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domingo, 17 de diciembre de 2023

Continente salvaje.- Keith Lowe (1970)


Keith Lowe
Parte I: El legado de la guerra

3.-Desplazamiento

 «Si la Segunda Guerra Mundial mató más europeos que cualquier otra guerra de la historia, fue también la causa de algunos de los mayores movimientos de población que el mundo ha visto nunca. En la primavera de 1945, Alemania estaba atestada de trabajadores extranjeros. Al final de la guerra el país tenía casi ocho millones de obreros forzados traídos de todos los rincones de Europa para trabajar en las fábricas y granjas alemanas. Sólo en el oeste de Alemania, la UNRRA, la Administración de las Naciones Unidas para el Socorro y la Reconstrucción, atendió y repatrió a más de 6,5 millones de desplazados. La mayoría de ellos procedía de la Unión Soviética, Polonia y Francia, aunque también había un número importante de italianos, belgas, holandeses, yugoslavos y checos. Una gran proporción de estos desplazados eran mujeres y niños. Uno de los muchos aspectos que hacen que la Segunda Guerra Mundial sea única entre las guerras modernas es el hecho de que se hizo prisionera a una gran cantidad de civiles además de los prisioneros militares tradicionales. En efecto, las mujeres y los niños, así como los hombres, fueron tratados como botín de guerra. Fueron esclavizados de un modo que no se había visto en Europa desde la época del Imperio romano.
 Para hacer la situación en Alemania aún más complicada, millones de alemanes fueron desplazados dentro de su propio país. A principios de 1945 se calculaba que había 4,8 millones de refugiados internos, sobre todo en el sur y el este, que habían sido evacuados de las ciudades bombardeadas y cuatro millones más de alemanes desplazados que habían huido de las zonas de influencia orientales del Reich por miedo al Ejército Rojo. Cuando añadimos los casi 275.000 prisioneros de guerra británicos y americanos, esto hace un total de al menos 17 millones de desplazados sólo en Alemania. Esta es una estimación bastante conservadora, y otros historiadores han dado cifras mucho más elevadas. Según un estudio, en el conjunto de Europa más de 40 millones de personas fueron desplazadas a la fuerza durante periodos de mayor o menor duración en el transcurso de la guerra.
 A medida que se acercaba el fin de las hostilidades, enormes cantidades de gente salieron a las carreteras para empezar el largo viaje a casa. A mediados de abril de 1945, Derek Henry, zapador británico con los Ingenieros Reales, empezó a encontrar grupos de desplazados cerca de Minden.
  Nos dijeron que estuviéramos al acecho de grupos aislados de soldados alemanes que seguían presentando batalla, pero afortunadamente todo lo que encontramos fueron miles de desplazados y refugiados de todas las nacionalidades dirigiéndose hacia nosotros y al oeste: búlgaros, rumanos, rusos, griegos, yugoslavos y polacos —de todo, estaban ahí, algunos en grupos pequeños de dos o tres, cada uno con su fardo lastimoso de pertenencias amontonadas en una bici o una carreta, otros en grupos grandes hacinados en autobuses repletos o en la parte posterior de los camiones, era interminable. Siempre que nos deteníamos se abalanzaban sobre nosotros con la esperanza de que les diésemos comida.
  Tiempo después, según el agente de inteligencia estadounidense Saúl Padover, “miles, decenas de miles, en definitiva millones de esclavos liberados salieron de las haciendas, las fábricas y las minas y se echaban en tropel a las carreteras”. Las reacciones ante este enorme torrente de desplazados fueron muy distintas dependiendo de las personas que lo presenciaron. En opinión de Padover, que tenía poco tiempo para los alemanes, fue “tal vez la emigración más trágica de la historia” y sencillamente una prueba más de la culpabilidad alemana. Era comprensible que la población local viera con nerviosismo esos grandes grupos de extranjeros descontentos para la que representaban una amenaza. “Parecían criaturas salvajes”, escribió una alemana después de la guerra, “podrían dar miedo.” Para las autoridades agobiadas del gobierno militar cuya tarea era lograr algún tipo de control sobre ellos, eran simplemente una “multitud”. Llenaban las carreteras, que ya estaban demasiado deterioradas para darles cabida, y sólo podían alimentarse saqueando y robando tiendas, almacenes y granjas a lo largo del camino. En un país en el que los sistemas administrativos se habían venido abajo, la policía local había sido asesinada o encarcelada, en el que no existía alojamiento, y donde los alimentos ya no se distribuían, representaban una carga intolerable y una amenaza insoportable para el estado de derecho.
 Pero así es como veían a esta gente desde fuera. Para los propios desplazados, eran simplemente personas que trataban de encontrar el modo de ponerse a salvo. Soldados franceses, británicos o americanos recogían a los afortunados y los llevaban a centros para desplazados en el oeste. Pero en muchísimos casos no había suficientes soldados aliados para ocuparse de ellos. Cientos de miles fueron de hecho abandonados a su suerte. “No había nadie”, recuerda Andrzej C, que sólo tenía nueve años cuando finalizó la guerra. El, su madre y su hermana habían sido trabajadores forzados en una granja de Bohemia. En las últimas semanas de la guerra les reunieron y les llevaron a la ciudad de los Sudetes de Karlsbad (la moderna Karlovy Vary, en la República Checa), donde los últimos guardias alemanes les abandonaron. “Nos encontramos en un vacío. No había rusos, ni americanos, ni británicos. Un vacío absoluto.” Su madre decidió dirigirse al oeste, hacia las líneas americanas, porque pensaba que sería más seguro que ponerse en manos de los soldados rusos. Pasaron varias semanas andando por Alemania, cruzando una y otra vez las líneas americanas a medida que las tropas estadounidenses se replegaban hacia la zona de ocupación que tenían asignada. Andrzej recuerda esto como una época de inquietud, mucho más estresante incluso que ser prisionero de los alemanes.
 Realmente fue una época de hambre porque no había nada. Mendigábamos, robábamos, hacíamos lo que podíamos. Sacábamos patatas de los campos... Solía soñar con comida. Puré de patata con beicon por encima —eso era el summum. No se me ocurría nada mejor. ¡Un montón de excelente puré de patata humeante!
 Viajaba con una multitud de refugiados compuesta de grupos separados que parecían no mezclarse unos con otros. Su grupo lo formaban unas 20 personas, muchas de ellas polacas. La gente del lugar que pasaba por el camino distaba mucho de simpatizar con su difícil situación. Cuando a Andrzej le adjudicaron la tarea de apacentar un caballo que había comprado un hombre de su grupo, un campesino alemán le gritó: “¡Largo de aquí!”. En otros momentos les negaron el agua, los perros les atacaban y, como eran polacos, hasta les echaban la culpa de empezar la guerra y hacer caer esta completa desgracia sobre Alemania—una acusación que debieron haber considerado doblemente irónica dada la enorme desigualdad de sus dificultades relativas.
 Lo que vio Andrzej durante su mes largo de caminata hacia la seguridad quedó marcado en su memoria. Recuerda pasar por un hospital de campaña alemán en un bosque, donde vio a hombres con los brazos rotos en jaulas metálicas, algunos estaban vendados de pies a cabeza, otros “apestando a demonios, descomponiéndose en vida”. No había nadie allí para ayudarles porque todo el personal médico había huido. Recuerda llegar a un campo de prisioneros de guerra polaco donde los internos se negaban a salir, a pesar de que las puertas estaban abiertas de par en par, porque nadie les había dado la orden de hacerlo. “Eran soldados y pensaban que alguien iba a darles la orden de marchar a alguna parte. Quién —dónde— no tenían ni idea. Estaban completamente perdidos.” Vio grupos de prisioneros con sus pijamas a rayas, que aún trabajaban los campos bajo la supervisión de civiles alemanes. Posteriormente, se adentró en un valle en el que miles y miles de soldados alemanes estaban sentados tranquilamente, algunas hogueras esparcidas entre ellos, y custodiados sólo por un puñado de policías militares americanos.
 Cuando por fin pasaron los puestos de control americanos de Hof, en Baviera, les enviaron a un edificio con una bandera roja ondeando sobre él. Esto produjo unos momentos de pánico porque su madre pensó que les iban a mandar a un campo ruso, hasta que se dio cuenta de que ésa era la bandera de la UNRRA —una bandera roja con una inscripción blanca. Al fin estaban a salvo.
 Los peligros y los apuros que tuvieron que superar los refugiados como Andrzej no deberían menospreciarse. Puede que no se hicieran evidentes de inmediato para un niño de nueve años, pero para las generaciones mayores eran demasiado obvios. El señor y la señora Druhm eran berlineses y tenían cerca de setenta años cuando terminó la guerra. Después de pasar un corto periodo de tiempo rodeados del desorden del Ejército Rojo, decidieron arriesgarse a viajar a casa de su hija al otro lado del Elba, a 144 kilómetros de distancia. No fue una decisión tomada a la ligera, pero desde el primer momento su viaje estuvo lleno de dificultades, sobre todo una vez que llegaron al campo a las afueras de Berlín.
 En algunos lugares seguían produciéndose escaramuzas. Oíamos disparos y a menudo teníamos que parar hasta que se calmara. En estas zonas remotas los soldados no sabían que la guerra había terminado. Muchas veces los puentes habían desaparecido y las carreteras estaban tan dañadas que teníamos que volver y encontrar otra ruta... Tuvimos muchos incidentes lastimosos, como recorrer kilómetros penosamente y luego no poder seguir y tener que regresar. Una vez íbamos por una carretera principal ancha y absolutamente desierta. Vimos un gran panel escrito en ruso y seguimos, pero no nos sentíamos muy seguros. De repente nos gritaron. No vimos a nadie pero entonces una bala pasó zumbando al lado de mi oreja y me hizo un rasguño en el cuello. Nos dimos cuenta de que no deberíamos estar ahí, así que volvimos sobre nuestros pasos y dimos muchas vueltas para llegar donde queríamos.
 La devastación que encontraron por el camino dejaba entrever la violencia reciente, tanto de la guerra propiamente dicha como de las tropas rusas de ocupación.
CONTINENTE SALVAJE: EUROPA DESPUES DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL ...
  En los bosques había sofás y camas de plumas, colchones y almohadas, muchas veces reventados o rajados y las plumas estaban por todas partes, incluso en los árboles. Había cochecitos de niño, tarros de fruta en conserva, hasta motocicletas, máquinas de escribir, coches, carros, pastillas de jabón, montones de plumas estilográficas que ocultan una navaja en su interior y zapatos nuevos recién comprados... También vimos caballos muertos, algunos con un aspecto horrible y oliendo fatal...
 Y finalmente estaban los demás desplazados en la carretera, que representaban la misma amenaza potencial para una pareja de ancianos alemanes que los soldados rusos.
 Había mucha gente de todas las nacionalidades que iban en dirección contraria a la nuestra, la mayoría trabajadores forzados que iban a su casa. Muchos de ellos tenían bebés y robaban lo que querían, caballos y carros de los granjeros, a veces una vaca atada a la parte posterior, y utensilios de cocina. Parecían criaturas salvajes...
 Al menos, los Druhm tuvieron la ventaja de poder llamar a la puerta de los granjeros y pedir ayuda a sus compatriotas. La mayoría de estas “criaturas salvajes” no tenía otra opción que robar a la población local. No eran bien recibidos y, en todo caso, después de haber sido tratados brutalmente por los guardias alemanes, no estaban dispuestos a confiar en ningún alemán en absoluto.
 Una de estas personas era Marilka Ossowska, una chica polaca de veintiún años. Para abril de 1945 ya había pasado dos años en Auschwitz, Ravensbrück y Buchenwald antes de escapar finalmente de una marcha de la muerte hacia Checoslovaquia. Después de presenciar la brutalidad de los libertadores soviéticos, ella y un grupo de exprisioneros decidieron que estarían más seguros si se encaminaban hacia las líneas americanas. También la sorprendió la gran cantidad de gente en las carreteras.
  En 1945, Alemania era un hormiguero gigantesco. Todo el mundo se desplazaba. Ése era el aspecto que presentaban los territorios del este de Alemania. Había alemanes escapando de los rusos. Estaban todos los prisioneros de guerra. Estábamos algunos de nosotros —no tantos, pero aun así... Era verdaderamente increíble, bullía de gente y movimiento.
 Ella y dos amigas polacas se unieron a tres trabajadores franceses, dos prisioneros de guerra británicos y un soldado americano negro. Juntos se encaminaron hacia el río Mulde que en aquella época marcaba el límite entre los ejércitos ruso y americano. Mientras viajaban rogaban a los granjeros locales, o les intimidaban, para que les entregaran algo de comida. La presencia de un hombre negro sin duda ayudaba en este sentido: normalmente, el americano era bastante reservado en presencia de Marilka, pero en estos casos ponía de relieve los prejuicios raciales de los alemanes desnudándose, poniéndose un cuchillo entre los dientes y bailando ante ellos como un salvaje. Al verlo, las amas de casa aterrorizadas estaban más que dispuestas a entregarle cestas de comida y librarse de él. Luego volvía a vestirse y continuaba el viaje como si nada.
 En la ciudad sajona de Riesa, más o menos a medio camino entre Dresde y Leipzig, Marilka y sus dos amigas engañaron a unos soldados rusos para que les proporcionaran algún tipo de transporte. Encontraron a dos soldados con cara de aburridos que custodiaban un almacén con cientos de bicicletas robadas y de inmediato pusieron en marcha su encanto. “¡Vaya, debéis sentiros muy solos!”, dijeron. “Podemos venir y haceros compañía. ¡Y sabemos donde hay algo de aguardiente!” Los guardias, encantados, les dieron tres bicicletas para que fueran a buscar ese aguardiente ficticio y nunca volvieron a verlas.
 Después de seis días pedaleando, el grupo llegó finalmente a Leipzig en la zona americana, donde las mujeres fueron cargadas en camiones y llevadas a un campo en Nordheim cerca de Hanover. Desde allí Marilka hizo autoestop hasta Italia, y por fin fue transportada a Gran Bretaña a finales de 1946. No regresó a Polonia hasta pasados 15 años.
 Estas pocas historias han de multiplicarse cientos de miles de veces para ofrecer una idea del caos que existía en las carreteras de Europa en la primavera de 1945. Enjambres de refugiados que hablaban 20 idiomas distintos se vieron obligados a gestionar una red de transporte que había sido bombardeada, sembrada de minas y abandonada debido a seis años de guerra. Se reunían en ciudades que los bombardeos aliados habían destruido por completo y en las que no había alojamiento ni siquiera para la población local, y mucho menos para la enorme afluencia de recién llegados. El que los diversos gobiernos militares y los organismos de socorro fueran capaces de reunir a la mayoría de estas personas, alimentarlas, vestirlas, localizar a familiares desaparecidos y luego repatriar a la mayor parte de ellas en los seis meses siguientes, es poco menos que un milagro.
 Sin embargo, este proceso rápido de repatriación no pudo borrar el daño que se había producido. Los desplazamientos de la población con motivo de la guerra tuvieron un efecto profundo en la psicología de Europa. A nivel individual no sólo fue traumático para los desplazados, sino también para los que se quedaron, los cuales pasaron años preguntándose qué había sido de sus seres queridos arrebatados de su medio. A nivel comunitario también fue desolador: el reclutamiento obligatorio de todos los jóvenes privó a las comunidades de su principal sostén y las dejó indefensas ante la hambruna. Pero es en el plano colectivo donde los desplazamientos en tiempo de guerra fueron quizá más significativos. Al normalizar la idea de desarraigar sectores enteros de la población, proporcionaron un patrón para movimientos poblacionales de posguerra más amplios. El programa paneuropeo de expulsiones étnicas que tendría lugar después de la guerra sólo fue posible porque el concepto de comunidades estables, inalterado durante generaciones, fue erradicado de una vez por todas. La población de Europa ya no era una constante fija. Ahora era inestable, volátil —pasajera.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Galaxia Gutenberg, 2012, en traducción de Irene Cifuentes, pp. 38-43. ISBN: 978-84-1547-212-4.]

miércoles, 16 de junio de 2021

Muerte de un perfecto bilingüe.- Thomas Gunzig (1970)


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39


  «La columna de refugiados se extendía sobre algo menos de un kilómetro, en la cuneta de una carretera nacional enfangada, flanqueada por lo que, en primavera, debía ser un hermoso sotobosque, pero que en pleno invierno parecía más bien un cepillo para el pelo tirado en un rincón del cuarto de baño. En aquel decorado, los centenares de refugiados cumplían a la perfección el papel de ropa sucia: todo gris, amorfo y apestoso. Moktar pidió al conductor del camión que se detuviera a quinientos metros del primer grupo de refugiados, parara el motor y quitara las luces ya que, según él, aquellas gentes eran como conejos, igual de nerviosos y cobardes, y el ruido del motor, la luz de los faros y decenas de tipos uniformados podían provocar en un instante un pánico inenarrable.
 -El pánico –dijo Moktar- es nuestro peor enemigo. La gente con pánico es capaz de cualquier cosa. Está bien que sientan miedo, pero sobre todo, nada de pánico.
 Echó una mirada al reloj. A un kilómetro, del otro lado de la columna de refugiados, Naxos había empezado a currar con los equipos de la tele. Dirk había conectado uno de los aparatos de emisión y recepción, había sintonizado la frecuencia y se detuvo cuando la voz del presentador irrumpió en medio de los parásitos:
 -Esta gente, que huye de la miseria, la guerra y el horror, se ha echado a cientos a las carreteras. Algunos llevan varios días sin comer, todos padecen deshidratación o infecciones de todo tipo debido a las malas condiciones de vida. Un hombre explicaba cómo ayer, su mujer tuvo que dar a luz en un foso, y como máxima atención tan sólo recibió un vaso de leche no esterilizada. Sin embargo, más que el hambre o la enfermedad, a lo que estas personas temen es a los terroristas, que andan escondidos entre ellos, los someten a espantosos chantajes, amenazan de muerte al que se atreva a romper la ley del silencio y les imponen “el impuesto”, como aquí se llama, en otras palabras, la extorsión cotidiana de sus escasos haberes…
 Por detrás de la voz del presentador podíamos oír la voz de Naxos, que decía a la gente que no se preocupara, que los camiones de la “General Food” iban a distribuirles raciones y que los niños recibirían leche y cereales. Media hora después vimos cómo el helicóptero de la cadena tomaba altitud en un cielo negro y glacial. De lejos, con sus balizas, parecía una bola de Navidad parpadeante. Moktar recibió la señal que estaba esperando. Pidió por radio a los soldados del ejército regular que habían ayudado a los equipos de televisión y a los “Lluvias” de Naxos que permanecieran in situ para servir de “tampón” en su lado de la columna. Se apeó del camión, mandó acercarse al soldado de mayor graduación de los que nos acompañaban, un hombrecillo barbudo con la cara en forma de pera, y le ordenó disponer a sus hombres en los bosques que se extendían a lo largo de la carretera.
 Moktar nos dijo que hiciéramos lo mismo que él. Bajo la luz de los proyectores instalados sobre los camiones, se acercó a la columna de refugiados, diciendo:
 -Calma, todo irá bien, seguid nuestras instrucciones.
 Se produjo un ligero movimiento de masas, pero prosiguió con sus palabras, zambulléndose en medio de la muchedumbre. Igual que en un lago invadido por las algas.
 Y nosotros, detrás de él, repetíamos a los hombres, mujeres, viejos y niños que se chupaban el pulgar:
 -Hay unos autocares esperándoos a cincuenta metros que os llevarán a algún lugar seguro.
Vi que algunas sombras abandonaban la carretera y se replegaban en el bosque. Se oyó con claridad detonar una serie de disparos, clac, clac, clac, como un ruido de guijarros golpeándose entre sí. Era evidente que el barbudo con cara de pera había entendido las instrucciones. Se hizo un gran silencio y esta vez pudimos escuchar la voz alta y clara de Moktar repitiendo incansablemente:
 -Calma, todo irá bien, seguid nuestras instrucciones. Hay unos autocares esperándoos a cincuenta metros que os llevarán a algún lugar seguro.
 Agarraba a todos los que se le ponían a tiro y los empujaba hacia nosotros, que íbamos siguiéndolo, y que los empujábamos, a su vez, hacia atrás, donde esperaban los autocares.
 Por más sorprendente que pueda parecer, a pesar del centenar de personas que se hallaban delante de nosotros, aquel simple gesto de agarrar a uno y empujarlo hacia atrás acabó por crear un movimiento generalizado de desplazamientos hacia los autocares. Moktar se volvió un momento hacia mí, con decenas y más decenas de personas desfilando entre nosotros, y me lanzó una mirada en la que brillaban orgullo y picardía, y que me tranquilizó respecto a su estado de ánimo. La fuga de Suzy no estaba afectándole demasiado. En el bosque estallaron otros disparos, que parecían parte del decorado; nadie les prestó atención.
 Nos llevó más de dos horas conseguir que todo el mundo se subiera a los autocares, cuyo número resultó que se había calculado muy por lo bajo, vista la cantidad de gente a la que había que trasladar. Pegadas a la rejilla de las ventanas, se veían decenas de caras apretujadas, centenares de ojos aterrados observando nuestras idas y venidas. Dirk encendió una colilla mientras se inspeccionaba el calzado. El hombre con cara de pera salió del bosque junto a sus soldados del ejército regular transportando tres grandes bultos. Se acercaron a Moktar y los depositaron a sus pies.
 -¿Qué hacemos con esto?
 Moktar observó. Eran los cuerpos de dos hombres y de una muchacha. Se dio la vuelta en dirección a los autocares, de los que salía en aquel momento un rumor amenazante.
 -Menudo jodido fregado que me habéis montado con esto. ¿A qué no sabéis cuánto tiempo puede llevar calmar a una muchedumbre presa del pánico?
 El hombre con cara de pera pareció ofendido de que se le recriminara algo delante de sus hombres.
 -En todo caso, ya están dentro, o sea que lo del pánico nos la suda –contestó.
 A nuestras espaldas aumentaba el rumor. Desde los diez autocares nos llegaban voces insultándonos. Crecía la agitación, la gente se levantaba, trataba de apearse. Los autocares empezaron a balancearse, igual que barcazas sobre el oleaje.
Resultado de imagen de thomas gunzig muerte del perfecto bilingue -Mierda –dijo Moktar.
 Entonces, de uno de los autocares surgió sordo el grito de una mujer, incomprensible, pero de golpe el rumor se amplificó hasta un nivel casi escalofriante, llenando todo el espacio de vibraciones hostiles. Era como si el oleaje arreciara y el balanceo de los autocares se hizo peligroso.
 -¿Así que el pánico nos la suda, no? –soltó Moktar en un tono irónico.
 El hombre con cara de pera no contestó aunque en su semblante permaneciera una sonrisa crispada.
 -Vente conmigo –me dijo el esloveno, dirigiéndose hacia el autocar más cercano.
 Nos subimos a la parte delantera del vehículo. Dentro, todo eran voces y gritos; un proyectil lanzado desde el fondo, me rozó la cara. Olía a miedo, a sudor, a ropa vieja y a orina. Moktar agarró al primero que tuvo a mano, un tipo joven que llevaba una chaqueta de esquiar completamente pasada de moda, lo alzó sujetándolo por el cuello de la prenda, sacó su revólver de servicio, lo encañonó en la sien y disparó.
 En el recinto cerrado del autocar, el ruido resultó ensordecedor; brotó sangre y materia cerebral, como en el estallido de un fuego de artificio. El joven salió proyectado contra la rejilla y rebotó, cayendo en el pasillo central, donde se desplomó quedándose sentado en una extraña posición. Al instante se hizo un silencio, un silencio tan pesado como una plancha de hierro fundido.
 -Guardad la calma, todo saldrá bien, seguid nuestras instrucciones –dijo Moktar antes de apearse del autocar.
 En los demás autocares, al igual que en el que abandonábamos, reinaba el silencio. A pesar de no haber sido testigos de la escena, todo el mundo sabía lo que acababa de ocurrir. Moktar debió de leer sorpresa en mi mirada.
 -Conviene que los otros no se imaginen cualquier cosa, sino que vean la misma cosa. Es ahora la única manera de que el trayecto se recorra en calma.
 Nos habíamos montado en el autocar siguiente, en el que se mascaba una calma aterrada. Mokatra agarró al primero que tuvo a su alcance, una muchachota de unos veinte años de edad, y de nuevo: revólver, sien, disparo, ruido ensordecedor, fuego artificial rojo, y repitió:
 -Guardad la calma, todo saldrá bien, seguid nuestras instrucciones.
 Así fue cómo procedimos en los diez autocares, ¡PAM! ¿PAM ¡PAM!, y cuando al final nos acercamos al hombre con la cabeza en forma de pera, reinaba una calma absoluta apenas interrumpida por el ruido de los motores al ralentí.
 -Tiene usted buena mano –dijo el hombre, admirado-. En mi vida civil era profe en un instituto conflictivo; seguro que se le habría dado a usted muy bien.
 -Gracias; poned a estos tres a un lado. En medio de la carretera acabarán provocando un accidente –contestó Moktar al tiempo que señalaba a los tres cuerpos.
 -Se había hecho tarde y teníamos bastante camino por delante para regresar a la ciudad. Debido a la tensión que se había ido fraguando me di cuenta de lo cansado que estaba. La nuca, igual de rígida que un azadón, me dolía mucho. Los diez autocares emprendieron su ruta, saturando el aire gélido con el humo de los tubos de escape.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Funambulista, 2009, en traducción de Ascensión Cuesta, pp.213-220. ISBN: 978-84-96601-36-9.]

martes, 2 de abril de 2019

Sobre la historia natural de la destrucción.- Winfried G. Sebald (1944-2001)


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Guerra aérea y literatura
I

«Por todas partes yacían cadáveres aterradoramente deformados. En algunos seguían titilando llamitas de fósforo azuladas, otros se habían quemado hasta volverse pardos o purpúreos o se habían reducido a un tercio de su tamaño natural. Yacían retorcidos en un charco de su propia grasa, en parte ya enfriada. En la zona de muerte, declarada ya en los días siguientes zona prohibida, cuando a mediados de agosto, después de enfriarse las ruinas, brigadas de castigo y prisioneros de campos de concentración comenzaron a despejar el terreno, encontraron personas que, sorprendidas por el monóxido de carbono, estaban sentadas aún a la mesa o apoyadas en la pared, y en otras partes, pedazos de carne y huesos, o montañas enteras de cuerpos cocidos por el agua hirviente que había brotado de las calderas de calefacción reventadas. Otros estaban tan carbonizados y reducidos a cenizas por las ascuas, cuya temperatura había alcanzado mil grados o más, que los restos de familias enteras podían transportarse en un solo cesto para la ropa.
 El éxodo de los supervivientes de Hamburgo comenzó ya la noche del ataque. Empezó, como escribe, Nossack, "un desplazamiento incesante por todas las carreteras de los alrededores... sin saber hacia dónde". Hasta los territorios más exteriores del Reich fueron a parar los refugiados, en número de un millón y cuarto de personas. Con fecha 20 de agosto de 1943, en el pasaje antes citado, Friedrich Reck informa de unos cuarenta o cincuenta fugitivos que intentaron asaltar un tren en una estación de la Alta Baviera. Al hacerlo, una maleta de cartón "cayó en el andén, se reventó y se vació de su contenido. Juguetes, un estuche de manicura, ropa interior chamuscada. Finalmente, el cadáver de un niño asado y momificado, que aquella mujer medio loca llevaba consigo como resto de un pasado pocos días antes todavía intacto". Es difícil imaginar que Reck se inventara esa espantosa escena. Por toda Alemania, de una forma o de otra, la noticia de los horrores de la aniquilación de Hamburgo debió de difundirse a través de los fugitivos, que oscilaban entre una histérica voluntad de supervivencia y la más grave apatía. El diario de Reck, al menos, es una prueba de que, a pesar de la censura de noticias que reprimía cualquier información exacta, no era imposible saber de qué forma tan aterradora perecían las ciudades alemanas. Reck informa también, un año más tarde, de las decenas de miles que, después del gran ataque a Munich, acamparon en el recinto de la Maximilianplatz. Y escribe luego: "Por la cercana autopista del Reich [se mueve] una interminable corriente de refugiados, frágiles ancianas que arrastran, sobre largos palos que llevan a la espalda, un fardo con sus últimas pertenencias. Pobres sin hogar con la ropa quemada y ojos en los que todavía se refleja el espanto del remolino de fuego, de las explosiones que lo despedazaban todo, de quedar sepultado o de la vergonzosa asfixia en un sótano". Lo más notable de esas anotaciones es su rareza. Realmente parece como si ninguno de los escritores alemanes, con la única excepción de Nossack, hubiera estado en aquellos años dispuesto o en condiciones para escribir algo concreto sobre el curso y los efectos de una campaña de destrucción tan larga, persistente y gigantesca. En eso tampoco cambió nada una vez finalizada la guerra. El reflejo casi natural, determinado por sentimientos de vergüenza y de despecho hacia el vencedor, fue callar y hacerse a un lado. Stig Dagerman, que en el otoño de 1946 informaba desde Alemania para la revista Expressen, escribe desde Hamburgo que viajando en tren, a velocidad normal, estuvo contemplando durante un cuarto de hora un paisaje lunar entre Hasselbrook y Landwehr y no vio un solo ser humano en aquella inmensa zona incontrolada, quizá el campo de ruinas más horrible de toda Europa. El tren, escribe Dagerman, como todos los trenes de Alemania, estaba muy lleno, pero nadie miraba afuera. Y a él lo reconocieron como extranjero porque lo hacía. Janet Flanner, que escribía para el New Yorker, hizo las mismas observaciones en Colonia, que, según dice en sus reportajes, reposa "en su orilla del río... entre los escombros y la soledad de una destrucción física total... sin ninguna figura. Lo que ha quedado de su vida -seguimos leyendo- se abre camino por carreteras secundarias repletas: una población encogida, vestida de negro... muda como la ciudad". Ese mutismo, ese cerrarse y hacerse a un lado es la razón de que sepamos tan poco de lo que pensaron y vieron los alemanes en el medio decenio comprendido entre 1942 y 1947. Los escombros entre los que vivían siguieron siendo la terra incognita de la guerra. Es posible que Solly Zuckerman presintiera ese déficit. Como todos los que participaron directamente en las discusiones sobre la estrategia de ataque más eficiente, y por tanto tenían cierto interés profesional en los efectos del area bombing, inspeccionó en la primera oportunidad que se le presentó la destrozada ciudad de Colonia. Todavía al volver a Londres estaba impresionado por lo que había visto y convino con Cyrill Connolly, entonces director de la revista Horizon, en escribir un reportaje titulado "Sobre la historia natural de la destrucción". En su autobiografía escrita decenios más tarde, Lord Zuckerman deja constancia de que su propósito fracasó. "My first view of Cologne -dice- cried out for a more eloquent piece than I could ever have written." Cuando en los años ochenta pregunté a Lord Zuckerman por ese tema, no recordaba ya sobre qué había querido escribir con detalle en su momento. Sólo conservaba aún la imagen de la negra catedral, que se alzaba en medio de un desierto de piedra, y de un dedo cortado, que había encontrado en una escombrera.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2005, en traducción de Miguel Sáenz. ISBN: 84-339-7016-X.]

miércoles, 20 de septiembre de 2017

"Incendios".- Wajdi Mouawad (1968)


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Incendio de Jannaane
 25.- Amistades
Nawal (40 años) y Sawda
«Sawda: Entraron en el campo. Cuchillos, grabadas, machetes, hachas, fusiles, ácido. Su mano no temblaba. ¡En el sueño, clavaron sus armas en el sueño y mataron el sueño de los niños, de las mujeres, de los hombres que dormían en la gran noche del mundo!
 Nawal: ¿Qué vas a hacer?
 Sawda: ¡Déjame!
 Nawal: ¿Qué vas a hacer? ¿A dónde vas a ir?
 Sawda: ¡Voy a ir a cada casa!
 Nawal: ¿Vas a meterles una bala en la cabeza a todos?
 Sawda: ¡Ojo por ojo, diente por diente, ellos no cesan de repetirlo!
 Nawal: ¡Sí, pero no así!
 Sawda: ¡No hay otro modo! ¡Si la muerte puede ser contemplada con indiferencia, no hay otro modo!
 Nawal: ¡Entonces tú también, tú quieres entrar en las casas y matar niños, mujeres, hombres!
 Sawda: ¡Mataron a mis padres, a mis primos, a mis vecinos, a los amigos lejanos de mis padres! ¡Entonces es lo mismo!
 Nawal: ¡Sí, es lo mismo, tienes razón, Sawda, pero reflexiona!
 Sawda: ¡De qué sirve reflexionar! ¡Nadie vuelve a la vida por que reflexionemos!
 Nawal: ¡Reflexiona, Sawda! ¡Tú eres la víctima y vas a matar a todos los que tropieces en tu camino, entonces serás el verdugo y después volverás a ser la víctima de nuevo! ¡Tú sabes cantar, Sawda, sabes cantar!
 Sawda: ¡No quiero! No quiero consolarme, Nawal. ¡No quiero que tus ideas, tus imágenes, tus palabras, tus ojos, tu amistad, toda nuestra vida juntas, no quiero que me consuelen de lo que he visto y oído! Entraron en los campos como locos furiosos. ¡Los primeros gritos despertaron a los demás y enseguida se escuchó el furor de los milicianos! Empezaron por lanzar a los niños contra la pared, luego mataron a todos los hombres que pudieron encontrar. Los niños degollados, las jóvenes quemadas. Todo ardía alrededor. ¡Nawal, todo ardía, todo crepitaba! Había olas de sangre corriendo por las calles. Los gritos subían por las gargantas y se extinguían y era una vida menos. Un miliciano preparaba la ejecución de tres hermanos. Los puso contra la pared. Yo estaba a sus pies, oculta en la cuneta. Veía el temblor de sus piernas. Tres hermanos. Los milicianos arrastraron a su madre por los pelos, la pusieron delante de sus hijos y uno de ellos le gritó: "¡Elige. Elige a cuál quieres salvar. Elige! ¡Elige o los mato a todos! ¡A los tres! ¡Cuento hasta tres, a la de tres mato a los tres! ¡Elige! ¡Elige!" ¡Y ella, incapaz de hablar, incapaz de nada, volvía la cabeza de derecha a izquierda y miraba a cada uno de sus tres hijos! Nawal, escúchame, no te cuento una historia. te cuento un dolor caído a mis pies. Yo la veía, entre el temblor de las piernas de sus hijos. Con sus pechos demasiado pesados y su cuerpo envejecido por haber llevado a sus tres hijos. Y todo su cuerpo aullaba: "¡Entonces para qué haberlos llevado en mi vientre si es para verlos ensangrentados contra una pared!" y el miliciano no paraba de gritar: "¡Elige! ¡Elige!" Entonces, ella le miró y le dijo, con una última esperanza: "¿Cómo puedes? Mírame, yo podría ser tu madre!" Entonces él la golpeó: "¡No insultes a mi madre! ¡Elige!" y ella dio un nombre, dijo: "¡Nidal, Nidal!" Y se derrumbó y  el miliciano abatió a los dos más jóvenes. ¡Dejó al mayor con vida, temblando! Lo dejó y se fue. Los dos cuerpos cayeron. La madre se levantó y en el centro de la ciudad que ardía, que lloraba inconteniblemente, se puso a gritar que era ella quien había matado a sus hijos. ¡Con su cuerpo demasiado pesado, decía que ella era la asesina de sus hijos!
 Nawal: Comprendo, Sawda, pero para responder a eso no podemos hacer lo que sea. Escúchame. Escucha lo que te digo: la sangre nos salpica y, en una situación así, los sufrimientos de una madre cuentan menos que la máquina terrible que nos tritura. El dolor de esta mujer, tu dolor, el mío, el de todos los que han muerto esta noche no son ya un escándalo, sino una suma, una suma monstruosa que no podemos calcular. Entonces tú, tú, Sawda, tú que recitabas el alfabeto conmigo hace tiempo en el camino del sol, cuando íbamos juntas a buscar a mi hijo nacido de una historia de amor como nadie cuenta ya, tú no puedes participar en esta suma monstruosa del dolor. No puedes.
 Sawda: ¿Entonces, qué hacemos? ¿Qué hacemos? ¡Quedarnos con los brazos cruzados! ¿Esperamos? ¿Comprendemos? ¿Comprendemos qué? ¡Nos decimos que todo esto no son más que historias entre seres embrutecidos que no nos conciernen! ¡Que más vale quedarnos en nuestros libros y nuestro alfabeto para encontrar todo esto tan bonito, tan bello, tan extraordinario y tan interesante! "Bonito", "bello", "extraordinario", "interesante" son escupitajos al rostro de las víctimas. ¡Palabras! ¡De qué sirven las palabras, dime, si hoy yo no sé lo que debo hacer! ¿Qué hacemos, Nawal?
 Nawal: No puedo responderte, Sawda, porque estamos desarmadas. Carecemos de valores para reencontrarnos, sólo tenemos pequeños valores improvisados. Lo que sabemos es lo que sentimos. Esto está bien, esto no está bien. Pero yo te digo: no amamos la guerra y estamos obligados a hacerla. No amamos la desgracia y estamos en medio de ella. Tú quieres vengarte, quemar casas, hacer sentir lo que tú sientes para que ellos comprendan, para que cambien, que los hombres que hicieron eso se transformen. Quieres castigarles para que comprendan. Pero este juego de imbéciles se nutre de la estupidez y del dolor que te ciegan.
 Sawda: ¿Entonces, no hacemos nada, es eso?
 Nawal: ¿Pero tú a quién quieres convencer? ¿No ves que hay hombres a los que no se puede convencer? ¿Hombres a los que no se puede persuadir de nada? ¿Cómo quieres explicarle al tipo que gritaba al oído de esa mujer "¡Elige!", para obligarla a condenar a sus propios hijos, que está equivocado? ¿Qué te crees? ¿Que va a decirte: "¡Ah, señorita Sawda, su razonamiento es interesante, corro a cambiar de opinión inmediatamente, cambiar de corazón, cambiar de sangre, cambiar de mundo, de universo y de planeta, y voy a pedir disculpas sobre la marcha"? ¡Qué piensas! ¡Que desangrando con tus propias manos a su mujer y a su hijo vas a enseñarle alguna cosa! ¡Crees que va a decir de un día para otro, con los cuerpos de quienes ama a sus pies: "Mira, esto me hace reflexionar y es verdad que los refugiados tienen derecho a una tierra. Les daré la mía y viviremos en paz y armonía todos juntos"! Sawda, cuando me arrancaron a mi hijo del vientre, después de mis brazos y luego de mi vida, comprendí que era necesario elegir: o contribuyo a la fealdad del mundo o hago todo por encontrarlo. Y cada día pienso en él. Hace veinticinco años, la edad de matar y la edad de morir, la edad de amar y la edad de sufrir; ¿y en qué crees que pienso cuando te cuento todo esto? Pienso en su muerte evidente, en mi búsqueda estúpida, en que yo estaré para siempre incompleta porque él ha salido de mi vida  y nunca veré su cuerpo ahí, delante de mí. No pienses que no siento el dolor de aquella mujer. Ella está en mí como un veneno. Y te juro, Sawda, que yo, la primera, cogería granadas, cogería dinamita, bombas y todo lo que pudiera causar el mayor mal, me lo ataría al cuerpo, me lo tragaría y me iría derecha en medio de los hombres imbéciles  y me haría estallar con un gozo que tú no puedes sospechar. ¡Lo haría, te lo juro, porque no tengo nada que perder, y mi odio hacia esos hombres es grande, muy grande! Todos los días vivo en el rostro de los que destruyen nuestras vidas. Vivo en cada una de sus arrugas y me bastaría hacer esto para desollarlos hasta la médula de su alma, ¿comprendes? Pero hice una promesa, una promesa a una anciana de aprender a leer, a escribir, a hablar, para salir de la miseria, salir del odio. Y voy a cumplir esa promesa. Cueste lo que cueste. No odiar a nadie jamás, la cabeza en las estrellas siempre. Promesa hecha a una anciana ni bella, ni rica, ni nada de nada, pero que me ayudó, se ocupó de mí y me salvó.
 Sawda: Entonces, ¿qué hacemos?
 Nawal: Voy a decirte lo que haremos. Pero me vas a escuchar hasta el final. Me vas a prometer que no discutirás.
 Sawda: ¿En qué estás pensando?
 Nawal: ¡Prométemelo!
 Sawda: ¡No sé!
 Nawal: Recuerda, viniste a buscarme  y me dijiste: "Enséñame a leer y a escribir." Yo te dije que sí y he cumplido mi promesa. Ahora te toca a ti prometer. Promete.
 Sawda: Lo prometo.
 Nawal: Vamos a golpear. Pero vamos a golpear en un sitio. Uno solo. Haremos daño. No tocaremos a ningún niño, a ninguna mujer, a ningún hombre, excepto uno. Uno solo. Le heriremos. Le mataremos o no, eso no tiene ninguna importancia, pero le heriremos.
 Sawda: ¿A quién te refieres?
 Nawal: A Chad.
 Sawda: Es el jefe de todas las milicias. No le encontraremos.
 Nawal: La chica que enseña a sus hijos fue alumna mía. Ella me va a ayudar. Yo voy a sustituirla por una semana.
 Sawda: ¿Por qué dices "yo"?
 Nawal: Porque voy a ir sola.
 Sawda: ¿Y qué vas a hacer?
 Nawal: Los primeros días, nada. Voy a enseñar a sus hijas.
 Sawda: ¿Y luego?
 Nawal: El último día, antes de dejarlo, le dispararé dos balas. Una por ti, otra por mí. Una por los refugiados, otra por la gente de mi país. Una por su estupidez, otra por el ejército que nos invadió. Dos balas gemelas. No una, ni tres. Dos.
 Sawda: ¿Y después? ¿Cómo vas a huir? (Silencio.) Me niego. No eres tú quien debe hacer eso.
 Nawal: ¿No? ¿Quién, entonces? ¿Tú, quizá?
 Sawda: ¿Por qué no?
 Nawal: ¿Por qué vamos a hacer eso? ¿Para vengarnos? No. Porque queremos todavía amar con pasión. Y en una situación como la nuestra, hay quien va a morir y quien no. Así que los que ya han amado con pasión deben morir antes que los que no han amado aún. Es lo que yo creo, Sawda. Yo, el amor que tenía que vivir, ya lo he vivido, el hijo que debía tener, lo he tenido. Me quedaba aprender, y he aprendido. No me queda más que mi muerte y yo la elijo y será completa. Tú irás a esconderte a casa de Chamseddine.
 Sawda: Chamseddine es tan violento como los otros.
 Nawal: No tienes elección. No me traiciones, Sawda, y vive por mí, y sigue cantando por mí.
 Sawda: ¿Cómo haré para vivir sin ti?
 Nawal: ¿Y yo, y yo cómo haré para vivir sin ti? Recuerda el poema que aprendimos cuando todavía éramos jóvenes. Aún creía poder encontrar a mi hijo. (Recitan el poema "Al Atlal", en árabe.) Recítalo. cada vez que me eches en falta y, cuando necesites valor, recita el alfabeto. Y yo, cuando necesite valor, cantaré, cantaré, Sawda, como tú me enseñaste a hacer. Y mi voz será tu voz y tu voz será mi voz. Así permaneceremos juntas. No hay nada más hermoso que estar juntos.»