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domingo, 19 de febrero de 2023

Anábasis de Alejandro Magno.- Lucio Flavio Arriano (h. 86 - 175)

Flavio Arriano - Wikipedia, la enciclopedia libre
Libro II

El nudo gordiano

   «Una vez Alejandro en Gordio, se apoderó de él un vivo deseo de subir a la ciudadela, donde se encontraba el palacio de Gordio y de su hijo Midas, para ver su carro y el nudo del yugo de su carro. Existía una leyenda muy difundida entre los habitantes de la región a propósito de aquel carro. Decían, en efecto, que Gordio fue un antiguo pobre frigio que sólo poseía un puñado de tierra que trabajar y dos yuntas de bueyes; una le servía para arar, y con la otra Gordio llevaba el carro. Encontrándose cierto día arando, un águila se posó sobre el yugo y permaneció posada en él hasta que fue la hora de desuncir los bueyes; Gordio, maravillado ante lo que veía, se puso en marcha a dar conocimiento del prodigio a los adivinos telmiseos, ya que estos telmiseos eran sabios en la interpretación de prodigios, don éste que habían heredado (y que también poseían sus mujeres y niños) de sus mayores. Al acercarse a un poblado telmiseo, se encontró con una joven que estaba sacando agua, y le contó lo que le había sucedido con el águila. Ella (que también era de familia adivina) le ordenó que regresara a aquel sitio e hiciera un sacrificio a Zeus Rey. Pidióle él que le acompañara y le explicara el sacrificio, y Gordio lo celebró tal como ella le había indicado. De sus relaciones con la muchacha les nació un hijo al que llamaron Midas. Llegado a la edad adulta, fue Midas un hombre noble y de buen porte; pues bien, sufrían por aquel entonces los frigios una guerra civil y les había vaticinado el oráculo que un carro les traería un rey que pondría fin a su guerra fratricida. Cuando aún estaban éstos deliberando sobre ello, apareció Midas acompañado de su padre y de su madre, e hizo detener su carro en plena asamblea. Los frigios, interpretando el oráculo, reconocieron en él a aquel hombre que, según el dios, vendría en el carro. A continuación le hicieron su rey, y fue así como Midas puso fin a la guerra civil. En agradecimiento a Zeus Rey por haberle enviado el águila, depositó el carro de su padre como ofrenda en la acrópolis de la ciudad.
 A más de ésta, corría otra leyenda sobre este carro: estaba vaticinado que quien fuera capaz de soltar el nudo del yugo del carro gobernaría en toda el Asia. El nudo era de hilachas de cornejo, y parecía no tener principio ni fin. Alejandro, en vista de lo difícil que resultaba encontrar un modo de desatarlo y como, de otra parte, no podía consentir que quedara atado, no fuera a ser que ello influyera en el ánimo de sus hombres, cercenó —según dicen— el nudo con un golpe de su espada y exclamó: ¡Ya está desatado!
 Aristobulo, sin embargo, cuenta que Alejandro, desenganchando la clavija de la lanza del carro (se trataba de una estaquilla que atraviesa de parte a parte la lanza), sujetó simultáneamente el nudo hasta liberar el yugo de la lanza del carro.
 No puedo yo precisar de qué modo actuó Alejandro en este asunto del nudo; el caso es que él y los suyos dejaron el carro seguros de que el oráculo sobre la liberación del nudo estaba cumplido, pues además también aquella noche hubo truenos y relámpagos en el cielo, como indicios de algo prodigioso. Alejandro, a la vista de ello, ofreció al día siguiente sacrificios en honor de los dioses que habían manifestado estas señales por la desatadura del nudo.

Alejandro enfermo

  Al día siguiente, Alejandro se puso en camino hacia Ancira, en Galacia. Se presentó ante él una embajada del pueblo paflagonio con ofertas de sumisión y promesas de formalizar un pacto, solicitándole a cambio no entrar en el país por la fuerza. Alejandro les ordenó que prestaran obediencia a Cala, el sátrapa de Frigia, mientras él se adentraba en la región de Capadocia, atrayéndose a su bando a toda la zona hasta el río Halis, y gran parte de la del otro lado del río. Dejó a Sabictas como sátrapa de Capadocia, y se puso al frente de sus tropas en dirección a las Puertas Cilicias.
 Al poco llegó al campamento de Ciro (a quien acompañara Jenofonte en su expedición), y al ver que las Puertas estaban custodiadas por una poderosa guarnición, dejó allí a Parmenión con los batallones de infantería que estaban dotados de armamento más pesado, mientras que él, a la hora del cambio de la primera guardia, tomó a sus hipaspistas, arqueros y agrianes, y avanzó durante la noche contra las Puertas, con intención de caer sobre la guardia cogiéndolos por sorpresa. Aunque su avance no pasó desapercibido, su acto de osadía tuvo el mismo efecto, ya que los centinelas, al ver que era el propio Alejandro quien abría la expedición, abandonaron su puesto y se retiraron en huida. Al día siguiente, a la hora del alba, cruzó con todas sus fuerzas las Puertas, iniciando así el descenso hacia Cilicia. Le llegaron noticias por entonces de que Arsames, que antes planeaba conservar la ciudad de Tarso para los persas, pensó ahora abandonarla al haberse enterado de que Alejandro ya había sobrepasado las Puertas, por lo cual los habitantes de Tarso temían que Arsames se entregara al saqueo de la ciudad antes de abandonarla. Enterado de esto Alejandro, llevó a la carrera hacia Tarso a la caballería y las tropas más ligeras, para que Arsames, al percatarse de lo inmediato de su ataque, abandonara Tarso y se reuniera con el rey Darío sin dejarle expoliar la ciudad.
Anabasis Alejandro Magno libros i-iii: 049 B. CLÁSICA GREDOS ... Dice Aristobulo que Alejandro fue víctima aquí de una enfermedad; según otros, sin embargo, ocurrió que Alejandro contrajo unas fuertes fiebres que le provocaron convulsiones e insomnio después de haberse bañado (sudoroso y acalorado como estaba) durante un buen rato en el río Cidno, cuyas aguas fluyen puras y frías por medio de la ciudad, después de atravesar una zona despejada desde las cimas del monte Tauro. Los médicos creyeron que Alejandro no sobreviviría, aunque Filipo, un médico acarnanio que acompañaba a Alejandro y que gozaba de fama de hombre entendido en medicina, y que era además de acreditado comportamiento en el campo de batalla, fue partidario de purgar a Alejandro, quien a su vez se mostraba plenamente de acuerdo con el tratamiento. Mas ocurrió que cuando ya le preparaban la copa, le fue entregada a Alejandro una carta de parte de Parmenión que decía: “Cuídate de Filipo, he oído que ha sido comprado por el dinero de Darío para darte muerte mediante un brebaje.” Alejandro leyó la nota con atención, y teniéndola aún en la mano, cogió la copa de purgante y dio a leer a Filipo la nota, bebiéndose el purgante al tiempo que Filipo leía la nota de Parmenión.
 Al poco rato se hizo evidente que Filipo había acertado plenamente en la prescripción del remedio; es más, no se turbó siquiera al leer la nota, sino que lo único que le rogó a Alejandro fue que le obedeciera hasta el final en cuanto le había recomendado, porque su salvación dependía de que siguiera sus instrucciones. En verdad, el purgante hizo efecto y cesó su dolencia.
 Alejandro dio pruebas así a Filipo de ser un amigo que da crédito a sus amigos, y las dio también a sus generales de que él confiaba plenamente en sus amigos incluso ante circunstancias insospechadas, demostrándoles al mismo tiempo su valentía frente a la muerte.

Alejandro en Tarso
 
 Poco después envió a Parmenión hacia el otro paso que divide el territorio cilicio del asirio para que lo ocupara él primero y poder controlar desde allí todos los accesos. Cedió a Parmenión para que le acompañaran toda la infantería aliada, los mercenarios griegos y los tracios que mandaba Sitalces, así como los jinetes tesalios. Alejandro fue el último en levantar el campamento de Tarso, para llegar al día siguiente a la ciudad de Anquíalo, que, según la leyenda, había construido el asirio Sardanápalo. Por su perímetro y por los cimientos de sus murallas se veía que esta ciudad había sido una gran construcción, y que su poderío había debido alcanzar gran importancia. La tumba de Sardanápalo está cerca de los muros de Anquíalo, y el propio Sardanápalo está sentado sobre ella, con sus manos entrelazadas como si fuera a tocar palmas, y había inscrito en ella un epigrama en caracteres asirios; según los asirios, era una inscripción en verso y el sentido de sus palabras, el siguiente: "SARDANÁPALO, EL HIJO DE ANACINDARAJES, CONSTRUYÓ LAS CIUDADES DE ANQUÍALO Y TARSO EN UN SOLO DÍA. TÚ, EXTRANJERO, COME Y BEBE Y DIVIÉRTETE, PORQUE TODO LO DEMÁS EN LA VIDA NO VALE ESTO" (aludía al aplauso que las palmas hacen al batir), aunque decían que el "DIVIÉRTETE" tenía en lengua asiria mayor picardía.
 Desde Anquíalo llegó Alejandro a Solos, e impuso a sus habitantes una guarnición y los penalizó con una multa de doscientos talentos de plata por haberse mostrado mejor predispuestos para con los persas. Reuniendo tres batallones de infantería macedonios, todos los arqueros y los agrianes, partió desde aquí contra los cilicios que ocupaban las alturas. En total empleó siete días en desalojar por la fuerza a unos y atraerse a otros mediante pactos; al cabo de este tiempo regresó a Solos.
 Tuvo noticias entonces de que Tolomeo y Asandro habían derrotado a Orontóbates, el persa encargado de la protección de la ciudadela de Halicarnaso y de la custodia de Mindo, Cauno, Tera y Calípolis, y a quien estaban sometidas también Cos y Triopio. La nota le decía que Orontóbates había sido derrotado en una gran batalla en la que habían muerto setecientos de sus infantes y unos cincuenta jinetes, a más de habérsele capturado no menos de mil prisioneros. En Solos, Alejandro ofreció un sacrificio a Asclepio, participando él en persona y todo el ejército, y celebró una carrera de antorchas e instituyó un certamen gimnástico y literario. A los habitantes de la ciudad les permitió gobernarse según su régimen democrático.
 Poco después se puso de nuevo en marcha en dirección a Tarso, y mientras tanto envió a Filotas al frente de la caballería para que se dirigiera a través de la llanura de Aleia hacia el río Píramo, mientras él se acercaba con la infantería y el escuadrón real a Magarso, donde ofreció sacrificios a Atenea de Magarso. Desde aquí marchó a Malo, y sacrificó según correspondía a su héroe Anfíloco. Acabó con la revuelta civil en que encontró a sus habitantes, y perdonó los tributos que pagaban al rey Darío, ya que la ciudad de Malo era una colonia de Argos, y él se consideraba descendiente de los Heraclidas de Argos.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 1982, en traducción de Antonio Guzmán Guerra, pp. 166-171. ISBN: 84-249-0266-1. Tomo I.]

lunes, 21 de septiembre de 2020

Los nueve libros de la Historia.- Heródoto (c. 484 a.C. - c. 425 a. C.)


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Libro segundo: Euterpe

  «124.-Hasta el reinado de Rampsinito, según los sacerdotes, estuvo Egipto en el mejor orden y en gran prosperidad; pero Queops, que reinó después precipitó a los egipcios en total miseria. Primeramente, cerró todos los templos y les impidió ofrecer sacrificios; ordenó después que todos trabajasen para él. Los unos tenían orden de arrastrar piedras desde las canteras del monte Arábigo hasta el Nilo; después de transportadas las piedras por el río en barcas, mandó a los otros recibirlas y arrastrarlas hasta el monte que llaman Líbico. Trabajaban por bandas de cien mil hombres, cada una tres meses. El tiempo en el que penó el pueblo para construir el camino para conducir las piedras fue de diez años; y la obra que hicieron es a mi parecer no muy inferior a la pirámide (pues tiene cinco estadios de largo, diez brazas de ancho y ocho de alto en su mayor altura), y está construida de piedra labrada y esculpida con figuras. Diez años, pues, pasaron para construir ese camino y las cámaras subterráneas en el cerro sobre las que se levantan las pirámides, cámaras que dispuso para su sepultura en una isla, formada al introducir un canal del Nilo. Para construir la pirámide se emplearon veinte años: es cuadrada, cada lado es de ocho pletros de largo, tiene otros tantos de altura, de piedra labrada y ajustada perfectamente; ninguna de las piedras es menor de treinta pies.
 125.- La pirámide se construyó de este modo: a manera de gradas, que algunos llaman adarves y otros zócalos. […] En la pirámide está anotado con letras egipcias cuánto se gastó en rábanos, en cebollas y en ajos para los obreros; y si bien me acuerdo, al leerme el intérprete la inscripción, me dijo que la cuenta ascendía a mil seiscientos talentos de plata. Y si esto es así, ¿cuánto sin duda se habrá gastado en las herramientas con que trabajaban y en alimentos y vestidos para los obreros, ya que construyeron las obras durante el tiempo mencionado y además trabajaron otro tiempo, durante el cual tallaron y transportaron la piedra y labraron la excavación subterránea, tiempo nada breve?
 126.- A tal extremo de maldad llegó Queops que, por carecer de dinero, puso a su propia hija en el lupanar con orden de ganar cierta suma, no me dijeron exactamente cuánto. Cumplió la hija la orden de su padre y aún ella por su cuenta quiso dejar un monumento, y pidió a cada uno de los que la visitaban que le regalara una sola piedra; y decían que con esas piedras se había construido la pirámide que está en medio de las tres, delante de la pirámide grande, cada uno de cuyos lados tiene pletro y medio.
 127.-Decían los egipcios que este Queops reinó cincuenta años, y que a su muerte, heredó el reino su hermano Quefrén. Éste se condujo del mismo modo que el otro en general y particularmente en levantar una pirámide que no llega a las dimensiones de la de Queops, pues yo mismo la medí. Tampoco tiene cámaras subterráneas, ni llega a ella un canal desde el Nilo, como a la de Queops, que corra por un conducto construido y rodee por dentro una isla, en la cual dicen que yace Queops. Quefrén fabricó la parte inferior de su monumento de piedra etiópica abigarrada, y la hizo cuarenta pies más baja que la otra, y vecina a la grande; ambas se levantan en un mismo cerro, que tendrá unos cien pies de alto.
 128.-Decían que Quefrén reinó cincuenta y seis años. Calculan que esos son los ciento seis años durante los cuales los egipcios vivieron en total miseria y durante todo ese tiempo los templos, que habían sido cerrados, no se abrieron. Por el odio contra los dos reyes, los egipcios no tienen mucho deseo de nombrarlos; de suerte que dan a las pirámides el nombre del pastor Filitis, quien por aquel tiempo apacentaba sus rebaños por esos lugares.
 129.- Decían que después de Quefrén reinó Micerino, hijo de Queops. Éste, disgustado con los actos de su padre, abrió los templos y permitió al pueblo, oprimido hasta la última miseria, que se retirara a sus ocupaciones y sacrificios. Entre todos los reyes, fue el que dio más justas sentencias y por eso ensalzan a Micerino sobre todos cuantos fueron reyes de Egipto. No sólo juzgaba íntegramente sino que, a quien criticaba la sentencia, le daba de lo suyo para contentarle. Aunque era bondadoso con sus súbditos y observaba tal conducta, le aconteció como primera de sus desgracias, morirse su hija, única prole que tenía en su casa. Muy apenado por el infortunio sobrevenido y queriendo sepultar a su hija por modo extraordinario, hizo labrar una vaca de madera hueca, la doró, y en ella sepultó a la hija que se le había muerto.
 130.-Esa vaca no fue cubierta de tierra, antes bien era visible todavía en mis tiempos, en la ciudad de Sais, colocada en el palacio en una cámara adornada. Ante ella, queman todos los días todo género de perfume y todas las noches se le enciende su lámpara perenne. Cerca de esta vaca, en otra cámara, están las imágenes de las concubinas de Micerino, según decían los sacerdotes de la ciudad de Sais; son estatuas colosales de madera, desnudas, unas veinte, más o menos en número; no puedo decir quiénes sean, sino lo que se cuenta acerca de ellas.
 131.-Sobre la vaca y los colosos cuentan algunos esta historia: Micerino se prendó de su hija y la gozó a pesar de ella. Dicen luego que la joven se ahorcó de dolor, que el rey la sepultó en aquella vaca, que su madre cortó las manos de las criadas que entregaron la hija al padre, y que ahora les ha pasado a sus imágenes lo mismo que les pasó en vida. Los que así hablan, a mi entender, desatinan, en toda la historia, particularmente en cuanto a las manos de los colosos, pues hemos visto nosotros mismos que han perdido las manos por el tiempo; y aun en  mis días se veían a los pies de las estatuas.
 132.- La vaca está toda cubierta con un manto de púrpura, pero muestra el cuello y la cabeza, dorados con una gruesa capa de oro, y lleva en medio de sus astas un círculo de oro que imita el del sol. No está en pie, sino hincada, y su tamaño es el de una vaca viva grande. La sacan fuera de la cámara todos los años cuando los egipcios plañen al dios que yo no nombro a este propósito; entonces es cabalmente cuando sacan al público la vaca. Porque, según dicen, la hija al morir pidió a su padre Micerino el ver el sol una vez al año.
 133.-Después de la desastrada muerte de su hija, le sucedió lo siguiente a Micerino: le llegó de la ciudad de Buto un oráculo con el aviso de que iba a vivir sólo seis años, y morir al séptimo. Lleno de indignación, Micerino envió al oráculo a reprochar a su vez al dios porque su padre y su tío, que habían cerrado los templos, sin preocuparse de los dioses, oprimiendo además a los hombres, habían vivido largo tiempo y él, que era pío, iba a morir tan pronto. Vínole del oráculo por segunda respuesta que por lo mismo se le acortaba la vida, por no haber hecho lo que debía hacer, pues el Egipto debía ser oprimido duramente durante ciento cincuenta años, y sus dos antecesores lo habían comprendido y él no. Oído esto y advirtiendo Micerino que su fallo estaba ya dado, mandó fabricar gran cantidad de lámparas y, cuando llegaba la noche, las encendía, bebía y se daba buena vida día y noche, sin cesar, paseando por los pantanos y los prados y por dondequiera hubiese muy buenos lugares de recreo. Todo lo cual discurrió con el intento de demostrar que el oráculo había mentido, para tener doce años en lugar de seis, convirtiendo las noches en días.
 134.-También Micerino dejó una pirámide, mucho menor que la de su padre; cada lado es de tres pletros menos veinte pies: es cuadrada, y hasta la mitad, de piedra etiópica.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Orbis, 1982, en traducción de María Rosa Lida. ISBN: 84-7530-129-0.]

viernes, 17 de julio de 2020

El misterio del solitario.- Jostein Gaarder (1952)

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Tréboles
Reina de tréboles

   «Mi viejo llamó al camarero para pedir la nota. Yo dije:
 -¿Crees en Dios, viejo?
 Se sobresaltó.
 -¿No te parece un poco temprano? -preguntó. […]
 -Si realmente existe un dios -proseguí-, ese dios es muy hábil jugando al escondite con sus criaturas.
 Mi viejo soltó una carcajada, pero comprendí que estaba totalmente de acuerdo.
 -Quizá se asustara al ver lo que había creado -dijo-. Y luego se marchara dejándolo todo. ¿Sabes?, no es fácil saber quién se asustó más, si Adán o el Maestro. Yo creo que un acto de creación de esa clase asusta igual a ambas partes. Pero admito que al menos podría haber firmado su obra maestra antes de desaparecer.
 -¿Firmar?
 -Por lo menos, podría haber grabado su nombre en una roca o algo por el estilo.
 -¿De modo que tú no crees en Dios?
 -No he dicho eso. Acabo de decir que Dios está en el cielo riéndose de nosotros porque no creemos en él.
 ¿"Acabo de"?, pero si lo dijo en Hamburgo...
 Continuó:
 -Pero aunque no haya dejado ninguna tarjeta de visita, ha dejado el mundo. Creo que con eso basta.
 Se quedó pensando un rato. Luego añadió:
 -Érase una vez un astronauta y un neurocirujano rusos que discutían sobre religión. El neurocirujano era creyente y el astronauta no. "He estado muchas veces en el espacio", presumió el astronauta, "pero jamás he visto ángeles". El neurocirujano se quedó boquiabierto y luego dijo: "Yo he operado bastantes cerebros inteligentes, pero jamás he visto un pensamiento".
 Ahora fui yo el que se quedó boquiabierto.
 -¿Te acabas de inventar eso? -pregunté.
 Negó con la cabeza:
 -Era uno de los chistes malos del profesor de filosofía de Arendal.
 Lo único que había hecho mi viejo para conseguir un certificado de filósofo, fue el "examen philosophicum" en la universidad popular de Arendal. Él ya había leído muchos libros sobre filosofía, pero el año anterior había recibido clases de Historia de la Filosofía, en Arendal.
 A mi viejo no le bastó con escuchar al profesor en la clase, está claro. También se lo trajo a casa. "¡No iba a dejarle solo en el hotel!" Así que yo también lo conocí, hablaba por los codos, y estaba casi tan obsesionado como mi padre por las cuestiones trascendentales.
 Mi viejo se quedó mirando el castillo. Dijo:
 -Dios ha muerto, Hans Thomas. Y nosotros hemos sido sus asesinos.
 Esa afirmación me pareció tan incomprensible y escandalosa que no me digné contestar.
 Cuando dejamos atrás el golfo de Corinto y comenzamos a subir la montaña camino de Delfos, atravesamos extensos olivares. Nos habría dado tiempo a llegar a Atenas ese mismo día, pero mi viejo opinaba que no se podía pasar por Delfos sin hacer una visita al viejo santuario. […]
 Conforme nos íbamos acercando a la zona de excavaciones, mi viejo hablaba cada vez más:
 -Hasta aquí vino la gente durante toda la Antigüedad para pedir consejo al oráculo de Apolo. Preguntaban de todo: con quién se casarían, a qué parte del mundo viajarían, cuándo deberían entrar en guerra con otros estados y por qué calendarios deberían guiarse.
 -Pero, ¿en qué consistía el oráculo? -pregunté.
 Mi viejo me contó que el dios Zeus había enviado dos águilas que debían atravesar la Tierra volando cada una desde un extremo. Se encontraron precisamente encima de Delfos, por lo que los griegos pensaron que era el centro del mundo. Luego llegó Apolo y, antes de poder establecerse en Delfos, tuvo que matar al peligroso dragón Pitón. Por ello su sacerdotisa se llamó Pitia. Ya muerto el dragón, se convirtió en una serpiente, que siempre acompañaría a Apolo.
EL MISTERIO DEL SOLITARIO - GAARDER JOSTEIN - Sinopsis del libro ... No entendí gran cosa de lo que me contó, pues aún no me había explicado lo que era un oráculo. Nos estábamos acercando a la entrada del recinto de los templos. Estaba situado en una garganta, al pie del monte del Parnaso. En ese monte vivían las Musas, que concedían a los seres humanos sus habilidades artísticas.
 Antes de entrar, mi viejo dijo que teníamos que beber de una fuente sagrada que estaba a poca distancia de la entrada y en la que todos los visitantes tenían que lavarse antes de entrar en el lugar sagrado. Añadió que, bebiendo de esa fuente, aumentaban la sabiduría y las habilidades artísticas.
 Ya dentro del recinto de los templos, mi viejo compró un mapa donde podía verse cómo era ese lugar hace más de dos mil años. Ese mapa me resultó muy útil, porque lo único que quedaba en Delfos eran unas destartaladas ruinas.
 Primero pasamos por los restos de las cámaras de los tesoros de las viejas ciudades Estado. Para pedir consejo al oráculo de Delfos, había que llevar regalos a Apolo. Esos regalos fueron conservados en edificios especiales que los diferentes Estados tuvieron que construir.
 Cuando llegamos al gran templo de Apolo, mi viejo me explicó por fin lo que era el oráculo.
 -Lo que ves aquí son los restos del gran templo de Apolo -empezó-. Dentro del templo había una piedra tallada que llamaban "ombligo" porque los griegos creían que este templo era el centro del mundo. Pensaban, además, que Apolo vivía dentro del templo, al menos durante ciertas épocas del año. Y a él era al que se pedía consejo. Hablaba por medio de la sacerdotisa Pitia, que se sentaba en una silla de tres patas colocada sobre una grieta de la tierra. De esa grieta, emanaban unos gases alucinógenos, necesarios para que Apolo pudiera manifestarse a través de Pitia. Al llegar a Delfos, había que entregar la pregunta a los sacerdotes, que a su vez la transmitían a Pitia. Lo que ella contestaba era tan confuso y ambiguo que los sacerdotes tenían que interpretar la respuesta a los que habían hecho la pregunta. De esa manera, los griegos podían sacar provecho de la sabiduría de Apolo, porque Apolo sabía todo del pasado y del futuro.
 -¿Qué pregunta vamos a hacerle?
 -Vamos a preguntarle si encontraremos a Anita en Atenas -dijo mi viejo-. Tú serás el sacerdote que ofrece la pregunta y yo seré Pitia, y transmitiré la contestación del dios.
Dicho esto, se sentó delante de las ruinas del famoso templo de Apolo y empezó a sacudir la cabeza y los brazos como si estuviera loco. Unos turistas franceses y alemanes retrocedieron asustados, pero yo pregunté muy serio:
 -¿Vamos a encontrar a Anita en Atenas?
 Al parecer, mi viejo estaba esperando a que obrasen en él los poderes de Apolo.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Siruela, 2008, en traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. ISBN: 978-84-7844-516-5.]

sábado, 21 de marzo de 2015

"Edipo rey".- Sófocles (495 a.C. - 406 a.C.)

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"Yocasta: Bien, vendrá; pero también yo soy merecedor, rey, de saber la inquietud que hay en ti.
Edipo: No te he de privar de ello, una vez que he llegado a este presentimiento. ¿Pues a quién hablaría mejor que a ti en este trance? Era mi padre Pólibo, el corintio, y Mérope mi madre, de la Dóride. Yo era considerado como el primero de los ciudadanos hasta que me ocurrió un suceso digno de admiración, si bien no del calor que puse en él. Un hombre ebrio me dijo en un banquete que yo no era hijo verdadero de mi padre. Yo, vejado, apenas me contuve; y, al otro día, fui a mis padres y les hice la pregunta; y ellos se dolieron de la ofensa del que dejó escapar aquella afirmación. Yo me alegré por ellos, pero aquello me escocía continuamente pues me llegó a lo vivo. A escondidas de mi padre y de mi madre, me encaminé hacia Delfos; y Febo, a lo que preguntaba, nada me respondió, mas reveló otras cosas llenas de miseria, de horror y de dolor: que yo debía unirme con mi madre y haría nacer hijos cuya vista los hombres no podrían soportar y había de ser el asesino de mi padre. Cuando esto oí, huí de Corinto, guiándome por las estrellas adonde jamás viera cumplirse la vergüenza de mi oráculo. Andando, llegué a aquellos lugares en que dices que murió vuestro rey. Voy a decirte la verdad, señora. Cuando llegaba cerca de aquella encrucijada vi que hacia mí venían un heraldo y un hombre que montaba en un coche de potros cual tú dices; y el que venía delante y el anciano mismo quisieron apartarme por la fuerza del camino. Yo golpeé con ira al que me echaba fuera, al cochero, y al verlo el viejo, aguardando a que pasara, me clavó desde el coche su aguijón de dos púas en mitad de la cabeza. No sufrió igual castigo, pues al punto le golpeé con mi bastón y, rodando del coche, cayó en el suelo boca arriba. Luego di muerte a los demás. Si aquel extranjero tiene que ver algo con Layo, ¿quién es más desdichado que yo? ¿Quién más odiado por los hombres? Sea extranjero o sea ciudadano, nadie puede en su casa recibirme ni dirigirme la palabra, sino que deben expulsarme de su casa. Y nadie más que yo fue el que me lancé estas maldiciones. Y el lecho del muerto lo mancho con mis manos, por las que él murió. ¿No soy un vil y un hombre impuro? Puesto que he de huir y en mi destierro no he de ver a los míos ni pisar en mi patria o, en otro caso, he de casarme con mi madre y he de matar a Pólibo, que me engendró y crió. ¿No se podría decir que todo esto ha sido maquinado contra mí por un dios lleno de crueldad? ¡Que no vea yo, oh dioses puros, venerables, que no vea yo ese día, sino desaparezca de la vista de los hombres antes de ver que cae sobre mí una tal mancha de infortunio!
 Corifeo: Todo esto, rey, nos causa miedo pero en tanto te enteres bien escuchando al testigo, ten esperanza.
 Edipo: Esto solo me queda de esperanza, aguardar al pastor.
 Yocasta: Y cuando se presente, ¿qué pretendes hacer?
 Edipo: Te lo voy a decir; si dice igual que tú habré escapado del desastre.
[...]
 Yocasta: Está seguro de que su relato fue en esos términos y no le es ya posible retirarlo; la ciudad toda ha oído esto, no sólo yo. Pero si se desdice de su antiguo relato, en todo caso no probará que la muerte de Layo sucediera conforme a la respuesta del oráculo, puesto que Apolo dijo que había de morir a manos de mi hijo. Y, sin embargo, no fue aquel infortunado quien le dio muerte sino que él mismo murió antes. Por tanto, en lo que toca a los oráculos, no me interesa si dicen una cosa o la contraria luego.
 Edipo: Dices bien. Sin embargo, manda a alguien que busque al siervo y no descuides este asunto".