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viernes, 20 de noviembre de 2020

La gallina ciega. Diario español.- Max Aub (1903-1972)

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19 de septiembre

  «Cena en la elegante casa de Cesáreo Rodríguez Aguilera, mi compañero de letras en Papeles de son Armadans, abogado de pro y, en mi caso, desafortunado cuando, hace algunos años, intentó que me otorgaran un visado. Persona de mucho mundo y sabiduría no sólo literaria sino gastronómica, lo que es muy de agradecer: no sólo yo me acordaré de la sopa de perdiz. Plato de gran cocina que no hay que confundir -¡cuidado!- con las perdices en escabeche, que también tienen lo suyo. Historia del mismo. No sólo da gusto comer sino hablar de esa faz de la cultura en trance de morir hasta en Francia. Claro está que, gracias a Dios, desaparecerá uno antes.
   
-¿Hasta qué punto la tontería -y su hija natural la ignorancia- es hija de la civilización mal llamada "de masas"?
 (La masa carece -hasta ahora- de civilización por el hecho de serlo: pero puede haber una civilización para la masa).
 -Pero la idea falsa -fascista- de que la masa necesita de una civilización rebajada a su altura ha podido influir no poco en la vulgarización de esa misma cultura (lo mismo en Estados Unidos que en la URSS). La radio, el cine, la televisión son elementos poderosos de "contentamiento" -si me admites este neologismo-; se contenta a las masas -a lo que se llama pueblo- mucho mejor que con "pan y circo" ya que no tiene que acudir a la plaza sino que llevan el espectáculo a domicilio. Tal como la imprenta (o la alfabetización) no sirvieron para formar un "hombre nuevo", tampoco los modernos modos de comunicación lo han conseguido. Ni una nueva política. La inteligencia humana no ha sufrido más aumento que el de los seres: millones que leen, pintan o escriben no han producido un nuevo Sófocles, un nuevo Shakespeare, un nuevo Cervantes.
 -Tampoco fue el fin del fascismo ni es el del comunismo.
 -Ni el del franquismo.
 -Júralo. La gente es más sensata.
 -Entonces, ¡vivan los insensatos!
 -Sí, ¡viva yo! Vamos a hablar en serio: creo que, en el siglo XX, con el desarrollo del irracionalismo en todas las ramas del saber (aunque dicho así parezca inverosímil), la razón se echó a dormir. La magia ha cobrado una fuerza que había perdido hace siglos. Aun las gentes más inteligentes esperan "signos". Te aseguro que los monstruos de Max Ernst, de Dalí y de tantos otros significan precisamente lo contrario de lo que muchos de nosotros tuvimos por cierto al hacernos hombres: la esperanza. Y no me refiero únicamente a la novela de Malraux, ni a vuestra película, sino a esa enorme ola que solevantó al mundo como consecuencia de la revolución rusa, y que hoy vemos morir a nuestros pies gracias a un signo que nos vino de los cielos: la bomba atómica. Alguno quiso ver en ella a una resurrección del viejo mito de Prometeo.
 -Supongo que te refieres a mí y a aquel cuento...
 -No fuiste el único. Pero, a mi juicio, era todo lo contrario. La palabra "amor" se ha vaciado de sentido, un poco gracias a esa civilización "de masas" que no representa sino la tontería, la vulgaridad, la ordinariez, la chabacanería, los lugares comunes, la grosería, lo ramplón.
 -Para ya.
Resultado de imagen de max aub la gallina ciega  -Lo inculto... A pesar de tu desprecio por Salvador Dalí ¿no crees que viene a representar precisamente esa civilización de los más -ten en cuenta que nadie vende más reproducciones como él: andan colgados por el mundo occidental más Santas Cenas suyas que de cualquier otro pintor- cuando dice: "Nunca tuve sentimientos"? Yo no digo que el sentimiento haya sido nunca una prenda política. Pero tal vez nunca -e incluye a Maquiavelo y a todos los maquiavelos y maquiavelitos habidos- una falta de sentimientos se pueda comparar a nuestros modernos aparatos de poder. ¿O no son paranoicos -a la manera de Dalí o de Ernst- los sabios atomistas de nuestra época? ¿No vivimos entre monstruos y lo monstruoso? Lo único que les interesa a mis hijos y tus nietos -estoy seguro- son los monstruos. Compara los monstruos de hoy, en calidad y en cantidad, juguetes o dibujos, con los del pasado. Son hijos de las armas atómicas, de los viajes por el espacio. Y aun esto último se podría tolerar, pero lo otro nos vuelve a las cavernas. Los Papas -y no sólo ellos- evocan a cada momento los monstruos del porvenir, víctimas de las radiaciones producto de una guerra atómica. Nuestra civilización de masas no sirve para la imaginación; menos para un visionario. Lamen la sacarina con que la azucaran artificialmente las cocacoleras industriales universales. Un secretario de Estado ha podido "divertirse", durante años, jugando a la guerra, como un niño cualquiera, "al borde de un abismo". Para los que saben oír -creo-, el porvenir sólo suena, por lo menos a mis oídos, como una angustia universal. ¿Y quieres que me preocupe de la situación de España? ¿Qué me importa el Opus? ¿Que haga cálculos acerca del asunto Matesa? No. Kafka y sus monstruos estatales, burocráticos, han invadido el mundo. Estamos inficionados, gangrenados por la injusticia, las guerras insensatas, continuas, sin solución. Goya escribió: "El sueño de la razón engendra monstruos". ¿Por qué el sueño? La razón, sin más.

 Fue político de la Lliga. Permaneció callado y fiel a la República, a la que rindió -fuera- algún señalado servicio. Regresó, hace muchos años para "atender a sus negocios". Es hombre de pocos amigos. Todavía se viste en Londres, a pesar de que fabrica textiles. Personalmente, siento que fuera sodomita. Hoy atiende con sumo cuidado a la educación de sus cuatro hijos, uno en Londres, otro en Nueva York, dos en Canadá.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Alba Editorial, 1995, en edición de Manuel Aznar Soler, pp. 276-278. ISBN: 84-88730-74-8.]

martes, 25 de agosto de 2015

"La gallina ciega. Diario español".- Max Aub (1903-1972)


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11 de septiembre

 "No ha perdido su aire profesoral, a pesar de que hace siglos que no da clases. Aunque se me hace difícil creerlo: banquero. Tal vez, algún día, cuente cómo llegó a serlo.
 -A mi juicio, la afición española al anarquismo hay que buscarla en el catolicismo, mejor dicho en el cristianismo. El hacer de Cristo el "primer comunista" o el "primer anarquista" es un lugar común peninsular y universal. Pero perfectamente comprensible en un pueblo donde Jesucristo ha tenido la popularidad que le hizo mucho más conocido -en su figura y preceptos- que en otros pueblos europeos, como no sea en Rusia. Cuando, a mediados del siglo XVIII, la justicia se abre paso entre las vallas de la aristocracia y la burguesía, el proletariado de los países más industrializados se inclinará hacia el comunismo y la socialización de los medios de producción menos en España, donde las teorías de Bakunin y Kropotkin hallarán su único baluarte valedero, y no por el viaje de un buen enviado, dos años antes de que apareciera otro, marxista, sino porque el español siempre estará más de acuerdo con las teorías de unos aristócratas que con las de los burgueses; con las de un príncipe que con las de un abogado. Así somos sin que nos importe la realidad sino la justicia. Igual nos había sucedido a principios de siglo, llevados de la mano por las Cortes de Cádiz. La sencillez y la grandilocuencia hacen buena pareja en el suelo español. La justicia por la propia mano es uno de los leitmotiv del teatro nacional. Y no digamos el quijotismo. Desde el punto de vista social y práctico el remedio parece difícil. Lo fue en la primera república y en la segunda, lo fue en 1909, en 1917, en 1934. El español no suele rebelarse contra los tiranos sino contra los libertadores, contra los liberales. Le hizo la vida imposible a Pepe Botellas, a Azaña y a Madero (lo digo en tu honor de mexicano). Todo sea por el nacionalismo: capaces los republicanos de hoy de ayudar al régimen de Franco para recobrar Gibraltar; capaces de seguir a la Iglesia en 1808 y de conformarse -con y por la Iglesia- en 1823. Todo en honor de Jesucristo y de dar al César lo que es del obrero. Así no hay pueblo que valga más que en explosiones aparatosas y fugaces. A la fuerza han de imponerse largos períodos de apatía e indiferencia. La Iglesia y los representantes del orden (que no son los mismos aunque generalmente coinciden sus intereses) cuidan vigilantes. España no ha sido un pueblo tranquilo ni feliz, como el francés o el inglés, hace ya siglos, a pesar de las guerras. Ha conocido lapsos de tiempos oscuros y tajos terribles que no parece que le importaran demasiado; la pérdida de sus últimas colonias, que es lo que podemos conocer de más de cerca; la guerra, pero los grandes alborotos internos fueron por la proclamación de la República y la celebración de la victoria de Franco, lo que no se compagina más que con la inconstancia. Que lo celebraran gente de muy diversa condición es lo más probable: la hay para todo, aquí y en todas partes (eso lo aduje yo): los franceses han adorado sucesivamente a Pétain y a De Gaulle. Los ingleses lo mismo han renegado de Churchill que de Wilson. Los alemanes han seguido como borregos a Guillermo II, a Hitler y a Adenauer; los rusos a Nicolás II, a Lenin y Stalin. Sólo cuando se trata del ocio son capaces de entrematarse tomando partido. -Volvió a perorar-: En política, el mandamás tiene todas las de ganar, por eso han sido tan pocas las revoluciones triunfantes a menos que sean golpes de Estado a punta de pistola. Primo de Rivera se impuso sin dificultad. La guerra de 1936 fue otra cosa porque Giral fue un hombre honrado, un masón convertido y un republicano a marchamartillo y a Azaña le tenía sin cuidado el poder, del que sólo le gustaba la apariencia. Las masas españolas no hicieron la guerra sino la revolución. Los republicanos, que no eran muchos, intentaron hacer la guerra; los comunistas, que eran pocos al principio de la contienda, nunca pudieron imponerse; Indalecio Prieto se vio perdido desde el primer día; Caballero jugó a ser Lenin y, naturalmente, fracasó; sólo Negrín intentó lo imposible, pero no le secundaron. Los anarquistas no tenían la menor experiencia y la mayoría de ellos se dedicaron a vivir sobre y de los restos de su madre. Que yo sepa en ningún sitio crearon nada valedero; a lo sumo se aprovecharon de lo realizado por otros, como en cualquier país subdesarrollado. Los comunistas, a mi juicio equivocadamente, creyeron poder ganar tiempo -no como lo pensaba Negrín- sino entendiéndose con Hitler. Así les fue. Si no es por Churchill y Roosevelt, quién sabe lo que hubiera pasado. Ahora, las cosas han cambiado mucho. Hay que esperar, yo no lo veré. Pero algún día alemanes y japoneses pueden tomar su revancha. Ni los rusos ni los chinos (de ésos, ¿quién sabe nada?) parecen llamados a hacer grandes cosas fuera de algunas hazañas espectaculares. Los norteamericanos tienen bastante quehacer con ellos mismos y los negocios de sus negreros. Los ingleses y los franceses han pasado a la historia, como los españoles, los romanos o los griegos. Los negros... El año tres o cuatro mil tal vez y, de aquí allá, estarán los planetas al alcance de la mano y el mundo ya no será el que es. ¿Para qué preocuparnos de lo y de los que ya no se preocuparán por nosotros? Jesucristo todavía estará seguramente en las enciclopedias -sean como sean éstas-, pero no estaremos ni tú ni yo. Posiblemente ya no se hable español. De nuestra época tal vez quede algún nombre: Einstein, quizá. Picasso, tal vez".