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domingo, 11 de julio de 2021

Tela de sevoya.- Myriam Moscona (1955)


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 «La única forma de traducción que la memoria tiene a su alcance es el lenguaje. Sólo el materno nos da la entrada a ese valle nativo y único en el que decimos mejor aquello que pensamos. Aun cuando hablemos con soltura otros idiomas, aquel en que nos brotan los insultos, las operaciones aritméticas y las expresiones intempestivas suele ser el de nuestra lengua primera. En ella conservamos los fotogramas de toda la cinta vital que nuestro cerebro nos traduce en forma de recuerdos. Aun nuestra memoria visual así como la de temperaturas y olores, texturas y matices, que no requiere de palabras (porque sus palabras son las sensaciones), la captamos a través de un proceso de lenguaje. De modo que no es del todo extraordinario que un grupo de exiliados conserve su lengua y la transmita a los suyos durante un tiempo, pero sí resulta notable que, durante alrededor de treinta generaciones, el ladino se haya mantenido en efervescencia pese a que sus hablantes estaban ya integrados en distintos países europeos y africanos. Lo extraño es lo que ocurrió en algunos destinos de la diáspora.
 La señora S. D., doctora en Bulgaria, estudió y se desarr
olló como pediatra en Sofía. El constante contacto con la realidad de su país, su vida profesional, día y noche, durante cincuenta años, estuvo siempre anclada al búlgaro. Al llegar a su casa, se retiraba la bata de trabajo y cambiaba del búlgaro al ladino. Todas sus relaciones íntimas y familiares, su lengua de hija, hermana, novia y esposa se dieron en ese español arcaico que conoció de niña y que ya no transmitió a sus hijos de la misma forma. Sus hijos nacieron en la segunda mitad del siglo XX, momento en que la práctica del ladino comenzaba a debilitarse. La creación del estado de Israel en 1948 y la aniquilación de cientos de miles de judíos sefardíes, hablantes naturales de la lengua, en los campos de exterminio nazi, son dos de los factores que explican este fenómeno. “Si Israel hubiese decretado además del hebreo, el yiddish y el judeoespañol como lenguas oficiales, la historia hubiese sido otra”, dice con una expresión dulce.
 El señor J. R., de Salónica, pasó toda su juventud en Grecia y jamás aprendió la lengua local. La comunidad sefardí de Salónica era tan numerosa antes de la Segunda Guerra Mundial que bastaba hablar judeoespañol para comprar un litro de leche en el mercado, para tratar con sastres, estibadores del muelle  amigos del barrio. Los hablantes de ladino llegaron a representar sesenta y cinco por ciento de la población total, convirtiéndola en lengua franca entre los pobladores judíos, cristianos y musulmanes. El padre del señor J. R. pertenecía a una familia de clase media alta que decidió mandar a su hijo al Liceo Francés. Su lengua materna era el ladino y su lengua de estudios el francés, tal como ocurría con muchos hijos de familias acomodadas. El joven J. R. podía prescindir del griego. Finalmente, su mundo inmediato se desarrollaba sin dificultades con estas dos lenguas. Después de la trágica historia de persecución (el noventa y cinco por ciento de la población que fue a dar a los campos de concentración no volvió), el señor J. R. llegó a México en los años cuarenta. Aprendió el español local, y aunque siguió empleando algunas expresiones insustituibles en ladino, les dijo a sus tres hijos mexicanos: “Después del exterminio no le veo ningún sentido a insistir en esta transmisión. Para mí, el djudezmo murió en los campos de exterminio y me parece absurdo revivirlo”. No fue el único.
Resultado de imagen de tela de sevoya Caso aparte son las comunidades que se establecieron en Siria (familias que se distinguen, por ejemplo, por los apellidos Galante, Picciotto, Laniado). Su integración a las comunidades locales fue tal que no conservaron el djudezmo como lengua familiar. Razón que explica sólo en parte el hecho de no haber continuado con la práctica del ladino pues no es el único grupo que se fundió con la sociedad local. Las razones profundas de por qué no adoptaron esa lengua que llevaban consigo al salir de España son un enigma aunque hay una posible explicación. Las comunidades judías en Siria son tan antiguas que incluso se mencionan en la Biblia. Damasco, por ejemplo, es considerada la ciudad más antigua del mundo con una población continua. Cuando en el siglo XV y XVI algunos expulsados de España que llegaron a Alepo y a Damasco se integraron a una comunidad que ya estaba allí, se fundieron lingüísticamente al árabe de tal forma que la práctica del castellano del siglo XV se debilitó poco después hasta perderse por completo.

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 La mayoría de los judíos que vivían en Bulgaria eran simples y modestos trabajadores de los barrios pobres del país. Muy pocas familias gozaban de lujos. Y muy pocas también, si es que de verdad las hubo, eran prestamistas, banqueros o dueñas de negocios que produjeran envidia entre la gente. La imagen de los judíos búlgaros difería totalmente de la propaganda nazi que presentaba a “la raza” con la típica imagen de los usureros. “Nuestros judíos son españoles” le dijo el rey Boris al militar Joachim von Ribbentrop, el temible ministro de Relaciones Exteriores de la Alemania nazi. En este “nuestros judíos son españoles” se encerraba una defensa, sin duda, pero también se hacía hincapié en la lengua que serpenteaba en el país, tan distinta a la búlgara, y que lejos de complicar, enriquecía las condiciones culturales de la nación. Los judíos no eran calificados de extranjeros peligrosos que vestían y vivían diferente, hablaban una lengua extraña y llevaban a cabo ritos incomprensibles. Muchos polacos y ucranianos odiaban a los judíos instintivamente porque parecían distintos, extranjeros. Los judíos búlgaros, en cambio, vivían prácticamente igual que sus vecinos. Entre ellos no había hasídicos, ni usaban sombreros o talits (mantos para el rezo); los únicos judíos barbados eran los rabinos que difícilmente se topaban en las calles. Algunos judíos se cuidaban de comer todo kosher, pero la mayoría más bien apreciaba el sabor de los mariscos y de la carne común y corriente. Algunos rezaban durante los sábados y las fiestas sagradas, pero la mayoría no. Muchos trabajaban o se divertían los sábados como un día cualquiera. A los poetas, escritores, compositores de la comunidad judía, se les consideraba artistas nacionales búlgaros. Unos cuantos hablaban de la lengua mejor que los búlgaros de viejas raigambres y cantaban sus canciones y sentían un profundo amor por su país. Los judíos de Bulgaria eran, en suma, una comunidad heterodoxa que no parecía preocupada por su religión. Existía una historia para describir de qué modo, hasta la creencia en Dios era, entre los judíos búlgaros, poco popular. No así su sentido cultural, presente en sus dichos, proverbios, humor, gastronomía y ciertas expresiones verbales. Se contaba, pues, que cuando Jehová bajó a la Tierra a visitar a sus comunidades pudo entrar en todos los países del mundo donde encontraba población judía. Sólo unas puertas encontró selladas: las de Bulgaria. Los judíos no mostraban interés en visitas celestiales.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2014, pp. 81-85. ISBN: 978-84-16011-02-5.]

domingo, 19 de abril de 2020

Los muertos perdidos. Una memoria de familia.- Lisa Appignanesi (1946)

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1.-Escenas de mis recuerdos
Rubios y morenos

  «Polacos y judíos llevaban viviendo unos junto a otros dentro de esas fronteras flotantes que ahora denominamos Polonia desde el siglo XII. Bien recibidos como una clase de comerciantes necesaria en lo que entonces era un país eminentemente agrícola, los judíos obtuvieron privilegios mucho mayores que en cualquier otro lugar de Europa. Ya en 1264, justo cuando los judíos eran expulsados de Inglaterra por leyes e impuestos punitivos, el Estatuto de Kalisz prohibió la discriminación jurídica y garantizó la plena protección de la vida y las propiedades de los nuevos pobladores judíos. Los judíos podían practicar su propia religión, así como sus profesiones. Paulatinamente, el país se convirtió en un populoso centro de vida judía. En 1576, el rey reformista Esteban Batory llevó las cosas aún más lejos. Prohibió la acusación de asesinato ritual, un arma católica tradicional para aterrorizar a los judíos. Cinco años después, nació una institución sin precedentes, el Consejo Judío de los Cuatro Países, el cual concedió a los judíos polacos plena autonomía religiosa y comunitaria. La comunidad prosperó y se convirtió en la colonia judía más grande del mundo. Aquí, los judíos no sólo eran mercaderes y artesanos, cerveceros y destiladores, molineros y posaderos, sino que, debido al desdén de la aristocracia polaca por el comercio, se convirtieron además en administradores de tierras y bosques y en agentes comerciales de la producción agrícola.
 Como administradores de extensas propiedades independientes, los judíos tuvieron, no obstante, que actuar como recaudadores de impuestos, un papel nada apropiado para granjearles las simpatías de un campesinado cada vez más esclavo de una Iglesia que los condenaba como enemigos infieles. De hecho, el Estado polaco protegía a estos útiles judíos de la Iglesia de las envidias y sospechas suscitadas por la diferencia que tan fácilmente se pueden trocar en violencia. Tolerados, si no queridos, los judíos le devolvían el favor: fuera del mundo del trabajo, tendían a quedarse con los suyos. Así pues, hasta la disolución del Consejo Judío de los Cuatro Países en 1764, polacos y judíos coexistieron como dos naciones separadas pero inextricablemente entremezcladas, un multiculturalismo antes de que el término se hiciera de uso corriente. La "época dorada de independencia" de Polonia también fue una época dorada para los judíos.
 No obstante, los conflictos civiles y económicos de las postrimerías del siglo XVIII trajeron consigo la progresiva desintegración de una autoridad central protectora. Aquello puso a los judíos en la línea de fuego: en la ciudad de Uman hubo una masacre a gran escala en 1768. Atacado desde fuera y desde dentro, el reino polaco se desmoronó. Entre 1772 y 1795, Rusia, Prusia y Austria se dividieron el país y a su millón de judíos. La intolerancia se vio ahora reforzada por enérgicas medidas asimilacionistas o por la discriminación legal. También los polacos sufrieron en manos de los ocupantes, tanto que el gran poeta polaco romántico Adam Mickiewicz convirtió a los judíos en la imagen del sufrimiento y el anhelo de libertad de la propia Polonia.
 Con el aumento durante el siglo XIX del nacionalismo y los pogromos, instigados por los rusos para depurar la zona interior de todas las religiones salvo la ortodoxa, la enemistad entre polacos y judíos aumentó. Un polonismo cada vez más antisemita halló su reflejo en el sionismo, el movimiento que aspiraba a crear una patria judía. A principios del nuevo siglo, los polacos extremistas querían que los judíos se marcharan  y muchos judíos querían hacerlo, si se presentaban los medios necesarios y la patria necesaria. Ambos bandos se quejaban del otro y se desconcertaban mutuamente, no sólo por sus diferencias religiosas, sino también por sus estilos de vida.
 A diferencia de los judíos de Europa occidental, la mayoría de judíos polacos mantuvieron hasta la primera mitad del siglo XX las costumbres que se habían consolidado en "ortodoxia" en el siglo XVII. Eran una presencia visible. Por muy liberales que fueran sus posturas, mi abuelo materno llevaba el largo abrigo negro, el gorro de piel y la barba que dictaba la convención, aunque no las trenzas. En casa y en las concurridas calles de su ciudad, hablaba principalmente en yiddish. Comía siempre alimentos autorizados por la ley judía. Pese a su período en el ejército, en el censo de 1931 se habría declarado parte del ochenta por ciento de los judíos polacos que no estaban asimilados y consideraban el yiddish como su lengua materna. Imagino que se habría incluido en un porcentaje similar de judíos que se sentían una nación. Con toda certeza, tanto él como mi padre leían alguno de los 130 periódicos escritos en yiddish que circulaban en Polonia. Aunque las familias podían nombrar a unos cuantos amigos polacos, se relacionaban mayoritariamente con otros judíos.
Los muertos perdidos.: Una memoria de familia ATALAYA: Amazon.es ... La Gran Depresión sometió  muchas de estas relaciones entre polacos y judíos a duras tensiones. La prensa conservadora exigió la emigración inmediata de una proporción considerable de los 3,3 millones de judíos que vivían en Polonia. Alegaba que, aunque los judíos sólo representaban en torno al diez por ciento de la población polaca, comprendían el 21,5 por ciento de las clases profesionales y aproximadamente la mitad de los médicos y abogados del país. Lo que aún era más importante, las empresas judías daban empleo a más del cuarenta por ciento de la mano de obra urbana de Polonia.
 Influidos por sus vecinos alemanes, grupos nacionalistas abogaron por una campaña de violencia, incluyendo los pogromos. En los pueblos y en las pequeñas ciudades, donde los judíos constituían en torno al treinta por ciento o más de la población y poseían la mayoría de comercios y hoteles, los polacos adoptaron medidas para boicotear empresas judías ya muy afectadas. Las cooperativas campesinas evitaron a los mercaderes judíos en el campo y vendieron sus productos únicamente a los cristianos. Con la muerte en 1935 de Josef Pilsudski, gran héroe liberador de Polonia y anterior protector de los judíos, las cosas empeoraron claramente. A los judíos no asimilados se les prohibió trabajar para el Estado. La venta de carne para consumo judío se restringió y se prohibió el domingo como día laboral. En las ciudades pequeñas, como la de mi madre, estalló la violencia antisemita y en las universidades grupos fascistas provocaron reyertas. Se impusieron numerus clausus, restringiendo a los judíos a un porcentaje limitado de plazas universitarias. En las facultades de derecho y medicina, se segregó a los judíos asignándoles un banco especial. En señal de protesta, muchos judíos, en lugar de sentarse, se quedaban de pie durante las clases, secundados por los polacos que censuraban aquel resurgimiento del antisemitismo.
 Fue en esos años de creciente agitación antisemita cuando mis padres vivieron su juventud adulta. La pequeña ciudad de Grodzisk era un microcosmo de la política polaca. Había bundistas socialistas con sus pañuelos rojos, y nacionalistas polacos extremos y sus antagonistas, los sionistas militaristas, quienes desfilaban con un ahínco similar armados con palos. Las tiendas de los pequeños comerciantes judíos sufrían boicots y ataques. Los trenes eran lugares peligrosos: grupos de matones subían en busca de judíos y los arrojaban fuera. Los domingos, cuando los campesinos acudían a la ciudad para ir a misa y duplicaban su población, eran particularmente peligrosos. Uno de los amigos de la familia que ha sobrevivido me dijo: "De niño, cuando salía a la calle y veía a un polaco viniendo hacia mí, siempre me asustaba. Te escupían en la cara, te llamaban 'sucio judío' o te gritaban 'judíos a Palestina'. Cuando se emborrachaban, cualquier pretexto era bueno para dar una paliza a un judío. Los domingos después de misa, mi madre no me dejaba salir de casa. Siempre teníamos miedo de los pogromos". Este mismo hombre, habría que señalar, también me contó que tenía unos cuantos buenos amigos polacos, uno de los cuales lo acompañaba cuando iba en tren para que no lo atacaran.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Península, 2007, en traducción de Rosa Pérez Pérez. ISBN: 978-84-8307-775-7.]

martes, 5 de junio de 2018

Superviviente del infierno.- Willy Berler (1918)


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Capítulo sexto.- La marcha de la muerte

«Empezó la marcha, como siempre en filas de a cinco encuadradas por los capos y las SS. El zafarrancho de salida duró todo el día; hubo que poner en fila a millares de hombres (las mujeres salieron antes). Era la noche del 18 al 19 de enero de 1945 y la columna iba a paso de marcha. Nuestros guardianes llevaban todo lo que habían podido coger. Al mirar hacia atrás, parecía que la columna no tuviera fin. ¿Adónde íbamos? Era seguro que corrían rumores, pero yo no había oído nada. Me di cuenta de que nos dirigíamos hacia el noroeste. Los rusos debían de estar ya cerca y me imaginé que dejábamos el frente a nuestras espaldas. Pero ¿íbamos a meternos en otro frente?
 Nadie conocía exactamente la estrategia que habían establecido nuestros verdugos para la evacuación. Desde luego, nos hacían desaparecer para que no pudiéramos vengarnos de ellos y no querían correr el riesgo de ser acusados después de la derrota, por lo que tendrían que borrar todo rastro de hombres torturados antes de que el enemigo llegara, al igual que los lugares donde se había asesinado a tantas personas. Me parecía que estaban suficientemente preparados como para no dejar ninguna prueba de lo que habían hecho. Fieles a su ideología nos iban a llevar a algún sitio en el centro del Reich, equidistante de los rusos, al este, y de los americanos, al oeste. Levantarían nuevas instalaciones en campos y llevarían a término la total aniquilación de los judíos. No me hacía ilusiones.
 Después de quince kilómetros, avanzábamos cada vez más lentamente; la marcha era más penosa. Helados, a 20º bajo cero, perdíamos sensibilidad en piernas y pies. El pisoteo de los millares de pies que nos precedían había transformado la nieve en hielo. Resbalábamos, nos caíamos al suelo, no podíamos más. Entonces, oí detrás de mí, al final de la columna, un primer disparo que, rápidamente, fue seguido de otros. ¿Eran los rusos? ¿Los partisanos? No, en absoluto; eran las SS, que remataban a los que caían al suelo agotados por la dureza de la marcha.
 Seguí andando como un autómata, al igual que los otros que todavía podían hacerlo y que parecían sonámbulos. Muchos se dejaban caer; querían ser olvidados y que el rebaño siguiera su marcha sin ellos, lo que suponía, a la vez, el rechazo a la obediencia nazi y la obediencia al sentido de la muerte. Las SS no los olvidaban, al menos vivos, por lo que los disparos se multiplicaron.
 Aunque estábamos fuera de la prisión del campo, fuera de Auschwitz, la terrible selección seguía y confirmaba el hecho de que en el exterior de la alambradas la arbitrariedad continuaba reinando. Los presos, sobre todo los presos judíos, estábamos a su merced, al menos mientras durara el Reich.
 Sin embargo, en la columna había quienes no sabían bien lo que eran esos disparos. Klieger nos contó que su compañero de la derecha, un judío alemán llamado Auerbach, le aclaró sus dudas: "¿Rematar a los retrasados? Por favor. Una nación civilizada nunca haría eso." Ese Auerbach había pasado por los mismos sufrimientos que todos nosotros -miedo, hambre, asesinatos, selecciones-, pero era un judío alemán y seguía pensando que la nación alemana encarnaba la civilización.
 Durante todo el tiempo, estábamos encuadrados por dos cabos de varas de las SS, que amenazaban a gritos y golpeaban a los presos que no podían seguir el ritmo de la marcha o que no iban en orden de formación. Uno de los SS que iba a mi altura gritó a uno de mis compañeros: "Cerdo judío, date prisa, que si no te apaleo." El acento de su alemán me dejó atónito: era un acento que reconocía entre miles pues correspondía al de Bucovina, incluso me pareció de Czernowitz. Me olvidé por segunda vez -la primera fue el incidente del sótano- de la norma más sagrada del campo: nosotros, seres infrahumanos, teníamos prohibido mirar, y mucho menos dirigir la palabra, a uno de las SS.
 -Señor Scharführer, ¿no será usted de Czernowitz? -le pregunté.
 Tuve la prudencia de darle tratamiento de suboficial, cuando en realidad no era más que un soldado raso, lo que solía dar resultado, dado que la vanidad era general -se da en cualquier parte del mundo-, y podía mitigar su cólera, aunque no estaba acostumbrado a recibir de las SS más que gritos y golpes. Me miró con curiosidad, en Auschwitz, probablemente, no tropezó con muchos presos de Bucovina.
 -Sí, soy de Bucovina; y tú también, creo yo.
 Mientras avanzábamos al mismo paso y con el mismo esfuerzo, nos pusimos a charlar como dos iguales.
 -En efecto, soy de Czernowitz. ¿Dónde vivías?
 -En la calle Gregor, al lado de la universidad. ¿Y usted?, señor Scharfürer.
 -Yo vivía en Roscha.
 Roscha era un  barrio de Czernowitz que yo conocía muy bien. Envalentonado con el tono amistoso de nuestra conversación tuve la increíble desfachatez de hacerle una pregunta comprometida.
 -¿No cree usted que la guerra se va a terminar muy pronto? ¿Qué hará usted, entonces?
 Hubo una pausa en la conversación. En ese momento se oyeron ruidos sordos más lejanos que los que provenían de la marcha; eran disparos de los rusos y de los polacos. Su contestación me dejó estupefacto.
 -¿Que qué haré cuando termine la guerra? Bueno, no tendré el menor problema. Hablo el yiddish y cuando vea que esto se acaba para nosotros, me cambiaré el uniforme por el pijama a rayas de preso judío y que me echen un galgo.
 No me esperaba eso. Evidentemente, entonces no sabíamos que los aliados formarían brigadas especiales para buscar a los miembros de las SS y los reconocerían por el tatuaje que llevaban en la axila con su grupo sanguíneo, aunque muchos criminales de guerra se lo hicieron borrar. Para confirmarme su destreza siguió la conversación en yiddish y tuve que reconocer que hablaba mucho mejor que yo el judío moderno, del que no conocía más que algunas expresiones que había aprendido en el campo.
 Así pues, a unos veinte kilómetros de Auschwitz, en medio de una columna de presos helados y agotados, que formaban parte de lo que la historia llamaría la marcha de la muerte, se estableció un extraño diálogo, casi amistoso, entre un Häftling y un soldado de las SS; ambos éramos de Bucovina y charlábamos, aunque, a decir verdad, no tan de igual a igual, pues yo le hablaba de usted y él me tuteaba. Por otra parte, aunque hablara el yiddish mejor que yo, él pertenecía al estamento de los señores, mientras que yo seguía siendo un ser infrahumano, a quien por decreto se le negaba el derecho a la existencia.
 -¿Cómo es posible que hable usted tan bien el yiddish?
 -Pues mira. ¿Te acuerdas del peluquero judío N., de Russischengasse?
 -Naturalmente que me acuerdo de él.
 -Entonces, te acordarás también de su hija Rosa.
 -Sí, claro; también la conocía.
 -Pues Rosa era mi novia -me contestó con un orgullo mal disimulado.
 En Czernowitz, todo el mundo conocía a esa chica. Era una prostituta muy afamada; los hombres se pasaban las señas unos a otros. Era muy probable que ese soldado de las SS no fuera más que su maschornik, su chulo.
 -Y como éramos novios -siguió diciéndome el hombre-, iba a menudo a su casa y veía con frecuencia a sus padres, que me invitaban a todas las fiestas judías, como Pessa y Purim y hasta fui con ella a la sinagoga. Te puedes imaginar que me sé de memoria todos los festejos de los judíos.
 Faltó poco para que creyese que ese miembro de las SS y yo teníamos algo en común, pero en ese preciso momento, el compañero que marchaba a mi lado cayó bruscamente en la cuneta. ¿Había intentado huir o se había derrumbado, agotado? Mi amable SS de Czernowitz se echó el fusil a la cara y apuntó al hombre.
 -Señor Scharführer -le grité-, por favor, no dispare. ¡Déjele vivir! ¿Qué puede ganar usted matándolo?
 Me miró y me dijo algo así como "las órdenes, ¡son órdenes!". Y apoyando el fusil en la nuca del pobre tipo, disparó. No le volví a ver después de aquella barbaridad.
 Horas después de mi conversación con el tipo de las SS y el disparo en la nuca, seguíamos andando como autómatas.»
 
[El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, en traducción de José María Escriña. ISBN: 84-08-03732-3.]

jueves, 29 de enero de 2015

"La sombra de la cuna".- Isaac Bashevis Singer (1902-1991)


 

"Poco a poco, se fue poniendo más serio. Recordó aquella tarde, años atrás, en que, después de dividir una hoja de papel en varios pedacitos, en cada uno de los cuales había escrito el nombre de una ciudad de provincia, había sacado de un sombrero el papelito que llevaba el nombre de esta ciudad.  ¿Y si le hubiera salido otra? ¿Habría cambiado el rumbo de su vida? Por consiguiente, todo lo que le había ido ocurriendo era fruto del más puro azar. Pero, ¿qué era la suerte en realidad? Si todo estaba predestinado, la suerte no existía. Además, si la casualidad no era sino una categoría de la razón, ciertamente tampoco existía la suerte; su pensamiento fue mucho más allá. Concediéndole la razón a Schopenhauer, lo que Kant llamaba "la-cosa-en-sí", era la voluntad. Pero, entonces, ¿por qué decir que la voluntad es ciega? Si la voluntad universal podía poner de relieve el intelecto de Schopenhauer, ¿por qué no podía la voluntad universal en sí estar dotada de inteligencia? "Tendré que consultar El Mundo como Voluntad y Representación -decidió el doctor Yaretzky-. Tiene que encerrar algún tipo de respuesta. Vergonzosamente, he dejado abandonada mi lectura".
 Se dio cuenta de que estaba en la calle, cerca de la casa del rabino. Sobre una mesa, cerca de la estufa, ardía una vela en un candelabro de cobre. En la mesa se amontonaban libros y manuscritos; el venerable rabino, con la barba desgreñada, un casquete sobre su despejada frente y una gabardina desabrochada sobre una túnica amarilla con flecos, estaba sumido en la lectura de un libro, con un vaso de té en la mano. A un lado tenía el samovar, en el otro un abanico de plumas de gallo que, indudablemente, se utilizaba para aventar el fuego. Todo, al parecer, se hallaba en el sitio preciso. El viejo rabino estaba estudiando uno de sus libros de teología, pero el doctor Yaretzky le observaba asombrado. ¿Se acostaba siempre tan tarde, el rabino, o acaso ya se había levantado? ¿Y qué podía ser lo que le interesara tanto en aquel libro? El rabino parecía ajeno al mundo. [...]
 Los judíos de la ciudad tenían a su rabino por un dios y comentaban su erudición. Sus grandes ojos grises, su frente despejada y toda su toda su apariencia indicaba conocimientos, comprensión, carácter... y algo más, reminiscente de una cultura ajena, impenetrable. Era una pena que el rabino no conociese ni el polaco ni el ruso porque Yaretzky, aunque había aprendido un poco de yiddish en su juventud, no lo entendía lo bastante para conversar con el rabino. El anciano parecía, ahora, más espiritual que nunca. Confundido con la noche semejaba un antiguo sabio, a la vez santo y filósofo... un Sócrates hebreo o un Diógenes. Su sombra se proyectaba hasta el techo.
 "¿De dónde sacan tan enormes frentes?" -se preguntó Yaretzky.
 Recordó lo que los otros judíos le habían dicho... que el rabino era un gaon, un genio. Pero, ¿qué clase de genio? ¿Y cómo podía aceptar un mundo lleno de pesares?
 "¡Daría cien rublos por saber lo que está leyendo! - pensó Yaretzky. Pero, de una cosa sí estoy seguro: ni siquiera se ha enterado de que hay un baile esta noche. Físicamente viven junto a nosotros, pero espiritualmente están en algún lugar de Palestina, en el Monte Sinaí o sabe Dios dónde. Puede que no sepa que está en el siglo diecinueve, ni siquiera que está en Europa. Existe, pero más allá del tiempo y del espacio..."
 Yaretzky recordó entonces algo que había leído en un periódico: los judíos no registran su historia, carecen del sentido cronológico. Parece como si, instintivamente, supieran que el tiempo y el espacio son mera ilusión. Si esto fuera así, ¿podrían tal vez penetrar las categorías de la razón pura y concebir la cosa-en sí, lo que está tras el fenómeno?"