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domingo, 13 de julio de 2025

Poesías. El estudiante de Salamanca.- José de Espronceda (1808-1842)

 A la patria
Elegía

  «¡Cuán solitaria la nación que un día / poblara inmensa gente.
¡La nación, cuyo imperio se extendía / del ocaso al oriente!

¡Lágrimas viertes, infeliz ahora, / soberana del mundo
y nadie de tu faz encantadora / borra el dolor profundo!

Oscuridad y luto tenebroso / en ti vertió la muerte,
y en su furor el déspota sañoso / se complació en tu suerte.

No perdonó lo hermoso, patria mía; / cayó el joven guerrero,
cayó el anciano y la segur impía / manejó placentero.

So la rabia cayó la virgen pura / del déspota sombrío.
Como eclipsa la rosa su hermosura / en el sol del estío.

¡Oh, vosotros del mundo habitadores! / Contemplad mi tormento.
¿igualarse podrán ¡ah! qué dolores / al dolor que yo siento?

Yo desterrado de la patria mía, / de una patria que adoro,
perdida miro su primer valía / y sus desgracias lloro.

Hijos espúreos y el fatal tirano / sus hijos han perdido
y en campo de dolor su fértil llano / tienen ¡ay! convertido.

Tendió sus brazos la agitada España, / sus hijos implorando;
sus hijos fueron, mas traidora saña / desbarató su bando.

¿Qué se hicieron tus muros torreados? / ¡Oh, mi patria querida!
¿Dónde fueron tus héroes esforzados, / tu espada no vencida?

¡Ay! De tus hijos en la humilde frente / está el rubor grabado;
a sus ojos caído tristemente / el llanto está agolpado.

Un tiempo España fue: cien héroes fueron / en tiempos de ventura
y las naciones tímidas la vieron / vistosa en hermosura.

Cual cedro que en el Líbano se ostenta, / su frente se elevaba;
como el trueno a la virgen amedrenta, / su voz las aterraba.

Mas ora, como piedra en el desierto, / yaces desamparada
y el justo desgraciado vaga incierto / allá en tierra apartada.

Cubren su antigua pompa y poderío / pobre yerba y arena
y el enemigo que tembló a su brío / burla y goza en su pena.

Vírgenes, destrenzad la cabellera / y dadla al vago viento:
acompañad con arpa lastimera / mi lúgubre lamento.

Desterrados ¡oh Dios! de nuestros lares. / Lloremos duelo tanto:
¿quién calmará ¡oh España! tus pesares? / ¿Quién secará tu llanto?
[...]

El estudiante de Salamanca
Parte I

 
Era más de media noche, / antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio, / lóbrega envuelta la tierra,
los vivos muertos parecen, / los muertos la tumba dejan.
Era la hora en que acaso / temerosas voces suenan
informes, en que se escuchan / tácitas pisadas huecas,
y pavorosas fantasmas / entre las densas tinieblas
vagan y aúllan los perros / amedrentados al verlas;
en que tal vez la campana / de alguna arruinada iglesia
da misteriosos sonidos / de maldición y anatema,
que los sábados convoca / a las brujas a su fiesta.
El cielo estaba sombrío, / no vislumbraba una estrella,
silbaba lúgubre el viento / y allá en el aire, cual negras
fantasmas, se dibujaban / las torres de las iglesias
y del gótico castillo / las altísimas almenas
donde canta o reza acaso / temeroso el centinela.
Todo en fin a media noche / reposaba y tumba era
de sus dormidos vivientes / la antigua ciudad que riega
el Tormes, fecundo río, / nombrado de los poetas,
la famosa Salamanca, / insigne en armas y letras,
patria de ilustres varones, / noble archivo de las ciencias.
Súbito rumor de espadas / cruje y un ¡ay! se escuchó;
un ay moribundo, un ay / que penetra el corazón, 
que hasta los tuétanos hiela / y da al que lo oyó temblor.
Un ¡ay! de alguno que al mundo / pronuncia el último adiós.

El ruido / cesó,
un hombre / pasó
embozado / y el sombrero
recatado / a los ojos
se caló. / Se desliza
y atraviesa / junto al muro
de una iglesia / y en la sombra
se perdió.

Una calle estrecha y alta, / la calle del Ataúd,
cual si de negro crespón / lóbrego eterno capuz
la vistiera, siempre oscura / y de noche sin más luz
que la lámpara que alumbra / una imagen de Jesús,
atraviesa el embozado, / la espada en la mano aún,
que lanzó vivo reflejo / al pasar frente a la cruz.»
 
 [El texto pertenece a la edición en español de Espasa-Calpe, 1978, en edición de José Moreno Villa, pp. 108-110 y 189-191. ISBN: 84-239-3047-5.] 
 

domingo, 26 de mayo de 2024

Piano a cuatro manos.- Conxa Rodríguez Vives (1958)


De 'tigre' carlista a 'gentleman' británico | Cultura | EL MUNDO
1850

21

 «A finales de 1872 llegó un telegrama urgente de Estanislao Figueras, del Partido Federal Republicano, pidiendo una cita a Cabrera para hablar de la contribución a la paz. La Llana quedó pasmado al leer el adelanto del programa político: abolición de los impuestos sobre consumo y de las quintas (a pesar de estar en guerra); voto a los veintiún años; retirada de las subvenciones a la Iglesia; regulación del trabajo de menores en fábricas y minas, mano dura contra el esclavismo en los territorios de Ultramar y creación de la República Federal. La Llana, en la lectura del correo diario, ignoraba las peticiones de fervorosos carlistas que imploraban a Cabrera la adhesión a la guerra. Pero le comunicó el telegrama de Figueras al mismo instante que llegó.
 ¿Qué querrá de mí éste de Barcelona que hace política desde Tarragona? Los de Tarragona, a los de Tortosa, nos tienen envidia porque nosotros tenemos río, remató el catalán al asturiano antes de que el secretario confirmara por el telégrafo la cita, ocultada a Marián. El encuentro se iba a celebrar al cabo de una semana en un hotel de Londres porque Marián mantenía la prohibición de visitar Wentworth a todos los españoles de índole política. A Cabrera le hubiese gustado recibirlo en su casa porque, quizás, hubiese hecho otro amigo como en el caso de Juan Prim. Pero no quería más pugnas maritales. El desánimo de Ramón se había contagiado por toda la casa. Cuando él dijo que al día siguiente se iba a Londres con La Llana, ella ya no preguntó qué iban a hacer, le era indiferente lo que fueran a hacer o a quién ver. La política española se había convertido en un terreno de fricción matrimonial. Marián razonó: en algo, tengo las de perder.
 El cochero tenía el carruaje preparado a las ocho de la mañana en la explanada de la entrada a Wentworth, junto al porche arqueado con un gablete de acceso a la vivienda. Una diligencia tirada por cuatro pencos en lugar de los dos caballos habituales esperaba. Cabrera y Marián desayunaron juntos hablando de los nuevos planes que tenía ella para ampliar la zona de cultivo junto a los bosques colindantes con la estación de Virginia Water. Él la escuchaba siguiendo la conversación con escuetos monosílabos. Al acabar el desayuno él le dio un beso en la frente, se despidió y salió de la sala, subió al coche, pasó por Cantavieja Cottage a recoger al secretario y partieron hacia la capital. Qué casualidad, otro catalán que viene a Inglaterra en busca de la paz para España. Como hizo Prim en el 67, comentaba Cabrera contemplando por la ventana los campesinos que trabajaban los campos. Esta vez no había delegaciones; sólo Cabrera y Figueras. Ni La Llana estaría presente, no obstante, el secretario hizo jurar a su jefe que no reconocería, bajo ningún concepto, la Primera República Española. Aunque ya no eran carlistas, creían que la monarquía —incluida la de los Borbones de quita y pon— era el marco apropiado para el gobierno de un Estado moderno. No se comprometa a nada, insistió el asturiano. Cabrera, que llevaba semanas sin sonreír, bromeó: qué prefieres: ¿la reina corrupta y devota, el rey desenfrenado y devoto o el monarca extranjero también devoto?
  —¿Para qué me queréis? —preguntó Cabrera yendo directo al grano tras los saludos de rigor y de haber colocado la oreja izquierda en línea con la voz de Figueras.
  —Para pacificar España. Esta guerra es atroz, está creando heridas incurables. Algunos la pagan con la ejecución de sus madres. Usted conoce el daño que hace una guerra civil.
  —Lo que sé es que España no progresa. ¿De qué sirve la libertad de imprenta para el 95% de analfabetos? —adujo Cabrera ignorando lo de la ejecución de inocentes madres.
 —Queremos su apoyo para fortalecer la República y acabar la guerra. Reformaremos la agricultura y la fiscalidad, prohibiremos la esclavitud en Cuba y Puerto Rico. Sólo la República puede modernizar España.
  —¿Cómo sustituiréis los ingresos del impuesto sobre el consumo? O ¿cómo ganareis la guerra si elimináis las quintas? Vuestro programa político no triunfará ni sobre el papel. Mi nombre no es tan importante para que, con mi defección, acabe la guerra. Ya me gustaría tener ese poder —asesoró Cabrera a su interlocutor.
  —Nuestro federalismo es nuevo. Usted conoce la diversidad de España; es catalán, como yo —dijo Figueras sabiendo que los fueros era uno de los caballos de batalla del carlismo.
  —Hay que atender los anhelos de Cataluña y Vascongadas —atizó Cabrera, satisfecho por la estimulante dialéctica política a aquel alto nivel.
conxa rodriguez vives  —¿General, podemos contar con usted? —indagó Figueras yendo al meollo de la cuestión.
  —No, conmigo no contéis, pero no iré contra vosotros ni instigaré a nadie a que lo haga. Por lo que respecta a la Primera República Española seré neutral, como los gitanos, que son los únicos neutrales en la política de España. Me sabe mal que haya hecho un viaje tan largo sin conseguir el objetivo deseado —asentó Cabrera en tono de suspiro.
  —Yo siempre duermo como un tronco atravesando el canal de la Mancha. El viaje sí ha valido la pena, para conocerle; hablan tanto de usted en España, pero tengo la impresión de que hablan por no callar, porque usted ya no es El tigre. Hasta se le está olvidando el catalán. Al menos, he conseguido la neutralidad para con la República —alardeó Figueras.
  —Las lenguas, como los metales, si no se utilizan y se pulen, se oxidan. Se me presentan pocas oportunidades de hablar en catalán.
 Por un momento, a Cabrera le tentó llegar a un acuerdo económico con Estanislao Figueras para destinar el dinero del soborno político a su yerno. Él, no lo podía hacer, era hombre honrado de principios éticos, no podía cambiar de convicciones ideológicas por miles de reales. Se acordó de casos como el de Vito Fabra, el que quería ser gobernador de Castellón en el 37 para enriquecerse y comprar la eternidad, y del viaje con Juan de Borbón en el que éste le confesó el reconocimiento de Isabel II por un dineral. Nunca le había interesado acumular más capital del necesario para vivir. Por eso, porque no le interesaba hacer fortuna, lamentó no poder ayudar a su yerno a resolver los problemas de mecanización agrícola. Esa fue una de las pocas veces que deploró no disponer de patrimonio propio. Era obvio que le reconocían cierta autoridad en la turbulenta política española.
 Los dos catalanes caminaron desde el hotel Grosvenor hasta Hyde Park para encontrarse con La Llana, mosqueado porque les oía hablar en catalán. Al incorporarse el secretario asturiano a la conversación, Cabrera y Figueras pasaron al castellano. Los tres hombres fueron a buscar el coche que les esperaba en un prado arenisco que separa la parte sur de Hyde Park de la primera línea de edificios del barrio de Kensington. Subidos a la berlina, se desplazaron hasta la estación Victoria donde se quedó Estanislao Figueras a la espera de un tren que lo llevase a Dover. Los otros partieron hacia Virginia Water. En el viaje Cabrera explicó a su secretario el desarrollo del encuentro, incluido el soborno para apoyar la Primera República Española. Como final, Figueras había dicho: «Si cambia de opinión, estaré a su disposición».
 A Ramón le pesaba el alma, evitaba los encuentros con Ada porque no le gustaba que lo viese entristecido y abatido. Los acontecimientos españoles no daban lugar al optimismo. El consenso multipartido a favor del rey italiano se resquebrajó hasta romperse. La guerra endurecía. El rey Amadeo de Savoya volvió a Italia en febrero de 1873; se proclamó la República.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Oblicuas, 2016, pp. 226-228. ISBN:978-84-16627-02-8.]

martes, 30 de octubre de 2018

Primera crónica general.- Alfonso X, "el sabio" (1221-1284)


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558.- Del loor de Espanna como es complida de todos bienes

«Pues que el rey Rodrigo et los cristianos fueron venzudos et muertos, la muy noble yente de los godos que muchas batallas crebantara, et abaxara muchos regnos, fue entonces crebantada et abaxada, et las sus preciadas señas abatidas. [...]
 Todos deben por esto aprender que non se deba ninguno preciar: nin el rico en riqueza, nin el poderoso en su poderio, nin el fuert en su fortaleza, nin el sabio en su saber, nin preciar, preciese en servir a Dios, ca él fiere et pon melezina, éll llaga et él sanna, ca toda la tierra suya es; e todos pueblos et todas las yentes, los regnos, los lenguages, todos se mudan et se camian, mas Dios criador de todo siempre dura et está en un estado.
 E cada una tierra de las del mundo et a cada provincia honró Dios en señas guisas et dio su don; mas entre todas las tierras que éll honró más, España la de occidente fue; ca a esta abastó él de todas aquellas cosas que homne suel cobdiciar. Ca desde que los godos andidieron por las tierras de la una parte et de la otra provándolas por guerras et por batallas et conquiriendo muchos logares en las provincias de Asia et de Europa, asi como dixiemos probando muchas moradas en cada logar et catando bien et escogiendo entre todas las tierras el mas provechoso logar, fallaron que España era el meior de todos, e muchol preciaron más que a ninguno de los otros, ca entre todas las tierras del mundo España ha una estremanza de abondamiento et de bondad más que otra tierra ninguna.
 Demás es cerrada toda en derredor: dell un cabo de los montes Pireneos  que llegan fasta la mar, de la otra parte del mar Occeano, de la otra del mar Tirreno. Demas es en esta España la Gallia Gotica que es la provincia de Narbona desouno con las cibdades Rodes, Albia et Beders, que en el tiempo de los godos pertenescien a esta mism provincia. Otrosi en Africa habie una provincia señora de diez cibdades que fue llamada Tingintana, que era so el señorio de los godos asi como todas estas otras.
 Pues esta España que decimos tal es como el paraíso de Dios, ca riega se con cinco ríos cabdales que son Ebro, Duero, Tajo, Guadalquivil, Guadiana; e cada uno dellos tiene entre si et ell otro grandes montañas et tierras; et los valles et los llanos son grandes et anchos, et por la bondat de la tierra et ell humor de los ríos lievan muchos frutos et son abondados. España la mayor parte della se riega de arroyos et de fuentes et nuncual minguan pozos cada logar o los ha mester.
 España es abondada de mieses, deleitosa de fructas, viciosa de pescados, sabrosa de leche et de todas las cosas que se della facen; lena de venados et de caza, cubiertas de ganados, lozana de caballos, provechosa de mulos, segura et bastida de castiellos, alegre por buenos vinos, folgada de abondamiento de pan; rica de metales, de plomo, de estaño, de argent vivo, de fierro, de arambre, de plata, de oro, de piedras preciosas, de toda manera de piedra mármol, de sales de mar et de salinas de tierra et de sal en peñas, et dotros mineros muchos: azul, almagra, greda, alumbre et otros muchos de cuantos se fallan en otras tierras; briosa de sirgo et de cuanto se face dél, dulce de miel et de azucar, alumbrada de cera, complida de olio, alegre de azafrán.
 España sobre todas es engeñosa, atrevuda et mucho esforzada en lid, ligera en afán, leal al señor, afincada en estudio, palaciana en palabra, complida de todo bien; non ha tierra en el mundo que la semeje en abondanza, nin se eguale ninguna a ella en fortalezas et pocas ha en el mundo tan grandes como ella. España sobre todas es adelantada en grandez et mas que todas preciada por lealtad. ¡Ay España! non ha lengua nin engeño que pueda contar tu bien.
 Sin los ríos cabdales que dixiemos de suso, muchos otros hay que en su cabo entran en la mar non perdiendo el nombre, que son otrosi rios cabdales, asi como es Miño, que nasce et corre por Gallicia et entra en la mar; e deste rio lieva nombre aquella provincia Miñea, e muchos otros ríos que ha en Galicia et en Asturias et en Portogal et en ell Andalucia, et en Aragon et en Catalona et en las otras partidas de España que entran en su cabo en la mar. Otrosi Alvarrecen et Segura que nascen en esa misma sierra de Segura, que es en la provincia de Toledo, et entran en el mar Tirreno, et Mondego en Portogal que non son nombrados aquí.
 Pues este regno tan noble, tan rico, tan poderoso, tan honrrado, fue derramado et astragado en una arremesa por desavenencia de los de la tierra que tornaron sus espaldas en si mismos unos contra otros, asi como si les minguasen enemigos; et perdieron y todos, ca todas las cibdades de España fueron presas de los moros et crebantadas et destroidas de mano de sus enemigos.
 
559.-Del duelo de los godos de España et de la razón porque ella fue destroida
 
 Pues que la batalla fue acabada desaventuradamientre et fueron todos muertos, los unos et los otros -ca en verdad non fincara ninguno de los cristianos en la tierra que a la batalla non viniese, qué dell un cabo qué dell otro, dellos en ayuda del rey Rodrigo, dellos del cuende Julián- fincó toda la tierra vacia del pueblo, lena de sangre, bañada de lágrimas, conplida de apellidos, huéspeda de los estraños, enagenada de los vecinos, desamparada de los moradores, viuda et desolada de sus fijos, confonduda de los bárbaros, esmedrida por la llaga, fallida de fortaleza, flaca de fuerza, menguada de conort, et desolada de solaz de los suyos.
 Alli se renovaron las mortandades del tiempo de Hércules, allí se refrescaron et podrescieron las llagas del tiempo de los uvandalos, de los alanos et de los suevos que comenzaran ya a sanar. España que en ell otro tiempo fuera llagada por la espada de los romanos, pues que guresciera et cobrara por la melezina et la bondad de los godos, estonces era crebantada, pues que eran muertos et aterrados cuantos ella criara.
 Oblidados le son los sus cantares et el su lenguaje ya tornado es en ageno et en palabra estraña. Los moros de la hueste todos vestidos del sirgo et de lo paños de color que ganaran; las riendas de los sus caballos tales eran como de fuego, las sus caras dellos negras como la pez, el más fremoso dellos era negro como la olla, asi lucien sus ojos como candelas; el su caballo dellos ligero como leopardo e el su caballero mucho más cruel et más dañoso que es el lobo en la grey de las ovejas en la noche.
 La vil yente de los africanos que se non solie preciar de fuerza nin de bondad, et todos sus fechos facie con art et a engaño, et non se solien amparar si non pechando grandes riquezas et grand haber, esora era exaltada, ca crebantó en un hora más aina la nobleza de los godos que lo non podrie homne decir por lengua.»
 
 [El texto pertenece a la edición en español de Espasa-Calpe, 1980, al cuidado de Antonio G. Solalinde. ISBN: 84-239-0169-6.]

lunes, 9 de julio de 2018

Cisneros, de presidiario a rey.- Cruz Martínez Esteruelas (1932-2000)


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Cosas veredes

«Aquella tarde de noviembre de 1517, propia de un frío otoño castellano, en que Cisneros aguardaba en Roa, tras su estancia en La Aguilera, cerca de Aranda, los últimos momentos de su vida fue, presumiblemente, espacio de tiempo muy apropiado para una reflexión sobre el conjunto de su vida.
 Había un peso agobiante: el del fracaso absoluto de su plan vital; todos sus sueños de vida religiosa contemplativa, fraguados en "El Castañar" y en "La Salceda", y quién sabe si con raíces en las prisiones de Uceda y de Santorcaz, se habían venido abajo. Pero el destino tenía una coartada para dar la respuesta a todo esto: que buena parte de la vida de Cisneros, por no decir prácticamente toda, se había dedicado a la causa del reino de Dios. La sede toledana, las peripecias granadinas, sus desvelos como inquisidor general, su Universidad y su Biblia políglota, habían servido a la causa de la Iglesia, en la medida de los tiempos, de una manera indudable. Pero para un franciscano convencido esto no era fuente bastante de consuelo. ¿Dónde las horas extensas de oración y la dedicación meditada y continua a la palabra de Dios? Divulgarla con la mayor exactitud posible por el ancho mundo no podía sustituir en un alma mística todas las horas, los días, los meses y los años "perdidos" entre las hazañas y las gestas al servicio a la Iglesia, en detrimento de una vida auténticamente contemplativa.
 Pero quedaba otra cosa: su vida de estadista, de regidor de las cosas temporales. Es indudable que llegado a este punto, Cisneros tenía que estremecerse. Desde la muerte de Isabel la Católica, tan preparada para comprenderle, había tenido tiempo sobrado para conocer los frutos amargos del poder temporal.
 Así, saber que el rey Fernando no le amaba, sino que simplemente le necesitaba. Su larga ausencia italiana y cien quehaceres más, le habían hecho ver en Cisneros al hombre insustituible, fiel y valioso en el que se podía descargar parte de la tarea de gobierno. Pero Fernando, de naturaleza recelosa, desconfiada y absorbente, desconfiaba de Cisneros y, peor aún, tenía secretos agravios contra él. Cada acierto cisneriano, o cada vez que el viejo clérigo tiraba de la manta como ocurrió en los asuntos de América, el prestigio de Fernando padecía. Buen guardián de sus propias prerrogativas, Fernando el Católico no habría olvidado que para que Cisneros fuera arzobispo de Toledo no pudo serlo el amado bastardo del aragonés, don Alfonso, que quedó de arzobispo de Zaragoza. Y seguro que el viejo cardenal conocía los propósitos de Fernando, que ya en la última etapa de su vida planeaba una permuta de sedes apostólicas en cuya virtud el bastardo don Alfonso de Aragón fuese arzobispo de Toledo y Cisneros pasase a Zaragoza. Este aspecto de la personalidad de Fernando el Católico -que en nada negaba su talento y sus grandes cualidades de gobernante- era la sombra permanente de su pensamiento y de sus acciones. De ahí nacían los recelos contra todos los hombres de valía indiscutible: Cisneros, el Gran Capitán e, incluso, Cristóbal Colón.
 Y del príncipe Carlos -el futuro rey-emperador- ¿qué decir? Una y otra vez le había desautorizado por vías indirectas desde la corte flamenca. Hasta el punto de que Cisneros tuvo que jugar la carta de los hombres verdaderamente libres, que en política siempre son los capaces de prescindir de la política. Tuvo que decir epistolarmente que de no ser respaldado del todo, se volvería a su archidiócesis de Toledo y a sus compañías franciscanas. Y a buen seguro que Carlos tuvo miedo, pues no era poca cosa vivir a costa del erario castellano opíparamente en Flandes y, al mismo tiempo, que le sacara el viejo cardenal las castañas del fuego en la complicada Castilla.
 También había sido notoria la intención flamenca, respaldada por Carlos, de interferir la obra de Cisneros en el propio territorio castellano enviando hombres de confianza, más como interventores o comisarios que como embajadores o legados. Así ocurrió con Adriano Utrecht -el deán de Lovaina que llegaría a ser Papa y que en España fue obispo de Tortosa-, La Chaux y Amerstoff. Cisneros recibió a estos personajes cortésmente y, en cierto modo, les brindó la participación en el gobierno de la corona. Sin embargo, siempre con buen cuidado de que su criterio prevaleciese sobre el de aquellos extranjeros, que uno a uno tuvieron que rendirse a la evidencia de que Cisneros era quien mandaba. Por lo demás, si había una cosa en que coincidían Cisneros y los castellanos era en el repudio de toda interferencia extranjera, cuestión ya tocada en el testamento de la Reina Católica y que había podido comprobarse en el efímero reinado de Felipe el Hermoso. Quiso el azar -o quizá la tentativa mal intencionada- que cierto documento fuera firmado por los próceres extranjeros sin dejar espacio para la firma de Cisneros. Éste rasgó el documento y mandándolo redactar de nuevo, lo firmó en exclusiva. Desde entonces supieron a qué atenerse y los flamencos optaron por disfrutar de sus cargos sin ejercerlos propiamente.
 Cisneros debía temblar en aquella tarde burgalesa y fría en que la caída de las hojas del otoño presagiaba insistentemente su inmediata muerte. Ni los Reyes Católicos con su enérgica y certera acción de gobierno habían podido matar los males endémicos de la vida social y política de Castilla. Es más, a la muerte de Isabel, sin esperar a que Fernando siguiera su camino, se habían reproducido ya, casi con los mismos nombres de familia, las viejas cuestiones que habían hecho de Castilla un reino doliente. Así las cosas, ¿cómo esperar que su breve regencia pudiera ser el remedio definitivo de aquellos males si tan siquiera el largo reinado de Fernando e Isabel habían podido desterrarlos definitivamente? Pero había más cosas. De la misma manera que Felipe el Hermoso al venir a España había rehuido el encuentro con Fernando el Católico, cambiando itinerarios y dando mil excusas, ahora el rey Carlos estaba haciendo lo mismo con Cisneros. Si es verdad que la mar y sus avatares le habían empujado hacia las costas asturianas, no es menos cierto que el ulterior  itinerario a seguir era continuamente cambiado y discutido. Bajo el pretexto de la peste, no habría encuentro en Valladolid ni posibilidad de entregarle el reino, con palabras de presente que las cartas no pueden sustituir. Y había otro hecho: una carta última del rey Carlos al cardenal Cisneros, fuertemente crítica contra el cardenal en que, por añadidura, le despedía sin la menor pompa ni la menor gratitud. Se dice que esta carta nunca llegó a manos de Cisneros, puesto que sus colaboradores, al conocerla, quisieron ahorrarle la amargura que le hubiera supuesto leerla y meditarla. Aunque esto sea cierto, los hechos estaban hablando por sí solos y reproducían, indudablemente, el tenor de aquella carta cuyo destino no se sabe bien cuál fue. [...]
 A buen seguro que Cisneros presentía la que sería guerra de las Comunidades. Si Dios, apiadándose de él, le hubiese dado un poco más de vida, hubiese comprobado que sus temores eran ciertos: que el rey Carlos y sus consejeros flamencos entrarían a saco en el erario castellano y en el repartimiento de cargos y que estas causas y no otras, fueron las que decidieron uno de los episodios más amargos de la historia de Castilla: la sublevación y muerte de los jefes comuneros.
 Dada la visión cisneriana de las cosas, siempre amplia y universal, tampoco sería de extrañar que el anciano presintiera que los beneficios de una España unida, con referencias seguras para mirar hacia Oriente y Occidente -con la huella aragonesa sembrada en el Mediterráneo oriental y la castellana implantada en las Indias-, tenía de por sí un destino peculiar y propio en el que había que concentrar todas las energías. [...]
 La historia, pasado el tiempo, ha juzgado a Cisneros en su grandeza. Bataillon nos ha dicho que las cosas más importantes de los reinados de Carlos I y de Felipe II estaban incoadas e incubadas en el Cisneros estadista. Pero más importante que esto ha sido el calificativo ganado a pulso por Cisneros como humanista cristiano.»
 
 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta- De Agostini, 1996. ISBN: 84-395-4915-6.]
 

domingo, 25 de febrero de 2018

Aspectos del vivir hispánico.- Américo Castro (1885-1972)

 
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I.-Mesianismo, espiritualismo y actitud personal
 Imperialismo y mesianismo

«Cuanto llevo dicho permite ampliar la perspectiva del mesianismo español. No fue éste debido al movimiento espiritual de los alumbrados que rodeaban al cardenal Cisneros, puesto que ya en el siglo XV el mesianismo dirigía su anhelo hacia los Reyes Católicos, e incluso hacia Cristo, que renacía en la conciencia de las gentes al efecto de una redención terrena. Lo importante es la tensión mesiánica en sí misma, de abolengo hispano-semita, pronta a dispararse sobre cualquier ocasión o prodigio, con tanta más violencia cuanto que no existe la indagación racional que le sirva de contrapeso. Charles de Bovelles, el amigo de Lefevres d'Etaples, visitó a Cisneros y dejó en torno a él un eco de sus profecías y locas imaginaciones; pero Bovelles era matemático y filósofo, y estaba empapado de la filosofía de Nicolás de Cusa; en él la exaltación convivía con el afán de conocimiento. Lo característico de España, en cuanto a conocimiento, habría que buscarlo entonces en la tradición de Raimundo Lulio, teólogo, poeta, cabalista, que soñaba con reducir a los infieles del mundo entonces conocido al redil de la creencia cristiana y a tal empresa sacrificó su vida. Lulio murió apedreado en Berbería, en 1315; Cisneros conquistó Orán en 1509.
 Al gran cardenal lo rodeaba una aureola de prodigiosas esperanzas; pero este mesías se muestra a su vez "mesianizado" por las beatas que hierven en torno a él. De una de ellas, sor Juana de la Cruz, se predecía que iba a ser madre de un nuevo Salvador; el mito de la Sibila venía así a satisfacer en la vida real aquella apetencia insaciable de más allá, que aparece literariamente en la Sibila Casandra, de Gil Vicente, junto a otros motivos que hacen del maravilloso poeta un condensador de los anhelos de la Hispania de entonces: mesianismo, imperialismo, espíritu cristiano (deturpado según él por el materialismo eclesiástico del tiempo), caballería, ilusión y exaltación poéticas. Pero no haría ninguna falta, en efecto, hablar del erasmismo de Gil Vicente, por ser metódica y cronológicamente innecesario.
 La exaltación -mística, poética- no concebía otro hacer que el suscitado por la furia heroica. De ahí que el hispano no valorara en un ardite la prosa fría del convivir diario, fundado en propósitos y razones comunales, tanto como en el amor de la perfección menuda -mate y silenciosa. Observemos cómo era entonces el vivir básico de las gentes, cuando España hervía en iluminados, mesiánicos, imperialistas y erasmistas. En general, los españoles se agrupaban para la guerra y se desunían en la paz, que para ellos significaba ocio. El agruparse para la guerra y la acción acontecía bajo la cúpula de la creencia monárquico-religiosa, no en virtud de enlaces interesados, unidos a la tierra, como los puritanos que vinieron a Norteamérica y se estructuraron agrícola, comercial e industrialmente, porque entre ellos el "acá" dominaba al "allá". Las ciudades surgían en Hispanoamérica tras una invocación a la Santísima Trinidad y su majestad el rey. Así fundaba Jujuy, en 1593, el capitán don Francisco de Argañarás, "echando luego mano a su espada; y haciendo las ceremonias acostumbradas, echó tajos y reveses, y dijo en voz alta si había alguna persona que contradijese el dicho asiento y jurisdicción, y no hubo contradicción de persona alguna". Religión de Dios y religión del rey mantenían a las gentes elevadas sobre el suelo de la diaria prosa, sin base ni cimientos. Y así lo veían y lo sentían en las Indias quienes observaban con ojos inteligentes la vida en torno:
 
 "De las discordias que entre los cristianos ha habido en los tiempos passados o primeros años que acá pasaron, dieron mucha ocasión los ánimos de los españoles que de su inclinación quieren antes la guerra que el ocio, o si no tienen enemigos extraños, búscanlos entre sí, como dice Justino, porque su agilidad e grandes habilidades los hacen muchas veces mal sofridos. Quanto más que han acá pasado diferentes maneras de gentes; porque aunque eran los que venían vasallos de los reyes de España, ¿quién concertará al vizcaíno con el catalán, que son de tan diferentes provincias y lenguas? ¿Cómo se avendrán el andaluz con el valenciano, y el de Perpiñán con el cordobés, y el aragonés con el guipuzcoano, y el gallego con el castellano, y el asturiano e montañés con el navarro, etc.? Así de esta manera no todos los vasallos de la corona real de España son de conformes costumbres ni semejantes lenguajes".*
 
 Lo que el rey era a la totalidad del reino, eso era el noble para la subagrupación social pendiente de su poder y prestigio: religión, monarquía, nobleza, hidalguismo. Cúpulas menores subordinadas a las cúpulas máximas. Lo que no cabía bajo ellas fue villanaje informe o mundo picaresco, sobras y fracturas de una sociedad que sólo sabía vivir de la emanación de arriba y no de las sustancias vitales que ella segregara; éstas surgieron a veces como un "by-product" de aquel sentirse actuado desde afuera.
Así cobra pleno sentido el Escudero del Lazarillo, personaje por cierto más impresionante que cómico.  Aquel buen hombre cultivaba la hidalguía en "espíritu", se sentía "alumbrado" por ardiente fe nobiliaria. Su vivir interior se resuelve en pura actitud, consiste en un querer ser hidalgo, reflejado en la postura apariencial. No es un farsante porque su existir último no es sino su aspecto. La espada, la capa y el paso razonable y entonado son al porte y balumba del auténtico grande lo que el conventículo sería al convento. El hidalguismo interior se bastaba a sí solo, era una utopía.
 Quienes no se albergaban bajo las cúpulas solemnes de la Iglesia o de la nobleza regia quedaban socialmente a la intemperie. El dicho sabido reza: "Iglesia o mar o casa real". [...]  
 El español, cuando no lo poseía el entusiasmo, carecía de gusto objetivo por ninguna tarea. Un observador inteligente, Juan Ginés de Sepúlveda, llega a preguntarse si no habría valido más no conquistar Granada, porque tiene la impresión de que dentro de casa el español ha suprimido el estímulo para la acción, aunque haya extendido el imperio: al vivir en el más allá correspondía la inercia doméstica.»
 
*Gonzalo Fernández de Oviedo: Historia general y natural de las Indias (1535).
 
[El extracto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial. Depósito legal: M.15056-1970]