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lunes, 21 de septiembre de 2020

Los nueve libros de la Historia.- Heródoto (c. 484 a.C. - c. 425 a. C.)


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Libro segundo: Euterpe

  «124.-Hasta el reinado de Rampsinito, según los sacerdotes, estuvo Egipto en el mejor orden y en gran prosperidad; pero Queops, que reinó después precipitó a los egipcios en total miseria. Primeramente, cerró todos los templos y les impidió ofrecer sacrificios; ordenó después que todos trabajasen para él. Los unos tenían orden de arrastrar piedras desde las canteras del monte Arábigo hasta el Nilo; después de transportadas las piedras por el río en barcas, mandó a los otros recibirlas y arrastrarlas hasta el monte que llaman Líbico. Trabajaban por bandas de cien mil hombres, cada una tres meses. El tiempo en el que penó el pueblo para construir el camino para conducir las piedras fue de diez años; y la obra que hicieron es a mi parecer no muy inferior a la pirámide (pues tiene cinco estadios de largo, diez brazas de ancho y ocho de alto en su mayor altura), y está construida de piedra labrada y esculpida con figuras. Diez años, pues, pasaron para construir ese camino y las cámaras subterráneas en el cerro sobre las que se levantan las pirámides, cámaras que dispuso para su sepultura en una isla, formada al introducir un canal del Nilo. Para construir la pirámide se emplearon veinte años: es cuadrada, cada lado es de ocho pletros de largo, tiene otros tantos de altura, de piedra labrada y ajustada perfectamente; ninguna de las piedras es menor de treinta pies.
 125.- La pirámide se construyó de este modo: a manera de gradas, que algunos llaman adarves y otros zócalos. […] En la pirámide está anotado con letras egipcias cuánto se gastó en rábanos, en cebollas y en ajos para los obreros; y si bien me acuerdo, al leerme el intérprete la inscripción, me dijo que la cuenta ascendía a mil seiscientos talentos de plata. Y si esto es así, ¿cuánto sin duda se habrá gastado en las herramientas con que trabajaban y en alimentos y vestidos para los obreros, ya que construyeron las obras durante el tiempo mencionado y además trabajaron otro tiempo, durante el cual tallaron y transportaron la piedra y labraron la excavación subterránea, tiempo nada breve?
 126.- A tal extremo de maldad llegó Queops que, por carecer de dinero, puso a su propia hija en el lupanar con orden de ganar cierta suma, no me dijeron exactamente cuánto. Cumplió la hija la orden de su padre y aún ella por su cuenta quiso dejar un monumento, y pidió a cada uno de los que la visitaban que le regalara una sola piedra; y decían que con esas piedras se había construido la pirámide que está en medio de las tres, delante de la pirámide grande, cada uno de cuyos lados tiene pletro y medio.
 127.-Decían los egipcios que este Queops reinó cincuenta años, y que a su muerte, heredó el reino su hermano Quefrén. Éste se condujo del mismo modo que el otro en general y particularmente en levantar una pirámide que no llega a las dimensiones de la de Queops, pues yo mismo la medí. Tampoco tiene cámaras subterráneas, ni llega a ella un canal desde el Nilo, como a la de Queops, que corra por un conducto construido y rodee por dentro una isla, en la cual dicen que yace Queops. Quefrén fabricó la parte inferior de su monumento de piedra etiópica abigarrada, y la hizo cuarenta pies más baja que la otra, y vecina a la grande; ambas se levantan en un mismo cerro, que tendrá unos cien pies de alto.
 128.-Decían que Quefrén reinó cincuenta y seis años. Calculan que esos son los ciento seis años durante los cuales los egipcios vivieron en total miseria y durante todo ese tiempo los templos, que habían sido cerrados, no se abrieron. Por el odio contra los dos reyes, los egipcios no tienen mucho deseo de nombrarlos; de suerte que dan a las pirámides el nombre del pastor Filitis, quien por aquel tiempo apacentaba sus rebaños por esos lugares.
 129.- Decían que después de Quefrén reinó Micerino, hijo de Queops. Éste, disgustado con los actos de su padre, abrió los templos y permitió al pueblo, oprimido hasta la última miseria, que se retirara a sus ocupaciones y sacrificios. Entre todos los reyes, fue el que dio más justas sentencias y por eso ensalzan a Micerino sobre todos cuantos fueron reyes de Egipto. No sólo juzgaba íntegramente sino que, a quien criticaba la sentencia, le daba de lo suyo para contentarle. Aunque era bondadoso con sus súbditos y observaba tal conducta, le aconteció como primera de sus desgracias, morirse su hija, única prole que tenía en su casa. Muy apenado por el infortunio sobrevenido y queriendo sepultar a su hija por modo extraordinario, hizo labrar una vaca de madera hueca, la doró, y en ella sepultó a la hija que se le había muerto.
 130.-Esa vaca no fue cubierta de tierra, antes bien era visible todavía en mis tiempos, en la ciudad de Sais, colocada en el palacio en una cámara adornada. Ante ella, queman todos los días todo género de perfume y todas las noches se le enciende su lámpara perenne. Cerca de esta vaca, en otra cámara, están las imágenes de las concubinas de Micerino, según decían los sacerdotes de la ciudad de Sais; son estatuas colosales de madera, desnudas, unas veinte, más o menos en número; no puedo decir quiénes sean, sino lo que se cuenta acerca de ellas.
 131.-Sobre la vaca y los colosos cuentan algunos esta historia: Micerino se prendó de su hija y la gozó a pesar de ella. Dicen luego que la joven se ahorcó de dolor, que el rey la sepultó en aquella vaca, que su madre cortó las manos de las criadas que entregaron la hija al padre, y que ahora les ha pasado a sus imágenes lo mismo que les pasó en vida. Los que así hablan, a mi entender, desatinan, en toda la historia, particularmente en cuanto a las manos de los colosos, pues hemos visto nosotros mismos que han perdido las manos por el tiempo; y aun en  mis días se veían a los pies de las estatuas.
 132.- La vaca está toda cubierta con un manto de púrpura, pero muestra el cuello y la cabeza, dorados con una gruesa capa de oro, y lleva en medio de sus astas un círculo de oro que imita el del sol. No está en pie, sino hincada, y su tamaño es el de una vaca viva grande. La sacan fuera de la cámara todos los años cuando los egipcios plañen al dios que yo no nombro a este propósito; entonces es cabalmente cuando sacan al público la vaca. Porque, según dicen, la hija al morir pidió a su padre Micerino el ver el sol una vez al año.
 133.-Después de la desastrada muerte de su hija, le sucedió lo siguiente a Micerino: le llegó de la ciudad de Buto un oráculo con el aviso de que iba a vivir sólo seis años, y morir al séptimo. Lleno de indignación, Micerino envió al oráculo a reprochar a su vez al dios porque su padre y su tío, que habían cerrado los templos, sin preocuparse de los dioses, oprimiendo además a los hombres, habían vivido largo tiempo y él, que era pío, iba a morir tan pronto. Vínole del oráculo por segunda respuesta que por lo mismo se le acortaba la vida, por no haber hecho lo que debía hacer, pues el Egipto debía ser oprimido duramente durante ciento cincuenta años, y sus dos antecesores lo habían comprendido y él no. Oído esto y advirtiendo Micerino que su fallo estaba ya dado, mandó fabricar gran cantidad de lámparas y, cuando llegaba la noche, las encendía, bebía y se daba buena vida día y noche, sin cesar, paseando por los pantanos y los prados y por dondequiera hubiese muy buenos lugares de recreo. Todo lo cual discurrió con el intento de demostrar que el oráculo había mentido, para tener doce años en lugar de seis, convirtiendo las noches en días.
 134.-También Micerino dejó una pirámide, mucho menor que la de su padre; cada lado es de tres pletros menos veinte pies: es cuadrada, y hasta la mitad, de piedra etiópica.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Orbis, 1982, en traducción de María Rosa Lida. ISBN: 84-7530-129-0.]

martes, 3 de marzo de 2020

El arte de desgranar alubias.- Wieslaw Mysliwski (1932)

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Ocho

«Se lo aseguro, me cambió la vida. Pues el almacenero aquel. Antes le hablé de él. Almacenero, y resultó ser un saxofonista. No sé por qué se extraña usted. Sepa que en aquellos tiempos pocos ejercían de lo que eran. El Cura, un soldador. Y muchos como él trabajaban en la construcción, ocultos tras oficios muy diversos. Con frecuencia uno se enteraba de esas cosas compartiendo una botella de vodka. Y no en la primera ocasión. El que no bebía o bebía solo de vez en cuando, no era digno de confianza. Por eso me habitué a la bebida. Sí, te investigaban, pero sólo por encima. Fue más tarde cuando empezaron a indagar con mayor profundidad en el pasado de la gente. Y hasta a meterle mano a las conciencias. Más aún porque la conciencia resultó ser algo distinto a lo que era. ¿Usted piensa que la conciencia es algo estable? Pues lástima que no trabajó usted en alguna obra durante aquella época. Seguro que en otros sitios era igual, pero yo trabajé en la construcción y sólo puedo hablar de la construcción. Mire, todo cambio en el mundo es un golpe a las conciencias. Y ya no digamos si se trata de cambiar el mundo por uno nuevo, mejor, que entonces es sobre todo a las conciencias.
 En cualquier caso, en ningún otro lugar encontraría usted tantas personas diferentes. Albañiles, estucadores, soldadores, electricistas, fontaneros, gruistas, conductores, abastecedores y demás, y lo mismo en las oficinas, y luego resultaba que éste era esto, aquél aquello, éste venía de tal sitio, aquél de tal otro, o habían estado en campos de concentración, o en prisión, o en tal ejército, o en tal otro, o en la insurrección, o en los bosques, con los riñones machacados, o sin dientes, o sin uñas, menores de edad o aún muy jóvenes, pero ya canosos. Cada una de esas obras era una auténtica torre de Babel, pero no de idioma sino de destinos humanos. Aunque también había algunos, y no precisamente pocos, que por sí mismos cambiaron de oficio para unirse a la edificación de ese mundo nuevo y mejor, porque habían dejado de creer en el viejo.
 Ya no me acuerdo en qué obra trabajaba uno que se encargaba de la planificación. Uno decía, el de la planificación, y ya todos sabían de quién se trataba. Pues una vez, bebiendo, confesó que era profesor de Historia. No tenía mucho aguante bebiendo, se emborrachó y empezó a contar que la historia le había engañado. ¿Se lo imagina usted? Que la historia le había engañado. Como si la historia pudiera engañar a alguien. Nosotros somos los que engañamos continuamente a la historia, dependiendo de lo que queramos de ella.
 De todas formas, en mi opinión cada cual vive por sí mismo y cada vida es una historia diferente. Puede que intentemos verter todo eso en un solo recipiente, en una sola inmensidad, pero de ahí no se desprende la verdad sobre el hombre. Después de todo, puede uno imaginarse una historia de personas individuales que hayan vivido en cualquier época. ¿Imposible, dice usted? Ya sé que es imposible. Pero imaginarla se puede. Nada existe como un conjunto generalizado y mucho menos el hombre. No sé desde qué perspectiva mira usted el mundo. Yo, ya le digo, miro desde tal o cual obra. Siempre eran personas individuales, no se parecían entre sí. Se decía equipo, igual que se dice historia, pero solo en las reuniones.
Resultado de imagen de Mysliwski el arte de desgranar alubias Por ejemplo, en una de las obras trabajaba un estudiante de Filosofía. En realidad, había terminado los estudios, sólo le quedaba un examen cuando estalló la guerra. Y tras la guerra aprendió a pavimentar. Era incluso jefe de equipo, me hice amigo suyo. ¡Buf, cómo le daba! Su cabeza no sólo tenía aguante para la filosofía. Y una vez, mientras bebíamos, empezó a hablar de sus estudios sin terminar, y otro le preguntó:
 -¿Y por qué no los terminaste? Después de la guerra pudiste hacerlo. Por un examen...
 Pareció que los ojos le iban a explotar, y eso que no habíamos bebido tanto.
 -¿Y para qué coño? ¿De qué me vale la filosofía después de todo eso? ¡Ninguna mente habría comprendido eso! ¡Ningún Platón, ningún Sócrates, ningún Descartes, Spinoza, Kant! ¡Que se vayan al cuerno! -Y dio un porrazo en la mesa con el vaso.
 Nos miramos unos a otros, porque ninguno sabíamos quiénes eran ésos que tanto le contrariaban. Tampoco se atrevía nadie a preguntar, porque lo mismo ya deberíamos saberlo. Lo único que dijo uno fue:
 -Está visto que en todas partes te encuentras con los mismos hijos de puta. Y no sólo en la construcción. -Y le llenó el vaso hasta arriba-. Toma, bebe.
 Créame, si no hubiera trabajado en la construcción... Bueno, y si no hubiera bebido. En fin, de cualquier forma, aprendí a vivir en la construcción. Y todo gracias a tanta gente diferente como uno se encontraba y que no habría encontrado en ningún otro lugar. Sí señor, les debo mucho. Incluso le diré que lo mismo a ninguno de ellos le apetecía vivir. Cada uno por una razón. Y sin embargo vivían. Lo que les debo sobre todo es eso, aunque a menudo parezca que uno no está en condiciones de pagar un precio tan alto y no tiene a quién pedir prestado, se debe vivir. Y lo más importante, me convencí de que yo no era una excepción. Si lo soy, entonces el mundo está habitado por excepciones. Pero todo eso salía compartiendo el vodka. Así que, ¿cómo no iba a beber?
 Por ejemplo, el que trabajaba en el departamento social, repartía las pastillas de jabón, las toallas, las botas de goma, los guantes. Eso lo podía hacer cualquiera, pero luego bebiendo resultaba que era esto o lo otro. O el de la excavadora, parecía que aparte de manejar la excavadora sólo estaba capacitado para beber vodka, y después de medio litro o de un litro se ponía a recitar poesías de memoria, otro a Cicerón en latín. Y gracias al vodka incluso les escuchábamos con atención.
 En otra obra trabajaba uno que había sido policía antes de la guerra. No sé si estará de acuerdo conmigo en que todo cambio de mundo empieza por la policía.»

   [El texto pertenece a la edición en español de 451 Editores, 2011, en traducción de Francisco Javier Villaverde. ISBN: 978-84-92891-15-3.]