miércoles, 26 de agosto de 2015

"El gatopardo".- Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957)


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Capítulo tercero

 "Llegado a la salita del Ayuntamiento donde tenía efecto la votación, se sorprendió al ver que todos los componentes de la mesa electoral  se levantaban cuando su estatura llenó por completo la altura de la puerta. Fueron apartados algunos campesinos que llegaron antes a votar, y así, sin tener que esperar, don Fabrizio entregó su "sí" en manos de don Calogero Sedàra. En cambio, el padre Pirrone no votó porque había tenido el cuidado de no inscribirse como residente en el lugar. Don Onofrio, obedeciendo a los expresos deseos del príncipe, manifestó su monosilábica opinión con respecto a la complicada cuestión italiana; obra de arte de concisión que se llevó a cabo con el mismo agrado con que un niño se toma el aceite de ricino. Luego fueron invitados todos a "tomar una copa" arriba, en el despacho del alcalde. Pero el padre Pirrone y don Onofrio expusieron buenas razones de abstinencia uno y de dolor de estómago el otro, y se quedaron abajo. Don Fabrizio tuvo que enfrentarse solo con el copeo.
 Tras el despacho del alcalde flameaba un retrato de Garibaldi y (ya) uno de Vittorio Emmanuelle, afortunadamente colocado a la derecha; magnífico hombre el primero y feísimo el segundo, pero ambos hermanados por la poderosa lozanía de su pelambrera que casi los enmascaraba. Sobre una mesita baja un plato con viejísimos bizcochos que las defecaciones de las moscas habían puesto de luto, y doce toscos vasitos llenos de rosoli: cuatro rojos, cuatro verdes, cuatro blancos, éstos en el centro, ingenuo simbolismo de la nueva bandera, que puso el bálsamo de una sonrisa en el remordimiento del príncipe. Eligió para sí el licor blanco porque presumiblemente era menos indigesto, y no, como se quiso insinuar, como tardío homenaje a la bandera borbónica. Las tres variedades de rosoli estaban, por lo demás, igualmente azucaradas, pegajosas y tenían mal sabor. Se tuvo el buen gusto de no brindar. Además, como dijo don Calogero, las grandes alegrías son mudas. Se mostró a don Fabrizio una carta de las autoridades de Girgenti que anunciaban a los laboriosos ciudadanos de Donnafugata la concesión de una contribución de dos mil liras para el servicio de cloacas, obra que sería terminada en 1961, como aseguró el alcalde, incurriendo en uno de esos lapsus cuyo mecanismo explicaría Freud muchos decenios después. Y la reunión se disolvió.
 Antes de la puesta del sol las tres o cuatro putillas de Donnafugata -también las había allí, no agrupadas, sino actuantes en sus haciendas privadas- comparecieron en la plaza, el cabello adornado con cintitas tricolores, para protestar contra la exclusión de las mujeres en el voto. Las pobrecillas fueron expulsadas incluso por los más exaltados liberales y obligadas a meterse de nuevo en sus casas. Esto no impidió que el Giornale de Tinacria, cuatro días después, hiciera saber a los palermitanos que en Donnafugata "algunas gentiles representantes del bello sexo habían querido manifestar su fe inquebrantable en los nuevos y resplandecientes destinos de la patria amantísima, y desfilaron por la plaza entre la general aprobación de aquella población patriótica".
 Después se cerró el colegio electoral y se procedió al escrutinio, y ya de anochecida se abrió el balcón del Municipio y don Calogero mostróse con faja tricolor y todo, teniendo a cada lado un funcionario con candelabros encendidos que, por lo demás, el viento apagó sin vacilar. Anunció a la multitud invisible en las tinieblas que en Donnafugata el plebiscito había dado estos resultados:
 Inscritos, 515; votantes, 512; sí, 512; no, cero.
 Desde el fondo oscuro de la plaza brotaron los aplausos y los vivas. Desde el balcón de su casa Angelica, junto con la fúnebre doncella, aplaudía con sus bellas manos rapaces. Fueron pronunciados discursos: adjetivos cargados de superlativos y de consonantes sonoras saltaban y chocaban en la sombra desde una pared a otra de las casas. Con las explosiones de los cohetes se expidieron mensajes al rey -al nuevo- y al general. Algún cohete tricolor surgió de la sombra hacia el cielo sin estrellas. A las ocho todo había terminado, y no quedó más que la oscuridad, como otra noche cualquiera, desde siempre". 

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