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domingo, 2 de noviembre de 2025

El alcalde de Zalamea.- Pedro Calderón de la Barca (1600-1681)

Jornada primera
Escena XVII
(Don Lope, con hábito muy galán y bengala; Soldados, un Tambor; Dichos)

 «Don Lope: ¿Qué es aquesto? La primera / cosa que he de encontrar hoy,
acabado de llegar, / ¿ha de ser una cuestión?
 Capitán: (aparte) ¡A qué mal tiempo Don Lope / de Figueroa llegó!
 Crespo: (aparte) Por Dios que se las tenía / con todos el rapagón.
 Don Lope: ¿Qué ha habido? ¿Qué ha sucedido? / Hablad porque ¡vive Dios
que a hombres, mujeres, y casa / eche por un corredor!
¿No me basta haber subido / hasta aquí con el dolor
desta pierna, que los diablos / llevaran, amén, sino
no decirme: "Aquesto ha sido"?
 Crespo: Todo esto es nada , señor.
 Don Lope: Hablad, decid la verdad.
 Capitán: Pues es que alojado estoy / en esta casa: un soldado...
 Don Lope: Decid.
 Capitán: Ocasión me dio / a que sacase con él
la espada: hasta aquí se entró / huyendo; entréme tras él
donde estaban esas dos / labradoras; y su padre
y su hermano, o lo que son, / se han disgustado de que
entrase hasta aquí.
 Don Lope: Pues yo / a tan buen tiempo he llegado
satisfaré a todos hoy. / ¿Quién fue el soldado, decid,
que a su capitán le dio / ocasión de que sacase
la espada?
 Rebolledo: (aparte) ¿A que pago yo / por todos?
 Isabel: Aqueste fue / el que huyendo hasta aquí entró.
 Don Lope: Denle dos tratos de cuerda.
 Rebolledo: ¿Tra... qué han de darme, señor?
 Don Lope: Tratos de cuerda.
 Rebolledo: Yo hombre / de aquesos tratos no soy.
 Chispa: (aparte) Desta vez me le estropean.
 Capitán: (aparte, a él) ¡Ah, Rebolledo! Por Dios, / que nada digas: yo haré
que te libren.
 Rebolledo: (aparte, al Capitán: ¿Cómo no / lo he de decir, pues si callo,
los brazos me podrán hoy / atrás como mal soldado?)
El Capitán me mandó / que fingiese la pendencia,
para tener ocasión / de entrar aquí.
 Crespo: Ved ahora / si hemos tenido razón.
 Don Lope:  No tuvisteis para haber / así puesto en ocasión
de perderse este lugar. / Hola, echa un bando, tambor,
que al cuerpo de guardia vayan / los soldados cuantos son,
y que no salga ninguno, / pena de muerte, en todo hoy.
Y para que no quedéis / con aqueste empeño vos,
y vos con este disgusto, / y satisfechos los dos,
buscad otro alojamiento; / que yo en esta casa estoy
desde hoy alojado, en tanto / que a Guadalupe no voy,
donde está el Rey.
 Capitán: Tus preceptos / órdenes precisas son
para mí.
(Vanse el Capitán, los soldados y la Chispa).
 Crespo: Entraos allá dentro.
(Vanse Isabel, Inés y Juan).
  
Escena XVIII
(Crespo, Don Lope)

 Crespo: Mil gracias, señor, os doy /  por la merced que me hicisteis,
de excusarme la ocasión / de perderme.
 Don Lope: ¿Cómo habíais, / decid, de perderos vos?
 Crespo: Dando muerte a quien pensara / ni aun el agravio menor...
 Don Lope: ¿Sabéis, vive Dios, que es / capitán?
 Crespo: Sí, vive Dios. / Y aunque fuera el general,
en tocando a mi opinión, / le matara.
 Don Lope: A quien tocara, / ni aun al soldado menor,
sólo un pelo de la ropa, / viven los cielos que yo,
le ahorcara.
 Crespo: A quien se atreviera / a un átomo de mi honor,
viven los cielos también, / que también le ahorcara yo.
 Don Lope: ¿Sabéis que estáis obligado / a sufrir, por ser quien sois,
estas cargas?
 Crespo: Con mi hacienda; / pero con mi fama, no.
Al Rey la hacienda y la vida / se ha de dar; pero el honor
es patrimonio del alma, / y el alma sólo es de Dios.
 Don Lope: ¡Vive Cristo, que parece / que vais teniendo razón!
 Crespo: Sí, vive Cristo, porque / siempre la he tenido yo.
 Don Lope: Yo vengo cansado, y esta / pierna que el diablo me dio
ha menester descansar.
 Crespo: Pues ¿quién os dice que no? / Ahí me dio el diablo una cama
y servirá para vos.
 Don Lope: ¿Y dióla hecha el diablo?
 Crespo: Sí.
 Don Lope: Pues a deshacerla voy; / que estoy, voto a Dios, cansado.
 Crespo: Pues descansad, voto a Dios.
 Don Lope: (aparte) Testarudo es el villano: / tan bien jura como yo.
 Crespo: (aparte) Caprichudo es el Don Lope: / no haremos migas los dos.»    

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Acervo, 1979, en edición de Agustín del Saz, pp. 130-133. ISBN: 84-7002-268-7.]

domingo, 13 de julio de 2025

Poesías. El estudiante de Salamanca.- José de Espronceda (1808-1842)

 A la patria
Elegía

  «¡Cuán solitaria la nación que un día / poblara inmensa gente.
¡La nación, cuyo imperio se extendía / del ocaso al oriente!

¡Lágrimas viertes, infeliz ahora, / soberana del mundo
y nadie de tu faz encantadora / borra el dolor profundo!

Oscuridad y luto tenebroso / en ti vertió la muerte,
y en su furor el déspota sañoso / se complació en tu suerte.

No perdonó lo hermoso, patria mía; / cayó el joven guerrero,
cayó el anciano y la segur impía / manejó placentero.

So la rabia cayó la virgen pura / del déspota sombrío.
Como eclipsa la rosa su hermosura / en el sol del estío.

¡Oh, vosotros del mundo habitadores! / Contemplad mi tormento.
¿igualarse podrán ¡ah! qué dolores / al dolor que yo siento?

Yo desterrado de la patria mía, / de una patria que adoro,
perdida miro su primer valía / y sus desgracias lloro.

Hijos espúreos y el fatal tirano / sus hijos han perdido
y en campo de dolor su fértil llano / tienen ¡ay! convertido.

Tendió sus brazos la agitada España, / sus hijos implorando;
sus hijos fueron, mas traidora saña / desbarató su bando.

¿Qué se hicieron tus muros torreados? / ¡Oh, mi patria querida!
¿Dónde fueron tus héroes esforzados, / tu espada no vencida?

¡Ay! De tus hijos en la humilde frente / está el rubor grabado;
a sus ojos caído tristemente / el llanto está agolpado.

Un tiempo España fue: cien héroes fueron / en tiempos de ventura
y las naciones tímidas la vieron / vistosa en hermosura.

Cual cedro que en el Líbano se ostenta, / su frente se elevaba;
como el trueno a la virgen amedrenta, / su voz las aterraba.

Mas ora, como piedra en el desierto, / yaces desamparada
y el justo desgraciado vaga incierto / allá en tierra apartada.

Cubren su antigua pompa y poderío / pobre yerba y arena
y el enemigo que tembló a su brío / burla y goza en su pena.

Vírgenes, destrenzad la cabellera / y dadla al vago viento:
acompañad con arpa lastimera / mi lúgubre lamento.

Desterrados ¡oh Dios! de nuestros lares. / Lloremos duelo tanto:
¿quién calmará ¡oh España! tus pesares? / ¿Quién secará tu llanto?
[...]

El estudiante de Salamanca
Parte I

 
Era más de media noche, / antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio, / lóbrega envuelta la tierra,
los vivos muertos parecen, / los muertos la tumba dejan.
Era la hora en que acaso / temerosas voces suenan
informes, en que se escuchan / tácitas pisadas huecas,
y pavorosas fantasmas / entre las densas tinieblas
vagan y aúllan los perros / amedrentados al verlas;
en que tal vez la campana / de alguna arruinada iglesia
da misteriosos sonidos / de maldición y anatema,
que los sábados convoca / a las brujas a su fiesta.
El cielo estaba sombrío, / no vislumbraba una estrella,
silbaba lúgubre el viento / y allá en el aire, cual negras
fantasmas, se dibujaban / las torres de las iglesias
y del gótico castillo / las altísimas almenas
donde canta o reza acaso / temeroso el centinela.
Todo en fin a media noche / reposaba y tumba era
de sus dormidos vivientes / la antigua ciudad que riega
el Tormes, fecundo río, / nombrado de los poetas,
la famosa Salamanca, / insigne en armas y letras,
patria de ilustres varones, / noble archivo de las ciencias.
Súbito rumor de espadas / cruje y un ¡ay! se escuchó;
un ay moribundo, un ay / que penetra el corazón, 
que hasta los tuétanos hiela / y da al que lo oyó temblor.
Un ¡ay! de alguno que al mundo / pronuncia el último adiós.

El ruido / cesó,
un hombre / pasó
embozado / y el sombrero
recatado / a los ojos
se caló. / Se desliza
y atraviesa / junto al muro
de una iglesia / y en la sombra
se perdió.

Una calle estrecha y alta, / la calle del Ataúd,
cual si de negro crespón / lóbrego eterno capuz
la vistiera, siempre oscura / y de noche sin más luz
que la lámpara que alumbra / una imagen de Jesús,
atraviesa el embozado, / la espada en la mano aún,
que lanzó vivo reflejo / al pasar frente a la cruz.»
 
 [El texto pertenece a la edición en español de Espasa-Calpe, 1978, en edición de José Moreno Villa, pp. 108-110 y 189-191. ISBN: 84-239-3047-5.] 
 

domingo, 16 de abril de 2023

Cantar de Ruodlieb.- Anónimo (h. 1030)


Ruodlieb - Wikipedia, la enciclopedia libre
V.- De las negociaciones de paz en el campo de batalla y de los muchos regalos que allí dispuso el rey vencido. De cómo Ruodlieb recibió una carta y deseó regresar a su patria. De los Doce Consejos de Oro que le dio el gran rey como pago a sus servicios


   «Así habló y ordenó a uno de sus siervos que llamasen al caballero a su presencia. Aquél le llamó sin demorarse y Ruodlieb llegose al punto ante el soberano. Tras mantenerse en silencio durante un momento, el rey le dijo piadosamente:
  “Forzadamente y no de mi grado, querido mío, te permitiré alejarte de mí. Siempre estabas preparado y en todo actuabas con diligencia. Por ello he de mostrar hacia ti, mi buen amigo, la mayor gratitud. No has suscitado odios, sino que todo el pueblo te ama. Pero, ea, dime ahora en verdad, mi más amado súbdito, ¿he de otorgarte un premio en forma de dinero, o prefieres que te dé sabiduría?”.
  Y el caballero sopesó cuidadosamente la respuesta más apropiada:
  “No deseo” —dijo— “lo que la costumbre estima que equivale al honor: las riquezas, cuando son de todos sabidas, causan grandes insidias, pues la pobreza obliga a muchos desventurados a hacerse ladrones; además, el dinero engendra la envidia entre los parientes y los amigos. Asimismo incita al hermano a romper los lazos de la lealtad. Mil veces mejor es carecer de dinero conservando el buen juicio, y aquel que se afana por florecer en la santa sabiduría siempre tendrá oro y plata en cantidades suficientes, siempre logrará lo que se proponga, porque posee abundantes armas interiores. Recuerdo haber visto a menudo a muchos insensatos que vivían en la indigencia o degenerados en el vicio por haber perdido de la forma más estúpida todos sus bienes. Es evidente que a éstos su riqueza no les ayudó, sino que les perjudicó.
  Por ello más bien habéis de enseñarme vuestro saber, que será tan querido para mí como si alguien me diera diez libras, si es que soy capaz de usarlo rectamente y no soy indigno de ello. Nadie me lo arrebatará jamás ni se enemistará conmigo o me odiará por su causa, y ningún ladrón querrá darme muerte en emboscada por ello. La riqueza conviene que se quede en las cámaras de los reyes y que allí abunde sobremanera. Al hombre sencillo le basta con ser fuerte y habilidoso. No quiero, pues, dineros, que tengo sed de apurar vuestra sabiduría”.
  Y el rey, al oír estas palabras, se puso en pie y le ordenó:
  “Ven conmigo”.
  Al punto marcharon a sus aposentos privados y no permitieron que nadie les siguiera. Allí el rey volvió a sentarse y entonces se puso en pie ante él su vasallo, el caballero exiliado, al que dirigió estas palabras: “Ahora escucha desde lo más profundo de tu corazón los Doce Consejos de Oro que te doy como un verdadero amigo:

  I. Que nunca un pelirrojo llegue a ser un amigo especial para ti. Si alguna vez monta en cólera, no recordará sus votos de lealtad, pues su ira es impetuosa, cruel y duradera. Nunca será buen amigo, sino que en todo momento estará ocultando algún engaño que no podrás evitar y te mancillará como si tocas la pez: difícilmente puedes limpiarte de ella las uñas.
  II. Aunque el sendero que tomes para atravesar una aldea sea cenagoso y accidentado, nunca te desvíes por los campos que estén sembrados, no sea que algún villano te vaya a atacar y a quitarte las riendas tras increparte por haberle dado una respuesta soberbia.
  III. Cuando estés en camino y busques hospedaje, si te encuentras con un anciano que tiene una joven mujer, no le pidas que te honre con su hospitalidad, pues recaerá sobre ti una gran sospecha, aunque seas inocente. El anciano temerá y la joven te deseará —pues así gira la rueda de la fortuna entre ellos—. Pero cuando te encuentres con un hombre joven que tenga por esposa a una mujer mayor, pídele a él que te hospede; no te temerá aquel ni te deseará aquella. Ahí estarás seguro y podrás pernoctar sin causar sospecha alguna.
  IV. Si algún conciudadano te pide que le prestes para arar sus tierras una yegua preñada justo antes de dar a luz, no se la des, a no ser que quieras echarla a perder, pues perderá el potrillo si le obligas a arar un terreno.
  V. Que no te sea tan caro ninguno de tus parientes de suerte que le importunes con tu visita demasiado a menudo, pues más suele agradar lo ocasional que lo acostumbrado. Para el hombre aquello que es frecuente pronto pierde su valor y se envilece.
  VI. Aunque una de tus siervas sea de hermosura sin par, nunca la trates como a una esposa ni tengas trato de igual con ella, para que no te menosprecie y te trate con soberbia o acaso vaya a pensar que debe ocupar un lugar preeminente en la casa, si comparte lecho y mesa contigo. Pues al comer contigo y al pernoctar a tu lado, querrá al punto convertirse en la dueña absoluta de todas las cosas. Estos asuntos suelen crear una fama ignominiosa.
Cantar de Ruodlieb. Epopeya anónima de caballería del siglo XI ...  VII. Si es de tu gusto contraer nupcias con una noble esposa, a fin de engendrar amados hijos, entonces búscate una mujer de alta alcurnia, ¡y no busques sino donde tu madre te aconseje! Y cuando la hallares, es menester que la colmes de honores y que la trates con suavidad. Sin embargo, hazte su maestro y que no tenga ningún litigio contigo, pues no hay mayor desgracia entre los hombres que ser súbditos de aquellos a quienes deberían dominar.
  Y aunque conviene que vuestros corazones estén de acuerdo en todo, nunca debes descubrir enteramente tus intenciones, por si acaso después ella, reprendida por una mala acción, osa recriminarte, que no pueda echarte nada en cara que pueda disminuir el amor y el respeto entre vosotros.
  VIII. Que nunca se apodere de ti la cólera repentina tan gravemente que no puedas pasar la noche sin llevar a cabo tu venganza, sobre todo cuando el asunto sea dudoso y no hubiere ocurrido como se te comunicó. Quizás al día siguiente te alegres de haber contenido tu ira.
  IX. Nunca mantengas una lid con tu señor o tu maestro, puesto que, aunque no puedan vencerte en derecho, lo harán en poder. Nunca les prestes nada, porque en verdad lo perderás. Cuando tu señor te pida que le prestes algo, empero, será mejor entonces que se lo des, porque encontrará alguna culpa por la que quitarte aquello. Y entonces perderás dos cosas, pues no te dará ni su agradecimiento ni el objeto. Mas cuando seas despojado por él, di solamente: “gracias, tómalo”, e inclínate al punto en alabanza de tu señor por haber salido sano y salvo y con vida, estimando en nada tu pérdida.
  X. Que nunca sea tu viaje tan apresurado que te llegue a pasar por alto, al ver una iglesia, encomendarte a sus santos patronos o bendecirles. Cuando doblen las campanas o se cante la misa, baja siempre del caballo y acude a toda prisa a la iglesia, a fin de que puedas participar de la paz católica. Esto no prolongará tu camino, sino que lo acortará, ya que te marcharás de allí más seguro y temerás menos al enemigo.
  XI. Si un hombre cualquiera te insta y te ruega por el amor del misericordioso Cristo que rompas tu ayuno, nunca te niegues. No romperás sus mandamientos, sino que los estarás cumpliendo fielmente.
  XII. Si posees tierras cerca de las plazas públicas, no caves hoyos para evitar que la gente llegue hasta los sembrados, pues en torno a los fosos que caves se irá formando un sendero sobre el suelo seco por el que la gente camine. Si no los cavas tendrás menos daños».

   Cuando el rey terminó de hablar y sus sabios consejos cesaron, los dos volvieron caminando a la sala y el rey se volvió a sentar en su trono y alabó ante todos las virtudes militares del caballero —en tanto, los murmullos de alegría se multiplicaban—, y éste dio las gracias al rey y a todo el pueblo. El rey dijo:
  “Vete a tu patria ahora, colmado de todos los honores. Vete a ver a tu madre y a todas tus posesiones, mas solamente, sin embargo, si puedes vivir en tu país como en éste y si tus señores desean cumplir lo que te prometieron. Pero si te fallan conviene que tú, a la vez, le falles a ellos y que no les sirvas puesto que tantas veces te han defraudado. Nadie que sea avaro o deshonesto merece que le sirvan. Y si acaso esto ocurriera, que no vacile tu ánimo acerca de dónde dirigir tus pasos, y si te hastía tu propia patria, vuelve a mí y me encontrarás con la misma disposición con que ahora te dejo marchar; no tengas ninguna duda sobre esto”.
  Al punto señaló con el dedo al mayordomo que estaba delante de él y susurró a su oído, según era costumbre, ordenando que el camarero real le trajese los sacos en cuyo  interior se guardaban los opulentos panes espolvoreados con harina por fuera y llenos de riquezas por dentro.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Celeste, 2002, en traducción de David Hernández de la Fuente, pp. 47-51. ISBN: 978-8482113395.]

martes, 22 de junio de 2021

Los samuráis.- Wolfgang Schwentker (1953)


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5.-Vida cotidiana y ámbito doméstico del samurái

Formas de morir

 «Después del nacimiento, del ritual de iniciación a la edad adulta y del matrimonio, la muerte constituía el cuarto y último acontecimiento fundamental en la vida de todo samurái. La muerte podía sobrevenir al guerrero de dos maneras totalmente diferentes: a consecuencia de un accidente, de una enfermedad o, simplemente, de la edad, o bien a resultas de una lucha o una decisión tomada libremente. En el primer caso se trataba de una muerte involuntaria que puede adscribirse sin dudar a la vida privada de un samurái. En caso de enfermedad grave que no pudiese curarse con remedios caseros solía consultarse, en el período Edo, a un médico perteneciente a la casta samurái y versado en medicina china (y a partir de 1780 aproximadamente, también en medicina occidental). Si ya no había salvación posible y el guerrero enfermo moría, se lo enterraba por lo común según los dictados del ritual budista. Este hecho guarda relación directa con el departamento creado por el bakufu tras el aniquilamiento del cristianismo en 1640 para controlar los asuntos religiosos, así como con el conjunto de ordenanzas que se decretaron, referentes al ejercicio de la religión. Cada individuo y cada familia debía inscribirse en un templo budista que dispusiese de un cementerio en sus terrenos. Resulta así muy lógico que los difuntos del estamento samurái y de otras clases sociales fuesen enterrados según el ritual budista en la mayoría de los casos.
 Cuando un guerrero fallecía de muerte natural, se procedía en primer lugar a lavar su cadáver, a envolverlo en un kimono blanco de algodón y a colocarlo en un ataúd en el que se introducían plantas, perfumes y monedas que servían como pago de la travesía al más allá. Aunque el sintoísmo prohibía las incineraciones, éstas estaban muy extendidas, si bien aún no generalizadas, en el ámbito budista del Japón premoderno. El tipo de funeral dependía del estatus y de los deseos personales expresados en vida por el difunto. Cuando el sexto shogún Ienobu murió en 1712 a la edad de 51 años, sus vasallos más cercanos leyeron en voz alta su testamento y dieron a conocer su deseo de ser enterrado en el templo Zojo de Edo según el ritual budista. Por lo común, los familiares, amigos y vasallos del difunto se reunían la tarde anterior al entierro en un velatorio, una tarea que en las zonas rurales se hacía necesaria para proteger al cadáver de los animales salvajes. Las viudas se cortaban el pelo en señal de renuncia a un nuevo matrimonio, aunque este deseo así manifestado podía tornarse en su contrario tan pronto como el cabello volvía a crecer. El luto duraba por norma general un año para los parientes de primer grado y para los miembros de la corte en caso de fallecimiento del tennó, y se reducía en consonancia con el grado de parentesco guardado con el difunto.
 Suele asociarse al samurái un género de muerte que guarda relación directa con la manera, propia y específica del guerrero japonés, en que éste afrontaba el fin de su vida en la tierra. Nos referimos a la muerte sobrevenida en el campo de batalla, así como al suicidio ritual de carácter voluntario denominado seppuku y que nosotros conocemos generalmente como harakiri. Esta forma de muerte iba unida a la pretensión de conseguir fama y gloria, dos valores que, al estar socialmente condicionados, hacían del seppuku un acontecimiento de carácter público (un carácter que, de no existir, despojaría al suicidio ritual de todo su sentido). Por esta razón, la persona que lo practicase podía hacerlo bien en función de su calidad de individuo directamente afectado, o bien actuar como miembro elegido para representar a un grupo concreto de índole elitista. Aún hoy siguen existiendo dudas acerca de los orígenes precisos del seppuku. Ikegami Eiko localiza sus principios en las luchas y rebeliones que precedieron a la fundación del shogunato Kamakura, es decir, en el último tercio del siglo XII, al tiempo que considera que los suicidios rituales realizados en el campo de batalla fueron más frecuentes entre los Minamoto del nordeste que entre los Taira del sudoeste de Japón. En las fuentes que nos informan sobre las luchas acontecidas en el período Heian no consta caso alguno en que esta costumbre fuese llevada a la práctica. Muy al contrario, parece ser que los primeros samuráis no se caracterizaron por luchar hasta perder al último de sus hombres: en caso de peligro intenso optaban por huir o rendirse al enemigo. Sea como fuere, el número de víctimas que causaron estos enfrentamientos, incluidos los de mayor envergadura, es sorprendentemente pequeño.
 Esta situación cambió en la segunda mitad del siglo XII. De epopeyas militares tales como el Hógen monogatari o el Heike monogatari puede deducirse que sobre todo los jefes guerreros de los Minamoto ponían a prueba su honor en cada batalla que emprendían, que luchaban en nombre de tal honor y que preferían, cuando no les quedaba escapatoria, suicidarse antes que caer en manos del enemigo. La reputación individual, obtenida en función de los méritos militares conseguidos y de la entereza demostrada en la lucha, tenía más peso que la posición social o la familia. Esta actitud ideológica denota, además, una nueva forma de asumir la muerte y la “impureza” (kegare) a ella asociada: en este sentido, la conducta del samurái se diferenciaba claramente de los hábitos de la alta nobleza cortesana de Kyoto. Ésta, acorde con la idea de pureza propia del sintoísmo, procuraba que la muerte y el enterramiento de altos dignatarios, e incluso del tennó, tuviesen lugar de forma separada del resto de la sociedad. La idea de “impureza” asociada a la muerte era, en cambio, desconocida para el budismo, y así éste propagaba a través de sus distintas comunidades religiosas la “unidad de la vida y la muerte” y el carácter efímero de la existencia, ideas que gozaron de gran aceptación entre los samuráis.
 En el período Edo se produjo una transformación del seppuku como consecuencia de la pacificación de la sociedad en el curso de la unificación del imperio en torno al año 1600. A partir de entonces, las posibilidades al alcance de un samurái de morir de manera honrosa en el campo de batalla pasaron a ser de índole meramente teórica. En la práctica esto sólo se hizo posible en casos excepcionales, como por ejemplo en las represiones de las revueltas, pues el Estado no tuvo ya necesidad de declarar más guerras. De este modo, el seppuku se convirtió en un método indirecto de ejecución, así como en la forma privilegiada de castigo que se imponía a los samuráis de alto rango. Si un miembro de la clase social más distinguida era declarado culpable de un delito grave, podía ser condenado al suicidio ritual. Con ello se conseguía no sólo reparar el honor del delincuente, sino también evidenciar públicamente la autoridad del Estado y de la clase alta.
Resultado de imagen de wolfgang schwentker los samurais Se tiene constancia de una gran cantidad de normas reguladoras de las ceremonias y los procedimientos a seguir en un ritual  de este tipo, que muestran hasta qué punto se extendió la práctica del suicidio en el período Edo. Al condenado le estaba permitido tomar un baño purificador y hacerse un peinado ceremonial. Se le vestía a continuación con ropa interior blanca y un kimono del mismo color. El seppuku tenía lugar sobre dos tatamis previamente dispuestos, cubiertos con telas blancas. Una vez que el condenado tomaba asiento, recibía dos tazas de sake y viandas exquisitas y finalmente, sobre una bandeja, una espada que a veces estaba envuelta en papel blanco. Detrás de la persona que iba a morir se colocaba un padrino (kaishaku), cuya función consistía en decapitar al condenado una vez que éste se había hundido la espada en el estómago y se había practicado un corte en sentido ascendente. En el transcurso del período Edo el ritual se fue refinando de forma paulatina, con el resultado de que en ocasiones se entregaba  al condenado una daga de madera o un abanico como símbolo del suicidio y que servían al padrino de señal para proceder a la decapitación. Se hablaba en estos casos de ogibara donde ogi significaba “abanico” y bara “estómago”.
 Un tipo específico de suicidio es el denominado “séquito de la muerte” (junshi), en el que un vasallo de alto rango seguía a su señor a la tumba. Esta costumbre ha seguido practicándose en el Japón moderno, si bien sólo de forma ocasional. Se hizo famoso el caso del general Nogi Maresuke quien, junto con su esposa, se suicidó durante el entierro de “su” tennó Meiji el 13 de septiembre de 1912. Durante la Edad Media el “séquito de la muerte” adquirió un carácter inmediato, en el sentido de que los vasallos más cercanos seguían a su señor militar a la muerte aún antes de abandonar el campo de batalla, siempre y cuando no se vislumbrara otra salvación posible para el conjunto de la tropa. En tales situaciones, el suicidio representaba la mejor y más perfecta forma de morir, al tiempo que constituía la expresión más radical del lazo de lealtad que unía a señor y vasallo. Se dieron incluso casos extremos de suicidios masivos. Valga como ejemplo el caso de Hojo Nakatoki quien, tras luchar desesperadamente y sin éxito por hacerse con el shogunato Kamakura, se quitó la vida en el patio del templo Renge (en la provincia de Omi) en 1333 y fue acto seguido imitado por 432 de sus súbditos más fieles.
 En años posteriores, los gobiernos de los shogunes Tokugawa intentaron extirpar esta costumbre de la sociedad, con el fin de poner freno a la pérdida de miembros de la elite militar. Así, el junshi se prohibió bajo fuertes amenazas, tal como consta en varios apéndices a las Leyes para la aristocracia guerrera de los años 1663 y 1683. Una de las medidas de disuasión y castigo que se tomaron consistió en decapitar a los hijos de los criados domésticos que hubiesen seguido a su daimio a la tumba. Aunque el bakufu obtuvo un gran éxito con la aplicación de estas disposiciones,no dejó de haber casos en los que la nueva ley se infringió. Por una parte, el séquito de la muerte continuó considerándose como una “buena costumbre” que servía para mantener vivo el antiguo espíritu samurái, incluso en una sociedad pacificada; por otra parte estaba el compromiso de entregar una gratificación a la familia del finado. Estas creencias fueron diluyéndose de forma paulatina en el curso del período Tokugawa. En el Japón moderno sólo algún que otro héroe solitario ha llegado a practicar el junshi, casi siempre como expresión de sentimientos políticos chovinistas o de mantenimiento de la tradición.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza editorial, 2015, en traducción de Mª Carmen Arias Rodríguez, pp. 107-113. ISBN: 978-84-206-8773-5.]