Mostrando entradas con la etiqueta Sindicato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sindicato. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de junio de 2026

Diez días que estremecieron el mundo.- John Reed (1887-1920)

 

Notas y aclaraciones
Organizaciones más importantes

 «1.-Soviet.- Esta palabra existe hace tiempo en la lengua rusa y corresponde al vocablo inglés council (consejo). Bajo el zar, por ejemplo, el Consejo Imperial de Estado se llamaba Gosudarstvennyi Soviet. Pero desde los tiempos de la revolución la palabra Soviet empezó a asociarse a determinado tipo de representación, elegida por miembros de las organizaciones económicas de los trabajadores: Soviet de Diputados Obreros, Soldados o Campesinos. Por eso yo uso la palabra Soviet solamente en relación con estos organismos. Además de los Soviets locales, que son elegidos en cada ciudad y aldea -y en las grandes ciudades se eligen también Soviets distritales (Raionny)- existen Soviets regionales (Oblastny) o provinciales (Gubiernsky) y en la capital el Comité Ejecutivo de todos los Soviets de Rusia, llamado para abreviar CEC (véase más abajo, comités centrales). Los Soviets de Diputados Obreros y y los Soviets de Diputados Soldados se unieron muy pronto casi en todas partes poco después de la Revolución de Marzo. Sin embargo, para examinar cuestiones especiales, que afectaban sus intereses particulares, las secciones de obreros y soldados continuaron reuniéndose por separado. Los Soviets de Diputados Campesinos se unieron a los demás solamente después del coup d'état bolchevique. Estaban organizados igual que los Soviets de Obreros y Soldados y en la capital había un Comité Ejecutivo de los Soviets Campesinos de toda Rusia.
 2.-Sindicatos.- Aunque en Rusia los sindicatos obreros estaban organizados por ramas se llamaban, sin embargo, sindicatos profesionales y en la época de la revolución bolchevique contaban de tres a cuatro millones de afiliados. Estos sindicatos estaban unidos también en una organización de toda Rusia, algo así como una Federación Rusa del Trabajo, que tenía su Comité Ejecutivo Central en la capital.
 3.-Comités de fábrica.- Eran organizaciones surgidas espontáneamente, creadas en las empresas por los obreros en su afán de ejercer el control en la industria, aprovechando el desorden en la administración originado por la revolución. Estos comités se adueñaban por vía revolucionaria de las empresas y las dirigían. Los comités de fábrica tenían también su organización de toda Rusia con un Comité Central en Petrogrado, que colaboraba con los sindicatos.
 4.-Dumas.- La palabra duma significa aproximadamente "órgano deliberativo". La vieja Duma Imperial, que subsistió en forma democratizada seis meses después de la revolución, feneció de muerte natural en septiembre de 1917. La Duma Municipal, que se menciona en este libro, fue creada como resultado de la reorganización del Consejo Municipal o autoadministración municipal, como lo llamaban con mayor frecuencia. La Duma se elegía por votación directa y secreta y el único motivo por el cual no logró atraer a su lado a las masas durante la revolución bolchevique fue la caída general de la influencia de toda representación puramente política, mientras crecía la influencia de las organizaciones basadas en grupos económicos.
 5.-Zemstvos.- Esta palabra puede traducirse aproximadamente como "consejos rurales". Bajo el zarismo eran organizaciones semipolíticas semisociales con atribuciones administrativas muy reducidas. Los creaban y dirigían principalmente intelectuales de corte liberal, procedentes de la clase terrateniente. El aspecto más importante de la actividad de los zemstvos era la instrucción pública y las atenciones sociales a los campesinos. Durante la guerra los zemstvos asumieron poco a poco toda la labor de avituallamiento del Ejército ruso con víveres y uniformes. Efectuaban asimismo compras en el extranjero y realizaban una labor educativa entre los soldados, de modo semejante a la Asociación Cristiana de Jóvenes en el Ejército norteamericano. Después de la Revolución de Marzo los zemstvos fueron democratizados con el fin de convertirlos en organismo de poder local en las zonas rurales. Pero, igual que las dumas municipales, no pudieron competir con los Soviets.
 6.-Cooperativas.- Eran sociedades cooperativas de consumo de obreros y campesinos que antes de la revolución contaban con millones de adheridos en toda Rusia. Fundado por liberales y socialistas "moderados", el movimiento cooperativo no gozaba del apoyo de los grupos socialistas revolucionarios, puesto que este camino era un sustituto del paso total de los medios de producción y distribución a manos de los obreros. Después de la Revolución de Marzo las cooperativas empezaron a ampliarse rápidamente: en ellas predominaban los socialistas populares, los mencheviques y los eseristas y estas cooperativas actuaron como una fuerza conservadora hasta la revolución bolchevique. Sin embargo, precisamente fueron las cooperativas las que alimentaron a Rusia cuando el viejo sistema de comercio y transporte se vino abajo.
 7.-Comités del Ejército.- Los comités del Ejército fueron constituidos en el frente por los soldados para combatir la influencia reaccionaria de la vieja oficialidad. Cada compañía, regimiento, brigada, división y cuerpo tenían sus comités y por encima de todos ellos se hallaba el comité electo de cada Ejército. El Comité Central del Ejército colaboraba con el Estado Mayor Central. El desorden en la dirección del Ejército, originado por la revolución, hizo recaer sobre los comités del Ejército la mayor parte del trabajo del departamento de intendencia y, en algunos casos, hasta el mando de las tropas.
 8.-Comités de la Marina.- Eran las organizaciones correspondientes en la Marina.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Akal, 2023, en traducción de Ángel Pozo Sandoval y revisión de la traducción, edición y notas de Antonio J. Antón Fernández, pp. 33-35. ISBN: 978-84-460-5396-5.]

viernes, 8 de marzo de 2019

¿Se sostendrán los bolcheviques en el poder?.- Vladimir Ilich, Lenin (1870-1924)


Resultado de imagen de lenin 

«El Estado es el órgano de la dominación de una clase. ¿De qué clase? Si es de la burguesía, es precisamente un sistema de Estado democonstitucionalista-kornilovista-"kerenskiano", a causa del cual el pueblo obrero de Rusia padece hace ya más de medio año el mal kornilovista y kerenskiano. Si es del proletariado, si se trata de un Estado proletario, es decir, de la dictadura del proletariado, entonces sí puede el control obrero erigirse en un régimen general, universal, omnipresente, minucioso y concienzudo de cálculo de la producción y distribución de los productos.
 En ello radica la dificultad principal, la tarea esencial de la revolución proletaria, es decir, de la revolución socialista. Sin los Soviets esta tarea sería, a lo menos para Rusia, insoluble. En los Soviets apunta esa labor organizativa del proletariado gracias a la cual se puede resolver esta tarea de alcance histórico-universal.
 Aquí llegamos a otro aspecto del problema relativo al aparato estatal. Además del aparato de "opresión" por excelencia, que forman el ejército permanente, la policía y los funcionarios, el Estado moderno posee un aparato enlazado muy íntimamente con los bancos y los consorcios, un aparato que efectúa, si vale expresarse así, un vasto trabajo de cálculo y registro. Este aparato no puede ni debe ser destruido. Lo que hay que hacer es arrancarlo de la supeditación a los capitalistas, cortar, romper, desmontar todos los hilos por medio de los cuales los capitalistas influyen en él, subordinarlo a los Soviets proletarios y darle un carácter más vasto, más universal y más popular. Esto se puede hacer, apoyándose en las conquistas ya realizadas por el gran capitalismo (así como la revolución proletaria, en general, sólo es capaz de lograr su objetivo apoyándose en estas conquistas).
 El capitalismo creó aparatos de cálculo en forma de bancos, consorcios, el correo, las cooperativas de consumo y los sindicatos de funcionarios. Sin los grandes bancos, el socialismo sería irrealizable.
 Los grandes bancos constituyen el "aparato del Estado" que necesitamos para realizar el socialismo y que tomamos ya formado del capitalismo; aquí nuestra tarea consiste en extirpar todo aquello que desfigura al modo capitalista ese magnífico aparato, en hacerlo aún mayor, aún más democrático, aún más universal. La cantidad se trocará en calidad. Un banco único del Estado, el más grande de los grandes, con sucursales en cada distrito, en cada fábrica, supone ya nueve décimas partes del aparato socialista. Supone una contabilidad nacional, un cálculo nacional de la producción y distribución de los productos; es, por decirlo así, como el esqueleto de la sociedad capitalista.
 De este "aparato del Estado" (que bajo el capitalismo no es totalmente del Estado, pero que en nuestras manos, bajo el socialismo, será íntegramente del Estado) podemos "apoderarnos" y "ponerlo en marcha" de un solo golpe, con un solo decreto, pues el trabajo efectivo de contabilidad, de control, de registro, de estadística y de cálculo corre aquí a cargo de empleados, la mayoría de los cuales son por sus condiciones de vida proletarios o semiproletarios.
 Con un solo decreto del gobierno proletario se podrá y se deberá hacer de todos esos empleados funcionarios del Estado, exactamente lo mismo que los perros guardianes del capitalismo, por el estilo de Briand y de otros ministros burgueses, convierten a los ferroviarios huelguistas, por medio de un decreto, en funcionarios públicos. Nosotros necesitaremos y podremos tener semejantes funcionarios del Estado en número mucho más considerable, pues el capitalismo ha simplificado las funciones de cálculo y de control, reduciéndolas a asientos relativamente sencillos, al alcance de cualquier persona que sepa leer y escribir.
 A condición de que esto se haga bajo el control y la inspección de los Soviets, será perfectamente factible, tanto técnicamente (gracias a la labor previa realizada para nosotros por el capitalismo y el capitalismo financiero) como políticamente, convertir en funcionarios del Estado a la masa de los empleados de banca, personal de los consorcios, empleados de comercio, etc., etc.
 Contra los altos empleados, que son muy poco numerosos, pero que tienden hacia los capitalistas, no habrá más remedio que proceder con "rigor", lo mismo que contra los capitalistas. Unos y otros opondrán resistencia. Esta resistencia habrá que vencerla. Y si el inmortalmente ingenuo Peshejónov, ya en junio de 1917, balbuceando como un auténtico "niño político", afirmaba que "la resistencia de los capitalistas ya está vencida", el proletariado hará en serio una realidad de esa frase pueril, de esa jactancia infantil, de esa salida propia de un chiquillo.
 Nosotros podemos hacerlo, pues se trata de vencer la resistencia de una minoría insignificante de la población, literalmente de un puñado de hombres, sobre cada uno de los cuales las organizaciones de empleados, los sindicatos, las cooperativas de consumo y los Soviets establecerán un control tal, que cada Tit Titych quedará cercado como los franceses en Sedán. A estos Tit Titych los conocemos por sus nombres: no hay más que repasar las listas de los directores, miembros de los consejos de administración, principales accionistas, etc. No pasarán de unos cuantos cientos o, a lo sumo, de unos cuantos miles en toda Rusia: el Estado proletario, con el aparato de los Soviets, organizaciones de empleados, etc. puede poner junto a cada uno de ellos a diez y hasta cien encargados de su control, de modo que el control obrero (sobre los capitalistas) quizá consiga no ya "vencer" sino imposibilitar cualquier resistencia.
 La "clave" de la cuestión no consistirá siquiera en la confiscación de bienes de los capitalistas, sino precisamente en el control obrero omnímodo, ejercido en escala nacional, sobre los capitalistas y sus posibles adeptos. La confiscación por sí sola no basta, pues no encierra ningún elemento de organización y de cálculo de una distribución equitativa. Sustituiremos fácilmente  la confiscación por la imposición de un gravamen justo (aplicando, aunque sólo sea, la tarifa de "Shingariov") pero, a condición de excluir la posibilidad de eludir el control, de ocultar la verdad, de esquivar la ley. Y esto se conseguirá sólo mediante el control obrero del Estado obrero.
 La sindicación obligatoria, es decir, la organización obligatoria en consorcios bajo el control del Estado, es una medida preparada ya por el capitalismo: ha sido realizada ya en Alemania por el Estado de los junkers y será completamente realizable en Rusia, para los Soviets, para la dictadura del proletariado; he aquí lo que nos proporcionará un "aparato del Estado" universal, moderno y exento de todo burocratismo.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Miguel Castellote Editor, 1976. ISBN: 84-7259-063-1.]

viernes, 4 de agosto de 2017

"La jungla".- Upton Sinclair (1878-1968)


Resultado de imagen de upton sinclair  
Capítulo XXIII

«-Estoy buscando hombres para un trabajo duro. Se trata de excavar túneles para los cables de teléfono, todo bajo tierra. Es posible que no sea lo que anda buscando.
 -No hay inconveniente, señor. Cualquier trabajo es bueno para mí. ¿Cuánto es la paga?
 -Quince centavos por hora.
 -De acuerdo, señor.
 -Perfectamente. Vuelva a la entrada y que inscriban su nombre.
Y así, antes de que transcurriera media hora Jurgis se encontraba ya trabajando a buena profundidad bajo las calles de Chicago. Para tratarse de un conducto destinado a conexiones telefónicas, el túnel, con sus tres metros de anchura y un alto casi equivalente, no podía ser más singular: una verdadera tela de araña con brazos y bifurcaciones que se extendían en todos los sentidos. Jurgis caminó más de un kilómetro con el resto del equipo antes de alcanzar el lugar donde habían de iniciar el trabajo. El túnel, cosa todavía más extraña, estaba dotado de luz eléctrica y tenía un doble tendido de raíles para ferrocarril de vía estrecha. Pero, no siendo su misión la de hacer preguntas, Jurgis hizo caso omiso de todo ello y ni siquiera volvió a parar mientes en lo observado. Hubo de pasar un año antes de que llegase a comprender lo que aquel tinglado ocultaba.
 Discretamente y casi con sigilo, el Consistorio municipal había aprobado un pequeño e inocuo proyecto por el que se autorizaba a cierta compañía la construcción de una red de conductos subterráneos destinada a la instalación de cables telefónicos. Amparándose en dicha autorización, un gran grupo de empresas había perforado todo el subsuelo urbano creando un trazado de líneas subterráneas para trenes de mercancías con el que los más importantes patronos de la ciudad -cuya fuerza conjunta representaba un capital de cientos de millones de dólares- se proponía escapar al azote del sindicato de transportes, que era, de todos, el que más les hostigaba. Cuando quedase ultimada la red de túneles, que comunicaba a todas las grandes factorías y almacenes con los depósitos ferroviarios, los patronos tendrían al enojoso sindicato en el puño. Los rumores y especulaciones que habían llegado alguna que otra vez al Consejo lograron que se instruyesen investigaciones al respecto, pero, a cada intento del comité investigador, la aparición de crecidas sumas de dinero había echado tierra sobre el asunto y, cuando la ciudad quiso darse cuenta del asunto, se encontró ante un hecho consumado. El hecho, a buen seguro, dio lugar a un escándalo formidable que puso al descubierto una serie de delitos, entre ellos la falsificación de las actas municipales, lo cual llevó a la picota -en sentido figurado, naturalmente- a varias personalidades ciudadanas, ilustres por sus caudales.Y, a pesar de que las obras tenían su entrada principal en las traseras de una taberna propiedad de uno de los miembros del Consistorio, éstos alegaron no haber tenido conocimiento de lo que estaba ocurriendo.
 Jurgis tenía su lugar de trabajo en una de las perforaciones de reciente apertura, lo cual le garantizaba la ocupación para todo el invierno. Tanto fue su júbilo al descubrirlo que aquella noche se fue de parranda. Luego, con el dinero que le restaba, se aseguró hospedaje en una casa de huéspedes donde podía, por un dólar semanal, compartir con otros tres hombres un gran colchón de paja de hechura casera. Otros cuatro dólares le proporcionaron pensión alimenticia para toda la semana en una casa vecina a su trabajo. Esto le dejaba un remanente semanal de cuatro dólares, una cantidad nunca soñada por Jurgis, si bien al principio hubo de costearse las herramientas y un par de botas recias, por cuanto las suyas, de puro viejas, se le caían de los pies. Algo parecido ocurría con su única camisa, que un verano de uso había convertido en un harapo, por lo cual hubo de sustituirla por otra de franela. Y, finalmente, estaba el abrigo. Toda una semana se pasó Jurgis reflexionando si debía o no adquirir el que su patrona ofrecía de ocasión, propiedad de un buhonero judío que no había dejado, a su muerte, otra cosa con que liquidarle los atrasos. Jurgis, sin embargo, acabó por resolverse en contra de la compra en vista de que las horas del día las pasaba bajo tierra y, las de la noche, en la cama.
 Nunca pudo errar más que tomando aquella decisión, la más propicia para empujarle a las tabernas. Su horario de trabajo, que le ocupaba desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde, no le concedía más asueto que la media hora destinada al almuerzo, con lo cual los días laborables no llegaba Jurgis a ver la luz del sol. Y luego, caída la noche, no tenía adónde ir, como no fuesen los cafetines: único lugar que, además de luz y calor, podía proporcionarle la oportunidad de escuchar un poco de música o de charlar un rato en compañía de algún camarada. Sin un hogar donde cobijarse, huérfano de todo afecto en este mundo, no le restaba en verdad otro amparo que el que procede de lo que, burlescamente, ha dado en llamarse el compañerismo del vicio. Cierto que los domingos podía uno acudir a la iglesia, mas ¿dónde encontrar una en la que un obrero apestoso, cubierto de parásitos que se le asomaban al cuello, pudiese sentarse en un banco sin advertir cómo la gente se apartaba de él con aire de disgusto? Cierto, también, que le quedaba su cuarto de la casa de hospedaje o, al menos, una esquina de él: un espacio cerrado y sin caldeo, con un ventanuco abierto sobre una tapia desnuda que se levantaba a dos pies de distancia; y, cómo no, estaban, por último, las calles desiertas, barridas por el viento huracanado del invierno. Aparte de estas cosas, sin embargo, Jurgis no tenía más que las tabernas y, para permanecer en ellas, veíase, por supuesto, obligado a beber. Un trago de vez en cuando le daba derecho a acomodarse a su antojo, a jugar a los dados o echar, con una baraja grasienta, sentado a una mesa de raído tapete, una partida de cartas; también podía hojear las páginas color de rosa de un periódico "deportivo", donde abundaban las manchas de cerveza y las fotografías de asesinos y de mujeres medio desnudas. En tales diversiones gastaba Jurgis su dinero y así transcurrió su vida a lo largo de las seis semanas y media que estuvo a sueldo de los magnates de Chicago, trabajando con denuedo a fin de que aquéllos pudieran salirse de las garras de su sindicato de transportes.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1986, en traducción de Antonio Samons, pp. 61-63. ISBN: 84-7634-122-9.]
 

lunes, 25 de enero de 2016

"Ellos".- Amado Nervo (1870-1919)

 
Resultado de imagen de amado nervo 
La libertad

 "Ramírez sale de su casa con dirección al taller.  El airecillo fresco le picotea el rostro y le tonifica los nervios.  El día se muestra despejado, la luz del sol invade en oleadas de oro las calles, bruñe los edificios y transfigura la nieve de las montañas lejanas.
 Ramírez se siente feliz de vivir y experimenta esa alegre necesidad de trabajo que es propia de hombres sanos.  En llegando al taller, continuará la talla de un mueble estilo Luis XV en el que ha puesto sus complacencias. Se trata de un respaldo de nogal, coronado por un casco, con una gran cimera, rodeada de motivos más vagos, de volutas en que la molicie de las curvas alardea de toda su gracia; de rizos, de ondulaciones mil, donde la imaginación puede poner los contornos de cuantas figuras sueñe.
 Ramírez está en paz con la vida, con la sociedad, consigo mismo, y contento de su fuerza y de su inteligencia.  Ramírez es un optimista.
 Todo contribuye, por lo demás, a que Ramírez sea un optimista. En el hogar, modesto, pero confortable y limpio, ha saboreado la gran taza de café con leche que las manos activas y cordiales de la esposa joven, alegre, le han servido, en la pequeña alcoba llena de gorjeos de dos amorcillos morenos que juegan aún en la cama.
 Gana un buen jornal. El patrón lo quiere. Con las economías que su mujer, solícita y previsora, reúne, Ramírez acabará por abrir un taller. Educará bien a sus hijos y les dejará un honorable patrimonio. La moral en acción, ¿no es eso?
 Cuando Ramírez llega a esta parte de su pensamiento, empieza a percibir voces nutridas, cantos de vivos compases, gritos, y recuerda que numerosos obreros de diferentes fábricas han decidido declararse en huelga, por lo de siempre: aumento de jornal, disminución de horas de trabajo o ambas cosas a la vez.
 A él le hablaron de organizar un grupo, de tomar la palabra en una manifestación, de influir en el ánimo de los oficiales que trabajaban con él, para que todos, absolutamente todos, acudiesen al llamamiento de sus compañeros, y él rehusó secamente.
 -Yo no tengo de qué quejarme -respondió.
 La masa de obreros, entre tanto, se aproximaba y, al distinguir a Ramírez, la intensidad de sus voces aumentó: primero le llamaron "tránsfuga". Luego, "traidor".
 Una delegación se aproximó enseguida a él y lo invitó, con palabras en que apuntaban tonos de amenaza, a que se uniese a ellos.
 El jefe de la delegación, uno de los huelguistas más influyentes, le indicó que debía hacerlo.
 -¿Debo? ¿Por qué? -preguntó Ramírez.
 -Por solidaridad -respondió el jefe, dignándose discutir con él.
 -Yo no estoy de acuerdo con vosotros -insinuó Ramírez-. Yo estoy satisfecho de mi situación actual. Necesito trabajar y trabajaré.
 -No trabajarás-dijo el otro-, porque estás obligado a solidarizarte con nosotros.
 -Yo no puedo -replicó Ramírez- solidarizarme con gentes que piensan de diferente manera que yo.
 -Hay, sin embargo, deberes mutuos.
 -Nunca serán más grandes que los que yo tengo para con mi mujer y para con mis hijos.
 -Nosotros trabajamos por la justicia y por la libertad.
 -Pues empezad por ser justos conmigo: empezad por respetar mi libertad, la libertad de un obrero que quiere trabajar.
 -Es que, trabajando, ayudas a la tiranía del Capital.
 -Y no trabajando me someto a otra tiranía peor: la vuestra, la de la huelga. Ahora bien, entre las dos tiranías, prefiero la de uno a la de muchos, la que yo elijo a aquélla que se me impone.
 -La huelga es un derecho.
 -Pero no un deber.
 -Si no estás con nosotros, estás contra nosotros.
 -Ni lo uno ni lo otro. Luchad por obtener lo que os plazca, no me opongo; pero, puesto que reclamáis derechos, empezad por respetar uno indiscutible, el que yo tengo de hacer lo que me plazca, mi derecho al trabajo.
 -No trabajarás.
 -Sí, trabajaré. Es preciso que mi mujer y mis hijos coman. Holgad vosotros, si así os conviene.
 -Primero son tus compañeros.
 -Primero son mi mujer y mis hijos.
 -No trabajarás.
 En esto los gritos recomienzan: ¡Muera la Tiranía! ¡Viva la Libertad!"

martes, 26 de mayo de 2015

"Jubiabá".- Jorge Amado (1912-2001)


Resultado de imagen de jorge amado  

"El doctor Gustavo Barreira baja del taxi y sube de dos en dos las escaleras del sindicato. Cuando entra se hace el silencio. Se sienta a la mesa, en el lugar que le cede el presidente. Pide la palabra:
 -Señores, como abogado vuestro, trabajé toda la tarde junto a los directores de la Compañía Circular. Testimonio mejor de mi trabajo y de mi honrado esfuerzo es la grata noticia que os traigo. Señores: seré conciso. El caso se ha solucionado... (los oyentes se empujan para oír mejor), gracias a los esfuerzos de todos. Tras discutir toda la tarde llegamos a la conclusión de que el caso quedaría perfectamente liquidado, y con honor para ambas partes, si todos ceden un poco (se oye un murmullo en la sala). Por un lado, la Compañía cede en su intransigencia, que llegaba hasta el punto de no admitir ningún entendimiento con los obreros mientras siguiera la huelga, y al fin, no sólo tuvo que entrar en negociaciones, sino que incluso aceptó las bases de un acuerdo. En cuanto a los obreros, cederían en un cincuenta por ciento de sus exigencias y la Compañía pagaría un cincuenta por ciento de aumento a contar del día siguiente.
 -¿Eso es política de obrero o de abogado? -interrumpió Severino.
 -Es la mejor política... -El doctor Gustavo sonríe con su más aterciopelada sonrisa-. Siempre es mejor ir conquistando paso a paso aquello que no puede lograrse de un golpe. Si dais oído a los agitadores profesionales, la lucha estará perdida para vosotros, pues si extremáis demasiado vuestras peticiones, esta actitud se volverá contra vosotros como un puñal de dos filos: el hambre llamará a vuestras puertas y la miseria habitará en vuestro hogar.
 -El sindicato tiene dinero para aguantar la huelga...
 -¿Incluso para aguantarla en caso de que se eternice?
 -Un día u otro acabará. La ciudad no puede quedarse eternamente sin luz y sin tranvías. ¡Exigimos que nos den lo que pedimos! ¡No nos desalentemos, compañeros!
 El doctor Gustavo está rojo de cólera:
 -Usted no sabe lo que dice. Yo soy abogado, y entiendo de esto...
 -Y nosotros entendemos de lo que es preciso para no morir de hambre...
 -¡Bien, negro! -apoya Balduino.
 Un muchacho pide la palabra. Empiezan a aplaudir apenas aparece en la mesa.
 -¿Quién es? -pregunta Antonio Balduino al negro Henrique.
 -Es un empleado de las oficinas. Se llama Pedro Corumba. Tiene escrita una historia con lo que pasó él y su familia en Sergipe. Ya la leí... Es un veterano de las huelgas. Ya hizo la huelga en Sergipe, en Río, en Sao Paulo. Lo conozco. Luego te lo presento.
 -Cuando salgo de casa les digo a mis hijos: vosotros sois hermanos de todos los niños obreros de Brasil. Les digo esto porque yo puedo morir y quiero que mis hijos sigan luchando por la redención del proletariado. Compañeros: ¡nos están traicionando! No es la primera vez que hago una huelga. Y sé lo que es la traición. Un obrero no puede creer en alguien que no sea también obrero. Los otros embaucan y engañan. Este individuo que está aquí -e indica al doctor Gustavo- viene a reventarnos la huelga... Quizá es ya empleado de la Compañía. Quizá le han dado ya dinero para que...
 El doctor Gustavo da un puñetazo en la mesa, protesta, dice que el orador lo está insultando y que él es capaz de reaccionar. Pero los empleados clavan los ojos en Pedro Corumba, que continúa hablando:
 -Compañeros, nos están traicionando. No debemos aceptar la propuesta de la Compañía. Si nos ven débiles, mañana retirarán el aumento y nos dejarán como estábamos. Hemos de llegar hasta el fin. Prefiero morir antes que abandonar la huelga. Y venceremos, seguro. Si sabemos conducirnos, si sabemos dirigir nuestra lucha, conseguiremos lo que queremos. Somos una fuerza. Compañeros: no aceptemos que reduzcan nuestras condiciones. Nada de engaños. ¡Abajo Gustavo Barreira y la Circular! ¡Viva el proletariado! ¡Viva la huelga!
 -¡Viva! -La gente escucha con los ojos muy abiertos. Mariano sonríe, Henrique muestra los dientes. Antonio Balduino habla:
 -Los estibadores están de acuerdo con lo que dice el compañero Corumba. Vuestro caso aún no está resuelto. Tampoco el nuestro. Apoyaremos vuestra huelga y esperaremos que vosotros apoyéis la nuestra. Nada de tapujos. Que acepten nuestras propuestas tal y como las hicimos. Nada de aceptar la mitad.
 Propone que Gustavo Barreira, que los está traicionando, sea expulsado de la mesa. Si Antonio Balduino supiera que él era el que había sido amante de Lindinalva, seguro que no hubiera salido vivo de allí. El abogado se retira protegido por los policías. El abucheo le acompaña por la escalera".