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domingo, 14 de julio de 2024

Los perros duros no bailan.- Arturo Pérez Reverte (1951)

 

 10.- Sangre y arena

 «Cuando peleas con otro perro, lo importante son los reflejos. Los impulsos naturales y el adiestramiento. A la velocidad en que ocurren las cosas en el mundo cánido, no hay tiempo para pensar. Todo discurre demasiado rápido. Por suerte, los años que había pasado luchando no se borraban aún de mi memoria. Sabía por instinto que debía proteger el hocico, las orejas, las patas delanteras y el cuello. Que ésas serían las principales presas a las que apuntaría mi adversario. Así que cuando me vi en el círculo de arena, rodeado de humanos vociferantes, oliendo su sudor y el humo de sus cigarros, ensordecido por sus gritos, procuré borrar todo eso de mi cabeza y me concentré en dos consignas sencillas: protegerme y atacar.
 Desde que nos pusieron frente a frente, mi enemigo -un moloso negro con patas marrones, más o menos de mi estatura- y yo empezamos a ladrarnos con ferocidad. Guau, guau, guau, reguau. Lo normal. En realidad no nos decíamos nada fuera del cliché: te voy a matar, hijoputa, tontolhaba y todo eso. Te voy a arrancar a mordiscos las pelotas. Etcétera. Lo natural en estos casos. Diálogos automáticos, ritual de pelea. Rutina previa. Supongo que ni pensábamos siquiera en lo que ladrábamos.
 Tras unos momentos de calentamiento, para dar tiempo a que los humanos hicieran sus apuestas, los que nos retenían estaban a punto de soltarnos las correas. Alrededor de nosotros, toda aquella gentuza, toda aquella chusma canalla y despiadada, alzaba la voz en un griterío ensordecedor, animándonos a despedazarnos. Exigiendo sangre y muerte.
 -Vamos a ello -le ladré resignado al moloso.
 -Ya estás tardando, follagatos.
 Era valiente, pensé. Joven y valiente. Aquello iba a ser duro.
 Allí no había tácticas que sirvieran de nada, sino rapidez y violencia. Jugársela a cara o cruz. Así que en cuento sentí el cuello libre, me lancé contra él. Tenía mi enemigo anchos hombros y una boca tan impresionante como la mía. La diferencia era que él debía tener tres o cuatro años; y yo, con mis ocho a cuestas, ya iba camino del desguace. Pero la experiencia es un grado y más sabe un perro por viejo que por perro. De modo que la cosa estuvo equilibrada desde el primer choque, patas enlazadas con patas, colmillos lanzando dentelladas feroces, ojos desorbitados a escasa distancia, respiración furiosa, cálida y húmeda del otro en tu hocico, salpicaduras de baba y sangre. Como dicen los humanos, a cara de perro. En esos momentos supremos no sientes dolor; sólo una furia atávica y terrible, y a través del velo rojo que va cubriendo tu mirada, ves en el otro un cuerpo que hay que despedazar, destruir, aniquilar. Mis antiguos genes, los de los mastines que cazaban bárbaros con las legiones romanas o esclavos negros en la selva amazónica, acudieron en mi socorro. Benditos sean los abuelos. Gracias a ellos, a su dureza y su sangre en mis venas, defendí ferozmente mi vida, como un perro valiente y despiadado.
 Y vencí.
 Por suerte, no tuve que matarlo. O no fui yo quien lo hizo. El moloso se había batido con dureza, tenaz y valiente, hasta la locura. Buscándome las presas en aquellos lugares donde su instinto -los ojos ya no valían de nada en ese cuerpo a cuerpo- le indicaba que yo era vulnerable. Mi oreja herida sufrió también las consecuencias. Pero a su energía, a sus violentos ataques y acometidas, yo opuse siempre mi sólida firmeza de luchador veterano: resistir y, en cuanto el otro aminoraba el impulso por la fatiga o hacía una pausa para respirar, lanzarle dentelladas que en otro perro menos fuerte que él habrían resultado letales. Al fin pude acorralarlo contra el suelo, entre mis patas, aprisionándole el cuello con las fauces y dando furiosas cabezadas que amenazaban con desgarrárselo. De pronto, el moloso emitió un quejido prolongado y gutural, un resoplido agónico y se quedó casi inmóvil. A muy corta distancia, advertí sus ojos abiertos y suplicantes.
 Solté la presa y retrocedí, resollando fuerte mientras mis fauces mojadas de baba y sangre intentaban recobrar el aliento. A diferencia de los humanos, rara vez los cánidos rematamos a un enemigo que se proclama vencido. Aunque los perros somos lo que los amos hacen de nosotros, héroes o criminales, y no siempre un amo está a la altura de su perro, casi todos, excepto los que se vuelven locos, respetamos ciertas reglas caninas. Ciertos códigos como no atacar a cachorros y no liquidar al que se somete, por ejemplo. Así que me quedé inmóvil, erguido, firme sobre mis cuatro patas. Estaba sediento y ofuscado, pero el desenfrenado latido de mi corazón se acompasaba poco a poco. De nuevo mis sentidos recobraban la calma. Oí subir de punto las voces de los humanos y vi cómo entre ellos se pasaban gruesos fajos de dinero. A mi espalda, una mano me palmeó el lomo, satisfecha, pero se retiró en el acto cuando, volviendo a medias la cara, lancé en su dirección un gruñido y una dentellada de rencor.
 Frente a mí, el moloso yacía moviendo débilmente las patas, rebozado como yo en la arena que se le pegaba al pelaje con el sudor y la sangre. Tenía heridas por todas partes. Pobre diablo. Mis colmillos habían hecho un buen trabajo.
 Se lo llevaron. Dos humanos fueron hasta él y lo arrastraron fuera del coso. Yo ignoraba la suerte que iba a correr y lo cierto es que en ese momento no me importaba gran cosa, pues tenía asuntos más urgentes de que preocuparme. Quizá, si las heridas no eran muy graves, mi adversario fuese curado y puesto a punto para otras peleas. De lo contrario, si las lesiones lo habían dejado inútil para sus amos, el destino estaba claro: lo rematarían de un tiro en la cabeza o, en el más cruel de los casos, lo abandonarían moribundo o inválido, a su suerte.
 Sentí un sabor amargo en la boca viendo cómo se llevaban al moloso. No importaba cómo había vivido ni cómo había luchado, pensé. A pesar de su lealtad y coraje, ése era el premio que aguardaba a un gladiador vencido.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Alfaguara, 2018, pp. 125-129. ISBN: 978-84-204-3269-4.]

domingo, 25 de junio de 2023

El misterio de los hititas.- C. W. Ceram (1915-1972)


C W Ceram - Alchetron, The Free Social Encyclopedia
III.-El enigma del poder

Capítulo 9: La batalla de Kades y la paz perpetua

    «De todo ello se desprende que los “inventores” de la cría caballar no fueron ni los hititas ni los hurritas. Con toda seguridad no salieron de dichos pueblos los primitivos jinetes, antes bien todo hace suponer que debemos buscar el origen de la equitación más al este, Asia adentro. Y como, por otra parte, el efecto devastador de la nueva arma, el carro de combate, estaba supeditado a la utilización de los caballos bien adiestrados, es obvio que tampoco lo inventaron los hititas.
 Pero una cosa es cierta. En medio de la confusión reinante en aquella parte del mundo, cuando a mediados del II milenio antes de J. C., iniciaron sus correrías los hurritas, los kasitas y los hicsos salvajes —sin que tengamos indicio alguno que nos permita sospechar que el núcleo principal hitita, o sea el asentado en el recodo del Halys, llegara a verse seriamente amenazado—, los hititas asimilaron todos cuantos conocimientos pudieron adquirir en materia de caballos y carros durante sus numerosos contactos con sus turbulentos vecinos.
 No sólo mejorarían los métodos de adiestramiento de los caballos, sino que, fruto de la confrontación de sus propias experiencias con las de los demás pueblos, fue el nuevo artefacto guerrero, gracias al cual iban a poder librar, y ganar, la batalla más trascendental de los tiempos antiguos; el arma cuyo solo ruido, según leemos en la Biblia, hacía templar a los sirios: el carro ligero de combate, precursor del tanque moderno autónomo.
 Es curioso que la primera consecuencia del amansamiento del caballo no fuera la creación de la caballería propiamente dicha, sino que le precediera la formación de un cuerpo de carros de combate tirados, eso sí, por caballos.
 Sorprende asimismo que después de haber empezado por desempeñar un papel tan importante en la estrategia de los pueblos del Asia Anterior, la desaparición de los hititas acarreara la de la equitación como arte y como arma de combate, pues es sabido que ni los griegos ni los romanos conocieron la “caballería” como fuerza montada, sino que tuvieron solamente jinetes.
 El carro ligero de combate, tal como lo perfeccionaron los hititas, debió de constituir una novedad tal, que bien podemos echar mano de la palabra «invento» para designarlo. Es absurdo que los asiriólogos pretendan que los sumerios ya poseían un tipo de carro de combate. Los carros de los “cabezas negras”, o sea los sumerios, claramente descritos en el Estandarte de mosaico exhumado por Woolley en Ur, eran unos vehículos pesados, de cuatro ruedas macizas, arrastrados por bueyes. Suponiendo que estos carros hubieran sido utilizados alguna vez en la guerra, su utilidad debía de ser más que problemática, y hacen pensar en los pesados armatostes de nuestra Edad Media que avanzaban lentamente por el campo de batalla siguiendo los pasos de los lansquenetes, a los que únicamente podían prestar un apoyo “moral”. Lo más probable, sin embargo, es que estos vehículos sirvieran exclusivamente para el abastecimiento de los beligerantes.
 La gran superioridad de los hititas en la guerra radicaba en la velocidad de sus carros ligeros de combate, que no iban provistos de discos macizos, sino de dos ruedas de seis rayos cada una, y cuya elegante apariencia recuerda la de un dogcart inglés del siglo pasado.
 La creación de formaciones de carros de combate de estas características revolucionó la estrategia militar de la época.
 Cada carro de combate hitita transportaba a tres hombres, o sea al conductor con un guerrero a cada lado. Y con este fantástico armatoste enfrente, cuyos caballos lanzaban relinchos salvajes y alzaban nubes de polvo amarillo, y los soldados vociferando y blandiendo armas resplandecientes. Los mejores infantes retrocedían. Si aguantaban el primer ataque, pronto advertían con terror que se encontraban prisioneros en medio de la ronda infernal de los carros de combate. Una lluvia de flechas les alcanzaba desde todas direcciones, y los cascos negros de los caballos desgarraban las filas de sus aguerridas huestes, convirtiendo el campo de batalla en un caos fantástico.
 Cierto que algunos carros se estrellaban y saltaban en pedazos, pero aun así sembraban la muerte a su alrededor, y los caballos que las picas contrarias despanzurraban, arrastraban y aplastaban a los enemigos en su lucha con la muerte.
 El sudor, el olor de sangre de los caballos y el polvo apestaban el aire; los buitres oteando la carroña, tal era el panorama de un campo de batalla de la antigüedad. A quien haya estudiado un poco la historia no se le oculta que, todas las esperanzas aparte, estas escenas se repetirán mientras existan los hombres sobre la tierra.
 No es que perdamos de vista el objeto de este libro, que es el de informar sobre el descubrimiento de la civilización hitita, pero antes de ocuparnos nuevamente de la gran batalla que acabamos de mencionar, que fue la más importante de la Antigüedad, y en la cual por primera vez ambos adversarios alinearon carros de combate, es indispensable exponer ciertos hechos para dar al que leyere una idea cabal del origen del conflicto.
 Según las investigaciones más recientes han demostrado, a la muerte de Telebino, el reino de Mitanni era la principal potencia del Oriente Medio. No obstante, parece ser que tres soberanos hititas, Tudhalia II, Hattusil II y Tudhalia III, y finalmente también Arnuanda II, lograron preservar el Imperio de todo cambio fundamental, por más que su gobierno pasara por varias crisis serias durante el reinado del tercero de ellos, que es cuando la presión exterior se hizo sentir con mayor intensidad.
 Esto sucedía alrededor de los años 1500 al 1375 antes de J. C. Es poco lo que de aquella época conocemos, pero esto no es óbice para que se le atribuya una importancia secundaria, pues ciento veinticinco años son muchos años en la historia de un pueblo.
La Cuesta de Moyano: El misterio de los hititas, de C. W. CeramAl tratar de la historia antigua —en la que se cuenta por milenios— hay que saber sustraerse a la borrachera de los números y no olvidar que cada siglo está formado por más de tres generaciones de seres humanos.
 Al rey Arnuanda le sucedió el más grande de los soberanos hititas, el «rey de reyes», el nuevo fundador de un verdadero Imperio, el Carlomagno del Oriente Medio: Shubiluliuma I (1375-1335 antes de J. C.).
 Debe de haber sido un monarca magnífico desde todos los puntos de vista, valiente hasta la exageración, audaz en las grandes ocasiones y sin escrúpulos cuando se trataba de hacer frente a situaciones difíciles.
 Pero por extraño que parezca, sobre todo en un personaje de la época, demostró un gran sentido político al tratar con gran moderación a sus enemigos vencidos. Por una parte era tolerante en materia religiosa, mientras que por la otra se preocupaba por hacer respetar estrictamente la moral y la justicia, según se desprende de los innumerables tratados concluidos durante los cuarenta años de su reinado.
 He aquí un ejemplo: casó a una hermana suya con el rey de Hayasa, y la hizo acompañar de sus hermanastras y de varias damas de honor. En Hayasa prevalecían todavía —por lo menos esta era la opinión de los hititas— costumbres bárbaras, tales como los casamientos consanguíneos y las relaciones incestuosas, de todo lo cual abomina Shubiluliuma, quien escribe así a su cuñado: “Esto no está permitido en Hattusas… y si aquí alguien lo hace le matamos”, y luego cita como ejemplo el caso de un tal Marija, a quien, según parece, su padre cogió in fraganti y lo hizo ejecutar. Y termina diciendo: “Guárdate, pues, mucho de realizar este acto por el cual un hombre ha perdido la vida”.
 La plurivalente personalidad de Shubiluliuma se nos impone porque podemos comprobar que todo lo emprende a gran escala.
 Su acción es eficacísima. Convirtió a Hattusas en plaza fuerte y durante su reinado se erigió la gran muralla para proteger el flanco sur de la ciudad. Declaró la guerra al poderoso Mitanni, cruzó el Eufrates y conquistó y saqueó la capital de los hurritas, pero entonces, en lugar de esclavizar a los vencidos, los convirtió en aliados suyos al casar a su propia hija con el príncipe Mattiwaza, heredero de Mitanni.
 Luego se apoderó de Siria y después de someter a Carquemis y Alepo, eternas manzanas de discordia en aquella región fronteriza, les dio a sus dos hijos por reyes.
 Contribuyó al éxito de sus campañas guerreras la precaria situación egipcia. El adversario egipcio, el único que hubiera podido desbaratar sus planes de conquista en Siria, no opuso sino una resistencia mínima a su política de expansión, pues por aquel entonces el faraón Amenofis IV, «el rey hereje», se encontraba bastante atareado combatiendo el politeísmo e intentando persuadir a sus súbditos a que adoraran al dios Sol. Su sucesor Tutankhamen murió a los dieciocho años.
Gracias a estas circunstancias favorables, Shubiluliuma no solamente llevó a cabo sus numerosas conquistas, sino que aún pudo consolidarlas, practicando una política verdaderamente imperial, en la que sólo entraba en cuenta el futuro de su pueblo.
 Después de una cadena de triunfos, adoptó Shubiluliuma las formas de ostentación propias de los orientales para hacer realzar su grandeza a los ojos de todos. Así, mientras sus predecesores se habían contentando con el título de rey, él se hizo llamar “Labarna, el gran rey del país de Hatti, el héroe, el favorito del dios de la tormentas”, y cuando se nombraba en los tratados, se daba a sí mismo el epíteto de “Yo, el Sol”.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Destino, 1995, en traducción de Jaime Gascón, pp. 123-126. ISBN: 978-8423325405.]

domingo, 11 de abril de 2021

El tiempo regalado. Un ensayo sobre la espera.- Andrea Köhler (1957)


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II.- Tiempo sentido

Déjalo

 «Hacer esperar es privilegio de los poderosos. Entre lo más granado de los que nos hacen esperar están los que custodian nuestro tiempo y lo consumen, voraces y displicentes. El que nos hace esperar celebra su poder sobre nuestro tiempo de vida y el hecho de que jamás lleguemos a saber si nos están haciendo esperar a propósito es lo que le confiere a este poder un carácter ominoso. La prohibición de moverse ha sido siempre prerrogativa del poder patriarcal. El que nos hace esperar nos ata a un lugar. Esto ya era así en el paraíso, violar este mandamiento nos acarreó la expulsión. Cuando esperamos a alguien, experimentamos siempre, como si fuera la primera vez, que uno no se puede marcha sin ser castigado; y si a pesar de todo lo hacemos, se nos impedirá el regreso. Todo confinamiento se caracteriza por la retirada de esa disposición que uno tiene sobre los propios ritmos y espacios. La cárcel es el lugar en el que hasta el interruptor de la luz obedece a otro dedo. El carácter totalitario de las medidas disciplinarias que enajenan al preso de cualquier segundo y de todo movimiento lo analizó en detalle Michel Foucault en Vigilar y castigar. En el contexto militar, donde a menudo la espera entraña un alto valor estratégico, el frente de batalla consiste a menudo en una exasperante inactividad. Quizá por eso se castiga con la pena de muerte la deserción en tiempos de guerra.
 De forma que condenar a esperar es una maldición, y el que condena nos tiene en su mano. Alguien –una persona, una institución- nos está imponiendo una medida temporal ajena, y lo más angustioso es que el tiempo que percibimos lo dirige otro. La espera es impotencia y que no estemos en situación de modificar este estado es una humillación que hace tambalearse al mundo. Por eso el que aguarda tiene a menudo la sensación de sufrir una injusticia, de ser castigado por algo que desconoce. Ahí está, esperando como el que recibe una tunda. Es esa pasividad, la sensación de ser un condenado, lo que nos provoca el dolor y la vergüenza en la espera.
 No por nada la tortura de la espera se ha convertido en símbolo de la autoritaria arbitrariedad de todo aparato burocrático y quintaesencia de los estados dictatoriales. El despacho es la auténtica antesala de la modernidad. Aquí el sinsentido de la espera se vierte, como un veneno en el sistema nervioso del que aguarda. Siegfried Kracauer ha descrito en un texto sobre las oficinas de la administración berlinesa de desempleo en los años treinta el efecto desmoralizador de las salas de espera públicas: “Aquí la pobreza se entrega a su propia contemplación. Bien se ufana con manchas bien visibles y trapos, bien se retira, con burguesa vergüenza, a un rincón. […] Si en uno de sus extremos es capaz de cubrirse, es seguro que en otro destacará con mayor furor. […] Y así, expuestas a un contacto directo, las personas sentirán una redoblada opresión en la espera. Buscan pasar el rato de todas las maneras imaginables. Pero hagan lo que hagan, el sinsentido no les deja en paz […] Los mayores quizá terminen reconciliándose con la espera como un compañero; mas para los jóvenes parados es un veneno que los va taladrando lentamente”.
 Cierto que hoy la situación de los parados es distinta a la de entonces, pero sigue siendo verdad que la irradiación de estos espacios oficialmente uniformes refleja las condiciones sociales predominantes. Kracauer los llamaba “sueños de la sociedad”, jeroglífico cuyo descifrado deja al descubierto la “base de la realidad social”. Todo lo negado, todo lo que se ha barrido bajo la alfombra, saldrá finalmente a la luz. El que espera en las antesalas de la administración es mejor que no sepa con qué o con quién se las tiene que ver.
 Siempre se percibe en estos espacios la sensación de que se trata de domesticar a quien espera: el mobiliario gastado, la desnuda luz de neón, números que te asignan un lugar exacto en la cola, la acre transpiración del suplicante. Esta deprimente arquitectura para peticionarios de todo color dicta también la triste realidad de estos asilos y campos de tránsito en los que la espera de un futuro mejor no es más que un ínterin entre huida y expulsión. Y aunque tales escenarios comiencen a ceder ante el diseño frío que imponen las sociedades de servicios, sobre los pasillos de linóleo permanecerá siempre el rastro de esta larga historia de la demora burocrática. En ellos anida la oscura esencia de la espera.
 Este tiempo absurdamente perdido en el laberinto de la burocracia lo asió en primer lugar Kafka en una metáfora existencial. Su carácter masivo, capaz de atrapar una vida y un cuerpo, se fija para siempre, como emblema de la modernidad, en la figura del empleado de seguros Gregor Samsa convertido en escarabajo. El horror del que despierta es el contrapunto de esa ensoñada búsqueda del tiempo perdido de Marcel  Proust. “Durante mucho tiempo me acosté temprano” – “Al despertar una mañana, tras un sueño inquieto, Gregor Samsa se encontró convertido en un monstruoso insecto”, rezan las frases iniciales de dos empresas literarias radicalmente distintas: una vende su alma al pasado; la otra, a la inutilidad. Proust y Kafka son nuestros testigos privilegiados de la transición hacia el tiempo acelerado, y Franz Kafka es el primero que enjuicia en sus novelas al hombre administrado. El hombre que dilapida su vida ante una puerta en la célebre parábola “Ante la Ley” –retenido únicamente por un cargo menor, o por su propia pusilanimidad- de la novela El proceso es el medroso hombre de la era moderna. “Déjalo”, tal el horror de su final, ante el cual decae toda expectativa.
 “Ante la Ley hay un guardián. A este guardián le llega un hombre del campo y le ruega que le deje entrar en la Ley. Pero el guardián le dice que no puede entrar aún. El hombre reflexiona y pregunta si, entonces, podrá entrar más tarde. ‘Es posible’, dice el guardián, ‘pero no ahora’. Como la puerta de la Ley está abierta como siempre y el guardián se echa a un lado, el hombre se asoma para mirar por la puerta al interior. Cuando el guardián lo ve, se ríe y dice: ‘Si tanto te atrae, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero ten en cuenta una cosa: soy poderoso. Y sólo soy el más humilde de los guardianes. Sin embargo, sala tras sala hay otros guardianes, cada uno más poderoso que el anterior. Ni siquiera yo puedo soportar ya la vista del tercer guardián’. […]
 El hombre del campo no había previsto aquellas dificultades; la Ley, piensa, debería ser accesible siempre y para todos, pero cuando mira con más atención al guardián, con su abrigo de piel, su gran nariz puntiaguda y su barba tártara escasa y negra, prefiere recibir autorización para entrar. El guardián le da un taburete y le permite sentarse a un lado de la puerta. Allí pasa días y años”.
 El guardián, que para el “campesino” que no reconoce cuál es su situación llega a convertirse en el pilar de la espera, es el ángel caído que frustra su regreso al paraíso burgués proustiano: “El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para su viaje, lo utiliza todo, por precioso que sea, para sobornar al guardián. Este lo acepta todo, pero al hacerlo dice: ‘Lo acepto sólo para que no creas que has dejado de intentarlo todo’. Durante todos esos años el hombre observa casi ininterrumpidamente al guardián. Olvida  a los otros guardianes, y ese primero le parece el único obstáculo para entrar a la Ley. […] Finalmente, su vista se debilita y ya no sabe si realmente se ha hecho más oscuro a su alrededor o si sólo lo engañan sus ojos. Sin embargo, percibe ahora en la oscuridad un resplandor que brota inextinguible de la puerta de la Ley. No vivirá ya mucho. Antes de su muerte, todas las experiencias de todo ese tiempo se acumulan en su cabeza en una pregunta que hasta entonces no ha hecho el guardián […]: ‘¿Qué quieres saber aún?’, le pregunta el guardián. ‘Eres insaciable’. ‘Todos ansían llegar a la Ley’, dice el hombre, ‘¿cómo puede ser que, en todos estos años, nadie más que yo haya solicitado entrar?’ El guardián se da cuenta de que el hombre se está muriendo y, para hacer llegar las palabras a su oído, que se va perdiendo, le grita. ‘Por aquí no podía entrar nadie más, porque esta entrada te estaba sólo destinada a ti. Ahora me iré y la cerraré’.”
 Esta parábola, que entraña lo principal de la novela El proceso, constituye un alarde sobre la espera que se agota en sí misma. Como los héroes de los laberintos inexplorados de Kafka, atisbamos ese brillo a lo lejos y no nos atrevemos a seguirlo, porque los mil pequeños obstáculos que se interponen nos parecen tan poderosos como al campesino el guardián. Sólo llegamos a ver la realidad cuando ya es tarde; el que lleva toda una vida esperando comprende al fin: “Esta entrada te estaba sólo a ti destinada”. Medio siglo después, el poeta americano Robert Lowell recoge este tope de nuestro horizonte de espera en la expresión: “La luz al final del túnel es la del tren que se nos viene encima”.
[…]

III.-El titubeo antes del nacimiento
El tiempo es oro

 Podríamos describir la modernidad –en la medida en que cabe concebirla como historia de la movilidad- como un proceso de acortamiento de los tiempos de espera; la técnica trabaja en la eliminación de los intervalos entre tiempos y espacios. Sin embargo, no fue hasta 1800 cuando esta tendencia liberó los procesos por medio de los cuales se crea el fenómeno de la “velocidad”. A partir de la revolución industrial la vida se mide en tiempo fundamentalmente secular. La manía de ver las horas del día como un presupuesto disponible es producto de una economía mundial de la aceleración, cuyo correlato aparentemente privado es la agenda cuajada de citas. No puede haber huecos, sería una mancha. En el momento en que ya sólo se experimenta el tiempo como retraso, nos encontramos plenamente bajo el dictado de esa pulsión explotadora que responde sucintamente a la divisa “el tiempo es oro”. Este principio se basa, como todos sabemos, en la paradoja de que con cada ahorro de tiempo crece la falta de tiempo.
 Aquello que esta era de la aceleración ha supuesto como ahorro objetivo en tiempo se representa bajo la perspectiva de las tecnologías y nuevas formas de comunicación como improductiva dilapidación de tiempo y dinero. Las distancias son menores, los espacios más estrechos y las unidades de medida del tiempo, fracciones cada vez más pequeñas. Al mismo tiempo, en los centros de la sociedad móvil va creciendo la fila de los que esperan. Ya sea en la antesala del negociado o al final de la cola: la experiencia esencial es una sensación de pérdida de tiempo. Tiempos muertos en las estaciones de tren, los aeropuertos, en los vestíbulos de la vida: “Espere, por favor” es el mantra de una retórica apaciguadora, que, cual incesante cantinela, erige a la paciencia en virtud cardinal de nuestra sociedad de servicios.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Libros del Asteroide, 2018, en traducción de Cristina García Ohlrich, pp. 46-52 y 85-86. ISBN: 978-84-17007-33-1.]    
                 

sábado, 11 de julio de 2020

Sueños de tierra y cielo.- Freeman Dyson (1923-2020)

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1.-Nuestro futuro biotecnológico
Tecnología verde

  «La domesticación de la biotecnología en la vida cotidiana puede ser también útil en la solución de problemas prácticos económicos y medioambientales. Una vez que una nueva generación de niños haya crecido, como ellos conocerán los juegos de biotecnología, igual que ahora nuestros nietos conocen los juegos de ordenador, la biotecnología ya no parecerá algo extraño y ajeno. En la era de la biología de código abierto, la magia de los genes será accesible a cualquier persona con la capacidad y la imaginación suficientes para utilizarla. La biotecnología tendrá vía libre para moverse en la corriente del desarrollo económico, para contribuir a resolver algunos de nuestros problemas sociales más acuciantes y para mejorar la condición humana en toda la Tierra. La biología de código abierto puede ser una herramienta poderosa que nos dé acceso a la abundante y barata energía solar.
 Una planta es una criatura que utiliza la energía de la luz solar para convertir agua, dióxido de carbono y otros elementos simples en raíces, hojas y flores. Para poder vivir, necesita recibir la luz solar, pero la utiliza con una baja eficiencia. Las plantas de cultivo más eficientes, como la caña de azúcar o el maíz, convierten el uno por ciento de la luz solar recibida en energía química. En cambio, los colectores solares artificiales hechos de silicio lo hacen mucho mejor. Las células solares de silicio pueden convertir la luz solar en energía eléctrica con una eficiencia de un quince por ciento, y la energía eléctrica puede convertirse en energía química sin mucha pérdida. Podemos imaginar que en el futuro, cuando hayamos dominado el arte de la ingeniería genética con plantas, produciremos nuevas plantas de cultivo que tengan hojas de silicio y sean capaces de convertir la luz solar en energía química de una manera diez veces más eficiente que las plantas naturales. Estas plantas de cultivo artificiales reducirán la superficie de terreno necesaria para la producción de biomasa en un factor de diez. Se parecerán a las plantas naturales excepto en sus hojas, que serán negras (el color del silicio) en lugar de verdes (el color de la clorofila). Sólo me pregunto cuánto tiempo nos llevará conseguir que crezcan plantas con hojas de silicio.
 Si la evolución natural de las plantas hubiera sido impulsada por la necesidad de una mayor eficiencia en el aprovechamiento de la luz solar, las hojas de todas las plantas serían negras. Las hojas negras absorberían la luz solar con mayor eficiencia que las de cualquier otro color. Obviamente, la evolución de las plantas se vio impulsada por otras necesidades, en particular por la de protegerse del sobrecalentamiento. Para una planta que crece en un clima cálido, es una ventaja reflejar tanto como le sea posible la luz solar que no utilice para su crecimiento. Como hay tanta, no es importante que la utilice con la máxima eficiencia. Las plantas han evolucionado con clorofila en sus hojas para absorber los útiles componentes rojo y azul de la luz solar y reflejar el verde. Por eso es razonable que las plantas de climas tropicales sean de color verde. Sin embargo, esta lógica no explica por qué las de climas fríos, donde la luz solar es escasa, son también verdes. Cabe imaginar que, en un lugar como Islandia, el sobrecalentamiento no sería un problema y las plantas con hojas negras, que utilizarían la luz del sol de manera más eficiente, tendrían una ventaja evolutiva. Por alguna razón que no comprendemos, nunca aparecieron plantas naturales con hojas negras. ¿Cuál es el motivo? Quizá no logremos entender por qué la naturaleza no tomó esta ruta hasta que la hayamos recorrido nosotros mismos.
 Después de haber explorado esta ruta hasta el final, cuando hayamos creado nuevos bosques de plantas de hojas negras que puedan utilizar la luz solar de manera diez veces más eficiente que las plantas naturales, nos enfrentaremos a un nuevo conjunto de problemas ambientales. ¿Quién estará autorizado a cultivar plantas de hojas negras? ¿Permanecerán éstas acotadas como variedades artificiales o invadirán y cambiarán para siempre la ecología natural? ¿Qué haremos con los residuos de silicio que estas plantas dejen tras de sí? ¿Seremos capaces de diseñar toda una ecología de microbios, hongos y lombrices que se alimenten de silicio para mantener las plantas de hojas negras en equilibrio con el resto de la naturaleza y poder reciclar ese silicio? El siglo XXI nos traerá nuevas y poderosas herramientas de ingeniería genética con las que manipular nuestros cultivos y nuestros bosques. Y con las nuevas herramientas surgirán nuevos interrogantes y nuevas responsabilidades.
 La pobreza es uno de los grandes males del mundo moderno. La falta de trabajo y de oportunidades económicas en las poblaciones pequeñas impulsa a millones de personas a emigrar de los pueblos a ciudades superpobladas. La continua emigración provoca enormes problemas sociales y medioambientales en las principales urbes de los países pobres. Los efectos de la pobreza son más visibles en las ciudades pero las causas se encuentran principalmente en los pueblos. Lo que el mundo necesita es una tecnología que ataje el problema de la pobreza rural de raíz, mediante la creación de riqueza y puestos de trabajo en los pueblos. Una tecnología que cree industrias y posibilidades de hacer carrera en las zonas rurales ofrecería a sus pobladores una alternativa práctica a la emigración. Se les daría la oportunidad de sobrevivir y prosperar sin sufrir desarraigo.
Sueños de tierra y cielo eBook: Dyson, Freeman: Amazon.es: Tienda ... El desequilibrio de riqueza y población entre los pueblos y las ciudades es uno de los principales hechos de la historia de la humanidad durante los últimos diez mil años. La emigración del campo a la urbe está sin duda asociada al tránsito de un tipo de tecnología a otro. Encuentro conveniente llamar "verde" y "gris" a los dos tipos de tecnología. Del adjetivo "verde" se han apropiado de manera abusiva diversos movimientos políticos, sobre todo en Europa, por lo que debo explicar claramente en qué pienso cuando hablo de verde y de gris. La tecnología verde se basa en la biología y la tecnología gris en la física y la química.
 En términos generales, la tecnología verde es la que dio origen a las comunidades rurales hace diez mil años con la domesticación de plantas y animales, la invención de la agricultura, la cría de cabras, ovejas, caballos, vacas y cerdos y la producción de tejidos, quesos y vinos. La tecnología gris es la que, cinco mil años más tarde, dio origen a las ciudades y a los imperios con la fundición del bronce y el hierro, la invención de los vehículos con ruedas y las carreteras pavimentadas, la construcción de barcos y carros de guerra, y la fabricación de espadas, armas de fuego y bombas. La tecnología gris produjo asimismo los arados de acero, los tractores, las cosechadoras y las plantas de procesamiento, que volvieron a la agricultura más productiva y transfirieron gran parte de la riqueza generada por los agricultores de los pueblos a las empresas radicadas en las ciudades.
 Durante los primeros cinco mil años de los diez mil de civilización humana, la riqueza y el poder pertenecieron a las poblaciones pequeñas con tecnología verde, y durante los cinco mil años siguientes, pertenecieron a las ciudades con tecnología gris. Desde hace unos quinientos años que la tecnología gris se ha vuelto cada vez más dominante pues aprendimos a construir máquinas que utilizan la energía del viento, el agua, el vapor y la electricidad. En los últimos cien años, la riqueza y el poder se han concentrado aún más en las ciudades conforme avanza la tecnología gris. A medida que las ciudades se hacen más ricas, la pobreza rural aumenta.
 Este bosquejo de los últimos diez mil años de historia human sitúa el problema de la pobreza rural en una nueva perspectiva. Si dicha pobreza es una consecuencia del crecimiento desequilibrado de la tecnología gris, es posible que un cambio en la balanza de gris a verde la haga desaparecer. Éste es mi sueño.»
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Debate, 2017, en traducción de Joaquín Chamorro Mielke. ISBN: 978-84-9992-707-7.]