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miércoles, 17 de marzo de 2021

El coleccionista de mundos.- Ilija Trojanow (1965)


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India Británica

Las historias del escribano del criado del señor
30.-Señor del mundo entero

  «Dos velos separaban a los gobernantes de los naturales del país. El velo de la propia ignorancia y el velo de la desconfianza tras el que se escondían los nativos. El general sabía que esos velos no se podrían arrancar, pero había tomado la firme decisión de intentar vislumbrar algo a través de ellos. Como todos los administradores del imperio, se pasaba los días sentado a su escritorio, cabalgaba con escolta y sólo se le mostraba lo que los emires nativos y sus propios subordinados pensaban que sería de su agrado. Le desazonaba lo poco que sabía del país y de sus gentes. Sus ayudantes estudiaban innumerables papeles con la aplicación de búhos, pero jamás habían participado aún en una fiesta de circuncisión, una boda o un entierro. Tener conocimientos de persa, urdu o sindhi era la excepción. La situación no mejoró con el correr de los años. Los más jóvenes de sus funcionarios y oficiales se aislaron más de los nativos. Daban importancia al aspecto cuidado, británico a ultranza, y en consecuencia se encerraban en el vacío de sus propias habitaciones. Aprovechaban su derecho a ir con regularidad de vacaciones a la patria y regresaban con sus esposas. Había aumentado el sentido de la moralidad, entendiendo por ello sobre todo la defensa de lo propio contra lo foráneo. Ese código moral, por valioso que pudiera ser en la patria, ofuscaba a los oficiales y funcionarios que estaban a sus órdenes. Ellos eran los ciegos tentáculos del monstruo que desde una pequeña calle de Londres gobernaba medio mundo. Sólo nuestro conocimiento del enemigo nos hace fuertes, decía el general. Debemos profundizar en nuestros conocimientos. Esa sed de saber es lo que nos diferencia de los nativos. ¿Quién ha oído alguna vez que uno de ellos haya intentado conocernos? Si algún día llegan a estudiar nuestras debilidades y nuestros temores, nos encontrarán vulnerables, se convertirán en adversarios aquellos a los que deberíamos tratar con el debido respeto. Sus advertencias, sin embargo, no surtían efecto. Todos lo consideraban un anciano grotesco, agresivo. Nadie habría afirmado que el general era un gobernante satisfecho. En ocasiones le sobrevenían ataques de ira y provocaba a sus hombres con las verdades más amargas. ¿Para qué sirve nuestra administración en la India Británica? ¿Para la conquista? ¿Para el bienestar de las masas? ¿Para la justicia? Seguro que no. Seamos sinceros. Para lo único que sirve es para facilitar el latrocinio y el saqueo. Sus subordinados habían aprendido a hurtar la mirada y a observarle con expresión hierática. Muertes y más muertes sólo para que nuestro comercio obtenga ventajas decisivas frente a sus competidores. Sufrimientos y más sufrimientos únicamente para cimentar la hegemonía de los imbéciles. “Servimos en una galaxia de asnos”. El general daba coces en vano contra el aguijón. Cuanto más francamente decía la verdad, más loco lo creían sus subordinados. Eso sólo podía permitírselo el general en jefe. Ellos lo recordaban: el general va camino del retiro. El futuro somos nosotros.
 De pocos hombres se fiaba, por ejemplo de ese Burton, que informaba con seriedad de las maquinaciones de los nativos. La gustaba conversar con él. Su visión de las cosas era tan fresca como si acabara de concluir la Creación. Ese joven, sin embargo, tenía una debilidad, una debilidad funesta. No se conformaba con observar aquel país extranjero. Quería participar en él. Había sucumbido al país hasta el punto de que deseaba preservar la atrasada situación en que se encontraba. Sus posturas eran diametralmente opuestas. El general se sentía impelido a transformar, a mejorar el país extranjero. El tal Burton, por el contrario, quería abandonarlo a su suerte, porque su mejora acarrearía su extinción. Al general eso le resultaba incomprensible, máxime teniendo en cuenta que ese joven soldado no dudaba ni por asomo de que la civilización británica era superior a las costumbres indígenas. ¿Acaso no debía imponerse lo superior? ¿No era ése el desarrollo natural de la historia? El punto fuerte del oficial no era el pensamiento lógico. Como a cualquier otro, la omnipresente estupidez, pereza y barbarie lo sacaban de quicio. Podía juzgar con vehemente censura. Por ejemplo, la tesis en la que se había empecinado hacía poco. Envidia, odio y maldad eran las semillas que el nativo esparcía por doquier. No por un sentimiento diabólico, sino porque poseía el instinto apropiado para ello, alimentado por su taimada debilidad. El colmo de los colmos. Pero el autor de tales veredictos deseaba atenerse, a pesar de todo, a las reglas nativas. A veces albergaba la sospecha de que en su presencia simulaba esa infausta indignación para precaverse del reproche de que era demasiado blando con los nativos. Burton era un  enigma. Casi siempre defendía una opinión que no se esperaba de él. No había que ahorcar a los asesinos, había sostenido en su última conversación. Había que atarlos a la boca de un cañón y luego dispararlo. Brutal, lo reconozco. Pero yo opino que nuestra compasión debe encaminarse por las experimentadas sendas del realismo. No podemos perder de vista la intimidación. Se prohíbe el enterramiento del asesino descuartizado, sin el que ningún musulmán puede alcanzar el paraíso. Deberíamos quemar el cadáver de los ahorcados por los mismos motivos. Idéntica justicia para todos, eso aquí no funciona. Nuestro derecho penal ha perdido eficiencia durante el largo transporte. Fíjese, encerrar a alguien puede ser eficaz en Manchester, en Sindh es casi contraproducente. El común de los hombres de estas latitudes considera que pasar unos meses en nuestras prisiones es un descanso. Comer, beber, dormir y fumar la pipa en paz. En lugar de eso deberíamos azotar a los delincuentes más pobres y exigir el pago a los más ricos. Eso impresionará. No, consecuente, lo que se dice consecuente, no era ese oficial encargado de informar en persona al general.
[…]

32.-El poder del poeta

 Informe al general Napier
 Personal
 Me ha encargado usted recopilar datos que nos permitan vislumbrar la opinión de los nativos. He pasado muchas horas en compañía de sindhis, beluchistanos y panjabis de toda suerte y condición, en los mercados, en las tabernas y en la corte provisional del Aga Khan. He prestado mi atento oído a toda voz, evitando juzgar el sentido de lo manifestado. Parto del hecho de que veo el mundo con análogos prejuicios que aquellos que expresaban su opinión ante mí. No he disimulado, pues estoy persuadido de que los orientales perciben la artificialidad. Tampoco he rebatido las opiniones, ni las he estimulado.  Me he conformado con el papel de oyente, y he de constatar sin falsa modestia que he gozado de unas simpatías como pocas veces en mi vida. Mi tarea más difícil consiste ahora en resumir de manera escueta lo que se dijo en innumerables conversaciones enrevesadas, confusas, presuntuosas y afectadas. Las generalizaciones son raseros implacables que debemos evitar como el demonio al agua bendita, pero no he podido renunciar totalmente a ellas para cumplir su encargo y que los informes recopilados sean de la mayor utilidad posible. Vaya al grano de una vez, le oigo decir, y me apresuro a satisfacer también este deseo.
Resultado de imagen de el coleccionista de mundos trojanow Los nativos nos ven muy distintos a como nos vemos nosotros. Esto suena banal, pero deberíamos tener siempre presente esta obviedad al relacionarnos con ellos. No nos consideran valientes, inteligentes, generosos, civilizados, sino unos simples canallas. No olvidan ni una sola de nuestras promesas incumplidas. No se les escapa ni uno solo de los funcionarios dispuestos a dejarse sobornar, que imponen nuestra justicia. Juzgan nuestros modales chabacanos y, como es natural, somos peligrosos infieles. Muchos nativos añoran el día de la venganza, una noche oriental de los cuchillos largos, me atrevería a decir, y esperan con impaciencia el día de expulsar al apestoso intruso. Han calado nuestra hipocresía, dicho con más exactitud, las contradicciones de nuestra conducta se suman, a sus ojos, para conformar una hipocresía universal. Cuando los angrezi manifiestan una piedad fuera de lo común, cuando nos regalan los oídos con cuentos del sol naciente del cristianismo, cuando reafirman el progreso de la civilización y las infinitas ventajas con las que seríamos agasajados nosotros, los bárbaros, ya sabemos que los angrezi preparan otro robo. Cuando empiezan a hablar de valores, nos ponemos a la defensiva. Podríamos insultar a este hombre llamándolo cínico, pero sin duda es un cínico inteligente, de enorme prestigio. Como un ejemplo vale más que mil palabras, desearía informar sobre otro suceso. Hace unos meses fue apresado en una remota región del país, al oeste de Karchat, un beluchistano, un jefe tribal, acusado de haber asaltado nuestras líneas de avituallamiento. Ese beluchistano era conocido como un taimado y experimentado duelista, por lo que al oficial que había practicado la detención se le ocurrió la idea de retarle a un duelo. Debía de imaginarse que su victoria demostraría nuestra superioridad militar. El cabecilla fue sentado sobre un caballo viejo y cansado, el oficial saltó a su corcel de guerra. Se lanzó con mucha bravura y como un torbellino al primer ataque, al que siguieron unas cuantas cargas más, pero tan pronto acometía, por muchos golpes que asestase, el beluchistano los paraba con la espada y el escudo. La frustración de ese oficial que tenía en mucho su arte en la esgrima iba en aumento. Los incomprensibles gritos de los nativos, que resonaban en sus oídos como una burla, le decían que no podría ganar el combate hombre a hombre y perdería su considerable prestigio entre sus compañeros. Atacó por última vez, con la pistola desenfundada, y en lugar de asestar un golpe mató al beluchistano de un tiro a quemarropa. Esa historia se cuenta por todos los rincones del país, prolifera, produce flores venenosas que aumentan hasta lo demoníaco la injusticia cometida. Circulan numerosas versiones, pero todas tienen  en común el esqueleto que he trazado a grandes rasgos. Para los nativos, más que la conducta de ese oficial pesa la injusticia de que no tuvo que responder de su falta ante un consejo de guerra ordinario. Al contrario, fue ascendido y hoy ocupa un cargo prominente.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2008, en traducción de Rosa Pilar Blanco, pp. 104-109. ISBN: 978-84-8383-058-1.]

sábado, 8 de febrero de 2020

Cuentos.- Antón Chéjov (1860-1904)

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Una naturaleza enigmática

«Es un departamento de primera clase. Sobre el diván, tapizado de terciopelo frambuesa, se reclina una linda damita. Un rico abanico cruje en su mano convulsivamente cerrada. De su bonita naricilla cae a cada instante el pincenez, mientras el broche prendido sobre su pecho se alza y baja como un barquito entre las olas. Está excitada... Frente a ella, sentado en el diván, va un funcionario provincial, joven y novel escritor, autor de algunos cuentos cortos que él mismo llama "novelas de la alta sociedad" y que publica en periódicos de provincias. Éste la mira..., la mira fijamente. Con aire conocedor, observa, estudia aquella naturaleza excéntrica y enigmática. Siente que la penetra..., que la alcanza..., que tiene ya su alma entera y toda su psicología en la palma de la mano.
 -¡Oh, cómo la comprendo! -dice el funcionario, besándole la mano por el sitio en que lleva la pulsera-. ¡Esa alma sensible..., que sabe responder y comunicarse..., busca salida de un laberinto!... ¡Sí!... ¡Es terrible..., monstruosa, su lucha..., pero no pierda el ánimo! ¡Saldrá vencedora!... ¡Sí...!
 -¡Retráteme en sus escritos, Voldemar! -dice la damita sonriendo tristemente-. ¡He tenido una vida tan llena..., tan variada..., tan abigarrada!... Lo principal, sin embargo, es que soy una desdichada... ¡Una mártir del género de las de Dostoievski!... ¡Muestre al mundo mi alma, Voldemar!... ¡Muestre esa pobre alma!... Usted es un gran psicólogo. ¡No llevamos siquiera una hora aquí sentados, hablando, y ya me ha comprendido usted toda..., toda!
 -¡Oh, cuénteme!... ¡Le suplico que me cuente...!
 -Escuche, entonces. Nací en una pobre familia de funcionario... Mi padre era bueno, inteligente..., pero ya sabe... El espíritu de los tiempos... y del ambiente..., vous comprenez?... Yo no culpo a mi pobre padre... ¡Bebía..., jugaba a las cartas..., sobornaba!... Mi madre... ¡bueno!... ¿Para qué hablar?... La necesidad, la lucha por el pedazo de pan, la conciencia de su nulidad... ¡Ah!... No me obligue a recordar... Tuve que abrirme camino sola... Luego..., la instrucción deficiente que dan en el Instituto, la lectura de novelas necias, la juventud con sus defectos, el primer tímido amor... ¿Y la lucha contra el ambiente?... ¡Terrible!... ¿Y la duda? ¿Y el sufrimiento que produce la falta de fe en la vida y en sí misma?... ¡Usted, que es escritor y conoce a las mujeres, comprenderá!... Para mi desgracia, además, he sido dotada con una naturaleza amplia... Esperaba la felicidad (¡y qué felicidad!)… Deseaba existir... ¡Sí!... ¡Existir como ser humano! ¡En esto veía mi felicidad!
 -¡Maravillosa! -murmura el escritor besándole la mano por el sitio de la pulsera-. ¡No es a usted a quien beso, sino a todo el sufrimiento humano!... ¿Se acuerda usted de Raskolnikov?... ¡Así besaba él!
 -¡Oh, Voldemar! ¡Yo, como toda mujer, necesitaba la gloria..., el ruido..., el brillo!... ¿Para qué falsas modestias?... ¡Lo que yo deseaba era algo extraordinario…, no femenino!... Pero entonces...., entonces..., en mi camino surgió... un general viejo y rico... ¡Compréndame, Voldemar!... Aquello fue un sacrificio, un renunciamiento... ¡Compréndame!... Yo no podía obrar de otra manera. Hice rica a mi familia, viajé, repartí beneficios a mi alrededor... pero ¡cuánto sufrí! ¡Qué insoportables fueron para mí los ruines y vulgares abrazos de este general!... (aunque para hacerle justicia hay que decir que en sus tiempos supo luchar como un valiente). Había momentos terribles..., terribles..., pero la idea de que el viejo moriría un día y podría entonces empezar a vivir según mi deseo, entregarme a un hombre amado y ser feliz..., me daba fuerzas. ¡Y este hombre existe, Voldemar!... ¡Dios sabe que existe! -la damita agita con rapidez el abanico y su rostro adquiere una expresión llorosa-. El viejo, en efecto, murió -dice-, dejándome algunos bienes, y ahora estoy libre como el pájaro... ¡Ahora es precisamente cuando puedo tener una vida feliz! ¿No es verdad, Voldemar?... La felicidad llama a mi ventana... No tendría que hacer más que dejarla entrar... ¡Pero no, Voldemar!... ¡Escúcheme, se lo suplico!... Este sería el momento de entregarme al ser amado, de ser su compañera, su ayudante, de compartir sus ideales..., de ser feliz..., ¡de descansar!... Pero ¡ay!... ¡Qué vulgares, necias y feas son, sin embargo las cosas de este mundo!... ¡Qué vil es todo, Voldemar!... ¡Soy una desdichada!... ¡Una desdichada!... ¡Una desdichada!... ¡En mi camino ha surgido otro obstáculo, y otra vez siento lejos..., lejos..., mi felicidad! ¡Oh, qué sufrimiento tan grande es el mío!... ¡Si usted lo supiera!... ¡Oh, qué gran sufrimiento!
 -Pero, ¿qué obstáculo es ese que hay en su camino?... ¡Cuénteme, se lo suplico!... ¿Qué le ocurre?
 -¡Otro viejo rico...!
 El abanico, roto, esconde la linda carita. El escritor apoya su muy pensativa cabeza sobre el puño cerrado, suspira y con aire de psicólogo y de conocedor queda meditabundo. La locomotora silba, lanza resoplidos, y el sol poniente enrojece las cortinas de las ventanillas.»

   [El texto pertenece a la edición es español de Ediciones Orbis, 1982, en traducción de E. Podgursky y A. Aguilar. ISBN: 84-7530-042-1.]

miércoles, 15 de enero de 2020

Cuentos de Liao Zhai.- Pu Songling (1640-1715)

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El letrado Ye

«En Huaiyang había un letrado de nombre Ye y apellido ya olvidado que, como escritor y poeta, no tenía rival en la región, si bien nunca lograba aprobar los exámenes provinciales.
  Cuando el magistrado Ding Shenghe ocupó su puesto en el distrito, leyó algunos de sus escritos y considerándolos de gran maestría lo citó para hablar con él. La profunda impresión que le causó su sabiduría lo movió a ofrecerle la biblioteca de la magistratura para realizar sus lecturas. Desde ese día ayudó a su familia con dinero y algún que otro envío de grano.
  Cercana ya la convocatoria de nuevos exámenes imperiales, el magistrado habló en persona con el presidente del tribunal calificador y le exaltó las virtudes del letrado. Ye hizo un examen insuperable. El magistrado, confiado en su triunfo, logró hacerse con la hoja de examen y al estudiarla en casa no pudo reprimir los aplausos de admiración que a cada momento le suscitaban los pasajes que iba leyendo.
  Pero el destino iba a jugarle una mala pasada al letrado: su nombre no figuraba en la lista de candidatos aprobados. Fue un duro golpe. Desde ese día quedó como atontado. Atormentado por considerarse indigno depositario de las esperanzas del magistrado, permanecía mudo, como una estatua de madera, y no probaba bocado. Al poco tiempo se quedó en el esqueleto.
   El magistrado, al saber de la mala suerte de su protegido, se puso también muy triste y se compadeció de él. Lo mandó llamar para consolarlo y le prometió llevarlo con él a casa al término de su oficio. El letrado no pudo reprimir las lágrimas. Al llegar a casa se encerró en su cuarto con intención de no salir nunca más de él y al poco tiempo cayó enfermo. El magistrado no hacía más que enviarle comida y medicinas a través de mensajeros, pero el letrado no mejoraba.
  Estando en esto, el magistrado fue destituido de su cargo por ofensas a un superior. En seguida le escribió al enfermo el siguiente mensaje: “Ya me ha sido fijada la fecha de regreso para volver a casa y la única razón por la que no me pongo en camino es porque espero que me acompañe. Saldríamos el día que usted decidiera.”
  El letrado leyó el mensaje en el lecho sin poder contener las lágrimas y le pidió al mensajero que le transmitiera al magistrado las siguientes palabras: “Mi enfermedad es grave y veo difícil que pueda curarme en breve plazo. Partid sin mí.”
  El magistrado no se resignaba a abandonar al letrado y comenzó a hacer los preparativos de viaje con la mayor lentitud posible para darle tiempo a que se recuperase.
  A los pocos días, un ujier le anunció la visita del letrado. El funcionario lo recibió con gran alegría y le preguntó si ya estaba bien de su enfermedad.
  -Me tenía muy preocupado el que tuvierais que aplazar vuestro viaje a causa de esta enfermedad sin importancia –contestó el letrado-. Ya estoy bien y puedo seguiros a donde dispongáis.
  Se pusieron en camino y a las pocas jornadas ya estaban en casa del magistrado. Una vez allí, el letrado pasó a ser el preceptor de su hijo Zai Chang, un joven de dieciséis años que no andaba muy versado en composición. Profesor y alumno permanecían juntos leyendo o estudiando desde primeras horas de la mañana hasta bien entrada la noche. El muchacho, muy inteligente, era capaz de aprender de memoria cualquier disertación sobre los libros canónicos* o algún texto similar con sólo haberlo leído dos o tres veces. Al cabo de un año dominaba ya el arte de la composición.
  Gracias al celo del maestro, el hijo del magistrado aprobó el examen. El letrado le había hecho aprenderse de memoria las tesis que él mismo había presentado en anteriores exámenes y, por extraño que parezca, los siete temas que le tocó desarrollar al muchacho fueron exactamente los mismos que el maestro le había enseñado en su clase.
  -Gracias a su talento –le dijo un día suspirando el magistrado- mi hijo ha logrado aprobar. ¡Lo que es una vergüenza es que a usted lo hayan suspendido!
   -¡La suerte, en verdad, me ha sido esquiva! –contestó el maestro-. Pero me consuela saber que el éxito de vuestro hijo sirve para demostrar a todo el mundo que mis repetidos suspensos no son por falta de aptitudes. Además, ningún hombre de letras podría quejarse de la comprensión que me habéis brindado desde un principio. ¡No sólo es afortunado el que puede quitarse los hábitos blancos de bachiller para vestir los de licenciado! […]

Cierto hombre de Zhucheng

  Sun Jingxia, letrado de Zhucheng, me contó que por su distrito pasaron unos bandidos y asesinaron a un hombre. Lo dejaron casi decapitado, la cabeza colgándole sobre el pecho. Cuando se fueron, los criados del muerto recogieron el cadáver para enterrarlo. Pero notaron que aún respiraba y, al examinarlo más de cerca, se dieron cuenta de que la tráquea no estaba del todo cortada. Le colocaron bien la cabeza en su sitio y lo llevaron a casa. Al día siguiente comenzó a gemir, y al medio año ya estaba curado gracias a la cuidadosa alimentación que le administraron.
  Una decena de años más tarde, el hombre estaba un buen día charlando con dos o tres amigos cuando a uno de ellos se le ocurrió un chiste que provocó la risa de los demás. El hombre reía y reía y de tanto reírse se le abrió la cicatriz del cuello y le cayó la cabeza. La sangre le brotaba a chorros. Los amigos sólo pudieron confirmar su muerte.
  Su padre denunció al provocador de la risa. Pero entre todos hicieron una colecta para sufragar el entierro y el hombre retiró la denuncia.
  (Comenta el cronista:
  ¡Ésta ha sido, sin duda, la mayor carcajada de la historia! El hombre, en realidad, tenía que haber muerto diez años atrás, cuando se quedó con la cabeza colgando de un hilo. ¡Querer abrir proceso contra el provocador de la risa es tanto como querer acusarlo de su primera muerte!

 *Los Cinco Libros Clásicos o Canónicos son: el Libro de las odas, el Libro de las mutaciones, el Libro de la Historia, el Libro de los ritos y los Anales de primavera y otoño. Éstos, en unión de los libros de la escuela confuciana, configuraban el temario de los exámenes imperiales.  
  
  [Los textos pertenecen a la edición en español de Alianza Editorial, 2004, en traducción de Laura A. Roverta y Laureano Ramírez. ISBN: 84-206-4571-0.] 
  

viernes, 8 de marzo de 2019

¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?.- Vladimir Ilich, Lenin (1870-1924)


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«El Estado es el órgano de la dominación de una clase. ¿De qué clase? Si es de la burguesía, es precisamente un sistema de Estado democonstitucionalista-kornilovista-"kerenskiano", a causa del cual el pueblo obrero de Rusia padece hace ya más de medio año el mal kornilovista y kerenskiano. Si es del proletariado, si se trata de un Estado proletario, es decir, de la dictadura del proletariado, entonces sí puede el control obrero erigirse en un régimen general, universal, omnipresente, minucioso y concienzudo de cálculo de la producción y distribución de los productos.
 En ello radica la dificultad principal, la tarea esencial de la revolución proletaria, es decir, de la revolución socialista. Sin los Soviets esta tarea sería, a lo menos para Rusia, insoluble. En los Soviets apunta esa labor organizativa del proletariado gracias a la cual se puede resolver esta tarea de alcance histórico-universal.
 Aquí llegamos a otro aspecto del problema relativo al aparato estatal. Además del aparato de "opresión" por excelencia, que forman el ejército permanente, la policía y los funcionarios, el Estado moderno posee un aparato enlazado muy íntimamente con los bancos y los consorcios, un aparato que efectúa, si vale expresarse así, un vasto trabajo de cálculo y registro. Este aparato no puede ni debe ser destruido. Lo que hay que hacer es arrancarlo de la supeditación a los capitalistas, cortar, romper, desmontar todos los hilos por medio de los cuales los capitalistas influyen en él, subordinarlo a los Soviets proletarios y darle un carácter más vasto, más universal y más popular. Esto se puede hacer, apoyándose en las conquistas ya realizadas por el gran capitalismo (así como la revolución proletaria, en general, sólo es capaz de lograr su objetivo apoyándose en estas conquistas).
 El capitalismo creó aparatos de cálculo en forma de bancos, consorcios, el correo, las cooperativas de consumo y los sindicatos de funcionarios. Sin los grandes bancos, el socialismo sería irrealizable.
 Los grandes bancos constituyen el "aparato del Estado" que necesitamos para realizar el socialismo y que tomamos ya formado del capitalismo; aquí nuestra tarea consiste en extirpar todo aquello que desfigura al modo capitalista ese magnífico aparato, en hacerlo aún mayor, aún más democrático, aún más universal. La cantidad se trocará en calidad. Un banco único del Estado, el más grande de los grandes, con sucursales en cada distrito, en cada fábrica, supone ya nueve décimas partes del aparato socialista. Supone una contabilidad nacional, un cálculo nacional de la producción y distribución de los productos; es, por decirlo así, como el esqueleto de la sociedad capitalista.
 De este "aparato del Estado" (que bajo el capitalismo no es totalmente del Estado, pero que en nuestras manos, bajo el socialismo, será íntegramente del Estado) podemos "apoderarnos" y "ponerlo en marcha" de un solo golpe, con un solo decreto, pues el trabajo efectivo de contabilidad, de control, de registro, de estadística y de cálculo corre aquí a cargo de empleados, la mayoría de los cuales son por sus condiciones de vida proletarios o semiproletarios.
 Con un solo decreto del gobierno proletario se podrá y se deberá hacer de todos esos empleados funcionarios del Estado, exactamente lo mismo que los perros guardianes del capitalismo, por el estilo de Briand y de otros ministros burgueses, convierten a los ferroviarios huelguistas, por medio de un decreto, en funcionarios públicos. Nosotros necesitaremos y podremos tener semejantes funcionarios del Estado en número mucho más considerable, pues el capitalismo ha simplificado las funciones de cálculo y de control, reduciéndolas a asientos relativamente sencillos, al alcance de cualquier persona que sepa leer y escribir.
 A condición de que esto se haga bajo el control y la inspección de los Soviets, será perfectamente factible, tanto técnicamente (gracias a la labor previa realizada para nosotros por el capitalismo y el capitalismo financiero) como políticamente, convertir en funcionarios del Estado a la masa de los empleados de banca, personal de los consorcios, empleados de comercio, etc., etc.
 Contra los altos empleados, que son muy poco numerosos, pero que tienden hacia los capitalistas, no habrá más remedio que proceder con "rigor", lo mismo que contra los capitalistas. Unos y otros opondrán resistencia. Esta resistencia habrá que vencerla. Y si el inmortalmente ingenuo Peshejónov, ya en junio de 1917, balbuceando como un auténtico "niño político", afirmaba que "la resistencia de los capitalistas ya está vencida", el proletariado hará en serio una realidad de esa frase pueril, de esa jactancia infantil, de esa salida propia de un chiquillo.
 Nosotros podemos hacerlo, pues se trata de vencer la resistencia de una minoría insignificante de la población, literalmente de un puñado de hombres, sobre cada uno de los cuales las organizaciones de empleados, los sindicatos, las cooperativas de consumo y los Soviets establecerán un control tal, que cada Tit Titych quedará cercado como los franceses en Sedán. A estos Tit Titych los conocemos por sus nombres: no hay más que repasar las listas de los directores, miembros de los consejos de administración, principales accionistas, etc. No pasarán de unos cuantos cientos o, a lo sumo, de unos cuantos miles en toda Rusia: el Estado proletario, con el aparato de los Soviets, organizaciones de empleados, etc. puede poner junto a cada uno de ellos a diez y hasta cien encargados de su control, de modo que el control obrero (sobre los capitalistas) quizá consiga no ya "vencer" sino imposibilitar cualquier resistencia.
 La "clave" de la cuestión no consistirá siquiera en la confiscación de bienes de los capitalistas, sino precisamente en el control obrero omnímodo, ejercido en escala nacional, sobre los capitalistas y sus posibles adeptos. La confiscación por sí sola no basta, pues no encierra ningún elemento de organización y de cálculo de una distribución equitativa. Sustituiremos fácilmente  la confiscación por la imposición de un gravamen justo (aplicando, aunque sólo sea, la tarifa de "Shingariov") pero, a condición de excluir la posibilidad de eludir el control, de ocultar la verdad, de esquivar la ley. Y esto se conseguirá sólo mediante el control obrero del Estado obrero.
 La sindicación obligatoria, es decir, la organización obligatoria en consorcios bajo el control del Estado, es una medida preparada ya por el capitalismo: ha sido realizada ya en Alemania por el Estado de los junkers y será completamente realizable en Rusia, para los Soviets, para la dictadura del proletariado; he aquí lo que nos proporcionará un "aparato del Estado" universal, moderno y exento de todo burocratismo.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Miguel Castellote Editor, 1976. ISBN: 84-7259-063-1.]

jueves, 4 de octubre de 2018

La riqueza de las naciones.- Adam Smith (1723-1790)


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Libro segundo: De la naturaleza, acumulación y empleo del capital
De la acumulación del capital o del trabajo productivo e improductivo

«Existe un tipo de trabajo que aumenta el valor al objeto al cual se aplica y hay otro tipo que no tiene ese efecto. El primero, en tanto que produce valor, puede denominarse trabajo productivo; y el segundo, trabajo improductivo. De este modo, el trabajo de un obrero industrial añade generalmente al valor de los materiales con los que trabaja el de su propia manutención y el del beneficio de su superior. En cambio, la labor de un sirviente no añade valor  a nada. Aunque el superior haya adelantado al obrero industrial su salario, nada viene a costarle en realidad, porque el valor de ese salario se recupera normalmente junto con el beneficio en mayor valor del objeto sobre el que emplea su trabajo. Por otro lado, la manutención de un sirviente nunca se recupera. Un hombre se hace rico si contrata a muchos obreros, pero empobrece si mantiene a una multitud de sirvientes. El trabajo de estos últimos tiene valor y merece una remuneración tanto como el de los primeros. Pero el trabajo de un obrero industrial se fija en un objeto concreto o producto vendible, que perdura a lo largo de algún tiempo una vez finalizado el trabajo. Representa, por así decirlo, cierta cantidad de trabajo acumulada y almacenada para ser empleada, si es necesario, en otra ocasión. El objeto, o lo que es lo mismo, el precio del objeto puede más adelante, si es necesario, poner en movimiento una cantidad de trabajo igual a la que originalmente lo produjo. Pero el trabajo de un sirviente, por el contrario, no se fija ni incorpora en ningún objeto concreto ni producto vendible. Sus servicios perecen normalmente en el mismo momento de ser prestados y es raro que dejen valor alguno a cambio del cual pueda conseguirse después una cantidad de servicios igual.
 Algunos de los trabajos más respetables de la sociedad son como el de los sirvientes: no producen valor alguno que se fije o incorpore en un objeto permanente o producto vendible, que perdure una vez realizado el trabajo, y a cambio del cual se pueda procurar después una misma cantidad de trabajo. El soberano, por ejemplo, y todos los altos cargos que lo sirven, tanto de justicia como militares, el ejército y la marina completos, son trabajadores improductivos. Son servidores públicos y son mantenidos con una fracción del producto anual del trabajo de otras personas. Sus servicios, por muy honorables, útiles y necesarios que sean, no producen nada a cambio de lo cual pueda conseguirse después igual cantidad de servicios. La protección, seguridad y defensa de la comunidad, que son el efecto de su trabajo de un año, no comprará la protección, seguridad y defensa del próximo año. En la misma categoría hay que situar algunas de las profesiones más serias e importantes y también algunas de las más liberales: sacerdotes, abogados, médicos, hombres de letras, actores, payasos, músicos, cantantes de ópera, bailarines, etc. El trabajo del más modesto de todos ellos tiene un valor determinado, según los mismos principios que regulan el de cualquier otro tipo de trabajo; y el del más noble y útil no produce nada que pueda después comprar o procurar una cantidad igual de trabajo. Como el guión del actor, la dialéctica del orador y la melodía del músico, la labor de todos ellos perece en el mismo instante de su producción.
 Los trabajadores tanto productivos como improductivos y aquellos que no trabajan en absoluto, son todos ellos mantenidos con el producto anual de la tierra y el trabajo del país. Este producto puede ser muy grande, pero jamás infinito, ya que siempre tendrá unos límites. Por ello, en función de que la proporción destinada cada  año a mantener trabajadores improductivos sea menor o mayor, quedará más para los productivos en algunos casos que en otros, y el producto anual del año siguiente será, en consecuencia, mayor o menor.
 La proporción entre trabajadores productivos e improductivos en cada país depende, en gran medida, de la relación entre esa parte del producto anual que, tan pronto como surge de la tierra o de las manos de los trabajadores productivos, se destina a reponer el capital y la que adopta la forma de ingreso, ya sea como renta o beneficio. Esta relación no es acorde entre los países ricos y los pobres. [...]
 La proporción entre capital e ingresos parece determinar en todas partes la relación entre trabajo y ocio. Cuando predomina el capital, prevalece el trabajo; cuando lo hace el ingreso, predomina la pereza. Cada incremento o disminución del capital, por tanto, tiende naturalmente a incrementar o disminuir la cantidad real de trabajo, el número de trabajadores productivos y el además el valor del cambio del producto anual de la tierra y el trabajo del país, la riqueza real y el ingreso de todos sus habitantes.
 Los capitales crecen con la frugalidad y disminuyen con la prodigalidad y la mala gestión.
 Todo lo que una persona ahorra de sus ingresos lo añade a su capital y lo invierte en emplear un número adicional de trabajadores productivos o permite que lo haga otra persona, prestándoselo a cambio de un interés, es decir, una participación en los beneficios. Así como el capital de un individuo puede alargarse gracias a los ahorros de sus ingresos o ganancias anuales, lo mismo sucede con el capital de una sociedad, que es lo mismo que el capital de todos los individuos que la componen y sólo puede crecer de este modo.
 La frugalidad, y no el trabajo, es la causa inmediata del aumento del capital. El trabajo suministra, con toda seguridad, el objeto que la frugalidad acumula. Pero por mucho que el trabajo consiga, si no ahorra en sobriedad, el capital jamás podrá crecer.
 La frugalidad, al incrementar el fondo destinado a mantener la mano de obra productiva, tiende a incrementar el número de dicha mano de obra, cuyo trabajo aumenta el valor del objeto. De este modo tiende a aumentar el valor de cambio del producto anual de la tierra y el trabajo del país; pone en marcha una cantidad adicional de trabajo, lo que otorga un valor adicional al producto anual.
 Lo que cada año se ahorra se consume regularmente, por un conjunto diferente de personas, en el mismo período y casi al mismo tiempo. La parte de ingresos que un hombre rico gasta anualmente es, en la mayoría de los casos, consumida por invitados ociosos y sirvientes que no dejan nada a cambio de su consumo. La fracción que ahorra anualmente, y que al buscar una rentabilidad la invertirá enseguida como capital, resulta consumida del mismo modo y casi en el mismo momento, pero por otro tipo de personas: trabajadores, operarios y artesanos que aportan un beneficio al valor anual de su consumo. [...]
 El único uso que se debe dar al dinero es la circulación de bienes de consumo. A través de él, las provisiones, los materiales y los productos terminados, se compran, venden y distribuyen entre sus respectivos consumidores.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ciro Ediciones, 2011, en traducción de Carlos González. Depósito legal: M-7407-2011.]