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domingo, 23 de octubre de 2022

El orador cautivo.- Carlos Eugenio López (1954)


Editorial Funambulista
II


    «Nada lamentaría más que inducirle a pensar que pretendo, de un modo solapado, faltar a mi palabra. Yo me tengo por un hombre de honor. He prometido dejarle disfrutar en paz del paisaje, y mi intención es cumplir a rajatabla mi promesa. Pero... ¿no escucha usted como un murmullo? Preste atención... Cuando nos callamos... ¿Lo oye usted? (...) ¿No? Aguce el oído, por favor... ¿Seguro que no lo oye? Entre los traqueteos del tren. Es como si alguien hubiese encendido, justo donde usted se sienta, un walkman y estuviese siguiendo una lección de inglés. ¿Que usted continúa sin oírlo? Pues yo, le advierto, me precio de tener un oído excelente. Rock and roll aparte, soy de los que escuchan respirar a una mosca. Inténtelo otra vez, si no le supone mucha molestia... Una lección de inglés; débil y lejana, pero una lección de inglés. ¿No lo ha oído? “I am Carmelo. This is my dog”, acaba de decir. ¿Nada...? ¿Absolutamente nada...?
 Si usted insiste... Olvidémonos del asunto. ¿Quién iba a ponerse —reflexionando un poco— a seguir una lección de inglés en este compartimento, que sólo ocupamos usted y yo? A no dudar, el rumor ha de proceder del compartimento vecino y mi confusión tiene su origen en un ligero trastorno personal. Un trastorno físico, por supuesto; no vaya usted a pensar. ¡Este tren sale a una hora tan perversa...! O se resigna uno a almorzar en el abominable restaurante de la estación o se ve obligado a romper con todo horario racional de comidas. Se opte por la solución que se opte, ¿cuál es el resultado? Más o menos el mismo, se lo digo por experiencia: un viaje al ochenta por ciento de nuestra plenitud física, como mucho. Un desarreglo de las facultades sensoriales, producto de una baja o un exceso de azúcar, según los casos, no debe, por tanto, descartarse.
 ¿Que usted también ha comido en el restaurante de la estación y, sin embargo, se siente perfectamente? Otra cosa sería preocupante. Usted se encuentra en la flor de la vida. A usted aún le quedan muchos viajes hasta que comience a reparar en los nocivos efectos secundarios de la baja calidad de la comida que se sirve en ese antro criminal. Pero yo tengo ya mis años. A los suyos, un estofado más o menos infame tampoco me habría hecho localizar erradamente la procedencia de ningún “I am Carmelo”. Mi estómago ha sido el de un verdadero avestruz. Pero los años no pasan en balde. Cuando uno supera los cincuenta, tiene que empezar a meditar sobre el aceite que le pone a la máquina. Ya no sirve, como a su edad, cualquier cosa. Menos en un caso como el mío, obligado por tantas razones a una vida demasiado sedentaria. Se impone una cierta disciplina en las comidas. Y cuando esa disciplina se quebranta, el cuerpo nos advierte de inmediato la infracción. “Por hoy pase —nos dice—; pero cuidado, que ya no tienes veinte años, y los excesos, al final, siempre se acaban pagando.” Ya oirá usted también esa voz, ya. Sin caer en el fundamentalismo dietético (eso tampoco), una cierta precaución con lo que nos echamos al estómago es esencial. El cochinillo, la olla podrida o los callos, por sólo citar tres notables ejemplos de nuestra recia gastronomía nacional, no pueden sentarle bien a nadie. El organismo humano no está hecho para eso, nos pongamos como nos pongamos.
 La frugalidad en la comida y el ejercicio moderado han sido reconocidos desde la antigüedad como los mejores aliados de la salud. No es cosa de anteayer. El propio Sócrates lo apunta en más de una ocasión. Hipócrates y Galeno lo repiten hasta la saciedad. Y cuando, como sucede por desgracia en mi caso, las posibilidades de realizar ejercicio físico son muy reducidas, todo el hincapié que se haga en la moderación, equilibrio y orden de la dieta es poco. Las modernas técnicas pedagógicas han roto con muchas barreras y tabúes. Las nuevas generaciones de ciegos juegan incluso al fútbol. Pero a mí tales innovaciones ya me cogieron un poco tarde. En mi época, bastante afortunado se podía considerar uno si contaba con un tío dominico que nos adentrase en los pormenores demoníacos del dualismo bogomilista. En el fútbol ni se soñaba. Y eso se nota en la obstinada tendencia que tienen las grasas a crearnos problemas.
 Yo procuro no relacionarme más que lo imprescindible con el mundo de los ciegos. Mi relativa prominencia social, sin embargo, me ha obligado a mantener ciertos contactos con determinados círculos organizados en torno o con motivo de esta enojosa deficiencia que nos afecta. Pues bien, ¿sabe usted una cosa?, la preocupación por las grasas ha acabado siempre tendiendo puentes para la comunicación con una serie de individuos con los que no creo tener mucho en común. La grasa nos trae a maltraer a todos, con independencia de credo, talante o condición. Los tres últimos entierros de ciegos a los que me he visto obligado a asistir, por sólo referirme a hechos muy concretos, han estado presididos por el colesterol. No es ninguna broma. Una tromboflebitis, una hemorragia cerebral y un infarto, respectivamente.
 Restringido el disfrute de otra serie de placeres hasta extremos que a usted le resultaría difícil imaginar, los ciegos propendemos a la glotonería. De los siete pecados capitales, el de la gula es el cebo (nunca mejor dicho) con el que nos tienta el Maligno. En el infierno de Dante, nos hemos de encontrar en el círculo tercero, el de la pertinaz lluvia de nieve y agua sucia. Si otra cosa acontece, atribúyalo usted a la licencia o impericia poéticas. Yo mismo, pese a todas mis aprensiones, no siempre logro sobreponerme a la tentación. Con la plástica tostada con margarina en la boca y el exinanido aroma del descafeinado impregnando sin convicción alguna mis pituitarias, no es infrecuente que, ya a la temprana hora del desayuno, una rebeldía momentánea me lleve a exclamar: “¡Pero qué vida es ésta!”. La ensaimada con nata, el croissant con mantequilla normanda, el castizo chocolate con churros son ideas que atropelladamente se me vienen en esos momentos a mi soliviantada cabeza. Eso entiendo yo por vida sin matices, frente a la devaluada “vida esta” del descafeinado y la margarina sin sal. Pero, amigo mío, hay que saber contenerse.
 La mía es una edad crítica en el curso vital de las arterias. Un descuido, y adiós. El corazón no da tiempo a arrepentirse. Le fallan a usted el hígado, los riñones y el sistema respiratorio al unísono, y aún tendrá probablemente una segunda oportunidad en este mundo. Con el corazón, no; con el corazón se ven siempre las orejas al lobo cuando ya es demasiado tarde. De pronto un día le parece a uno percibir una pequeña molestia en la región torácica y, antes de que le dé tiempo a decir: “Mañana, sin falta, dejo de fumar”, ¡zas!, se acabó lo que se daba. No hay pieza menos caritativa en el engranaje humano. El corazón es a la biología lo que el calvinismo es a la historia de las religiones, el emblema sin compromisos de la inmisericordia, la intransigencia y la beligerancia radical con las debilidades de la carne. Un cigarrillo, unos buñuelos, unas manitas de cordero de más..., y olvídese usted del pacto, de las componendas, de los tiras y aflojas de última hora, siempre posibles con otros órganos y vísceras más esencialmente católicos de nuestra anatomía.
El Orador Cautivo: Amazon.es: Carlos Eugenio Lopez: Libros Según mi médico, en mi caso particular concurren circunstancias más favorables de lo que yo quiero creer. En mi familia, por fortuna, no abundan los precedentes de dolencias cardíacas. Habría que remontarse a un tío abuelo materno para encontrar un antecedente, y ni siquiera es seguro. Mis cuatro abuelos, mis ocho bisabuelos, murieron todos, con una sola y lamentable excepción, octogenarios. Mi madre, a sus setenta y nueve años, tiene aún la tensión arterial de una niña. Todo ello, al parecer de mi médico, ha de considerarse a la hora de ponderar el riesgo. Los factores hereditarios representan un papel notable que yo, en su opinión, no parezco valorar adecuadamente. «La naturaleza del juicio coronario —me repite— no es tan sumaria como usted supone.» Forma educada, como otra cualquiera, de acusarme olímpicamente de hipocondría. Los médicos, ya lo comprobará usted, y le deseo con toda sinceridad que lo haga tarde, son así. Lo que en cualquier otra disciplina de la ciencia se llama humildemente «ignorancia propia», en la medicina se denomina con indignante prepotencia «hipocondría ajena». Pero es lo que yo le digo al médico: “Doctor, tampoco mis bisabuelos fueron ciegos”. Circunstancia que, me concederá usted, debiera dar que pensar. Mi pobre madre hace aún hoy cuatro veces más ejercicio que yo a mis veinte años, descontando mi fugaz y malaventurado coqueteo con el rock and roll.
 Un análisis de sangre y un electrocardiograma mensual, que es cuanto yo le pido al médico, no constituye, habida cuenta de mi crónico sedentarismo, ninguna extravagancia cuyo visado contravenga el juramento hipocrático. Al colesterol hay que seguirle los pasos muy de cerca. Y, por otra parte, ¡qué cuernos!, los electrocardiogramas me los pago yo. Si quiero hacerme uno al mes, como si se me antoja hacerme dos docenas. ¡Será posible el país en que vivimos! Mate uno a cuchilladas al amante de su mujer, y no habrán de faltar voces que justifiquen, con las razones más peregrinas, el acto; quiera  usted hacerse un electrocardiograma mensual, pagado a precio de oro de su libérrimo bolsillo, y hasta su propio médico se le entigrece. ¿Así queremos hacernos un hueco en el concierto de las naciones civilizadas?
 Y no le pido su opinión. Usted preferirá tal vez no pronunciarse tampoco sobre este particular. Permítame, no obstante, que le apunte (sin ánimo de forzar su hermetismo, eso sí) que hay quien considera el silencio una peligrosísima fuente de endomorfinas. Dicho sea, por descontado, con carácter nada más que general e informativo. No es que yo subscriba o deje de subscribir tales teorías. Mucho menos que insinúe que quepa referirlas, ni siquiera indirectamente, a su persona. Ni por un momento me atrevería yo a dudar de su excelente condición mental. Como no dudo que ese “I am Carmelo”, que tan nítidamente vuelvo a oír, procede de otro compartimento. El que usted prefiera no manifestarse sobre mi particular arquetipo de civilización no es motivo para suponerle ni debilidad cerebral alguna ni, cuánto menos, la grosería de iniciarse en la lengua de la pérfida Albión al amparo de mi ceguera. Cada cual es como es, y no se hable más.
 Usted puede incluso preferir no manifestar su opinión a impulsos de una esmerada cortesía, que le impide contradecir abiertamente mis tesis. Delicadeza innecesaria, pues, insisto una vez más, habla usted con un hombre plenamente consciente de la naturaleza multiforme de la verdad. Pero delicadeza no, por carente de razón objetiva de ser, menos exquisita y digna de encendido aplauso. Cuánto mejor nos iría a todos si, a la hora de calibrar el grado de consideración que le debemos al prójimo, errásemos, como usted, por exceso y no por defecto.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Lengua de Trapo, 1997, pp. 51-55. ISBN: 84-89618-14-3]

sábado, 26 de junio de 2021

El discurso vacío.- Mario Levrero (1940-2004)


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Segunda parte: El discurso vacío

El discurso
6 de enero

 «Hay una cantidad de cosas inútiles que son imprescindibles para el alma. Diría más: sólo las cosas inútiles son imprescindibles para el alma (aunque no todas ellas). Pero no lo digo por no caer en un extremismo del cual enseguida me habré de arrepentir. Estos extremismos son producto de las circunstancias, de mi rebeldía ante las circunstancias. Como estoy determinado por lo utilitario, mi defensa de las cosas inútiles se hace demasiado vehemente. Pierdo equilibrio y buen criterio.
 Estas reflexiones se generaron sin duda porque estoy nuevamente solo en casa (y es domingo). Amo estos fines de semana en que puedo estar solo, aunque deploro lo breve de este tiempo en soledad. No quiero decir que desearía vivir solo; en realidad, desearía vivir en medio de gentes que respetaran mi soledad, mi necesidad de silencio, de divagación. Mi mujer está aprendiendo a hacerlo, pero en una medida que todavía no me resulta suficiente; desearía que ella misma se plegara a este mundo, ideológicamente, por decirlo así, y que alguna vez llegara a disfrutar de la paz y del silencio como yo los disfruto.

 Esta mañana, al despertar solo en casa, en medio de un gran silencio, de una gran paz, se me dio una colección de inutilidades, de esas que son gratas al alma. Mientras desayunaba leí algunas cartas de Dylan Thomas; en una de ellas, de su juventud, decía que no podía considerar hermosa ninguna cosa efímera; que la belleza es cuestión de eternidad. Yo no estuve de acuerdo pues no puedo pensar en nada que no sea efímero. Aun las formas puras necesitan de una mente efímera para existir. La belleza está en la mente, no en las cosas; y las formas puras sólo existen en la mente.
 Después puse un casete al azar y lo primero que se escuchó fue una versión –por una orquesta para mí desconocida- de un tema popularizado hace muchos años por la orquesta de Enrique Rodríguez (algo así como “Noches de Hungría” o “Amor en Estambul”). Me produjo una sensación deliciosa, y de inmediato se me presentó la imagen de un gran galpón o una barraca que habíamos visto con mi mujer días atrás en una playita cercana al hipódromo; un viejo edificio lleno de vidrios. En aquel momento había deseado tener una cámara fotográfica para retratar ese paisaje de vidrios (algunos sanos, muchos rotos) en la luz especial de la puesta de sol. Y además de esos vidrios había maquinarias y bobinas abandonadas entre pastizales y yuyos. Delicioso: me produce un placer casi erótico la contemplación de ciertas ruinas, de casas abandonadas, de casas demolidas, sobre todo cuando son invadidas por la vegetación.
 Recuerdo ahora una casa en Pan de Azúcar, abandonada o bien sin terminar, casi un esqueleto de casa; tal vez haya sido abandonada antes de terminarse de construir. A través del hueco de una ventana salía la rama de un árbol crecido en su interior. Diga lo que diga Dylan Thomas, esto es belleza para mí. Como es belleza, y constituyó según creo mi primera vivencia místico-religiosa auténtica, la contemplación –en ese mismo camino que desde Piriápolis lleva a Pan de Azúcar- de una iglesia abandonada, cayéndose materialmente a pedazos, y con un horrible cristo de madera sobre el portal (después me contaron que ese cristo había llegado a la costa flotando en las olas del mar).
 La orquesta de Enrique Rodríguez es algo parecido a todo eso. Cuando regresábamos con mi mujer de un largo viaje en auto, durante un buen rato nos había acompañado un programa de radio dedicado precisamente a Enrique Rodríguez. Fue algo maravilloso, sólo empañado por la imposibilidad de compartirlo con mi mujer, concentrada en el volante y muy incómoda por verse obligada a escuchar semejante mamarracho.
 Yo puedo gozar de Bach y de Vivaldi tanto como ella y sé distinguir entre Bach o Vivaldi y Enrique Rodríguez. Pero en ese momento no podía explicarle que esa orquesta es para mí algo similar a la contemplación de ruinas invadidas por la vegetación. No por el tiempo transcurrido, aunque en cierta forma el tiempo transcurrido acentúa el efecto, sino que, en este caso particular, ya la intención original de Enrique Rodríguez era en su momento una ruina invadida por la vegetación. Eso es lo que me dice su música y lo que hoy, después del desayuno, se sumó a mi discusión secreta con Dylan Thomas y al recuerdo de la puesta de sol en la playita próxima al hipódromo. Y así fue como rescaté una parte esencial de mí mismo, perdida en medio del fragor de estos últimos años.
*
 Cree la gente, de modo casi unánime, que lo que a mí me interesa es escribir. Lo que me interesa es recordar, en el antiguo sentido de la palabra (=despertar). Ignoro si recordar tiene relación con el corazón, como la palabra cordial, pero me gustaría que fuera así.
 La gente incluso suele decirme: “Ahí tiene un argumento para una de sus novelas”, como si yo anduviera a la pesca de argumentos para novelas y no a la pesca de mí mismo. Si escribo es para recordar, para despertar el alma dormida, avivar el seso y descubrir sus caminos secretos; mis narraciones son en su mayoría trozos de la memoria del alma y no invenciones.
 El alma tiene su propia percepción y en ella viven cosas de nuestra vigilia pero también cosas particulares y exclusivas de ella, pues participa de un conocimiento universal de orden superior, al cual nuestra conciencia no tiene acceso en forma directa. De modo que la visión del alma, de las cosas que suceden dentro y fuera de nosotros, es mucho más completa que lo que puede percibir el yo, tan estrecho y limitado.
Resultado de imagen de mario levrero el discurso vacio caballo de troya Hoy recuperé esos distintos tipos de ruinas, y sé que con eso el alma me está diciendo que yo soy esas ruinas. Mi contemplación casi erótica de las ruinas es una contemplación narcisista. Y si bien tiene su precio, esa autocontemplación es placentera aunque la visión sea triste. Me miro en el espejo y veo a alguien que no me gusta del todo, pero es alguien en quien puedo confiar. Lo mismo sucede con estas contemplaciones interiores: no importa si percibo un retrato feo, mientras sea auténtico.
 Claro que no sé hasta dónde mi alma es mía; más bien yo pertenezco al alma y esta alma no está, como señala más de un filósofo, necesariamente dentro de mí. Es simplemente algo que no conozco; el yo no es otra cosa que una parte modificada, en función de cierta conciencia práctica, de un vasto mar que me trasciende y sin duda no me pertenece; un espécimen surgido, o emergente, de un vasto mar de ácidos nucleicos. Pero qué hay detrás, cuál es el impulso que se expresa mediante el ácido. Ese deseo, esa curiosidad, esa voracidad subyacente en las partículas materiales.
 No tengo, en verdad ya no tengo, curiosidad por conocer respuestas; hoy me basta con las preguntas –o ni siquiera necesito las preguntas. El discurso hoy ha tomado esta forma justamente por mis carencias, porque he vislumbrado durante unos instantes esos fragmentos de memoria, memoria del alma, y me he recordado por unos instantes, y el resto de mi vida, fuera de esos instantes, se vuelve, por el contraste, todavía más insustancial.
[…]

 Ejercicios: 12 de enero

 Insisto en tratar de disciplinarme en aquellas cosas que, como estos ejercicios, pueden darme una cierta estructura en medio del caos pre-mudanza. Pero para que realmente esta disciplina resulte útil, debe ser un ejercicio fundamentalmente del dibujo de la letra, sin dejarme llevar por los contenidos del discurso. Debo procurar una letra más grande y, por supuesto, perfectamente legible. Respiro profundamente para tratar de calmar la ansiedad, sin pensar en todo lo que debo hacer luego –pero como realmente no puedo dejar de pensar en ello, más vale que lo escriba. Debo empaquetar mis libros, es decir formar con ellos pilar armoniosas y atarlas con trozos de cuerda. Debo también mirar un número apreciable de vídeos, parte de ellos en relación a un trabajo encarado, y parte para aprovechar el dinero gastado en el alquiler de la videocasetera. Debo ocuparme de otros detalles en relación con la mudanza, que en este momento no tengo muy claros, aunque debería tenerlos; debo, pues, pensar en ellos y hacer una lista. También debo ocuparme de entrar oficialmente en el año 1991, poniendo al día mis agendas –y debo comprar una agenda de este año-. Luego debo, o debería, ocuparme de preparar la publicación, o el intento de publicación, de ciertos libros míos. Como se ve, el tiempo no me alcanza; entonces opto por desentenderme de todo y jugar con la computadora.

 13 de enero

 El ejercicio caligráfico de ayer me ha ayudado sin duda a centrarme un poco en mis cosas, e incluso pude comenzar sin desesperarme el trabajo de ordenar y atar los libros. En estos momentos estoy escribiendo con bastante incomodidad, porque de los libros se han desprendido algunos grumos de pintura y revoque a su vez desprendidos de la pared, que se habían ido acumulando sobre ellos durante un largo período, y muchos de esos pequeños grumos han quedado debajo de este papel donde escribo, dificultándome la tarea y causándome irritación. No sé por qué no se me ha ocurrido limpiar la tapa del escritorio (creo recordar que no se dice tapa sino tabla). Tampoco sé por qué no lo hago ahora. Sigo escribiendo.
 BBBBBBBBBBBBBB Bien, otra vez había olvidado la manera de escribir la B. El problema es que olvido por dónde comenzar a trazarla, y si no me sale espontáneamente, pensándolo no puedo conseguirlo. Hay algún truco en alguna parte y no termino de descubrirlo.
 Soy consciente de que no estoy haciendo buena letra. Escribo muy rápida y nerviosamente. La carga de stress y ansiedad por el asunto de la mudanza es muy grande. Debo seguir atando libros en paquetes y hacer muchas cosas más. No tengo ganas de hacerlo. No quiero mudarme. Estoy harto de mudanzas y cambios. Pero hay que hacerlo, porque así lo han dispuesto las fuerzas supremas.»


  [El texto pertenece a la edición en español de la editorial Caballo de Troya, 2007, pp. 118-128. ISBN: 978-84-96594-12-8.]


martes, 23 de febrero de 2021

Historia del deporte.-Juan Rodríguez López (¿...?)

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El esplendor de los Juegos Olímpicos contemporáneos
17.-Renovación de los Juegos Olímpicos. Pensamiento de Coubertin
17.2.-El pensamiento de Coubertin

    «Síntesis teórica:
 1.-La teoría de Coubertin es original en el mundo actual, en la teoría del deporte y en la pedagogía contemporánea. La pedagogía contemporánea ha estado presidida por el principio de espontaneidad –entendida con frecuencia como ausencia de esfuerzo- y por el principio de colaboración, rechazando, con mayor o menor fuerza, según autores o movimientos, la competición y el individualismo, en los que se basa la pedagogía deportiva de Coubertin. El olimpismo de Coubertin basa su pedagogía en el agonismo y potencia el individualismo para conseguir fines sociales.
 2.-Su ideal humano se refleja en su frase: “mens férvida in corpore lacertoso” (mente cultivada en un cuerpo entrenado). También es expresión suya: “fuerza muscular, fuerza cerebral”; esta conjunción es su ideal humano.
 3.-Su modelo o inspiración es la teoría griega del deporte –la teoría del deporte en Grecia, prácticamente se identifica con la teoría de la educación-, cuya expresión filosófica más perfecta es la de Platón (aunque Platón rechaza la “gimnasia” de los atletas y Coubertin no). En el movimiento olímpico Coubertin glorifica al campeón deportivo, aún a costa de un posible desequilibrio de la armonía cuerpo-mente y traslada la preocupación platónica de armonía cuerpo-espíritu (“kalokagathía”) a los Juegos Olímpicos en su conjunto, al movimiento olímpico; de ahí su interés en las competiciones artísticas, musicales y literarias, incluidas en la celebración de los Juegos y de las diversas manifestaciones culturales del movimiento olímpico.
 4.-Coubertin tiene una gran confianza en la capacidad educativa, personal y social (desarrollo del valor y de la iniciativa de los individuos y de los pueblos) del deporte: dirá que “el deporte es una pedagogía viril de sorprendentes resultados sociales”; a veces, defiende que los triunfos de las sociedades, ajenos al deporte, habrían dependido de él: en Grecia, los éxitos en las artes, filosofía, ciencia y guerra (incluso la victoria sobre los persas se habría debido a su cultura deportiva). También en Francia, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos, la práctica deportiva o la ausencia de ella, habría influido decisivamente en algunos de sus acontecimientos históricos (bélicos, políticos, educativos); entiende el deporte como panacea, casi un determinante absoluto de las culturas. Mandell (cfr. 1986, pp. 2-3) califica a esta teoría de romántica, añadiendo que es gratuita y que no puede ofrecerse en su favor ninguna comprobación.
 5.-Confianza en que el deporte olímpico puede contribuir a la paz mundial, al entendimiento y amistad entre los pueblos.
 6.-Defiende que el deporte no es juego; no es juego porque tiene las notas de “progreso” y de “riesgo”, que son ajenas al juego. Los animales juegan, también el hombre, pero para este juego no existe el progreso ni el riesgo (el instinto de defensa y la utilidad de lo estrictamente marcado biológicamente lo impiden). El “instinto” deportivo sería exclusivo del hombre y estaría muy poco extendido. Quizás hay una pequeña contradicción en calificar de “instinto” al deporte y decir, a  continuación, que está poco extendido; pero esta contradicción es puramente semántica; el deporte es una conducta pasional y como tal la considera un instinto pero que, ciertamente, estaba poco extendido.
 7.-La idea de progreso es esencial; exige el entrenamiento. Sin entrenamiento no hay verdadero deporte. Para Coubertin el deporte perfecto es el organizado (competiciones organizadas, con entrenamiento). Esta superación y progreso propios del deporte vienen recogidos en el lema olímpico “citius, altius, fortius” que le propuso su amigo, el dominico Didon.
  8.-La idea de riesgo, importante para Coubertin, va en contra de la moderación en el deporte. “La moderación y el deporte serían un matrimonio monstruoso”, dirá en otro momento; concibe el deporte como heroísmo. La medicina deportiva no debe dirigir el deporte, porque tiende a moderar y el deporte necesita “la libertad del exceso”; naturalmente se refería fundamentalmente al deporte de la juventud.
 9.-Pretensión del restablecimiento de la institución del “gimnasio” –tal como lo entendían los griegos- como una estructura soporte del deporte, que contribuiría a “reconciliar” el deporte con el espíritu (arte, filosofía) y de contacto y entendimiento en las diversas generaciones.
 10.-En Estados Unidos adquiría el deporte moderno (inventado por los ingleses) esa característica fundamental que es el entrenamiento, sin el cual no puede haber progreso y que es esencial al deporte. Admira, también, la época medieval: los torneos eran ya deporte, por el riesgo, aunque rudimentario, pues no tenían estructura organizativa ni entrenamiento, necesarias para poder hablar de auténtico deporte.
 11.-Atendiendo a las características comentadas, el deporte es definido por Coubertin del siguiente modo: “culto habitual y voluntario del ejercicio muscular intensivo, apoyado en el deseo de progreso y pudiendo llegar hasta el riesgo”; agrega que encierra las ideas de “voluntad, continuidad, intensidad, perfeccionamiento, peligro eventual”. Queda manifiesto que es una idea “pedagógica” del deporte; en esencia, su deporte es pedagogía y él un pedagogo del deporte. Entiende el deporte como un excelente vehículo para la formación del carácter –Coubertin utiliza palabras para caracterizar el deporte, como “ascética”, “estoicismo”-, una pedagogía fundamentalmente del ámbito volitivo. En relación a ello, su amigo Carl Diem, en la “Historia de los deportes” nos recuerda otra de las frases preferidas de su ideología olímpica que está en relación con este tipo de pedagogía: “atletae proprium est se ipsum noscere, ducere et vincere” (es propio del atleta conocerse, gobernarse y vencerse).
 La palabra “culto” hace referencia a religión y será fuertemente criticada, por ejemplo, por J.M. Cagigal, por creer que deporte y religión son realidades distintas, aunque más o menos relacionadas. Coubertin siempre quiso, teóricamente, que el deporte fuera una religión (“religio atletae”). […]
 12.-El deporte olímpico está hecho para la glorificación del atleta individual masculino. En el término “atleta” incluye todo deportista individual, sea de atletismo o de esgrima, gimnasia o cualquier otro deporte individual. Aunque él pensaba que los Juegos Olímpicos debían ser sólo para la participación masculina y no femenina, no hizo de ello un dogma del olimpismo y muy pronto participaron las mujeres hasta en las pruebas más extenuantes del atletismo.
 Igualmente, no era partidario de incluir los deportes de equipo en el programa de los Juegos, igual que no fueron incluidos en la Grecia clásica. […]
 13.-Esta glorificación del atleta individual es un medio, una buena estrategia, para conseguir que se difunda el deporte y practique por todos, o por una mayoría.
 El olimpismo, declara Coubertin en alguna ocasión, busca como objetivo primordial la extensión del deporte para todos (antes que el deporte de élite); lo que ocurre es que nunca conseguiríamos extender la práctica deportiva sin grandes campeones: para que cien hagan deporte o modelen su cuerpo, bastantes han de entrenarse y algunos de ellos han de llegar a resultados sorprendentes, no hay otro camino, defiende Coubertin.
 La famosa teoría de la pirámide, según la cual el deporte de base daría un buen deporte de élite y “medallas”, no era compartida por Coubertin y, en esto, parece que la historia posterior le ha dado la razón; las medallas se planifican y consiguen bastante directamente sin necesidad de que la práctica deportiva de la sociedad sea muy alta.
 14.-El deporte (la “república deportiva”) es un modelo muy perfecto de democracia, donde no hay injusticias ni privilegios, los triunfos se consiguen por el esfuerzo y el talento y las conquistas son limitadas en el tiempo. Lo que hace a las desigualdades sociales intolerables –dice- no es la desigualdad misma sino la desigualdad injusta y su permanencia excesiva, que son imposibles en el deporte. Esta justicia de comportamientos puede contribuir a hacer más justa la sociedad.
 15.-El “amateurismo” lo defiende con más o menos fuerza. Unas veces se muestra intransigente, otras cede. Pero al final de su vida deja por escrito una fuerte apología del amateurismo mediante la metáfora del mercado y la colina: en la colina está el templo (que representa al olimpismo); hay que hacer el esfuerzo de ascender la colina donde está el templo; el deportista que no esté dispuesto a ascender la colina puede quedarse en el mercado para vender su deporte, pero los deportistas deben escoger una cosa u otra, no ambas a la vez: “o mercado o templo, ¡que escojan!” Es el momento de mayor dureza contra un amateurismo falso; pero no es una condena del profesionalismo, al que comprende perfectamente, aunque lo aparta de su movimiento olímpico, quizás injustificadamente.
 16.-Los adelantos técnicos del deporte lo benefician, lo hacen más motivante y atractivo, por lo que contribuyen a que el deporte llegue a más gente y resulte un mayor beneficio social. Es otro lugar donde se advierte que Coubertin no es inmovilista en el deporte: le gustan los adelantos técnicos; la diversidad de deportes admitidos en los programas olímpicos y sobre todo la posibilidad de cambiar unos deportes por otros, como ha ocurrido en la historia del olimpismo, lo atestiguan.
 17.-Habría que incluir su filosofía de la organización del olimpismo, donde destaca su postulado calificado de genial por Carl Diem –de la independencia política y económica de los miembros del C.I.O., la universalidad sin discriminación, el cambio de ciudad y el respeto del ritmo cuadrienal.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de INDE Publicaciones, 2000, pp. 208-211. ISBN: 84-95114-37-2.]

sábado, 18 de julio de 2020

Tratado elemental de pedagogía.- Rufino Blanco Sánchez (1861-1936)

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Didáctica pedagógica
Capítulo VI: Distribución del trabajo

  «1.-El maestro debe organizar el trabajo escolar. Si no lo hace, la escuela se desordena y él es la primera víctima de su desidia.
 La distribución del trabajo en una escuela varía mucho según su clase y grado, y según los alumnos a que se aplica, pero debe siempre inspirarse en principios útiles.
 2.-Los ejercicios escolares deben ser variados, y se ha de procurar que alternen los que exigen mucho esfuerzo y los que exigen poco.
 Los ejercicios más difíciles deben darse al principio de la sesión escolar, y, a ser posible, en la de la mañana.
 La duración de un ejercicio no debe exceder de media hora.
 Los ejercicios prácticos ocuparán, lo menos, dos tercios de cada sesión escolar.
 La distribución del trabajo debe ser conocida por los discípulos.
 A cada discípulo se le dará el trabajo que buenamente pueda llevar.
 El niño debe hacer todos sus trabajos en la escuela.
 Es costumbre general en España que los niños lleven a su casa algún trabajo señalado por el maestro. Esta práctica no es recomendable.
 Si el niño es muy aplicado, dedica más tiempo del necesario a la instrucción y llega fácilmente al recargo del trabajo mental, y si, por el contrario, el niño no es aplicado, el trabajo se queda sin hacer.
 El maestro que quiera dirigir bien su escuela, debe comenzar por gobernarse a sí mismo.
 Las escuelas de niños anormales requieren especial distribución del trabajo escolar.
 3.-Algunos defectos capitales de la escuela común pudieran remediarse con la sesión única para el alumno ya que no lo fuese para el maestro.
 Fisiólogos, higienistas y pedagogos están conformes en que la asistencia diaria de los niños a la escuela durante seis horas es ruinosa y contraproducente, y la sesión única de cuatro horas o cuatro y media con descansos pequeños y uno mayor a la mitad del trabajo, es una reforma que en las grandes poblaciones, faltas de aireación y de higiene, impondrán en breve las estadísticas patológicas y demográficas de la niñez.
 Los que atienden también con asiduidad a estas cuestiones saben que, si el maestro cumple con su deber, sacará mejor producto de la sesión única que de la sesión doble.
 Es idea falsa creer que se aprende más cuanto más tiempo permanece el niño en la escuela, como lo sería pensar que una persona se alimenta mejor porque coma muchas veces al día o que un enfermo se ha de curar más pronto tomando mayores dosis de medicamentos; pero como de los beneficios escolares no es fácil convencer racionalmente a las gentes indoctas, hay necesidad de dar pruebas prácticas patentes, y hacer ensayos en algunas poblaciones de importancia.
 Desde luego la sesión única con una comida en el centro se impone para las escuelas de párvulos, si no se quiere desnaturalizar estas escuelas, que, más que otras, deben sustituir a la acción de la familia bien ordenada.

Capítulo VII: Sistema de enseñanza

 1.-Llámanse sistemas de enseñanza al conjunto de condiciones en que la instrucción de los niños se verifica.
 El maestro instruye a los niños individual o colectivamente: uno a uno o varios a la vez. En el primer caso, el sistema de enseñanza se llama individual, y en el segundo, simultáneo.
 La necesidad ha obligado (y obliga todavía en muchos casos) a que los niños sustituyan al maestro en la instrucción de otros niños, y este sistema de enseñanza se denomina mutuo.
 Cuando se combinan dos sistemas, o se combinan los tres, resulta el sistema mixto.
 Son cuatro, por tanto, los sistemas de enseñanza más conocidos: individual, simultáneo, mutuo y mixto.
 2.-El sistema individual es el mejor, porque se acomoda a las necesidades particulares de cada niño; pero sólo se puede practicar con toda pureza en la enseñanza doméstica.
 El sistema simultáneo, en secciones bien graduadas, es el sistema propio de la escuela; y si bien no permite la adaptación completa de la enseñanza a las necesidades propias de cada niño, es medio poderoso de despertar la emulación y contribuye mucho a la educación social del niño.
 El sistema mutuo sólo debe aceptarse como un mal menor, pues no tiene en su abono otra razón que la ley de la necesidad.
 Combinando la práctica dos sistemas, y a veces los tres, se obtiene gran variedad de sistemas mixtos de enseñanza, que suelen dictar la necesidad y el ingenio de los maestros.

Capítulo VIII: Programas y libros

 1.-El programa escolar es la expresión escrita del método y la guía del maestro en el trabajo de la escuela.
 Es común no usar en las escuelas otros programas que los índices de los libros de texto.
 El programa es necesario porque determina reflexivamente la extensión e intensión de los conocimientos, señala el método, indica los procedimientos, pide ejemplos, y, en resumen, da carácter a la enseñanza
 El programa debe ser cíclico y puede ser concéntrico.
rufino blanco y sanchez - tratado elemental de pedagogia - Iberlibro La redacción de los programas de enseñanza advierte al maestro de muchos errores de método, y todos los maestros debemos adiestrarnos continuamente en la composición, o, al menos, en la corrección de programas de enseñanza.
 2.-Por haber abusado muchos maestros de los libros de texto, varios pedagogos contemporáneos sostienen la conveniencia de suprimirlos para la enseñanza primaria.
 Sin embargo, el libro de texto no debe desterrarse de la escuela, porque el libro será siempre un medio de instrucción que supla al maestro. Por esta sola razón debemos procurar que en la la escuela primaria haya libros para que los niños sepan elegirlos y hacer buen uso de ellos.
 La viva voz del maestro es medio de instruir mucho más poderoso que el libro, pero, debiendo aprovecharle cuanto sea posible, no puede ser único porque su acción no puede ser tan duradera como la del libro.
 Ahora bien, es necesario cuidar mucho de aceptar para los niños libros útiles, agradables y económicos.
 No todos los libros buenos son buenos para todos.
 Los libros son útiles cuando contienen buena doctrina, expuesta con claridad y buen método, y son apropiados a las condiciones de inteligencia del que se ha de instruir con ellos, y una de ellas, quizá la principal, es que sean más prácticos que teóricos.
 Por último, téngase en cuenta que los libros sirven para secundar la palabra del maestro, no para reemplazarla.

Capítulo IX: Condiciones de una lección

 1.-Las lecciones escolares no son ejercicios fáciles, aun para los maestros más experimentados, por la infinita variedad de circunstancias en que una misma lección, puede darse. Por esto conviene fijarse en las condiciones que debe reunir.
 2.-Las lecciones escolares, y en general toda lección, debe estar preparada por el maestro, y debe ser útil, corta y agradable.
 Causa pena ver a algunos maestros titubear en las explicaciones, no acertar con los ejemplos, decir muchas cosas inútiles, dejar a un lado lo principal y caer en otros graves defectos, que se pueden evitar facilísimamente preparando las lecciones cada día.
 Esta preparación es indispensable en los maestros principiantes y evita la rutina de los que ya tienen alguna experiencia.
 Por falta de preparación enseñan algunos maestros errores que ellos mismos conocen como tales, y ésta es quizá la falta más grave del que enseña, porque es una falta de honradez profesional.
 Nada contribuye tanto al buen éxito de la enseñanza como la preparación anticipada de las lecciones.
 “Cada lección debe tener un objeto único y determinado”.
 Las lecciones sólo contendrán lo útil del punto que se trate de enseñar. Lo que no es necesario estorba siempre en la instrucción de los niños.
 El niño no puede hacer grandes esfuerzos de atención, y por este motivo cuando la lección pasa de veinte o treinta minutos es de ordinario lección perdida. Esto, contando con que el niño tome parte activa en la enseñanza, porque si la lección tiene la forma dogmática, tan usada todavía en muchas escuelas, la atención del niño se cansa a los pocos minutos.
 La gravedad de la enseñanza no está reñida con cierta amenidad de las lecciones, que las hace agradables a los niños y desde luego más llevaderas y asequibles.
 “El maestro que trate de instruir sin inspirar el gusto de la instrucción es un herrero que bate el hierro en frío”.»

       [El texto pertenece a la edición en español de Imprenta Moderna, año 1901.]