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martes, 24 de diciembre de 2019

Vieja y nueva democracia.- Moses I. Finley (1912-1986)

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IV.-Los demagogos atenienses

«La distinción para ellos crucial es la que se establece entre el hombre que se entrega a la gestión pública con el único fin de servir bien al Estado, y quien, guiado por su interés egoísta, hace de éste su meta y, para cumplir sus dictados, se sirve de la adulación ante el pueblo. El primero puede cometer errores y adoptar una línea política errada en una determinada situación; el segundo podrá en ocasiones formular propuestas acertadas, como cuando Alcibíades disuadió a los marinos de la flota surta en Samos de que abandonaran aquella posición naval, regresando apresuradamente a Atenas en el 411 a.C. para derrocar a los oligarcas que allí se habían alzado con el poder: a esta acción Tucídides le brinda su aprobación expresa. Mas estos no son distingos fundamentales. Tampoco lo son los restantes rasgos que se les atribuye a los demagogos: la costumbre de Cleón de gritar cuando se dirigía a la Asamblea, la falta de integridad personal en asuntos económicos y demás. Tales puntos únicamente realzan la imagen. De Aristófanes a Aristóteles, el ataque a los demagogos siempre se centra en una cuestión central: ¿en interés de quién ejercen su misión como estadistas?
 Tras esta formulación del interrogante se ocultan tres proposiciones. La primera es que los hombres no son iguales: ni en su valía moral, ni en sus capacidades ni en su status social y económico. La segunda es que todas las comunidades tienden a dividirse en facciones; de éstas las más fundamentales son, por un lado, la de los ricos y gentes de alcurnia, por otro, la de los pobres -y cada una de ellas tendrá sus potencialidades, cualidades e intereses propios. La tercera proposición es que el Estado bien ordenado y bien gobernado es aquel que supera a las facciones y sirve como instrumento de la vida recta de sus ciudadanos.
 La facción constituye el más acerbo mal y el más acostumbrado peligro de una comunidad. Mas la voz "facción" es tan sólo una convencional traducción inglesa [faction] del término griego stasis, una de las más notables palabras que podamos hallar en cualquier lengua. Su radical es la de "situación", "posición", "colocación", "estado". Su abanico de significados políticos puede ilustrarse de la mejor de las maneras mediante una mera tabulación de las definiciones que encontramos en el diccionario: "partido", "partido formado con fines sediciosos", "facción", "sedición", "discordia", "división", "desacuerdo" y, en fin, un significado bien atestiguado que incomprensiblemente no figura en nuestro léxico, a saber, "guerra civil" o "revolución". Al contrario de lo que acontece con la voz "demagogo", stasis es palabra muy usada en la literatura y sus connotaciones son, por lo regular, peyorativas. También es de extrañar que éste sea el más arrinconado concepto en los modernos estudios de historia helena. En mi opinión, no se ha observado lo bastante frecuentemente o, de hacerlo, no con la debida pregnancia, que por necesidad debe de significar algo el hecho de que una palabra que posee el sentido originario de "situación" o "posición" y que, en abstracta lógica, podría haber comportado un sentido asimismo neutro al utilizarse en un contexto político, no lo hiciera en la práctica, sino que, antes bien, se revistiera de los más negativos matices. Una posición política, una posición partidista -tal es la inescapable implicación- constituye de por sí algo funesto, algo que conduce a la sedición, a la guerra civil, y a la subversión de la fábrica social. Y esta misma tendencia la hallamos reproducida en todo el lenguaje. Después de todo, no existe ninguna norma eterna de acuerdo con la cual "demagogo", o sea "quien conduce al pueblo", tenga por necesidad que significar "quien mal-conduce o descarría al pueblo". O por qué hetairia, vieja palabra griega que, entre otros significados, tenía el de "grupo" o "sociedad" de amigos, pasara en la Atenas del siglo V a significar simultáneamente "conspiración", "organización sediciosa". Sea cual fuere la explicación, lo seguro es que ésta no mora en la filología sino en la misma sociedad helena.
 Nadie que haya leído a los autores políticos griegos habrá dejado de advertir la unanimidad de enfoque que a este respecto evidencian. Fueran cuales fueran los desacuerdos existentes entre ellos, todos insisten de consuno en que el Estado debe alzarse por encima de los intereses de clase o de facción. Sus metas y objetivos son morales, intemporales y universales, y sólo pueden lograrse -o, por mejor decir, sólo es posible aproximarse o acercarse a ellos- por medio de la formación del ciudadano, de la conducta moral (sobre todo por parte de los que detentan la autoridad), de la legislación adecuada y de la elección de los gobernantes legítimos. De cierto que no se niega, en cuanto hecho empírico, la existencia de clases e intereses. Lo que sí se niega es que la elección de las metas políticas pueda estar legítimamente vinculada a tales clases y tales intereses, o que el bien del Estado pueda conseguirse de otra forma que no sea mediante la marginación, cuando no la supresión, de los intereses privados.
 Fue Platón, ciertamente, quien llevó esta línea de argumentaciones a sus soluciones más radicales. Ya en el Gorgias había argüido que ni siquiera las grandes figuras políticas atenienses del pretérito -Milcíades, Temístocles, Cimón y Pericles- eran auténticos estadistas. Lo único que habían hecho era ser más complacientes que sus sucesores a la hora de gratificar los deseos del demos con barcos, murallas y astilleros. Fracasaron a la hora de hacer de los ciudadanos hombres moralmente mejores, y llamarlos "estadistas" significa, por ende, confundir al pastelero con el médico. Más tarde, en la República, Platón expuso su propuesta de concentrar todo el poder en las manos de una pequeña y selecta clase, apropiadamente instruida. Ésta habría de verse libre, en virtud de las más radicales medidas, de todo tipo de interés específico con la abolición, por lo que a ellos respectaba, tanto de la propiedad privada como del orden familiar. Tan sólo en tales condiciones, podrían éstos comportarse  como perfectos agentes morales, rectores del Estado hacia los fines a éste propios sin que ningún interés egoísta empañara su empresa.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Ariel, 1980, en traducción de Antonio Pérez-Ramos. ISBN: 84-344-0804-X.]

jueves, 19 de septiembre de 2019

Tres lindas cubanas.- Gonzalo Celorio (1948)

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11.-La corrección

«Tan pronto Hilda se alojó en la planta baja, la tía empezó a compartir con ella también el cuarto de baño para no sobrecargar el trabajo de la bomba hidráulica, sobre todo en esos días, cuando con mucha frecuencia faltaba el suministro de energía eléctrica y no había repuestos para reparar ninguna maquinaria, por sencilla que fuera, en caso de una descompostura. Se había desarrollado en toda la población, independientemente de las clases sociales de donde se procediera, un particular cuidado de los bienes que se poseían y un ingenio agudísimo para componerlos con los sustitutos más inusitados. Todo cuanto se tenía era objeto de rigurosa administración y a veces hasta de culto. Ana María sólo abría dos veces al día el refrigerador para que no se echara a perder la goma de la puerta, que aún la cerraba herméticamente. Disposiciones como ésta fueron implantando en la vida doméstica renovados rituales que unían a Hilda y Ana María como oficiantes de una ceremonia religiosa cada vez que se ponía a funcionar la bomba del agua, cada vez que se fregaban los platos sin el concurso de ningún detergente, cada vez que se prendía el candil de la sala o el televisor.
 Así, sin darse cuenta, Ana María e Hilda comenzaron a vivir en igualdad de condiciones, como si nunca hubieran tenido diferencias de origen y nunca hubieran desempeñado papeles antagónicos en la vida, una el de ama, la señora dona Ana María Blasco, viuda de Sariñana por partida doble; otra, el de sirvienta, Hilda, cuyos apellidos se extraviaban en el anonimato del olvido o la ignorancia. Se hicieron hermanas sin haberlo programado, sin haberlo decidido nunca, como una consecuencia natural de lo que estaba pasando con ese trajín de la Revolución que todo lo cambiaba y del que nadie podía quedar al margen. Todo el mundo tenía la misma libreta de racionamiento para abastecerse de los mismos alimentos porque podemos no comer más nunca una tajada de mango al sirope, decía tu tía en tono de arenga, pero si comemos una tajada de mango al sirope es porque hasta el último guajiro se está comiendo su correspondiente tajada de mango al sirope; de la misma indumentaria, porque si hay zapatos para unos tiene que haber zapatos para todos; de los mismos implementos de limpieza personal y doméstica, las mismas pastillas de jabón, los mismos rollos de papel higiénico y, si no hay desodorante para todos, que no haya desodorante para nadie aunque toda la isla huela a sudor. Y todo el mundo tenía que hacer las mismas infinitas colas para comprar la leche, para adquirir los zapatos anuales, para abordar la guagua, colas a veces tristes, aburridas y hasta peligrosas porque al cabo del tiempo estuvieron amenazadas por el robo, el engaño o la extorsión; a veces alegres, chismosas, bullangueras; siempre multitudinarias, siempre desesperantes.
 Todo el mundo ahora tenía los mismos derechos y las mismas obligaciones. Bueno, casi los mismos derechos y casi las mismas obligaciones porque, de algún modo sutil pero claramente perceptible, tu tía seguía siendo la señora dona Ana María Blasco viuda de Sariñana y viuda de Sariñana, e Hilda, así, sin apellidos, seguía siendo la sirvienta. Ciertamente Ana María la trataba como a una hermana: Hilda no sólo dormía en la habitación contigua a la que ocupaba ella y usaba el mismo baño, sino que se sentaba a la misma mesa a la hora de la comida y en una de las dos mecedoras del portal a la hora de tomar el fresco y hacer labores de costura. Pero esa condición presuntamente igualitaria tenía un precio: era Hilda quien hacía las enormes colas para adquirir los alimentos, quien trocaba los paquetes de cigarrillos Populares que no consumían en casa por latas de leche condensada, quien ejecutaba en la práctica el ingenio de la tía para resolver las necesidades inminentes de la vida diaria y quien guardaba silencio ante los periódicos exabruptos de su señora, que tras la dulzura de su trato y la ponderación habitual de sus palabras, escondía un temperamento recio, acrisolado en la soledad de sus matrimonios y de sus viudeces. Y no es que tu tía no trabajara, qué va. A pesar de su edad, era tremendamente activa. Desde el alba se entregaba con denuedo a las faenas domésticas para mantener esa casa como la conociste, impoluta y ordenada hasta la intolerancia, y después con el mismo esmero, en puntual correspondencia con la pulcritud de su casa, al arreglo de su persona: se bañaba todos los días a pesar de la escasez de agua y de jabón, amarillaba sus cabellos con infusiones de manzanilla y se hacía un chongo perfecto, que remataba con una peineta color cristal, se administraba en el semblante los polvos de arroz que le llegaban de tarde en tarde desde México y se vestía modesta pero impecablemente. Sin embargo, las tareas que cumplía la tía eran las superficiales, las escenográficas, las lujosas, si es que se puede hablar de lujo en condiciones semejantes, mientras que las de Hilda eran las necesarias, las obligatorias, las pesadas. Algún marxista de la época diría que Hilda aportaba la infraestructura y Ana María la superestructura. Efectivamente, Hilda adquiría los alimentos tras horas de cola bochornosa y Ana María los acomodaba con gracia en la alacena o en el refrigerador, como lo había hecho desde niña; Hilda cocinaba lo poco que había que cocinar y Ana María les daba algún toque culinario de carácter ornamental, para disfrazar su bastedad, a esos frijoles negros solitarios o a esas papas deshidratadas que provenían de la Unión Soviética; Ana María ponía la mesa para almorzar a la una en punto de la tarde, como acostumbraban hacerlo sus dos maridos, al llamado del cucú suizo que todavía funcionaba con precisión de Guillermo Tell en una de las paredes del comedor, e Hilda, al término del almuerzo, recogía la mesa y lavaba cuidadosamente los platos que la tía volvía a colocar en su espaciosa vitrina. El trabajo de limpiar el baño, tender las camas, lavar la ropa le seguía correspondiendo a Hilda, mientras que el de tu tía consistía en pasar el plumero por los objetos de cristal cortado supervivientes de antiguos regímenes, acomodar sus prendas de vestir en los cajones del escaparate y bordar iniciales en pañuelos de mala calidad, para beneplácito y regocijo de la negrita que todas las tardes, al salir de la escuela, pasaba por ahí para que la abuela le enseñara el cada vez más impracticable arte de las agujas y los canutillos.
 Por las tardes, Ana María tomaba la brisa que le llegaba del Malecón, sentada en una de las mecedoras del portal, y alternaba el bordado con la lectura, como en los viejos tiempos, si bien ahora las iniciales que bordaba no eran las suyas, que otrora se habían entreverado con las de sus maridos en esas finísimas sábanas de Holanda, ni sus lecturas los poemas de Julián del Casal o las novelas de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Ahora bordaba iniciales anónimas en pañuelos que parecían trapos de cocina y leía el Gramma de pe a pa y alguno que otro libro edificante, como la historia del asalto al Cuartel Moncada o el Manifiesto de Montecristi de José Martí.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2006. ISBN: 84-8310-337-0.]

domingo, 8 de septiembre de 2019

El jinete del diablo.- Eleanor Burford [o Victoria Holt] (1906-1993)


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En el Château Silvaine
1

«-Siempre ha habido ricos y pobres- le recordó el conde.
 -Y ahora hay algunos que dicen que no siempre será así.
 -Pueden decirlo, ¿pero qué pueden hacer?
 -Algunos de los exaltados piensan que pueden hacer algo. No sólo están uniéndose en París, sino en todo el reino.
 -Una banda andrajosa -opinó el conde-. Una chusma..., nada más. Mientras el ejército permanezca leal, no podrán hacer nada. -Se estremeció y se volvió hacia mí-. Ha habido inquietud durante siglos. Tuvimos un gran rey en el siglo pasado, Luis XIV, el Rey Sol, el supremo monarca, y a nadie se le ocurría discutir su poder. Bajo su mando, Francia gobernó el mundo. Nadie podía compararse a nosotros en ciencias, arte o guerra. Entonces, el pueblo no chistaba. Luego vino su nieto, Luis XV..., un hombre de gran encanto, pero no comprendía al pueblo. Cuando era joven, lo llamaban Luis el Bienamado, porque era extremadamente guapo. Pero con el tiempo, sus extravagancias, sus imprudencias, su indiferencia ante la voluntad del pueblo, lo transformaron en el monarca más odiado que haya conocido Francia. Hubo un momento en que ya no se atrevía a cruzar París y se hizo construir un camino para evitar hacerlo. Fue entonces cuando la monarquía comenzó a tambalear. Ahora tenemos un rey bueno y noble, pero ¡ay! débil. Los buenos hombres no siempre son buenos jefes. Sabéis bien, prima, que la virtud y la fuerza son dos extraños compañeros de lecho.
 -No estoy segura de eso -dije-. ¿Afirmaríais que los santos, que han muerto por su religión, a menudo penosamente, carecen de fuerza, además de su indudable virtud?
 Hubo un momento de silencio en la mesa. Margot parecía preocupada. Comprendí entonces que no era habitual interrumpir el discurso del conde, en especial si era para contradecírselo.
 -Fanatismo -respondió-. Cuando mueren, creen que van a la gloria. ¿Qué son unas pocas horas de tormento comparadas con una eternidad de bendiciones... o lo que sea que piensen que van a encontrar? Para mandar de manera efectiva, uno debe ser fuerte y a veces es necesario ser expeditivo, lo cual podría ofender ciertos códigos morales. La cualidad esencial del liderazgo es la fuerza.
 -Yo diría que la justicia.
 -Mi querida prima, habéis aprendido historia en los libros.
 -¿Y cómo, os lo ruego, aprenden los otros?
 -A través de la experiencia.
 -Nadie puede vivir lo suficiente. ¿Cómo debemos juzgar un acto que no hayamos experimentado?
 -Si somos sabios, atemperaremos el juicio con prudencia. Os hablaba de nuestro rey. No tiene una figura real y por desgracia su esposa no lo ha ayudado mucho.
 -¿Habéis oído cómo llaman ahora a la reina? -preguntó Etienne-. Madame Déficit.
 -La culpan por el déficit -dijo León- y tal vez tengan razón. Dicen que las cuentas de sus modistas son enormes. Sus trajes, sus sombreros, los extravagantes adornos de su cabeza, sus diversiones del Petit Trianon, su llamada vida campestre en Le Hameau, donde ordeña a las vacas en cazos de porcelana... se habla de eso en todas partes.
 -¿Por qué no podría tener lo que desea? -preguntó Margot-. Ella no pidió venir a Francia. Fue obligada a casarse con Louis. Jamás lo había visto antes del matrimonio.
 -Mi querida Margot -interrumpió fríamente el conde-; naturalmente, una hija de María Teresa se sentiría honrada al desposar a un Delfín de Francia. Fue recibida aquí con el más extraordinario respeto. El difunto rey estaba encantado con ella.
 -No es extraño que estuviera encantado con una niña bonita -dijo León-. Todos sabemos cómo lo arrebataban..., cuanto más jóvenes, mejor. Esto es bien conocido por el escándalo del Parque de los Ciervos.
 -No es un tema apropiado para una cena familiar, León -observó Etienne.
 El conde intervino.
 -Nuestra prima es mujer mundana. Comprende estos asuntos. -Volvió a dirigirse a mí-. Nuestro difunto rey demostraba, a medida que envejecía, una parcialidad bastante común hacia las jovencitas que su camarilla estaba obligada a procurarle. Las guardaba en una mansión rodeada por un parque de venados. De ahí el nombre de Parque de los Ciervos.
 -No me sorprende que dejara de ser Luis el Bienamado.
 -Era un hombre encantador.
 Y el conde me sonrió retadoramente.
 -Tal vez mi noción de encanto es distinta de la vuestra.
 -Querida prima, estas niñas eran salvadas de la pobreza. Debía ser así. No podía tomar a las hijas de los nobles. No las forzaba, ni siquiera ejercía coerción sobre ellas. Iban por su propia voluntad. A veces, las llevaban sus padres. Midinettes de las calles de París..., niñas que tenían pocas esperanzas de ganarse la vida honradamente. Muchas de ellas hubieran sido condenadas por llevar vidas malas e indecentes; otras hubieran trabajado, de conseguir un trabajo, hasta morir de enfermedades pulmonares o perder la vista por culpa de la costura. Su única ventaja era la belleza..., rosas creciendo en un estercolero atestado. Las veían, las elegían y se les enseñaba a divertir al rey.
 -¿Y cuando se cansaba de ellas? -pregunté.
 -Era un hombre agradecido. Les daba una dote apetecible. Los cortesanos encontraban esposos para ellas y vivían felices para siempre. Ahora, mi querida abogada de virtudes, decidme esto: ¿era mejor para esas niñas decaer y morir en aquel estercolero o, a cambio de una breve relación de la virtud, ganar para sí mismas una vida fácil y cómoda y, tal vez, buenos trabajos?
 -Depende del valor conferido a la virtud.
 -Soslayáis el problema. ¿Debían vender sus cuerpos a una fábrica o a un amo real?
 -Sólo puedo decir que el sistema que permite plantear esa disyuntiva, me parece un mal sistema.
 -Es un sistema existente, y no sólo en Francia. -Me miró con severidad-. Es este sistema contra el cual el pueblo murmura ahora.»
     
          [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Grijalbo, 1987, en traducción de Susana Constante. ISBN: 84-253-1520-4.]


domingo, 1 de septiembre de 2019

Billie.- Anna Gavalda (1970)


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«En esa época no me limité a ver la tele, dejar de ir al colegio o ser la chacha de todos los chicos a los que no les importaban demasiado mis orígenes, también acepté un montón de trabajitos. Cuidé niños, cuidé ancianos, limpié escaleras y hasta cogí un pico y una azada y recogí patatas.
 El problema era siempre mi edad. La gente estaba dispuesta a explotarme, pero no podía contratarme como es debido. Decían que no tenían derecho. Sí, sí, claro... Para limpiarles el culo a sus abuelos o fregar sus baños, vale, no había problema, pero para pagarme un salario digno, los pobres no podían, claro, tenían que atenerse a las leyes...
 [...]
 Hasta que, un buen día, las cosas cambiaron.
 Un buen día, sin hacerlo a propósito, claro, por fin mi padre se portó bien conmigo: murió.
 Murió electrocutado mientras robaba cables o no sé qué en una línea de alta velocidad.
 Murió, y una mañana en que estaba seleccionando patatas con un grupo de gitanos (ésos sí eran gitanos de verdad), vino a buscarme el alcalde.
 Y me estrechó la mano, aunque yo las tenía sucísimas, y entonces... en ese momento, comprendí que quizá las cosas estuvieran a punto de cambiar... Sí, cuando se despidió de mí, volví a mis patatas sonriendo a medias.
 Estrellita, estrellita, empezabas a echarnos de menos, ¿verdad?
 [...]
 El alcalde me estrechó la mano y me pidió que fuera a verlo la semana siguiente. Una vez en su despacho me contó que, primer punto, mi madrastra y mi padre nunca se habían casado, y que, segundo punto, el pedazo de tierra de las Morilles que había heredado tenía valor. ¿Por qué? Porque estaba en alto e interesaba a mucha gente que quería instalar allí repetidores para móviles o no sé qué antena.
 Vaya... ¿De modo que iban de eso las cartas que nos mandaba desde hacía años y que nosotros ni siquiera leíamos?
 Vaya... ¿De modo que yo era la única heredera de esa pocilga y el Ayuntamiento se ofrecía a comprármela?
 Vaya...
 En el tiempo que duraron todos los trámites, cumplí por fin mi esperada mayoría de edad, a mi madrastra y a toda su patulea los realojaron en unas viviendas de protección oficial, cobré mi cheque de 11.452 euros, me tragué todo el rollo del notario sobre cuánto tenía que dejar para impuestos y abrí una cuenta a mi nombre en la caja de ahorros.
 Por supuesto, en esa época mi madrastra me hizo la pelota y mil chantajes absurdos para que le diera una parte de la pasta... Al menos la mitad, porque si no quería decir que era una cochina desagradecida, con todo lo que ella había hecho por mí, que me había criado como si fuera su hija cuando en  realidad era la hija de una guarra.
 Pensaba que ya me había comido toda la mierda posible con ella, pero incluso entonces, incluso en esas circunstancias, esa palabra, eso de "guarra" me hizo daño... Para que veas. Incluso siendo un poco rico, uno nunca está todo lo blindado que cree estar... La escuché escupirme todo ese veneno fingiendo que quizá me diera lástima, quizá, pero durante toda mi infancia yo siempre la había oído quejarse de mi presencia, repetía que le había arruinado la vida y que soñaba con tener un sofá de masajes, así que le compré su puñetero sofá de masajes, encargué que se lo entregaran en su nueva madriguera y me largué de su vida de una vez por todas.
 Todo el mundo me hacía la pelota en esa época, todo el mundo. Porque en los pueblos se sabe todo enseguida... Corría el rumor de que había ganado una pasta gansa, en plan millones y tal, y yo no decía ni que sí ni que no.
 Ahora, desde luego, todo el mundo me saludaba por la calle, pero yo seguí trabajando como antes y, como por fin me había llegado la edad de los gloriosos curros legales, me cogieron de cajera en un supermercado.
 En esa época vivía con un chico que se llamaba Manu y, naturalmente, él también se volvió más amable conmigo. A ver, cómo no, había conseguido que su Bibi le pagara las facturas del taller y la escopeta de caza de sus sueños, y poco le costó hacerle creer a la Bibi en cuestión que la quería. Vamos, que la cosa iba bien. Casi, casi hasta hablábamos de boda.
 Pensaba en las amigas de Camille que lloraban en su convento porque no tenían dote y me daba cuenta de que en este mundo todo depende del dinero que tenga uno...
 Sí, estaba dispuesta a fingir que era feliz, pero de ahí a pedirme que me creyera mi propia trola había un buen trecho.
 Había 11.452 euros.
 Pero bueno, me tomaba las cosas como venían: tenía trabajo, un dinerito ahorrado, un novio que no me pegaba y radiadores eléctricos en la casita que estábamos reformando los dos juntos, así es que, en cuestión de felicidad, sabía que tenía toda la que podía aspirar a tener.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix-Barral, 2014, en traducción de Isabel González-Gallarza. ISBN: 978-84-322-2105-7.]

viernes, 9 de agosto de 2019

La transparencia del tiempo.- Leonardo Padura (1955)

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5.-Antoni Barral, 1936

«Había sido durante las clases de catecismo que organizó al llegar a la Vall de Sant Jaume cuando el padre Joan advirtió que Antoni, un niño juncal, de grandes ojos negros dotados de una profundidad que parecía perderse en el tiempo, tenía capacidades intelectuales de las cuales estaban muy lejos los otros muchachos de la aldea. Por eso, con el permiso de Carles Barral, había comenzado no sólo a alfabetizarlo, sino a hablarle de historia, de literatura, de geografía y de ciencias naturales. Pronto comprobó que Antoni era una especie de rareza genética en aquel valle de payeses rústicos: aprendía, memorizaba, procesaba, como si las palabras del sacerdote sólo desempolvaran viejas sapiencias escondidas en su memoria. Para hacer más grata la instrucción, el cura le hablaba de reyes, emperadores, generales y papas como si le narrara cuentos; le transmitía sus conocimientos sobre la fecundación o sobre la geografía, adornándolos con anécdotas pintorescas. Gracias a ello Antoni Barral tuvo una primera idea romántica de cómo alrededor de las montañas que conocía se extendía un mundo amplio y diverso y de que, en el tiempo pasado conocido como la Historia, habían existido muchos hombres que, bien o mal, habían intentado o logrado cambiar el mundo, con actos o con ideas. Los deseos de conocer ese universo tramontano y vital comenzaron a germinar en la conciencia del joven. Sin embargo, la propuesta del cura de que Antoni se matriculase en una escuela de Camprodón fue desechada por su padre Carles: el hijo mayor, el Andreu, era tonto, vago, incapaz incluso de cuidar como es debido de un horno de carbón, esquilar una oveja sin lastimarla o ayudar en el parto de una cabra, y Carles, viudo desde hacía diez años, necesitaba a Antoni para poder salir adelante en aquella vida dura, de estrecheces sin límites que se vivía en la aldea, en el valle, en el país. El padre Joan aceptó la decisión sin discutirla, pero obtuvo a cambio la autorización para pode acompañar a Antoni en cualquiera de sus faenas o en sus cacerías de liebres, perdices rojas y palomas torcaces, y así continuar su labor pedagógica e, incluso, darle alguno de los libros que había traído de Barcelona en un baúl de cartón del cual, como por arte de magia, siempre podía salir un nuevo volumen nunca visto por Antoni.
 El deseo de conocer el mundo que había a uno y otro lado de la sierra, también más allá de los mares, de ver gentes diferentes a las de Oix, Molló, Beget, Camprodón, incluso a las de Olot, siguió creciendo en los pensamientos del joven. No obstante, Antoni bien sabía que las posibilidades de vivir esas experiencias difícilmente se concretarían en los días de su vida porque, además, él realizaba sus faenas no sólo con empeño, sino con placer: cuidar de que un horno de carbón no se volara, esquilar las ovejas, recorrer los senderos de montaña con el arria de mulos, atender y conocer a cada uno de sus animales eran sus misiones en la vida. En verdad, las lecciones y lecturas que le regalaba el padre Joan sólo servían para hacer sus faenas más satisfactorias y tener la posibilidad, en ciertos casos, de asociar los asuntos de su vida y de su aldea con las de otras vidas y sitios diferentes. Y, en ocasiones, para que Antoni soñara.
 En uno de aquellos encuentros, poco antes de que se produjera el alzamiento de los militares y comenzara la guerra, el padre Joan le había preguntado al muchacho qué le gustaría ser en la vida. Antoni lo miró y sonrió; entendía la pregunta, pero no su sentido. Porque en la Vall de Sant Jaume nunca nadie se había hecho semejante cuestionamiento. Allí los destinos siempre habían estado escritos desde antes de nacer y hasta el momento de morir. Y es que a sus quince años Antoni Barral estaba convencido de que su existencia replicaría la de sus antepasados. Y no se quejaba, no se lo cuestionaba. A pesar de que alguna que otra vez, oyendo a algún jornalero de paso por la aldea hablar de la necesidad de crear una sociedad donde todos serían iguales o escuchando al párroco hablarle de otros tiempos y lugares fabulosos o leyendo algún relato también facilitado por el cura, había llegado a soñar que algo, o quizás todo, podría ser diferente. Mas él sabía que sólo se trataba de eso, de un desvarío, una ilusión. Y fue el diluvio el que, de un modo dramático, lo obligó a despertar de sus sueños, pues hizo que todo fuera diferente.
 La noticia de que la columna de un comité de anarquistas de la CNT y la FAI de Sant Joan les Fonts había entrado en el vecino pueblo de Beget provocó el revuelo entre las cuatro decenas de aldeanos de la Vall de Sant Jaume. Sobre todo porque se decía que eran entre veinte y treinta hombres armados, con la misión de ir tomando posesión de territorios y estableciendo los términos de su revolución radicalísima y particular, deteniendo a los enemigos del pueblo e imponiendo levas forzosas. Su primer objetivo era neutralizar a esos enemigos indeseables, categoría en la que entraban terratenientes, burgueses y curas. El segundo propósito radicaba en comenzar la creación de una nueva sociedad en la cual todos fuesen los dueños de todo, sin vestigios de propiedad privada ni estatus sociales, o sea, haciendo una guerra contra la explotación y el Estado: la revolución total del comunismo libertario. Aquello no sonaba mal, aunque los comentarios que antecedían a la columna de los revolucionarios aseguraban que en otras aldeas de la sierra y en pueblos de la costa columnas como esa habían emprendido un proceso de socialización de la propiedad que incluía no sólo pequeñas fábricas y talleres, sino hasta los botes de los pescadores y las cabras y las ovejas de los pastores, que dejaban de ser propiedad del pescador o del pastor para transformarse en bien común del pueblo. ¿Sería cierto...? ¿Y habían sido ellos los que fusilaron al señor Pallard? Decían que sí... ¿Y ellos mismos quienes le dieron fuego a la iglesia de Sadernes con el párroco dentro?... En los comentarios llegados de cualquier parte, nadie aseguraba a ciencia cierta a qué política del gobierno de la República respondían esos hombres. De lo que los aldeanos estaban convencidos era de que su cercanía  significaría la llegada de la guerra y sus efectos a la Vall de Sant Jaume, como había advertido el padre Joan.»
[El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2018. ISBN: 978-84-9066-479-7.]

viernes, 12 de julio de 2019

La tala del bosque.- Carlo Cassola (1917-1987)


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VI

«Después de dos días de inactividad, Guglielmo estaba contento de volver al trabajo. Al amanecer estaba ya en la zona de tala. Se trataba de abatir los últimos pinos de la parte alta. Guglielmo se puso manos a la obra, diligente, imitado por Fiore, el cual, por su parte, no conocía altos y bajos en el trabajo. Los otros, por el contrario, estaban cansados y somnolientos, especialmente Germano. El muchacho no escondía su mal humor. Después del paréntesis en el pueblo, el trabajo en el bosque le resultaba especialmente duro.
 -¿Estabas mejor ayer, eh? Del brazo con la novia -le dijo Amedeo.
 -Y tú en la cama con tu mujer -rebatió ágil el muchacho.
 -Así es la vida -siguió Amedeo-. Tienes que trabajar, desde el momento en que no naciste señor.
 -Pero un trabajo cristiano -respondió el muchacho entre un hachazo y otro-, no esto. Esto está bien para Fiore. O para el jefe -añadió bajando la voz-, que por lo menos al final logra reunir algún billete de mil. No precisamente para nosotros, pobres diablos.
 -Tenías que haber nacido jefe, entonces -dijo Amedeo, irónicamente.
 -A ver si conseguimos acabar esta tarde -intervino Guglielmo.
 Trabajando hasta el crepúsculo bien adentrado, lograron completar la tala de pinos. Por último, abatieron las tres gruesas encinas que constituían la punta extrema de la pendiente. Estaba ya oscuro cuando, recogidas las herramientas, bajaron por el sendero hacia la cabaña, donde Francesco se había encargado ya de preparar la cena.
 Aquella noche no hubo charla. Amedeo propuso, eso sí, que jugaran una partida, pero sin éxito. Ninguno tenía ganas de hablar. A las siete se habían tumbado ya en las camas y la mayoría dormía.
 A la mañana siguiente comenzaron la tala del monte bajo. Éste se presentaba como una cortina continua: Guglielmo asignó a cada uno un tramo de unos treinta pasos de ancho. El trabajo ahora era más complicado, porque había que desbrozar bajo los árboles antes de abatirlos. Lo peor, sin embargo, no era que este trabajo preliminar se llevara la mitad del tiempo, como predijo Fiore. Un talador experimentado con la podadera, de hecho, limpiaba rápidamente el terreno de arbustos. El obstáculo de las zarzas lo encontrarían sólo más abajo.
 Durante la mañana Guglielmo estuvo un poco pendiente de Germano, que no tenía mucha práctica en monte bajo; luego volvió a su zona, que era la última de la derecha, es decir, limitando con una especie de garganta rocosa, la cual se iba ensanchando cada vez más hasta constituir una auténtica pared que bajaba a plomo sobre el Sellate.
 Hacía mucho calor y el cielo estaba completamente despejado. El monte estaba seco. Guglielmo tenía que interrumpir el trabajo de vez en cuando para secarse el sudor.
 "Hace demasiado calor", pensó; y se le ocurrió mirar hacia arriba.
 El cielo, perfectamente limpio, no podía engañar a un hombre experto como él. Detrás de la limpidez, un ojo conocedor, descubre las nubes, como detrás de las nubes la limpidez. Hasta entonces, fueron excepcionalmente afortunados con la estación, pero esto no podía continuar indefinidamente. Si diciembre había sido clemente, enero, con toda probabilidad, sería tempestuoso. Guglielmo presentía cercana la estación de las grandes tormentas invernales, cuando los leñadores se ven obligados a encerrarse inoperantes en la cabaña, y es un milagro si aclara el tiempo necesario para ir a coger agua. Él conocía bien aquellos días largos, monótonos, cuando la lluvia golpea sin tregua sobre el techo alquitranado y en el interior de la cabaña los hombres bostezan y miran el reloj cada cinco minutos; mientras la nostalgia de la casa se hace cada vez más fuerte. En aquellas jornadas, la presencia de Francesco se revelaba de utilidad esencial, dado su imperturbable buen humor y la provisión inagotable de razonamientos, de relatos y de historias del viejo leñador. Podía decirse que Guglielmo le contrató sólo por esto.
 "Si aguantara otra semana", pensó lanzando una ojeada interrogante al tiempo.
 En él no hablaba tanto la aprensión del jefe que tiene que abonar la paga incluso en los días de forzada inactividad y ve así mermadas las ganancias. Él temía aquellas jornadas por sí mismo, porque sabía por experiencia cómo sólo el trabajo servía para alejar los pensamientos que le atormentaban.
 El buen tiempo aguantó todavía una semana, según los ruegos de Guglielmo. En aquella semana, los hombres trabajaron con ahínco, casi presintiendo que pronto se verían obligados a un descanso. El domingo por la tarde Guglielmo y Germano se marcharon justo después de comer para dirigirse al campamento de los de Pistoia a recoger la harina. Bajaron hasta el torrente Sellate y remontaron su curso durante un buen trecho.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Gadir Editorial, 2007, en traducción de Elena Martínez. ISBN-13: 978-84-935382-2-4.]

lunes, 8 de julio de 2019

Familia.- Ba Jin (1904-2005)


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23

«La vida en casa de los Gao volvió a la normalidad al cabo de pocos días. Uno tras otro, fueron regresando los miembros de la familia que habían ido a refugiarse con los parientes. En la ciudad todavía se respiraba cierta confusión, pero el orden público ya estaba restablecido  y lo único que inquietaba un poco a la gente era la gran cantidad de soldados que circulaba por las calles.
 Juemin y Juehui fueron a la escuela un mediodía. Algunos profesores que habían pedido un permiso para ausentarse a raíz de los disturbios todavía no habían vuelto, y del alumnado sólo había acudido a la escuela una tercera parte. Como no hubo clase, volvieron a casa después de charlar un rato con los compañeros. Cuando pasaban por la puerta del norte vieron que entraban tropas del bando vencedor. Los soldados iban mal arreglados, con pesadas mochilas; algunos llevaban un par de gorras o un par de fusiles y todos tenían un aspecto fatigado.
 Corría el rumor de que se dispersaban por los alrededores de la puerta norte buscando alojamiento en las casas. Al principio nadie lo creyó, pero al cabo de poco llegó la noticia de que ya se habían instalado en algunas casas del final de la calle. Los Gao, reunidos en el salón principal, discutían sobre el modo de evitarlo cuando entró Gaozhong, despavorido, avisando de que se acercaban unos soldados. Las mujeres corrieron a esconderse en sus aposentos, como si los soldados ya estuvieran ocupando el salón. El abuelo aún no había vuelto y Keming tuvo que salir a hablar con ellos, acompañado por sus hermanos y Juexin.
 Al contrario de lo que esperaban, en la entrada sólo había un palanquín y un oficial que hablaba con Yuancheng y Wende. Era un hombre de otro distrito, de mediana estatura, y, aunque iba bien arreglado, parecía vulgar. En su cara roja se dibujaban dos hileras irregulares de dientes oscuros y se iba dando golpes en el pecho mientras hablaba. Al ver a Keming le dijo de malos modos que la mujer de un oficial que acababa de llegar a la ciudad, y que él custodiaba, quería alojarse una temporada en la casa. Esperaba la respuesta de Keming con actitud amenazante.
 Keming, lívido, no daba crédito a sus oídos. Excepto cuando era estudiante en Japón, nunca nadie se había atrevido a hablarle de aquel modo. Tenía cuarenta y dos años, era un funcionario de alto rango, había ocupado muchos cargos y era un abogado de prestigio en la provincia. En casa y en sociedad era un hombre respetado; y, de pronto, aquel oficial maleducado le hablaba desconsideradamente y se atrevía a mancillar su casa. Aquello era un ultraje. Quiso abofetearle, pero el fusil que colgaba del cinto del oficial le hizo desistir del impulso. Aunque pertenecía a una familia ilustre y era muy orgulloso, también era prudente y, como decía el refrán, "hay que ser lo suficientemente hábil para mantenerse a cubierto y actuar según se presente la ocasión". Así pues, se limitó a mirar a aquel hombre de arriba a abajo y, haciendo un gran esfuerzo, le dijo que no había bastante espacio en la casa, que aquella señora no se sentiría cómoda allí y que sería mejor que buscara otro sitio para instalarla.
 -¿Que no hay espacio? ¿Y el salón principal? -replicó el oficial, con el ceño fruncido, mientras acariciaba el fusil. De entre los dientes oscuros le brotaba una espuma blanca que le salpicaba la cara a Keming-. Nosotros arriesgamos la vida y ahora que os pedimos alojamiento, ¿no nos lo dais? ¡Pues claro que vamos a quedarnos en el salón! -Fue al palanquín y, descorriendo la cortinilla, dijo-: Señora, ya podéis bajar. Con esta gente es inútil razonar.
 Una mujer de unos treinta años, con la cara completamente embadurnada de colorete, vestida con una camisa corta ajustada y un pantalón con los bajos holgados, bajó del palanquín. Después de lanzar una ojeada a los que estaban allí, se dirigió al salón con la cabeza erguida, seguida por el oficial.
 Keming se quedó mudo. Pensó en seguirlos, pero se acordó de que estaban con él sus hermanos y los criados. Él era un señor, y era indecoroso ir tras aquella mujer de la vida. Se quedó como un pasmarote, observando a la mujer que entraba en su casa. Se sentía humillado: aquel salón espléndido, tan bellamente ornamentado, donde tantos personajes honorables habían hablado sobre asuntos importantes, lugar de asueto de la buena sociedad, iba a convertirse en la alcoba de aquella mujer de baja estofa. No podía permitir que ultrajasen aquel lugar, tenía que defender sus derechos. Que aquella mujer se instalara allí no sólo atentaba contra la dignidad de la estancia, sino que también supondría que entraran en la casa unos aires de libertinaje que podían envenenar a la familia Gao.
 Con el firme propósito de defender los principios de la moral tradicional, se dirigió hacia el salón, apartó la cortina y entró. Le dijo enérgicamente a la mujer que no podía quedarse allí, que tenía que irse de inmediato; era la casa de una familia ilustre que gozaba de la más alta consideración en la ciudad. Hablaba con una osadía desconocida. Detrás estaban sus dos hermanos, Kean y Keding, asustados por su arrojo. Kean, que se había vuelto un hombre amedrentado desde la revolución de 1911, cuando era magistrado en el distrito de Xichong y tuvo que huir disfrazado, le tiraba de la manga para que se contuviera. Al ver que no le hacía caso, salió despavorido del salón.
 El oficial hizo un movimiento amenazante pero la mujer le ordenó que se detuviera. Con un gesto calmado y una sonrisa, la mujer miraba descaradamente a Keming, deleitándose con el rostro delgado y de facciones regulares de aquel hombre que aún conservaba vestigios de juventud. Con un dedo junto a la comisura de los labios, fingía escuchar con atención todas sus explicaciones. Su actitud no hacía mella en Keming, pero sí en Keding, que observaba con detenimiento cada uno de los gestos de la mujer: su rostro redondo y rellenito, el arco de las cejas, la mirada encantadora, la boca bien dibujada, todo lo que su mujer no tenía. Sin embargo, lo que más le gustaba era el talle, esbelto y grácil, que no tenía punto de comparación con la cintura rechoncha y casi inexistente de la señora Shen. Aquella sonrisa le atraía con una fuerza irresistible. De repente, ella  lo miró y él se ruborizó sin poder evitarlo.
 Keming terminó de hablar y se quedó allí plantado con una expresión furiosa.
 -¿Ya está? -preguntó ella, divertida. 
 Keming, fuera de sí, no contestó. Entonces la mujer, dirigiéndose al oficial, dijo:
 -Muy bien, vayámonos, no sea que importunemos a esta familia. Aquí no somos bien recibidos, ya nos acogerá alguien.
 Se encaminó hacia la puerta muy despacio, con el cuerpo ligeramente inclinado, como queriendo inspirar lástima. Keming se apartó para dejarla pasar.
 El oficial, que se resistía a irse, hizo un gesto bravucón, pero de nuevo la mujer le detuvo y no le quedó más remedio que seguirla. Acercaron el palanquín y el oficial se puso al lado del porteador. Encolerizado, le gritó a Keming:
 -Si os incomoda que vengan un par de personas, esperad, os mandaré un pelotón entero. ¡Ya veréis entonces! Conmigo no se juega.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Libros del Asteroide, 2014, en traducción de Eulalia Jardí Soler. ISBN: 978-84-15625-55-1.]