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sábado, 15 de mayo de 2021

Idea del hombre.- Pedro Laín Entralgo (1908-2001)


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Tercera parte.- Intelección de la realidad del hombre: teoría

Capítulo II.- Conciencia de lo real
IV.- El enigma de la conciencia

  «En su condición evolutiva y analógica –por tanto, desde la ameba hasta el hombre-, la realidad de la conciencia  es para nuestra mente un enigma, si uno se plantea con seriedad el problema de saber lo que efectivamente es. “Nunca existirá un Newton de la yerbezuela”, escribió Kant. Quería decir: mediante su razón científica, Newton conoció de manera evidente la dinámica celeste y terrestre del cosmos; pero la razón científica nunca podrá conocer con evidencia lo que la yerbezuela en sí misma es, su “cosa en sí”, el hecho de que en ella posea la naturaleza un sentido cognoscible, una “técnica intencional”, en expresión del propio Kant. En cuanto modo científico de la razón pura, la ciencia sólo puede conocer el “fenómeno” de la yerbezuela, no su “númeno”. Pero esto, ¿no podría decirse de la hazaña de Newton ante la realidad del cosmos? La idea de la gravitación universal y su ley matemática nos dieron a conocer, y no de un modo total y absolutamente cierto e invariable, una parcela del fenómeno del cosmos, en modo alguno su númeno, lo que el cosmos en sí mismo es. En su conjunto (cosmos) y en cada uno de los entes que lo componen (vivientes o no), lo real es últimamente enigmático. Mediante la ciencia y la filosofía, nuestra inteligencia puede acercarse a su conocimiento de una manera más o menos profunda y razonable, mas no pasar de ahí.
 Frente al hecho de la conciencia, sea ésta animal o humana, no son pocos los que, movidos por la actitud mental que Popper llamó “materialismo prometedor”, piensan que si ese hecho hoy nos parece enigmático, mañana dejará de serlo. El eminente psicólogo y filósofo J. B. Searle escribía hace pocos años: “El misterio de la conciencia es hoy aproximadamente lo que era el misterio de la vida antes de la biología molecular o el misterio del electromagnetismo antes de las ecuaciones de Maxwell. Parece la conciencia misteriosa porque no conocemos cómo opera el sistema neurofisiología/conciencia; un conocimiento adecuado de cómo lo hace eliminaría tal misterio. Más aún: el hecho de que podamos concebir como posibilidad que ciertos estados del cerebro pueden no causar los correspondientes estados de conciencia, simplemente depende de nuestra ignorancia acerca del modo como opera el cerebro”.
 Discrepo de tan ilustre opinante. Las ecuaciones de Maxwell son sin duda portentosas. Repitiendo palabras de Goethe, el gran físico Boltzmann se preguntaba ante ellas: “¿Quién es el dios que ha escrito estos signos?” Pero esas ecuaciones, tan importantes para dar razón científica del electromagnetismo, ¿nos dicen acaso lo que es la materia, realidad de que la electricidad y el magnetismo son parcial expresión? Siglo y medio después de que Maxwell las formulara, los físicos y los filósofos andan a vueltas con el enigma de lo que en sí mismo sea ese ente multiforme a que damos el nombre de “materia”. Otro tanto podría decirse de lo que respecto de la ameba y del cerebro humano enseña la biología molecular.
 Vuelvo a lo dicho. Cuando se enfrenta con ultimidades –comenzando por las que Kant llamó númenos o “cosas en sí”-, la mente humana se ve forzada a optar entre dos términos: la utópica, irrealizable esperanza en el saber del porvernir, y la atribución de un carácter últimamente enigmático a la realidad, cualquiera que sea el modo en que se nos presente. Que la meta de esa utopía es inalcanzable, claramente lo demuestra el hecho de que haya existido y siga existiendo una historia del pensamiento. Desde los presocráticos hasta hoy vienen persiguiendo los filósofos una respuesta definitiva a la pregunta por lo que la realidad sea, y no parece que tal intento pueda tener fin; con toda explicitud escribió Aristóteles que nunca acabarán los hombres de preguntarse por el ser. “Lo último será siempre incierto, y lo cierto siempre será penúltimo”, he dicho más de una vez.
 Pero afirmar la radical enigmaticidad de lo real no equivale a declarar inútil el intento de intentar penetrar intelectualmente en ella. La verdadera grandeza intelectual del hombre y una parte esencial de su grandeza ética se la da el esfuerzo de moverse hacia el progresivo conocimiento de lo real y enigmático, crea o no crea en la posibilidad metahistórica de lograr su empeño; ética e intelectualmente, el trabajo creador del homo viator será siempre superior a la esforzada pero utópica ilusión de Sísifo. En la historia del conocimiento del cosmos, Ptolomeo, Copérnico, Newton, Herschel, Einstein y los cosmólogos ulteriores al descubrimiento astronómico de Hubble han ido proponiendo respuestas cada vez más y más razonables. El hecho de que la realidad del cosmos sea últimamente enigmática para el hombre, ¿priva de valor intelectual y ético a esa formidable serie de hazañas científicas?
 En la conciencia humana, modo supremo del fenómeno biológico de la percatación de lo real, tiene una de sus propiedades sistemáticas la estructura dinámica que en la evolución del cosmos es el hombre; propiedad cuyo sujeto agente es la totalidad de esa estructura, puesto que también la cenestesia tiene parte en la percepción de la realidad propia, pero anatómica y funcionalmente centralizada en el cerebro. La actividad cerebral, en consecuencia, no es el instrumento somático de un alma espiritual capaz de autoconciencia y no consciente por sí misma, es realmente la conciencia. ¿Cómo? He aquí el enigma.
Resultado de imagen de lain entralgo idea del hombre Coincidiendo de algún modo con un aspecto del pensamiento zubiriano, el neurofisiólogo P. S. Rose invitaba hace unos años a distinguir uno de otro el concepto de “causa” y el de “correlación entre niveles de explicación”. Escribe: “Estados bioquímicos especiales se corresponden con aspectos de conducta también especiales, no porque la bioquímica sea causa de la conducta, sino porque es la conducta vista en un nivel de análisis diferente y expresada en un lenguaje también diferente. Conexiones sinápticas modificadas no son causa de la memoria, son la memoria. El disparo de las neuronas del hipotálamo y de otras regiones del cerebro no es causa del hambre, es el hambre”. Tesis esta que los dualistas y los mentalistas admitirán sin reparo para explicar la conducta, la memoria, el hambre y la conciencia del chimpancé, pero que tajantemente rechazarán en el caso del hombre.
 Dicen los mentalistas que los actos mentales no pueden ser entendidos si se les considera como actividades del cerebro, tanto por su inmediatez (la evidencia y la decisión son subitáneas y no procesales), como por su no espacialidad (frente a la esencial espacialidad de los procesos cerebrales) y por su intencionalidad (el hecho de hallarse esencialmente “referidos a”). Pero ni la evidencia ni la decisión son actos rigurosamente instantáneos (la vivencia de instantaneidad sólo aproximativamente expresa el carácter realmente procesal de uno y otro fenómeno; así lo han mostrado las observaciones experimentales de Kornhuber y de Roland), ni puede afirmarse, salvo que cartesianamente se admita la oposición entre la res cogitans y la res extensa, que los actos mentales nada tienen que ver con la extensión y el espacio, ni cabe desconocer que de algún modo es “conciencia-de” la actividad cerebral y no mental del chimpancé cuando conoce a sus semejantes y se conoce a sí mismo. No. La peculiaridad de los actos mentales en cuanto preponderantemente, no exclusivamente, psíquicos, depende de los métodos con que pueden y deben ser detectados –la introspección, la comprensión- y de los conceptos para expresar sus resultados, no de que sean obra de una mente no corporal. Puede y debe hablarse, sí, de actos mentales, pero no de una mente contradistinta del cuerpo. De la “mente” debe decirse lo que de “la conciencia” dijo W. James, que no es entidad, sino modo de actividad; o lo que reiteradamente ha escrito Zubiri, que es una abusiva y errónea sustantivación de los actos llamados mentales. Actividad, añado yo, de la unitaria realidad estructural a que pertenecen tanto la operación cerebral que llamamos “conciencia” como la operación gastrointestinal a que damos el nombre de “digestión”.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1996, pp. 150-153. ISBN: 84-226-6148-9.]  

lunes, 22 de julio de 2019

Prolegómenos.- Immanuel Kant (1724-1804)


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Tercera parte: ¿Cómo es, en general, posible la metafísica?
Observación previa para la dialéctica de la razón pura
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II.-Ideas cosmológicas 

«Este producto de la razón pura, en su uso trascendente, es el fenómeno más notable de la misma, el cual actúa, asimismo, más firmemente que todos, para despertar a la filosofía de su adormecimiento dogmático y para moverla hacia el trabajo difícil de la crítica de la razón.
 Yo llamo a esta idea cosmológica, porque toma siempre su objeto solamente del mundo de los sentidos y no necesita otro alguno que aquel cuya materia es un objeto de los sentidos; por consiguiente, en cuanto es propio de este mundo y no trascendente, no es idea alguna; al contrario, concebir el alma como una sustancia simple, es tanto como concebir un objeto (el objeto simple) que no puede ser representado, en modo alguno, por los sentidos. Sin embargo, la idea cosmológica extiende tanto el enlace de lo condicionado con su condición (sea matemática o dinámicamente), que la experiencia no se le puede igualar nunca, y es siempre, en consideración a este punto, una idea cuyo objeto no puede ser jamás dado adecuadamente en experiencia alguna.

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 En primer lugar, la utilidad de un sistema de las categorías, se muestra aquí tan clara y manifiestamente que, si no hubiese más pruebas, esta sola bastaría para probar su condición de indispensable en el sistema de la razón pura. Tales ideas trascendentales no son más que cuatro, tantas como clases de categorías; pero, en cada una de ellas, se refieren solamente a la totalidad absoluta de la serie de condiciones para un condicionado dado. Según estas ideas cosmológicas, hay también sólo cuatro clases de afirmaciones dialécticas de la razón pura que, puesto que son dialécticas, prueban, por esto mismo, que, frente a cada una de ellas, según principios tan aparentes de la razón pura, está dada otra contradictoria, cuya contradicción no puede impedir arte alguno metafísico de la distinción más sutil, sino que obliga al filósofo a retroceder hasta la fuentes primeras de la razón misma. Esta antinomia, que no es algo inventado a capricho, sino fundado en la naturaleza de la razón humana y, por consiguiente, inevitable y sin fin, contiene, pues, las cuatro siguientes proposiciones juntamente con sus contrarias:
 
1.-Proposición: El mundo posee, según el tiempo y el espacio, un principio (límite).
Contradicción: El mundo, según el tiempo y el espacio, es infinito.
 
2.-Proposición: Todo el mundo se compone de lo simple.
Contradicción: No hay nada simple, sino que todo es compuesto.
 
3.-Proposición; Hay en el mundo causas libres.
Contradicción: No hay libertad, sino que todo es Naturaleza.
 
4.-Proposición: En la serie de las causas del mundo hay algún ser necesario.
Contradicción: Nada hay necesario, sino que, en esa serie, todo es contingente.

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 Este es, pues, el fenómeno más extraordinario de la razón humana, del cual no se puede mostrar ejemplo alguno, en otro caso, en cualquier otro empleo de la misma. Si concebimos, como ocurre ordinariamente, los fenómenos del mundo de los sentidos como cosas en sí mismas, si aceptamos los principios de su relación como principios que valen generalmente para las cosas mismas, no puramente para la experiencia, como ocurre igualmente de ordinario y sin nuestra crítica, se manifiesta un no supuesto antagonismo que nunca puede ser resuelto por el camino dogmático ordinario, porque, tanto la proposición como su contraria, pueden ser demostradas como pruebas de igual evidente claridad e igualmente indiscutibles (pues de la exactitud de todas estas pruebas garantizo) y la razón se ve en lucha consigo misma; estado sobre el cual se regocija el escéptico, pero que al filósofo crítico induce a la reflexión y a la inquietud.»
 
      [El texto pertenece a la edición en español de Alba Libros, 1998. ISBN: 84-89592-51-9.]

miércoles, 8 de mayo de 2019

Adiós a la verdad.- Gianni Vattimo (1936)

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Tercer capítulo
Filosofía y emancipación

«Entre las consecuencias de la crisis del comunismo mundial y del olvido en el que ha caído Marx, también puede mencionarse la pérdida de confianza en el poder emancipador de la filosofía, o sea, en su capacidad de producir efectos prácticos en la vida individual y colectiva de la humanidad. Pensando que haya quedado demostrado que Marx no tenía razón (a causa del fracaso de la revolución comunista en la URSS, en China y, de forma más reciente, en Cuba), también queda rechazada su famosa undécima proposición de las "Tesis sobre Feuerbach", que reclamaba a la filosofía la tarea de no limitarse a interpretar el mundo, sino más bien de transformarlo. Pienso que también la condición de guerra (infinita) en la cual nos encontramos hoy tiene una de sus raíces, no tan marginal como podría creerse, en la renuncia de la filosofía a su responsabilidad histórica y política. Cuando las armas de la crítica dejan de hacerse escuchar (por la opinión pública, por los políticos, etc.), podría decirse, volviendo a emplear una expresión de Marx, que es la crítica de las armas la que toma la palabra. No quiero exagerar la importancia del "factor filosofía" en el contexto de las relaciones internacionales, pero al menos puede observarse que las guerras en Afganistán e Iraq se han desencadenado en un momento y por decisión de un país en el que la filosofía ha ido reduciéndose a una función académica, un asunto de especialistas que discuten problemas de lógica y de epistemología en sus departamentos universitarios bien protegidos y con relaciones casi inexistentes con la opinión pública. Esta consideración no se opone a la otra, muy conocida, según la cual la violencia ("terrorista", como se la llama) y la guerra se inspiran en la fe religiosa (musulmana por un lado, cristiana fundamentalista por el otro). El factor religioso es con certeza un asunto de creencias y mentalidades, pero no es exactamente un asunto filosófico en el sentido crítico del término.
 Bajo la influencia de la dominación práctica y económica de la técnica y de sus realizaciones en todos los ámbitos de la vida humana, la filosofía ha encontrado la razón de su "reducción" a pura función "descriptiva" de la condición humana (pienso en las conclusiones a menudo "tautológicas" de la fenomenología), o bien a función auxiliar de las ciencias experimentales (lógica, epistemología, etc.), función de la cual las ciencias "duras" no tienen necesidad alguna pues son capaces de organizarse con plena autonomía y con gran eficacia. Es la razón por la cual, en el esfuerzo por explorar la posibilidad de una filosofía de alcance emancipador, la segunda proposición-guía que quiero citar, después de la undécima tesis sobre Feuerbach, es la mucho más "escandalosa" afirmación de Heidegger según la cual "la ciencia no piensa". Escandalosa en cuanto representa el principal obstáculo en todas las discusiones sobre las relaciones entre la filosofía contemporánea, al menos aquella que no se "reduce" a uno de los dos sentidos que he citado, y las ciencias. El escándalo depende, como ocurre con frecuencia, de la ignorancia del significado preciso de la proposición heideggeriana, que ante todo es, en rigor, kantiana. En efecto, es en Kant donde se encuentra la raíz primera de esta tesis: la ciencia conoce los fenómenos, aplicando los a priori de la razón, espacio tiempo y categorías; el pensamiento, por su parte, tiene por "objeto" el numen, que no puede ser propiamente conocido en el ámbito del fenómeno, sino sólo "pensado". Sin embargo, como sabemos, es precisamente a nivel del numen que se juegan las cuestiones más decisivas para nuestra existencia humana y también para el conocimiento del mundo en general. ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo esperar? Las tres cuestiones que Kant considera fundamentales no son, en modo alguno, cuestiones a las que la ciencia pueda responder.
 Ni siquiera la primera, en rigor, es un asunto de conocimiento. La Crítica de la razón pura no es discurso "objetivo" de tipo científico. Cuando la filosofía se propone volverse una ciencia rigurosa (el sueño de Husserl, que él declara ausgeträumt, terminado, pero que de cualquier modo sigue siendo el ideal de gran parte de la fenomenología, por no hablar de la filosofía anglosajona), pierde toda capacidad de satisfacer el llamado marxista de la undécima tesis sobre Feuerbach, así como el de Heidegger a pensar, a ejercitar nuestra capacidad de escucha del ser y a no reducirnos a razón calculante.
 De acuerdo, podrá decirse: aceptamos el llamado de Marx y de Heidegger, ¿pero qué significa entonces pensar, si no es igual al conocimiento que aplica reglas rigurosas y utiliza métodos bien fundados? Si intentamos responder a la pregunta escuchando a los dos pensadores recién mencionados, asumiendo, como veremos con muchas buenas razones, una cercanía de fondo entre ellos (a su vez "escandalosa", lo reconozco), se llegará a la tercera proposición que me guía en la presente reflexión, una vez más una reflexión de Heidegger: "El pensamiento es pensamiento del ser", en los dos sentidos del genitivo. Pensar el ser (en sentido objetivo) es también pensamiento que pertenece al ser, en el sentido subjetivo de la expresión.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gedisa, 2010, en traducción de María Teresa d'Meza. ISBN: 978-84-9784-167-2.]
  

viernes, 18 de mayo de 2018

Siete narraciones extraordinarias.- Juan José Benítez (1946) y otros autores


 
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El "asunto coagulado" que cayó del cielo

«Esta vez, lo "extraordinario" vino a suceder en un recoleto pueblo zamorano. A decir verdad, durante un par de días, los vecinos de Faramontanos de Tábara creyeron que habían sido visitados por algo celestial...
 Los hechos comenzaron en un despejado y frío 25 de febrero, a las 14:10 horas. En esas primeras horas de la tarde, dos vecinas de la referida localidad se hallaban a la puerta de su casa, a la espera de sus respectivos maridos. Y de pronto, María González y su hija, Josefa Alonso, escucharon un agudo y prolongado silbido, muy similar al producido por un balín de escopeta.
 Acto seguido, las mujeres sintieron un golpe seco. Volvieron la vista hacia el lugar y, perplejas, acertaron a ver -en mitad del pueblo- un objeto blancuzco que, a consecuencia del impacto, se había partido en tres porciones. Curiosas y alarmadas cubrieron los veinte metros escasos que las separaban del punto en cuestión, descubriendo "algo" que describieron como una "masa de color blanco sucio, con apariencia de hielo y manchado con franjas ambarinas".
 Ni corta ni perezosa, María recogió los trozos y acudió presurosa hasta el domicilio de sus vecinos, Manuel y Petra Espada.
 A partir de ese momento, Faramontanos se vería sumido en una especie de pesadilla. Los enigmáticos trozos, de unos quince centímetros cada uno y poco más de un kilo de peso, fueron pasando de mano en mano, sugiriendo las más peregrinas y audaces interpretaciones. Para Manuel Espada, por ejemplo, "aquello" no era otra cosa que un "asunto coagulado", caído del cielo. Para otros, quizás los restos de un ovni...
 La cuestión es que, después de no pocas elucubraciones, el señor Espada optó por guardar las tres porciones en una bolsa de galletas y conservarlas en el frigorífico. Entre otras razones, porque el "asunto coagulado" se hacía cada vez más pequeño y más oscuro.
 "Sin embargo - me especificó Manuel-, fíjese lo que son las cosas. Los trozos no perdían agua. Yo no sé si se trata de hielo, como aseguran algunos. Lo que sí puedo decirle, porque conozco bien el hielo, es que no se trata de hielo común y corriente. Además, dígame, ¿puede caer hielo de un cielo azul?"
 Naturalmente, el depositario del "asunto coagulado" acudió presto al cura párroco del pueblo, Diego Miñambres, por aquello de ser hombre más letrado. Alguien, probablemente con más ganas de mortificar al personal que de establecer la naturaleza del "fenómeno", había propalado la idea de que estaban ante un "peligroso veneno, arrojado por rusos o americanos, con muy oscuros intereses".
 Tras examinarlo, el señor cura sólo pudo encogerse de hombros. De haber acaecido semejante enredo en plena Edad Media, lo más probable es que el clérigo de turno hubiera puesto el "asunto coagulado" en manos de la autoridad eclesiástica, encargada de velar por la pureza de la fe. (No en vano, en tales tiempos, "herejes" como el húngaro Chladni difundían la absurda hipótesis -contra natura y contra la ciencia- de que "caían piedras del cielo".)
 No fue éste el caso del pueblo zamorano, gracias a Dios, y el "asunto coagulado", cada vez más mortificante y misterioso, fue a parar a manos del señor galeno, José Antonio León, quien, tras intentar desmenuzar una de las porciones, se encogió igualmente de hombros, apuntando tan sólo que "allí aparecían ciertas sustancias grasas". La cosa, como es fácil de intuir, iba complicándose por momentos.
 Y la noticia, en fin, trascendió las fronteras de la, hasta ese día, sosegada población y, como es lógico, la Guardia Civil tuvo que tomar cartas en el lance. A las ocho de la noche de ese mismo día, la Benemérita se presentaba en el domicilio de Manuel Espada levantando el correspondiente y obligado atestado sobre el "asunto coagulado".
 Pero los trozos seguían mermando -dos de ellos terminarían por fundirse en uno solo- y por consejo del teniente coronel-jefe de la Comandancia de Zamora capital, Ángel Bajo Montero, Manuel Espada se puso a la búsqueda de un frasco hermético en el que depositar y proteger los enigmáticos restos llegados del cielo. Y como suele ocurrir en todos los sucesos de cierta importancia, no hubo forma de encontrar un solo frasco...
 El caso es que a eso de las once y media de la noche, la Guardia Civil regresaba a la vivienda de Espada, con un farmacéutico y varios tarros. Mas, ¡oh frívola fortuna!: los frascos eran pequeños. Y los trozos siguieron perdiendo volumen, amenazando con desaparecer. Benemérita, farmacéutico y vecinos hallaron al fin la solución. Después de no pocas idas y venidas, el "asunto coagulado" quedó medianamente a salvo, merced a unas bolsas esterilizadas. Y allí fueron introducidas las enigmáticas porciones, arropadas con abundantes cubitos de hielo.
 Al día siguiente, por indicación del mando de la Guardia Civil, el "cuerpo del delito" fue trasladado a Zamora.
 Esa noche, la verdad sea dicha, no fue todo lo sosegada que hubiera sido de desear. Medio pueblo durmió inquieto y, el resto, atemorizado ante la posibilidad de que el dichoso "asunto coagulado", como había insinuado el farmacéutico, pudiera encerrar algún tipo de radiactividad. Aquel comentario, mientras guardaban los trozos en las bolsas, había sembrado el nerviosismo entre los numerosos paisanos que, curiosos, no hicieron ascos al "hielo", manoseándolo e, incluso, en un atrevimiento suicida, lanzándole algún que otro lengüetazo. En realidad, al menos en el aspecto preventivo, al boticario no le faltaba la razón. Hasta esos momentos, nadie podía dar fe de la verdadera naturaleza del "asunto coagulado" llegado de los cielos.
 Y el "cuerpo del delito", como decía, fue trasladado a la capital y allí permaneció, en una segunda cámara frigorífica, en la sede de la Comandancia, a la espera de un experto de la vecina Universidad de Salamanca. Pero el "peregrinaje" del "hielo celestial" no había concluido. La curiosidad se apoderó también de las esferas oficiales y las cada vez más exhaustas "bolas" terminaron en la presencia del gobernador civil de la provincia. La máxima autoridad, en compañía de la Benemérita, examinó el "asunto coagulado" con el mismo interés y resultados que los vecinos, cura, médico, farmacéutico y Guardia Civil de Faramontanos de Tábara. Es decir, con un significativo encogimiento de hombros.»

[El extracto pertenece a la edición de Editorial Planeta. ISBN: 84-08-00046-2.]

domingo, 8 de mayo de 2016

"Drácula".- Abraham Stoker (1847-1912)


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XIV.-Del diario de Mina Harker
Del diario del doctor Seward

 "Yo moví la cabeza. El maestro se acercó a mí y se sentó a mi lado.
 -Usted es un hombre listo, amigo John; y tiene un ingenio agudo, pero tiene también demasiados prejuicios. No deja usted que sus ojos vean y que sus oídos escuchen y lo que está más allá de su vida cotidiana no le interesa. ¿No piensa usted que hay cosas que no puede comprender y que, sin embargo, existen? ¿Qué algunas personas pueden ver cosas y que otras no pueden? Pero hay cosas antiguas y nuevas que no han debido ser contempladas por los ojos de los hombres y que se piensan o se creen sólo porque otros hombres lo han dicho. ¡Ah, es un error de nuestra ciencia querer explicarlo todo! Y, si no puede explicarlo, dice que no hay nada que explicar. Pero usted contempla cómo alrededor de nosotros cada día aparecen nuevas creencias, que se consideran a sí mismas nuevas, y que sin embargo son las antiguas que pretenden ser jóvenes como las finas damas en la ópera. Yo supongo que usted no cree en la transferencia corporal. ¿No? Ni en la materialización. ¿No?  Ni en los cuerpos astrales. ¿No? Ni en la lectura del pensamiento. ¿No? Ni en el hipnotismo...
 -Sí -dije yo-. Charcot ha probado esto último bastante bien.
 Mi maestro sonrió, al tiempo que continuaba:
 -Entonces, usted está satisfecho en cuanto a eso. ¿Sí? Y por supuesto, entonces usted entiende  cómo actúa y puede seguir la mente del gran Charcot. ¡Lástima que ya no viva! Estaba dentro del alma misma del paciente que él trataba. ¿No? Entonces, amigo John, debo deducir que usted simplemente acepta los hechos y se satisface dejando completamente en blanco desde la premisa hasta la conclusión. ¿No? Entonces, dígame, pues soy un estudioso del cerebro, ¿cómo acepta usted el hipnotismo y rechaza la lectura del pensamiento? Permítame decirle, mi amigo, que hay actualmente cosas en las ciencias físicas que hubieran sido consideradas impías por el mismo hombre que descubrió la electricidad, quien a su vez no hace mucho tiempo habría podido ser quemado por hechicero. Siempre hay misterios en la vida. ¿Por qué vivió Matusalén novecientos años, y el "Old Parr" ciento sesenta y nueve, y, sin embargo, esa pobre Lucy, con la sangre de cuatro hombres corriéndole en las venas no pudo vivir ni un día? Pues, si hubiera vivido un día más, la habríamos podido salvar. ¿Conoce usted todos los misterios de la vida y de la muerte? ¿Conoce usted toda la anatomía comparada para poder decir por qué las cualidades de los brutos se encuentran en algunos hombres, y en otros no? ¿Puede usted decirme por qué, si todas las arañas se mueren pequeñas y rápidamente, por qué esa gran araña vivó durante siglos en la torre de una vieja iglesia española y creció hasta que, al descender, se podía beber el aceite de todas las lámparas de la iglesia? ¿Puede usted decirme por qué en las pampas, ¡oh!, y en muchos otros lugares, existen murciélagos que vienen durante la noche y abren las venas del ganado y los caballos para chuparlos y secarles las venas? ¿Cómo en algunas islas de los mares occidentales hay murciélagos que cuelgan todo el día de los árboles y que los que los han visto los describen como nueces o vainas gigantescas y que cuando los marinos duermen sobre cubierta, debido a que está muy caliente, vuelan sobre ellos y entonces en la mañana se encuentran sus cadáveres, tan blancos como el de la señorita Lucy?
 -¡Santo Dios, profesor! -dije yo, poniéndome en pie-. ¿Quiere usted decirme que Lucy fue mordida por un murciélago de ésos y que una cosa semejante a ésa está aquí en Londres, en el siglo XIX?
 Movió la mano, pidiéndome silencio, y continuó:
 -¿Puede usted decirme por qué una tortuga vive mucho más tiempo que muchas generaciones de hombres? ¿Por qué el elefante sigue viviendo hasta que ha visto dinastías y por qué el loro nunca muere si no es de la mordedura de un gato o un perro u otro accidente?  ¿Puede usted decirme por qué en todas las edades y lugares los hombres creen que hay unos hombres que viven si se les permite, es decir, que hay unos hombres y mujeres que no mueren de muerte natural? Todos sabemos, porque la ciencia ha atestiguado el hecho, que algunos sapitos han estado encerrados en formaciones rocosas durante miles de años, en un pequeño agujero que los ha sostenido desde los primeros años del mundo".

jueves, 29 de enero de 2015

"La sombra de la cuna".- Isaac Bashevis Singer (1902-1991)


 

"Poco a poco, se fue poniendo más serio. Recordó aquella tarde, años atrás, en que, después de dividir una hoja de papel en varios pedacitos, en cada uno de los cuales había escrito el nombre de una ciudad de provincia, había sacado de un sombrero el papelito que llevaba el nombre de esta ciudad.  ¿Y si le hubiera salido otra? ¿Habría cambiado el rumbo de su vida? Por consiguiente, todo lo que le había ido ocurriendo era fruto del más puro azar. Pero, ¿qué era la suerte en realidad? Si todo estaba predestinado, la suerte no existía. Además, si la casualidad no era sino una categoría de la razón, ciertamente tampoco existía la suerte; su pensamiento fue mucho más allá. Concediéndole la razón a Schopenhauer, lo que Kant llamaba "la-cosa-en-sí", era la voluntad. Pero, entonces, ¿por qué decir que la voluntad es ciega? Si la voluntad universal podía poner de relieve el intelecto de Schopenhauer, ¿por qué no podía la voluntad universal en sí estar dotada de inteligencia? "Tendré que consultar El Mundo como Voluntad y Representación -decidió el doctor Yaretzky-. Tiene que encerrar algún tipo de respuesta. Vergonzosamente, he dejado abandonada mi lectura".
 Se dio cuenta de que estaba en la calle, cerca de la casa del rabino. Sobre una mesa, cerca de la estufa, ardía una vela en un candelabro de cobre. En la mesa se amontonaban libros y manuscritos; el venerable rabino, con la barba desgreñada, un casquete sobre su despejada frente y una gabardina desabrochada sobre una túnica amarilla con flecos, estaba sumido en la lectura de un libro, con un vaso de té en la mano. A un lado tenía el samovar, en el otro un abanico de plumas de gallo que, indudablemente, se utilizaba para aventar el fuego. Todo, al parecer, se hallaba en el sitio preciso. El viejo rabino estaba estudiando uno de sus libros de teología, pero el doctor Yaretzky le observaba asombrado. ¿Se acostaba siempre tan tarde, el rabino, o acaso ya se había levantado? ¿Y qué podía ser lo que le interesara tanto en aquel libro? El rabino parecía ajeno al mundo. [...]
 Los judíos de la ciudad tenían a su rabino por un dios y comentaban su erudición. Sus grandes ojos grises, su frente despejada y toda su toda su apariencia indicaba conocimientos, comprensión, carácter... y algo más, reminiscente de una cultura ajena, impenetrable. Era una pena que el rabino no conociese ni el polaco ni el ruso porque Yaretzky, aunque había aprendido un poco de yiddish en su juventud, no lo entendía lo bastante para conversar con el rabino. El anciano parecía, ahora, más espiritual que nunca. Confundido con la noche semejaba un antiguo sabio, a la vez santo y filósofo... un Sócrates hebreo o un Diógenes. Su sombra se proyectaba hasta el techo.
 "¿De dónde sacan tan enormes frentes?" -se preguntó Yaretzky.
 Recordó lo que los otros judíos le habían dicho... que el rabino era un gaon, un genio. Pero, ¿qué clase de genio? ¿Y cómo podía aceptar un mundo lleno de pesares?
 "¡Daría cien rublos por saber lo que está leyendo! - pensó Yaretzky. Pero, de una cosa sí estoy seguro: ni siquiera se ha enterado de que hay un baile esta noche. Físicamente viven junto a nosotros, pero espiritualmente están en algún lugar de Palestina, en el Monte Sinaí o sabe Dios dónde. Puede que no sepa que está en el siglo diecinueve, ni siquiera que está en Europa. Existe, pero más allá del tiempo y del espacio..."
 Yaretzky recordó entonces algo que había leído en un periódico: los judíos no registran su historia, carecen del sentido cronológico. Parece como si, instintivamente, supieran que el tiempo y el espacio son mera ilusión. Si esto fuera así, ¿podrían tal vez penetrar las categorías de la razón pura y concebir la cosa-en sí, lo que está tras el fenómeno?"