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miércoles, 16 de junio de 2021

Muerte de un perfecto bilingüe.- Thomas Gunzig (1970)


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  «La columna de refugiados se extendía sobre algo menos de un kilómetro, en la cuneta de una carretera nacional enfangada, flanqueada por lo que, en primavera, debía ser un hermoso sotobosque, pero que en pleno invierno parecía más bien un cepillo para el pelo tirado en un rincón del cuarto de baño. En aquel decorado, los centenares de refugiados cumplían a la perfección el papel de ropa sucia: todo gris, amorfo y apestoso. Moktar pidió al conductor del camión que se detuviera a quinientos metros del primer grupo de refugiados, parara el motor y quitara las luces ya que, según él, aquellas gentes eran como conejos, igual de nerviosos y cobardes, y el ruido del motor, la luz de los faros y decenas de tipos uniformados podían provocar en un instante un pánico inenarrable.
 -El pánico –dijo Moktar- es nuestro peor enemigo. La gente con pánico es capaz de cualquier cosa. Está bien que sientan miedo, pero sobre todo, nada de pánico.
 Echó una mirada al reloj. A un kilómetro, del otro lado de la columna de refugiados, Naxos había empezado a currar con los equipos de la tele. Dirk había conectado uno de los aparatos de emisión y recepción, había sintonizado la frecuencia y se detuvo cuando la voz del presentador irrumpió en medio de los parásitos:
 -Esta gente, que huye de la miseria, la guerra y el horror, se ha echado a cientos a las carreteras. Algunos llevan varios días sin comer, todos padecen deshidratación o infecciones de todo tipo debido a las malas condiciones de vida. Un hombre explicaba cómo ayer, su mujer tuvo que dar a luz en un foso, y como máxima atención tan sólo recibió un vaso de leche no esterilizada. Sin embargo, más que el hambre o la enfermedad, a lo que estas personas temen es a los terroristas, que andan escondidos entre ellos, los someten a espantosos chantajes, amenazan de muerte al que se atreva a romper la ley del silencio y les imponen “el impuesto”, como aquí se llama, en otras palabras, la extorsión cotidiana de sus escasos haberes…
 Por detrás de la voz del presentador podíamos oír la voz de Naxos, que decía a la gente que no se preocupara, que los camiones de la “General Food” iban a distribuirles raciones y que los niños recibirían leche y cereales. Media hora después vimos cómo el helicóptero de la cadena tomaba altitud en un cielo negro y glacial. De lejos, con sus balizas, parecía una bola de Navidad parpadeante. Moktar recibió la señal que estaba esperando. Pidió por radio a los soldados del ejército regular que habían ayudado a los equipos de televisión y a los “Lluvias” de Naxos que permanecieran in situ para servir de “tampón” en su lado de la columna. Se apeó del camión, mandó acercarse al soldado de mayor graduación de los que nos acompañaban, un hombrecillo barbudo con la cara en forma de pera, y le ordenó disponer a sus hombres en los bosques que se extendían a lo largo de la carretera.
 Moktar nos dijo que hiciéramos lo mismo que él. Bajo la luz de los proyectores instalados sobre los camiones, se acercó a la columna de refugiados, diciendo:
 -Calma, todo irá bien, seguid nuestras instrucciones.
 Se produjo un ligero movimiento de masas, pero prosiguió con sus palabras, zambulléndose en medio de la muchedumbre. Igual que en un lago invadido por las algas.
 Y nosotros, detrás de él, repetíamos a los hombres, mujeres, viejos y niños que se chupaban el pulgar:
 -Hay unos autocares esperándoos a cincuenta metros que os llevarán a algún lugar seguro.
Vi que algunas sombras abandonaban la carretera y se replegaban en el bosque. Se oyó con claridad detonar una serie de disparos, clac, clac, clac, como un ruido de guijarros golpeándose entre sí. Era evidente que el barbudo con cara de pera había entendido las instrucciones. Se hizo un gran silencio y esta vez pudimos escuchar la voz alta y clara de Moktar repitiendo incansablemente:
 -Calma, todo irá bien, seguid nuestras instrucciones. Hay unos autocares esperándoos a cincuenta metros que os llevarán a algún lugar seguro.
 Agarraba a todos los que se le ponían a tiro y los empujaba hacia nosotros, que íbamos siguiéndolo, y que los empujábamos, a su vez, hacia atrás, donde esperaban los autocares.
 Por más sorprendente que pueda parecer, a pesar del centenar de personas que se hallaban delante de nosotros, aquel simple gesto de agarrar a uno y empujarlo hacia atrás acabó por crear un movimiento generalizado de desplazamientos hacia los autocares. Moktar se volvió un momento hacia mí, con decenas y más decenas de personas desfilando entre nosotros, y me lanzó una mirada en la que brillaban orgullo y picardía, y que me tranquilizó respecto a su estado de ánimo. La fuga de Suzy no estaba afectándole demasiado. En el bosque estallaron otros disparos, que parecían parte del decorado; nadie les prestó atención.
 Nos llevó más de dos horas conseguir que todo el mundo se subiera a los autocares, cuyo número resultó que se había calculado muy por lo bajo, vista la cantidad de gente a la que había que trasladar. Pegadas a la rejilla de las ventanas, se veían decenas de caras apretujadas, centenares de ojos aterrados observando nuestras idas y venidas. Dirk encendió una colilla mientras se inspeccionaba el calzado. El hombre con cara de pera salió del bosque junto a sus soldados del ejército regular transportando tres grandes bultos. Se acercaron a Moktar y los depositaron a sus pies.
 -¿Qué hacemos con esto?
 Moktar observó. Eran los cuerpos de dos hombres y de una muchacha. Se dio la vuelta en dirección a los autocares, de los que salía en aquel momento un rumor amenazante.
 -Menudo jodido fregado que me habéis montado con esto. ¿A qué no sabéis cuánto tiempo puede llevar calmar a una muchedumbre presa del pánico?
 El hombre con cara de pera pareció ofendido de que se le recriminara algo delante de sus hombres.
 -En todo caso, ya están dentro, o sea que lo del pánico nos la suda –contestó.
 A nuestras espaldas aumentaba el rumor. Desde los diez autocares nos llegaban voces insultándonos. Crecía la agitación, la gente se levantaba, trataba de apearse. Los autocares empezaron a balancearse, igual que barcazas sobre el oleaje.
Resultado de imagen de thomas gunzig muerte del perfecto bilingue -Mierda –dijo Moktar.
 Entonces, de uno de los autocares surgió sordo el grito de una mujer, incomprensible, pero de golpe el rumor se amplificó hasta un nivel casi escalofriante, llenando todo el espacio de vibraciones hostiles. Era como si el oleaje arreciara y el balanceo de los autocares se hizo peligroso.
 -¿Así que el pánico nos la suda, no? –soltó Moktar en un tono irónico.
 El hombre con cara de pera no contestó aunque en su semblante permaneciera una sonrisa crispada.
 -Vente conmigo –me dijo el esloveno, dirigiéndose hacia el autocar más cercano.
 Nos subimos a la parte delantera del vehículo. Dentro, todo eran voces y gritos; un proyectil lanzado desde el fondo, me rozó la cara. Olía a miedo, a sudor, a ropa vieja y a orina. Moktar agarró al primero que tuvo a mano, un tipo joven que llevaba una chaqueta de esquiar completamente pasada de moda, lo alzó sujetándolo por el cuello de la prenda, sacó su revólver de servicio, lo encañonó en la sien y disparó.
 En el recinto cerrado del autocar, el ruido resultó ensordecedor; brotó sangre y materia cerebral, como en el estallido de un fuego de artificio. El joven salió proyectado contra la rejilla y rebotó, cayendo en el pasillo central, donde se desplomó quedándose sentado en una extraña posición. Al instante se hizo un silencio, un silencio tan pesado como una plancha de hierro fundido.
 -Guardad la calma, todo saldrá bien, seguid nuestras instrucciones –dijo Moktar antes de apearse del autocar.
 En los demás autocares, al igual que en el que abandonábamos, reinaba el silencio. A pesar de no haber sido testigos de la escena, todo el mundo sabía lo que acababa de ocurrir. Moktar debió de leer sorpresa en mi mirada.
 -Conviene que los otros no se imaginen cualquier cosa, sino que vean la misma cosa. Es ahora la única manera de que el trayecto se recorra en calma.
 Nos habíamos montado en el autocar siguiente, en el que se mascaba una calma aterrada. Mokatra agarró al primero que tuvo a su alcance, una muchachota de unos veinte años de edad, y de nuevo: revólver, sien, disparo, ruido ensordecedor, fuego artificial rojo, y repitió:
 -Guardad la calma, todo saldrá bien, seguid nuestras instrucciones.
 Así fue cómo procedimos en los diez autocares, ¡PAM! ¿PAM ¡PAM!, y cuando al final nos acercamos al hombre con la cabeza en forma de pera, reinaba una calma absoluta apenas interrumpida por el ruido de los motores al ralentí.
 -Tiene usted buena mano –dijo el hombre, admirado-. En mi vida civil era profe en un instituto conflictivo; seguro que se le habría dado a usted muy bien.
 -Gracias; poned a estos tres a un lado. En medio de la carretera acabarán provocando un accidente –contestó Moktar al tiempo que señalaba a los tres cuerpos.
 -Se había hecho tarde y teníamos bastante camino por delante para regresar a la ciudad. Debido a la tensión que se había ido fraguando me di cuenta de lo cansado que estaba. La nuca, igual de rígida que un azadón, me dolía mucho. Los diez autocares emprendieron su ruta, saturando el aire gélido con el humo de los tubos de escape.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Funambulista, 2009, en traducción de Ascensión Cuesta, pp.213-220. ISBN: 978-84-96601-36-9.]

lunes, 21 de septiembre de 2020

Los nueve libros de la Historia.- Heródoto (c. 484 a.C. - c. 425 a. C.)


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Libro segundo: Euterpe

  «124.-Hasta el reinado de Rampsinito, según los sacerdotes, estuvo Egipto en el mejor orden y en gran prosperidad; pero Queops, que reinó después precipitó a los egipcios en total miseria. Primeramente, cerró todos los templos y les impidió ofrecer sacrificios; ordenó después que todos trabajasen para él. Los unos tenían orden de arrastrar piedras desde las canteras del monte Arábigo hasta el Nilo; después de transportadas las piedras por el río en barcas, mandó a los otros recibirlas y arrastrarlas hasta el monte que llaman Líbico. Trabajaban por bandas de cien mil hombres, cada una tres meses. El tiempo en el que penó el pueblo para construir el camino para conducir las piedras fue de diez años; y la obra que hicieron es a mi parecer no muy inferior a la pirámide (pues tiene cinco estadios de largo, diez brazas de ancho y ocho de alto en su mayor altura), y está construida de piedra labrada y esculpida con figuras. Diez años, pues, pasaron para construir ese camino y las cámaras subterráneas en el cerro sobre las que se levantan las pirámides, cámaras que dispuso para su sepultura en una isla, formada al introducir un canal del Nilo. Para construir la pirámide se emplearon veinte años: es cuadrada, cada lado es de ocho pletros de largo, tiene otros tantos de altura, de piedra labrada y ajustada perfectamente; ninguna de las piedras es menor de treinta pies.
 125.- La pirámide se construyó de este modo: a manera de gradas, que algunos llaman adarves y otros zócalos. […] En la pirámide está anotado con letras egipcias cuánto se gastó en rábanos, en cebollas y en ajos para los obreros; y si bien me acuerdo, al leerme el intérprete la inscripción, me dijo que la cuenta ascendía a mil seiscientos talentos de plata. Y si esto es así, ¿cuánto sin duda se habrá gastado en las herramientas con que trabajaban y en alimentos y vestidos para los obreros, ya que construyeron las obras durante el tiempo mencionado y además trabajaron otro tiempo, durante el cual tallaron y transportaron la piedra y labraron la excavación subterránea, tiempo nada breve?
 126.- A tal extremo de maldad llegó Queops que, por carecer de dinero, puso a su propia hija en el lupanar con orden de ganar cierta suma, no me dijeron exactamente cuánto. Cumplió la hija la orden de su padre y aún ella por su cuenta quiso dejar un monumento, y pidió a cada uno de los que la visitaban que le regalara una sola piedra; y decían que con esas piedras se había construido la pirámide que está en medio de las tres, delante de la pirámide grande, cada uno de cuyos lados tiene pletro y medio.
 127.-Decían los egipcios que este Queops reinó cincuenta años, y que a su muerte, heredó el reino su hermano Quefrén. Éste se condujo del mismo modo que el otro en general y particularmente en levantar una pirámide que no llega a las dimensiones de la de Queops, pues yo mismo la medí. Tampoco tiene cámaras subterráneas, ni llega a ella un canal desde el Nilo, como a la de Queops, que corra por un conducto construido y rodee por dentro una isla, en la cual dicen que yace Queops. Quefrén fabricó la parte inferior de su monumento de piedra etiópica abigarrada, y la hizo cuarenta pies más baja que la otra, y vecina a la grande; ambas se levantan en un mismo cerro, que tendrá unos cien pies de alto.
 128.-Decían que Quefrén reinó cincuenta y seis años. Calculan que esos son los ciento seis años durante los cuales los egipcios vivieron en total miseria y durante todo ese tiempo los templos, que habían sido cerrados, no se abrieron. Por el odio contra los dos reyes, los egipcios no tienen mucho deseo de nombrarlos; de suerte que dan a las pirámides el nombre del pastor Filitis, quien por aquel tiempo apacentaba sus rebaños por esos lugares.
 129.- Decían que después de Quefrén reinó Micerino, hijo de Queops. Éste, disgustado con los actos de su padre, abrió los templos y permitió al pueblo, oprimido hasta la última miseria, que se retirara a sus ocupaciones y sacrificios. Entre todos los reyes, fue el que dio más justas sentencias y por eso ensalzan a Micerino sobre todos cuantos fueron reyes de Egipto. No sólo juzgaba íntegramente sino que, a quien criticaba la sentencia, le daba de lo suyo para contentarle. Aunque era bondadoso con sus súbditos y observaba tal conducta, le aconteció como primera de sus desgracias, morirse su hija, única prole que tenía en su casa. Muy apenado por el infortunio sobrevenido y queriendo sepultar a su hija por modo extraordinario, hizo labrar una vaca de madera hueca, la doró, y en ella sepultó a la hija que se le había muerto.
 130.-Esa vaca no fue cubierta de tierra, antes bien era visible todavía en mis tiempos, en la ciudad de Sais, colocada en el palacio en una cámara adornada. Ante ella, queman todos los días todo género de perfume y todas las noches se le enciende su lámpara perenne. Cerca de esta vaca, en otra cámara, están las imágenes de las concubinas de Micerino, según decían los sacerdotes de la ciudad de Sais; son estatuas colosales de madera, desnudas, unas veinte, más o menos en número; no puedo decir quiénes sean, sino lo que se cuenta acerca de ellas.
 131.-Sobre la vaca y los colosos cuentan algunos esta historia: Micerino se prendó de su hija y la gozó a pesar de ella. Dicen luego que la joven se ahorcó de dolor, que el rey la sepultó en aquella vaca, que su madre cortó las manos de las criadas que entregaron la hija al padre, y que ahora les ha pasado a sus imágenes lo mismo que les pasó en vida. Los que así hablan, a mi entender, desatinan, en toda la historia, particularmente en cuanto a las manos de los colosos, pues hemos visto nosotros mismos que han perdido las manos por el tiempo; y aun en  mis días se veían a los pies de las estatuas.
 132.- La vaca está toda cubierta con un manto de púrpura, pero muestra el cuello y la cabeza, dorados con una gruesa capa de oro, y lleva en medio de sus astas un círculo de oro que imita el del sol. No está en pie, sino hincada, y su tamaño es el de una vaca viva grande. La sacan fuera de la cámara todos los años cuando los egipcios plañen al dios que yo no nombro a este propósito; entonces es cabalmente cuando sacan al público la vaca. Porque, según dicen, la hija al morir pidió a su padre Micerino el ver el sol una vez al año.
 133.-Después de la desastrada muerte de su hija, le sucedió lo siguiente a Micerino: le llegó de la ciudad de Buto un oráculo con el aviso de que iba a vivir sólo seis años, y morir al séptimo. Lleno de indignación, Micerino envió al oráculo a reprochar a su vez al dios porque su padre y su tío, que habían cerrado los templos, sin preocuparse de los dioses, oprimiendo además a los hombres, habían vivido largo tiempo y él, que era pío, iba a morir tan pronto. Vínole del oráculo por segunda respuesta que por lo mismo se le acortaba la vida, por no haber hecho lo que debía hacer, pues el Egipto debía ser oprimido duramente durante ciento cincuenta años, y sus dos antecesores lo habían comprendido y él no. Oído esto y advirtiendo Micerino que su fallo estaba ya dado, mandó fabricar gran cantidad de lámparas y, cuando llegaba la noche, las encendía, bebía y se daba buena vida día y noche, sin cesar, paseando por los pantanos y los prados y por dondequiera hubiese muy buenos lugares de recreo. Todo lo cual discurrió con el intento de demostrar que el oráculo había mentido, para tener doce años en lugar de seis, convirtiendo las noches en días.
 134.-También Micerino dejó una pirámide, mucho menor que la de su padre; cada lado es de tres pletros menos veinte pies: es cuadrada, y hasta la mitad, de piedra etiópica.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Orbis, 1982, en traducción de María Rosa Lida. ISBN: 84-7530-129-0.]

viernes, 14 de febrero de 2020

Barrabás y otros relatos.- Pär Lagerkvist (1891-1974)

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El Verdugo

«-¡Oh, los viejos no entienden nada!... ¡Salud, Verdugo! ¡A ti te acepto! Tú y yo vamos a ordenar el mundo... Pero, ¿por qué no bebes?... Pareces un pobre diablo. ¿Estás enojado?
 Clientes y mozos reían a carcajadas en otra mesa, y tanto, que una muchacha se doblaba sobre los vasos.
 -Es evidente que debemos librar otra guerra. ¡La guerra es salud! ¡Un pueblo que no quiere pelear es un pueblo enfermo!
 -Sí, la paz es una cosa para los niños y los enfermos: son los que necesitan de la paz. Pero un hombre sano y fuerte, no.
 -La trinchera es el único lugar en el que un hombre decente puede sentirse a gusto. Se debería vivir en las trincheras hasta en tiempos de paz, y no dentro de las casas, que sólo sirven para debilitar a las gentes.
 -Sí, ¡el baño de acero de la guerra es necesario! Un pueblo sano no puede prescindir de ella más de una década. Después empieza a degenerar; si es un pueblo sano, se entiende.
 -Así es, ¡y el que pone fin a la guerra es un traidor!
 -Así es.
 -¡Abajo los traidores! ¡Abajo los traidores!
 -¡Que los maten!
 -Sí, porque empujan inconscientemente a su pueblo a las inseguridades de la paz. Uno sabe por qué se hace la guerra, pero, durante la paz, el pueblo está amenazado por toda clase de peligros desconocidos.
 -Es verdad.
 -Hay que alejarse de las debilidades peligrosas. Los niños deben ser educados para la guerra. Cuando aprendan a caminar, deben hacerlo con un sentido militar y no maternal.
 -Sí, estas cosas se arreglarán. Nos ocupamos de los niños y no los abandonamos en manos de padres irresponsables.
 -Es lógico.
 -Eso permite pensar tranquilamente en el futuro.
 -Por supuesto.
 -Les estoy oyendo hablar de la guerra, camaradas -dijo, levantándose dificultosamente de su silla, un hombre con la cara destrozada por las balas, cuyo rostro era una desagradable superficie colorada con una barba en el medio-. ¡Eso me levanta el corazón! Espero vivir el día en que nuestro pueblo vuelva orgullosamente a los viejos campos de batalla. Tal vez entonces la ciencia permitirá que yo pueda acompañarlos. Me han leído un libro recién aparecido según el cual existiría la posibilidad de que el hombre pueda ver y apuntar nada más que con el pensamiento. Si fuera así, me encontrarán en la primera fila, y con muy buena puntería, camaradas.
 -¡Bravo! ¡Bravo!
 -¡Magnífico!
 -¡Heroico!
 -Hombres así sólo existen en las grandes épocas.
 -Sí, la guerra imprime su sello de honor sobre la frente de los hombres.
 -¡Es grandioso!
 -Un pueblo así es invencible.
 -Por otra parte, reconocemos la obligación de divulgar nuestra ideología por todo el mundo. Los demás pueblos se inquietarían si nos vieran reservar algo semejante sólo para nosotros; y si hubiera alguno que no quisiera aceptarla, lo exterminaremos.
 -Sería para su propio bien, porque un pueblo preferirá desaparecer antes que vivir sin nuestra ideología.
 -¡Eso, ni que hablar!
 -El mundo nos agradecerá tan pronto comprenda lo que buscamos.
 -Además, es necesario que la humanidad, al cabo de un tiempo, destruya cuanto ha construido. De no ser así, desaparecería el verdadero sentido creador. La destrucción es más importante que una simple construcción. Es lo que corresponde a las grandes épocas. Siempre habrá hormiguitas diligentes que se encargarán de edificar un mundo nuevo, de eso no hay que preocuparse. Pero los espíritus audaces, que de una sola vez hacen desaparecer el mundo de juguete de los hombres, son muy raros, y sólo aparecen cuando son indispensables.
 -Nuestro pueblo es vigoroso y por eso tiene el coraje de declarar abiertamente su simpatía por lo que otros llaman opresión. Sólo las razas degeneradas tratan de oponerse. A todos los pueblos fuertes les gusta sentir el rebenque sobre sus espaldas.
 -Lo más alentador es ver que la juventud está de nuestra parte. ¡Nosotros construimos para la juventud! ¡Para esa valiente juventud moderna que no tiene nada de sentimental! En todas partes se pone de nuestro lado, del lado de la fuerza! Los jóvenes héroes...
 -Pero, ¡cómo se atreven!
 -¿Alguien dijo algo...? Bueno..., oí mal.
 Comenzó a notarse cierta inquietud entre los clientes que se encontraban próximos a la entrada del local. Algo se decían unos a otros en voz baja. Empezaban a levantarse de sus asientos, hacían señas, miraban en la misma dirección. Un murmullo atravesó la sala.
 -¡Vivan los asesinos! ¡Vivan los asesinos!»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1982, en traducción de Fausto de Tezanos Pinto. ISBN: 84-7530-102-9.]
 

sábado, 26 de octubre de 2019

La decadencia de Nerón Golden.- Salman Rushdie (1947)


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I
11.-Monólogo de V. Arsénieva sobre el amor y la necesidad

«Por favor. No necesito que nadie se compadezca de mis orígenes humildes. Solamente quienes no han sido nunca pobres piensan que la pobreza tiene algo digno de compasión y la única respuesta a ese punto de vista es el desprecio. No pienso detenerme lo bastante como para descubrir las penurias de mi familia, aunque fueron muy variadas. Estaba la cuestión de la comida y la cuestión de la ropa y la cuestión de protegerse del frío pero por alguna razón nadie cuestionó nunca la necesidad de que hubiera bebida suficiente para mi padre o quizá debería decir más que suficiente. Cuando yo era niña nos mudamos a la ciudad de Norilsk, cerca del gulag de Norillag, que por supuesto cerró hace unos sesenta años, pero dejó tras de sí la ciudad que originalmente habían construido los prisioneros. A los doce años me enteré de que la ciudad estaba prohibida para los no rusos y por tanto tampoco era fácil marcharse de ella. De forma que entiendo la opresión comunista y también la opresión no comunista de después, pero no me interesa hablar del tema. Y tampoco del alcoholismo de mi padre. La pobreza es una condición asquerosa y no conseguir salir de ella también es asqueroso. Por suerte se me dan de maravilla las cosas tanto físicas como mentales y así es como he podido venir a América, y doy gracias por ello, pero también sé que mi presencia aquí es fruto de mi propio esfuerzo, de forma que en realidad no tengo que dar gracias a nadie. En este sitio dejo atrás el pasado y soy yo misma, con esta ropa, ahora. El pasado es una maleta de cartón rota y llena de fotografías de cosas que ya no quiero ver. De los abusos sexuales tampoco quiero hablar, aunque también ocurrieron. Hubo un tío mío y después de que mis padres se divorciaran también hubo un novio de mi madre. Cierro la maleta. Si le mando dinero a mi madre desde aquí es para decirle: por favor, mantén cerrada la maleta. Ahora también están las facturas del hospital de mi padre, que tiene cáncer. Les mando dinero pero no tengo relación con ellos. Caso cerrado. Doy gracias a Dios por ser hermosa porque eso me permite dejar la fealdad fuera de mi vida. Vivo concentrada en el futuro, cien por cien. Vivo concentrada en el amor.
 Los cínicos dicen que eso que la gente llama amor no es más que necesidad. Y eso que la gente llama eternidad, dicen los cínicos sin amor, no es más que un alquiler. Yo estoy por encima de esas consideraciones tan bajas. Yo creo en mi buen corazón y en su capacidad para ofrecer un gran amor. La necesidad existe, está claro, pero hay que satisfacerla, es una condición previa sin la cual no puede nacer el amor. Para que pueda crecer la planta hay que regar la tierra. Cuando estás con un gran hombre tienes que adaptarte a su grandeza y él a su vez se mostrará magnífico en su amabilidad y llegaréis a un acuerdo y esto es normal; es, por así decirlo, como regar la tierra. Soy una persona práctica, de manera que sé que primero hay que construir la casa para poder vivir en ella. Primero construye una casa sólida y así podrás tener una vida feliz en ella, para siempre. Es mi forma de hacer las cosas. Sé que sus hijos me tienen miedo. Tal vez tengan miedo por su padre o tal vez por ellos mismos, pero en cualquier caso solamente están pensando en la casa y no en la vida de dentro. No están pensando en el amor. La casa que yo estoy construyendo es la casa del amor. Ellos deberían entender esto, pero aunque no lo entiendan yo voy a seguir con las obras de construcción. Sí, ellos lo llaman la Casa Dorada, pero ¿qué significa eso si no hay amor en todas las habitaciones, en todos los rincones de cada habitación? Es el amor lo que es dorado, no el dinero. Nunca han necesitado nada, esos hijos, ¿qué les ha faltado en la vida? Viven dentro de un conjuro mágico. Se engañan completamente a sí mismos. Dicen que aman a su padre, pero confunden la necesidad con el amor. Lo necesitan, sí. Pero ¿lo aman? Voy a tener que ver más pruebas antes de poder responder. Él debería tener amor en su vida mientras pueda.
 El hijo que estudia con una bruja debería entenderlo: su padre es el brujo de su vida. El hijo que sale con esa chica extraña debería entenderlo: su padre es su identidad. El hijo que tiene la mente rota debería entenderlo: su padre es su ángel.
 Lo que les preocupa es la herencia. Pero tienen que entender tres cosas. En primer lugar: ¿acaso está bien que, después de darle yo mi amor a ese hombre, ellos me pongan de patas en la calle? Claro que no; por tanto, hay que hacer arreglos, está claro. En segundo lugar, yo he firmado el acuerdo sobre nuestra relación que él me dio para firmar, tal como él quería, sin discutir: he ahí mi confianza, he ahí mi fe basada en el amor. De forma que están todos protegidos y no tienen nada que temer de mí. En tercer lugar, lo que ellos temen más es que les llegue otro hermano o hermana. Tienen miedo de mi útero. Tienen miedo del deseo de ser llenado que pueda tener mi útero. Ni siquiera saben si su padre todavía es capaz de engendrar, pero aun así tienen miedo. Ante esto, me encojo de hombros. Tienen que entender que soy una persona provista de una gran autodisciplina. Soy la general de mí misma y mi cuerpo es el soldado raso que obedece las órdenes del general. En este caso, entiendo lo que ha dicho ese hombre al que amo. Ha hablado con claridad. A su edad no está preparado para volver a los inicios de la paternidad, para tener un bebé, con sus chillidos y su mierda, para tener un hijo a quien no conocerá de adulto. Eso ha dicho. Es una de las cláusulas del acuerdo que he firmado. He firmado que no habrá ningún bebé. Son las instrucciones que le he dado a mi cuerpo y a mi útero. No habrá bebé con ese hombre al que amo. Nuestro amor es el bebé y es un bebé que ya ha nacido y al que ya estamos cuidando. Es lo que él desea y por tanto yo también, su deseo es también el mío. Así es el amor. Así es como triunfa el amor sobre la necesidad. Esos hijos tan llenos de necesidades tienen que aprender a amar de su padre, y de mí.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2017, en traducción de Javier Calvo. ISBN: 978-84-322-3305-0.]

miércoles, 3 de abril de 2019

El sentido de la realidad. Sobre las ideas y su historia.- Isaiah Berlín (1909-1997)


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Rabindranath Tagore y la conciencia de nacionalidad

«La injusticia, la opresión, la miseria no parecen, por lo menos en la historia reciente, ser suficientes para crear las condiciones de una revuelta o cambio drástico. Los hombres sufrirán durante siglos en sociedades cuya estructura se hace estable por la acumulación y retención de todo el poder necesario en manos de una clase. La agitación comienza sólo cuando este orden se viene abajo por alguna razón (la hipótesis marxista de la influencia de la invención tecnológica es esclarecedora) y surge una "contradicción", esto es, el desarrollo de un factor -digamos la posesión de autoridad o control político por un grupo dominante- ya no se vincula a alguna cualidad igualmente necesaria, por ejemplo, la posición económica o la capacidad de administración. Entonces se altera el equilibrio del sistema, y se plantean conflictos, con las correspondientes oportunidades para alterar la distribución de poder para los que quieren desbaratar el statu quo.
 En nuestro mundo la crisis se produce por el hecho de que el talento y éxito individuales, el poder y la capacidad económica y, en ocasiones, incluso la influencia política se han disociado demasiado del factor omnipresente del anhelo de reconocimiento social. La falta de reconocimiento adecuado, la humillación de los padres y la sensación de agravio e indignación de los niños empuja a los hombres al extremismo social y político. Puede adoptar formas sociales o estéticas, no políticas: era la fuerza principal detrás de fenómenos tales como los "jóvenes airados", los beatniks, los adictos del hip en América y, en un grado perceptible, lo que Anthony Crosland llamaba el Movimiento Aldermaston en Inglaterra que, claramente inspirado como estaba por un idealismo político y social sincero, también estaba impulsado por un descontento y una aguda conciencia de clase por parte de sus miembros.
 Este no es un fenómeno novedoso en el mundo occidental. Es ya un axioma que entre las causas de la Revolución francesa está la excesiva desproporción entre el poder económico de la clase media francesa en el siglo XVIII y su falta de reconocimiento social y político. Los revolucionarios de los siglos XIX y XX eran, en no pocas ocasiones, hijos de hombres competentes y hechos a sí mismos, que habían sido excluidos o rechazados socialmente, o se encontraban en una posición vergonzante o falsa en la jerarquía social de su tiempo. Esto era también manifiestamente cierto en Rusia. Entre las fuentes de la fuerza del movimiento revolucionario ruso estaba la combinación de indignación moral y política, dirigida contra un régimen corrupto y opresor, con una búsqueda de status por parte de hombres cuyos recursos y educación les habilitaba para jugar un papel que les era negado rigurosamente por el Estado. En el Imperio ruso, los grandes empresarios del comercio y la industria en franco crecimiento -hombres de excepcional capacidad, imaginación, ambición- podían hacerse ricos y económicamente poderosos, pero eran, de manera general, excluidos de las posiciones de honor y responsabilidad por la Corte y el régimen, todavía basado en la aristocracia. El orgullo y el sentimiento moral pueden, y logran, pesar más que el interés material: los hijos, criados con sentimientos liberales importados de Occidente, tendían a simpatizar con, y con frecuencia se lanzaban con pasión al movimiento revolucionario, que se dirigía abiertamente no sólo contra el orden político sino también el económico por el que sus padres capitalistas habían luchado con tanto éxito. Esto ocurrió en Europa central y en los Balcanes: jóvenes con recursos suficientes para obtener una educación mucho mejor, especialmente en el extranjero, que la mayoría de sus paisanos, se volvían, debido a la inferioridad humillante del status social de sus familias, hacia opiniones y rumbos extremistas. Sospecho que esto debe haber pasado también a los hijos de la rica burguesía excluida por los pachás de Turquía, Egipto, Siria e Irak.
 Esta insatisfacción se dirige, como regla, contra una élite identificable, pilares del régimen -los pachás, en ese caso-, o puede estallar contra los propios disidentes, los Franklin Roosevelt, Stafford Crippses, Bertrand Russell y muchísimos girondinos o radicales revolucionarios de origen aristocrático en Francia, Rusia o América, hombres que, por radicales que fueran sus opiniones, se consideran pertenecientes a la clase dominante y poseen su confianza, sus modales y sus gustos.
 Pero las raíces del descontento son más profundas, estriban en una soledad, en una sensación de aislamiento, en la destrucción de esa solidaridad que sólo las sociedades homogéneas muy unidas dan a sus miembros. Ruskin y Morris, y antes que ellos Fourier, Marx y Proudhon, nos han enseñado a ver que un grado creciente de industrialización y mecanización conduce a la desintegración de la sociedad, a la degradación de los valores humanos más profundos -afecto, lealtad, fraternidad, una sensación de propósito común- todo en nombre del progreso, identificado con el orden, la eficiencia, la disciplina, la producción. Conocemos demasiado bien los resultados: la deshumanización ininterrumpida de los hombres y su conversión en proletarios -masas- "material humano", carne de máquina y de cañón. Esto, con el tiempo, desarrolla sus propios antídotos: el despertar de los más conscientes y sensibles entre las víctimas o, incluso, entre los cómplices de este proceso, si tienen alguna fuerza de voluntad, de la indignación revolucionaria, alimentada por un deseo inmenso de restaurar lo que ellos conciben como la unidad, armonía e igualdad social rotas (existiera alguna vez o no); y, al mismo tiempo, de la especie de amor y respeto incalculables entre los hombres sobre los que descansan todas las relaciones humanas verdaderas.
 Esta reivindicación de ser tratado como un humano y un igual está en la base de las revoluciones sociales y nacionales de nuestro tiempo: representa la forma moderna del ansia por el reconocimiento -violenta, peligrosa, pero apreciable y justa-. Reivindican reconocimiento individuos, grupos, clases, naciones, Estados, enormes conglomerados de la humanidad unidos por un sentimiento común de resentimiento contra los que suponen (acertada o equivocadamente) les han agraviado o humillado, les han negado el mínimo exigido por la dignidad humana, han provocado o intentado provocar que caigan en su propia estima de un modo que no pueden tolerar. El nacionalismo de los dos últimos siglos prende de este sentimiento.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Grupo Santillana Ediciones, 1998, en traducción de Pedro Cifuentes. ISBN: 84-306-0292-5.]

viernes, 8 de marzo de 2019

¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?.- Vladimir Ilich, Lenin (1870-1924)


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«El Estado es el órgano de la dominación de una clase. ¿De qué clase? Si es de la burguesía, es precisamente un sistema de Estado democonstitucionalista-kornilovista-"kerenskiano", a causa del cual el pueblo obrero de Rusia padece hace ya más de medio año el mal kornilovista y kerenskiano. Si es del proletariado, si se trata de un Estado proletario, es decir, de la dictadura del proletariado, entonces sí puede el control obrero erigirse en un régimen general, universal, omnipresente, minucioso y concienzudo de cálculo de la producción y distribución de los productos.
 En ello radica la dificultad principal, la tarea esencial de la revolución proletaria, es decir, de la revolución socialista. Sin los Soviets esta tarea sería, a lo menos para Rusia, insoluble. En los Soviets apunta esa labor organizativa del proletariado gracias a la cual se puede resolver esta tarea de alcance histórico-universal.
 Aquí llegamos a otro aspecto del problema relativo al aparato estatal. Además del aparato de "opresión" por excelencia, que forman el ejército permanente, la policía y los funcionarios, el Estado moderno posee un aparato enlazado muy íntimamente con los bancos y los consorcios, un aparato que efectúa, si vale expresarse así, un vasto trabajo de cálculo y registro. Este aparato no puede ni debe ser destruido. Lo que hay que hacer es arrancarlo de la supeditación a los capitalistas, cortar, romper, desmontar todos los hilos por medio de los cuales los capitalistas influyen en él, subordinarlo a los Soviets proletarios y darle un carácter más vasto, más universal y más popular. Esto se puede hacer, apoyándose en las conquistas ya realizadas por el gran capitalismo (así como la revolución proletaria, en general, sólo es capaz de lograr su objetivo apoyándose en estas conquistas).
 El capitalismo creó aparatos de cálculo en forma de bancos, consorcios, el correo, las cooperativas de consumo y los sindicatos de funcionarios. Sin los grandes bancos, el socialismo sería irrealizable.
 Los grandes bancos constituyen el "aparato del Estado" que necesitamos para realizar el socialismo y que tomamos ya formado del capitalismo; aquí nuestra tarea consiste en extirpar todo aquello que desfigura al modo capitalista ese magnífico aparato, en hacerlo aún mayor, aún más democrático, aún más universal. La cantidad se trocará en calidad. Un banco único del Estado, el más grande de los grandes, con sucursales en cada distrito, en cada fábrica, supone ya nueve décimas partes del aparato socialista. Supone una contabilidad nacional, un cálculo nacional de la producción y distribución de los productos; es, por decirlo así, como el esqueleto de la sociedad capitalista.
 De este "aparato del Estado" (que bajo el capitalismo no es totalmente del Estado, pero que en nuestras manos, bajo el socialismo, será íntegramente del Estado) podemos "apoderarnos" y "ponerlo en marcha" de un solo golpe, con un solo decreto, pues el trabajo efectivo de contabilidad, de control, de registro, de estadística y de cálculo corre aquí a cargo de empleados, la mayoría de los cuales son por sus condiciones de vida proletarios o semiproletarios.
 Con un solo decreto del gobierno proletario se podrá y se deberá hacer de todos esos empleados funcionarios del Estado, exactamente lo mismo que los perros guardianes del capitalismo, por el estilo de Briand y de otros ministros burgueses, convierten a los ferroviarios huelguistas, por medio de un decreto, en funcionarios públicos. Nosotros necesitaremos y podremos tener semejantes funcionarios del Estado en número mucho más considerable, pues el capitalismo ha simplificado las funciones de cálculo y de control, reduciéndolas a asientos relativamente sencillos, al alcance de cualquier persona que sepa leer y escribir.
 A condición de que esto se haga bajo el control y la inspección de los Soviets, será perfectamente factible, tanto técnicamente (gracias a la labor previa realizada para nosotros por el capitalismo y el capitalismo financiero) como políticamente, convertir en funcionarios del Estado a la masa de los empleados de banca, personal de los consorcios, empleados de comercio, etc., etc.
 Contra los altos empleados, que son muy poco numerosos, pero que tienden hacia los capitalistas, no habrá más remedio que proceder con "rigor", lo mismo que contra los capitalistas. Unos y otros opondrán resistencia. Esta resistencia habrá que vencerla. Y si el inmortalmente ingenuo Peshejónov, ya en junio de 1917, balbuceando como un auténtico "niño político", afirmaba que "la resistencia de los capitalistas ya está vencida", el proletariado hará en serio una realidad de esa frase pueril, de esa jactancia infantil, de esa salida propia de un chiquillo.
 Nosotros podemos hacerlo, pues se trata de vencer la resistencia de una minoría insignificante de la población, literalmente de un puñado de hombres, sobre cada uno de los cuales las organizaciones de empleados, los sindicatos, las cooperativas de consumo y los Soviets establecerán un control tal, que cada Tit Titych quedará cercado como los franceses en Sedán. A estos Tit Titych los conocemos por sus nombres: no hay más que repasar las listas de los directores, miembros de los consejos de administración, principales accionistas, etc. No pasarán de unos cuantos cientos o, a lo sumo, de unos cuantos miles en toda Rusia: el Estado proletario, con el aparato de los Soviets, organizaciones de empleados, etc. puede poner junto a cada uno de ellos a diez y hasta cien encargados de su control, de modo que el control obrero (sobre los capitalistas) quizá consiga no ya "vencer" sino imposibilitar cualquier resistencia.
 La "clave" de la cuestión no consistirá siquiera en la confiscación de bienes de los capitalistas, sino precisamente en el control obrero omnímodo, ejercido en escala nacional, sobre los capitalistas y sus posibles adeptos. La confiscación por sí sola no basta, pues no encierra ningún elemento de organización y de cálculo de una distribución equitativa. Sustituiremos fácilmente  la confiscación por la imposición de un gravamen justo (aplicando, aunque sólo sea, la tarifa de "Shingariov") pero, a condición de excluir la posibilidad de eludir el control, de ocultar la verdad, de esquivar la ley. Y esto se conseguirá sólo mediante el control obrero del Estado obrero.
 La sindicación obligatoria, es decir, la organización obligatoria en consorcios bajo el control del Estado, es una medida preparada ya por el capitalismo: ha sido realizada ya en Alemania por el Estado de los junkers y será completamente realizable en Rusia, para los Soviets, para la dictadura del proletariado; he aquí lo que nos proporcionará un "aparato del Estado" universal, moderno y exento de todo burocratismo.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Miguel Castellote Editor, 1976. ISBN: 84-7259-063-1.]