inmoralidad del antiguo director como la blandura de su gestión: no estaba a la altura, eso era todo. A lo cual Jean-Claude respondía que no siempre se está a la altura, no siempre se hace lo que uno quiere y que más vale comprender y ayudar que juzgar y condenar. Contra los grandes principios, él defendía al hombre desnudo y falible, aquél de quien San Pablo dice que quisiera hacer el bien y no puede evitar hacer el mal. ¿Era consciente de que con su alegato se defendía a sí mismo? Lo era, en cualquier caso, de que arrostraba un gran riesgo.
 Por primera vez en su pequeña comunidad se interesaban por él. Corría el rumor de que él había sido el promotor de la idea y unos decían que era un chaquetero y otros que era muy amigo del director adúltero, y la impresión general era que había desempeñado un papel poco claro en el asunto. Luc, aunque dolido con él, se esforzaba en calmar los ánimos: Jean-Claude tenía serios problemas de salud y por eso había sacado los pies del plato. Pero los otros confabulados de la junta exigían un enfrentamiento cuya mera posibilidad constituía para él un peligro de muerte. Hacía dieciocho años que temía aquello. Un milagro se lo había evitado a cada instante y ahora iba a suceder, no por culpa de un azar contra el que no podía nada, sino por su culpa, porque por primera vez en su vida había dicho lo que pensaba. Una noticia difundida por un vecino puso la guinda a su angustia: Serge Bidon, otro miembro de la junta de gobierno, había hablado de romperle la cara.
 […]
Resultado de imagen de el adversario  El último domingo de Adviento, a la salida de misa, Luc dejó un momento a Cécile y a sus hijos para ir a hablar con Florence, que había ido con los suyos pero sin Jean-Claude. Habían intercambiado signos de paz antes de la comunión, leído el Evangelio en que Jesús dice que de nada sirve rezar si no se hacen las paces con el prójimo, así que él venía en son de paz, a poner fin antes de Navidad a aquella desavenencia ridícula entre ellos. “Muy bien, no estás de acuerdo con nosotros en despedir a ese granuja, tienes perfecto derecho, no es obligatorio estar de acuerdo en todo con los amigos, pero no vamos a estar de morros mil años por eso”. Florence sonrió y se besaron, felices de reconciliarse. Luc no pudo evitar decir que, no obstante, si Jean-Claude disentía, hubiera podido decirlo de inmediato y lo habrían discutido… Florence frunció el ceño: era lo que había hecho, ¿no? No, dijo Luc, no era lo que había hecho, y justamente era lo que le reprochaban. No el haber tomado partido por el director, para lo cual estaba en su derecho más estricto, sino el haber votado con los demás su destitución y luego, sin consultar a nadie, emprendido una campaña contra lo que él mismo había aprobado, y puesto en la picota a los miembros de la junta como si fueran una panda de listillos. A medida que hablaba, evocando por puro afán de exactitud histórica agravios que sinceramente había decidido olvidar, Luc vio que la cara de Florence se descomponía. “¿Puedes jurarme que Jean-Claude votó a favor de la dimisión?” Pues claro que podía jurárselo, y los demás también, pero eso no tenía la menor importancia, el hacha de guerra estaba enterrada, iban a celebrar la Navidad todos juntos. Cuanto más repetía que el incidente estaba zanjado, más se percataba de que para Florence no lo estaba, y que, al contrario, sus palabras, que él creía inofensivas, abrían un abismo ante ella. “Me ha dicho siempre que votó en contra…” Luc no se atrevía siquiera a decirle que no importaba. Presentía que sí importaba, que algo sumamente grave y que se le escapaba, estaba en juego en aquel instante. Tenía la impresión de que Florence iba a estallar, delante de él, a la puerta de la iglesia, sin que él pudiera hacer nada. Ella tocaba nerviosamente a sus hijos, sujetaba de la mano a Caroline, que se impacientaba, arreglaba la capucha de Antoine, había empezado a mover los dedos como avispas ebrias, y sus labios, de los que la sangre se había retirado, repetían en voz baja: “Entonces me ha mentido… me ha mentido…”
 Al día siguiente, a la salida de la escuela, cambió unas palabras con una señora cuyo marido trabajaba también en la OMS. La señora pensaba llevar a su hija a ver el árbol de Navidad del personal y quería saber si Antoine y Caroline también irían. Al oír estas palabras Florence se puso pálida y murmuró: “Esta vez sí tengo que enfadarme con mi marido”.
 Durante el proceso, cuando se intentó interpretar este testimonio, Jean-Claude dijo que Florence estaba al corriente, desde hacía años, de la existencia de un árbol navideño en la OMS. Habían hablado al respecto en varias ocasiones y él se negaba a llevar a los niños porque no le gustaba aprovecharse de aquella clase de privilegios y ella lamentaba que esos principios demasiado estrictos les privaran de un rato agradable. Podía ser que la pregunta de la señora hubiese despertado en Florence cierta irritación, pero no producido en ella el efecto de una revelación.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2000, en traducción de Jaime Zulaika, pp. 106-112. ISBN: 978-84-339-7715-1.]