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lunes, 27 de septiembre de 2021

El día antes de la revolución.- Úrsula K. Le Guin (1929-2018)


Resultado de imagen de ursula le guin  «Mi novela Los desposeídos trata de un pequeño mundo poblado por personas que se llaman a sí mismas odonianos. El nombre proviene de la fundadora de su sociedad, Odo, que vivió varias generaciones antes del momento en el que se desarrolla la novela y que, por tanto, no forma parte de la acción –excepto de forma implícita, puesto que todo comenzó con ella-.
 El odonianismo es el anarquismo. No aquello de las bombas en los bolsillos, que es terrorismo, independientemente del nombre con el que trate de dignificarse; tampoco el darwinismo social del “libertarismo” económico de la extrema derecha; sino el anarquismo tal y como aparece prefigurado en la filosofía taoísta temprana y lo exponen Shelley y Kropotkin, Goldman y Goodman. El blanco principal del anarquismo es el Estado autoritario (capitalista o socialista); su objetivo práctico-moral principal es la cooperación (solidaridad, asistencia mutua). Es la más idealista, y para mí la más interesante, de todas las teorías políticas.
 Plasmarlo en una novela, algo que no se había realizado con antelación, resultó ser un trabajo extenuante y prolongado que me absorbió por completo durante muchos meses. Una vez concluido, me sentí perdida, exiliada: una persona desplazada. Agradecí sumamente, por tanto, cuando Odo apareció de entre las sombras y atravesó el abismo de lo probable pidiendo un relato, no sobre el mundo que construyó, sino sobre sí misma.
 Esta historia trata de una de aquellas personas que se marcharon de Omelas*.
[…]
 Por supuesto que no lo había olvidado. Entre marido y mujer esto no hay ni que decirlo. Ahí estaban otra vez sus feos pies de vieja en el suelo, igual que antes. No había hecho nada en absoluto, había trazado un círculo. Se levantó con un gruñido de esfuerzo y desaprobación y se dirigió al armario para coger la bata.
 Los jóvenes iban por los pasillos de la Casa con la más adecuada impudicia; no obstante, ella era demasiado vieja para eso. No quería que su cuerpo amargara el desayuno de algún jovenzuelo. Además, ellos habían crecido con el principio de la libertad de atuendo y de sexo y de todo lo demás, pero ella no. Lo único que ella había hecho había sido inventarlo. Y no es lo mismo.
 Igual que hablar de Asieo como mi marido. Se les contraía el rostro. La palabra que ella debía utilizar como buena odoniana era, por supuesto, compañero. Aunque, ¿por qué demonios tenía ella que ser una buena odoniana?
 Avanzó arrastrando los pies hasta los baños. Allí se encontró con Mairo, que se lavaba el pelo en una pila. Laia miró con admiración aquella melena larga, lustrosa y mojada. Salía tan pocas veces ya de la Casa que ni siquiera recordaba cuándo había visto un cráneo decentemente afeitado, pero, aun así, ver una cabeza totalmente poblada de pelo le resultaba placentero, un enérgico placer. ¿Cuántas veces la habían insultado –“¡Melenuda, melenuda!”- y la habían agarrado por los pelos los policías o los macarras? ¿Cuántas veces le había afeitado la cabeza al cero un soldado sonriente en cada nueva prisión? Y luego había vuelto a crecer de nuevo: una pelusilla, ricitos diminutos, tirabuzones, melena… En los viejos tiempos. Por el amor de Dios ¿es que no iba a ser capaz de pensar en nada más que en los viejos tiempos?
 Vestida, una vez hecha la cama, bajó al comedor. Era un buen desayuno, pero no había logrado recuperar el apetito desde aquel maldito derrame. Se bebió dos tazas de infusión de hierbas. Fue incapaz de acabarse la pieza de fruta que había cogido. Con lo que le gustaba la fruta de niña, tanto como para robarla, y en el Fuerte… ¡Ay, por el amor de Dios déjalo ya! Sonrió y respondió a los saludos y el interés amistoso de los demás comensales y del gran Aevi, que atendía el mostrador del comedor aquella mañana. Había sido él quien la había tentado con el melocotón: “Mira esto, te lo tenía guardado”. ¿Cómo iba a rechazarlo? Además a ella siempre le había encantado la fruta, nunca tenía bastante; una vez cuando tenía seis o siete años, había robado una pieza del carro de un vendedor en la calle del Río. Aunque, claro, era difícil comer cuando todo el mundo hablaba tan emocionado. Había noticias de Thu, noticias de verdad. Al principio no quiso concederles importancia, recelaba del entusiasmo, pero después de haber repasado el artículo del periódico, tras leer entre líneas, con una extraña suerte de certeza, profunda y sin embargo fría, desapasionada, pensó: “Vaya, aquí está. Ha llegado. Y en Thu, no aquí. Thu se desmembrará antes que este país; la Revolución se impondrá primero allí. ¡Como si eso importara! No habrá más naciones”. Aunque, de hecho, sí importaba en cierto modo, la hizo sentirse un tanto fría y triste –envidiosa, de hecho-. ¡De toda la infinidad de estupideces posibles, la envidia! No participó mucho en las conversaciones y, sintiendo pena por sí misma, pronto se levantó para volver a su habitación. No podía compartir el entusiasmo de los demás. Estaba fuera de todo aquello, realmente fuera. No es fácil, se decía, intentando justificarse, mientras ascendía trabajosamente las escaleras, aceptar que una está fuera de todo esto cuando ha estado dentro, en el mismo centro, durante cincuenta años. Ay, por el amor de Dios, ¡serás quejica!
Resultado de imagen de ursula le guin el dia antes de la revolucion Dejó atrás las escaleras y la autocompasión al entrar en la habitación. Era un buen dormitorio y era bueno estar sola. Un gran alivio. Incluso si no era del todo justo. Algunos de los chavales de los áticos vivían de cinco en cinco en habitaciones que no eran más grandes que la suya. Siempre había más gente que quería vivir en una Casa Odoniana de la que podía ser debidamente alojada. Tenía esta habitación grande para ella sola únicamente por ser una anciana que había sufrido una apoplejía. Y quizá por ser Odo. Si no hubiera sido Odo, sino sencillamente la anciana del derrame, ¿tendría ese dormitorio? Muy posiblemente. Después de todo, ¿quién demonios querría compartir habitación con una vieja que babea? Aunque era difícil estar segura. El favoritismo, el elitismo y el culto al líder se colaban sigilosos y afloraban en cualquier parte. Sin embargo, ella nunca había esperado verlos erradicados en vida, en una generación. Sólo el tiempo opera los grandes cambios. Mientras tanto, aquella era una habitación agradable, amplia y soleada, adecuada para una vieja babosa que había iniciado una revolución mundial.
 Su secretario llegaría en una hora para ayudarla a despachar el trabajo del día. Se tambaleó hasta su escritorio, un mueble hermoso y grande, regalo del Gremio de Carpinteros de Nio después de que alguien la hubiera oído comentar en una ocasión que el único mueble que realmente había deseado alguna vez era un escritorio con cajones y suficiente espacio en la superficie… ¡Caray!, la mesa estaba prácticamente cubierta de papeles con notas pegadas, casi todas con la pequeña y clara caligrafía de Noi: “Urgente”, “Provincias del Norte”, “¿Consultar con R.T.?”
 Su propia caligrafía no había vuelto a ser la misma desde la muerte de Asieo. Cuando se paraba a reflexionar en ello le resultaba extraño. Después de todo, en los cinco años que siguieron a su fallecimiento ella había escrito La Analogía completa. Y estaban aquellas cartas, las que el guardia alto, el de los ojos llorosos y grandes, ¿cómo se llamaba?, da igual, la cartas que el guardia aquel había sacado para ella a escondidas del Fuerte durante dos años. Las Cartas de la Prisión, las llamaban ahora, había una decena de ediciones distintas. Y todo aquello, las cartas, de las que la gente seguía diciéndole que estaban llenas de fortaleza espiritual (lo que posiblemente significaba que se había mentido a sí misma como a una loca mientras las escribía intentando conservar el ánimo), y La Analogía, que sin duda era el trabajo intelectual más sólido que jamás había producido, todo aquello lo había escrito en el Fuerte de Drio, en la celda, tras la muerte de Asieo. Había que mantenerse ocupada con algo, y en el Fuerte la dejaban a una tener papel y bolígrafos… No obstante, todo había sido con los precipitados garabatos de una mano que nunca sintió propia, aquélla no era su caligrafía, no eran como esas líneas redondeadas y negras del manuscrito de Sociedad sin Gobierno, que tenía ya cuarenta y cinco años. Taviri no sólo se había llevado el deseo de su cuerpo y de su corazón a la fosa de cal viva, sino también su caligrafía limpia y clara.
 Pero Taviri le había dejado la Revolución.
 La gente solía decirle: “Qué valiente fuiste, seguir trabajando, escribiendo, en la prisión, tras una derrota como aquélla para el Movimiento, tras la muerte de tu compañero…”
 Malditos imbéciles. ¿Y qué otra cosa se podía hacer? Valentía, coraje… ¿qué era el coraje? Nunca había conseguido explicárselo.»           

*Omelas es una ciudad ficticia construida por Le Guin en su celebrado relato “Los que se marcharon de Omelas”, en el que la autora analiza la felicidad de una sociedad basada en la existencia de un chivo expiatorio. [N. del T.]

    [El texto pertenece a la edición en español de Nórdica Libros, 2018, en traducción de Enrique Maldonado, pp. 13-14 y 22-32. ISBN: 978-84-17281-84-7.]                 

miércoles, 23 de junio de 2021

La huida del tiempo.- Hugo Ball (1886-1927)


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Primera parte

Preludio: El bastidor

 «25.XI. Los nihilistas apelan a la razón (en realidad a la suya propia). Pero es precisamente con el principio racional con lo que hay que romper en aras de una razón superior. Por lo demás, la palabra “nihilista” significa menos de lo que da a entender. Lo que significa es que uno no puede confiar en nada, que ha de romper con todo. Lo que parece significar es que nada puede perdurar. Quieren escuelas, máquinas, economía racional, todo aquello que falta todavía en Rusia y de lo que aquí, en el Oeste, estamos saturados, tenemos tanto que resulta fatal.
 Se debería dejar que el inconsciente probase en qué medida puede uno haber tenido uso de razón. Seguir el instinto más que la intención.
 Política y racionalismo mantienen una desagradable relación entre sí. Tal vez el Estado sea el principal apoyo de la razón y viceversa. Todo razonamiento político, en la medida en que pone sus miras en la norma y la reforma, es utilitarista. El Estado no es más que un objeto de uso corriente.
 De la misma manera, hoy el ciudadano es un objeto de uso corriente (para el Estado).
 También el poeta, el filósofo, el santo han de convertirse en objetos de uso corriente (para el ciudadano). Como dice Baudelaire: “Si yo le pidiera al Estado un ciudadano para mi establo, todo el mundo sacudiría la cabeza. Pero si el ciudadano exigiera al Estado un poeta asado, se lo proporcionarían”.
 Hemos usado la metafísica para todo lo posible y lo imposible. Para acondicionar los cuarteles (Kant). Para elevar el yo por encima de todo el mundo (Fichte). Para calcular el beneficio (Marx). Sin embargo, desde que se ha descubierto que, la mayor parte de las veces, esas metafísicas no eran más que elementos de aritmética en manos de sus inventores y que se pueden reconducir a principios simples, incluso pobres en muchos casos, el valor de la metafísica ha caído mucho. Hoy he visto un producto para limpiar zapatos con el rótulo “La cosa en sí”. ¿Por qué se ha perdido tanto el respeto por la metafísica? Porque sus presupuestos sobrenaturales se pueden explicar de una manera demasiado natural.
 Incluso el demonismo, que hasta la fecha era tan interesante, tiene ahora un brillo apagado y trivial. En los últimos tiempos el mundo se ha vuelto demoníaco. El demonismo ya no distingue al dandy de lo cotidiano. Uno ha de convertirse en santo, si todavía quiere seguir distinguiéndose.
[…]
 13.VI. Tema de debate en la velada con Sonneck: “La relación del trabajador con el producto”. Todos admiten que no tienen relación alguna con el producto que fabrican. Hay un hombre que ha trabajado para Mauser; fusiles todo el año. Para Brasil, para Turquía, para Serbia. “Sólo cuando llegaron los agentes que se hicieron cargo de los fusiles, y justamente el agente turco y el agente serbio el mismo día, nos empezamos a preocupar. Desde entonces tuvimos la sensación de que no estábamos haciendo lo correcto, pero seguimos trabajando”. Otro es interventor de billetes bancarios. “La mayoría de las veces en el trabajo me invade la irritante sensación de que no se confía en mí. Estás allí metido, enrejado hasta arriba, de modo que apenas te puedes mover y enseguida te das cuenta de que simplemente te están utilizando”. Cuando se pregunta a cada uno qué le gustaría hacer si estuviera en su mano elegir libremente, en todas ssu respuestas está el hacer de aprendiz de brujo. “Inventar un método para llegar a Constantinopla en media hora”. “Inventar un botón que hiciera todo al momento con sólo apretarlo”. “Un botón automático que ni siquiera hubiera que apretar”. En pocas palabras: ninguno trabajaría, pero todos inventarían máquinas. Su ideal es el inventor a semejanza de Dios, porque logra el máximo resultado empleando el mínimo esfuerzo. De alguna forma, Br. [Brupbacher] acaba hablando sobre Tolstói, sobre la colonización (estar en consonante armonía con la naturaleza, inventar aparatos para producir automáticamente, prosperidad para la humanidad entera). Como conclusión me quedo con que la actitud hostil del programa socialista respecto a quien “trabaja con la cabeza” no está fundada en hechos psicológicos de ningún tipo. El inventor ilimitado también es el ideal de las artes y de la religión. La escasa valoración del trabajo intelectual es un punto programático que proviene de teóricos abstractos, de escritorzuelos plumillas y lamentables chupatintas, de poetas de medio pelo e igual talento, que recogieron en el programa su propia liberación y, a la vez, su venganza. A quien “trabaja con la cabeza” le deben agradecer los proletarios no sólo sus programas sino además sus éxitos.
 15.VI. Los anarquistas establecen el desprecio a la ley como principio supremo. Cualquier medio es justo y lícito contra le ley y el legislador. Ser anarquista significa, por tanto, abolir el reglamento punto por punto. Se presupone la fe rousseauniana en la bondad natural del hombre y en el orden inmanente de la naturaleza originaria abandonada a sí misma. Toda intervención (gobierno, dirección) procede, como abstracción, del mal. Al ciudadano no se le reconocen derechos civiles. Es algo contrario a la naturaleza, un producto de su desarraigo y del orden y policía que le siguen pervirtiendo. Con semejante teoría, el cielo filosófico del Estado se rompe en pedazos. Las estrellas van en zigzag. Dios y el Diablo intercambian sus papeles.
 He examinado mi conciencia cuidadosamente. Nunca daré el caos por bienvenido, ni tiraré bombas, ni haré saltar puestos por el aire, ni derogaré conceptos. No soy un anarquista. Cuanto más lejos y más tiempo esté apartado de Alemania, tanto menos lo seré.
 El anarquismo se debe a la exageración o a la desnaturalización de la idea de Estado. Aparece especialmente allí donde individuos o clases que han crecido en lo idílico, íntimamente unidos a las condiciones de la naturaleza o de la religión, son encerrados en los estrictos límites estatales. La superioridad de tales individuos sobre las construcciones y mecanismos de un monstruoso Estado moderno salta a la vista. Sobre la bondad natural del hombre hay que decir que ciertamente es posible, pero no es una ley general en modo alguno. La mayor parte de las veces, esta bondad se nutre de un tesoro más o menos consciente de educación religiosa y tradición. La naturaleza, considerada sin prejuicios ni sentimentalismo, hace tiempo que no es necesariamente bondadosa y ordenada, como nos gustaría que fuera. Después de todo, los portavoces del anarquismo (de Proudhon no lo sé, pero de Kropotkin y Bakunin es seguro) son católicos bautizados y, en el caso de los rusos hacendados, es decir, terratenientes, han sido naturalezas poco amigas de la sociedad. Incluso su propia teoría se alimenta del sacramento del bautismo y de la agricultura.
 16.VI. Los anarquistas sólo conocen un Estado monstruoso y, tal vez, hoy ya no haya otro Estado distinto. Si este Estado se cubre de ropajes metafísicos o se apoya en ellos, mientras que su praxis económica y moral está en flagrante contradicción con los mismos, es comprensible que un hombre que todavía no esté corrupto se empiece a irritar. La teoría de una destrucción incondicional de la metafísica del Estado puede convertirse en una cuestión de dignidad personal y de una conciencia sensible con la autenticidad y la impostura. Las teorías anarquistas dejan al descubierto la soterrada degeneración formalista de nuestro tiempo. La metafísica aparece como un mimetismo del que se sirve el ciudadano moderno para devastar, igual que una voraz oruga, la cultura entera al abrigo de las hojas (de periódico) que cuelgan sobre él.
Resultado de imagen de hugo ball la huida del tiempo Como doctrina de la unidad y solidaridad del género humano en su conjunto, el anarquismo es una fe en la obediencia filial a Dios que todos le deben de forma natural, una fe también en el máximo rendimiento productivo de un mundo sin constricciones. Si se considera la confusión moral, la catastrófica destrucción a la que han conducido en todas partes el sistema centralista y el trabajo sistemático, no habrá ningún hombre razonable que se niegue a afirmar que una comunidad de los Mares del Sur que trabaje u holgazanee en un estado primitivo, sin preocupaciones, es superior a nuestra loada civilización. Naturalmente, mientras el racionalismo y con él su quintaesencia, la máquina, sigan haciendo progresos, el anarquismo será un ideal para las catacumbas y los miembros de una orden, pero no para la masa, tan interesada e influida como está ahora y, previsiblemente, lo seguirá estando.
 Los anarquistas consecuentes son muy raros o simplemente son absolutamente imposibles. Tal vez esta teoría sólo se hará efectiva por completo con el tiempo y la difusión, y se agudizará o se suavizará según la oposición estatal. Se han investigado con enorme minuciosidad las “Actividades anarquistas en Suiza”. Toda la investigación no ha arrojado más resultado que una mistificación. A un sastre, a un zapatero, a un tonelero les gustaría derribar la sociedad. Sin embargo, la mayoría de las veces ya basta con este simple pensamiento para sacarles completamente de quicio. Se sienten rodeados de terribles secretos, de un nimbo nebuloso y sanguinario. La inofensiva existencia cotidiana adquiere un cariz peligroso. Eso les satisface sobradamente; los hechos ya no son necesarios.
[…]
 21.VI. He reflexionado sobre los panfletistas. Son seres insaciables. Ya sea para atacar el alma (como Voltaire), a la mujer (como Strindberg) o al espíritu (como Nietzsche): su característica es siempre la insaciabilidad. Su prototipo es el tan criticado Marqués de Sade (al que leí en Heidelberg y que ahora me viene de nuevo a la cabeza). Perpetra crímenes con sus panfletos, incluso materialmente. Para eso no hace falta mucho.
 El panfletista critica y repudia a un tiempo. Repudiar es lo que le da su fuerza. Está enamorado de lo extraordinario y lo está de veras hasta la superstición, hasta el absurdo. Empeña todo su espíritu en exaltar su pasión. En el momento en que el ideal refuta a un amante de esta naturaleza, éste estalla en críticas. En el caso del Marqués colma a Dios y al mundo con sus invectivas y sarcasmos. Constata la mediocridad de las intenciones naturales y sobrenaturales recurriendo a estridentes contrastes, muestra la “pobreza” de las ideas, de las disposiciones, de las leyes. Como compara los límites de la entrega con una posibilidad imaginaria, desprecia precisamente lo que en realidad demanda. Y es cruel en tanto que ama la pasión bajo cualquier figura y la ama precisamente cuando hace padecer de verdad; porque es justo entonces, en medio del dolor, cuando la pasión no se puede negar. El ser humano –tal es su convicción- vive muy escondido, mucho más escondido de lo que puede y quiere reconocer. Hay que averiguar la auténtica pasión oculta del hombre o admitir que no existe pasión alguna.»

    [El texto pertenece a la edición en español de la editorial Acantilado, 2005, en traducción de Roberto Bravo de la Varga, pp. 41-42, 52-57 y 58-59. ISBN: 84-96136-99-X.]                        

jueves, 25 de junio de 2020

He sufrido más por lo que creo que por lo que soy (Antología del discurso político).- Bartolomeo Vanzetti (1888-1927)

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He sufrido más por lo que creo que por lo que soy
(19 de abril de 1927, tribunal de Dedham, Massachusetts)

   «Lo que yo digo es que soy inocente. […] No sólo soy inocente de estos dos crímenes, no sólo que nunca he robado, ni matado, ni derramado sangre, sino que he luchado toda mi vida, desde que tuve uso de razón, para eliminar el crimen de la Tierra […]; también el crimen que la moral oficial y la ley oficial no condenan y santifican: la explotación y la opresión del hombre por el hombre. Y si hay alguna razón por la cual yo estoy en esta sala como reo, si hay alguna razón por la cual dentro de unos minutos va usted a condenarme, es por esa razón y por ninguna otra. […]
 Todos los hombres de claro criterio del mundo, no sólo de este país sino de todos los países del mundo, están con nosotros. La flor de la humanidad de Europa, los mejores escritores, los más grandes pensadores de Europa han pedido por nosotros. Los científicos, los más grandes científicos, los más grandes estadistas de Europa, han pedido por nosotros. Los pueblos de los países extranjeros se han pronunciado por nosotros.
 ¿Es posible que sólo unos pocos individuos del jurado, sólo dos o tres hombres, que serían capaces de condenar a su propia madre a cambio de honores mundanos y bienes terrenos, es posible que ellos tengan razón contra el mundo, todo el mundo que ha dicho que están equivocados y que me consta que están equivocados? […]
 Hemos probado que no podía haber habido en toda la faz de la Tierra un juez más prejuicioso ni más cruel que lo que usted lo ha sido con nosotros. Hemos probado eso. Y nos siguen negando un nuevo juicio. Nosotros sabemos, y también lo sabe usted en el fondo de su corazón, que usted ha estado en contra de nosotros desde el primer momento, aun antes de habernos visto la cara. Antes de vernos, usted ya sabía que éramos izquierdistas y que debíamos perecer. Nosotros sabemos que usted se descubrió y descubrió su hostilidad contra nosotros y su desprecio, hablando con amigos suyos en el tren, en el club universitario de Boston y en el Golf Club de Worcester (Massachusetts). Estoy seguro de que si la gente supiera todo lo que usted dijo en contra nuestra, si usted tuviera el coraje de declararlo públicamente, entonces quizás su señoría tendría que estar ocupando nuestro lugar como acusado en este juicio.
 Nosotros fuimos juzgados durante un período que ya ha pasado a la historia. Un período en que había una ola de histeria y resentimiento y odio contra la gente de nuestras ideas e ideales, contra el extranjero. Y me parece, más bien estoy seguro, que tanto usted como el fiscal han hecho todo lo que pudieron para agitar la pasión de los miembros del jurado en contra nuestra. Ellos nos odian porque estamos contra la guerra, y no saben distinguir entre un hombre que está contra la guerra porque la considera injusta, porque no odia a ningún pueblo sobre la Tierra, y un hombre que está contra la guerra porque está a favor del país que lucha contra el país en que él está, y entonces es un espía.
Antología del discurso político - Catarata Nosotros no somos espías. El señor fiscal sabe perfectamente que nosotros estábamos contra la guerra porque no creíamos en los propósitos por los cuales, según ellos, se hacía esta guerra. La creíamos injusta y creemos eso hoy más que hace diez años, porque cada día vamos comprendiendo mejor el resultado y las consecuencias de esa guerra.
 Creemos hoy más que nunca que esa guerra fue un trágico engaño […]. Todo lo que les han prometido, todo son mentiras, trampas, engaños. Fue un crimen. Prometieron libertad. ¿Dónde está la libertad? Prometieron prosperidad. ¿Dónde está la prosperidad? Prometieron elevación y dignificación moral. ¿Dónde están?
 Desde el día que ingresé a la prisión de Charlestown, la población de la cárcel se ha duplicado. ¿Dónde está la nueva moral que la guerra ha traído al mundo? ¿Dónde está el progreso espiritual que hemos alcanzado a través de la guerra? ¿Dónde está la seguridad de nuestra vida, la seguridad de obtener el mínimo de cosas que necesitamos? ¿Dónde está el respeto por la vida humana? ¿Dónde están el respeto y la admiración por las características nobles y sanas del alma humana? Nunca antes de la guerra hubo tantos crímenes como ahora, tanta corrupción, tanta degeneración como la que hoy reina. […]
 Mi convicción más profunda es que yo he sufrido por otros crímenes, de los que sí soy culpable. Yo he sufrido y sufro porque soy un militante anarquista. Y es cierto, lo soy. Porque soy italiano. Y es cierto, lo soy. He sufrido más por lo que creo que por lo que soy; pero estoy tan convencido de estar en lo cierto que si ustedes pudieran matarme dos veces, y yo pudiera renacer otras dos, volvería a vivir como lo he hecho hasta ahora.»

     [El texto pertenece a la edición en español del volumen "Antología del discurso político", en edición de Antonio Rivera, editorial Los Libros de la Catarata, 2016. ISBN: 978-84-9097-117-8.]

viernes, 9 de agosto de 2019

La transparencia del tiempo.- Leonardo Padura (1955)

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5.-Antoni Barral, 1936

«Había sido durante las clases de catecismo que organizó al llegar a la Vall de Sant Jaume cuando el padre Joan advirtió que Antoni, un niño juncal, de grandes ojos negros dotados de una profundidad que parecía perderse en el tiempo, tenía capacidades intelectuales de las cuales estaban muy lejos los otros muchachos de la aldea. Por eso, con el permiso de Carles Barral, había comenzado no sólo a alfabetizarlo, sino a hablarle de historia, de literatura, de geografía y de ciencias naturales. Pronto comprobó que Antoni era una especie de rareza genética en aquel valle de payeses rústicos: aprendía, memorizaba, procesaba, como si las palabras del sacerdote sólo desempolvaran viejas sapiencias escondidas en su memoria. Para hacer más grata la instrucción, el cura le hablaba de reyes, emperadores, generales y papas como si le narrara cuentos; le transmitía sus conocimientos sobre la fecundación o sobre la geografía, adornándolos con anécdotas pintorescas. Gracias a ello Antoni Barral tuvo una primera idea romántica de cómo alrededor de las montañas que conocía se extendía un mundo amplio y diverso y de que, en el tiempo pasado conocido como la Historia, habían existido muchos hombres que, bien o mal, habían intentado o logrado cambiar el mundo, con actos o con ideas. Los deseos de conocer ese universo tramontano y vital comenzaron a germinar en la conciencia del joven. Sin embargo, la propuesta del cura de que Antoni se matriculase en una escuela de Camprodón fue desechada por su padre Carles: el hijo mayor, el Andreu, era tonto, vago, incapaz incluso de cuidar como es debido de un horno de carbón, esquilar una oveja sin lastimarla o ayudar en el parto de una cabra, y Carles, viudo desde hacía diez años, necesitaba a Antoni para poder salir adelante en aquella vida dura, de estrecheces sin límites que se vivía en la aldea, en el valle, en el país. El padre Joan aceptó la decisión sin discutirla, pero obtuvo a cambio la autorización para pode acompañar a Antoni en cualquiera de sus faenas o en sus cacerías de liebres, perdices rojas y palomas torcaces, y así continuar su labor pedagógica e, incluso, darle alguno de los libros que había traído de Barcelona en un baúl de cartón del cual, como por arte de magia, siempre podía salir un nuevo volumen nunca visto por Antoni.
 El deseo de conocer el mundo que había a uno y otro lado de la sierra, también más allá de los mares, de ver gentes diferentes a las de Oix, Molló, Beget, Camprodón, incluso a las de Olot, siguió creciendo en los pensamientos del joven. No obstante, Antoni bien sabía que las posibilidades de vivir esas experiencias difícilmente se concretarían en los días de su vida porque, además, él realizaba sus faenas no sólo con empeño, sino con placer: cuidar de que un horno de carbón no se volara, esquilar las ovejas, recorrer los senderos de montaña con el arria de mulos, atender y conocer a cada uno de sus animales eran sus misiones en la vida. En verdad, las lecciones y lecturas que le regalaba el padre Joan sólo servían para hacer sus faenas más satisfactorias y tener la posibilidad, en ciertos casos, de asociar los asuntos de su vida y de su aldea con las de otras vidas y sitios diferentes. Y, en ocasiones, para que Antoni soñara.
 En uno de aquellos encuentros, poco antes de que se produjera el alzamiento de los militares y comenzara la guerra, el padre Joan le había preguntado al muchacho qué le gustaría ser en la vida. Antoni lo miró y sonrió; entendía la pregunta, pero no su sentido. Porque en la Vall de Sant Jaume nunca nadie se había hecho semejante cuestionamiento. Allí los destinos siempre habían estado escritos desde antes de nacer y hasta el momento de morir. Y es que a sus quince años Antoni Barral estaba convencido de que su existencia replicaría la de sus antepasados. Y no se quejaba, no se lo cuestionaba. A pesar de que alguna que otra vez, oyendo a algún jornalero de paso por la aldea hablar de la necesidad de crear una sociedad donde todos serían iguales o escuchando al párroco hablarle de otros tiempos y lugares fabulosos o leyendo algún relato también facilitado por el cura, había llegado a soñar que algo, o quizás todo, podría ser diferente. Mas él sabía que sólo se trataba de eso, de un desvarío, una ilusión. Y fue el diluvio el que, de un modo dramático, lo obligó a despertar de sus sueños, pues hizo que todo fuera diferente.
 La noticia de que la columna de un comité de anarquistas de la CNT y la FAI de Sant Joan les Fonts había entrado en el vecino pueblo de Beget provocó el revuelo entre las cuatro decenas de aldeanos de la Vall de Sant Jaume. Sobre todo porque se decía que eran entre veinte y treinta hombres armados, con la misión de ir tomando posesión de territorios y estableciendo los términos de su revolución radicalísima y particular, deteniendo a los enemigos del pueblo e imponiendo levas forzosas. Su primer objetivo era neutralizar a esos enemigos indeseables, categoría en la que entraban terratenientes, burgueses y curas. El segundo propósito radicaba en comenzar la creación de una nueva sociedad en la cual todos fuesen los dueños de todo, sin vestigios de propiedad privada ni estatus sociales, o sea, haciendo una guerra contra la explotación y el Estado: la revolución total del comunismo libertario. Aquello no sonaba mal, aunque los comentarios que antecedían a la columna de los revolucionarios aseguraban que en otras aldeas de la sierra y en pueblos de la costa columnas como esa habían emprendido un proceso de socialización de la propiedad que incluía no sólo pequeñas fábricas y talleres, sino hasta los botes de los pescadores y las cabras y las ovejas de los pastores, que dejaban de ser propiedad del pescador o del pastor para transformarse en bien común del pueblo. ¿Sería cierto...? ¿Y habían sido ellos los que fusilaron al señor Pallard? Decían que sí... ¿Y ellos mismos quienes le dieron fuego a la iglesia de Sadernes con el párroco dentro?... En los comentarios llegados de cualquier parte, nadie aseguraba a ciencia cierta a qué política del gobierno de la República respondían esos hombres. De lo que los aldeanos estaban convencidos era de que su cercanía  significaría la llegada de la guerra y sus efectos a la Vall de Sant Jaume, como había advertido el padre Joan.»
[El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2018. ISBN: 978-84-9066-479-7.]