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miércoles, 25 de noviembre de 2020

El dios Escorpión.- William Golding (1911-1993)


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  «El Príncipe ensayaba su papel de dios. El Gran Jefe se lo había quitado a sus ayas, sentándolo en una silla adecuada. Y ahí estaba, en la sombría sala de banquetes, con las rodillas y los pies juntos, el pecho hacia fuera, la barbilla proyectada, los ojos abiertos, pero vacíos de expresión. Llevaba una indumentaria de etiqueta, con faldones y todo lo necesario, hecha a su medida. Sostenía el cayado y el mayal cruzados sobre el pecho. Le habían cortado su preciosa trenza y estaba calvo como un guijarro bajo la peluca bien encajada. La alta corona de lino iba sujeta a ésta, y le habían atado una barba a su barbilla. Estaba sentado tratando de respirar en forma imperceptible y de no pestañear, mientras las tinieblas oscilaban y el esfuerzo formaba lágrimas en sus ojos.
 El Gran Jefe se paseaba una y otra vez en torno suyo. No había más ruido que el débil rumor de su falda.
 -Bien -dijo el Jefe-. Muy bien.
 Vuelta y más vueltas. Una de las lágrimas rodó desde el ojo nublado del Príncipe hasta su mejilla. Se dio por vencido y pestañeó rabiosamente.
 -Vaya -dijo el Jefe-. Lo estabas haciendo tan bien, pero lo echaste a perder. Tenlos abiertos y llorarás por la gente. ¡No pestañees!
 -¡Tengo que pestañear! ¡Las personas pestañean!
 -Pero tú ya no serás una "persona" -dijo el Jefe enojado-. Serás el dios, Gran Casa, elevado solemnemente al trono, con el poder en una mano y la prudencia en la otra.
 -¡Me verán llorar!
 -Deben verte llorar. Es una profunda verdad religiosa. ¿Crees que un dios que conserva los ojos abiertos puede hacer otra cosa que llorar por lo que ve?
 -Cualquiera lloraría -dijo el Príncipe malhumorado- con los ojos abiertos, sin pestañear ni frotárselos.
 -"Cualquiera" -replicó el Jefe- pestañearía o se los frotaría. Ésa es la diferencia.
 El Príncipe se enderezó y volvió a dirigir la mirada hacia las tinieblas. Vio cómo se iluminaba el ancho rectángulo de la entrada al otro extremo del vestíbulo y supo que la luz del sol se iba deslizando a lo largo del corredor hasta allí. Renunció, cerró los ojos e inclinó la cabeza. El cayado y el mayal se entrechocaron en su falda. El Gran Jefe dejó de pasear.
 -¡Otra vez!
 -No puedo hacerlo. Sostener el cielo arriba... saltar sobre mi hermana... mantener los ojos abiertos... hacer que crezca el río...
 El Jefe se golpeó la mano con el puño. Pareció por un momento que estallaría su furia, pero se dominó, inclinando la cabeza, tragando saliva, respirando hondamente.
 -Mira, niño. Ignoras el peligro en que estamos. No sabes qué poco tiempo queda... tu hermana en soledad sin querer ver a nadie, el río creciendo...
Resultado de imagen de william golding el dios escorpion Se inclinó acechando el rostro del Príncipe.
 -¡Tienes que hacerlo! Todo saldrá bien. Te lo prometo. Ahora, inténtalo otra vez.
 El Príncipe volvió a adoptar la postura del dios. El Jefe lo observó un momento.
 -¡Eso está mejor! Bien. Tengo que ver a tu hermana, no hay otro remedio. Te dejaré aquí. Quédate como estás hasta que el sol pase de un lado de la entrada al otro.
 Se irguió, alzó una mano, la bajó hasta la rodilla, dio tres pasos adelante, se volvió y salió apresuradamente.
  Cuando el rumor de la falda del Gran Jefe dejó de oírse, el Príncipe respiró a sus anchas y descansó el cuerpo, cerrando los ojos. Alzó un antebrazo huesudo y lo restregó contra el rostro. Cambió de postura, pues el faldón le molestaba. Dejó el cayado y el mayal en el suelo junto a la silla. Miró el umbral de la puerta un momento; luego arrancó de su cabeza la corona de lino, de modo que la peluca salió con ella y la estrecha cinta de la barba se rompió. Se acurrucó, sombrío, la barbilla en los puños, los codos sobre las rodillas. Un destello de sol relumbró en las baldosas y frunció los ojos para esquivarlo. El destello se convirtió en un brillante rectángulo.
 Se incorporó bruscamente y empezó a caminar inquieto, sigiloso, por la enorme sala. Miraba de vez en cuando las paredes, llenas de figuras con cabeza de pájaro y de perro que no lloraban. Se detuvo al fin en medio de la estancia, dando la espalda al sol. Alzó lentamente la cabeza, escudriñó las vigas sombrías y la tremenda solidez de las trabes. Huyó de ese espectáculo como si las vigas amenazaran caer sobre su cabeza.
 Se dirigió sin ruido a la entrada y atisbó el corredor. En un extremo, un guarda se apoyaba contra la pared. El Príncipe se irguió lo mejor que pudo y caminó sereno hacia el guarda, que se despertó y levantó su lanza. Pasó sin mirarlo y volvió la esquina, donde una muchacha se apretó sumisa contra la pared para dejarlo pasar. Atravesó la Gran Casa, indiferente a todos los que encontraba, hasta llegar a la parte posterior y oír los rumores sofocados de las cocinas. Dejó atrás a los cocineros que dormían, a los pinches que fregaban y le miraron incrédulos, el patio donde las ocas se asaban lentamente en sus espetones sobre un fuego de carbón bajo el cielo abierto. La poterna que daba a los riscos y al desierto estaba abierta. Respiró muy hondo, como un muchacho a punto de bucear, apretó los puños y pasó.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1984, en traducción de Ernestina de Champourcin, pp.41-43. ISBN: 84-206-9213-1.]
 

lunes, 21 de septiembre de 2020

Los nueve libros de la Historia.- Heródoto (c. 484 a.C. - c. 425 a. C.)


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Libro segundo: Euterpe

  «124.-Hasta el reinado de Rampsinito, según los sacerdotes, estuvo Egipto en el mejor orden y en gran prosperidad; pero Queops, que reinó después precipitó a los egipcios en total miseria. Primeramente, cerró todos los templos y les impidió ofrecer sacrificios; ordenó después que todos trabajasen para él. Los unos tenían orden de arrastrar piedras desde las canteras del monte Arábigo hasta el Nilo; después de transportadas las piedras por el río en barcas, mandó a los otros recibirlas y arrastrarlas hasta el monte que llaman Líbico. Trabajaban por bandas de cien mil hombres, cada una tres meses. El tiempo en el que penó el pueblo para construir el camino para conducir las piedras fue de diez años; y la obra que hicieron es a mi parecer no muy inferior a la pirámide (pues tiene cinco estadios de largo, diez brazas de ancho y ocho de alto en su mayor altura), y está construida de piedra labrada y esculpida con figuras. Diez años, pues, pasaron para construir ese camino y las cámaras subterráneas en el cerro sobre las que se levantan las pirámides, cámaras que dispuso para su sepultura en una isla, formada al introducir un canal del Nilo. Para construir la pirámide se emplearon veinte años: es cuadrada, cada lado es de ocho pletros de largo, tiene otros tantos de altura, de piedra labrada y ajustada perfectamente; ninguna de las piedras es menor de treinta pies.
 125.- La pirámide se construyó de este modo: a manera de gradas, que algunos llaman adarves y otros zócalos. […] En la pirámide está anotado con letras egipcias cuánto se gastó en rábanos, en cebollas y en ajos para los obreros; y si bien me acuerdo, al leerme el intérprete la inscripción, me dijo que la cuenta ascendía a mil seiscientos talentos de plata. Y si esto es así, ¿cuánto sin duda se habrá gastado en las herramientas con que trabajaban y en alimentos y vestidos para los obreros, ya que construyeron las obras durante el tiempo mencionado y además trabajaron otro tiempo, durante el cual tallaron y transportaron la piedra y labraron la excavación subterránea, tiempo nada breve?
 126.- A tal extremo de maldad llegó Queops que, por carecer de dinero, puso a su propia hija en el lupanar con orden de ganar cierta suma, no me dijeron exactamente cuánto. Cumplió la hija la orden de su padre y aún ella por su cuenta quiso dejar un monumento, y pidió a cada uno de los que la visitaban que le regalara una sola piedra; y decían que con esas piedras se había construido la pirámide que está en medio de las tres, delante de la pirámide grande, cada uno de cuyos lados tiene pletro y medio.
 127.-Decían los egipcios que este Queops reinó cincuenta años, y que a su muerte, heredó el reino su hermano Quefrén. Éste se condujo del mismo modo que el otro en general y particularmente en levantar una pirámide que no llega a las dimensiones de la de Queops, pues yo mismo la medí. Tampoco tiene cámaras subterráneas, ni llega a ella un canal desde el Nilo, como a la de Queops, que corra por un conducto construido y rodee por dentro una isla, en la cual dicen que yace Queops. Quefrén fabricó la parte inferior de su monumento de piedra etiópica abigarrada, y la hizo cuarenta pies más baja que la otra, y vecina a la grande; ambas se levantan en un mismo cerro, que tendrá unos cien pies de alto.
 128.-Decían que Quefrén reinó cincuenta y seis años. Calculan que esos son los ciento seis años durante los cuales los egipcios vivieron en total miseria y durante todo ese tiempo los templos, que habían sido cerrados, no se abrieron. Por el odio contra los dos reyes, los egipcios no tienen mucho deseo de nombrarlos; de suerte que dan a las pirámides el nombre del pastor Filitis, quien por aquel tiempo apacentaba sus rebaños por esos lugares.
 129.- Decían que después de Quefrén reinó Micerino, hijo de Queops. Éste, disgustado con los actos de su padre, abrió los templos y permitió al pueblo, oprimido hasta la última miseria, que se retirara a sus ocupaciones y sacrificios. Entre todos los reyes, fue el que dio más justas sentencias y por eso ensalzan a Micerino sobre todos cuantos fueron reyes de Egipto. No sólo juzgaba íntegramente sino que, a quien criticaba la sentencia, le daba de lo suyo para contentarle. Aunque era bondadoso con sus súbditos y observaba tal conducta, le aconteció como primera de sus desgracias, morirse su hija, única prole que tenía en su casa. Muy apenado por el infortunio sobrevenido y queriendo sepultar a su hija por modo extraordinario, hizo labrar una vaca de madera hueca, la doró, y en ella sepultó a la hija que se le había muerto.
 130.-Esa vaca no fue cubierta de tierra, antes bien era visible todavía en mis tiempos, en la ciudad de Sais, colocada en el palacio en una cámara adornada. Ante ella, queman todos los días todo género de perfume y todas las noches se le enciende su lámpara perenne. Cerca de esta vaca, en otra cámara, están las imágenes de las concubinas de Micerino, según decían los sacerdotes de la ciudad de Sais; son estatuas colosales de madera, desnudas, unas veinte, más o menos en número; no puedo decir quiénes sean, sino lo que se cuenta acerca de ellas.
 131.-Sobre la vaca y los colosos cuentan algunos esta historia: Micerino se prendó de su hija y la gozó a pesar de ella. Dicen luego que la joven se ahorcó de dolor, que el rey la sepultó en aquella vaca, que su madre cortó las manos de las criadas que entregaron la hija al padre, y que ahora les ha pasado a sus imágenes lo mismo que les pasó en vida. Los que así hablan, a mi entender, desatinan, en toda la historia, particularmente en cuanto a las manos de los colosos, pues hemos visto nosotros mismos que han perdido las manos por el tiempo; y aun en  mis días se veían a los pies de las estatuas.
 132.- La vaca está toda cubierta con un manto de púrpura, pero muestra el cuello y la cabeza, dorados con una gruesa capa de oro, y lleva en medio de sus astas un círculo de oro que imita el del sol. No está en pie, sino hincada, y su tamaño es el de una vaca viva grande. La sacan fuera de la cámara todos los años cuando los egipcios plañen al dios que yo no nombro a este propósito; entonces es cabalmente cuando sacan al público la vaca. Porque, según dicen, la hija al morir pidió a su padre Micerino el ver el sol una vez al año.
 133.-Después de la desastrada muerte de su hija, le sucedió lo siguiente a Micerino: le llegó de la ciudad de Buto un oráculo con el aviso de que iba a vivir sólo seis años, y morir al séptimo. Lleno de indignación, Micerino envió al oráculo a reprochar a su vez al dios porque su padre y su tío, que habían cerrado los templos, sin preocuparse de los dioses, oprimiendo además a los hombres, habían vivido largo tiempo y él, que era pío, iba a morir tan pronto. Vínole del oráculo por segunda respuesta que por lo mismo se le acortaba la vida, por no haber hecho lo que debía hacer, pues el Egipto debía ser oprimido duramente durante ciento cincuenta años, y sus dos antecesores lo habían comprendido y él no. Oído esto y advirtiendo Micerino que su fallo estaba ya dado, mandó fabricar gran cantidad de lámparas y, cuando llegaba la noche, las encendía, bebía y se daba buena vida día y noche, sin cesar, paseando por los pantanos y los prados y por dondequiera hubiese muy buenos lugares de recreo. Todo lo cual discurrió con el intento de demostrar que el oráculo había mentido, para tener doce años en lugar de seis, convirtiendo las noches en días.
 134.-También Micerino dejó una pirámide, mucho menor que la de su padre; cada lado es de tres pletros menos veinte pies: es cuadrada, y hasta la mitad, de piedra etiópica.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Orbis, 1982, en traducción de María Rosa Lida. ISBN: 84-7530-129-0.]

miércoles, 24 de octubre de 2018

El enigma de la piedra.- Christian Jacq (1947)


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Primera parte: Al encuentro de los jeroglíficos
2.-¡Sagrados jeroglíficos!
 ¡No toquéis mis jeroglíficos, están vivos!

«Todo indica que el latín y el griego son lenguas muertas. Éste no es el caso de los jeroglíficos.
 Miremos un texto jeroglífico: está lleno de seres animados, hombres y mujeres en acción, aves, mamíferos, peces... Y recordemos que continúan actuando, de la misma manera que el pato.
 Pierre Lacau, egiptólogo francés, ha escrito estas acertadas palabras:
 A los ojos de un egipcio, cada imagen es un ser vivo, una realidad que actúa y que tiene un poder mágico y una eficacia propia. Ahora bien, todos los signos jeroglíficos son imágenes. En tanto que letras, tiene un valor de sonidos, pero como conservan con nitidez su forma precisa y definida, también conservan su poder de imagen.
 Por ejemplo, el león tiene el valor fonético de RU, pero no por ello deja de ser un león y, en cierta manera, conserva el poder de un león.
 Los egipcios estaban tan convencidos de la eficacia de los signos jeroglíficos que en determinados textos tenían la precaución de cortar en dos a los leones y las serpientes para que no hiciesen daño, o de clavar en el suelo a los reptiles peligrosos con cuchillos.
 Así pues, en Egipto no os acerquéis demasiado a un muro cubierto de jeroglíficos y, sobre todo, no los toquéis. Por un lado evitaréis deteriorarlos y por otro no despertaréis al león que duerme ni a la serpiente que hiberna.
 La actitud correcta para acercarse a los jeroglíficos es el amor y el respeto; para los egipcios, sólo la palabra escrita garantizaba la inmortalidad. El buen hijo no era otro que la tablilla de escritura, y no existía mayor felicidad que la de grabar en el propio corazón los escritos de los sabios.
 En Hermópolis, en el Egipto Medio, vivía uno de ellos, llamado Petosiris, gran sacerdote de Tot, el señor de los jeroglíficos.
 Cuando se visita su tumba, se pueden leer estas palabras:
 Vivos que estáis sobre la tierra, que veréis esta morada de eternidad y que pasaréis delante de ella, venid, yo os guiaré por el camino de la vida. Si escucháis mis palabras, si observáis su sentido, esta actitud os será beneficiosa.
 Atentos a este precioso consejo, aproximémonos un poco más a los jeroglíficos.
 
La escritura jeroglífica, una anciana dama muy joven
 
 ¿En qué época aparecieron los jeroglíficos? Resulta difícil dar una respuesta. Con frecuencia se cita "la paleta de Narmer" o la "maza del rey Escorpión", que conmemoran las victorias sobre las tinieblas de estos muy antiguos faraones que vivieron hacia 3200 a.C. No obstante, es probable que el sistema jeroglífico existiese con anterioridad; así pues, habría nacido hace más de cinco mil años.
 Como señaló Champollion, "la escritura jeroglífica egipcia jamás se nos presenta en su estado de perfección, por muy antiguos que sean los textos en los que podamos estudiar".
 De hecho, la escritura del Imperio Antiguo (hacia 3200-2270 a.C.), la de la época de las grandes pirámides, es de una extraordinaria belleza. Cada jeroglífico es una pequeña obra maestra realizada por las manos de consumados artesanos. La noción de progreso no se aplica a la escritura jeroglífica; perfecta desde sus orígenes, no conoció un proceso de perfeccionamiento. Cuando Egipto entró en decadencia, el grabado fue, aquí y allí, de menor calidad.
 En los muros de los grandes templos grecorromanos, como Edfú, Dandara y Filas, todavía activos en los primeros siglos de nuestra era, se pueden ver ciertos jeroglíficos pesados, borrosos, en ocasiones poco legibles, como si la mano del escultor hubiese perdido su habilidad. Sin embargo, el funcionamiento de los jeroglíficos no ha cambiado.
 Un hecho esencial: hasta su último suspiro, el Egipto faraónico conservó el "sistema" jeroglífico, centro de su pensamiento y de su civilización.
 Un conocedor de la escritura jeroglífica, que hubiese vivido en el siglo IV de nuestra era, todavía habría podido leer y comprender los escritos redactados varios milenios antes; en cambio a nosotros nos resulta difícil leer el texto original de nuestros autores medievales.
 La lengua hablada egipcia evolucionó considerablemente, como cualquier otra; en cambio, los principios de los jeroglíficos permanecieron inalterables desde sus orígenes, lo que supuso un gran elemento de estabilidad, comparable a la institución faraónica, único régimen político de Egipto durante más de tres mil años y que se impuso incluso a los invasores, ya fuesen hicsos, persas, griegos o romanos.
 Al atacar los templos, fuente de la cultura jeroglífica, y al clausurarlos, en ocasiones mediante la violencia, los cristianos impidieron la práctica de la escritura sagrada. La conquista árabe trajo otra lengua, sin relación alguna con la de los jeroglíficos.
 En nuestros días, todos estamos en situación de igualdad frente a los jeroglíficos. Sea uno europeo, asiático, africano, australiano o americano, hay que aprender los rudimentos de esta escritura de los dioses, puesto que nadie nace hablando la lengua de los jeroglíficos.
 La situación era idéntica en el antiguo Egipto; en efecto, los antiguos egipcios hablaban una lengua cotidiana y vehicular que no era la de la escritura jeroglífica, la cual se presentaba como la cima de la cultura; para alcanzarla, había que realizar grandes esfuerzos. La lengua hablada de los antiguos egipcios murió y desapareció para siempre, pero los jeroglíficos sobrevivieron. Y esta escritura de los dioses, anciana dama muy digna, adquiere hoy el aspecto de una muchacha, en la medida en que es cortejada por un número cada vez mayor de enamorados que ven en ella encantos infinitos. Ciertamente, después de haber sido mordidos por el pato, caen en brazos de la maravillosa Seshat, la hermosa diosa de la escritura, que se puede contemplar en los muros de los templos trazando jeroglíficos para la eternidad.
 La última inscripción jeroglífica lleva la fecha del 24 de agosto de 394 d. C., bajo el reinado del emperador Teodosio. El templo de Filas, la "maravilla de Egipto", en el extremo sur del país, se cerró definitivamente en el año 551 d.C.
 Habría que esperar al extraordinario descubrimiento de Champollion en 1822 para que nuevamente se pudiese escribir en jeroglíficos. En la actualidad, numerosos apasionados de los cinco continentes trazan estos signos e intentan traducirlos; incluso se están empezando a utilizar en la informática.
 Al entrar en los ordenadores, los jeroglíficos atravesarán alegremente el cabo del tercer milenio.
 ¿Tiene esta escritura mágica el poder de regenerarse a sí misma?
 De la misma manera que Isis resucita a Osiris, la escritura jeroglífica guarda el secreto de la inmortalidad.
 Una gran dama muy atractiva, ciertamente.»
 
   [El fragmento pertenece a la edición en español de Plural 2000, 1998, en traducción de Carlos Gómez González. ISBN: 84-413-1337-7.]
 

sábado, 22 de abril de 2017

"La novela de la Momia".- Théophile Gautier (1811-1872)


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III

«La música, que ya por sí sola hubiese podido formar un pequeño ejército, se componía de tambores, tamboriles, trompetas y sistros.
 Pasó el primer pelotón, tocando una estridente fanfarria de triunfo en sus cortos clarines de cobre brillantes como el oro. [...] El traje de aquellos trompetas consistía en una especie de túnica corta ceñida por un cinturón cuyas largas puntas colgaban por delante; [...] Los tambores, vestidos con una simple cota plisada y desnudos hasta la cintura [...] Después de los tambores venían los tañedores de sistro, que sacudían su instrumento con un gesto brusco y entrecortado [...] Los tamboriles llevaban su caja oblonga transversalmente ante sí, colgada al cuello en bandolera [...] Cada cuerpo de música no contaba menos de doscientos hombres, pero el huracán de ruido que producían clarines, tambores, sistros y tamboriles, y que hubiese hecho sangrar los oídos en el interior de un palacio, nada tenía de demasiado restallante ni de demasiado formidable bajo la vasta cúpula del cielo, en medio de aquel inmenso espacio, entre aquel pueblo zumbador y a la cabeza de aquel ejército que cansaría a los nomencladores, que avanzaba con el rugido de masas de agua.
 ¿Eran demasiado, además, ochocientos músicos para preceder a un Faraón amado de Amón-Ra, representado por colosos de basalto y granito de sesenta codos de altura, [...]?
 Tras la música llegaban los cautivos bárbaros, de porte extraño, de expresión bestial, de piel negra, de cabellera crespa, que se parecían tanto al mono como al hombre y vestidos con el traje de su país: una falda por encima de las caderas y sostenida por un único tirante, bordada con adornos de diversos colores.
 Una ingeniosa y antojadiza crueldad había presidido el encadenamiento de aquellos prisioneros. Unos iban atados a la espalda por los codos; otros, por las manos elevadas por encima de la cabeza, en la más violenta postura; quiénes llevaban las muñecas apresadas en cangas de madera, quiénes el cuello estrangulado en un dogal o en una cuerda que encadenaba a toda una fila, haciendo un nudo en cada víctima. Parecía que se hubiesen complacido en contrariar en lo posible las actitudes humanas, al agarrotar a aquellos desdichados que avanzaban ante su vencedor con un paso torpe y forzado, poniendo los ojos en blanco y entregándose a contorsiones arrancadas por el dolor.
 A su lado caminaban unos guardianes que regulaban su paso a bastonazos.
 Detrás venían mujeres curtidas, de largas trenzas colgantes, que llevaban a sus hijos en un jirón de tela anudada a la frente, avergonzadas, encorvadas, dejando ver su desnudez frágil y deforme, vil rebaño destinado a los usos más ínfimos.
 Otras, jóvenes y bellas, con la piel de un matiz menos intenso, con los brazos adornados por anchos círculos de marfil y las orejas alargadas por grandes discos de metal, se envolvían en largas túnicas de anchas mangas, rodeadas en el cuello por un ribete de bordados y que caía en pliegues finos y apretados hasta los tobillos, en los que tintinaban varios aros; pobres muchachas arrancadas de su patria, de sus padres, tal vez de sus amores; sonreían sin embargo a través de sus lágrimas, porque el poder de la belleza no conoce límites, la novedad hace nacer el capricho y tal vez a alguna de aquellas cautivas bárbaras le esperase el favor real en las secretas profundidades del gineceo.
 Unos soldados las acompañaban y las preservaban del contacto de la gente.
 A continuación venían los portaestandartes, alzando los mástiles dorados de sus enseñas que representaban baris místicas, gavilanes sagradas, cabezas de Hathor coronadas por plumas de avestruz, íbices alados, historiadas cartelas con el nombre del rey, cocodrilos y otros símbolos religiosos o guerreros. A aquellos estandartes iban anudadas largas colas blancas, oceladas de puntos negros, a las que hacía revolotear graciosamente el movimiento de la marcha.
 Ante el aspecto de los estandartes que anunciaba la venida del Faraón, las diputaciones de sacerdotes y notables tendieron hacia él sus manos suplicantes, o las dejaron colgar sobre sus rodillas, con las palmas vueltas hacia arriba. Algunos incluso se prosternaron con los codos apretados a lo largo del cuerpo, la frente en el polvo, con actitudes de sumisión absoluta y de adoración profunda; los espectadores agitaban en todos sentidos sus grandes palmas.
 Un heraldo o pregonero, que llevaba en la mano un rollo cubierto de signos jeroglíficos, se adelantó en solitario entre los portaestandartes y los pebeteros que precedían a la litera del rey.
 Proclamaba con voz fuerte, vibrante como una trompeta de bronce, las victorias del Faraón: decía la fortuna de los diversos combates, el número de cautivos y de carros de guerra quitados al enemigo, el monto del botín, las medidas de polvo de oro, los colmillos de elefante, la plumas de avestruz, las masas de goma odorífera, las jirafas, los leones, las panteras y otros raros animales; citaba el nombre de los jefes bárbaros muertos por los dardos o las flechas de Su Majestad, el Aroeris omnipotente, el favorito de los dioses. 
 A cada enunciación, el pueblo lanzaba un clamor inmenso, y desde lo alto de los taludes, arrojaba al paso del vencedor largas ramas verdes de palmera que agitaba.
 ¡Por fin apareció el Faraón!
 Unos sacerdotes, que se volvían a intervalos regulares, tendían hacia él sus amschirs tras arrojar incienso a los carbones encendidos en el pequeño cáliz de bronce [...].
 Doce oeris o jefes militares, con la cabeza cubierta por un ligero casco coronado por una pluma de avestruz, el torso desnudo y el talle ceñido en un taparrabo de pliegues tiesos, que llevaban ante sí la tarja colgada del cinturón, sostenían una especie de pavés sobre el que descansaba el trono del Faraón. [...]
 A ambos lados de la parihuela, cuatro flabelíferos agitaban, en la punta de unos mástiles, unos enormes abanicos dorados de plumas de forma semicircular; dos sacerdotes sostenían una gran cornucopia ricamente ornamentada, de la que caían en manojos gigantescas flores de loto.
 El Faraón se tocaba con un casco apuntado en forma de mitra, que recortaba mediante una muesca la curva de la oreja y caía hacia la nuca para protegerla. [...] Un ancho pectoral con siete vueltas de esmaltes, piedras preciosas y cuentas de oro desplegaba su curva sobre el pecho del Faraón y lanzaba vivos resplandores al sol.»

 

jueves, 2 de marzo de 2017

"Cuando sopla el Hamsin".- Mercedes Vigil (1957)

 
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 28.- El entierro del faraón

 "Oh, Atón, ¿cuánto durará mi vida", y el dios contesta: "Tú estás destinado a vivir millones de millones de años, toda una vida de millones".
 Grabado en la tumba de Ay, Amarna
 
«Snefru vagó durante varias días por la casa, casi sin hablar. Se había negado a hacer comentarios sobre la causa de la muerte de Merenre. Pasaba horas estudiando, abstraído, tras un extraño disco brillante, las hebras del cabello del faraón. Isset se quedó asombrada al observar que, mirando a través del disco, todo se agigantaba.
 -Lo hacemos en las cuevas de Boubastis -le contó Snefru.
 Pasó a explicarle el insólito experimento que había extraído de los textos de los antiguos sabios: arena, natrón y fuego; ésa era la sencilla fórmula para fabricar los discos transparentes que servían, entre otras cosas, para aumentar el tamaño de lo que se veía al colocarlo frente a los ojos.
 Isset lo observaba en silencio, mientras meditaba largas horas, sin moverse, recostado en la antigua azotea familiar con la mirada perdida en el firmamento. Nada dijo el día que la reina lo mandó llamar, no bien finalizaron las ceremonias del paso a la nueva vida del rey. La reunión en palacio duró largas horas. Al regresar, el hombre se encerró en su habitual hermetismo.
 El silencio retornaba a las calles de Menfis, después de que la celebración por los funerales reales ocupara toda la atención de la metrópoli. Habían tardado más de setenta días en preparar el cuerpo. Mientras el joven rey se iba convirtiendo en momia, los sacerdotes recitaban interminables salmos sin descanso para mantener alejados del difunto a los espíritus nefastos, así como para fortalecer su alma en la lucha contra los genios del mal.
 Una vez que Padiu y sus ayudantes extrajeron el cerebro por las fosas nasales, los residuos que pudiesen quedar pegados a las paredes del cráneo fueron destruidos mediante líquidos corrosivos. Hicieron una profunda incisión en el vientre y sacaron las vísceras. Según lo acordado, los órganos depuradores no fueron tocados. Todo el interior del cuerpo fue lavado con vino y esencias aromáticas. Posteriormente le inyectaron líquidos secantes. Así tratado, le colocaron en una solución salina que llamaban natrón. Esto ponía rígido al cuerpo, que, tras un tiempo sumergido, era secado y embadurnado con bálsamos a base de aceite de cedro, de caña fístula, de cinamomo y de henné. El interior del cuerpo era perfumado con bayas de jengibre, cebolla, mirra, simientes de loto tostadas, los menudos frutos del grosellero y otras esencias. Al final, todos los orificios naturales, ojos, nariz, boca y demás, eran obturados  con tapones de cera virgen. La incisión del vientre era recosida y cubierta con una hoja de oro. Las vísceras recibían un tratamiento especial y luego eran depositadas en urnas aparte.
 Merenre lucía, al cabo de esas manipulaciones, cual un esqueleto de piel apergaminada. Los maquilladores funerarios pintaron sus labios, párpados, uñas, manos y también la planta de los pies.
 Luego, comenzaron a vendarlo con unas telas finísimas escogidas personalmente por la reina. Más de cuarenta codos reales de lino fino fueron usados para cubrirlo antes del ceremonial. Algunos amuletos y joyas eran colocados a medida que la interminable venda iba recubriendo con sus infinitas vueltas a la momia.
 La máscara mortuoria estaba tallada en oro puro por los orfebres del templo. Entre las piernas del reseco muerto, los sacerdotes habían puesto algunos manuscritos en los que se transcribían ciertos sortilegios, fórmulas y trucos para que el difunto pudiera sortear los obstáculos que le aguardaban en su tránsito hacia la nueva vida.
 Estaba pronto entonces para la ceremonia de la "apertura de la boca". Así el rey quedaba listo para comer, beber y hablar nuevamente. Recuperaba al fin su potencia vital para que, por medio de la vista, el oído, el gusto y olfato, su espíritu, ba, pudiese disfrutar en la eternidad de las ofrendas que se le hacían llegar. Era necesario, pues, a partir del momento en que la momia volvía a recuperar sus facultades, suministrar al ba, periódicamente, provisiones para que no sufriese ningún tipo de necesidad. Este deber, al no tener el faraón un heredero, recayó en el sacerdote mayor.
 Muy cerca del faraón, cinco antorchas estaban listas para la ceremonia. La barca fúnebre, colocada sobre un trineo, transportaba la momia de Merenre sobre un catafalco de madera dorada. Las de la Morada de la Acacia, o plañideras, acompañan la procesión precedidas por la supervisora del culto funerario, responsable de atender el viaje póstumo del rey. A su lado marchaban las dos "enterradoras", vestidas con piel de leopardo, llorando, lamentándose y llevándose las manos a la cabeza en actitud luctuosa: encarnaban a las diosas Isis y Neftis, que van protegiendo el féretro. Estas plañideras divinas repetirían cada año los ritos funerarios para garantizar la vida futura del faraón. [...]
 El gran Merenre se aprestaba, al fin, a penetrar en la Casa de la Eternidad.»