martes, 25 de agosto de 2015

"La gallina ciega. Diario español".- Max Aub (1903-1972)


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11 de septiembre

 "No ha perdido su aire profesoral, a pesar de que hace siglos que no da clases. Aunque se me hace difícil creerlo: banquero. Tal vez, algún día, cuente cómo llegó a serlo.
 -A mi juicio, la afición española al anarquismo hay que buscarla en el catolicismo, mejor dicho en el cristianismo. El hacer de Cristo el "primer comunista" o el "primer anarquista" es un lugar común peninsular y universal. Pero perfectamente comprensible en un pueblo donde Jesucristo ha tenido la popularidad que le hizo mucho más conocido -en su figura y preceptos- que en otros pueblos europeos, como no sea en Rusia. Cuando, a mediados del siglo XVIII, la justicia se abre paso entre las vallas de la aristocracia y la burguesía, el proletariado de los países más industrializados se inclinará hacia el comunismo y la socialización de los medios de producción menos en España, donde las teorías de Bakunin y Kropotkin hallarán su único baluarte valedero, y no por el viaje de un buen enviado, dos años antes de que apareciera otro, marxista, sino porque el español siempre estará más de acuerdo con las teorías de unos aristócratas que con las de los burgueses; con las de un príncipe que con las de un abogado. Así somos sin que nos importe la realidad sino la justicia. Igual nos había sucedido a principios de siglo, llevados de la mano por las Cortes de Cádiz. La sencillez y la grandilocuencia hacen buena pareja en el suelo español. La justicia por la propia mano es uno de los leitmotiv del teatro nacional. Y no digamos el quijotismo. Desde el punto de vista social y práctico el remedio parece difícil. Lo fue en la primera república y en la segunda, lo fue en 1909, en 1917, en 1934. El español no suele rebelarse contra los tiranos sino contra los libertadores, contra los liberales. Le hizo la vida imposible a Pepe Botellas, a Azaña y a Madero (lo digo en tu honor de mexicano). Todo sea por el nacionalismo: capaces los republicanos de hoy de ayudar al régimen de Franco para recobrar Gibraltar; capaces de seguir a la Iglesia en 1808 y de conformarse -con y por la Iglesia- en 1823. Todo en honor de Jesucristo y de dar al César lo que es del obrero. Así no hay pueblo que valga más que en explosiones aparatosas y fugaces. A la fuerza han de imponerse largos períodos de apatía e indiferencia. La Iglesia y los representantes del orden (que no son los mismos aunque generalmente coinciden sus intereses) cuidan vigilantes. España no ha sido un pueblo tranquilo ni feliz, como el francés o el inglés, hace ya siglos, a pesar de las guerras. Ha conocido lapsos de tiempos oscuros y tajos terribles que no parece que le importaran demasiado; la pérdida de sus últimas colonias, que es lo que podemos conocer de más de cerca; la guerra, pero los grandes alborotos internos fueron por la proclamación de la República y la celebración de la victoria de Franco, lo que no se compagina más que con la inconstancia. Que lo celebraran gente de muy diversa condición es lo más probable: la hay para todo, aquí y en todas partes (eso lo aduje yo): los franceses han adorado sucesivamente a Pétain y a De Gaulle. Los ingleses lo mismo han renegado de Churchill que de Wilson. Los alemanes han seguido como borregos a Guillermo II, a Hitler y a Adenauer; los rusos a Nicolás II, a Lenin y Stalin. Sólo cuando se trata del ocio son capaces de entrematarse tomando partido. -Volvió a perorar-: En política, el mandamás tiene todas las de ganar, por eso han sido tan pocas las revoluciones triunfantes a menos que sean golpes de Estado a punta de pistola. Primo de Rivera se impuso sin dificultad. La guerra de 1936 fue otra cosa porque Giral fue un hombre honrado, un masón convertido y un republicano a marchamartillo y a Azaña le tenía sin cuidado el poder, del que sólo le gustaba la apariencia. Las masas españolas no hicieron la guerra sino la revolución. Los republicanos, que no eran muchos, intentaron hacer la guerra; los comunistas, que eran pocos al principio de la contienda, nunca pudieron imponerse; Indalecio Prieto se vio perdido desde el primer día; Caballero jugó a ser Lenin y, naturalmente, fracasó; sólo Negrín intentó lo imposible, pero no le secundaron. Los anarquistas no tenían la menor experiencia y la mayoría de ellos se dedicaron a vivir sobre y de los restos de su madre. Que yo sepa en ningún sitio crearon nada valedero; a lo sumo se aprovecharon de lo realizado por otros, como en cualquier país subdesarrollado. Los comunistas, a mi juicio equivocadamente, creyeron poder ganar tiempo -no como lo pensaba Negrín- sino entendiéndose con Hitler. Así les fue. Si no es por Churchill y Roosevelt, quién sabe lo que hubiera pasado. Ahora, las cosas han cambiado mucho. Hay que esperar, yo no lo veré. Pero algún día alemanes y japoneses pueden tomar su revancha. Ni los rusos ni los chinos (de ésos, ¿quién sabe nada?) parecen llamados a hacer grandes cosas fuera de algunas hazañas espectaculares. Los norteamericanos tienen bastante quehacer con ellos mismos y los negocios de sus negreros. Los ingleses y los franceses han pasado a la historia, como los españoles, los romanos o los griegos. Los negros... El año tres o cuatro mil tal vez y, de aquí allá, estarán los planetas al alcance de la mano y el mundo ya no será el que es. ¿Para qué preocuparnos de lo y de los que ya no se preocuparán por nosotros? Jesucristo todavía estará seguramente en las enciclopedias -sean como sean éstas-, pero no estaremos ni tú ni yo. Posiblemente ya no se hable español. De nuestra época tal vez quede algún nombre: Einstein, quizá. Picasso, tal vez".    

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