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domingo, 13 de marzo de 2022

El arte de la lectura en tiempos de crisis.- Michèle Petit (1946)


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3.-La simbolización y el relato: poderes y límites.

Leer las páginas dolorosas de la propia vida de manera indirecta

  «En Francia también mucha gente ha señalado que la literatura constituía desde la más tierna edad “un excelente soporte para el discurso sobre uno mismo”, para utilizar las palabras de Francis Marcoin, en particular muchos de aquéllos y aquéllas que, en guarderías, bibliotecas y escuelas, desarrollan espacios de lectura no regidos por la estricta rentabilidad escolar. Pero esto también es válido para la lectura solitaria, desde luego. Cuando algunos hombres o mujeres me contaban sus recuerdos en el campo o en los suburbios franceses, lo que se evocaba de manera recurrente era también ese trabajo de narración de la propia historia, de ensoñación, de pensamiento, que acompaña o sigue a la lectura. 
 Como dice Pierre Bayard, los libros son un segundo lenguaje al cual recurrimos para hablar de nosotros mismos, un “espacio privilegiado para el descubrimiento personal”: “Lo que realiza el buen lector es una travesía de los libros, pues sabe que cada uno de ellos es portador de una parte de él mismo y puede abrirle el camino a esta parte si tiene la sabiduría de no detenerse […] el lenguaje puede encontrar en su travesía del libro el medio para hablar de lo que habitualmente se oculta en nosotros”. 
 Para Gustavo Martín Garzo, “amamos un libro en la medida en que algo que creíamos perdido, un saber acerca de nosotros mismos, un gesto adorado, regresa a nosotros. Leer es asistir a ese regreso...” Y para Laura Devetach: “Tal vez cuando recurrimos a los textos todos buscamos algo desconocido, algo que se nos plantea como puente hacia cosas ocultas...” No es difícil observar que la búsqueda ávida de un secreto íntimamente relacionado con ellos obsesiona a numerosos lectores, sea cual sea su edad, y que se hallan en caza perpetua, como Pierre Bergounioux, quién dice: “Durante mucho tiempo esperé que existiera el libro que lo explicara todo”. O este hombre que narra: “Compro libros sin que necesariamente tenga tiempo de leerlos, para no arriesgarme a dejar pasar aquel que, por fin, lo supiera todo acerca de mí. Si lo dejara pasar, ¡ usted se da cuenta!” 
 Del nacimiento a la vejez, estamos en busca de ecos de los que hemos vivido de manera oscura, confusa, y que algunas veces se revela, se explicita de manera luminosa y se transforma gracias a una historia, un fragmento o una simple frase. Y nuestra sed de palabras, de elaboración simbólica es tal que, a menudo creemos asistir a ese regreso de un saber a propósito de nosotros mismos saltando sobre quién sabe qué extraños resortes, haciendo derivar el texto leído a nuestro capricho, encontrado en él algo que el autor jamás habría imaginado que estuviera allí. Habla una vez más P. Bayard: “tanto los lectores como los no lectores están atrapados, lo quieran o no, en un proceso interminable de invención de los libros, y […] la verdadera cuestión no es, por ello, saber cómo escapar de ella, sino cómo acrecentar su dinamismo y su alcance”. 
 Cuando no se siente como algo impuesto, una historia prestada -o una frase- puede muy pronto volverse parte de uno mismo y, al garantizar una distancia que protege, puede permitir evocar la propia historia, en particular sus capítulos difíciles. Porque son sobre todo las páginas dolorosas de nuestra vida las que pueden ser leídas de manera indirecta. “Eso habla de mí sin que esté obligada a hablar de mí”, como le dijo una mujer a Karine Brutin, maestra de literatura que acompaña a jóvenes en gran desamparo psíquico en la clínica universitaria Georges Heuyer o en el hospital Sainte-Anne, en París. Para ella,” el encuentro con el libro permite, en situaciones de catástrofe psíquica, reanudar con el mundo interior propio y desplegarlo a partir de las representaciones culturales y artísticas...” 
 La literatura, observa ella,” devuelve algo indecible al campo del lenguaje”. Para esto hace falta muchas veces - además del arte de esta maestra- un relato “que contenga la historia sin que sea necesario hablar de ella”, que permita entrever una escena oculta sin por ello revelarla. Encuentro que se produce allí donde uno menos lo espera y donde el libro elegido por el lector lo es ”porque en secreto tiene que ver con una catástrofe íntima, porque es una de las versiones imaginarias posibles de ésta. La lectura consuela, apacigua porque pone en movimiento nuestras inscripciones traumáticas más oscuras”. 
 Ésta reconduce a cada persona al corazón de sí misma, “hasta el seno de lo oscuro que nos da fundamento” y “es terapéutica porque las representaciones que ofrece, despiertan lo que nosotros está dormido o ignorado, recitan pedazos de historias, fragmentos de recuerdos, los efluvios de sensaciones olvidadas”. Por eso la lectura y la vida están tan estrechamente mezcladas que importa poco “distinguir lo propio de lo que pertenece al escritor. La lectura, al suscitar la vida interior, desencadena un proceso terapéutico discreto, del que quizá no medimos todo el poder”. 
 Más allá de las situaciones de catástrofe para cada persona, como lo señala también K. Brutin, “las historias narradas en la velada o los libros que se leen al momento de dormirse permiten metabolizar conflictos y desesperanzas sobre una escena imaginaria, y entrar en los ‘reinos sombríos’ habitados por las imágenes del sueño. El libro es fruto de un trabajo análogo al del sueño”. Tal vez por ello es que tanta gente lee por la noche, sin importar cuál sea su medio social o su edad. Más de un lector por cierto, hace explícita la semejanza entre lectura y sueño, por ejemplo el hombre que dice: “Yo Leo en la cama. Si ustedes quieren, ésta es siempre la sala de descompresión entre los problemas del día y la noche. Y eso alimenta mis sueños”. 
 Didier Anzieu pensaba que por medio del sueño se restauraba cada noche la envoltura psíquica vital que los pequeños traumatismos de la jornada habían llenado de agujeros. Tal vez la lectura repara también en la cotidianeidad los desgarramientos y domestica lo extraño, lo inquietante. El acomodo en secuencia, la elaboración estética de los textos, son tranquilizadores: el tiempo se ordena, los acontecimientos contingentes adquieren sentido en una historia que se pone en perspectiva. Y es un poco como si, por el orden secreto que emana de ésta, el caos del mundo interior pudiera tomar forma.

 A la caza de expresiones afortunadas 

 Sea cual sea el medio en que vivimos y la cultura que nos vio nacer, necesitamos mediaciones, representaciones figuraciones simbólicas para salir del caos, sea exterior o interior. Lo que está en nosotros debe primero encontrar cómo decirse hacia fuera, y por vías indirectas, para que podamos instalarnos en nosotros mismos. Para que tramos enteros de lo que hemos vivido no se queden enquistados en zonas muertas de nuestro ser. De otro modo, carecemos de fuerza. 
Resultado de imagen de michele petit la lectura en tiepos Desde luego, la lectura no basta para suministrar representaciones y reparar a quienes han vivido dramas o las múltiples separaciones que son lo normal en toda vida. Hacen falta vínculos sociales, amor, amistad, proyectos compartidos, a veces otras prácticas culturales -como veremos más adelante-, y a menudo una intersubjetividad con profesionales de la escucha con los cuales poder liberar las palabras. Pero somos seres de lenguaje en caza perpetua de “expresiones afortunadas”. 
 Algunas veces son nuestros allegados quienes nos brindan claves que nos permiten explicitar lo que hemos vivido. O desconocidos, de la calle o en un café, los que pronuncian una o dos frases o cuentan una anécdota que aclara una región de nosotros que no habíamos podido expresar, un aspecto del mundo que permanecía en la oscuridad. No obstante, ese tesoro de experiencias humanas que es la cultura nos prodiga recursos inigualables. Y en particular por medio de la literatura. Como dice P. Bergounioux, “los buenos libros nombran de modo simple y sencillo las cosas que nos ocurren y nos afectan, sobre todo en la medida en que no los comprendemos verdaderamente. Al lado de la esfera del sentido común, del comentario apresurado, aproximativo, cuyo destello incierto guía nuestros pasos en el camino de cada día, existen versiones aproximadas, amplias, insólitas, deslumbrantes de nuestra experiencia: aquellas que la literatura y sólo ella, es capaz de dar”. 
 Mitos, cuentos, leyendas, poesías, obras de teatro, novelas que ponen en escena las pasiones humanas, los deseos o los miedos, permiten comprender a los niños, a los adolescentes y también a los adultos, no por medio del razonamiento sino mediante un desciframiento inconsciente, que lo que les obsesiona pertenece a todos. Son puentes tendidos entre uno mismo y los demás, pasarelas lanzadas entre la parte inefable de uno mismo y la que se presenta a los demás.   
 Puede ser un simple título el que permita expresarlo sobre sí mismo en una forma condensada, como en el ejemplo que menciona el doctor Xavier Pommereau, encargado en Burdeos del Centro Abadie, que acoge adolescentes suicidas. Este lugar se propone ser una “cámara de descompresión” para que estos jóvenes que no encuentran en la vida ni sitio ni identidad tolerables, prosigan el trabajo sobre ellos mismos. A esta edad, observa Pommereau, no es fácil que las palabras describan los males y hace falta encontrar otras vías aparte de las simples pláticas o discusiones para que expresen lo que sienten. De este modo se implementan actividades deportivas como la escalada y algunas mediaciones culturales. Lo que solicitaron los adolescentes fue un muro de expresión, un punching bag (una pera de box) y... algunos libros. El lugar se convirtió en una biblioteca donde se boxea y se hacen grafitis. Pommereau escribe: “Contra lo que esperábamos y pese a que habíamos tratado en vano de sensibilizar a los jóvenes hacia la lectura con interventores externos, algunos libros son consultados, leídos o tomados en préstamo”. Señala en particular el éxito que tuvo El rojo y el negro entre los jóvenes provenientes de medios populares. Y aclara: “Para estos jóvenes, el rojo es la sangre y el negro la desesperanza. Necesitan poner este libro sobre su mesa de noche para proyectar su desesperanza”. Del otro lado del Atlántico, Cien años de soledad juega a veces este papel... 
 Aun en los contextos más dramáticos, en hospitales donde se hallan niños al final de su vida, algunos mediadores observan que por medio de un libro, éstos empiezan a veces hablar de su muerte, por ejemplo designando el cielo en la imagen de un libro ilustrado y diciendo: “Yo iré allí”. O piden una historia precisa, como la niña que le rogaba a un enfermero que le leyera “La cabra del señor Seguin” e insistió hasta que cedió a su petición - a la que se resistía con todo su ser- para después señalar: “Fíjate, al amanecer ella escogió renunciar a luchar y morir”. A la mañana siguiente ella misma dejó de vivir.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Océano, 2008, en traducción de Diana Luz Sánchez, pp. 110-117. ISBN: 978-84-494-3905-6.]

miércoles, 29 de diciembre de 2021

Armas de destrucción matemática. Cómo el big-data aumenta la desigualdad y amenaza la democracia.- Cathy O'Neil (1972)


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Introducción


 «La crisis financiera dejó bien claro que las matemáticas, que una vez habían sido mi refugio, no sólo estaban profundamente involucradas en los problemas del mundo, sino que además agravaban muchos de ellos. La crisis inmobiliaria, la ruina de grandes entidades financieras, el aumento del desempleo: todo esto había sido impulsado e inducido por matemáticos que blandían fórmulas mágicas. Además, gracias a los extraordinarios poderes que tanto amaba, las matemáticas podrían combinarse con la tecnología para multiplicar el caos y la desgracia, lo que añadía eficacia y magnitud a unos sistemas que entonces comprendí que eran defectuosos. 
 Si hubiéramos estado lúcidos, habríamos dado un paso atrás en este punto para analizar cómo habíamos hecho un mal uso de las matemáticas y cómo podríamos evitar una catástrofe similar en el futuro. Sin embargo, en lugar de eso, justo después de la crisis, las nuevas técnicas matemáticas estaban más de moda que nunca y se extendían a un creciente número de áreas. Funcionaban veinticuatro horas al día procesando petabytes de información, en gran parte extraídos de las redes sociales o de páginas web de comercio electrónico. Y en lugar de prestar cada vez más atención a los movimientos de los mercados financieros mundiales, se dedicaban cada vez más a analizar a los seres humanos, a nosotros. Los matemáticos y los especialistas en estadísticas estudian nuestros deseos, nuestros movimientos y nuestro poder adquisitivo. Predecían nuestra solvencia y calculaban nuestro potencial como estudiantes, trabajadores, amantes o delincuentes. 
 Esta era la economía del big-data, y prometía ganancias especulares. Un programa de ordenador era capaz de procesar miles de currículos o solicitudes de préstamos en un par de segundos y clasificarlos en listas bien ordenadas, con los candidatos más prometedores situados en los primeros puestos. Estos programas no sólo permitían ahorrar tiempo, sino que además se anunciaban como procesos más justos y objetivos. Al fin y al cabo, eran procesos en los que no había seres humanos, con sus prejuicios, escarbando en montones de papel, sino simplemente máquinas procesando números de manera objetiva. En el año 2010 aproximadamente las matemáticas se habían impuesto como nunca antes en los asuntos humanos, y el público en general recibió el cambio con los brazos abiertos. 
 Y, sin embargo, yo veía problemas en el horizonte. Estas aplicaciones fundamentadas en las matemáticas que alimentaban la economía de los datos se basaban en decisiones tomadas por seres humanos que no eran infalibles. Seguro que algunas de esas decisiones se tomaban con la mejor de las intenciones, pero muchos de estos modelos programaban los prejuicios, las equivocaciones y los sesgos humanos en unos sistemas informáticos que dirigían cada vez más nuestras vidas. Cuales dioses, estos modelos matemáticos eran opacos y sus mecanismos resultaban invisibles para todos, salvo para los sumos sacerdotes del sector: los matemáticos y los ingenieros informáticos. Sus veredictos, incluso cuando estaban equivocados o eran perjudiciales, eran indiscutibles e inapelables y solían castigar a los pobres y los oprimidos de nuestra sociedad, al tiempo que enriquecían a los ricos. 
 Se me ocurrió un nombre para este tipo de modelos perniciosos: armas de destrucción matemática o ADM.  […]

01.-Partes de una bomba: ¿qué es un modelo?

 Estos son los 3 elementos que conforman un ADM: la opacidad, la escala y el daño. […]

07.-Sudar balas: en el trabajo.

 Los maestros, además de ser los educadores y cuidadores de nuestros hijos, son, evidentemente, trabajadores. En este sentido quiero profundizar un poco más en los modelos que puntúan su rendimiento, puesto que podrían aplicarse en el futuro a los trabajadores de otros sectores. Consideremos el caso de Tim Clifford, un profesor de secundaria que enseña Lengua y Literatura en Nueva York, con 26 años de experiencia. Hace unos años, Clifford descubrió que había suspendido la evaluación de docentes conocida como el modelo de valor añadido, […] la puntuación de Clifford había sido un ridículo 6 sobre 100. […] El modelo de valor añadido le había dado un suspenso, pero ningún consejo sobre cómo mejorarlo. Conque Clifford siguió dando clase como siempre lo había hecho y confío en que saldría bien. Al año siguiente su puntuación fue de 96. 
[…]
 Un análisis realizado por Gary Rubinstein, un bloguero y educador, demostró que uno de cada 4 profesores que enseñaban la misma asignatura en años consecutivos registraba una diferencia de 40 puntos en el modelo. Esto sugiere que los datos de evaluación son prácticamente aleatorios. No era el rendimiento de los profesores lo que variaba de un año a otro, lo que variaba era la puntuación generada por un ADM que era un auténtico fraude.
Resultado de imagen de cathy o'neil armas de destrucción matematica Pese a que sus puntuaciones no tienen sentido alguno, el impacto del modelo de valor añadido es generalizado y muy dañino. “He visto a profesores geniales que, al ver los resultados de esas puntuaciones, empezaron a pensar que podían considerarse mediocres como mucho -dice Clifford-. Dejaron de dar las estupendas clases que solían impartir y se centraron cada vez más en la preparación de las pruebas de final de año. Un profesor joven sufrirá si saca una puntuación baja en el modelo de valor añadido, mientras que, si saca una puntuación alta, puede tener la falsa sensación de haber alcanzado importantes logros que aún no se ha ganado”. 
 Como en el caso de tantas otras ADM, el modelo de valor añadido nació de las buenas intenciones. La administración Obama pronto se percató de que los distritos perjudicados a consecuencia de las reformas de la ley de 2001 denominada “Que ningún niño se quede atrás”, que imponían unas pruebas homologadas muy exigentes, solían ser los más pobres y desfavorecidos. En consecuencia, decidió otorgar exenciones a los distritos que pudiesen demostrar la efectividad de sus maestros y profesores para asegurarse de que dichos centros no resultarían perjudicados aunque sus alumnos se quedaran rezagados. 
 La utilización de modelos de valor añadido nace en gran parte de este cambio legislativo. Sin embargo, a finales de 2015, la moda de la evaluación de los docentes tomó lo que podría ser un giro aún más dramático. En primer lugar, el Congreso y la Casablanca acordaron derogar la ley “Que ningún niño se quede atrás” y sustituirla por una que diese a los Estados mayor libertad para llevar a cabo sus propias estrategias de mejora de los distritos escolares con bajo rendimiento. También se les otorgó un abanico más amplio de criterios que podían considerar, como la implicación de los alumnos y de los profesores, el acceso a trabajo avanzado del curso, el ambiente escolar o la seguridad. En otras palabras, los responsables de educación podían empezar a estudiar lo que ocurre en cada centro individual, y prestar menos atención a las ADM similares a los modelos de valor añadido. O, mejor aún, desecharlas por completo. 
 Aproximadamente en esa misma época, la comisión especial de educación del gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, anunció una moratoria de cuatro años en el uso de exámenes para evaluar a maestros y profesores. A pesar de ser bien recibido, este cambio no marca un rechazo claro a las ADM de evaluación docente, ni mucho menos el reconocimiento de que son injustas. De hecho, la presión provenía de los padres, que se quejaban de que el régimen de pruebas dejaba exhaustos a sus hijos y consumía demasiado tiempo del curso académico. En la primavera de 2015, un movimiento de boicot impidió que un 20 por ciento de los alumnos de tercero a octavo curso (equivalentes a tercero de primaria y segundo de secundaria) realizasen las pruebas. Este movimiento sigue creciendo. Cediendo ante los padres, la administración Cuomo como asestó un duro golpe a los modelos de valor añadido. Al fin y al cabo, si no podía hacer las pruebas a todos los alumnos, el estado carecería de los datos necesarios para alimentar el modelo. 
 Tim Clifford se alegró mucho de esta noticia, aunque sigue preocupado. “El movimiento de boicot forzó a Cuomo a doblegarse –escribía en un correo-. Temía perder el apoyo de los votantes más ricos de los mejores distritos escolares, que fueron precisamente los que más incondicionalmente lo apoyaron. Ha otorgado esta moratoria sobre el uso de las puntuaciones de las pruebas para olvidarse del asunto”. Clifford teme que las pruebas volverán. 
 Y es posible que así sea. Y puesto que los modelos de valor añadido han resultado una herramienta efectiva contra los sindicatos de enseñantes, no creo que lleguen a desaparecer en el futuro cercano. Están bien afianzados: el distrito de Columbia y cuarenta estados en todo el país los usan o desarrollan de una forma u otra. Ésta es una razón más para hacer correr la voz sobre estas y otras ADM. Cuando la gente las reconozca y comprenda sus defectos estadísticos, exigirán evaluaciones más justas, tanto para los alumnos como para los docentes. Sin embargo, si el objetivo de las pruebas es encontrar a alguien a quien echarle la culpa e intimidar a los trabajadores,  entonces, como hemos visto, una ADM que escupe puntuaciones sin sentido saca un sobresaliente.» 
  
     [El texto pertenece a la edición en español de Capitán Swing Libros, 2017, en traducción de Violeta Arranz de la Torre, pp.10-11, 43, 166-167 y 171-173. ISBN: 978-84-947408-4-8.]

lunes, 25 de mayo de 2020

Víctimas del deber.- Eugene Ionesco (1909-1994)

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  «Interior pequeño burgués. Choubert se halla sentado en un sillón junto a la mesa y lee el diario. Su esposa, Magdalena, sentada en una silla delante de la mesa, remienda calcetines. Silencio.

 Magdalena: (interrumpiendo su trabajo). ¿Qué hay de nuevo en el diario?
 Choubert: Nunca sucede nada. Cometas, un trastorno cósmico en alguna parte del universo. Casi nada. Multas para los vecinos porque sus perros hacen porquerías en la acera.
 Magdalena: Bien hecho. Es muy fastidioso cuando se pasa por encima.
 Choubert: Y para las personas que viven en la planta baja. Abren las ventanas por la mañana, ven eso y los irrita para todo el día.
 Magdalena: Son demasiado sensibles.
 Choubert: Es la nerviosidad de la época. El hombre moderno ha perdido la serenidad de antaño. (Silencio). ¡Ah! Hay también un comunicado.
 Magdalena: ¿Qué comunicado?
 Choubert: Es bastante interesante. La Administración preconiza, para los habitantes de las grandes ciudades, el desprendimiento. Dice que ése es el único medio que nos queda para remediar la crisis económica, el desequilibrio espiritual y los engorros de la vida.
 Magdalena: Todo lo demás ya ha sido probado. No ha dado resultado. Tal vez nadie tenga la culpa.
 Choubert: Por el momento, la Administración no hace más que recomendar amistosamente esa solución suprema. Pero no nos dejemos engañar: sabemos perfectamente que la recomendación se convierte siempre en orden.
 Magdalena: ¡Siempre te apresuras a generalizar!
 Choubert: Sabemos que las sugestiones adquieren bruscamente la forma de reglamentos, de leyes severas.
 Magdalena: ¿Qué quieres, mi pobre amigo? La ley es necesaria, y siendo necesaria e indispensable, es buena y todo lo bueno es agradable. Es, en efecto, muy agradable obedecer las leyes, ser un buen ciudadano, cumplir su deber, poseer una conciencia pura.
 Choubert: Sí, Magdalena. En realidad, eres tú quien tienes razón. La ley tiene algo bueno.
 Magdalena: Evidentemente.
 Choubert: Sí, sí. El renunciamiento tiene la ventaja importante de ser al mismo tiempo político y místico. Da sus frutos en dos planos.
 Magdalena: Eso permite matar dos pájaros de un tiro.
 Choubert: Es lo que lo hace interesante.
 Magdalena: ¿Lo ves?
 Choubert: Por otra parte, si recuerdo bien mis lecciones de historia, ese sistema administrativo, el sistema de desprendimiento, fue experimentado hace ya tres siglos, y luego hace cinco siglos, y hace diecinueve siglos, y también el año pasado...
 Magdalena: ¡Nada nuevo bajo el sol!
 Choubert: … con buen éxito, en poblaciones enteras, en las metrópolis, en el campo (Se levanta), en naciones, ¡naciones como la nuestra!
 Magdalena: Siéntate. (Choubert vuelve a sentarse).
Choubert: (sentado). Pero la verdad es que eso exige el sacrificio de ciertas comodidades individuales. De todos modos es fastidioso.
 Magdalena: ¡Oh, no forzosamente!... El sacrificio no es siempre difícil. Hay sacrificio y sacrificio. Aunque sea molesto al principio deshacerse de ciertos hábitos, una vez que se ha deshecho de ellos se ha deshecho y ya nadie piensa en ellos en serio. (Silencio).
 Choubert: A ti, que vas con frecuencia al cine, te gusta mucho el teatro.
 Magdalena: Como a todos, por supuesto.
 Choubert: Más que a todos.
 Magdalena: Sí, más bien más.
 Choubert: ¿Qué opinas del teatro actual, cuáles son tus concepciones teatrales?
 Magdalena: ¡Otra vez tu teatro! Te obsesiona, te vas a hacer una psicosis.
 Choubert: ¿Crees verdaderamente que se puede hacer algo nuevo en el teatro?
la cantante calva (y otras obras de teatro), eú - Comprar Libros ... Magdalena: Te repito que nada hay nuevo bajo el sol. Ni siquiera cuando no hay sol. (Silencio).
 Choubert: Tienes razón. Sí, tienes razón. Todas las obras teatrales que se han escrito, desde la antigüedad hasta nuestros días, sólo han sido policiales. Toda obra teatral es una pesquisa llevada a buen término. Hay un enigma que se nos revela en la última escena. Y algunas veces antes. Se busca y se encuentra. Sería mejor revelarlo todo desde el comienzo.
 Magdalena: Debería citar ejemplos, amigo mío.
 Choubert: Pienso en el milagro de la mujer que Nuestra Señora impidió que quemaran viva. Si no se tiene en cuenta la intervención divina, que verdaderamente nada tiene que ver en el asunto, queda una gacetilla: una mujer hace asesinar a su yerno por dos matones circunstanciales y por motivos ambiguos...
 Magdalena: E inconfesables...
 Choubert: Llega la policía, se hace una investigación y se descubre al culpable. Eso es teatro policial, teatro naturalista. El teatro de Antoine.
 Magdalena: En efecto.
 Choubert: En realidad, el teatro nunca ha evolucionado.
 Magdalena: Es una lástima.
 Choubert: Como ves, se trata de teatro enigmático y el enigma es policial. Siempre ha sido así.
 Magdalena: ¿Y el clasicismo?
 Choubert: Es un teatro policial distinguido. Como todo naturalismo.
 Magdalena: Tienes ideas originales. Tal vez sean justas. De todos modos, deberías consultar la opinión de personas autorizadas.
 Choubert: ¿Qué personas?
 Magdalena: Las hay entre los aficionados al cine, los profesores del Colegio de Francia, los miembros influyentes del Instituto Agronómico, los noruegos, ciertos veterinarios... Los veterinarios, sobre todo, deben de tener muchas ideas al respecto.
 Choubert: Todo el mundo tiene ideas. No es eso lo que falta. Pero son los hechos los que cuentan.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Losada, 1978, en traducción de Luis Echávarri. Según depósito de la ley 11.723.]